familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Proteger a lxs niñxs

Esta semana, alguien ha lanzado una granada a un centro de menores de Madrid, un centro que la ultraderecha puso en la diana con criminalización de los menores migranes, a los que han acusado de generar inseguridad, hacer aumentar la delincuencia y ser culpables de la violencia sexual que hay en el país. La derecha, además se ha negado a condenar este atentado en la Asamblea de Madrid.

¿Somos conscientes de lo grave que es que tiren un explosivo a un sitio donde viven menores, y que no es menos grave porque estos menores sean extranjeros, racializados o estén desamparados?

¿Os imagináis que alguien hubiera lanzado un explosivo contra un instituto donde van hijos de guardias civiles, por ejemplo, y que alguien como Otegi no lo hubiera condenado? No solo esto, sino que antes hubiera hecho una manifestación en la puerta azuzando a agredir a esas criaturas?

¿Por qué consideramos menos personas a estos a los que algunos llaman MENAS, despersonalizándolos con este acrónimo, quitándoles la humanidad, convirtiéndolos en “los otros”?

A este respecto, me ha gustado mucho (como siempre) lo que ha escrito Gerardo Tecé sobre proteger a los niños:

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Matar a un ruiseñor, la novela de Harper Lee que Gregory Peck protagonizó en el cine, cuenta una historia sobre la moral y la pérdida de la inocencia. El abogado Atticus Finch decide defender a un negro en la Alabama de los años 30. Al tiempo que se enfrenta a sus vecinos por “ser el amigo de los negros”, el abogado, que también es padre viudo, tiene que educar y proteger a sus dos hijos en mitad de esa sociedad enferma de racismo. Setenta años después, este clásico del cine y la literatura sería acusado de adoctrinamiento por algunos que salen representados en la historia como esos vecinos armados que pretenden ajusticiar al negro sin juicio previo. Con los hijos del abogado como testigos y víctimas de todo aquello.

Intentar proteger a los niños a pesar de los pesares es una constante en toda sociedad civilizada. Un pacto tácito que se respeta incluso en tiempos de guerra, cuando todo se desmorona. Protegemos a los niños, aunque sean de otros, si los vemos acercarse demasiado al borde de la carretera. Los protegemos de la muerte y hasta de su existencia –el abuelo se ha ido de viaje–. Los protegemos de los naufragios –papá y mamá van a vivir en casas distintas, pero se quieren mucho– y de los problemas económicos –los Reyes Magos este año están en crisis–. Los protegemos de los problemas sociales –el telediario es para los mayores– y de quienes no quieren proteger a los niños, sino todo lo contrario –a ver con quién chateas–. Protegemos a los niños de ellos mismos –prohibido vender alcohol y tabaco a menores– y de cualquier sombra que los rodee, aunque el mundo esté lleno. Se llama instinto de protección con el más débil. Quien no lo tiene está enfermo o es el peligro del que hay que protegerlos.

Hay niños que no pueden ser protegidos. Hay naufragios sociales tan grandes que acaban con algunos subidos a una patera o escondidos en el remolque de un camión, alejándose de una casa que no los protege. Son niños de otros. Esos que siempre, siempre, están al borde de la carretera. Ayer, el centro de menores de Hortaleza, en Madrid, fue atacado. Y no como debería haber sido atacado, por la falta de inversión, por incumplir las medidas de bienestar de los niños que allí viven. Fue atacado con una granada. Un arma de guerra contra niños que días atrás fueron atacados con dedos que los señalaban como potenciales delincuentes a las puertas de su casa de acogida. Hasta en la Alabama racista de los años 30 de Matar a un ruiseñor, los niños negros eran protegidos porque, al fin y al cabo, negros o blancos, eran niños. Toca proteger más que nunca. Los depredadores infantiles están al acecho.

Hijo en el invierno

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El tren se detenía antes del alba
en la estación desierta. Caminábamos
sintiendo el aire frío
por las calles oscuras y vacías
hasta que se encendieron las luces de un café.
Allí esperamos a que amaneciera
y a que se abriera la Maternidad.
En una madrugada fuimos ricos.
Al fondo de nosotros podemos ver aún
amanecer en las estrechas calles
y la hilera de cunas en penumbra.
Hoy aquel niño es músico de jazz.
Mientras escucho cómo toca el saxo
en este club de Ciutat Vella,
se iluminan al fondo del pequeño escenario
los cristales de un tren o de un café al alba:
la luz tenue que aún sigue encendida
allí donde empezó,
tímidamente, nuestro amor por él.

Joan Margarit

El vientre vacío

Debía tener yo 10 años el verano en el que, cuando llegamos a Menorca, nos recibió M. con A., que había nacido aquel curso que habíamos pasado en nuestra ciudad. Justo antes de irnos, el septiembre anterior, nos dijo que estaba embarazada, y cuando volvimos a principios de julio, A. tenía 4 meses.

Era un bebé rechoncho, risueño, que verano tras verano iría convirtiéndose en niño y que hoy es un adulto que vive y trabaja en un país de Escandinavia.

A. fue el niño que hizo que yo quisiera ser madre. Lo cogía en brazos, lo llevaba arriba y abajo, me limpiaba la leche agria que a veces regurgitaba en mi camiseta, y pensaba: Un día tendré uno como este.

Pero

¿y si no hubiera podido tenerlo?

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“Mis pechos ya tienen grietas como si hubiese dado de mamar. Y mi tripa se hincha como si fuésemos dos. Tu cordón umbilical es un tallo que crece en el jardín. A veces sueño que mi leche es amarga y el bebé la rechaza. O que estoy a punto de dar a luz, corro hacia el hospital, sola, y la criatura resbala por mis piernas. Algunas veces, en el sueño, consigo llegar al hospital, me tumban en una camilla, mis piernas abiertas como las alas de un pájaro a punto de echar a volar, y doy a luz. No duele. Hay noches en que si el bebé del vecino llora, me despierto asustada como si fuese mi hijo el que chilla. Nada es real, lo sé. Me pienso madre, pero no lo soy.

Cada vez más imagino mi vientre vacío. Como una tumba a la que algún día llevaré flores. Un trozo de tierra yermo, un lugar en el que nunca habrá nada, que siempre estuvo muerto. Una latitud de mi cuerpo que no la siento como propia porque no crece en ella nada, y yo querría. Dicen: «Mi cuerpo, mis decisiones». Pero, de algún modo, un presente de precariedad e incertidumbre condiciona y marchita mis expectativas y decisiones. Me pienso madre, pero no lo soy. Me asusto. Me pienso sin hijo. Me asusto de nuevo. Anticipo mi pena porque es la única certeza que tengo ahora, la de que nada tiene por qué ir a mejor. Mi única seguridad es que tal cosa ya no existe.

Tenía 10 años cuando mi primo David nació. Mi tía nos dejó una noche al bebé en casa, le preparamos una cama en la salita, junto a la bicicleta estática. Recuerdo que me desperté a medianoche y fui a hurtadillas a la habitación para verlo. Me asomé a la cuna improvisada y le di besos en la cara. Pensaba: «Te quiero mucho». Pensaba: «Ojalá seas mío». Durante el día los adultos —mis padres y mis tíos— me hacían darme cuenta de mi propia realidad, que yo era muy pequeña para cuidar de un bebé. Pero durante aquellos cinco minutos a solas imaginé que era su madre. A partir de entonces, a veces fantaseaba con tener una barriga de embarazada. Me ponía frente al espejo, con un cojín bajo el jersey, y apoyaba mis manos en la cintura, a la altura de los riñones, como si llevase una gran carga en mi diminuto cuerpo.

Ahora tengo 30 y me pongo frente al espejo también. El juego que hacía de niña me resulta patético a mi edad. De cría, estaba todo por hacer. En mi cabeza, podía construir el futuro como me diese la gana, no había nada prohibido. Hoy, no consigo proyectarme más allá de los próximos meses. Ni siquiera puedo imaginar otro cuerpo que no sea este. Sé que todo puede cambiar en un segundo.

Les pregunto a mis amigas cómo se ven dentro de diez años. Sabemos qué haremos la semana que viene, pero no dentro de tres meses. ¿Tendré trabajo? ¿Me echarán de mi casa? ¿Habré conocido a alguien? La capacidad de predecir cómo serán nuestras propias vidas no existe porque la precariedad ha dinamitado la posibilidad de visualizar nuestro futuro. Las dinámicas se han configurado para que todo dure poco: compra lo que vas a cenar hoy, ya veremos qué comes mañana; quizá en un mes no tengas trabajo; recuerda que en un año acaba el alquiler de tu piso.

La incertidumbre que ha generado la crisis ha hecho tambalear no solo nuestras expectativas, sino también nuestras certezas más primitivas, aquellas que pensé que siempre se mantendrían incluso cuando no tuviese nada material a lo que aferrarme: un hijo, por ejemplo. Un panorama en el que no se permite nada más que el pensamiento cortoplacista, la pura supervivencia. Un escenario donde plantearse tener hijos da pánico. Pero no tenerlos, cuando lo deseas tanto, también.

Pienso entonces en la novela Quién quiere ser madre de Silvia Nanclares. Ese libro fue una revolución para mí; abrió una compuerta y dio paso a un pensamiento que me martillea desde entonces: ¿será demasiado tarde para mi cuerpo cuando mis circunstancias económicas, laborales y personales me permitan ser madre?”

Este es el comienzo de “El vientre vacío”, de Noemí López Trujillo. 

Lucha como una niña

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🇿🇦 Zulaikha Patel de Sudáfrica a los 13 años inició una protesta contra el racismo de un colegio de secundaria en Pretoria en el que se obligaba a las alumnas negras a alisarse el cabello.

🇵🇰 Malala Yousafzai de Pakistán desde los 10 años se movilizó en favor de la educación y los derechos de las mujeres contra el régimen de opresión talibán del norte de Pakistán.

🇸🇪 Greta Thunberg es de Suecia con 15 años comenzó su protesta por la falta de acciones de los gobiernos para hacer frente al calentamiento global, ha inspirado a casi 4 millones de personas a unirse a este movimiento.

🇵🇸 Ahed Tamimi de Palestina a los 11 años fue retratada enfrentándose a los soldados de las FDI israelíes, más tarde fue condenada a ocho meses de cárcel.

O como las miles de mujeres anónimas que están cantando por todo el mundo que la culpa no era mía/ ni de dónde estaba / ni cómo vestía:

 

Hace unos días hubo un Pleno en la Comunidad de Madrid sobre la posibilidad de que las familias monoparentales tuvieran acceso a ciertas ayudas dado su nivel de vulnerabilidad. Muy reveladora la intervención de Ana Camins, portavoz del PP: 

Me parece muy llamativo cómo, una persona que pertenece a un partido y a una corriente ideológica que tradicionalmente se ha negado a admitir como familia a todas las familias que no responden a su concepto de la misma, que ha atacado, perseguido, prohibido, estigmatizado, a todas las familias diversas, considera un ataque se cuestionen sus privilegios.

Es la misma manera en la que los machistas ven el feminismo, en la que los racistas ven la lucha antirracista, en la que los homófobos ven las reivindicaciones de los colectivos LGTBIQ, en las que las personas sin divergencias ni discapacidades ven la presencia de personas con discapacidad o neurodivergentes.

Esto tan agotador de lo que hablaba Audre Lorde:

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La estructura y los síntomas

Cuando leí “¿Todo niño viene con un pan bajo el brazo?”, de José Luis Gonzalo Marrodán, me iluminó la metáfora que hace sobre las criaturas y las casas: Un niño, nos dice, es como una casa: los cimientos se ponen los primeros años. Si los cimientos no están bien puestos, fácilmente saldrán grietas en los pisos superiores… o se hundirán. A no ser que tengan otras casas a su alrededor que le ayuden a sostenerse. Y este es el papel de los que rodeamos a los niños cuyos cimientos no fueron puestos en su día: actuar como sostén, como contención externa, para que los pisos, y las ventanas, y el tejado, puedan cumplir su labor.

Me acordé de esta metáfora cuando hace nos días, A. hacía esta comparación entre su trabajo de arquitecta y la estructura de nuestrxs hijxs, e, igual de importante, la nuestra propia:

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Cada vez que leo un informe de algún psicólogx pienso lo mismo: no están escritos pensando en quien lo tiene que leer, una  familia sin conocimientos de psicología. Es como si yo le mando a mi abuela un informe donde sólo salen cálculos. Y se explican los síntomas, cómo si los síntomas no los sufriéramos cada día y no los conociéramos.

Pocas veces llegan a la patología de origen…. Básicamente se exponen más síntomas y se explican de una forma de manual. 

Los trastornos de apego son un síntoma.

Es como cuando se inspeccionan edificios: grietas, humedades, etc .. sí, pero eso son solo síntomas, no son el problema. El problema es una mala cimentación, la presencia de termitas, una estructura mal dimensionada.

Y nosotros nos encontramos con una cimentación de mierda, tanto en nuestros hijxs como en nosotrxs.

Yo personalmente soy una estructura mal dimensionada y estoy al límite del colapso. Siempre. 

Independientemente de las criaturas.

Lo estaba antes. Pensaba que era algo puntual por problemas sentimentales, porque en el trabajo no me estaban valorando…. Pero no, soy yo.

Y todos tenemos nuestras cosas.

Los síntomas se reparan, sabemos cómo hacerlo, el albañil del pueblo sabe cómo hacerlo.

Pero lo que hay detrás seguirá generando más síntomas.

Y la reparación nunca es fácil, nunca es barata y siempre implica técnicos especializados.

Tanto para detectarla cómo para arreglarla.

Y además puede que no funcione al 100%.

Si yo no puedo emitir un informe estructural con un 100% de seguridad, ¿cómo pueden emitirlo ellos de estas formas tan categóricas cuando los humanos somos mil veces más complicados que un edificio?

A.K.A / American son

En las últimas semanas, hemos visto una obra de teatro y una película que tienen muchos puntos en común (además del hecho de que la película nazca de una obra de teatro de las de dos personas en una habitación). Son dos historias que muestran el desconcierto de las familias blancas cuando sus hijos, racializados, se enfrentan al mundo real.

OJO: Spoilers.

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American son es la historia de una noche en una comisaría. Sus protagonistas son la madre, negra, y el padre, blanco y policía, de un adolescente biracial que no ha vuelto a casa. A lo largo de las horas en las que esperan noticias del chico, se muestran los prejuicios, la diferencia de trato que recibe la madre negra y el padre blanco, los desencuentros que han hecho que esa pareja mixta no haya sobrevivido, y cómo el padre acaba por descubrir que el hecho de tener un padre blanco y una educación exquisita en colegios de élite no ha servido para protegerle del racismo.

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A.K.A. (Also Known As) es la historia de un adolescente de 15 años, adoptado, de origen árabe, que es acusado de violación por una familiar de su novia por racismo y por islamofobia.

Me impresionó mucho, y me impresionó especialmente ir con C., que tiene 15 años y tiende a encerrarse en la habitación como el protagonista de la obra, y con A. que es adoptado, de origen árabe (y cuyo “amor” se llama como la novia del chico en la obra). Aunque él me dijo que no le había removido, a mí sí me removió.

C. salió muy contenta, aunque no le gustó que se usara el argumento de la denuncia falsa de violación. Y la entiendo, a mí me pasa lo mismo. Pero pienso que solo hay alguien a quién se crea menos que a las mujeres: a las personas migrantes, a las personas racializadas.

Los que votan a VOX nunca se creerán que una mujer haya sido violada… a no ser que lo haya hecho un magrebí.

 

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