familia monoparental y adopción

Yo quisiera

Sin duda lo más interesante de este blog son los testimonios, impagables, de los adoptados adultos que generosamente comparten sus vivencias y sus emociones y que nos permiten abrir una ventanita sobre lo que nuestros hijos pueden sentir y quizás no saben expresar – o quizás no quieran compartir con nosotros. Como este texto, precioso, de M. Gracias por permitirme publicarlo aquí.

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Yo quisiera explicaros mis sentimientos, hoy, que estoy en casa de mi madre, con mis hijos, invadida de recuerdos.

Yo quisiera explicaros por qué a veces no concuerdo con muchos de los relatos o experiencias de otros adoptados, que sin embargo leo con respeto, aprendiendo, siempre aprendiendo.

Yo quisiera explicaros que cuando mi padre murió, estuve como un año oliendo su silla de trabajo, que en la parte donde él posaba la cabeza, olía a él, una mezcla de colonia y su olor personal: olor a mi padre.

Yo quisiera explicaros que entro simplemente en el cuarto de baño de casa de mi madre a lavarme los dientes, y me invade la nostalgia pensando en esas mañanas cuando me sentaba a hacer el primer pipí del día, con la inmensa pereza de las 8 de la mañana, antes de ir al colegio, y mi padre, lavándose la cara, me salpicaba en broma, y cómo yo lo sabía y lo esperaba, y gritaba como si fuera sorpresa.

Yo quisiera explicaros tantas cosas de mi infancia pero temo no ser comprendida… quisiera que supierais que el día que mi madre muera, hoy que es viuda desde hace 16 años, morirá la última persona que representa mi infancia y adolescencia, mi único anclaje a esa etapa de mi vida.

Yo quisiera hablaros también de abuelos, de yayos, de tortugas curadas en brazos de mi yayo, de gestos de mi abuelo comiendo membrillo, de caricias de mi abuela y platos especiales cuando mis padres salían de vez en cuando y ella me hacía la cena…

Yo quisiera explicaros que todo ese amor, esos recuerdos, esos veranos (no empiezo con los recuerdos de los veranos, porque no podría acabar), no son un desprecio a mi familia biológica. Quisiera que supierais que el día de mi cumpleaños es SÓLO de mi madre biológica, que ese día le pertenece a ella y a nadie más. Que ese día me ancla a ella de manera poderosa y que sé que estamos conectadas.

Quisiera que entendierais que ni siquiera en mis embarazos pensaba de manera especial en mi madre biológica, sino en la inmensa pena de que mi padre nunca pudiera conocer a mis hijos, ni saber que me había casado, nada. Aún miro a mi hijo mayor, serio, circunspecto y pienso en cómo le querría mi padre. Miro a mi hijo pequeño, travieso, y pienso cómo divertiría a mi padre.

Pero aún mi madre biológica está en mi corazón, en un trozo que le pertenece, que es solo SUYO.

Quisiera que entendierais. Quisiera explicaros todas estas cosas y más… Y que por ello a veces me encuentro lejana a muchos de vosotros y sin embargo estoy aquí, compañera de vosotros del mismo barco.

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Tiempo con los hijos

En otras ocasiones hemos hablado del gurú de la crianza natural, o crianza con apego, Carlos González (como si la crianza pudiera ser 100% natural en alguna sociedad humana, como si se pudiera criar sin apego). Un señor cuyos argumentos se acogen con devoción (o con rechazo) por parte de madres ansiosas de criar “bien” a sus cachorros. Que vende su modelo de crianza como algo radicalmente moderno… aunque es curiosamente parecido a los argumentos que se impusieron en los años 50, lo enriquecedora que es la familia y lo imprescindibles que somos las madres (y sola y exclusivamente las madres) para los niños. ¿Es casualidad que este tipo de discursos nazcan en momentos de empoderamiento de las mujeres y lucha por la igualdad de derechos?

Regularmente leo titulares de Carlos González, pero acaba de llegarme uno que me ha golpeado como una patada en la espinilla:

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“Es la generación en toda la historia de la humanidad que menos han estado con sus padres”.

Yo niego la mayor. ¿Todos los niños, en todos los tiempos, se han criado con sus padres? Esto es privilegio de clase. Las mujeres humildes han trabajado muchísimas horas y en condiciones deplorables durante siglos. Han muerto jóvenes, si no en el parto. Han tenido hijos sin padre presente o con padres que morían en la guerra o que trabajaban chorrocientas horas, y que no les molestaran los churumbeles. Teniendo muchísimos más hijos que ahora y con tareas domésticas mucho más difíciles de atender. Los niños se han criado con abuelas, tías, hermanos y hermanas, otros niños en la calle, trabajando en fábricas o en el campo o en el servicio doméstico a partir de los 6 años. Siendo maltratados y negligidos y “cuando seas padre comerás huevos”.

Y los niños de clase alta, con nodrizas, nannys y creciendo en las cocinas y las zonas de servicio de las casas, educados por institutrices o en internados, hasta que fueron lo bastante mayores para ser considerados personas.

Y haciendo esto que parece un invento moderno: clases de piano y de idiomas, equitación y tenis, cosas que les distinguieran de las personas de clases más bajas.

Incluso en nuestra infancia, este paréntesis en el que muchas madres de clase media dejaron el trabajo al casarse y se pasaban el día en casa con los hijos (no fue mi caso), muchos de nosotros recordamos que su presencia era muy poco activa. Fines de semana y  vacaciones con los abuelos, tardes en la calle con niños y niñas del barrio, o en casa, entreteniéndonos con nuestros hermanos o por nuestra cuenta. Íbamos y regresábamos solos del colegio a edades en los que ahora aún les llevamos de la mano, y nuestras familias solo pisaban las escuelas en contadas ocasiones. Las madres, porque muchos padres, ni esto. Llegaban a casa tarde, no molestes a papá, que está cansado, y “cuando seas padre comerás huevos”.

Y mis padres, cuyas madres dejaron de trabajar al casarse, menos aún. Mi abuela materna cuidaba de una casa enorme, una madre inválida, un tío soltero, un marido y dos hijos… que pasaban más horas con la chica de servicio que con ella. Era a la chica a la que llamaban cuando se despertaban asustados por la noche (para indignación de mi abuela). Mi abuela paterna tuvo cuatro hijos jovencísima y las criaturas y la casa le sobrepasaban y agobiaban, así que los niños pasaban muchísimas horas al otro lado de la calle, en casa de sus abuelos, que a su vez tenía hijos no mucho mayores que sus nietos; y cuando tuvieron edad para salir a la calle, con los tíos, hermanos y primos arriba y abajo todo el día.

Y luego en el colegio, muchas más horas que hoy.

Yo paso mucho más tiempo con mis hijos que mis padres conmigo y con mi hermana, y nosotras pasamos mucho más tiempo con ellos que el que mis abuelos pasaron con mis padres. En cantidad y en calidad. Y es lo que percibo en mi entorno. 

Los datos lo avalan: ninguna generación ha pasado tanto tiempo con los hijos, les ha dedicado tanto tiempo y atención, como nosotros con nuestros niños.

Muchas de nosotras sentimos que pasamos muy poco tiempo con nuestros hijos, que les hacemos falta, que no estamos todo el rato que querríamos ni tan presentes como nos gustaría…  pero esto no quita la realidad sea que los niños y niñas nunca han pasado más tiempo y de más calidad con sus padres y madres en ningún otro momento de la Historia, al contrario de esta imagen de Arcadia Feliz que muchos quieren vendernos.  Así que ya está bien de culpabilizarnos y flagelarnos.

P.S. Es curioso como este discurso culpabilizador conviven con el contrario,… igualmente culpabilizador. El que nos considera nocivos (¿nocivas?) no por exceso, sino por defecto, y nos cuelga las etiquetas de “padres helicóptero” o “Hiperpadres“.

 

La tormenta perfecta

Ya les he contado muchas veces lo mucho que me gusta el blog Cuaderno de Retazos. Sus ilustraciones, su sensibilidad. Y cómo me resuena cada vez que su autora habla de la escuela. El gran caballo de batalla de los que tenemos niños y niñas que se salen de las normas y de las hormas.

Sí, nosotros también hemos vivido no pocas tormentas perfectas:

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Cuando menos lo esperas algo surge, algo pasa en el colegio y se desata una tormenta perfecta.

Cómo madre, no sé cuál es la mejor forma de conducirse ante estas tormentas que arrasan todo lo que hay y que dejan  huella (en el mejor de los casos dejan una  huella liviana que desaparece pronto).

Que todos no somos iguales ya lo sabemos. Que cada uno tiene sus fortalezas y debilidades también lo sabemos. Aun así, cuando algo pasa, cuando surge un conflicto, solemos esperar y querer que el otro, los otros actúen tal cual sean nuestros esquemas, nuestra forma de sentir o, muchas veces, actuar tal y cómo es conveniente y socialmente adecuado actuar .

Sin embargo… Cada situación necesita una forma de proceder, estas tormentas te pillan por sorpresa y generalmente no hay una manera adecuada de comportarse y si la hay la descubro luego… tiempo después.

En mi caso, cuando recibo una llamada del colegio entro casi en pánico. Así que lo primero que hago es respirar hondo, descolgar, escuchar y decir ahora mismo voy.

Y voy lo más rápido que en ese momento pueda.

Por el camino repaso mi esquema de “forma de actuar ante crisis en el colegio”.  Me recito el “Nada te turbe – Nada te espante -Todo se pasa” y me recuerdo que  tenga o no tenga razón yo estoy de parte de mi hija, lo que supone que cuando llegue actuaré con una tranquilidad exagerada y seré afectuosa con ella para que sienta mi apoyo incondicional. (Nada de miradas suspicaces y recriminadoras, de decepción, de enfado, suspiros, frases hechas, mirar por encima de su cabeza, etc.).

Lo siguiente es más fácil: escuchar, solo escuchar que ha sucedido de forma asertiva. Silencio absoluto, que solo puedo romper para preguntar algo que no he entendido o que quiero saber. Escuchar todo lo que se diga y lo que no se diga y esté en el ambiente.

A continuación  intento pedir tiempo. Se agradece la información y no se decide nada, no se actúa. La tormenta perfecta sigue encima de nuestras cabezas… hay que dejar que acabe de desactivarse… que vuelvan los rayos y truenos, que vuelva el viento huracanado y la lluvia torrencial… pero mejor en casa… en la intimidad… Lejos del colegio y de otras miradas.

Una vez que todos nos hemos desahogado y expresado se empieza a ver que ha sucedido. Vuelvo al observar, al no hacer y al silencio cálido o a las palabras de empatía porque esto sí que ayuda a que llegue la calma. Y según que haya sido lo que ha pasado, pensamos qué hacer, lo decidimos y actuamos. A veces es más o menos sencillo, otras… no tanto. Por supuesto sólo hablamos con el tutor o profesor,  descarto  padres, madres y demás colectivos escolares.

Cuando ya casi hemos olvidado la crisis, como por casualidad saco el tema y, si se puede, miramos de frente que pasó, por qué, qué hubiera sido mejor, qué hemos aprendido… y todo lo que venga al caso.

Las tormentas perfectas son maravillosas, si sobrevives (y siempre lo hacemos… sobrevivir). Y lo son porque nos muestran nuestro interior, nos hablan de nuestros sentires e ideas profundas, de esas debilidades y fortalezas de las que hablábamos.

Claro está que el día de la tempestad pierdo el apetito, el sueño y me tiembla el alma.

 

Homoparentalidad

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He leído estos días este reportaje sobre familias homoparentales. Seis jóvenes cuentan sus vivencias como hijos de parejas de gays o lesbianas (o de un solo padre o madre gay). Hablan de normalidad, ausencia de conflictos, aceptación, solidaridad.

Estos reportajes siempre me despiertan contradicciones. Entiendo que sirven para normalizar y desestigmatizar, pero creo que, a veces, normalizan demasiado

¿De verdad es todo tan bonito? ¿No hay problemas, ni discriminaciones?

Entonces, ¿por qué nos preocupamos / quejamos las familias homoparentales? ¿Qué reclamamos? ¿Qué reivindicamos?

¿Por qué buscamos referentes e iguales?

Mi experiencia personal es que en los colegios se invisibiliza nuestro modelo de familia, desde los impresos a los libros de texto, pasando por los discursos; y eso, cuando no se la ridiculiza, de forma abierta o velada; nuestros hijos reciben preguntas, miradas y comentarios incómodos, en ocasiones incluso algún insulto; y la homosexualidad sigue siendo un tema a medio camino entre el tabú y el chiste.  

Primero…

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…fueron a por los titiriteros, pero a mí no me importó porque nunca me han gustado las marionetas.

Después fueron a por los independentistas, pero como yo no soy independentista me dio igual.

Después fueron a por los murcianos, pero a quién le importa lo que pasa en esta esquina del mundo.

Después encarcelaron a los de Alsasua, pero oye, no haberse metido con la autoridad.

Después les tocó a los raperos, pero yo soy más de jazz progresivo.

Después fue el turno de los manteros, pero estos negros qué más quieren, haberse quedado en su país.

Cuando han llegado a por mí, no quedaba nadie.

 

 

Estiu 1993

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Por fin pudimos ver (una de las pérdidas más grandes que ha supuesto la maternidad es la de las salas de cine) “Estiu 1993”. Una película autobiográfica narrada desde la mirada de la niña de 6 años que un día pierde a su madre y tiene que mudarse a casa de sus tíos y ajustarse a un nuevo hogar, familia, forma de hacer las cosas.

Y al duelo, claro.

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Una de las cosas más bonitas de la película es el retrato de la aflicción, esta emoción sutil que muchas veces no se manifiesta como esperamos y que nos hace pensar que la otra persona ni siente ni padece. Y que sale en forma de llamadas de atención, rebeliones silenciosas, celos. La aflicción que no se desborda hasta que la niña se siente segura, hasta que encuentra espacio para sacarla.

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También es muy interesante (y más para las personas adoptantes) el papel de esa “madre” que de repente se ve obligada a acoger a una niña ajena, a lidiar con su dolor y su carácter y el terremoto que su llegada imprime en su vida. Y con las emociones que todo esto le provoca a ella, que seguro que muchas veces no son las que esperaba ni en las que le gusta reconocerse.

Y las conversaciones de los adultos, y el miedo al SIDA, que en esa época llevaba este estigma (recuerdo que las familias retiraban a sus hijos de los colegios donde había niños con VIH), y la historia que no nos acaban de contar, y su manera de jugar y representar la vida que ha perdido.

Así, tan simplemente.

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