familia monoparental y adopción

Lo que no vemos

Otra vez, un vídeo que vale más que mil palabras, aunque de palabras va el juego. Y de amor, adolescencia, bullying, y consecuencias inesperadas. No dejéis de verlo (es en inglés y está subtitulado en catalán, pero se entiende. Vaya si se entiende).

Tu primer día en un CRAE

(CRAE: Centro Residencial de Acción Educativa. Así se llaman los centros de menores en Catalunya).

Hay quien dice que es un error llamar “Tríada” a los componentes de la adopción; en primer lugar, porque las tres patas (niños, familia biológica, adoptantes) no forman un triángulo equilátero, sino que son (somos) los adoptantes los que dominamos la situación y el discurso; y en segundo lugar, porque el mueble queda cojo si no tenemos en cuenta otras patas del asunto: los niños que crecen en centros, que no llegan nunca a ser adoptados, pero tampoco se crían en sus familias; la Administración Pública; y los profesionales que integran esta Administración: psicólogos, trabajadores sociales, educadores, funcionarios, jueces…

Hace unos días cayó en mis manos este texto que da voz, precisamente, a dos de estas figuras: el educador empatizando, mirando, al niño que llega al centro. Me he tomado la libertad de traducirlo y compartirlo aquí.

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Ayer llegaste a nuestro CRAE. Tienes 5 años y vienes acompañado de tu hermano de 3, de quien no te separas en ningún momento. Llegasteis a mediodía, cuando todos tus (futuros) compañeros estaban comiendo en el piso. Te acogimos de la mejor manera posible, no se puede hacer de otra manera en esta profesión.

Nunca te acabas de acostumbrar a hacer una acogida a un menor cuando ingresa en un centro. Casi no hay tiempo para que puedas digerir que te han separado de tu núcleo familiar. Ha sido todo tan rápido que ni nosotros mismos sabemos de dónde vienes, con quien vivías y por qué estás aquí.

En concreto, en tu caso, la retirada no ha sido nada fácil. De hecho nunca es fácil pero hay maneras y maneras. Vosotros, aunque lleváis meses con una trabajadora familiar en casa, estabais en el colegio cuando os vinieron a buscar. Sin deciros por qué, cómo y donde, os han traído a nuestro centro. Habéis llegado sin más ropa que la que mamá os ha puesto para ir a clase; tampoco ninguna pertenencia personal, pero sobretodo sin ningún tipo de información sobre qué pasaba.

La primera tarde ha sido muy dura. Os han separado a ti y a tu hermano y estáis en pisos distintos. Tú no te separas de la educadora que ha comido contigo y ahora tienes que estar conmigo toda la tarde. Cambio de turno. Traspaso de información. No entiendes por qué ella tiene que marcharse a casa cuando lleva todo el mediodía contigo y ahora te quedas conmigo, otro desconocido que a pesar del afecto con el que te habla es esto, un desconocido.

Poco a poco vas entrando en la dinámica del piso. A través del juego te vamos conociendo poco a poco. Ya sabemos que te encantan los dinosaurios y los coches de Rayo McQueen. Y gracias a esto, hoy te contaremos un cuento para añadir la primera piedra de la que seguramente sea la herramienta más importante que tiene un educador social en un CRAE: el vínculo. Espero que juntos podamos lograrlo con el paso del tiempo.

La acogida por parte de los otros niños ha sido espectacular, especialmente de los más pequeños. Incluso hay uno menor que tú que explica a su tutora que el niño nuevo “llora porque echa de menos a su madre”. Añade que “pronto la verás y que aquí estarás bien”. En cambio, los que llevan más tiempo y son mayores que tú, se muestran resignados. Ellos también vivieron una situación similar y se suman a la conversación diciendo “mi EAIA me dijo que estaría aquí un año y ya llevo tres. No le queda nada”. Efectos de la institucionalización, supongo.

Llega la cena y empezamos a ver algunas cositas. Con 5 años tienes dificultades para coger el tenedor, la fruta y la verdura te cuestan, hábitos no adquiridos, etc. Un rato de recreo y vamos a dormir. “Es muy pronto”, dices. Y tienes razón, mucha razón. Pero ahora convives con 9 niños más en el piso y 39 en todo el centro. Es por esto que tenemos unos horarios muy distintos a los que hay en las casas “normales”. De hecho, yo, que te tengo que contar un cuento, también me iré pronto.

Pero hoy no tengo prisa. Es tu primer día y me quedo tranquilo cuando después del cuento te duermes enseguida. Mañana nos volveremos a ver. A mí y a todo el equipo educativo que te atenderá y acogerá “hasta que papá y  mamá hagan los deberes”.

Nos vemos mañana, pequeño.

Mi caída del caballo

Como tantos adoptantes, fui ingenua, creí que la adopción miraba por el bien superior del menor, estuve convencida de que si hacía las cosas bien, habría garantías… hasta que me caí del caballo.

Fue hace exactamente 8 años, este texto lo escribí entonces… y lo había perdido hasta que M. me lo volvió a hacer llegar.

No hay mucho que añadir… aunque ahora sería menos ponderada,  pondría menos quizás,

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Llegué a la adopción por el deseo, egoísta, de un hijo, pero creía que, como a mi no me importaba que mis hijos no llevaran mis genes, y habiendo tantos niños en el mundo, la adopción era la mejor opción. También pillé el cierre del protocolo público, aunque yo, desde el principio, pensaba ir por ecai. Quizás porque no soy muy valiente, y también porque pensé que las agencias controladas por la administración pública me ofrecían más garantías que facilitadores que no estaban sujetos a nuestra legislación. Y tomé esta decisión a pesar de que me suponía 2 años más de espera, y cuando se empezaron a conocer las barbaridades que fueron ligadas a algunos casos de adopción por protocolo público, pensé que había escogido bien. 

Mi experiencia personal con mi ecai fue buena en todos los sentidos, y, aunque no había oído hablar de corrupción de ningún tipo, me alegré de poder comprobar que la historia de mi hijo era exactamente como me la habían contado. Me alegré de poder localizar a la madre biológica de mi hijo y me alegré mucho (aunque también lloré) cuando ella me escribió explicándome las razones por las que le había dado en adopción. 

Tiempo después, empecé a leer historias tremendas de la adopción en Etiopía por ecai. Creo que la primera que leí fue la de V. Lógicamente, no tuve ninguna duda de que era cierta, pero entonces pensé que era una excepción, un error del sistema, por decirlo de alguna manera: alguien había hecho algo mal, estaba claro, pero la adopción, en general, funcionaba. Luego leí sobre otros casos, ya eran muchas excepciones… pero seguí pensando que eran errores, desviaciones. Que la adopción no era eso. Que eran desviaciones a la norma. Tremendas, pero excepcionales. Esto es lo que he pensado durante mucho tiempo… a pesar de todas las evidencias. 

Hasta que el otro día, hablé por teléfono con una familia que me explicó su historia. No sé si fue oírla de viva voz en vez de leerla; o los detalles; o los nombres propios, algunos bien conocidos por mí. El caso es que de repente lo vi todo desde otro prisma. Como San Pablo cuando se cayó del caballo en el camino de Damasco, pero en vez de ver la luz vi la negrura más absoluta. 

Mis conclusiones, a las que otros han llegado antes que yo, es que la adopción internacional, que en si no tiene nada de malo, es en Etiopía (y también en otros países, no en todos) un gran negocio para las ecais, que han encontrado en este país un campo de cultivo de niños sanos y pequeños para nosotros, las familias blancas, que llegamos a la adopción desde la inocencia más absoluta, convencidos de hacer un bien dando familias a niños que las necesitan. Con esto no quiero decir que todos los casos sean niños arrancados (no por la fuerza, sino después de convencerles) de las familias, a las que se les explica lo bien que les irá a sus niños entre los farengi; ni siquiera sé si son así la mayoría de los casos: seguro que también hay niños huérfanos o abandonados. El problema es que es imposible discernir si estás en uno u otro caso hasta que ya es demasiado tarde. El problema es que nuestra demanda es la que genera la oferta. 

¿Sabéis lo peor? Lo peor es que yo estaba dispuesta a hacer una segunda adopción en Etiopía, que la habría hecho si no me hubieran expulsado del país, convencida de que podía controlar el proceso. Y si todo hubiera salido bien, habría dicho: ¿Veis como se puede hacer bien? Y si hubiera salido mal… no habría podido decir que no me habían avisado antes. 

Alguien decía que este no es el foro en el que denunciar estos temas. Yo discrepo: creo que es precisamente aquí donde tenemos que hablar de esto (además de denunciarlo ante las autoridades pertinentes y ante los medios de comunicación si se dejan). Otras voces reclaman, cada vez que sale el tema, el nombre de las ecais. Al margen de que TODAS las personas que han denunciado el asunto han nombrado sus ecais , yo creo que esto es irrelevante. Que se conocen los casos que se conocen, porque ha habido un puñado de padres, pocos que han ido más allá de lo que les vendían. Que debe haber muchos casos como estos que no han sido descubiertos ni denunciados. Y que firmar con una ecai que no tenga (todavía) denuncias no es garantía de nada. 

En fin. Que estoy muy, muy tocada. Que me siento muy idiota. Que de repente, una serie de cosas que no me cuadraban, han tomado sentido.

Que tengo mucho que digerir, y ninguna de estas cosas son ni siquiera fáciles de masticar. 

Carasucia

Un vídeo vale más que 1.000 palabras

Adopción y sexo

El sexo es ese tema del que casi nunca se habla en relación a la adopción: el elefante en la habitación.

Todos nacemos a partir de un acto sexual.

Cuando hablamos de adopción, los niños y niñas que son adoptados nacieron de un acto sexual… que no mantuvieron sus padres adoptivos, las personas que les crían. Un acto sexual que a menudo no conocemos (ni los adoptados ni los adoptantes) y que muchas veces tiene que ver con las razones para renunciar / perder / ser desposeídos de este hijos.

Hijos concebidos fuera del matrimonio – o antes del matrimonio, o en una relación en la que el matrimonio era otro –  en sociedades o familias donde esto no se acepta, sexo no consentido, promiscuidad, sexo precoz, prostitución, incesto… Sexo fuera de lo permitido, lo lícito. Pecado.

¿Cómo lo enfocamos? ¿Cómo hablamos de este sexo? ¿Cómo hablamos del sexo en general? ¿Ese sexo que tuvo lugar entre los padres (biológicos) de los adoptados convierte el tema sexual en tabú en las casas de los adoptantes? ¿Más todavía si en esas casas el sexo no permite concebir hijos – o si en esa casa el sexo no se practica, por ejemplo, en muchas familias monoparentales?

¿Cómo piensan los adoptados en el sexo de sus padres (biológicos), de sus adoptantes? ¿Y cuando se trata de ellos mismos?

Hace un par de generaciones, para hablar de cómo se hacían los hijos, se recurría a las flores y las abejas. Esto ya no sucede: ahora se habla de óvulos y espermatozoides, embarazos y partos, y en todos los colegios hay un tema que es la reproducción humana.

Mi colegio de EGB, que era un colegio muy, muy moderno para la época, ya lo hacía: se hablaba largo y tendido de la reproducción. Pero un día, pillaron a un grupillo de la clase leyendo en la biblioteca un libro sobre sexualidad, ellos lo escondieron cuando entró la maestra… y se dieron cuenta de que hablaban de reproducción, pero no de sexo. Y nos propusieron dedicar varias clases al sexo. Al sexo con fines no reproductivos. Al placer. A distintos tipos de relación sexual, de orientación sexual. Y este tipo de cosas son las que creo que fallan, no solo hablarles de óvulos, espermatozoides, embarazos… sino de placer, de falta de placer, de abusos, de orgasmos, de sexo sin fines reproductivos, de embarazos no buscados, de la pulsión sexual, de la contención, del sexo consentido y del sexo que parece consentido pero que no está tan claro que lo sea… de anticonceptivos, de masturbación, de deseo, de cómo empezar una relación sexual y amorosa, de sexo sin amor, amor sin sexo, etc etc etc

¿Se convierte en las familias adoptivas este tema en tabú precisamente porque es algo que tiene que ver con una parte de los niños que es totalmente ajena a nosotros?

 

 

Cae la noche

No sé por qué, en el aparato de música suena ópera.

Es  el “Nicomix”, un disco de los niños que tiene un poco de todo y que escuchan incansablemente.

A. y P. han cenado ya y juegan a un extraño juego llamado “caos contra reis” que se juega con papeles y rotuladores, encima de la mesa.

“Nos han matado, A. Nos han matado algunos”. ¿O es a algunos?

En la cocina, hierve el puchero con garbanzos para mañana y esperan para la cena el repollo rehogado y los filetes de cinta de lomo.

Oigo borbotear el lavaplatos.

El gato se ha apropiado del sofá.

C. termina la tarea en su cuarto. O quizás trastea con el móvil. O quizás ha decidido, por fin, empezar ese libro de Stephen King que hace meses que le recomiendo.

Escribo con el ordenador sobre las rodillas, mientras espero que N. y B. regresen del primer día de fútbol.

En un extraño paréntesis donde no hay deberes, ni gritos, ni peleas, ni lavadoras.

La luz amarilla de la lámpara, el hule con dibujos de vacas, cojines amontonados y algunos juguetes que habría que mandar recoger.

La ópera ha dejado paso a algo que parece jazz progresivo.

Cae la noche.

No habrá curación

Leer a los adoptados adultos es una de las cosas que más me han enseñado. Y entre los adoptados adultos que he encontrado en los últimos tiempos, destaca la voz de Maline Caroll. Su blog, So life goes on, no tiene desperdicio. Nos muestra lo poliédricas que pueden ser las emociones, las vivencias más duras, y la forma de gestionarlas.

Me dio permiso para traducir la última de sus entradas y aquí está:

(Otras entradas de Maline Caroll publicadas en este blog son: Mi familia de nacimiento espera de mí y Salí del armario como negra y me siento rara)

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No habrá curación.

¿Cómo es que en lo más profundo, aunque estas personas te hirieran, aún sientes algún tipo de amor por ellos?

No me puedo imaginar volviendo a ser parte de su familia. No es nada que jamás querría. No es nada que necesite. Sin embargo, les echo de menos.

Echo de menos a la gente que permitió que tanto dolor llegara a mi vida. Echo de menos a la gente que me negó la comida, echo de menos a la gente que permitió que estaba bien que yo sufriera abusos.

Echo de menos a las personas que abusaron unas de otras, que se hicieron daño, que vivieron una mentira. La gente que usó el porno de la pobreza para obtener financiación para construirse una mansión. Sí… ellos. Me encuentro, en lo más profundo, echándoles de menos.

Echando de menos su voz aunque lo que dijeran fuera tan mezquino, negativo, racista, vulgar, sexual, abusivo.

Echo de menos el calor que me daban cuando me abrazaban incluso aunque su aliento oliera a alcohol, su abrazo fuera demasiado estrecho, su tacto se demorara unos segundos de más.

Como una persona que regresa a una relación de maltrato, echo de menos los “Siento que te sintieras así, pero…” que me hacían sentir tan insignificante… como si fuera mi culpa que la familia se desmoronara.

Echo de menos sentarme en el regazo de mi padre adoptivo mientras él me degradaba al decirme que no podía ir a casa de mis amigos porque seguía mojando la cama.

Echo de menos esa cama que olía tan intensamente porque cuatro días por semana se saturaba en miedo líquido que nunca cedió hasta el final de mi adolescencia.

Esa cama que contenía tantos recuerdos de abuso, saturación y ansiedad. La cama en la que deseaba dormir pero en la que temía despertar a la 1 de la madrugada, cuando mi padre adoptivo entraría a echarnos un vistazo. Siempre se me acercaba porque sabía que me habría hecho pis. Esa cama rosa con cajones que encajaban en ella.

Me despertaría, me llevaría al baño más cercano y me sentaría en el wáter y esperaría a que hiciera pis para que no se me volviera a escapar. Entonces me buscaría algunas ropas secas, pondría algunas toallas en la parte mojada de mi cama, y me volvería a acostar diciendo “Te quiero”. Siempre estaba muy dormida, los ojos cerrados, y aún así muy consciente de que me despertaba porque había vuelto a mojar la cama.

Odiaba no saber, o no comprender, por qué mojaba la cama. Mojar la cama era para bebés. Siempre me llenaba de vergüenza. Llegó al punto que cuando mis hermanos más pequeños mojaban la cama, me ponía contenta de no ser “la única”.

A veces, incluso, cuando mojaba la cama, me metía en la cama de mi hermana después de ponerme unas bragas secas. Me metía bajo las mantas, temblando, tenía tanto frío, y estaba pegajosa. Ella siempre se hacía a un lado para que pudiera dormir junto a ella.

Creció para ser una supremacista.

Y no lo entendí hasta más tarde. No entendería mi síndrome “de mojar la cama” hasta que estuve en los veintitantos. No me golpeó hasta ser consciente del abuso que había experimentado en manos de mis hermanos de acogida. Pero tardó tanto… todos esos años para entenderlo mejor.

Y aún así, les echo de menos. Echo de menos a la familia que me crió. Echo de menos a mis dos hermanos blancos y sé que nadan en el privilegio y no hacen nada para mitigar las diferencias. Echo de menos oírles hablar aunque su discurso sea tan tóxico. Echo de menos oírles hablar tan afectuosamente de su madre biológica, de cómo esta mujer no podía estar equivocada.

¿Por qué debería echarles de menos? ¿Cómo puedo echar de menos a personas que fueron tan dañinas, tan… equivocadas?

Quizás echarles de menos es parte de un proceso de curación que puede abarcar toda una vida y solo estoy en esta fase en concreto. O quizás echarles de menos significa que estoy enferma, como dijeron que estoy / estaba / estaría siempre.

¿Cómo puedes echar de menos a alguien que te hiere tanto? ¿Cómo puede alguien echar de menos a quien solo te causó dolor? ¿Cómo una victima de maltrato se queda con su maltratador?

Creo que es como lo que pasa cuando tienes hijos. Se vuelven dependientes de ti y no tienen realmente una salida. No saben qué otras opciones hay. Se ven obligados a confiar en sus agresores para sobrevivir.

Me maltrataron en muchos sentidos pero el maltrato que se ha quedado grabado en mi mente, más que cualquier otro, es la alienación que experimento como adulta. La falta de deseo de hablar del maltrato, hablar del tratamiento y hablar de las maneras en las que la sanación puede encararse es probablemente la peor forma de maltrato. Porque no quieren reconocer el elefante en la habitación… ni siquiera cuando se lo señalo. Ni siquiera cuando apunto lo obvio, no quieren mostrar que les preocupa, que es importante para ellos. Esto me afecta en lo más profundo.

¿No soy lo bastante importante para tener también la oportunidad de hallar sanación? Pero quiero que sanemos como familia. Quiero que no volvamos a lo que solía ser, porque lo que solía ser era horrible… quiero que vivamos y existamos en lo que puede ser ahora. Quiero que haya una esperanza y un futuro para mí y para la gente que me crió. 

Pero si soy completamente honesta conmigo mismo, debo admitir que no hay posibilidad de que consiga mi deseo. Nunca lo conseguí de niña, ¿por qué debería hacerlo ahora como adulta? No sucederá. Se necesitan dos para bailar el tango y a menos que el otro lado quiera que suceda, no sucederá. 

No he tenido contacto con mi madre adoptiva durante los últimos 5 años. He tenido un contacto de baja intensidad con mi padre adoptivo y he tenido un contacto aún más escaso con los dos hermanos que son sus hijos biológicos. Las mejores decisiones que he tomado son mantener poco o ningún contacto. Pero solo porque no nos relacionemos, no quiere decir que no pensemos en qué podría y qué debería haber sido. 

Muchos de mis seguidores me preguntan si me pondría triste si murieran. Hubo un momento hace bastantes años donde podría haber respondido honestamente que no. Podría decir que si hubieran muerto en ese momento no me habría importado ni un ápice. Pero ahora, después de muchos años llevando la carga en mis hombros, que murieran sería solo más carga para los que quedan atrás. No he compartido esta carga y no la ha sufrido nadie más en la familia. Es una carga que me pertenece. 

Que estén vivos me da la esperanza de que un día querrán compartir parte de esta carga. Sé que estoy siendo ilusa con esta esperanza… pero tiene que haber alguna razón por la que siguen vivos. 

Lamento no haber tenido infancia. Lamento haber sido traficada cuando era niña. Lamento no haber sido jamás una niña. Recuerdo esconder un biberón bajo mi almohada cuando era pequeña porque por la noche, necesitaba tener ese biberón. Algo tranquilizador tenía que suceder. Tener el biberón me recordaba que una vez fui un bebé, que no salí de la barriga de mi madre como una niña de siete años. Ese biberón me suponía un consuelo enorme. Me hacía sentir que las fases que me perdí, las podía revivir. 

Ahora como adulta, miro atrás y me doy cuenta de cuánto de mi vida fue impuesto por dos personas que me traficaron y controlaron cada aspecto de mi vida. Veo que ahora como adulta necesito centrarme en las cosas que puedo controlar. Hay mucho sobre lo que no tengo control, pero hay mucho que controlo. 

Escribí un post unos meses atrás sobre el suicidio. El suicidio es una realidad para muchas personas y lo es sin duda para mí. Cuando uno se suicida, uno toma el control de algo en su vida. Se suicidan porque o bien han perdido el control de ciertas áreas de sus vidas, o bien no lo han tenido nunca. 

Para mí, cuando me marche, será a través del suicidio. Será a través del suicidio porque nadie me dirá cómo debo dejar esta tierra. No me dieron la oportunidad cuando llegué ni cuando crecí… por Dios nadie me va a decir cómo debo dejar este mundo. 

Creo en el suicidio porque para mí, es la cosa más constante en mi mente. No me lo puedo quitar de la cabeza. No puedo hacer ver que estas ideas no existen. No puedo ignorar el deseo de estar en un sitio distinto. No tengo miedo del otro mundo. No creo en el Cielo ni el Infierno. Creo en lo que hacemos de nuestra vida aquí en la tierra. Algunos días la convierto en paraíso, y otros días la convierto en un infierno. Hay tanto que podemos controlar. 

Así que… no creo que haya curación. Creo que que podemos avanzar para mejorar nuestra vida en la tierra. Pero sanar sin dejar una costra que nos vamos arrancando… curarnos está lejos de lo real. 

Un amigo me dijo una vez que necesitaba mejorar el anuncio de un curso que iba a impartir a un grupo de gente. No le dije que la sanación podría no llegar nunca. No podemos sanar del trauma de la adopción, pero podemos aprender a hacerle frente. Así que quizás la sanación es algo que sucede después de que tomemos control de nuestras vida y lo transmitamos… o quizás no sucederá jamás. No habrá curación… solo formas de hacerle frente. 

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