familia monoparental y adopción

Identidad y capas

Hace algún tiempo conocí en las redes a M., adoptado transracial adulto y gay, muy activo en muchos grupos de adopción. Siempre aporta puntos de vista interesantes, de los que ayudan a crecer. Como esta reflexión sobre la identidad, las diferencias y las capas:

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Nací en Corea del Sur y fui adoptado, junto con mi hermano gemelo, de bebé. Crecí en el Medio-Oeste de los Estados Unidos, y he vivido en Chicago durante muchos años. Cuando era niño, atribuía todo mi sentido de “originalidad” a ser asiático, y a ser adoptado transracial. Cuando tenía 18 años, salí del armario como gay en mi primer año en la universidad. Mi hermano gemelo, también se reveló como gay al mismo tiempo. Hace 20 años se dio cuenta de que era transgénero, y ahora vive como una mujer.

Ser gay y ser adoptado, y el hecho de ser un adoptado transracial, significa tener varias capas en la identidad, varios elementos. Es muy complejo.

Los niños y los adolescentes de ahora se están desarrollando psicológicamente y socialmente  a edades más tempranas de lo que lo hicimos en mi generación; y están expuestos a muchas más influencias sociales. Lo bueno de ahora es que hay tantas fuentes de información y entretenimiento disponibles. En el momento en que yo estaba creciendo en Milwaukee, Wisconsin, en los años 1960 y 1970, la homosexualidad nunca se hablaba, salvo en susurros asustados y ansiosos, o se mencionaba en relación con el delito o la cárcel. De hecho, yo apenas sabía que existía antes de ir a la universidad. Y me di cuenta después de salir del armario que yo había atribuido la totalidad de mi sensación de diferencia a ser un niño adoptado transracial asiático, cuando en realidad, hay otro elemento muy grande del que yo no había sido consciente.

La mejor manera en la que puedo explicar mi identidad compleja es hablar de las capas de la cebolla–excepto que todas las capas están al mismo nivel. Soy asiático, soy adoptado, soy  adoptado transracial, soy gay, soy  inmigrante (no nacido en el país donde yo vivo y del que soy ciudadano). También soy padre, y periodista, y americano. Todas estas capas son verdaderas. Todas son elementos de mi identidad. Ninguna de ellas es “más importante” o “más significativa.” Simplemente existen, juntas, en mí. Y cada elemento afecta a los demás.

Un resultado muy importante de tener tantas identidades es que siempre me siento raro, diferente, alejado de los demás, incluso en grupos compuestos de miembros con una identidad común. Por ejemplo, en un grupo de hombres gay, yo podría ser el único hombre de color, y ciertamente el único adoptado transracial. En un grupo de adoptados transraciales, puedo ser el único hombre gay. En un grupo de padres, es posible que sea yo el único hombre gay. En un grupo de padres gay, yo podría ser el único hombre de color. (De hecho, soy miembro de un grupo de padres gay, y soy el único hombre de color, y también el único hombre que no estaba casado antes de salir del armario como gay).

Para alguien como yo,  adoptado transracial gay, es absolutamente imposible para mí  vivir en cualquier parte que no sea urbana, cosmopolita y tolerante–con la convivencia. Sólo puedo sentirme cómodo en un lugar (por tanto, CIUDAD) con gran diversidad. En este entorno, puedo sentirme apoyado y, sobre todo, puedo sentirme cómodo sabiendo que no estoy solo. Para aquellos de nosotros que tienen identidades múltiples y complejas, los espacios sociales en que nos podamos sentir cómodos son mucho menores. También tenemos que elegir a nuestros amigos, nuestras carreras, e incluso nuestros viajes, con más cuidado y más consideración

Todo dicho, tengo una vida maravillosa, y estoy muy agradecido por todo lo que ha sucedido. Es increíblemente importante no vernos como “víctimas”: no lo somos. Somos personas cuya vida será compleja y rica, con muchos elementos y capas. Y honestamente, en mi vida, cada cosa buena que me ha sucedido ha salido de la complejidad, la riqueza, e incluso las luchas de mi vida.

La crianza

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La CRIANZA supone un grupo de personas que viven en común, dan seguridad, sentido de pertenencia, identidad, y le prestan toda la atención que necesita. Un grupo de personas que comparten los avatares de la vida y comprometen su futuro en común, viven experiencias similares en una convivencia duradera que origina recuerdos y biografía en común. La CRIANZA filtra las influencias del exterior, hace partícipes de un mismo proyecto y de expectativas similares que posibilitan el tránsito de la dependencia a la autonomía, libertad y responsabilidad.
ENRIQUE MARTÍNEZ REGUERA. Filósofo, psicólogo, pedagogo. Ha tenido más de 15 niños acogidos y 40 años trabajando en casas de tutela.

Hace poco cayó en mis manos esta historia tan interesante que narra toda una vida como madre adoptiva y cómo las cosas que van pasando nos cambian. No tiene desperdicio.

La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadas

En primavera del 2006, Aselefech, mi  hija de 17 años, estudiante de instituto, se acercó a mí y me dijo – llorosa, casi desafiante – que estaba embarazada. Entré en shock, triste, asustada por ella. Pensé que habíamos hecho todo lo que hay que hacer para evitar que sucediera eso. Había hablado con ella y sus hermanos sobre sexo, les había llevado a planificación familiar, y había discutido los riesgos del sexo sin protección. ¿Cómo pudo suceder?

Aselefech y su hermana melliza, Adanech, tenían 6 años en 1994 cuando mi marido de entonces y yo las adoptamos en Etiopía. Nuestros dos hijos, que habían nacido en los Estados Unidos, habían sido adoptados de bebés, y tenían 5 y 7 años cuando las niñas llegaron. La documentación que recibimos de la agencia de adopción aseguraba que los padres de las niñas habían muerto. Desde el principio, tuve claro que Adanech y Aselefech habían sido queridas en Etiopía. Estaban acostumbradas al caos de familia y niños; se adaptaron bien a la escuela, incluso aunque hablaban muy poco inglés. A Aselefech, en particular, le gustaba hacer cosas conmigo: cocinar, limpiar, leer, cuidar el jardín. Tenía que haber estado unida a su madre, recuerdo que pensé, porque fácilmente se acercó a mí.

La escuela secundaria fue un desafío – mis hijos exploraban relaciones, experimentaban una  presión mayor por parte de sus iguales, confiaban menos en mí. En el instituto continuó la era de poner los ojos en blanco, portazos ocasionales, y la intensa lógica adolescente. La mayor parte del tiempo, Aselefech y yo nos llevábamos bien. Ella hablaba conmigo de chicos, aunque mucho más con su hermana, y yo trabajé duramente para mantener la comunicación abierta.

Cuando me dijo que estaba embarazada, no pude evitar enfadarme al principio – ¿no se daba cuenta de que esto le cerraba muchas puertas? ¿Terminaría el instituto? ¿iría a la universidad? ¿Cómo superaría el dolor que le infligirían los que la verían como un estereotipo, la joven madre soltera negra?

Nuestra familia conocía al novio de Aselefech, el padre del bebé, desde hacía años. Miguel iba un curso por encima en el instituto. Aunque participó en las conversaciones referentes al bebé, él y Aselefech no estaban preparados para casarse. Y mientras él contemplaba esta posibilidad, Asefelech decidió no abortar. Así que fui yo quien la acompañé a las citas ginecológicas, a veces de mal humor. El embarazo de Aselefech empezaba a notarse y sus profesores sacudían la cabeza. Mi mente se tambaleaba cuando pensaba en las realidades de criar a un bebé: las emociones, los gastos, las decisiones – todo parecía demasiado para mi hija adolescente.

“No sé si puedo hacerlo, mamá”, me confesó una noche. Yo tampoco lo sabía. No porque fuera imposible, sino porque era tan joven. Nuestra familia tenía los recursos económicos para ayudarla, y yo sabía que su padre, sus hermanos, sus amigos y yo le daríamos apoyo. Aún así – ¿quedarse al bebé y criarlo era realmente una buena elección?

Cuando Aselefech y Adanech tenían 7 años, recuerdo ir a una revisión médica con una doctora nueva. Revisó mi historial mientras charlábamos de mis hijos, y vio que nunca había estado embarazada. Se extrañó hasta que le conté que habían sido todos adoptados. “Una opción donde todos salen ganando, ¿no?”, dijo. “Una criatura necesitaba una familia y vosotros queríais una criatura”.

En ese momento, estuve de acuerdo. Veía la adopción como una situación donde todos ganaban. Siempre había creído en la adopción, cuando se gestionaba con integridad y transparencia; incluso había trabajado para una agencia de adopción una temporada.

Mi comprensión del asunto – y todas sus alegrías y penas – es mucho más profundo ahora de lo que era cuando me convertí en madre. Gracias a mi hija, he visto de primera mano cómo puede ser un embarazo vulnerable: una madre joven con un futuro incierto, para quien el bebé traerá cargas y demandas desconocidas, emoción y energía y sueños pospuestos. A pesar de esto, cuando hablamos de adopción con Aselefech durante su embarazo, se paró y dijo: “No. No puedo imaginarme estar en el mundo, sabiendo que mi hija está en otra parte, no conmigo. Es demasiado triste para siquiera pensarlo”.

Como madre adoptiva, vi que esto con lo que había estado intelectualmente de acuerdo – la madre biológica de mis hijos tomando una decisión dura, amorosa, desinteresada – es una elección muy diferente cuando estás en el otro lado. En verdad, me sentí como se sentía Aselefech: no podía imaginar a mi nieta entregada en adopción. No podía imaginarme a mi hija entregando a su bebé a otra persona.

Cuando vi al bebé en la ecografía de Aselefech, empecé a entender lo que esta criatura podría aportar al mundo. Para mí, la ecografía fue un punto de equilibrio, el punto de inflexión tangible de la ira a la esperanza.

¿Quién sabe en qué se mete cuando se convierte en padre o madre, especialmente a los 17 años? Aselefech tenía pocas amigas con hijos. “Es la parte más dura”, dijo; “soy una extraña entre mis amigas”. Pero para entonces, ella tenía ya confianza en que la apoyaríamos, económica y emocionalmente. “Sé que necesitaré algo de ayuda, pero me puedo hacer cargo de esta criatura”, me dijo. Tuvimos una fiesta de bienvenida del bebé, con amigos y familia, con juegos y regalos. Aselefech tuvo su celebración, y la niña se convirtió en algo más real para ella, mientras saltaba alegremente entre ropas y libros y biberones.

El nacimiento de Zariyah, el 2 de octubre de 2006, fue la primera vez que estuve en un parto. Aselefech rompió aguas a las 2 de la madrugada. Subimos al coche y fuimos al hospital mientras su padre iba a recoger a Miguel. Aselefech recibió la epidural sobre las 4, y dio a luz 4 horas más tarde. Su embarazo había sido remarcablemente fácil, seguido por un parto fácil. Al final, solo sentíamos alegría al recibir a la preciosa, maravillosa, niña a la que mi hija dio a luz.

El nacimiento de Zariyah tuvo efectos de largo alcance en todos nosotros. Para Aselefech y su hermana Adanech, fue un recordatorio de sus propios nacimientos y de su madre etíope. Sabían que las habían entregado juntas en adopción cuando tenían 5 años y medio. “Entregadas en adopción” -una frase tan aséptica, que no mostraba el dolor de la decisión. ¿Cómo habían sido sus nacimientos? ¿Quién estaba con su madre cuando nacieron? ¿Quién se ocupó de ellas tres después?

En ese momento, no teníamos respuestas para estas preguntas. Sacamos a la luz algunas de las dudas mientras Zariyah se convertía de bebé en niña, y guardamos otras muchas en nuestros corazones. Nos pusimos en contacto con la agencia de adopción que ofrecía servicios post-adopción en Etiopía, y nos mandaron a una trabajadora social del pueblo que se mencionaba en los papeles de adopción de las niñas. La trabajadora social encontró a alguien que conocía a alguien cuyas gemelas habían sido adoptadas desde los Estados Unidos.

Dos años después del nacimiento de Zariyah, en 2008, viajé a Etiopía a petición de Adanech y Aselefech, que no se sentían preparadas para ir ellas – estaban asustadas de que la muerte u otras pérdidas pudieran haber ocurrido en el tiempo transcurrido desde su adopción. Viajé dos horas desde Addis Abeba hasta el pueblo donde mis hijas habían pasado los primeros 5 años, y allí me encontré con la otra madre de mis hijas.

Encontrarme cara a cara con Desta fue una de las experiencias más poderosas de mi vida. La acompañaba su marido (el padre de las niñas), muchos de sus hijos (los hermanos de mis hijas), y dos de sus nietos (los sobrinos de mis hijas). Estábamos apretujados en una habitación pequeña y oscura, algunos sentados, otros de pie. Como la cultura etíope da mucho peso a la cortesía y la deferencia, me dieron la mejor silla, y me ofrecieron café en primer lugar. Hubo muchas oraciones, ofrecidas por los hombres, y que me tradujeron someramente: “La familia está muy agradecida. Dan gracias a Dios”. Sonreímos mucho, asentimos con la cabeza, nos limpiamos lágrimas de los ojos.

Le di a Desta, cuyo nombre significa alegría en amariña, un álbum de fotos que mis hijas y yo habíamos preparado para ella. Ella murmuró “amaseganallo”, gracias, y miró lentamente el álbum mientras yo charlaba sobre las fotos: “Esto es cuando estaban en un equipo de fútbol grande. Esta era su foto escolar. Estos son mis hijos, sus hermanos, adoptados en Estados Unidos. Esta es nuestra casa”. No sé que le dijo el traductor. Desta tocó cada pintura, hablando suavemente con sus hijos, que también miraban las fotos de sus hermanas y lloraban silenciosamente. Dí a Desta algunas fotos enmarcadas, primeros planos de Aselefech y Adanech. Recuerdo como acarició sus mejillas, sus caras capturadas en las fotografías.

Las hijas trajeron injera y doro wat, el tradicional pan esponjoso y estofado de pollo, con batallas de Fanta y Coca-cola. Alguien le quitó los álbums y las fotos a Desta, que los había estado sujetando con fuerza, y los guardó en otra habitación. Vi un punto de tristeza en sus ojos en ese instante, seguidas por una aceptación resignada, anhelante. Cuando fue el momento de irme, le dije, muchas veces, “Amaseganallo”. Ella dijo “Gracias”, mucha veces. Nos abrazamos, y nos hicimos fotos, y entonces me marché.

Sé lo que significa ser una madre adoptiva, querer tan profundamente a mis hijos. Conozco el dolor de la infertilidad, de querer desesperadamente una criatura a la que amar. Pero no conozco cómo es ser madre biológica, estar embarazada y dar a luz, tener esta conexión innegable. Cuando me encontré con Desta, finalmente empecé a entender el dolor de una madre de nacimiento. Desta y yo amábamos ambas a Adanech y Aselefech más de lo que las palabras pueden decir, pero ella tuvo que perderlas para que yo pudiera quererlas.

Traje de vuelta fotos e historias para compartir con nuestras hijas. Poco después, Aselefech – por primera vez desde que salió de Etiopía – habló con ella por teléfono. Había olvidado el amariña de su infancia y necesitó la ayuda de un traductor.

En 2011, cuando Zariyah cumplió 5 – la edad en la que mis hijas fueron llevadas al orfanato de Addis Ababa – Aselefech y yo volvimos a hablar del dolor que su madre tuvo que sentir cuando perdió a sus gemelas de 5 años. No podíamos imaginar perder a Zariyah, enviarle al otro lado del mundo, quizás nunca volver a verla. El día del cumpleaños de mi nieta, las dos lloramos por una pérdida que ambas imaginamos siendo inimaginable.

Ese verano, Aselefech y yo viajamos juntas a Etiopía, y se encontró con su familia: madre, padre, hermanas, hermanos, cuñados, sobrinos, sobrinas, tíos, tías, y primos. Hubo muchas lágrimas, abrazos, besos, oraciones, y traducciones. Varios de los hombres hablaron al grupo. Las traducciones a menudo parecían cortas, dada la extensión del amariña. En un momento raro, tranquilo, Aselefech preguntó a su madre por qué ella y su hermana habían sido entregadas en adopción.

Su padre respondió: en 1988, la hambruna y la guerra les dejaron sin comida suficiente. Los trabajos eran escasos. Teníamos otros 5 hijos. Aselefech preguntó quién las llevó al orfanato. Su padre respondió que fue él, con el hermano mayor de las niñas.

Desta parecía hablar y entender poco inglés, mientras que sus hijos – especialmente los chicos – comprendían un poco y a menudo respondían por ella, no siempre traduciendo nuestras preguntas. Hacia el final de nuestra visita, Desta habló directamente con Aselefech. “Tu madre dice que no estaba en casa el día que os llevaron al orfanato”, dijo el traductor. “Ella no quería que os marcharais”.

No poder hablar sin la ayuda de un traductor añadió un punto de tristeza. Nos llevaría muchas más visitas y muchas conversaciones cruzar las diferencias culturales y gestionar todas las emociones del reencuentro. A pesar de esto, fuimos capaces de hablar, compartir fotos, hacer preguntas. Y por primera vez desde que era una niña, Aselefech pudo mirarse en rostros que reflejaban su historia.

Sé que Aselefech y Adanech nos aman profundamente a sus padres adoptivos. Son conscientes de cómo habrían sido de distintas sus vidas si se hubieran quedado en Etiopía. Ciertamente, han tenido algunas ventajas económicas y oportunidades gracias a la vida que han tenido aquí. ¿Qué peso tiene esto, sin embargo, respecto a perder a su padre, madre, hermanos de origen – a su país, lengua, herencia, cultura? Estas pérdidas son imposibles de medir, y no pueden ser ninguneadas.

Si uno de mis hijos muriera, no sé si me podría recuperar jamás. Incluso teclear estas palabras me asusta. Pero, ¿cómo más puedo intentar empatizar con lo que han pasado cientos de miles de madres en todo el mundo, las que perdieron a sus hijos en adopción porque no tuvieron otra oportunidad? ¿Como podemos cualquiera de los implicados en adopción, los que nos hemos beneficiado de ella, no hablar en nombre de los incontables padres y familias que han perdido a sus hijos por esta vía? ¿Cómo podemos pensar que no les duele profundamente?

Es difícil para muchos padres adoptivos aceptar que el precio de nuestra alegría ha sido un dolor enorme. Gracias a mi propio privilegio, he tenido el luxo de ver a mi hija rechazar este dolor y quedarse con su hija, aunque era joven y su embarazo inesperado. Aselefech es una madre fantástica, y se graduó en Sociología en la Universidad. Zariyah es una niña brillante, sana, activa, que toma clases de ballet y va a una escuela maravillosa.

En 2014, Aselefech, Zariyah y yo fuimos a Etiopía juntas, y Zariyah, que tenía 7 años, conoció a su abuela etíope por primera vez. La visitamos en la habitación delantera de su modesta casa, nos sentamos juntas en un sofá bajo. Otra vez, había mucha gente presente – familiares, vecinos, gente de la Iglesia, y amigos. Zariyah se sintió comprensiblemente desbordada por la gente y las emociones que había en la habitación. Se sentó en silencio, escuchando, y tardamos un rato en darnos cuenta de que las lágrimas le caían por el rostro. Nos los dijo después. “No conozco a esta gente, y no sabía que estaban diciendo. Y son mi familia, pero son extraños. No sabía qué hacer. Creo que se suponía que tenía que estar contenta. Pero me sentí triste”.

Desta conoce y ha besado a Zariyah, una de sus muchas nietas. Nunca olvidaré verla hablar suavemente a su nieta americana, acercándose a acariciar gentilmente la mejilla de Zariyah. Después de perder a sus hijas queridas en adopción durante 20 años, Desta ahora las tiene de vuelta – en algún sentido – pero hay 8.000 millas entre ellas.

Aselefech y Adanech están en contacto con su familia etíope, les mandan fotos y noticias; habrá más visitas. La suya es una conexión biológica que yo no comparto, pero que ahora reconozco como importante e intensamente potente. No tengo conexión biológica con mis queridos hijos y nieta, pero están cerca de mí. Vivimos todos con el conocimiento de que muchas cosas podrían haber sido distintas, y todos compartimos la esperanza y la alegría que nos ha traído Zariyah.

Escribí en mi última entrada sobre algunas de las películas que hemos visto estas Navidades, entre ellas, “Cigüeñas”, una animación sobre el reparto de bebés…

Me manda M, madre monoparental que este año se ha formado en Psicología Perinatal un artículo muy interesante (y crítico) de Iruña Arancibia, psicóloga perinatal, con la película que he decidido compartir aquí.

Reconozco que vi la película un poco de refilón pero sí nos llamó la atención lo mecánico de la “creación” de niños y sí lo hablamos con nuestros hijos… aunque la aventura trepidante, la huida, el conflicto entre las dos familias de la chica protagonista… les / nos atraparon y la presencia de diversidad familiar nos gustó, también cómo se construye la relación entre el niño que pide un hermano y sus padres estresadamente ocupados que de repente descubren que se están perdiendo lo más importante de sus vidas, es cierto que en todo lo que tiene que ver con la maternidad en el sentido “mamífero” de la palabra, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

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El otro día mis hijos estaban viendo la película Cigüeñas y llegué al sofá en los últimos 5 min. Pude ver que los bebés en la película eran entregados a sus familias por una cigüeña en la puerta de su casa, y que nada más llegar, la mamá (con aspecto nada puérpero) ofrecía un biberón. Me dio un vuelco al estómago y le pregunté a mi hijo mayor si en esta película las mamás no se embarazan, paren y amamantan a sus bebés. Encogió lo hombros y me contestó: “no”.

En ese momento pensé que el cuerpo materno estaba siendo invisibilizado una vez más. Porque los bebés podrían prescindir de todo menos de una cosa para desarrollarse de manera óptima los nueve meses de vida intrauterina y los seis primeros meses de vida aérea, y es del cuerpo de su madre.

La neurociencia está demostrando repetidamente y cada vez con más detalle que el hábitat natural del recién nacido es el cuerpo materno, que la naturaleza lleva perfeccionando el proceso de gestar y parir millones de años y que lo que el bebé necesita nada más nacer es estar precisamente ahí, en contacto con el cuerpo de su madre y alimentándose de su pecho. También cada vez están más claros los efectos negativos para el desarrollo cognitivo y afectivo del bebé que tiene la separación y privación de ambos. Es increíble que la neurociencia tenga que venir a explicar lo que millones de madres han sabido siempre, pero es así.

Todos hemos nacido de una madre, del cuerpo de una mujer, y todos hemos necesitado de su cobijo. Los niños necesitan entender de dónde vienen y qué sucede con los bebés, cómo son, qué necesitan, cómo han sido ellos. Las madres explicamos a nuestros hijos repetidamente cómo nacieron, y si no lo hacemos ellos lo preguntan, con todo detalle.

Además las mujeres vivimos una transformación muy grande de nuestros cuerpos y de nuestra psique con la maternidad. El puerperio es una etapa muy potente en la que todo se trastoca. El cuerpo está cambiado, seguimos teniendo tripa, el pecho se hincha y gotea leche, no hay tiempo de peinarse, arreglarse, casi ni de ducharse… y somos más mamíferas que nunca. Pero en cambio en esta película, en el momento de la entrega del bebé, las madres son iguales a los padres, reciben a sus bebés delgadas, bien vestidas y peinadas, sonrientes y con el biberón en la mano. Nada de lo que sucede en cada maternidad del mundo, con cada bebé que nace, se muestra en las películas de dibujos animados. Apenas hay embarazadas (en casa sólo recordamos a Mavis de Hotel Transilvania) y mucho menos parturientas o puérperas. Y ni tocar el tema de la sexualidad y la concepción.

Decidí ver la película entera y descubrí que aún me esperaban más sorpresas. Lo primero que me impactó es el detalle con el que se describe un encarnizado mundo de la empresa. Los adultos podemos entender muy bien lo que ahí está pasando, pero ¿y los niños? ¿qué están entendiendo de todo eso? De ese jefe colérico y arbitrario en su torreón de poder, del subordinado chivato que hace comentarios machistas sobre su novia para ganarse a sus compañeros en el vestuario, del protagonista que quiere ser jefe pero no sabe para qué y tiembla cada vez que su superior le dirige la palabra… Todo esto me llama la atención porque parece que para los creadores de películas de animación la sexualidad, la maternidad y el puerperio no son mostrables, que no son cosas que los niños deban ver, pero en cambio muchas otras cosas de adultos sí, y además de una forma muy extrema y significativa (ver también el sistema militar que se muestra en “La navidad de Arthur”, aterrador).

En esta película hay un niño de unos 5 o 6 años que de repente quiere saber cómo se puede tener un hermano, y la pregunta concreta que hace a sus padres es “¿dónde me comprasteis?”. No pregunta de dónde vengo, cómo he nacido, cómo se hacen los bebés…No, ¡pregunta dónde fue comprado!. Es tan significativo del sistema capitalista que la película está mostrando… Pero casi es peor la reacción de los padres ante la pregunta de su hijo, porque, no sólo no le responden ni tienen ninguna intención de explicarle nada, ¡sino que además se ríen de él!. La película está enseñando a nuestros hijos que un niño de 5 o 6 años puede llegar a esa edad sin saber nada sobre bebés y cuerpos maternos, pero que además sus padres le van a ridiculizar cuando se interese y quiera saber.

Después la película muestra la máquina que hace los bebés, que se alimenta con la carta de deseos de las familias (bebés a la carta). La máquina los crea y salen de ella sonrientes, sentados, solos. Van bajando por una cinta transportadora y un brazo mecánico les lava y seca, otro les pone un pañal y otro tercero les enchufa un biberón (digo les enchufa porque les pilla desprevenidos, no hay demanda). Después los mete en una cápsula hermética que debe trasportar la cigüeña hasta la familia que lo ha pedido. Nadie les toca, nadie les acuna, no necesitan nada en días que dura el viaje. En la aventura que viven los protagonistas con la bebé que deben entregar salen varias veces biberones (y también un puré), que parece que se preparan solos a pesar de estar en medio de una huida, y que se le dan a la bebé mientras ésta permanece dentro de su cápsula (incluso lo toma ella sola). Nadie la toca mientras se alimenta. Una madre no parece necesaria para nada.

En esta película los bebés vienen a cumplir el deseo de los padres, son cucos y sonrientes, no necesitan la presencia permanente de una figura de apego, pasan de unas manos a otras, incluso aunque sean hostiles (lobos, pingüinos mafiosos) y sonríen a todos, se duermen con cualquiera, simplemente moviendo la cápsula o cochecito o cerrándoles los ojitos. No necesitan ni demandan contacto. Es decir, no son bebés reales. Porque, ¿alguien conoce algún bebé así, que no necesite brazos, contacto, que le acunen, tener siempre cerca a su madre?. No veo nada real en esos bebés salvo que son adorables.

En la noche que pasan juntos los tres protagonistas la bebé se despierta varias veces, pero sólo al final de la noche los padres improvisados descubren estupefactos que cogerla en brazos es maravilloso. Es curioso porque saben de biberones y de purés pero no saben de brazos, no la entienden cuando los pide en un momento de la película (la única vez). Y se muestran muy confusos antes de tocarla o cogerla. Y en realidad qué necesita un recién nacido: brazos, brazos, brazos… Y qué produce más satisfacción a unos padres: brazos, brazos, brazos. Entonces ¿por qué ese empeño en mostrarlo como prescindible, puntual, no instintivo, que crea confusión? ¿Por qué tanto empeño en esa separación y falta de contacto?

Y después la entrega a la familia, ese primer abrazo al bebé, esa primera mirada emocionada de la madre, ambos vestidos, en la calle, como si la sociedad norteamericana dijera “a partir de aquí sí”, antes no. Antes de los seis meses los bebés no importan, y sus madres (especialmente los cuerpos de sus madres) menos. Impensable mostrarlo, impensable mostrar la necesidad de cuerpo materno del bebé o el poder creador del cuerpo femenino. ¿Cómo les va a interesar eso a nuestros niños?

Todo esto me habla de patriarcado, de la incomodidad que produce todo aquello que es genuinamente femenino, aquello que confiere un poder infinito a las mujeres, y que es irreemplazable, imprescindible para la vida. Una vez más ese poder ocultado, apartado, inexistente, reducido a innecesario. Y todo aquello que transforma el cuerpo de una mujer, que la hace entrar en otro mundo durante meses, que la vuelve más mamífera que nunca, y también menos socialmente correcta y disponible, que simplemente no gusta a la sociedad patriarcal, es borrado directamente. Porque si los bebés son creados en una fábrica, entregados por cigüeñas y alimentados con biberón, ¡las mujeres ya no tienen ese poder tan exclusivo y tan peligroso!

Y pienso en la posibilidad de que en la película, cuando la cigüeña entrega a la bebé, la mamá sonriente y bien peinada se la pusiera al pecho, e inmediatamente sé que en el mundo de las películas de animación eso nunca sería posible… Qué tristeza pensar que mucha gente se llevaría las manos a la cabeza con una escena así, y que en cambio se acepte con tanta naturalidad que ese primer ofrecimiento sea un biberón. Resulta tan decepcionante que eso sea lo que se muestra a los niños (a mis niños) y al mundo sobre la maternidad, y sobretodo sobre el cuerpo de la mujer…

Navidades de cine

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El tió nos “cagó” este año 6 entradas para ver “Rogue One”, la última de “Star Wars”. Me enganchó la historia, aunque me sorprende no haber leído en ningún sitio (quizás no he buceado lo suficiente) ninguna alusión a la Guerra de Vietnam: desde la primera imagen de la niña corriendo por el campo, que me recordó la foto de la niña quemada por el Napalm, hasta la alusión a los que tiraban los helicópteros con palos, “que donde haya 10 parezcan 100”, una guerrilla hundiendo un Imperio, dos de los héroes resistentes con rasgos asiáticos….

Mención especial la variedad racial del pelotón de cabeza: un afroamericano, un mexicano, un danés, dos chinos, un londinense de origen pakistaní… y una sola mujer, vale, pero ¡menudo papel!

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También hemos visto “Cigüeñas”, una historia, una vez más, sobre adopción… más allá de la trama central, uno de los personajes protagonistas es una chica que no llegó a ser entregada, ha crecido entre cigüeñas y busca a su familia biológica a pesar de tener pocas pistas para llegar a ella… sin ánimo de hacer spoilers, termina con un mensaje positivo, donde se integran a ambas familias (la de nacimiento y la de crianza) y con un canto a la diversidad: las cigüeñas entregan bebés a todo tipo de familias, incluidas monoparentales y homoparentales.

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En nuestro afán por recuperar las películas que nos marcaron en la infancia  y la adolescencia, invitamos a los mayores a quedarse una noche y ver “Alien”, una de las primeras películas de acción con una mujer como heroína. A pesar de algún momento de susto y asco, la disfrutaron mucho y están deseando ver “Alien 2″… esta curiosa alegoría de la maternidad.

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Y como todas las Navidades, volví a ver un clásico de estas fechas: “Love Actually”. Sí, es cursi. Sí, son historias en las que la iniciativa la toman los hombres; sí, son extrañas historias de amor donde el diálogo brilla por su ausencia. Y aún así…

Me dijo C. cuando terminamos de verla: “Si el año que viene mamá no la quiere ver contigo, yo me apunto”.

Y el 2017…

Que como el 2015 y el 2016

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Queráis y os quieran

Encontréis espacios para la resistencia

Aprendáis de vuestros errores. Que algunas cosas no las aprendáis jamás

Que no os callen la boca

Que encontréis siempre alguien dispuesto a poner el hombro o echar unas risas

Que nos os falten abrazos ni caricias

Que no os dé miedo decir no. Ni decir sí

Que empecéis muchos proyectos nuevos. Que terminéis algunos

Que os sorprendan

Que no os duelan las derrotas, que no os emborrachen los éxitos

Que encontréis rendijas para la alegría

Que veamos cambios, que hagamos cambios

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