familia monoparental y adopción

Debatíamos unos días atrás si la adopción transracial es una moda.

A nadie se le escapa que la adopción transracial es, en España, un fenómeno moderno. Hasta hace poco más de una década, la adopción era nacional, y como España era un país blanco, no había, salvo excepciones, muchos casos de adopción interracial.

La adopción era, además, una forma de formar familia a la que se optaba en casi todos los casos porque no se podían tener hijos… era algo que muchas veces se ocultaba, a veces a los propios hijos, y era posible hacerlo porque los niños que se adoptaban eran recién nacidos y blancos.

La adopción internacional supuso una revolución. De golpe, empezaron a verse familias formadas por padres blancos e hijos de otras razas; de golpe, la adopción subió a la palestra: dejó de ser algo que pertenecía a la intimidad de las familias para ser algo de lo que se hablaba públicamente. Y el discurso al respecto también cambió: dejó de considerarse algo a lo que se recurría cuando no se tenía más opción para empezar a ser considerada una opción más, a la que seguían llegando familias que no podían tener hijos, pero también familias que decidían, por las razones que fueran, tenerlos por esta vía.

Gente que nunca se habría planteado la adopción la empezó a considerar.

Se convirtió en algo posible.

Podríamos decir que, de alguna manera, la adopción se “normalizó”. Y se normalizó la adopción transracial.

¿Es esto lo mismo que decir que se “puso de moda”?

¿O hablar de moda nos hace pensar en frivolidad, falta de reflexión, falta de preparación, falta de criterio?

¿Adoptamos transracialmente  porque queda “bonito”, para presumir de modernos y solidarios, por aburrimiento, porque es guay, porque nos hace creernos mejores, porque queremos parecernos a Angelina Jolie?

¿Escogemos realmente adoptar un niño de otra raza? ¿Decidimos específicamente ahijarnos a un niño con un color de piel, un aspecto físico, que le diferencien de nosotros? ¿O son las circunstancias las que nos han llevado a buscar a nuestros hijos en lugares lejanos? Si la adopción nacional fuera viable, ¿la gente preferiría adoptar en el extranjero? Si nos dieran a escoger entre adoptar a un niño blanco o a un niño negro, ¿escogeríamos al niño negro?

¿Adoptamos a nuestros hijos porque son distintos a nosotros… o a pesar de que lo son?

En esa discusión que os comenté sobre conciliación y jornada escolar, salió varias veces la frase de que “los niños, con quién mejor están es con los padres”. Nadie lo cuestionó (yo tampoco), pero al rato me puse a darle vueltas.

Creo que todos los niños necesitan pasar tiempo con sus padres, tiempo suficiente y tiempo de calidad. Sin duda. Especialmente, cuando son bebés, con quien mejor están es, en primer lugar (y sobretodo mientras toman pecho) con su madre, y después con su padre (si lo hay, o la otra madre), y, en menor medida, con otras personas de confianza, abuelos, familia, canguros…

Pero, ¿sigue siendo esto verdad cuando crecen? Se puede criar niños de forma saludable exclusivamente en el ámbito familiar? ¿O un exceso de presencia parental puede convertirnos en padres controladores e hiperprotectores, y a nuestros hijos en niños que no saben manejarse solos?

¿Necesitan los niños pasar tiempo en otros entornos?

En la escuela (que en el mejor de los casos puede suavizar contextos familiares difíciles de gestionar, y en el peor, darles una preparación para un mundo en muchas ocasiones hostil); en otras casas, donde las normas son distintas y el papel que ocupan en ellas, también; con los abuelos, los tíos, los primos; con amigos; con iguales.

Hay una parte del aprendizaje de los niños, y todavía más de los adolescentes, que se produce lejos de los padres. La parte del autocontrol y la gestión de conflictos, la de las relaciones entre iguales, la de entender que no eres el rey de la casa, ni, casi nunca, el rey del mambo, … la del juego.

A este respecto, me llegó hace pocos días este artículo que se pregunta si los padres deben o no jugar con sus hijos.

 Las dinámicas familiares han cambiado radicalmente en las últimas dos generaciones y desde que la mujer se ha incorporado de lleno al mundo laboral, las campañas que nos invitan a jugar con nuestros hijos han ido creciendo, como si jugar con ellos fuera una obligación o una fórmula para redimir consciencias o un método para compensar el tiempo que, por los motivos que sea, no estamos con ellos.

 Probablemente, jugar con nuestros hijos sea una manera fácil de acercarnos a ellos y de pasar un buen rato pero creemos que la clave está en saber separar muy bien nuestras necesidades de las de los niños y niñas.

 La necesidad de un niño o una niña es jugar, es vital, tan necesario como comer o dormir, por eso, siempre que pueden juegan; ahora bien, jugar con adultos o con niños es muy diferente, al jugar con sus iguales pueden y deben aprender normas de juego y de relación y tienen más posibilidades de ser ellos mismos y explayar el juego a su máxima dimensión. Cuando un niño juega a espadas con un amigo, los dos sabrán cómo y cuándo hay que caer, que gritar, que esconderse…. Si preguntáis a un niño con quién prefiere jugar, casi siempre elegirá a otro niño o niña.

 Los adultos también somos capaces de jugar con ellos, pero en muy pocas ocasiones bajamos a su nivel para permitir que sean ellos los que dirijan el juego, nos cuesta entregarnos al 100%. Muy probablemente acabaremos imponiendo nuestras normas y decidiremos el momento en el que hay que acabar, porque otras tareas (cena, lavadoras, compra…) están ocupando nuestra mente desde que empezamos a jugar. Por este y otros motivos, es muy frecuente que un juego entre adultos y niños acabe en enfado.  En cambio, cuando los niños se enfadan con sus amigos todo es mucho más liviano, mucho menos transcendental.

Otra cosa que suele ocurrirnos con frecuencia es que jugamos sin ganas, nos comemos la sopa de piedras que nos han servido mientras estamos pensando que estar sentado en la sillita mini del Ikea es muy incómodo y pedimos que nos sirvan el segundo plato, los postres y el café al mismo tiempo, para acabar rápido con el juego.

Que esto nos ocurra no debería preocuparnos, es bastante natural, nosotros somos adultos, ya hemos jugado a espadas, caballeros y cocinitas miles de veces y no tener ganas de ese tipo de juegos es natural y normal.

Los que hoy somos padres seguramente no recordamos haber jugando con nuestros padres cuando éramos niños, pero en cambio, tenemos un bagaje importante de juego con nuestros hermanos, primos, amigos, vecinos, etc.

Quizás la reflexión que debamos hacernos está justamente aquí, en observarnos como padres y darnos cuenta de que involuntariamente, les estamos robando el placer de jugar con sus iguales y a cambio están recibiendo algo mucho menos rico.

Nuestro deber como padres es facilitar el juego libre de nuestros niños y niñas, una actividad que tiene múltiples beneficios y que es sumamente importante, y a partir de cierta edad, debemos facilitar también que se encuentren sin vigilancia adulta con sus amigos y darles libertad y tiempo para que, en definitiva, puedan ser niños y niñas.

¿Y nosotros? Pues nosotros también tenemos derecho a jugar, a mantener vivo el espíritu del juego, pero para ello no es necesario tomar sopas de arena cada día.

Cambiar las dinámicas familiares no siempre es fácil, las campañas publicitarias e incluso de profesionales recomendando jugar con nuestros hijos nos ponen una fuerte presión, pero Jugar con ellos es una decisión que en todo caso debería estar libre de juicios. No querer jugar nunca debería crearnos un sentimiento de culpabilidad.

Compartir tiempo con nuestros niños y niñas es muy importante, pero hay muchas maneras más naturales, que nos saldrán del corazón y que nos permitirán conectar con ellos:  Cocinar, escucharlos, explicarles cómo nos sentimos, contarles cuentos,  hacer excursiones que nos permitan vivir experiencias juntos o regalarles historias de nuestras propia infancia es algo que les encanta y todo eso formará parte de sus recuerdos y les dará la base y concepto del significado de la palabra familia.

Lo leí un sábado por la mañana, aún en la cama, mientras oía a B., A. y P. jugar sin parar con sus robots de lego y sus dinosaurios… y me di cuenta de que este artículo obvia algo fundamental: la mayoría de los niños no tiene en casa otros niños con los que jugar. Y a veces, dado que ya no juegan en la calle, tampoco fuera, salvo ratos muy concretos.

Y volví a pensar que el gran cambio de los niños de la generación de nuestros hijos no es que sus madres trabajen o se lleven muchos años con ellos: es que están perdiendo la relación entre iguales.

El tamaño importa

B. siempre ha sido un niño muy chiquitito. Y aunque él preferiría ser más alto, tengo la sensación de que el tamaño le ha beneficiado. Cuando tenía 2, 3 años, le recuerdo en el parque con su amigo G., que tiene la misma edad pero ocupa el doble de espacio. B. era el gracioso, el simpático, el niño al que se le perdonaba todo, al que se admiraba por sus habilidades, propias de la edad que tenía, pero no de la que aparentaba; de G., en cambio, siempre se esperaba que se comportara mejor, fuera más hábil, reaccionara antes. Le costaba estar a la altura, nunca mejor dicho, de las expectativas que levantaba su tamaño. Oí a su madre decir infinidad de veces: “Tiene 2 (o 3, o 4) años, cuando algún espontáneo le regañaba por algún comportamiento que no tenía nada de extraño a su edad, o por no ser capaz de hacer algo que se les suponía a los niños mayores que él.

Luego llegó A., que tiene 3 años menos que B., pero el mismo tamaño… y me convertí yo en la madre que tenía que recordar a los demás que la edad de mi hijo explicaba mejor que su tamaño muchos de sus comportamientos. Era yo la que pedía indulgencia, comprensión.

Y me volví a dar cuenta, esta vez en carne propia, de lo injustos que son a veces los juicios que hacemos sobre los niños… basados en el tamaño.

 

 

 

Discutiendo en otro espacio de la jornada partida y continua, me topo con el siguiente comentario: “ellos (los niños) no tienen culpa de que no podamos cuidarlos y queramos meterlos de 7 de la mañana a algunos querrían 23 de la noche en sitios….ellos no tienen por qué pagar que no se les pueda dedicar tiempo por eso hay que pensar antes de traer hijos al mundo”.

Este comentario me duele como un puñetazo. Me parece demagógico e insultante. No creo que se pueda comparar el pedir un horario de colegio compatible con la opción (y necesidad) de tener una vida laboral con no querer ver a nuestros hijos.

Las madres trabajadoras no somos monstruos sin alma; las madres y padres que estamos por la jornada partida no somos personas que no queremos ocuparnos de nuestros hijos. Al contrario, precisamente porque queremos hacerlo, y que esto sea compatible con nuestros horarios de trabajo, pedimos que los horarios de los colegios sean razonables y nos permitan conciliar…

Los niños deben pasar tiempo con los padres (y viceversa), es cierto, pero esto no es incompatible con que se eduquen y pasen en el colegio unas cuantas horas, algunas dedicadas a aprender, otras dedicadas a socializarse, jugar, relacionarse con iguales (algo fundamental hoy en día en el que los niños no juegan en la calle y tienen pocos hermanos: prácticamente sólo se relacionan con iguales, de forma no dirigida, en los patios de los colegios). A mis hijos les gusta ir al colegio, les gusta comer allí, les gusta jugar con sus amigos… y les gusta estar en casa en familia. Igual que a mí me encanta estar con mis hijos, y con N., pero también me gusta mi trabajo, que además de pagar mis facturas y darme independencia económica (algo fundamental), me permite aprender, crecer, relacionarme con gente, aportar cosas a la sociedad en la que vivo…

Ambas cosas, familia y trabajo / escuela, son, o deberían ser, compatibles.

Estoy cansada del mensaje según el cual la única forma de tener hijos (u ocuparte correctamente de ellos) es renunciando al trabajo, trabajando de forma testimonial o “emprendiendo” y trabajando desde casa.

Identidades y prisiones

“Como palestina, crecí bajo la ocupación y la opresión: mi identidad fue mi prisión. Como cristiana, viví en un mundo con mucho racismo y estereotipos, mi etnicidad también se convirtió en mi prisión. Y por ser mujer, en una socidedad patriarcal, donde el futbol era una actividad de hombres, mi género fue mi prisión. Todas estas identidades se convirtieron en mi prisión, pero también a través de ellas encontré la libertad para ser de la manera que soy”.

Honey Thaljieh, fundadora y primera capitana de la selección femenina de futbol de Palestina.

Los especialistas en adopción suelen usar la palabra “revelación” para referirse al conocimiento que tienen los niños adoptados de su historia, su origen, el hecho adoptivo. Aunque para la mayoría de niños que son adoptados ahora no existe (o no debería existir) revelación: ser adoptado es algo que saben “desde siempre”, que está presente en casa, que nunca se empieza a hablar porque se ha hablado siempre. ¿Cómo debe ser averiguar de golpe y porrazo que tus padres no son tus padres biológicos? ¿Cómo te debes sentir? Lo explica el escritor argentino Gustavo Di Pace en este texto, publicado en el diario argentino Clarín, que hace unos días me pasó M.

Recuerdo las masas secas, el juego de té de porcelana, el mantel bordado, blanquísimo y, enmarcándolo todo, aquella música nueva y sorprendente en la voz de mi tía que contaba su versión del asunto. Lo hizo con suspenso, con belleza, con alivio.

Ese domingo, de repente y sin esperarlo, me enteraba de que no compartía la sangre con mi familia. Del otro lado de la mesa, mi mujer lloraba, con ese llanto lindo tan diferente al de la tristeza. Yo me quedé mudo, la miraba a ella, luego la miraba a mi tía. No puede ser, me dije. No puede ser, me repetí. Si tengo la sonrisa de mi viejo, el mismo dedo pulgar; y mi cara, la forma redondeada, los pómulos altos, son los de mi vieja. Vamos, la tía debe haber delirado o, como buena europea, se tomó un whisky con la excusa del frío. El corazón se me salía del pecho. Enseguida mi mujer comenzó a reírse mientras lagrimeaba, todo al mismo tiempo, ante las acotaciones de aquella polaca que intentaba atenuar la bomba que había tirado con un: “Pero tenés que estar contento, sos hijo de un médico”.

Yo no sabía si reírme o gritar mi desesperación. Sí sabía que mi viejo había sido zapatero, músico, amante de la pesca y que, de médico, no tenía un pelo. Apenas pude darle un beso a mi tía. Un abismo se abría entre nosotros. Incluso la miré a los ojos como queriendo comprobar que aquel relato había sido una más de sus historias de siempre. Pero… esa comprobación no llegó, y sí su cara serena, relajada, porque “el pacto” ya no tenía razón de ser. Sí, hubo un pacto, la promesa de silencio para con su hermana, mi mamá. Un acuerdo secreto para que yo siguiera siendo yo. Pero en ese momento, a mis 40 años –hace ya cinco– mi tía agregó: “Ahora que tu mamá ya no está, pude contártelo, no quería llevarme este secreto a la tumba”.

Abrumado, recuerdo que al llegar a casa fui hasta el placard donde guardaba el álbum con las fotos familiares. Ahí estaba yo otra vez en mi bautismo frente a la jarra de agua consagrada, ahí estaba yo en una calesita de la República de los Niños, en mi comunión, disfrazado de zorro. Y en casi todas las fotos, en casi todos esos viejos momentos, estaban ellos, siempre sonrientes, siempre felices, y por fin, padres. Obviamente, pese a lo que había querido creer, yo no era parecido a ellos; mi tía no había delirado ni el whisky era culpable de nada. Sorpresa, enojo, agradecimiento, frustración … mi estado de ánimo iba por el carril de una empinada montaña rusa.

Así se venía la vida: todavía estaba reponiéndome de la partida de mi madre, hacía ya un año (mi viejo lo había hecho cuando yo era un chico y él tenía los años que tengo ahora); aún sufría la desintegración del mundo de los dos al vender la casa cuando, por si fuera poco, me llegaba esta “buena nueva”.

Ahí, ahí estaba la respuesta a mis preguntas de tantos años acerca de por qué mis padres habían tardado tanto en buscarme (yo había nacido en el 69 y ellos se habían casado a mitad de los años cincuenta). Los problemas de concepción a los cuales mi madre había aludido tantas veces en realidad no se habían resuelto. Ninguna cirugía había sido efectiva. Me habían mentido, otra vez. Al final mis viejos solucionaron el asunto recurriendo a la adopción. Y el adoptado, claro, era yo. Sí, el hijo de italianos de Calabria que lloraba de risa cuando contaba chistes y puteaba de lo lindo cuando perdía el Rojo, y la polaca dura, compañera, cuyos tácitos te quiero se revelaban al lavarnos la ropa o prepararnos un pierogi ruskie, se habían puesto de acuerdo para que yo no me enterase de mi origen.

Pronto comencé con las averiguaciones, con llamados a otros “familiares” y amigos, con las visitas a mi antiguo barrio y, sobre todo, con los llantos escondidos en mitad de la noche. Todos confirmaron la veracidad del relato, incluso una de las mejores amigas de mi madre que, al principio, soltó un “no es así” lleno de lealtad.

Desde entonces, me llegaban diversas versiones acerca de mi historia. Una decía que mi madre era una joven descendiente de alemanes de Misiones y que había venido a Buenos Aires para trabajar en una casa de familia. Otra decía que tenía un hermano. Y con cada dato que obtenía, yo temblaba como una hoja.

Recuerdo que llegué a tener, anotado en un papelito minúsculo el teléfono de alguien que supuestamente había conocido a ese hermano mío. Marqué el número y sudé como si hubiese corrido una maratón. Parece que ese hermano me había buscado durante años y, al no encontrarme, se había ido al Paraguay. “Te consigo el teléfono” me prometió mi interlocutor.

Después de ese llamado, el tiempo comenzó a derretirse, mi historia se rasgaba, cedía ante el peso de una verdad inimaginable. Extrañamente (o no) ese papelito minúsculo se perdió. Busqué y busqué pero no hubo caso. Me sentía confundido, y no dejaba de preguntarme qué habría pasado si me hubiese encontrado con ese hermano, cómo sería tener enfrente a alguien de mi sangre. Después me llegó la versión de que esa chica rubia que me había parido, y que ahora tendría alrededor de 65 años, había muerto. Cuando escuché aquella aseveración sentí que se abría un tajo dentro de mí, y pensé que ya no tenía sentido preguntarme si era mi madre cada mujer rubia de esa edad con la que me cruzaba en el subte o en la calle.

Me sentía el protagonista de la película The Truman Show. Todas las certezas acerca de lo que había sido mi vida se derrumbaban. Había crecido en medio de un gran ocultamiento. ¿Por qué mis viejos no me lo habían dicho? ¿Pensaron que no los iba a querer más? ¿Se mudaron de barrio porque temían que volviesen por mí? Las preguntas se sucedían una tras otra, sin tregua. Cada mañana me despertaba con un “¿cómo no me di cuenta antes?”, “¿es una traidora mi tía?”, “¿cómo pudieron mis viejos guardar ese secreto?”. De a ratos, confieso, quería disculparlos pensando que era una costumbre errada pero usual en la época (yo jamás adoptaría de esa forma). De a ratos, nada de disculpas: sentía bronca por ese procedimiento mal hecho que ahora me atravesaba la vida. Todo habría sido más fácil si lo hubiera sabido.

Como sea, y avasallado por mi historia, meticulosamente construida, algo por debajo, un rencor, un bicho subterráneo, comenzó a socavarme. Una noche no pude terminar un cuento que estaba escribiendo. Otra vez, olvidé comprar entradas para el recital de AC/DC. Y aún recuerdo el reproche de mi mujer: ya no íbamos a comer pastas los sábados por la noche.

Desde aquella confesión de mi tía, no podía concentrarme, estaba tomado por ese descubrimiento que le daba una patada en el culo a todo lo que yo era o había creído que era. Un pasado misterioso me boicoteaba el presente. Y ahora, esos desconocidos que tenían mi sangre llegaban a mi vida como fantasmas: ¿me habían buscado o no? ¿y si mi madre está viva? ¿y si los encuentro y me rechazan? ¿y si creen que busco algo más que mis raíces? ¿y si no son buenas personas? ¿y si están todos muertos? El miedo a saber más se me hizo carne. Poco después llegó el insomnio, y tuve nostalgia de mi vida antes de aquel domingo, cuando todo era, o parecía, claro. Un sinfín de sentimientos me inmovilizaba, porque ahora no sólo mis cuentos no podían terminar, sino que tampoco podían nacer; aquella búsqueda de la verdad iba contra mis palabras, las amortajaba y las enterraba en un pozo. No estaba siendo feliz, me enojaba cuando alguien me preguntaba sobre el asunto. Sentí una culpa enorme, quizás porque de algún modo hurgar en ese pasado misterioso era como ir contra el deseo de mis viejos, porque tal vez yo les traicionase el cariño.

Padres tiernos, nobles, mentirosos.

¡Basta!, le dije al espejo del baño, del living y del pasillo. Dejé de hablar del asunto, mis amigos se miraban cómplices, y mi mujer no decía nada. Aunque esperaba una palabra de aliento de su parte, ella optaba por no meterse. Una noche la sorprendí mirándome extrañada, como preguntándose quién era realmente yo. ¿Qué podía contestarle? ¿Qué es la verdad, entonces? ¿Qué es la identidad y cómo se construye?, fueron las nuevas preguntas.

No hay leyes para estas cuestiones, pensé. Traté de saber qué deseaba. La respuesta no me sorprendió. Mis búsquedas habían respondido más a la curiosidad, a mi ego herido, que a la necesidad de encontrar la “verdad”. Más que escarbar en mi pasado quería construir mi presente, mi futuro. Ese era mi deseo. Escribir sobre el asunto me llevó a la conclusión de que yo era el mismo de siempre, y lo seguiría siendo más allá de lo que pudiese averiguar.

Mi decisión personal y, de algún modo, mi decisión artística, fue entonces quedarme sin respuestas a todas las preguntas que surgían. Dejé de buscar a los de mi sangre. Estaba harto de sentir miedo por lo que podría descubrir, estaba cansado de ir contra el deseo de aquel zapatero y aquella polaca que aún me miraban contentos desde las fotos del álbum del placard.

Un día, jugábamos con mi mujer al Scrabble. De repente, nos miramos. Las palabras “hijos”, “padres” y otras similares se armaban a cada jugada. Ahora seamos papás, le dije, y nos abrazamos y desparramamos todas las fichas. Ya veremos qué hago con mi pasado, agregué riendo y lagrimeando.

¿Quién soy, entonces?

Soy mi biblioteca con los libros de Bradbury, de Arlt, de Bukowski; soy mis discos de Iron Maiden, Los Beatles, y el grito eterno de Kurt Cobain; soy todos mis fracasos y mis pequeñas esperanzas, soy mi hija de casi tres años a quien dediqué mi último libro (y sí, por suerte fuimos papás).

Cuando la miro me llega, como reflector poderosísimo, la idea de que ella es la primera persona de mi sangre que conozco. A su vez, asisto a la convivencia de dos sentimientos que parecen opuestos: por un lado me maravillo ante la fuerza de la sangre; y por otro, me doy cuenta de que lo más importante es el vínculo que construyo con ella, alimentado cuando la baño, la peino, la llevo al jardín, regado como se riega una planta, día a día, como en su momento hicieron mis padres conmigo.

Por todo esto dejé de buscar. Decidí no ir contra el misterio, opté por llenarlo de palabras. Siempre me llevé mejor con la ficción que con la realidad. Qué haré el día de mañana, no lo sé. Sé que esto lo puedo decir porque, sea por la razón que haya sido, a mí me entregaron. Mis padres no quisieron o no pudieron hacerse cargo de mí. Es diferente a otros casos, como los de los hijos de desaparecidos de mediados de los años 70 a quienes sus padres jamás pensaron en entregar o abandonar: se los robaron. Allí, la búsqueda del origen me parece imprescindible. En mi caso, tan distinto, hago míos a los que siempre lo fueron, hago mía esta historia de origen incierto. Ahora, adopto yo.

Hace pocos días, en el cole de mis hijos se votó la jornada escolar, a petición de un grupo de familias que aspiran a que sea contínua: en vez de hacer tres horas por la mañana y dos (de 45 minutos) por la tarde, hacer las 5 horas de clase seguidas.

Salió por abrumadorísima mayoría seguir con la jornada partida (a pesar de ello, imagino que los partidarios de la continua volverán a pedir que se vote el año que viene). Pero antes tuvimos un encendido debate con argumentos a favor y en contra de cada una de las jornadas.

A favor de la jornada continua estaban la inmensa mayoría de los maestros y un puñado de padres. Esgrimían argumentos educativos (básicamente, que los niños están muy cansados por la tarde), aunque en el blog más completo sobre el asunto asegura que “esta página no contiene estudios ni informes favorables a la jornada continua, simplemente, porque aunque muchos docentes afirmen que existen, ninguno de ellos ha podido facilitarnos referencias bibliográficas para encontrarlos”.

La conclusión que saqué es que la jornada contínua beneficia a los maestros, que mejoran su horario laboral; a los padres que se llevan a los niños a comer a casa (y que se ahorran, por tanto, 2 de los 4 viajes, y viven la tarde ya sin agobios); y a los niños que pueden comer en casa, con alguien de la familia.

En cambio, perjudica a los padres trabajadores (y sobretodo, a las madres, que son las que suelen renunciar a la carrera y a la independencia económica en aras de la conciliación) y a los niños que se quedan a comer en el colegio sí o sí… si igualmente vas a quedarte 7 horas en el colegio (4,5 de clase, 1/2 de recreo y 2 de comedor), es mejor que esto se distribuya racionalmente, comer a una hora razonable, tener un tiempo de descanso – juego entre mañana y tarde, no encadenar 5 horas de clase…

Por otra parte, me parece una trampa que, en un sistema educativo en el que no nos dejan decidir nada (si nuestros hijos tienen o no deberes o exámenes, cómo se enfocan las asignaturas, si la religión tiene que estar en la enseñanza pública)… sea esto sobre lo único que nos dejen decidir. Me parece muy curioso y no puedo dejar de pensar que hay intereses por parte de la Administración detrás de la potenciación de estas votaciones: podrán cerrar antes centros con el consiguiente ahorro; tendrán contentos a los maestros a los que han recortado el sueldo.

Y, dejadme ser malpensada: ¿Es inocente que este debate que implica de forma colateral que las mujeres vuelvan, o estén en casa – o trabajen a jornada reducida – se abra justamente cuando hay una crisis?

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