familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Porno del reencuentro

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Porno del reencuentro: compartir momentos de buen rollo de las historias de reencuentro de los adoptados como un medio de defender la fantasía de que todo lo que se ha roto puede y de hecho será reparado mágicamente como si nunca hubiera ocurrido.

Tone policing

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De un tiempo a esta parte, se oye mucho hablar del “Tone Policing”, traducido al español como “Fiscalización del Tono”

Es un argumento que intenta restar valor a una declaración atacando el tono (airado, faltón, poco educado) en el que se presenta en lugar de responder al mensaje en sí.  Es pues una herramienta para desviar la atención sobre las injusticias. Un cuestionamiento que se hace desde el privilegio.

Y es que la Fiscalización del Tono suele usarse para silenciar a las mujeres o a otros interlocutores que están más abajo en la “escala de privilegios”: las personas racializadas, las que pertenecen al colectivo LGTBI, las que tienen discapacidades, las de una clase social inferior.

“Eres una histérica”, “si no hablas con calma no te escucho”, “modera el tono”.

Mientras ellos, desde su privilegio, con buenas palabras y sin alzar la voz, desde la condescendencia, el paternalismo, el desprecio, la superioridad moral, son capaces de decir cosas tremendamente insultantes, irrespetuosas y desvalorizadoras

En su Carta desde la cárcel de Birmingham, el Dr. Martin Luther King Jr. condenó este modelo de enjuiciamiento, argumentando que se sentía decepcionado con el blanco moderado, más devoto al ‘orden’ que a la justicia.​

¿Y es que, cómo se puede responder a injusticias tan deshumanizantes como el racismo, el sexismo, el capacitismo, la LGTBIfobia, sin alzar la voz ni romper cosas?

Resultado de imagen de Audre Lorde

Así lo explicaba Audre Lorde:

Las mujeres racializadas de EE.UU. han crecido inmersas en una sinfonía de ira, la ira de quienes son silenciadas, de quienes son rechazadas, de quienes saben que cuando sobrevivimos, lo logramos a pesar de un mundo que da por sentada nuestra falta de humanidad y que detesta nuestra existencia misma cuando no está a su servicio. Y digo sinfonía en lugar de cacofonía porque hemos tenido que aprender a armonizar la rabia para que no nos destrozara. Hemos tenido que aprender a movernos en ella, a sacar de ella fortaleza, resistencia y comprensión para nuestra vida cotidiana. Aquéllas de nosotras que no aprendieron esta lección, no han sobrevivido. Y una parte de mi ira es siempre una ofrenda por mis hermanas caídas.

La ira es la reacción apropiada ante las actitudes racistas, tal como lo es la rabia cuando los hechos derivados de dichas actitudes no cambian. A las mujeres que temen más la ira de las mujeres racializadas que sus propias actitudes racistas no analizadas, les pregunto: ¿Es más amenazadora la ira de las mujeres racializadas que el odio a la mujer que tiñe todos los aspectos de nuestras vidas?

Yo no puedo ocultar mi ira para evitaros el sentimiento de culpa, la susceptibilidad herida, la ira que desencadeno en vosotras: ocultarla sería menospreciar y trivializar nuestros esfuerzos. El sentimiento de culpa no es una respuesta a la ira; es una respuesta a la propia manera de actuar o de no actuar. En la medida en que conduzca a un cambio puede ser útil, puesto que en ese caso deja de ser culpabilidad y se convierte en punto de arranque del conocimiento. Pero muchas veces el sentimiento de culpa no es más que el nombre que se le da a la impotencia, a la actitud defensiva que destruye la comunicación; entonces se convierte en instrumento para preservar la ignorancia y la continuidad de la situación, en instrumento fundamental para preservar el inmovilismo.

Sin embargo, hay veces en las que se le intenta dar la vuelta y usar el argumento del tone policing para poder seguir insultando.

Por ejemplo, alguien utiliza un insulto capacitista, homófobo, machista, racista, y cuando se le llama la atención, se le señala que es doloroso y por qué, no solo se minimiza este dolor sino que se ahonda en el uso. “Es que ya no se puede hablar de nada”, “ya han salido lxs ofendiditxs”, “no me fiscalices el tono”…

Dice Brigitte Vasallo que el humor tiene que ser siempre hacia dentro y hacia arriba, de lo contrario es opresión; lo mismo se puede aplicar al tone policing, algo que se utiliza para  silenciar las voces de colectivos oprimidos. Usar este concepto para defender el derecho de los grupos privilegiados a negar el derecho a los grupos oprimidos a quejarse cuando son oprimidos, lo pervierte

Normalizar

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C. hablaba el otro día de una compañera del instituto, a la que yo no conocía, y me dijo “es la novia de María”. Así, con toda normalidad. Normalidad de tener novia, de decirlo públicamente, de darse la mano en los pasillos, de contárselo a una persona adulta. Que lejos de cuando yo iba al instituto.

Hablaba con A. sobre una noticia que tiene que hacer para el cole, y sobre cómo enfocarla, y me dice: “el titular podría ser: los niños y niñas de 6º B aprenden educación vial”. “Y luego en la noticia cuento como los alumnos y las alumnas de la clase, han ido a tal sitio…”

Niños y niñas, alumnos y alumnas.

Cuántas cosas han normalizado.

Diga lo que diga algún partido innombrable, diga lo que diga la RAE

“Mi hijo no pregunta nada”; “no tiene ningún interés en su historia”; “cuando yo le digo algo, cambia de tema”; “cuando quiera saber preguntará”; “le iré contando a medida que pregunte”…

He oído estas frases en boca de muchas familias adoptivas. No se me ocurre mejor respuesta que la que Patri Holmes, bloguera y adoptada argentina en busca de sus orígenes desde hace muchos años, escribió en este texto:

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No pienses que no pasa nada porque tu hijo adoptivo, o de crianza no pregunta…

No pienses que no pasa nada.

A veces, la revolución se siente adentro.

La necesidad de saber es un remolino que da a lugar a emociones inesperadas. A inquietudes que se acallan cada vez que tu hijo te escucha decir: “no, ella no necesita saber, siempre me dice que es feliz de que yo sea su mamá”, “no, él ni piensa en eso”.

Y tal vez piensa… pero el temor a lastimarte es tan grande, o el miedo a serte desleal… Porque le han dicho, con y sin palabras, que “sólo hay una madre”, que “ni los animales abandonan a sus crías”, que “debería estar agradecido por lo que le tocó”.

¿Qué fue lo que le tocó?

Perder a su mamá. A quien lo gestó. De quien heredó células y de quien escuchó su voz. Perder sus raíces.

Nació perdiendo.

¿Te parece poco?

Es muchísimo.

Entonces… no pienses que no pasa nada.

Pudo haber llegado a una familia hermosa pero esa herida estará siempre y dependerá de su entorno y de la empatía de quienes lo rodean que pueda cicatrizar.

Amá, acompañá, abrazá y entendé la enorme magnitud de lo que sucedió para que tu hijo pueda preguntar, hablar, decir… y sanar.

Les hablaba hace unos días de esos mensajes en botellas que son las pruebas de ADN. Algo que aprendí de los adoptados adultos y en particular de dos mujeres nacidas en Argentina que llevan muchos años buscando sus orígenes. Una de ellas aún no tiene respuestas. La otra, sin embargo, sí. Y esta Navidad ha podido reencontrarse con parte de su familia de origen. Así lo cuenta:

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Hace pocos días, abracé a mi padre, hermanos y sobrinos biológicos por primera vez. Tengo 50 años. Me siento como recién nacida. Mi familia se agrandó. Ahora tengo: dos padres, uno vivo y el otro vivo en mi memoria para siempre; cuatro hermanos: el de siempre y estos tres nuevos que me sonríen con los gestos de mis hijos y se maravillan cuando yo los miro con los ojos de su (mi) padre. Mis hijos tienen un abuelo, 3 tíos y dos primos más. Sueño con que un día no muy lejano mi padre biológico se abrace con mi mamá de siempre (la adoptiva) y mi hermano con mis nuevos hermanos. Y que ese encuentro hermoso de hace unos días se repita cuando mi madre biológica esté preparada para conocerme, y así también pueda abrazar a los otros tres hermanos que todavía no saben que existo. Sería importante tener en cuenta que cuando se adopta, no se adopta solo a un niño o niña, sino a toda su familia biológica también. Siento mucha paz. Ojalá todas las personas adoptadas puedan sumar e integrar a todas sus familias
Yo creo que, en la vida de una persona adoptada, nadie reemplaza a nadie. La familia adoptiva no reemplaza a la biológica aunque cumpla su función y, de la misma manera, cuando se produce el encuentro con la familia de origen, tampoco pasa a reemplazar a la adoptiva, que ya está afianzada en los afectos, sino que se añade. No hay reemplazo sino suma. Nadie debería ser forzado a tener que elegir entre una u otra familia cuando las circunstancias de la vida le han puesto en la situación de tener más de un padre, más de una madre, más de 4 abuelos, etc. No elegimos eso. Nos tocó. 

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Los nombramientos de estos días para el Ministerio de Igualdad y el Instituto de la Mujer tienen la “madresfera” (las redes y blogs en las que se relacionan madres) muy revueltas.

Especialmente polémico es el nombramiento de Beatriz Gimeno. Una histórica activista feminista, que ha luchado por los derechos de las mujeres y la comunidad LGTBI siempre desde la calle y desde hace algunos años, desde su trabajo como diputada en la Asamblea de Madrid. Una mujer con criterio propio, con voz propia, que ha disgustado tanto a la derecha más montaraz por sus posicionamientos feministas como a las representantes de un cierto modelo de maternidad y crianza por su visión de la maternidad, crítica con la lactancia natural y con la dedicación exclusiva.

“Está en contra de la maternidad”, dicen. “Es Maternófoba”. “Debería escuchar a las madres”.

Sin pensar que ella misma es madre, que hay muchas madres que tienen otra visión de la jugada.

Llevo pensando en ello desde ayer y me pregunto cuándo hemos dejado que un modelo de crianza y maternidad se apropiara del concepto “maternidad”. Y qué modelo y qué intereses hay detrás.

“Debo ser muy mala madre, porque yo siempre hubiese preferido que me apoyasen para seguir trabajando que para dejar de trabajar”, dice la autora del blog MotherKiller.

Y yo suscribo cada palabra.

Claro que habría querido una baja más larga. Con B. me coincidieron las vacaciones (cosas de falsos autónomos) y fueron las 16 semanas peladas; con A., 7 de las 16 semanas las pasé en Marruecos. Me habría encantado que en vez de estos menos de 4 meses, hubiera sido 6, o 9. Como los de R., que trabaja en la función pública y encadenó permiso de maternidad, lactancia, vacaciones, un permiso adicional que tenían en esa época y que equivalía a la jornada reducida de un año…

Y, si hubiera tenido pareja, me habría encantado que se pudiera tomar otras 16 semanas para hacerse cargo de las criaturas en sus primeros tiempos en casa.

Lo que nunca me planteé es dejar de trabajar para criar.

Porque no es incompatible querer estar con tus hijos y querer trabajar, debemos dejar de creer que no podemos hacer ambas cosas.

I. señala que faltan entre los nombramientos mujeres de nuestra generación, la de los 70.

Boti García (la responsable del área de Diversidad Sexual y LGTBI) es del 45, Beatriz Gimeno del 62, Irene Montero del 88. Efectivamente, ahí hay un vacío.

Me pregunto si es posible que las mujeres de mi generación lo hayamos tenido más difícil que las de antes, porque fuimos la primera generación que no tuvo apoyo familiar: nuestras madres estaban o bien trabajando, o bien esperamos tanto a tener los hijos que ya no nos podían ayudar. Quizás es por esto que faltamos de las instituciones.

Sin embargo, Ada Colau es del 74 y Mónica Oltra del 69. Cuando llegaron a sus respectivos puestos pensé a) por fin llegan a las instituciones mujeres que se parecen a mí, con camisetas y sin mechas; y b) por fin llegan a las instituciones mujeres que están en plena crianza (en lo que también se parecen a mí, por cierto).

Mujeres que llevan a las instituciones la crianza y la conciliación y los cuidados y la necesidad de no tener que renunciar a nada.

 

Mensaje en una botella

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Imaginad un adolescente  que fue adoptado de bebé. Que procede de un país donde el embarazo fuera del matrimonio es no solo una vergüenza sino también un riesgo. Que no tiene ningún dato sobre su origen o su familia biológica. Que se encuentra con que los registros son opacos. Que no sabe dónde empezar a buscar.

Imaginad que ese adolescente descubre que puede hacerse una prueba de ADN que le ayudará a rastrear no solo su origen étnico, sino también si tiene alguna conexión genética con alguien que se haya hecho la misma prueba y haya dejado sus datos en el banco de ADN.

Imaginad que decide hacerse esta prueba.

“Las probabilidades de que encuentres son muy pequeñas”, le dicen. “En tu país de origen no hay mucha gente que se haya hecho estas pruebas, pero ¿quién sabe? Quizás más adelante alguien cercano a tus padres biológicos, a ti, se la haga. Es como lanzar un mensaje en una botella al mar y esperar que llegue a alguien algún día”.

Imaginad que llegan los resultados, y hay varias personas que tienen parentesco con ese adolescente. No un parentesco cercano: sus bisabuelos, o sus tatarabuelos, quizás eran hermanos. Imaginad que de estas personas que están emparentadas con él, algunas también están emparentadas entre sí. Y no solo eso: además, nacieron en el mismo pueblo donde estaba el orfanato en el que él pasó los primeros meses de vida.

Imaginad que una de esas personas responde a los mensajes; primero, con suspicacia. Luego con curiosidad. Finalmente, con interés y ganas de ayudar. Analiza a qué rama de su familia podría pertenecer al adolescente, especula cuáles pudieron ser las razones por las que renunció a su hijo. Promete investigar.

“El próximo mes”, dice, “volveré al pueblo, de vacaciones. Me van a hacer una entrevista en un medio local sobre mi experiencia con el banco de ADN. ¿Qué te parecería si digo que una de las cosas más sorprendentes que he encontrado es un adolescente adoptado en Europa que busca sus orígenes?”

Adelante, dice él. Otro mensaje en una botella.

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