familia monoparental y adopción

Privilegio

Resultado de imagen de privilege

Debe hacer ¿20 años? salíamos N. y yo de ver una película de Spike Lee, no recuerdo el título y tampoco he sabido encontrarlo, y N. me dijo que le llamaba la atención tanta reflexión entorno a ser negro, que ella nunca había pensado sobre qué significa ser blanca. Quizás fue la primera vez que fui consciente de que muchas más veces reflexionamos sobre lo que nos hace distintos a lo establecido que a lo que nos hace pertenecer al grupo dominante. Los heterosexuales no se construyen entorno a su orientación sexual, ni las personas sin discapacidades sobre el hecho de ver, oír y andar sin problemas; ni los blancos sobre la raza.

Hasta que no tuve un hijo negro, no me planteé siquiera que existiera un White privilege.

¿Qué es un privilegio?

Resultado de imagen de privilege

Es ser blanco y pensar que el color de piel no tiene importancia. Es ser heterosexual y no ver que los impresos de matrícula del colegio discriminan a las familias donde no hay padre y madre. Es ser hombre y no tener miedo cuando vuelves solo y tarde a casa. Es estar en pareja y no ser consciente de lo injusto que es que los packs de los hoteles sean para dos adultos y un niño. Es tener las piernas sanas y no valorar la altura de los bordillos. Es ser cisexual y no plantearte que deba dejar de haber baños para hombres y baños para mujeres. Es tener una nacionalidad europea y no ver que tu cola en la Administración es más corta que la que hacen las personas con pasaporte extracomunitario. Es tener dinero para pagar el viaje de esquí de tus hijos y pensar que sus compañeros no se apuntan porque no les gusta la nieve.

Es no ver que lo que tú das por sentado, otros lo tienen que pelear hasta dejarse la piel.

Algo que solo se ve desde la posición no privilegiada

Anuncios

El metro y la vida

Imagen relacionada

Subo al metro, está bastante lleno.

A mi lado, una chica asiática lee un libro escrito con ideogramas. Me pregunto si se leen de arriba abajo o de abajo arriba, de izquierda a derecha o de derecha a izquierda.

De pie enfrente de mí hay una mujer de unos cincuenta años, con hiyab y chilaba, cara severa. Me recuerda a las tías del Cuento de la Criada.

Alguien se levanta en la fila de enfrente, y la mujer se sienta, al lado de otra mujer, más joven, que también lleva hiyab. Me planteo si tendría lógica que dos mujeres con hiyab en un metro de gente con la cabeza descubierta sientan afinidad y se hablen aunque no se conozcan. Pero ellas, ajenas a mi lógica, miran al frente.

De pie al lado de la puerta, un chico negro, alto y delgado, con una perilla perfectamente recortada, escucha música en sus auriculares.

La chica del libro de ideogramas se levanta y ocupa su lugar una mujer de color chocolate y rasgos andinos.

Este es el día a día de un vagón de metro. Un 25%, 30% de personas no blancas.

Entonces, ¿por qué cuando entro en las tiendas, en el claustro de profesores, en la secretaría del Centro de Salud, en mi empresa… no sucede lo mismo?

¡No dejéis de trabajar!

Imagen relacionada

A pesar de las teorías imperantes sobre “el reciente acceso de las mujeres al mundo laboral” en mi cole de los años 70 los niños y niñas nos dividíamos en dos grupos: los que teníamos madres que trabajaban fuera de casa y los que tenían madres que solo trabajaban en el hogar. Los del segundo grupo comían en casa, llevaban disfraces primorosamente cosidos y alargaban las bajas por resfriado hasta que no quedaba ni rastro de tos; los del segundo nos encontrábamos con que a veces no aparecía ninguno de nuestros padres al Festival de turno y que nuestras entregas y recogidas (no había ni acogida matinal ni extraescolares en mi colegio) dependían de una red heterogénea formada por otras madres y padres, hermanos mayores y los omnipresentes abuelos. Pero no creo que hubiera grandes diferencias a largo plazo entre los que tuvieron una madre permanentemente presente y los que la compartíamos con sus obligaciones laborales, no creo que unos fueran / fuéramos más felices que los otros o tuviéramos traumas o dificultades reseñables.

Cuando fui madre, daba por hecho que todas las demás madres serían mujeres trabajadoras como yo. Mujeres que compartirían la crianza con sus parejas (si las tenían), que contarían con la ayuda de los abuelos, que tirarían de acogida matinal y extraescolares y canguro.

Me sorprendió la cantidad de mujeres que habían dejado de trabajar, que se habían quedado en el paro y “para gastarme en la canguro lo que yo gano me quedo en casa”, que trabajaban a media jornada o echaban unas horas en la empresa de su marido.

No eran mayoría, pero tampoco eran pocas.

Y esto por no hablar de la corriente que en esa época se convirtió en tendencia: la crianza con apego, que exigía la presencia constante de – y solo de – la madre, al menos los primeros 3 años de la crianza.

Este verano cayó en mis manos este artículo de Adela Muñoz Páez, Catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla, del que quiero compartir algunos párrafos:

“Nunca fui la chacha de mis hijos. Su padre y yo éramos quienes tomábamos las decisiones que les afectaban y los que nos ocupábamos no sólo de que sus necesidades estuvieran cubiertas, sino de que se sintieran queridos y protegidos.

Para ello contamos con la ayuda de cuidadoras, guarderías y abuelos, que permitieron que ambos pudiéramos desarrollar nuestras exigentes carreras científicas sin que a nuestros hijos les faltara quien los recogiera en el colegio, cocinara para ellos y los arropara cada noche aunque nosotros estuviéramos en el otro extremo del mundo.

Pero hubo momentos especialmente duros, como cuando al finalizar mi tesis doctoral a finales de los 80, tuve que hacer una estancia postdoctoral en el extranjero dejando atrás un niño de tres años. Me llevé la pena de no tenerlo cerca y la angustia al pensar si mi ausencia afectaría negativamente a su desarrollo”.

Aunque yo no me fui (ni me habría ido) a estudiar en el extranjero cuando mis hijos tenían 3 años ni tampoco más adelante, aunque me sentí culpable de todas las horas que no pasé con ellos, sobretodo en la primera infancia, aunque me dolió delegar… nunca pude dejar de trabajar ni  tampoco lo habría hecho. Porque veo a mi alrededor a mujeres formadas y capaces volverse dependientes económicamente de su pareja y dejar de poder tomar decisiones – algunas, anecdóticas; otras, fundamentales – sobre sus propias vidas. Porque las veo bajarse del carro y verle alejarse y no poderse subir nunca más, a pesar de haber dedicado la primera mitad de su vida a estudiar y labrarse una carrera profesional que nunca podrán retomar donde la dejaron. Porque me parece un desperdicio que la contribución que podrían hacer a la sociedad – más allá de su propia familia – se pierda para siempre. Porque sé que aunque haya una época en la que cada minuto alejada de los niños es una tortura, los niños crecen y hacen su vida. Una vida que no merece llevar el lastre de saber que tu madre sacrificó su vida por la tuya.

La crianza es breve, pero la vida es larga.

Y si alguna vez flaqueo, siempre recuerdo a mi abuela diciendo a cualquier mujer joven (hija, sobrinas, nueras, nietas) que estuviera a punto o acabara de tener un hijo:

Pase lo que pase, ¡no dejéis de trabajar!

I. es la madre (adoptiva) de F., un quasi adolescente nacido en Etiopía y que está creciendo en España. Esta es una reflexión de I. sobre las vivencias de F. que ha accedido a compartir con nosotros.

La imagen puede contener: una o varias personas y personas de pie

Silvia Albert decía “Lejos han quedado los días en los que te pegaban una paliza sólo por ser negro, los días en los que te insultaban varias veces por la calle, los días en los que los skinhead te pegaban una paliza solo por ser negro… Ahora el racismo se ha vuelto mucho más sutil, son pocos los casos denunciados de agresiones directas, pero son infinitos los casos de agresiones sutiles, el racismo invisible nos rodea hasta que abrimos los ojos y entonces no podemos parar de verlo”.

Cuando leo, y leo mucho sobre estas cosas, pienso en lo que viven los niños y niñas negros….Aunque no lo sepas, aunque no lo creas. …..

El otro día, fue un día de esos…

10h. Atravesamos Blasco Ibañez para ir a la clínica odontológica universitaria. Los bares de las facultades llenos de gente. F observa. “ Mamá, ni un solo negro”.

10.15h. Lxs futurxs profesionales de la Odontología empiezan a jugar con el nombre de F. (entra solo), cambiando las letras, el orden…. Jugando con su nombre. Todo muy cariñoso… y molesto.

Pasa un niño negro por el pasillo….. lxs futurxs profesionales de la odontología, y actuales practicantes de la ignorancia supina, preguntan a F. “¿Es tu hermano?”.

17.30h. Tras la sesión de piscina. F. solo en el vestuario, con otros niños y niños acompañados de sus padres. Uno de ellos, un padre que pierde el norte, se dirige a F. y le dice. “Yo pensaba que iban a ponerte en el grupo de principiantes”. Y se quedó tan fresco.

Para muestras, un botón. Si los niños y las niñas lo escribieran…… veríamos lo mal que lo estamos haciendo como sociedad. No es sólo la calle…  es el colegio, es el aula…

Que España es un país racista sólo depende de nuestra capacidad de escucha, no mirar a otro lado, no relativizar, ni quitar importancia a lo que nosotrxs no vivimos.

Atípico

Hace algunos años, cuando la primera infancia de mis hijos parecía que no iba a terminar nunca, M. me advirtió: “Te van a decir que te prepares para la adolescencia, que es terrible… pero ¡no es verdad!, a medida que crecen las cosas mejoran, puedes compartir con ellos películas, libros…”

Lo cierto es que el tiempo ha pasado rápido, demasiado rápido, y B. y C. ya están entrando en la adolescencia (y a A. y P. no les queda tanto). Y empezamos a poder compartir cosas no de las que ellos desean ver (por buenas que sean) sino de las nuestras.

Exposiciones, canciones, algún libro.

Y series.

En estas últimas semanas hemos visto los 8 capítulos de “Atypical”, una serie protagonizada por un chaval que tiene un trastorno del espectro autista.

Resultado de imagen de Atypical Netflix

 

Una serie que retrata muy bien el día a día de las familias con personas con alguna discapacidad: la centralidad de esta condición en la vida familiar, la invisibilidad de los hermanos, las distintas formas de afrontarlo de los padres, los conflictos con el entorno, la dificultad de la madre que ha sido cuidadora de dejar volar solo a su hijo cuando empieza a convertirse en adulto.

No dejen de verla.

Después del atentado

La imagen puede contener: 1 persona

El atentado nos encontró en Barcelona, lejos del lugar de los hechos (si es que se puede estar lejos en una ciudad como Barcelona), pero igual nos golpeó.

La calle en la que he trabajado 20 años, el trayecto por el que volvía a casa, la hora de salir a recoger a los niños.

Primero fueron las llamadas y los Whatsapps, la búsqueda de noticias, las preguntas. El silencio de la piscina mientras la gente iba marchándose a sus casas. Después, las sirenas de ambulancia a lo largo y ancho del barrio. Y el helicóptero sobrevolando nuestra terraza toda la noche.

¿Podemos dormir contigo?

Y luego llegó el momento de hablar. La conversación que siempre hay que tener con los niños, qué ha pasado, por qué, quiénes eran, qué querían, qué pasará ahora.

La imagen puede contener: 1 persona, texto

Pero también otra conversación que tenemos que tener cuando nuestros hijos tienen un origen que les conecta con los terroristas: la de las burradas que van a oír a partir de este momento, más todavía. El “puto moro”, “vete a tu país”, “es que no se integran”…

Resultado de imagen de enfants du Maroc

Pero hay una tercera conversación de la que no he sido consciente hasta que han ido pasando los días y goteando las informaciones, y hemos sabido que los terroristas son chavales, niños en algunos casos, muy parecidos a los nuestros: niños que iban al colegio y jugaban al fútbol, y se encontraban en un casal en el que nadie imaginó siquiera que algo así fuera a pasarles por la cabeza… ¿Hasta qué punto pueden convertirse nuestros hijos en el caldo de cultivo de los radicales que puedan querer aprovecharse de sus dudas identitarias y sus arraigos inseguros para sembrar en sus cabezas la ilusión de pertenecer a algo o alguien?

Cerrado por vacaciones

 

Resultado de imagen de mafalda vacaciones

Nube de etiquetas

A %d blogueros les gusta esto: