familia monoparental y adopción

Uno de los temas recurrentes en este blog son las dificultades de criar hijos negros siendo sus familias blancas. Al pasar de los años, muchas familias transraciales, la mayoría por adopción, nos hemos ido acercando, primero de forma virtual y más adelante, cara a cara, para intercambiar información y para que nuestros hijos tengan cerca familias parecidas. Y porque nos hemos entendido y hemos acabado convirtiéndonos en amigos. Hace unos meses, algunas de estas familias nos constituimos como asociación: la Asociación de Madres Blancas con Hijxs Negrxs, AMBHIN.

Hace alguna de semanas, se organizó en Barcelona uno de los primeros actos de la asociación: un encuentro con Mark Hagland, adoptado coreano en una familia blanca norteamericana. Yo no pude viajar y me la perdí, pero comparto aquí algunas de las cosas que se hablaron:

¿Qué papel crees que debemos tener las madres/padres blancxs con hijxs no blancxs en el activismo antirracista?

Es una buena pregunta. Lo primero es apoyar a vuestrxs hijxs, siempre a su lado, eso ya es un punto positivo.  Para poder apoyarles, un paso fundamental es educarse, aprender sobre raza, racismo, privilegio blanco. Aprender como, la sociedad en la que viven, interpreta estos temas, cultural y políticamente.

Lo siguiente es buscar la manera de convertirse en una auténtica persona aliada en la lucha antirracista. Y eso ya abre otro debate ¿Qué es un aliadx? El espectrum es muy amplio, un aliadx puede ser alguien que hace algo de forma muy informal, en su entorno más cercano. Pero también puede ser una persona que organiza eventos más importantes, más formales, depende de la situación y disponibilidad de cada uno. Es importante que pregunte a las personas racializadas que necesitan, como apoyarlas. Como he dicho depende mucho de la situación personal, cada persona es un mundo.  Hay muchas maneras de convertirse en un buen aliadx, desde la parcela más individual hasta la política. Pero para todo ello es imprescindible una educación continua. En Estado Unidos siempre decimos que es importante que la lucha la lideren las personas racializadas. La historia del movimiento por los derecho civiles en estados unidos es larga y compleja. La situación en España es diferente, aquí aún no existen líderes históricos no blancos, no existen organizaciones y estructuras sociales ni políticas no blancas bien asentadas. La ausencia de políticos racializados en las estructuras del estado son un indicador. Así que hay que establecer las bases para llevar a cabo este trabajo, es importante ayudar a la gente racializada, apoyarla en esta labor

¿Qué piensas de nuestra asociación AMBHIN?

Es una idea excelente, creo que debéis empezar desde vuestra realidad. Vuestra posición tiene mucho potencial, utilizar vuestro privilegio blanco, de personas educadas, de clase media, para apoyar a las personas racializadas y establecer las bases para trabajar conjuntamente en la lucha antirracista.

En la actualidad disponemos de mucha más información sobre la complejidad de criar a un niñx racializadx siendo blancx que cuando tú eras pequeño. Como familias disponemos de mucha información y recursos que antes no existían ¿Existe el riesgo de la sobre exposición ante tanta información?

El camino de una persona adoptada transracial, el camino de una persona que pertenece a la comunidad lgbti, el camino de una persona no blanca, es de por vida. Es importante educar, sí, pero también hay que saber cuando la persona no está lista. Para ayudar a alguien hay que saber en qué lugar de su camino se encuentra, que es lo que puede gestionar en ese momento y lo que no. Hay momentos en los que, debido a nuestra situación personal, no podemos entender algunas cosas y es mejor esperar el momento adecuado.

Y respecto a los niñxs hay que tener en cuenta, además de la edad, el estado emocional en el que se encuentran. Hay que saber gestionar la información, los niñxs deben entender que estamos dispuestos a hablar con ellos de cualquier tema, racismo, adopción, que estamos dispuestos a compartir información con ellos, pero no debemos obligarles a que abran esa puerta si no lo desean. Hay que esperar el momento adecuado, el momento en el que la persona está lista para comprender y aprender.

¿Y a las madres/padres como nos puede afectar esta sobre información?

Es fácil sentirse desbordado. Por ello es necesario previamente educarse sobre estos temas, aprender, reflexionar, tener tiempo para digerirlos, porque todos estos temas son muy complejos. He conocido a madres y padres muy angustiados al abrir los ojos ante el racismo. Y reaccionan intentando controlarlo todo para asegurarse de que sus hijxs estén bien. No es necesario que las madres y padres compartan todo lo que han aprendido, lo que han leído hace unos minutos. ”¡Mira! acabo de leer este artículo terrible sobre racismo” Es fundamental reflexionar antes sobre el impacto que pueden tener nuestras palabras.

¿Cómo conjugar la necesidad de educar a nuestrxs hijxs sobre el racismo con el derecho, tanto de lxs niñxs como de las personas adultas, a tener fe en la vida, en el  futuro?

Yo veo todos los días madres y padres adoptivos blancos que al descubrir que el racismo existe de verdad, es como si vieran la luz y viven una experiencia muy dramática y difícil. Pero claro, los madres y padres racializadxs ya han aprendido muchas cosas a través de sus propias experiencias y les sale más natural compartir la realidad con sus niñxs, también a través de las experiencias que viven día a día. Yo aconsejo a las madres y padres blancos con hijxs racializadxs que lo hagan muy poco a poco, desde que sus hijxs son muy pequeñxs. Como dije en la charla, no recuerdo un momento en mi vida en el que no fuera consciente de que no era blanco. Muchos padres adoptivos me dicen “!Por Dios! No puedo hacerle esto a mi hijo, no puedo herirlo hablándole de racismo” Mejor espero a que… sea más mayor” (no sé a que esperan…(¿a que tenga 50 años?). Y yo les digo que es un trabajo paulatino, cuando tu hijx tiene 4 años, empiezas a por asentar los cimientos y es como construir un edificio, vas muy despacio. Lxs niñxs pequeñxs ya tienen una comprensión básica de lo que es justo, por ejemplo, les planteas como sería si en el colegio se repartieran chuches solo a los niñxs blancxs. Puedes empezar con cosas así, de una manera muy simple planteando lo que es la igualdad y la justicia, para seguir construyendo paso a paso, juntos.

Es decir que empezarías hablando de raza

Sí. Es importante saber que los niñxs más pequeñxs piensan en términos muy concretos. Hay que evitar siempre términos relacionados con la comida, como “tú eres chocolate, yo soy vainilla” y cosas así.  Horribles. Pero sí es importante decir “tu eres negrx, tu piel es de color marrón, yo soy blancx, mi piel es de color rosa claro, beige” y sobre esos conceptos seguir avanzando.  Hay que hablar siempre en términos concretos, reales, pero adaptados a edad y estado emocional. Quiero decir no hay que explicar a un niñx de 3 años la historia completa de la esclavitud. Como no me canso de repetir, es un camino de por vida y lleno de etapas

En España muchos padres o madres blancos de niñxs asiáticxs no están tan implicados en estos temas como los que tienen niñxs de origen africano. ¿Pasa lo mismo en Estados Unidos?

Existe una explicación nefasta, y es que creen que ser una persona asiática es muy parecido a ser una persona blanca y esto es horrible para el niño y, evidentemente, no es verdad.  Además de ser perjudicial para lxs niñxs es totalmente falsa la creencia de que un niñx asiáticx no sufre racismo.  Las personas asiáticas experimentamos racismo todos los días, incluso de pequeñxs, un racismo algo más amable, no tan agresivo y eso es lo que hace que los padres crean que no existe. Y esto es trágico para sus hijxs porque si los padres no ven el racismo, ¿cómo van a poder dialogar con sus hijxs, cómo van a apoyarles?

¿Que diferencia hay entre el racismo que sufre una persona asiática y el que sufre una persona negra?

¡Ese es un tema que da para otro libro! Es un racismo más sutil, a veces menos agresivo. En Estados Unidos tenemos el mito de la minoría modelo y eso complica aún más las cosas. Vivimos en una sociedad con una jerarquía del racismo, así que lxs asiáticxs nos encontramos con una dificultad añadida al enfrentarnos a una sociedad que nos sitúa un escalón por encima de otras personas racializadas. Es perjudicial para lxs asiáticxs pero también lo es para las personas negras o latinas. Somos personas racializadas y sin embargo… no se nos considera blancxs, pero tampoco tenemos derecho a ser considerados no blancxs, ni a protestar y reivindicar nuestros derechos, es como si nos situaran en tierra de nadie.

¿Como podemos educar las madres y padres blancos a nuestrxs hijxs no blancxs?

La clave está en compartir, compartir y compartir. Compartir historias, perspectivas, la sociedad avanza por que las personas comparten continuamente

La adopción transracial es tan compleja y tiene tantas capas que una sola persona, una familia aislada no puede abarcarlo todo sola, de forma aislada. La comunidad de familias transraciales tiene un poderoso potencial para avanzar si todos sus miembros comparten, experiencias, perspectivas…

Por último ¿Qué pregunta te gustaría que te hubiera hecho?

Cual es mi color favorito! ¡El azul! No, seriamente

Quiero decir a los padres tranraciales  algo que me parece muy importante. Las madres y padres blancos deben asimilar que el camino es largo y lleno de etapas, que es un camino a recorrer de por vida, que es complejo y que hay que cargarse de paciencia.  Y es que yo veo mucha impaciencia entro las madres y padres blancos con hijxs racializadxs. Se acercan a mi con una pregunta que esperan les de la clave de todo. Pues no, es mucho más complejo que eso, no existe una sola respuesta y hay que ser pacientes y constantes. Yo tengo 57 años y sigo en ese camino interminable, aprendiendo, avanzando. Es un camino complejo pero también enriquecedor, como dije en la charla. Todos los acontecimientos de mi vida me han llevado a una vida enriquecida con múltiples experiencias y me han dado una perspectiva que de otra manera no tendría.  

 

 

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Cambios y consecuencias

La imagen puede contener: una o varias personas

Una adopción implica muchos cambios para las principales personas interesadas, los adoptados. El lugar donde viven, la familia, los usos y costumbres, la nacionalidad, la filiación, el sabor de lo que comen, las canciones con las que se duermen, la ropa que llevan, sus apellidos, el idioma en el que piensan, la religión en la que serían criados… algunas son inevitables, o difícilmente evitables, pero otras son optativas: forman parte del privilegio de los padres y las madres que adoptamos.

Pienso en cosas como el nombre o el lugar de nacimiento en la documentación, que se puede optar por mantener o por cambiar.

Cuando te empiezas a plantear la adopción, y preguntas e investigas sobre la conveniencia o no de hacer este tipo de cambios, obtienes respuestas dispares. Igual te dicen que hay que mantener el nombre “porque ya pierden bastantes cosas” como que “ponerles un nombre es una forma de ahijarlos”… Que mantenerlo es una muestra de respeto o que darle un nombre, una muestra de interés y cariño. Supongo que al final te quedas con lo que te dé una excusa para mantener tu postura.

Entre los argumentos para cambiar el nombre y el lugar de nacimiento están, inevitablemente, los que hablan de racismo, discriminación y hacer la vida más fácil.

Pero, ¿sufrirían menos racismo y xenofobia si en vez de Addis Abeba pusiera Barcelona? ¿Los “inmigrantes de segunda generación” sufren menos discriminación? ¿Las familias inmigrantes no llaman Jordi a sus hijos?

¿No es mejor luchar para terminar con una discriminación como esta – y visibilizarla y denunciarla con la fuerza que da nuestro privilegio blanco – que cambiarles el lugar de nacimiento y el nombre y no preocuparnos de que otros niños sufran esa discriminación?

¿Cómo les protegemos más: blanqueando/españolizando su lugar de nacimiento y su nombre o manteniendo los originales? ¿Visibilizando o disimulando el hecho de que son adoptados?

El que es racista, rechaza al inquilino o empleado por el nombre o el lugar de nacimiento…. o lo hace por el color de piel cuando conoce al Jordi de Barcelona negro. Y si es así, ver a un racista antes o verle cuando lo es de una forma más sutil, también es una forma de protegernos… ¿Lo que hacemos para protegerles quizás sirve para algunas cosas pero les hace más vulnerables en otros sentidos? ¿A veces, queriendo proteger, desprotegemos?

¿Qué mensaje les transmitimos cuando les decimos que es más seguro para ellos ser “menos africanos”, “menos musulmanes”- y qué mensaje les transmitimos si no cambiamos estas cosas y les dejamos más expuestos?

No dejo de darle vueltas a la contradicción que supone elegir adoptar a niños negros, con nombre Vietnamita, nacidos en Cali, en un lugar donde la religión es omnipresente… para cambiar este nombre, lugar de nacimiento, vivencia de la religión. Contradicciones en las que todos caemos y que gestionamos como podemos.

Y sabiendo siempre que, tomemos las decisiones que tomemos, toca reflexionar sobre ellas, antes, durante y después.

Tanto en nosotros mismos como en nuestros hijos, a veces se presentan emociones que no resultan fáciles de identificar y menos aún de gestionar. Unos días atrás encontré este texto, que me pareció muy revelador.

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He sido ansiosa desde que tengo uso de razón. Pasé de ser una niña ansiosa y torpe a ser una adulta ansiosa y torpe. Cuando era adolescente me diagnosticaron de ansiedad y depresión, pero fue más de adulta que aprendí lo que realmente significa ser ansiosa de mejor forma.

Tener ansiedad no sólo significa estar nerviosa o preocupada. Cuando mi mente empieza a correr y no puedo decidir en qué me debo concentrar, eso es ansiedad. Cuando siento que el pecho me va a explotar por la presión, eso es ansiedad. Cuando le contesto mal a un compañero de trabajo sin motivo alguno, o estoy de mal talante sin explicación, eso es ansiedad. Cuando me paso todo el fin de semana preguntándome si me despedirán por algo que dije el viernes, eso es ansiedad. Cuando me echo a llorar en cualquier momento, o a reír, o a saltar, eso es ansiedad. Cuando me zafo a último minuto de los planes que he hecho con otros, créeme: es ansiedad.

La ansiedad se presenta de muchas formas diferentes que quizás no sean obvias. Desafortunadamente para mí, la mayor parte del tiempo mi ansiedad se manifiesta como ira. ¿Qué significa eso? Significa que cuando me siento ansiosa internamente, externamente se manifiesta como que estoy enfadada. Cuando era niña y a mi hermana la consolaban cuando estaba agobiada, a mi me regañaban por estar de mal humor. No culpo a mis padres, porque realmente me comportaba como una niña odiosa. En esa época mi enojo-ansiedad se veía como que estaba de mal humor todo el tiempo. Cuando perdía en un videojuego, lanzaba el mando al suelo. Cuando mi hermana me molestaba, le pegaba. Pequeños detonantes eran grandes detonantes y mi nivel de enojo-ansiedad era cambiante momento a momento.

Hoy en día, con la ayuda de medicamentos, mi enojo-ansiedad es más sutil, pero sigue siendo debilitadora en ocasiones. La ansiedad me hace responder bruscamente sin pensar y lo que digo suena completamente diferente en mi cabeza a lo que sale de mi boca, me paso pensando en ello días enteros, pero soy demasiado ansiosa cómo para corregir lo que dije al principio. Es un efecto “bola de nieve” que se puede salir de control. Cuando hablo de forma negativa, me quejo o despotrico, eso es generalmente ansiedad. Inclusive al escribir esto, siento el pecho como si alguien me lo estuviese pisando con tacones de aguja. Eso es ansiedad.

No quiero ser irritable, ni mala, ni malhumorada. Hago lo que puedo para controlarlo, pero a veces no es suficiente. A veces todavía me duermo, sin razón aparente. La razón es la ansiedad. Por favor, intentad ser pacientes. 

La entrada anterior generó en algunos grupos de las redes sociales bastante feedback. Sobretodo en los grupos de MSPE (madres solas por elección) que se sintieron en muchos casos cuestionadas por algunas cosas de las que el autor del texto decía. Volvieron a salir temas recurrentes de discusión, como la necesidad o conveniencia del anonimato del donante, la distinción entre donante y padre o cómo se puede transmitir a nuestros hijos nuestro modelo de familia y nuestras decisiones para que no se sientan mal con ello.

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Estas son mis reflexiones al respecto (aplicables igualmente a la adopción, aunque caso, en este caso no hablaríamos de “donantes”:

Después de leer montones de mensajes, me llama la atención que muchos de ellos (no todos pero tampoco pocos), se centran en las madres: qué quieren, qué piensan, qué opinan, qué desean, qué esperan, qué temen… Me parece normal, sobretodo cuando nos planteamos la maternidad, y también cuando los niños son pequeños. Pero creo que es necesario dar un paso más y empezar a centrar el asunto en los hijos. En lo que ellos desean, piensan, quieren, esperan, temen, buscan… Muchas explican lo que le van a transmitir a sus hijos sobre su decisión, modelo de familia, etc, y es fundamental tener esto pensado. Pero creo que hay un momento en el que es necesario cambiar el punto de vista y dejar de pensar en lo que vamos a decir para pensar en cómo vamos a escuchar. Escuchar a nuestros hijos, darles espacio para que compartan con nosotras sus reflexiones, dudas, preguntas, miedos, emociones, que no son siempre las previstas… sin miedo, sin reticencias, sin pensar que van a dañarnos si sienten cosas distintas a las que hemos previsto.

Puede ser que nuestros hijos no tengan interés en sus donantes, aunque sinceramente, creo que es extraño no tener curiosidad por de dónde procede el 50% (¡o el 100%!) de tu genética, que determina muchas cosas. Pero también puede ser que lo tengan, pero que les hayamos transmitido que es un tema del que no se puede hablar. Porque nos hemos pasado la vida quitándole importancia, porque hemos cambiado de tema cada vez que ha salido, porque hemos convertido en tabú la palabra “padre” (que saldrá, saldrá montones de veces, y que tiene una acepción puramente genética que sí corresponde al donante de nuestros hijos). Y puede ser que busquen en secreto, o renuncien a buscar aunque quieran hacerlo porque tienen miedo a hacernos daño, o que lo hagan cuando hayamos muerto.

Ahora mismo la donación es anónima. Esto quiere decir que ni los donantes pueden acceder a la información sobre los hijos concebidos (aunque muchos puedan tener interés en ello), ni pueden los hijos. Tampoco las madres si son ellas quienes tienen esta curiosidad. Es posible que las leyes cambien, es posible que no. O que cambien y no sean retroactivas. Pero de lo que no hay duda es de que la realidad, la sociedad, cambia. Hay dos elementos que hace unos años era inconcebible hasta dónde nos podrían llevar: el ADN y las redes sociales. En todo el mundo, personas adoptadas desconocedoras de sus orígenes, están encontrando a sus familias de origen a través de análisis de ADN. Hay grandes bancos de ADN en los que uno se inscribe y no solo puede conocer su origen genético sino también encontrar a parientes más o menos lejanos que les permitan terminar triangulando a sus progenitores… Después, solo es cuestión de googlear nombres, lugares de origen, buscar en Facebook… y voilà. Esto también pasará con los niños concebidos por donante, nos guste más o nos guste menos. Y no vamos a poder decidir que nuestros hijos recurran o no a estas cosas… lo único que podremos decidir es acompañarles o no.

Hay muchos mensajes señalando que un donante no es un padre. Es cierto solo parcialmente: un donante es un padre en una acepción fundamental: un padre biológico; aunque no sea el padre social, con el que compartes el día a día. Ni el padre legal (que como vimos en el post anterior, puede coincidir o no). Pero que no sea un padre, que nuestros hijos estén de acuerdo con nosotras en esta distinción (con la que pueden estar de acuerdo o no), no quita que sean mucho más que alguien que dona sangre o incluso un riñón (un paralelismo al que suelen recurrir las madres de personas concebidas con gametos de donante): son los que han aportado el 50% de su genética (el 100% en algunos casos) y han hecho posible su existencia. Es normal que tengan curiosidad por saber quiénes son estas personas. Para ver si se parecen a ellos. Para conocer sus motivaciones. Para conocer el riesgo de enfermedades. Aunque no busquen un padre. Y si lo buscan, tampoco es tan grave.

Por último, muchas remachan con la frase “pues no haber tomado la decisión de tener un hijo con donante”. No estoy de acuerdo. Creo que ver claroscuros en nuestra decisión no es un impedimento para tomarla (otra cosa sería no verlo claro en absoluto…) sino que tiene que servir para tomarla sabiendo que nos tocará gestionar cosas muy complejas. Que tendremos pocos referentes. Que tendremos que investigar, preguntar, preguntarnos, observar y escuchar a nuestros hijos y procurar prepararnos para dar respuesta a sus necesidades. Que pueden ser necesidades que no previéramos al tomar la decisión. Que vamos a tener que acompañarles en momentos muy complejos y que para esto vamos a necesitar tener la mente abierta. Estar decididas a mirar las cosas desde otros puntos de vista, a cambiar de perspectiva, a salir de nuestra zona de confort. Y que esto no es malo. Que cambiar de opinión, aprender, crecer… no tiene nada de malo.

Hijo de un donante

Hace algunos días, un hombre concebido por donación de esperma hizo un comentario en el blog. Le pregunté si le apetecería compartir aquí su experiencia, sus emociones, sus reflexiones sobre el asunto y, generosamente, accedió.

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He estado varios minutos delante de la pantalla del ordenador releyendo tu respuesta invitándome a publicar mi testimonio como hijo de un donante anónimo de esperma, sin saber qué responder. No había previsto el ofrecimiento.

Ésta mañana de manera un poco impulsiva he comentado un post sobre Damian Adams del 2013 en tu portal. Se trata de las reflexiones de otro nacido por inseminación artificial en Australia, también con el esperma de un donante. He dado con el artículo después de buscar por la red cualquier novedad sobre el tema u otros nacidos como yo en España o quién sabe si hasta algún hermano. Pero solo doy con webs extranjeras en inglés o como mucha alguna traducción, como ha sido el caso. Como sé lo difícil que es conocer testimonios de primera mano en España, finalmente me he decidido a dar el mio y te agradezco la oportunidad. Para es una oportunidad de expresar la historia de mi concepción, como me siento y como lo vivo, o quizás para contactar, inclusive, con algún otro nacido/a como yo…

Es ya media noche. Mi hijo menor, de 19 meses reposa su cabecita en mi abdomen mientras escribo. Le miro y pienso que en él está también la genética de mi padre donante y que estar junto él es estar lo más cerca que he estado nunca de mi padre donante. Me pregunto qué rasgos serán suyos mientras observo su rostro plácidamente dormido. Para muchos, ejercer de padre y estar presente en la vida y el desarrollo de sus hijos será lo más natural y corriente del mundo, pero para mi el poder vivenciar día a día el vínculo paterno-filial es algo aún nuevo que me emociona e incluso me sana.

Nací en  1982, 4 años después de la primera inseminación artificial en España y 6 años antes de la regulación que supuso la ley de 1988 sobre reproducción asistida que limitaba a 12 el número de donaciones por donante, a la vez que protegía con el anonimato al mismo. Por lo tanto es muy probable que tenga muchos más hermanos y hermanas repartidos por el mundo que los que fueron concebidos por inseminación de donante después del 1988.

Considero que tengo 3 padres y que gracias a los tres soy quien soy. Uno me dio la vida a través de una donación, el otro me dio el nombre –su mismo nombre de hecho- y el tercero, es y sigue siendo mi padre en funciones, que ha ejercido y ejerce con amor y esmero las funciones de padre desde que tengo tres años. Ahora ejerce también de abuelo con la misma entrega y dedicación.

El padre que me dio el nombre murió de una enfermedad neuro-degenerativa, – una ataxia espinocerebelosa de tipo 1, ATC1- después de años de padecer una pérdida paulatina de sus funciones motoras; andar, hablar, escribir, masticar,… Corrió la misma suerte su padre y sus dos hermanos, o sea que es hereditaria. Cuando murió yo tenía nueve años y mi relación con él no había sido del día a día puesto que se separaron con mi madre a mis dos años. Yo vivía con mi madre -y su pareja, mi papá en funciones-.  Iba a visitarlo algunos fines de semana o durante las vacaciones. Le recuerdo siempre enfermo con su movilidad reducida, mirando la tele, distante e incluso a veces de mal humor y hasta un punto como molesto conmigo. Su situación no sería nada fácil y creo que merecería un capítulo aparte el efecto que tiene en una pareja que ella se vincule con otro hombre a pesar de que no haya relación, llevando su hijo, su sangre, su ADN y su hijo dentro. A nivel inconsciente hay por fuerza algún tipo de distanciamiento. A pesar de todo, cuando él murió a sus 39 años yo no sabía nada acerca de mi concepción,  le creía y sentía mi padre y sufrí su pérdida como tal.

Me enteré de cómo había sido concebido a los 15 años. Fue en el coche de vuelta de visitar a quien yo creía mi abuela paterna, después de ir atando cabos sobre la enfermedad presente en la familia “paterna”.

Ese día en un punto inconcreto de la carretera hice la pregunta por la que mi madre se debería haber estado preparando -o temiendo- durante años; ¿Si todos en la familia de mi “padre” tienen la enfermedad, la tendré yo también?- Le pregunté a mi madre.

Tal como iban saliendo esas palabras de mi boca se me iba parando el tiempo y mi corazón pareció dejar de latir con el silencio que les siguió. Me sentía como precipitándose por un pozo oscuro que no acababa nunca y con el aliento frío de la muerte pegado a mí por acompañante. Mi madre me respondía que no había posibilidad de que yo tuviera esa enfermedad. Pero esa respuesta vaga no hacía más que acelerar mi sensación de caída, mi sangre seguía helada y le seguía preguntando por qué no, que cómo podía saber que era imposible. Y al fin me lo dijo; “Eres hijo de un donante”. Me relajé al acto, volví a sentir mi corazón latir. Lo primero que recuerdo es haber sentido una profunda compasión, agradecimiento y reconocimiento por el desinteresado acto de amor que hizo mi padre enfermo, el que me dio su nombre – eso creí yo en ese momento, con el tiempo he entendido que su objetivo no era tanto la paternidad en sí misma como la relación con mi madre y su deseo de ser madre-. Sentí a su vez y con la misma intensidad una sombra eclipsando todo. La persona más importante en mi vida, con la que no había secretos y hablábamos de todo, en cierta manera me había “engañado”.

Para mí ella lo era todo y la relación entre nosotros era muy fluida y comunicativa, fue un impacto para mi saber que hubo un “secreto” de ese peso. A pesar de todo yo creí haberlo aceptado y comprendido, me sentía agradecido porque podría vivir y estar sano. Me dije a mi mismo que yo había sido fruto de un gran acto de amor y quizás, aún por una fidelidad infantil no quería cuestionarme nada más. Pero con la distancia, veo muy claramente que una bomba así en plena adolescencia hizo que mi mundo hasta aquel entonces estable, con el deporte, mis actividades de ocio, estudios y familia, se viniera abajo. La adolescencia es de por sí una “destrucción” de la identidad infantil, una confrontación con el clan familiar para construir una nueva identidad adulta buscando referentes fuera de él. Es una crisis de identidad necesaria, que en mi caso se vio agravada. Sin saber muy bien porqué me reboté con los estudios, me vinculé a ciertas tribus urbanas y me fui a una casa ocupada, dejé el deporte, empecé a fumar mucho a beber e incluso a drogar-me. Recuerdo sentirme muy rebelde, muy enfadado con todo hasta el punto no importarme mi vida y desafiar a la muerte.

El posterior período de 10 años, de mis 16 a los 26 aproximadamente,  a pesar de estudiar, trabajar y tener relaciones  con normalidad, estuvo marcado por grandes altibajos e inestabilidad emocional, a veces debido al consumo y la nocturnidad. Gracias a una buena relación con mi madre y mi padre en funciones, mis abuelos maternos, e incluso mis relaciones por el trabajo conté siempre con una estabilidad, un modelo y apoyo a los que recurrir en mis momentos bajos. Desde los 18 años, me interesé mucho por las terapias alternativas, quizás fuera una manera inconsciente de buscar soluciones y compensar  mis bajadas y mis malos hábitos. También de una manera u otra, era una forma de buscar algo intangible, oculto, mágico que me llenara un vacío que se lo tragaba todo. Jamás durante esa época pensé que el vacío que yo sentía pudiera estar relacionado con mi concepción. Tal era mi ceguera. A veces me venía la mente con tristeza, pero no pensaba en hermanos o un padre al que no conocía. No había claridad ni orden en mi mente ni en mis emociones. Por consiguiente tampoco mucho en mis acciones.

Un día leí acerca de las constelaciones familiares. Me acerqué a ese mundo y acabé haciendo una formación de cuatro para ser constelador. Durante el proceso pude ordenar muchísimos aspectos de mi vida. Comprender mejor mi historia y la relación con mi madre. Creo que ella superó muchos de sus miedos a que yo quisiera encontrar a mi padre o me sintiera mal con ella o conmigo mismo. La verdad es que mi adolescencia fue muy dura, todos la sufrimos. Dar una noticia de éste tipo a las puertas de una etapa ya complicada de por sí y caracterizada por una crisis de identidad solo agrava el proceso, creo que es un error.

A mis 26 años y en plena formación de constelaciones empecé a encontrar mucha más estabilidad. Justo acababa mis estudios y trabajaba de lo mío. Cambié también mis noches de farra por una formación en técnicas de circo y cumplí un sueño que era ir a vivir al campo con huerto y gallinas. Eso me dio mucha más estabilidad y madurez.

Pero la vida me tenía reservado otro meneo porque el proceso con mi concepción aún no estaba zanjado –de hecho no creo que nunca lo esté del todo-. Tuve unos breves encuentros sexuales, sin mucha más implicación –lo más parecido a un donante- con una chica 6 años más joven que se quedó embarazada y no estaba dispuesta a abortar bajo ningún concepto. Ella comprendía que yo no quisiera hacer de padre ni me lo iba exigir ni me pediría pensión de ningún tipo, ni me privaría ver a mi hija o hacer de padre si quería.  ¡Me ofrecían ser un donante! No podía aceptarlo de ninguna manera, no quería ser un donante más, ni un padre ausente o a medias. Todo mi dolor por mi concepción se me removió. Tuvimos muchas luchas verbales, tantas que nos acostumbramos a la presencia del otro y decidimos tirar hacia delante juntos cuando nuestra hija ya había nacido. El momento de su nacimiento ha sido lo más bonito que me he ha ocurrido en mi vida, lejos de ser un tópico, ser padre significa mucho para mí. Tenerla entre mis brazos ha sido de las pocas cosas que han logrado que mi corazón -que a menudo aún siente el frío de la nevera donde guardan el esperma, o de la jeringa y la sala donde sin contacto ni amor me concibieron- vibrara de verdad.

No me fue nada fácil darme el permiso de estar presente y no hacer como un donante durante el embarazo y no se lo puse nada fácil a la mujer que la trajo al mundo tampoco. Le agradezco infinitamente que hubiera seguido su instinto. Hoy tenemos otro hijo. Un niño que me recuerda físicamente a mí de pequeño y no puedo evitar verme en él. Al verle, tocarle, mirarle y cuidarlo siento un agradecimiento enorme porque es como si me ocurriera a mi con mi padre biológico. Es un sentimiento muy intenso.

En gran parte siento enfado por el hecho de que una ley me prohíba a mí a mis hijos conocer sobre mi familia paterna. No deseo nada de esa persona, ni abrazos, ni aprobación, nada. Pero tengo derecho a saber quién fue, qué hizo, qué cara tiene. Veo muy injusta la prohibición de hacerlo por ley y muy ciega ante los principales afectados, nosotros, a quien nadie se ha dignado a preguntar.

Hay estudios, como el libro “My daddy’s donnor” – tristemente sin traducción al castellano, en el que dan su testimonio muchos adultos en EUA nacidos por inseminación artificial. Las estadísticas sobre éste grupo corroboran lo que yo mismo siento; confusión sobre mi pasado y mi estructura familiar, mayor probabilidad que los adoptados para caer en depresión, drogadicción,  delincuencia o problemas con las autoridades. Reitero que es una pena que no esté traducido. De ese libro me impactaron mucho algunas preguntas que se me repiten también y que con mucha vergüenza creía solo mías. ¿Pagaron por mi? ¿Me escogieron como si fuera una barra de pan? ¿Consumió pornografía mi padre biológico? ¿Estuve congelado? O pensar que si te enamoras de alguien puede ser tu hermana entre otras. En mi opinión eso condiciona en gran parte nuestra relación de amor-rechazo con el dinero, el sexo, el amor propio e incluso nuestra propia paternidad.

A mi personalmente concebir de manera asistida no me parece la mejor opción y menos aún si es protegiendo al donante con el anonimato. La información sobre nuestro sistema nos pertenece por derecho y nadie nos la debería negar. Me duele ver la industria que hay alrededor del deseo de ser madre por el negocio que significa.

Creo que a veces hay que aceptar la realidad y la naturaleza de las cosas. Creo que cada vez hay más hombres estériles y no invertimos en estudiar las causas y cambiar hábitos poco saludables; ponemos parches y lo forzamos en un laboratorio. Si no hay compatibilidad genética la forzamos. Quizás la naturaleza está evitando enfermedades y la burlamos. Hay muchas parejas que no pueden tener hijos que después de adoptar se quedan embarazadas. Y no veo estudios al respecto de cómo afectan las emociones en nuestra fertilidad. En Alemania se subvencionan constelaciones familiares a las parejas que buscan hijos y no consiguen quedarse antes de recurrir a la reproducción asistida Yo mismo conozco casos de embarazos en parejas que no lo conseguían después de realizar una constelación. Pero parece que cierta parte de la medicina o la ciencia no está al servicio de comprender mejor nuestra naturaleza sino del negocio, la industria, el mercado. Da igual, no importa traer al mundo hijos con la salud más delicada, con problemas mentales o emocionales o privarlos de la mitad de su propia vida. La cuestión, parece ser,  que en el deseo de la maternidad hay un jugoso nicho de mercado. Me resulta muy doloroso.

Para mí, para nosotros, es muy duro levantar la voz y cuestionar estos sistemas de reproducción ARTIFICIALES porque al hacerlo cuestionamos a nuestras madres, a nuestra propia vida y eso es doloroso, es una pesada losa de contradicción.. ¿Cómo voy a poder quererme y estar bien conmigo mismo si no me acepto, si no agradezco lo más preciado que tengo, mi vida? Nuestra herencia es esta contradicción y no es fácil lidiar con ella cada día. En mi opinión nadie lo merece como precio por la vida, pero como todo el mundo nos toca aceptarla y agradecerla tal y como se nos ha dado sin que ésto suponga dejar de decir lo que pensamos y sentimos desde el respeto y la comprensión.

Yo confieso que aún me siento aún en éste aprendizaje de aceptar las condiciones de mi nacimiento y abrazar y agradecer mi vida junto a mi familia. Tratando de comprender con amor pero sin dejar de tener muy clara mi opinión al respecto por incompatible que pueda parecer. Para muchos será difícil de comprender, pero como ya dije anteriormente tan solo entre nosotros podemos comprendernos realmente, al menos por lo que he podido ir leyendo de otros testimonios de otros países. Espero que el mío, les pueda ser útil a otr@s que desean conocer nuestra opinión. Y también me gustaría  que sirva para poder contactar con más adultos nacidos como yo en España, para poder apoyarnos unos a otros. Justamente ayer, poco antes de empezar a escribirte, leí el testimonio de otro chico nacido por inseminación unos 10 años menor que yo y también metido en el mundo de la terapia sistémica. La psicóloga que gestiona el portal de internet en cuestión ha respondido ésta mañana -mientras finalizo éste escrito- a mi petición y me ha facilitado su contacto. ¡Estoy muy emocionado! Cuando he imaginado que podría ir a su encuentro y darle un abrazo se me han saltado las lágrimas.  No había sido consciente de lo solo que me he sentido con esto hasta éste momento.  Somos un colectivo creciente y en su mayoría aún muy joven, pero a tener muy en cuenta desde ya y con mucho que decir.

Gracias de nuevo por tu labor informativa y por darme –darnos- voz.

Yo también

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La primera vez debía tener 12 años y nunca estuve segura de si había pasado. Regresaba a casa y tuve la impresión de que aquel tipo me seguía. Me cambié de acera varias veces, corrí, y finalmente le perdí de vista.

A los 16 no tuve ninguna duda: el hombre cuarentón que me miraba fijamente, de pie a mi lado del autobús, tenía el pene, fláccido, fuera del pantalón y se frotaba con la mano en la que yo sujetaba la carpeta. ¿Por qué no grité? ¿Por qué no pedí ayuda? Fui adentrándome en silencio en aquel autobús abarrotado mientras el tipo me seguía, y finalmente, me preguntó: ¿Bajas? Dije que no con la cabeza. ¿De verdad creía que yo podría querer acompañarle a algún sitio? ¿No se daba cuenta de que lo que estaba haciendo era una agresión?

Corrí al bajar del autobús (una parada después de la de aquel tipo) y cuando llegué a casa de mi amiga C. me derrumbé. Lloré mientras sus hermanas mayores me abrazaban, pero aún así me dejaron volver sola a casa (“coge un taxi”, me dijeron; pero no encontré ninguno). Me crucé por el camino con una pareja amiga y les conté también qué me había pasado. “Que fuerte”, dijeron. Y me dejaron seguir.

Ese día pensé por primera vez que si a muchas mujeres no nos ha pasado nada grave, es porque la primera vez hemos tenido suerte.

Cuando aún éramos confiadas e inocentes. Cuando pensábamos que estas cosas no pasaban.

A pesar de las advertencias y las recomendaciones, los no vuelvas sola, no salgas vestida así, mejor si te quedas a dormir en casa de tu amiga, vigila con quien hablas, no pases por callejones oscuros, no te fíes de nadie.

Y sí, yo tuve suerte.

Tuve suerte porque unos días más tarde también conseguí escapar del tipo que me persiguió en el metro. Tuve suerte porque los chavales en cuyo coche nos montamos N. y yo en un bar de Castelldefels no tenían ninguna intención de hacernos daño. Tuve suerte porque el señor mayor de mi trabajo que cada vez que pasaba vestida con minifalda gritaba “¡¡y luego se quejan de que las violan!!”, nunca fue más allá. De que el desconocido que me intentó besar a las tres de la madrugada cuando regresaba de una fiesta me soltara cuando le grité “¡Déjame en paz!”

De no estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Porque no intentó acostarse conmigo el cristalero que subió a arreglar la ventana, como le sucedió a A. cuando tenía 14 años ese día en el que su madre no estaba; porque no me metió mano uno de los autores a los que su editorial publicaba, como le sucedió a E. durante una cena de empresa; porque no tuve que lanzarme de un coche en marcha, como les sucedió a J. y M. la noche que aquellos chicos que parecían tan majos giraron por un camino de tierra al volver a casa; porque el taxista que me llevó a casa no me preguntó si quería pagar en carne, como le sucedió a O.; porque no tuve que encerrarme en un baño hasta que a mi hermano mayor se le pasara el subidón de ácido, como le pasó a V.;  porque no tuve que cambiar de número de teléfono para evitar el acoso de un ex, como le sucedió a B.; porque un veterano de la radio no me hizo proposiciones mientras me acorralaba en la Asamblea de Madrid y cuando me quejé de que me hacía sentir incómoda, me amenazó diciéndome que sabía dónde vivía, como le sucedió a una de las becarias que trabajó con nosotros. Y no tuve que ver cómo a pesar de la denuncia y la condena, el veterano de la radio seguía en su trabajo sin que (prácticamente) nadie dejara de hablarle y reírle las gracias mientras que a mí no volvían a llamarme.

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Ahora que todas estas cosas que siempre han permanecido invisibles empiezan a gritarse, toca decir que, a pesar de que tuve suerte, yo también. A mí también

Mi corazón huérfano

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E. me descubre a Sianna (nombre artístico y anagrama de Anaïs), una joven promesa del rap francés. Nacida en Bamako, Malí, en 1995, fue adoptada a los 8 meses por una familia francesa, como explica en su canción “Corazón huérfano”.

Hola mi África

No tuve tiempo de conocerte

Pero volveré pronto, y esto te lo prometo

Una señora vino a buscarme, desde Francia

Ella es hermosa, joven, blanca y todo irá bien, creo

Me mostró amor desde su primera mirada

Si sale mal, dentro de unos años me iré

En cualquier caso, sabrán que vengo de aquí

Como está escrito en mi piel, tengo África como edificio

 

Este es el comienzo de la historia de mi vida.

Con solo 8 meses, me voy de Bamako, mi ciudad

No sé lo que me espera, no sé a dónde voy, pero …

Es Dios quien lo eligió, así que la cosa promete

Veremos cómo crezco, veremos cómo me adapto

Estaba lejos de imaginarme que me acababan de adoptar

Me despido mucho más rápido de lo esperado

Y sin saberlo, la separación es muy dura

Me encuentro con mi familia, los conozco

Algunos no me hacen sentir bienvenida, pero tengo una sonrisa en mis labios

Mis padres me aman, y eso es todo lo que me importa

Sé que si tengo un problema, vendrán a echarme una mano

Estoy muy feliz, así que sonrío a menudo

Comienzo el principio de mi vida, digo lo que recuerdo

 

E incluso si en el fondo sé

que no elegimos nuestras vidas

¿Cómo olvidar de dónde vengo?

Eres la tinta de mi libro

Escribimos las líneas más hermosas

Sin ti, no sería nada

En mi corazón huérfano

 

Pasan los años y realmente no tengo quejas, no

Estoy bien en casa porque tengo amor a tiempo completo

Pero aún así, nadie sabe a qué me refiero

Cuando digo eso que a los 20, todavía no sé a quién me parezco

Pero no importa porque me siento bien en mi piel

Encontré gente como yo y remamos en el mismo bote

Descubro la música tarde; en directo, estoy en osmosis

Mi historia es extrañamente similar al único hijo de Oxmo

Me abro paso, lenta pero seguramente

Tengo principios; mis amigos pueden contar conmigo

Mis padres me enseñaron Tolerancia, Amor y Respeto

Hoy, si tengo que irme, solo me quedaré por ellos

Y luego muy a menudo espero ser lo suficientemente agradecida

Si se definiera la felicidad, tomaría mi vida como ejemplo

Creo que tengo suerte

¿En qué me hubiera convertido si no hubiera conocido a Francia?

Pero Dios lo quería así, así también lo es la vida

Aplico cosas como las aprendí y de acuerdo a mis deseos

Dicen que tengo una buena estrella; Prefiero decir que estoy bendecida

Al igual que el comienzo de mi historia, sigo siendo fiel al país

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