familia monoparental y adopción

Querida adopción

Hace poco he descubierto este blog de una adoptada adulta, acaba de arrancar, pero promete maneras. Comparto una de sus entradas, que explica de una manera diáfana sus sentires respecto a la adopción. Esas cosas que nuestros hijos raramente nos cuentan. Que quizás ni siquiera les resulta fácil contarse a ellos mismos.

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Te pido perdón por haberte hecho sufrir

Te pido perdón por no tener un abrazo para ti en el momento preciso

Te pido perdón por ese beso que no dejé que te diesen para secar tus lágrimas

Te pido perdón por hacerte creer tantas veces que la vida no merece la pena

Te pido perdón por hacerte pensar que eras un bicho raro

Te pido perdón por hacerte fuerte por obligación cuando tenías que estar quitando las costras de las heridas que se hacen todos los niños al caer al suelo mientras juegan.

Te pido perdón por todas esas veces que sentías vergüenza al decir que yo formaba parte de tu vida.

Te pido perdón por tantas personas que no me conocen y se creen con el derecho de opinar sobre mí cuando solo tú me conoces

Te pido perdón por todas las veces que quienes no me conocen te dijeron que debías de estar agradecido

Te pido perdón por hacerte creer que tienes dos vidas, la que vives y la que deberías vivir pero no puedes.

Te pido perdón por hacerte sentir vacío por dentro

Te pido perdón por no dejar que llores de emoción pero sientas miedo por casi todo.

Te pido perdón por convertir tu almohada en un mar de lágrimas saladas con tanta frecuencia

Te pido perdón por el dolor que sientes cuando llamas “papá” y “mamá” a quienes no lo son

Te pido perdón por hacerte sentir envidia de tus compañeros de clase cuando hablaban de sus familias

Te pido perdón por pedirte que no hablases de mí pues, aunque existo, solo tú me ves y me sientes. No quería que te llamasen loco.

FDO.: La Adopción

La muerte y los perros

Recuerdo nuestra primera conversación, en la cafetería de la cadena de televisión donde se emitía el programa en el que ambas trabajábamos. Ella tenía 38 años y hacía dos que se había quedado viuda. Me lo contó este día y me pareció que aún estaba en shock.

Luego vinieron otras conversaciones, cines, cenas, tardes en la terraza de su casa (más de una insolación de invierno), copas de vino, amigos compartidos, confidencias, discos de Sabina, conciertos, libros, desacuerdos, risas, complicidades. Y un futuro que parecía desplegarse delante nuestro, infinito.

Tardes y noches respirando el olor a pinos mientras sus perros, Pirus y Atka, nos rondaban.

Y ese viaje Barcelona-Marsella-Lago di Garda-Mostar-Sarajevo-Dalmacia-Dubrovnik-Split-Ancona-Bologna-Arlès-Barcelona que hicimos con X., los tres pasábamos una época extraña, con duelos sin resolver y sin saber qué queríamos ser cuando fuéramos mayores, y fue un viaje extraño, intenso, a la vez hacia el mundo y hacia dentro.

Un paisaje después de la batalla para tres personas que nos recuperábamos de nuestras guerras.

La última vez que hablamos dijimos de volver dentro de 10 años.

Luego vino la distancia, los desencuentros, los malentendidos, los silencios. El tiempo que pasa y el ya la llamaré mañana, hoy se me hizo tarde, los saludos a través de amigos.

Fue la enfermedad quién me devolvió a C.

Alguien me dijo que se había encontrado mal y había ido al hospital, que allí habían encontrado que estaba llena de tumores. Que le cortaron trozos de pulmón, hígado, intestino, y le dieron una quimio que la dejó agotada y sin pelo.

Los correos para ponernos al día, la nostalgia y los planes de futuro, los niños, los perros (que ya eran otros), los amigos. Los libros.

¿Quieres que me ponga peluca? ¿Se asustarán los niños?, no, los niños no se asustarán, si lo hacen nos lo dirán, y así pasamos otra tarde en esa casa de piedra que yo no conocía, con chocolate y perros y sol.

Hace una semana me escribió para decirme que estaba ingresada, que los tumores habían crecido, la quimio era inviable, y que quizás era mejor que habláramos de 10 días que de 10 años.

Tuve la suerte de poder ir a verla, hablar con ella por última vez. De que la muerte no le daba miedo pero le parecía rara, de qué pasaría con los que quedarían, de que todo era tan distinto a cómo había imaginado, del libro de Murakami que no iba a terminar.

Era festivo y en ningún lugar encontramos las flores blancas que tanto le gustaban.

Ayer por la mañana me dijeron que había pedido que la sedaran. A mediodía me dijeron que “se había ido”.

Que difícil de creer que ya no exista.

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Hace unos meses leí (y guardé) este fragmento en el libro de Guillermo Arriaga “El Salvaje”.

De acuerdo con la mitología náhuatl, una persona al fallecer debe migrar al Mictlán – el lugar de los muertos – situado en lo más profundo de la Tierra. El trayecto es prolongado y se necesitan cuatro años para recorrerlo. Durante el viaje se requiere salvar varias pruebas en completa oscuridad:

Remontar dos sierras.

Vadear un río custodiado por una serpiente.

Pasar por un lugar protegido por un lagarto.

Atravesar un cerro de pedernales.

Ascender ocho páramos donde el viento corta como navajas.

Surcar ocho collados donde no cesa de nevar.

Cruzar el río Chiconahuapan.

Este último es un río caudaloso y difícil de cruzar en la impenetrable noche de la muerte. AL llegar a la ribera, los muertos descubren que les aguardan sus perros. Los perros, al reconocer a su dueño, menean sus colas, felices por el reencuentro. El amo entra al agua y se sostiene del lomo de su perro que con sabiduría canina lo guía por entre los rápidos para atravesar sanos y salvos. Una vez que arriban a la otra orilla, perro y amo continúan juntos hasta la último morada: el Mictlán.

Aquellos que en vida maltrataron a su perro no tendrán su auxilio para cruzar el río y deambularán perdidos en los laberínticos territorios de la oscuridad eterna.

No tengo ninguna duda de que Pirus y Atka la esperaban para atravesar con ella este último río.

Guárdanos sitio donde quiera que estés.

Cinco letras

Hace poco cayó en mis manos – ante mis ojos – esta entrada de un blog que no conocía.

No es nueva, pero por desgracia, hay cosas que no cambian.

 

Cuando era pequeño, no tenía cuerpo. Mi cuerpo estaba hecho de impulsos, emociones, deseos. No era sólido, sino fluido: como niebla recién nacida con el día. Como lo son todos los niños. O deberían serlo.

Pero pronto las conocí: a esas cinco letras.

Ya siendo pequeño, empezó la caza. Tres años; preescolar. De esa época no guardamos más que unos pocos recuerdos, y yo guardo este: cinco cuchilladas, cinco armas arrojadizas.

Y aún se preguntan si un niño puede ser cruel.

Desde entonces, las he oído demasiadas veces. En boca de conocidos y de extraños, en el colegio y en la calle. De pie o postrado de rodillas, en miradas y en corros de risas. Me las han gritado de lejos, me las han escupido en la cara. También he oído su silencio: ausencias eufemísticas cuando estás cerca. Ojos que te preguntan, y tú de dónde eres. De aquí, señor. Este es mi país.

Pero eso no es lo peor. Lo peor llega el día en el que aparecen escritas en el espejo; esas cinco hijas de puta. Y no con vaho, sino con algo que no se borra aunque pases la mano. No salen de otras bocas, sino de la tuya. No están en otros ojos, sino en los tuyos. Lo peor llega el día en el que ya no eres un niño. En el que la niebla se levanta, y qué ves. Una cara, un cuerpo que duele. Que quema. Y que nadie podrá amar porque no lo merece. Porque no es como debe ser, porque está mal hecho. Que será tu cárcel hasta el fin de tus días.

¿Cuánto daño pueden hacer cinco letras?

¿Cuántas palabras hacen falta para vencerlas?

7 de abril

Hay muchas fechas que he olvidado del proceso de kafala de A.: tengo que pararme a hacer memoria si quiero recordar qué día viajamos hacia Marruecos, cuando fue el juicio o el día que salió de la crèche. En cambio, el 7 de abril lo tengo grabado minuto a minuto.

 

 

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Cómo chillé cuando recibí en la calle el sms que me indicaba que ya estaba el visado de A.

Cómo entré en la oficina de la Royal Air Maroc a pedir un billete para el día siguiente, sin importarme el precio.

Cómo el taxista accedió a llevarme a pesar de que había una huelga de taxis, y me pidió que me sentara delante, al lado de él, con el niño en brazos, por precaución. “No quiero que me rompan los cristales: si alguien pregunta, diremos que eres mi mujer”.

Cómo, delante de ese ascensor, A. se cayó del carro de las maletas de cabeza y se hizo un chichón considerable. Sus gritos, la bronca del personal del aeropuerto por no llevarle más seguro.

Las 5 horas que esperé en el interior del aeropuerto, tratando de vigilar a la vez las maletas y el crío, que gateaba a toda velocidad por la terminal.

Cómo se negó a comer nada de lo que le había preparado.

Cómo me pidió la chica del control de pasaportes el permiso del padre y cómo sonrió cuando le dije que era un niño kafalado.

Y cómo llegué a Barcelona, bajo un diluvio universal, y me encontré con familiares y amigos y sus carteles de bienvenida.

Y cómo, entre los que nos recibieron, estaban R. y C. con V. Y cómo R. me recordó en voz baja que ese día habría cumplido 9 años Valentina.

 

 

 

Recuerdos de un orfanato

Conocer a mis hijos puso a prueba todo lo que yo pensaba y creía comprender sobre la memoria, y esto que yo también tengo recuerdos sin duda anteriores a los dos años. Al menos uno clarísimo, en el que estoy sentada en el mármol de la cocina de mi abuela mientras mi madre pega un caballito adhesivo a la baldosa. Ella fecha este recuerdo en el momento en el que yo tenía 10 meses.

M. me pasó el otro día este texto, de nuestro admiradísimo Hernán Casciari (pocas cosas me han producido dosis tan grandes de risa como su libro “España, perdiste”), que me ha llevado de regreso a conversaciones inverosímiles con B. y A. sobre su pasado y, sobretodo, al primer abrazo que A. se dio con su amigo Af. cuando ambos se reencontraron después de dejar la crèche y que hizo que R., su madre (adoptiva), dijera “Parece que se conocieran de toda la vida”. Y luego rectificara: es que se conocen de toda la vida.

 

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Si hacemos un esfuerzo podemos acordarnos de cosas que nos pasaron antes de los tres años. Incluso antes de los dos. Lo pensé el otro día, cuando Quique (un oyente de la radio) me contó su anécdota por mail, y me quiso convencer de esto contándome sus propios recuerdos de infancia, pero no me hizo falta: yo le creo porque también tengo recuerdos anteriores a mis dos años.

Mi recuerdo más antiguo quizás sea este: una noche oscura, en la que estábamos con mi amigo Chiri y mi primo William drogados y desnudos corriendo por una playa de San Clemente, me metí al mar yo solo y ahí, buceando completamente ciego y en silencio, tuve una especie de deja vu:

«Alguna otra vez hice esto», pensé.

Y descubrí en mi cabeza el recuerdo de haber buceado en la panza materna. Lo supe; lo recordé.

Por eso sé que recordamos nuestra vida antes de los tres años. No son recuerdos fáciles, siempre ayudan los olores y las texturas, más que las formas o las ideas. Hay que hacer el esfuerzo de cerrar los ojos, de oler velas, mamaderas o almohadones de la infancia (como una vez me lo recordó mi hija Nina en un audio que por suerte pude grabar).

Casi siempre los recuerdos de la infancia son muy petisos: el tercer cajón de la cocina, la forma de los pies de algún abuelo, imágenes que están a la altura de la gente que gatea.

Quique, este oyente del que hablaba, se acuerda de una cantidad de detalles increíbles del orfanato tucumano donde creció. No recuerda la cara de su madre biológica, por ejemplo, ni tampoco por qué lo abandonó en aquel lugar, pero todavía hoy el olor a chipá lo angustia y lo hace llorar. (Más tarde le dijeron que llegó a ese orfanato envuelto en una manta con olor a chipá.)

Quique no estuvo mucho en el orfanato tucumano, porque antes de los tres años lo adoptó una buena familia santafesina. Pero se acuerda de los mosaicos ajedrezados del salón principal. Y de los ojos celestes de una celadora a la que nunca más vio. Según me cuenta, Quique llegó a ese instituto de adopción a finales de 1990. El orfanato quedaba a dos cuadras de la casa histórica de San Miguel de Tucumán.

En su correo me dice: «Esa mañana empecé a vivir mi vida junto a muchos otros chicos». Escribe corto, Quique. Cuando lo llamé por teléfono le pedí más datos. Entonces descubrí que se acuerda de todo. Me dijo:

—El lugar donde estábamos era enorme y las habitaciones se dividían por edades. En la mía, las cunas estaban una al lado de la otra. Eran de madera. Yo iba creciendo y los chicos que estaban a mi alrededor también. El tiempo pasaba y yo ya podía pararme y jugar con los chicos de las cunas de al lado.

Me imaginé que Quique cerraba los ojos para contarme esto, del otro lado del teléfono. Me contó incluso cómo recuerda las caras de algunos chicos. Y de qué manera se formaban lazos y amistades entre ellos, a pesar de la edad muy corta.

—Cuando te abandonan —me dijo— te aferrás mucho a los que tenés al lado.

Había un chico, al principio, con el que jugaba siempre. Quique me contó cómo eran sus ojos, me dijo que se reía con mucha fuerza, siempre de un solo lado de la cara, y que tenía los dedos como salchichas. Ese chico estaba en la cuna de al lado y era su mejor amigo. Hablaban a media lengua. Antes de los dos años ambos habían sido rechazados por dos familias adoptantes. Y eso los unió un poco más.

Un día vinieron dos futuros padres y se llevaron al amigo de Quique. «Yo tendría que haberme sentido feliz», me cuenta Quique, «pero antes de los tres años no sabés a dónde se llevan a tu amigo».

Él aprendió (después de sufrir su primera pérdida) que no tenía que hacerse demasiado amigo de nadie. Me cuenta que sufrió mucho esa pérdida, y que se acuerda de todo ese sufrimiento. Me dice que sintió como un segundo abandono, y que cada vez que volvía un nuevo chico al orfanato él buscaba la sonrisa ladeada de su amigo. Para ver si lo habían devuelto.

Sentía cada día su ausencia. Y aprendió a no encariñarse con otros chicos, a no hacer amistades de cuna a cuna, ni de cama a cama.

Se hizo algo más huraño, y cree —me dice— que es su característica actual ser retraído con las personas que no conoce mucho. Le da miedo involucrarse. Porque se acuerda de aquel primer nene con el que hizo amistad.

Y yo le creo, porque me acuerdo de muchas cosas de antes de los dos años.

Después empezó para Quique una vida más feliz, y eso también ayuda a recordar con cariño la infancia. Una mañana de finales de 1992 llegó al orfanato una pareja. Se llamaban Rubén y Beatriz, me cuenta Quique. Y lo eligieron sin dudarlo. Él dice «nos elegimos». Y entonces Quique dejó el orfanato de Tucumán para siempre. Después de trece horas en tren, llegó al que todavía hoy es su hogar, en Casilda, un pueblo de treinta mil habitantes al sur de Santa Fe.

Le pregunté a Quique por teléfono si alguna vez había vuelto al orfanato y me dijo que no. Y yo le creo. Todo lo que recuerda está grabado en su cabeza. También le creo algo mucho más extraño que pasó uno o dos años después.

Una tarde los padres adoptivos de Quique fueron a almorzar con Mario y Alicia. Mario era un nuevo compañero de trabajo de Rubén. Cuando entraron a aquella casa desconocida Quique, que ya tenía cuatro años, sintió un desasosiego, como un precipicio en la barriga.

Mario y Alicia eran adorables y se notaba que en la casa había un niño, porque había juguetes por todas partes. Quique lo notó.

—Mirá qué suerte, vas a poder jugar con alguien —escuchó decir a Beatriz, su madre adoptiva.

Entonces apareció, por la puerta de la habitación, el hijo de la pareja. Se notaba que salía de una siesta larga, porque tenía los ojos enrojecidos. «Ya está grande para usar chupete», pensó Quique, que había dejado el chupete dos meses antes. Y reconoció enseguida los pies chuecos. Y después se encontraron las miradas y fue instantáneo. La sonrisa ladeada del otro nene. Los dedos como salchichas.

Los cuatro padres adoptivos cuentan que los chicos cruzaron la habitación y se abrazaron como si hubieran pasado cien años. Como si hubiera pasado una guerra. Como si hubiera pasado un tornado.

El otro se llamaba Ricardo. Los dos tenían la misma edad. Quique cuenta ahora que cuando lo vio supo que era él. Ricardo cuenta hoy que, cuando vio a su amigo, también supo que era el chico de la cuna de al lado.

Habían crecido juntos. En Tucumán sus cunas estaban separadas por unos centímetros y ahora, por azar, los separaban siete cuadras en un pueblo remoto de Santa Fe.

Cuando leí el mail, lo primero que hice fue buscarlos en Facebook. Vi fotos de los dos, fotos actuales, y me di cuenta que es cierto lo que pone Quique cuando termina el mail.

Me dice: «Creéme Hernán: ya pasaron veinticinco años y no nos separa nadie».

Lo escolar (2)

Hablábamos de lo escolar en el post anterior. De lo difícil que es, de las consecuencias de una mala elección, de los precios que pagamos por intentar adaptarnos y adaptarlos.

Estos días han caído en mis manos un par de artículos que encienden una luz de esperanza, a pesar de todo.

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Una es esta entrevista al brillante humorista radiofónico Juan Carlos Ortega. Este es el fragmento en el que habla de lo escolar:

-En el colegio me sentí muy tonto, pero ¡es que lo era de verdad! Muchas veces, tras esa frase de “yo era muy tonto” se esconde una vanidad que se traduce en “lo que me pasaba a mí es que era muy inteligente y vivía en mi mundo”. Pues no. Yo no estaba en un universo más elevado, es que, por lo que fuera, no me enteraba de nada. Lo cual no implica que ahora te pueda hablar bien de mí y de mi inteligencia, pero de niño, ay, no me salían las cosas. Los profesores pensaban lo mismo, y el Padre Paíno les decía a mis padres, este chico no hará nunca nada importante. Me da rabia esa gente que cuando hace algo relevante en su trabajo anda ajustando cuentas con el pasado y siempre porque los profes eran muy burros.

-Pero reconozco que sentía como una tristeza, una melancolía, porque mi falta de talentos era general. No se me daba bien nada. Ni hacer un puzzle podía. Si jugaba al fútbol y de pronto me iba, mis compañeros ni reparaban en mi ausencia. No entendía las matemáticas, que luego me han entusiasmado. Yo creo que mi cerebro evolucionó muy lentamente.

-A partir de los 16 años me empezó a interesar el mundo de la cultura a través de la ciencia, de la serie Cosmos. Y eso me llevó a los libros, de Asimov a Shakespeare. Empecé a destacar en FP, porque yo no me saqué el graduado escolar.

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La otra es la historia de la escuela Joaquim Ruyra, que “desafía todos los dogmas del sistema educativo: está en un barrio conflictivo, el 92% de los alumnos son extranjeros… y aún así logra mejores resultados que muchos colegios de élite”. Pongo solo un fragmento, pero os recomiendo leer el artículo entero.

En primer lugar, todas las aulas tienen las puertas abiertas y desde el pasillo se oye un runrún de voces. Antes de cruzar el umbral de la clase de quinto veo un niño sikh con el moño tradicional en la frente, una niña negra altísima y un chaval con cenefas en el cuero cabelludo. De repente me asalta una timidez infantil. Una clase, o lo que muchos entendemos por ella, es uno de los espacios más solemnes a los que uno puede enfrentarse. Sin importar la edad, siempre revive el miedo a ser observado, evaluado. Los alumnos de quinto curso están divididos en cuatro grupos. Deben realizar cuatro actividades distintas de 20 minutos de duración. Éste es el tiempo que, según el equipo directivo, son capaces de mantener una concentración óptima. De modo que la clase de matemáticas durará dos horas. Cada equipo realizará cuatro actividades relacionadas con la asignatura. Los grupos interactivos, así se llama este sistema, es como funcionan aproximadamente el 60% de las horas lectivas en el Joaquim Ruyra. Como herramientas de apoyo están el cronómetro digital colgado en la pared y cuatro adultos, uno en cada conjunto de mesas. «Hoy tenemos dos voluntarios, un lujo», apunta Raquel, la directora. «Siempre garantizamos que haya al menos dos adultos por clase, el tutor y un maestro de apoyo, luego jugamos con los voluntarios». Esta es una de las pocas rebeliones formales del centro: los maestros de educación especial y del aula de acogida se integran en la clase ordinaria. «Al segregar a los alumnos la autoestima bajaba en picado», dice Raquel. «Es como una escuela de idiomas en la que tus compañeros no saben nada y no quieres hablar con tu profesor. Les dábamos un cuaderno especial que terminaba sirviendo de excusa cuando algo les parecía difícil: ‘¡Profe, es que soy del aula de acogida!’».

Lo escolar (1)

La escuela es el principal caballo de batalla para los niños y niñas adoptadas (y para sus familias). Dificultades de aprendizaje, conflictos, ritmos distintos a los de otras criaturas, otras formas de aprender, peleas, racismo, bullying…

Seguro que no pocas familias se sentirán identificadas con este texto publicado en el blog En este preciso instante.

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Mi hija es alegre.
Mi hija es hermosa.
Mi hija es cariñosa.
Mi hija es empática.
Mi hija es ordenada.
Mi hija es trabajadora.
Mi hija es graciosa.
Mi hija es ingeniosa.
 
Sin embargo…
 
Mi hija se siente triste.
Mi hija cree que es muy fea.
Mi hija se muestra arisca.
Mi hija se aleja de los demás.
Mi hija pierde en interés en sus cosas.
Mi hija se rinde antes las dificultades.
Mi hija se ofende con las bromas.
Mi hija está a la defensiva.
 
En medio de esas dos listas hay algo muy simple. Tan simple como un colegio.
 
Un lugar en el que la convencieron de que no era capaz ni de hacer la fila y la llevaban de la mano la primera. A ella, que es la primera que se levanta de la cama y se viste, eso sí, después de combinar cuidadosamente el modelito del día (“mamá, tú no entiendes de moda”).
 
Un lugar en el que un día, la profesora de PT, en medio de una conversación en la que yo mencionaba lo bonita que iba a ser de mayor me corrigió y me dijo “bueno…atractiva” y los niños la llamaban fea sin cesar, por sus ojos de almendra.
 
Un lugar en el que nadie la invitaba a los cumpleaños, incluso si, por compromiso acudían a suyo.
 
Un lugar en el que la convencieron de que no sabía recoger su material y hacían que otros niños lo hicieran por ella. A ella, que se hace la cama cada mañana y que recoge todos sus juguetes. A ella que conserva las mismas ceras desde hace tres años.
 
Un lugar en el que nunca le dieron alas para aprender y donde, cuando yo les contaba los grandes avances que observaba trabajando con ella en casa me contestaban…”bueno, bueno…con los pies en el suelo” y la ponían a colorear en un rincón.
 
Un lugar en el que una niña la acosó durante dos años sin que nadie en el colegio pusiera remedio. A ella, que deseaba más que nada en el mundo tener amigas.
 
Un lugar en el que el castigo cuando según ellos se lo merecía, era llamarla bebé y llevarla a la clase de los más pequeños del colegio.
  
¿Porqué lo aguantamos? Porque a veces no ves lo que tienes delante de tus narices hasta que te alejas un poco. Porque la vida no nos permitía escoger en ese momento. Porque  estábamos abrumados y nos convencían de que no había otra manera de hacer las cosas. Porque hasta en esto, hay que aprender y nosotros éramos ignorantes en este territorio.
 
Mi hija se enfrenta ahora a un gran desafío. Un colegio nuevo en el que, por ahora (tengo demasiadas heridas como para confiar completamente) le han abierto los brazos. Es un macrocolegio con cientos de niños de todas las edades. Y muchos, muchos de ellos, son niños especiales en inclusión. O sea, en un aula normalizada.
 
Yo tenía tanto miedo…un colegio tan grande y mi niña tan pequeña. ¿Y si realmente no sabia hacer la fila? ¿Y si, como me decían, no era capaz de estar sentada ante su pupitre como los demás? ¿Y si, y si, y si…?
 
El primer día la acompañé hasta el patio donde hacen la fila, ya dentro del recinto escolar. Esperé a que entrase y le tiré un montón de besos. Ella se fue tan feliz.
 
Al día siguiente, antes de salir para el colegio, me dijo muy seria: “Mamá, haz el favor de no acompañarme hasta dentro, que me dejas en ridículo. Y no me mandes besos. Ya me los darás luego.” La dejé en la puerta envuelta en una marabunta de niños que entraban al colegio. Y la vi alejarse, con su mochila al hombro, camino al patio en el que se colocó en su lugar en la fila. Una niña más.
 
Ni más ni menos lo que es.
 
Sin embargo aún nos queda mucho camino por andar antes de que ella vuelva a sentirse igual que las demás. Su autoestima está muy dañada. Y su confianza en los demás también. Y ese es el primer escalón que hay que superar para afrontar cualquier tipo de aprendizaje. Tan convencida está de que no puede aprender que cuando se enfrenta a un reto se bloquea, se frustra y abandona. Es  una actitud de supervivencia. Si tu experiencia se basa en el fracaso huirás de las circunstancias que históricamente te lo han proporcionado. Un ejemplo: está aprendiendo a leer y jugando, lee las palabras por separado sin ninguna dificultad. Hasta que, de pronto, se percata de lo que está haciendo. En ese momento, deja de ser algo divertido para ser algo angustioso y quiere dejar de hacerlo.
 
La confianza en las propias posibilidades es imprescindible para aprender. Corregir demasiado, exigir de forma impaciente, no valorar los pequeños pasos, despreciar la iniciativa, dar más importancia al error que al acierto, comparar con otras personas y sobre todo, no aceptar la forma de aprender de cada niño son errores que pueden herir de forma grave la capacidad de nuestros hijos de sentirse capaces.
 

Ahora mi reto es conseguir que sepa cuánto vale y que crea, igual que nosotros sabemos, que es una niña maravillosa.

Su nuevo profesor en la primera reunión del aula nos dijo una sencilla frase: “Ella es, sin ninguna diferencia con el resto de sus compañeros, una niña más en el aula”.

Qué pedazo de frase. Creo que me la voy a enmarcar…

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