familia monoparental y adopción

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La otra madre

Encontré en el blog de Iskender la referencia sobre “La otra madre“, una novela que habla de adopción transracial y de la lucha de dos familias por un niño.

 

“La otra madre” es la historia de una adopción ilegal. Una adopción directa, donde la madre biológica (negra, sola, drogadicta) vende el niño a la madre adoptiva (blanca, yuppie, adinerada, casada). Sin intermediarios, y por tanto, sin coartadas morales. ¿Es más corrupto quien compra o quien vende? Podríamos alegar que la madre biológica está en inferioridad de condiciones (y lo está), pero también que la madre adoptiva está convencida de estar rescatando a ese niño con síndrome de abstinencia al que ha conocido cuando hacía de voluntaria en un hospital público.

Cuando sucede la acción de la novela, han pasado dos años y medio. La madre biológica está “limpia”, sana y sobria, ha dejado las drogas, tiene trabajo, y emprende acciones legales para recuperar a su hijo.

¿Qué es mejor para este niño?

¿Es mejor volver con su madre biológica o quedarse con la familia que le ha adoptado? ¿Puede la madre biológica, una mujer que vive en el umbral de la pobreza, analfabeta, proporcionarle las mismas oportunidades que la culta y desahogada familia adoptiva? Por otra parte, ¿no debería un niño negro crecer en una familia del mismo color, que sea capaz de enfrentarse a los problemas raciales y racistas con los que se va a encontrar?

Personalmente pienso que la pobreza no debería ser un factor a tomar en cuenta para decidir quién se ocupa de la crianza de un niño: no creo que las ventajas materiales sean más importantes que las afectivas, y estoy convencida de que familias muy humildes tienen habilidades de crianza tan grandes como familias con más recursos socio-culturales. Y sí, pienso que un niño negro se criará con algunas ventajas en una familia que no sólo entienda sino que también sufra el racismo que él va a sufrir.

Y sí, pienso que hay que hacer lo posible para que los niños se queden en la familia biológica si estos son capaces – y tienen el deseo – de criarlos.

Pero, ¿hay que separar a un niño de su familia adoptiva cuando esta es lo único que ha conocido? ¿No es esto más traumático para la criatura que quedarse donde está? ¿Se podría hablar en este caso de “herida primaria”?

¿No se podrían arbitrar posturas intermedias: custodia compartida, derecho a visitas, para que no perdiera el vínculo con ninguna de las dos partes?

Esta historia de ficción me ha hecho pensar en una historia real que me hizo llegar V.

Es la historia de cómo la obsesión por el color le estropeó la vida a una niña.

Sucedió en Gran Bretaña.

Dawn, una niña hija (biológica) de una mujer blanca y un hombre negro, vivió durante 7 años en una familia de acogida que la crió como una más de sus hijos. Pero pasado este tiempo, los servicios sociales decidieron que no podían adoptarla. ¿Por qué? Porque no compartían color. Apartaron a Dawn de su familia, la tuvieron 6 meses en un centro de menores y después la dieron en adopción a una familia negra. Curiosamente (quizás también debido a la edad) nunca se sintió distinta a su primera familia… y sí se sintió una extraña, racialmente hablando, en la segunda, donde la hermana le hacía notar que su piel era más clara, y su pelo no era “afro puro”.

¿No es un despropósito separar a una criatura de una familia que la quiere, que la considera parte de ellos, donde es feliz? ¿No es un despropósito considerar que una familia blanca es menos apropiada que una familia negra para criar a una niña que es 50% de cada color?

¿De verdad se piensa siempre en el bien superior del menor?

 

¡Es la guerra! (hablemos de modelos de crianza)

En la anterior entrada sobre el colecho, surgió un debate sobre el que hace tiempo que tengo pendiente escribir: los modelos de crianza, o mejor dicho, la guerra sobre los modelos de crianza.

Y es que dicen que los niños llegan sin libro de instrucciones… pero no es cierto: hay cientos de libros de instrucciones, de distinto signo, y todos pretenden tener la verdad absoluta.

Hace ahora 15 años nació la primera hija de la primera pareja de mis amigos que decidió convertirse en padres. La madre, L., me dijo: “es que yo nunca he cambiado un pañal”. Y entonces, me di cuenta de que (aunque a mí no me sucedía: tengo primos, había hecho de canguro) pertenecía a la primera generación que no creció ayudando a criar a los sobrinos, los primos, los hermanos pequeños, como sucedió en casa de mis abuelos, donde estas cosas se aprendían por ósmosis.

Y tuvimos que empezar a leer libros que nos dijeran cómo criar a nuestros hijos.

Una de las cosas que más me sorprendió cuando llegué a la maternidad fue descubrir que hay básicamente dos corrientes de crianza que están enfrentadas a muerte: los partidarios de la crianza tradicional y los partidarios de la crianza natural. También conocidos como “estivillistas” y “gonzalistas”.

¿Qué diferencia estos dos modelos de crianza?

Los primeros son partidarios de usar los métodos con los que les criaron sus padres, el conductismo, el castigo, el sacar a la hora de la cena lo que el niño no se ha comido a mediodía, están convencidos de que existen bofetadas a tiempo, y que estas no traumatizan a nadie. Y se les llama “Estivillistas” porque se supone que creen en los principios que el dr. Estivill propone en su libro “Duérmete niño”.

Los segundos son abanderados de la lactancia materna, llevan a los niños en brazos (o a la espalda) buena parte del tiempo, les dejan comer lo que les apetece porque están convencidos de que los niños regulan sin problemas su apetito, y llaman “consecuencias” a los castigos. Y les llaman “Gonzalistas” porque han hecho del libro “Bésame mucho” de Carlos González uno de sus libros de cabecera.

“A mí me educaron a mí y no tengo ningún trauma”, dicen los partidarios de los métodos tradicionales. Seguramente, los del segundo grupo están bastante más disconformes con las estrategias educativas que eligieron sus padres.

¿Y qué les une?

El desprecio que cada una de estas corrientes tiene por la otra: los Estivillistas piensan que los Gonzalistas son blandos, que no quieren tomarse la molestia de educar a sus hijos y que imponen al resto de la humanidad los ritmos y los deseos de sus niños; y los de la crianza natural están convencidos de que los padres tradicionales no respetan a los niños y que no tienen ni idea de cómo tratarles.

Los “Gonzalistas” intentan educar a los “Estivillistas”. Los “Estivillistas”, generalmente, se limitan a reírse de los “Gonzalistas”.

Cada uno en su trinchera.

¿Y dónde me encuentro yo en esa guerra?

En tierra de nadie, claro. Como decía mi hermana hace algún tiempo, “si hubiera una guerra civil, yo lo llevaría fatal: me dispararían desde los dos bandos”.

Y así es como me siento yo: al margen, en la periferia.

Bueno, esto no es cierto: me siento más cercana a la “crianza natural”… pero me sucede que mientras las ideas me gustan, muchas de las personas que la practican (no todas, obviamente) me resultan muy antipáticas.

Tan seguras de si mismas. Tan prepotentes. Tan convencidas de tener la verdad revelada.

Aunque esto sucede en los dos bandos… también los de la crianza “de toda la vida” están convencidos de tener la razón… pero se toman menos en serio. Quizás porque la movida, la “moda” de la crianza natural es algo nuevo, menos consolidado… los que la practican se sienten en la obligación de ser más batalladores.

Y al final, esto es lo que me mata realmente de los dos bandos: que vivan sus estrategias de crianza, sus planteamientos (legítimos), como una batalla en la que es necesario imponerse al otro bando para sobrevivir. Que no sean capaces de entender y asumir que hay más de un modelo de crianza (y más de dos), y que todos pueden ser válidos, y que cada familia escoge el que más cómoda le hace sentir, y el que mejor le funciona con sus hijos.

Y que no tiene por qué responder punto por punto a ningún libro ni a ninguna escuela de pensamiento.

¿Cuál es mi consejo? Leer de todo y sacar nuestras propias conclusiones… o no leer nada y aplicar el sentido común.

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

Hace un par de semanas, me llegó de dos personas distintas la noticia de la publicación del último libro de Jeanette Winterson, una autora a la que he leído, y disfrutado, desde hace 20 años sin saber que era adoptada (quizás porque cuando la leí yo no tenía un interés específico en la adopción).

No lo pude resistir… ni siquiera fui capaz de esperar a St. Jordi. Me lo compré, y me lo leí de un tirón, aunque con la expectativa de hacer relecturas más pausadas más adelante.

El libro trata dos temas que me interesan desde los dos lados de la maternidad: como hija, porque hace el retrato de su madre-monstruo, esta figura tan ausente del imaginario colectivo; como madre, porque es el punto de vista de una persona adoptada, que explica sus miedos, sus dificultades para querer… y la búsqueda de su madre biológica.

Algunas veces he oído a padres adoptivos presuponer que somos mejores padres que los biológicos, porque la nuestra es una parentalidad buscada. Este libro es demoledor contra este mito y saca a la luz algo que es importante recordar: una adopción no puede funcionar si con ella intentamos salvar a un niño… o salvarnos nosotros mismos.

La señora Winterson (así la llama la autora) maltrató a su hija, la hizo dormir muchas noches al raso, dijo a propios y extraños que “esta niña es una ofensa para el cielo, para los muertos, para la naturaleza”, le dijo cientos de veces  que se había equivocado de cuna al elegir bebé, la echó de casa a los 16 años cuando descubrió que era homosexual (y le dijo esto de “¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?”)…

…pero nunca dejó de considerarla su hija.

Ni siquiera cuando tuvo que pedir su primer libro (autobiográfico) con nombre falso para que nadie supiera que relación tenía con la autora.

En cambio, la madre biológica, a la que conoció de adulta, estaba orgullosa de ella, la aceptó como era, se arrepintió de haberla dado en adopción, vista la vida que tuvo que llevar… pero esto no la convirtió en su madre.

“La señora Winterson estaba allí. ¿Tú dónde estabas?”.

Es algo que suelen recordar los hijos adoptados a los padre adoptivos asustados por sus motivos para emprender la búsqueda de su familia biológica: no buscamos otros padres, buscamos respuestas; ya tenemos padres.

Incluso cuando los padres son monstruos: Era un monstruo, dice; pero era “mi monstruo”.

23 de abril

Feliz día de Sant Jordi, patrón de Catalunya… y de Etiopía.

Día del libro… de la rosa… y auténtico Día de los Enamorados.

De camino al colegio, A. me ha pedido que le cuente otra vez la Leyenda de St. Jordi. Ya saben, esta historia de la ciudad próspera y (razonablemente) feliz que un día empezó a ser asediada por un dragón… al que, para que les respetara, alimentaron primero con las vacas, luego con las ovejas, posteriormente con los caballos, aún después con las gallinas… sin que nada de esto lograra saciar su hambre. Cuando empezó a exigir sacrificios humanos, apareció el caballero andante Sant Jordi y con su lanza, atravesó el cuello del dragón; de la sangre que cayó al suelo salió un rosal…

…y por esto desde ese día, los enamorados se regalan rosas.

Aunque, será el signo de los tiempos, el Día de St. Jordi ha dejado de ser una ocasión sólo para enamorados, donde ellos compraban la rosa y ellas el libro: ahora, al menos alrededor mío, todo el mundo regala a todo el mundo flores y lectura, no importa el sexo o la relación sentimental que les una.

En el dragón de Sant Jordi no puedo evitar ver una metáfora del mercado que exige más y más sacrificios, reformas, recortes, sin que nada, ni los millones de parados, ni los rescates a los bancos, ni los derechos laborales… parezca ser suficiente para saciar su hambre desaforada. La diferencia es que ya ninguno confiamos en caballeros andantes, me temo…

Después, bajando por las Ramblas, he ido echando un vistazo a las novedades editoriales sin ver ningún libro que me exigiera: ¡Cómprame! – las compras de Sant Jordi las hice por adelantado, dos libros de los que hablaré en los próximos días; y un vistazo a las paradas de rosas, con precios prohibitivos (esperemos que de aquí a la noche bajen un poco), y mucha imaginación: rosas de papel, de cerámica, rosas metidas en bombillas envueltas con papel de libro viejo, rosas en forma de colgante, pendiente, rosas de colores… y por supuesto, la tradicional rosa roja de Sant Jordi.

Decir que no

“Hay veces que las decisiones importantes consisten en saber y poder decir “no”.

(Esto lo dice Xavier Sardà en su último libro, “Mierda de infancia”, que recomiendo de la primera línea a la última. Empieza con la muerte de su madre, a los 8 años, y termina con la de su hermano pequeño, a los 30, y es un retrato de una época muy cercana… quizás mucho más de lo que hemos pensado estos últimos años).

Decir no ha sido uno de los aprendizajes más difíciles en mi vida. No sé si es porque necesito quedar bien, porque me dan miedo los enfrentamientos, porque lo quiero todo, porque necesito que me quieran… el caso es que me cuesta un mundo decir que no.

Y sin embargo, las mejores decisiones de mi vida han sido precisamente “noes”.

1998

Un 12 de octubre en el que trabajé, a pesar de ser festivo. Y cuando regresaba a casa, me senté en un banco, en medio de una gran avenida, uno de los lugares más inhóspitos de la ciudad, pensando: no quiero regresar a casa.

Me pareció tan triste, no querer volver a casa, que sentada en aquel banco, encontré la fuerza para materializar una decisión a la que llevaba dándole vueltas muchas semanas.

Llegué a casa… y me puse a planchar.

Y C. se me acercó y me preguntó si me pasaba algo… y le dije que sí. Que quería dejarlo.

Fue durísimo, verle llorar. Pero mucho menos duro, mucho menos doloroso, de lo que había anticipado. Mucho más fácil.

2000

Sobre el papel, tenía el trabajo que cualquiera habría soñado.

Trabajo fijo, bien pagado, con un buen horario, en una empresa de prestigio, con perspectivas de futuro.

Y me despertaba todos los sábados llorando.

Amargada, estresada, agobiada, anulada, hundida. Con ganas de huir de allí.

Uno de esos sábados, decidí que, pasara lo que pasara, en junio me marchaba de allí.

Y respiré.

Y entonces me llamaron para ofrecerme otro trabajo, en una empresa que empezaba, sólo para 2’5 meses, todas las horas del día.

Si tú me dices ven, lo dejo todo.

2005

Recibí un mail de mi madre en el que me decía que tenía la sensación de que no me apetecía mucho verla.

Y en vez de huir, en vez de hacer ver que no la entendía, decidí contestar. Y contestar la verdad. Explicarle que, efectivamente, no quería verla; pero que esta no era su pregunta: que su pregunta era por qué. Y que también iba a contestarla.

Este mail abrió la caja de los truenos, claro. Y terminó con una de las decisiones más difíciles de mi vida. Y de las más liberadoras.

Decir que no.

Cómo hablar de racismo con los niños

Hace algún tiempo, V. me recomendó el libro “El color de mi piel“, que nos resultó excepcionalmente útil para explicar qué es el racismo y cómo se manifiesta y qué podemos hacer cuando nos encontramos ante actitudes racistas.

Últimamente hemos estado comentando con otras madres adoptivas de lo difícil que es hablar con nuestros hijos de racismo. No del racismo en abstracto, sino de lo que les sucede a ellos: lo que les dicen, lo que les hacen, cómo se lo toman.

Varios de nuestros hijos no hablan del tema. No responden cuando se les pregunta. No sueltan prenda cuando, ante la noticia de algún incidente, les interpelamos. Lo niegan. Lo callan. Lo ocultan.

¿Qué hay detrás de esta actitud? ¿Miedo a nuestra reacción? ¿Vergüenza? ¿Complejo? ¿Dudas de que seamos capaces de entenderles siendo blancos? ¿Impotencia?

Yo hace algún tiempo descubrí que mis hijos hablaban más fácil y libremente si podían no hablar sobre si mismos. Si podían reflexionar sobre un niño hipotético de un cuento inventado… así que muchas historias en casa versan sobre “un niño de color marrón que…”

Las películas también nos sirven. ¿Has visto que le pasa a Tarzán, que algunos de sus amigos monos no quiere jugar con él? ¿Qué harías tú si te pasara? ¿Por qué crees que le pasa?

También el juego simbólico es un buen sistema: pones varios muñecos en danza, y ves qué pasa cuando uno de ellos es discriminado por ser distinto.

Creo que habrá que empezar a pensar en un cuento que empiece diciendo: “Había una vez un niño de color marrón que no quería hablar de racismo…”

Entra en mi vida

Me acabo de terminar “Entra en mi vida”, la última novela de Clara Sánchez, que se vende como la “primera novela sobre los bebés robados” (aunque hace poco se publicó en España “Huérfanos de sangre” sobre el mismo tema, pero situado entre Guatemala y los Estados Unidos).

Me atrajo el tema de inmediato, como podréis imaginar… pero la lectura de la novela ha sido una decepción.

Es aburrida, larga, previsible, los personajes son planos y la trama poco interesante, las subtramas no aportan nada, sólo distraen… lo peor de todo es lo maniquea que es: lo poco maternal que es la madre adoptiva (y monoparental), lo siniestra que es la abuela. Lo extraños que son los motivos que hay tras la compra de la criatura. El poco afecto que le profesan a la que llaman su hija.

Clara Sánchez ha contado que cuando parió a su hija, en el año 1982, lo hizo por razones circunstanciales en Madrid, y su marido no pudo llegar al parto. Le sorprendió y le molestó la insistencia de su madre en asegurar a todas las enfermeras y médicos que pasaron por allí que el marido llegaría, que su hija no era madre soltera. Entonces no lo entendió: cuando empezaron a salir en prensa las noticias de los niños robados, comprendió que su madre, que las mujeres de entonces, algo sabían.

Es normal, pues, que empatice con la madre que ha perdido a la criatura… pero es una lástima que no haya intentado empatizar con la familia que adoptó / compró / se apropió de la niña. Sin duda, el libro habría sido mucho más interesante si lo hubiera hecho. Si hubiera insuflado algo de humanidad a sus circunstancias.

Me ha parecido una lástima que un tema tan interesante no haya dado una novela mucho más brillante.

Historia de mi gente (post 29-M)

Me acabo de leer un libro de Edoardo Nesi, “La historia de mi gente”, que me ha parecido muy interesante.   Es la historia de su familia y de la empresa familiar, cuenta cómo sus abuelos levantaron una empresa de tejidos en la Italia de la posguerra, y cómo él tuvo que cerrarla porque no podía hacer frente a la competencia de la industria china.

Explica los efectos de la globalización, que nos vendieron que iba a ser magnífica porque todos los chinos comprarían nuestros productos… sin que nos avisaran, o fuéramos capaces de imaginar, que terminarían produciendo los mismos productos a mitad de precio para vendérnoslos a nosotros.

Vivimos en una sociedad y una economía muy contradictorias, y la mayor de estas contradicciones está en la disparidad entre lo que queremos recibir y lo que queremos pagar. Queremos buenos sueldos, pero precios bajos… y esto no es posible: una cosa va con la otra, son dos caras de la misma moneda. El dinero que dejamos de pagar cuando compramos productos baratos,  es el mismo que dejamos de cobrar cuando somos empleados.

Lo mismo sucede con la inmigración ilegal: nos molesta que nos quiten el trabajo, o que revienten los sueldos (¿quién nos va a contratar a 10 si hay un rumano o un marroquí que lo hace a 3?), pero no renunciamos a los beneficios de tener trabajadores con sueldos y situaciones laborales precarias. ¿Cuántas mujeres pueden trabajar porque tienen canguros que están el día entero en casa por 4 duros? O cuando queremos comprar las fresas baratas, o contratar a un lampista que no nos deje en números rojos…

…o con los impuestos… nos revienta pagarlos, pero exigimos buenos servicios públicos.

En el mismo libro de Edoardo Nesi se habla de los Ludditas. Son ese movimiento que en el siglo XIX rompía las máquinas porque estaban terminando con el trabajo manual, rompían las hilaturas porque las mujeres ya no podían ganarse la vida cosiendo o tejiendo… No es tan distinto de lo que pasa con los que oponen resistencia a los cambios económicos que vienen: igual que entonces, no se pueden poner puertas al campo. Los cambios económicos nos pasarán por encima, y los que no nos adaptemos a ellos, nos quedaremos en el intento.
 
¿Para qué hacer huelga, entonces? ¿Cambia algo? No, no cambia nada. Para mí la huelga no es más que una pataleta. No es más que decir “eh, que nos hemos dado cuenta de lo que estáis haciendo; que cuando nos decís que es por nuestro bien, no cuela. Que no nos gusta”. Un gesto inútil, romántico, si quieren… pero, ¿no es igualmente necesario?

¿No son esos gestos los que nos hacen humanos?

Parece claro que estamos en el final de un ciclo (y que este final está yendo mucho más rápido de lo que pensábamos), pero no, ¿hacia dónde nos encaminamos? ¿Vamos hacia una sociedad que lucha por los recursos escasos, donde pocos tendrán mucho y la mayoría no tendrá nada? Así ha sido en los últimos años, aunque nosotros estuviéramos en la parte de arriba de la pirámide. Y no nos ha importado que en el Congo se maten a puñados si nosotros podemos tener el móvil de última generación, o que poder poner en marcha los coches cueste vidas en Irak… ¿Va a seguir este modelo económicoy social, aunque quizás nos toque estar en el otro extremo, en la base, en los que curran a destajo para simplemente sobrevivir?

¿O seremos capaces de crear una sociedad más igualitaria, mejor repartida, más austera, menos consumista? O al menos… ¿pequeñas aldeas galas que resistan?

El lenguaje de las flores

El viernes cayó en mis manos “El lenguaje de las flores“, de Vanessa Diffenbaugh. No conocía a la autora (es una ópera prima), y el título del libro no me pareció especialmente inspirado, pero la colección a la  que pertenece me gusta… y el argumento de la contraportada me atrapó enseguida.

A los dieciocho años, tras una vida entrando y saliendo de numerosos hogares de acogida y pisos tutelados, Victoria Jones está obligada a emanciparse por ley. Se ha convertido en una joven introvertida y arisca, y sólo en su enfermiza pasión por las flores se vislumbra un camino de salvación. Finalmente, tras encontrar trabajo en una floristería, se cruza con un joven a quien conoció diez años antes, durante la época en que vivió en casa de Elizabeth, una madre de acogida que le enseñó el discreto y fascinante lenguaje victoriano de las flores. El misterioso joven conoce un secreto que atormenta a Victoria, aunque sólo ella puede arreglar cuentas con el pasado. Así, Victoria, que es capaz de expresar los sentimientos de los clientes con hermosos ramos, deberá aprender a interpretar sus propias emociones, la única manera de deshacerse del enorme peso que arrastra desde niña y que le impide encontrar la felicidad.

El libro relata en paralelo dos momentos de la historia de Victoria: cuando, a los 18 años, se ve obligada a abandonar el piso tutelado en el que vive y tiene que construirse una vida sin nada: sin ahorros, sin oficio, sin cojín familiar, sin relaciones, sin amigos, sin esperanza; y cuando, a los 9, después de pasar por 32 hogares distintos, fue acogida por Elizabeth, la única persona que le ha querido.

Es impresionante cómo retrata la novela el comportamiento de una criatura herida por la vida, tan herida que es incapaz de creer en los vínculos, tan herida que boicotea todos los vínculos posibles. Cómo explica el dolor, el miedo, la angustia, la desesperanza, que hay tras sus comportamientos, que muchos podemos identificar con algunos de los comportamientos de nuestros hijos. Cómo explica que la única respuesta posible, de los padres, es la incondicionalidad: Yo te voy a querer, yo te voy a conservar, le dice Elizabeth a Victoria.

Y cómo a veces, ni siquiera esto es suficiente.

O sí. Pero no puedo contar más porque estropearía el libro a los que quieran leerlo.

La familia Diffenbaugh: (de izquierda a derecha) PK Diffenbaugh (su marido), Donavan Ford, Chela Diffenbaugh, Vanessa Diffenbaugh, Tre’von Lyle, Sharon Higgins, and Miles Diffenbaugh

Si queréis conocer algo más de Vanessa Diffenbaugh, madre de acogida y buena conocedora del sistema, y que tiene esta familia tan colorida, podéis leer esta entrevista.

Tenemos que hablar de Kevin

Hoy se estrena en los cines la película “Tenemos que hablar de Kevin”. Una película que tengo dudas de si ver o no…

…porque dudo que ninguna película, por buena, por bien hecha que esté (a esta la definen como “excelente”), pueda estar a la altura del libro en el que se inspiró:

“Tenemos que hablar de Kevin” es lo que dice la narradora de la historia a su marido. Kevin es su hijo mayor. Y Kevin es un psicópata. Un psicópata que a los 16 años ha hecho una matanza en el colegio al que va… pero que ya se reveló como psicópata cuando era pequeño. Porque tras aquel niño llorón, insoportable, inquietante, al que no aguantaba ninguna niñera, había algo oscuro que sólo su madre fue capaz de ver.

Pero “Queremos hablar de Kevin” no es sólo una novela sobre un niño psicópata. Es un retrato demoledor de la sociedad norteamericana contemporánea, pero también un retrato demoledor de la maternidad.

Yo no tengo ningún hijo psicópata, pero sin embargo me reconocí en ese retrato. No reconocí a mi hijo: me reconocí a mí. Mis miedos, mis ambivalencias, mis contradicciones, mi lado más oscuro, que la maternidad también ha sacado a la luz.

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