familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Burocracia: toma 1

Cuando tenía 18 años empecé a trabajar por primera vez en la organización de una feria de libros. Cuando terminó el contrato, tuve que hacer una serie de gestiones para poder cobrar el paro que me enfrentaron por primera vez en mi vida con San Kafka: extraños vericuetos burocráticos que me mandaban de ventanilla en ventanilla y al final otra vez de vuelta al inicio. Cuando finalmente lo conseguí resolver, me había aprendido de memoria y para siempre mi número de DNI.

Desde hace algunos años, la mayor parte de la burocracia la hago vía telemática. Y siempre me piden el DNI, que me sé desde los 18, pero además, muchas veces me piden la fecha de caducidad. Así que busca el bolso, saca la cartera, mira la fecha, rellena las casillas.

Hasta ahora: he consultado tantísimas veces el proceso de admisión de A. en el instituto, que también me la he aprendido.

Y total para qué? para no sacar nada en claro. En las quejas que hemos puesto solo nos indica que las han “recibido”; en el instituto asignado, sigue figurando el que no queremos. Cuando me meto en el borrador de la matrícula, no me permite escoger otro centro.

Cuando llamo al teléfono, nadie me lo coge; si llamo a la secretaría, sí me responden, y me toman los datos, y me prometen una devolución de la llamada; pero tampoco.

Si vamos allí no nos pueden atender porque no tenemos cita previa, pero cuando solicitamos cita previa, tampoco nos la dan.

Es como darse de cabezazos con una pared, el silencio infinito de la burocracia.

Esta mañana, N. ha sugerido: ¿Y si volvemos a llamar al instituto de C.? Al principio me ha parecido una idea absurda: ellos ya hicieron lo que tenían que hacer con el documento en el que se comprometen a aceptar a A. por razones familiares, ahora la pelota está en la Administración, son ellos quienes tienen que decirnos… pero no había mucho que perder, así que he llamado.

Sí, me dicen, está todo bien. Nos han llamado para asegurarse de que hay plaza, les hemos dicho que sí, y nos han dicho que la matrícula se formalizará pasado el periodo ordinario, en periodo extraordinario. Hasta dentro de una semana no tenéis que hacer nada.

He respirado, claro. Al menos en parte. Porque hasta que no lo vea negro sobre blanco, no terminaré de exhalar el aire que estoy conteniendo.

Y me pregunto: ¿Por qué han considerado que yo no necesitaba tener esta información?

Me ha venido a la cabeza una situación que viví en dos ocasiones hace 20 años. La empresa a la que trabajaba decidió asignar a mi equipo a determinada persona (en una ocasión, un chico con el que había trabajado un par de años antes; en la otra, una amiga mía que en aquel momento estaba en otro puesto), y casualmente, en los dos casos, me los encontré, y les dije “que bien, trabajaremos juntos”. Los dos me respondieron que era la primera noticia que tenían y en ambos casos me pregunté cómo podía ser que yo tuviera esta información relevante en sus vidas antes que los propios interesados.

Que deshumanizado es todo, a veces.

Cuando empezó la pandemia, se decía que saldríamos de ella “mejores” (¿Mejores que qué? Yo ya era todo lo mejor que podía ser). Pero no es la impresión que tengo: mi impresión es que, en muchos sentidos, todo lo que era susceptible de empeorar ha empeorado, y se ha vuelto más descarnado, más implacable, menos humano.

Burocracia: toma 2

Dejé escrito el texto que hay más arriba ayer por la noche.

Esta mañana, después de 116 (las he contado) llamadas sin respuesta en los últimos 10 días (excepto una de ellas, en la que me tomaron los dato), me devuelven la llamada del Servicio de Escolarización. Me cuentan que hay 2 niños que se llaman igual (nombre y dos apellidos), con nee, que entran en la ESO en Madrid este año, tienen dos NIAs (Número de Alumno) distintos y han solicitado dos plazas distintas y ha habido un lío. Le digo que debe haber alguna confusión, que me parece casi imposible que haya dos niños que se coincidan en un nombre y dos apellidos poco habituales, con nee y del mismo curso… lo mira y resulta que ¡¡también han nacido el mismo día!!, bueno, total es que le consta que hay dos solicitudes: la nuestra con los dos centros denegados, y otra con el centro otorgado. Le cuento que es el centro adscrito al colegio, pero que NO hemos hecho ninguna solicitud para ese instituto y TAMPOCO lo queremos.

Me dice que el tema se resolverá en el plazo extraordinario; que no cree que haya problema en que entre en el instituto de C., que le ha “reclamado”; y que no hagamos nada de momento y que el lunes nos llama.

Aún no las tengo todas conmigo y pienso que igual habría debido dejarle en la confusión de los dos alumnos repetidos y no contarle lo del centro adscrito, no sea que le acaben enviando allí.

Eso sí, tengo que decir que el tipo ha sido encantador, se ha deshecho en disculpas por no haber llamado antes, la cantidad de casos que tienen, que intentan dedicarle a cada uno la atención que se merecen, etc.

Cuando era pequeña, solíamos pasar muchos fines de semana con R. y M., unas amigas de nuestra edad con las que también solíamos compartir parte del verano. En verano eran ellas las que venían con mi familia a la casa que teníamos en Menorca, mientras su madre trabajaba; los fines de semana, en cambio, casi siempre éramos nosotras quienes íbamos a su casa, desde el sábado por la tarde hasta el lunes por la mañana, que su madre nos dejaba en el cole.

Una de las cosas que más nos gustaba y más a menudo hacíamos era ir al cine. Había cerca de su casa un cine de reestreno donde vimos maravillas como “Duelo al sol”, “Los siete magníficos” o “Cantando bajo la lluvia”, en la que a menudo ponían extrañas mezclas en los programas. Como en aquella ocasión en la que vimos, una detrás de otra, “Creepshow” y “Excalibur”.

Entonces aseguré que “Creepshow” (mi primera incursión en el cine “de género”) me había gustado más, pero lo cierto es que “Excalibur” fue la puerta de entrada a las leyendas artúricas.

Algún tiempo más tarde, una amiga de mi madre me prestó para el verano una veintena de libros de la saga artúrica, que devoré en mis vacaciones isleñas. Tiempo más tarde, compré y leí varias veces la versión de John Steinbeck de la Leyenda del Rey Arturo y me fascinó descubrir un punto de vista mucho menos “mágico”, más prosaico y pegado a la realidad, en la trilogía de Bernard Cornwell. Le presté los tres ejemplares de los libros a un compañero de trabajo, que nunca me los devolvió.

Me acuerdo mucho de mis lecturas artúricas de mi juventud estos días porque con las criaturas (y con N.) estamos devorando la serie “Merlín”, una aproximación sui generis a todas esas historias. Al principio me pareció que solo coincidían los nombres de los personajes: Uther está vivo y reina cuando su hijo ya es un joven, Merlín tiene la misma edad que Arturo y Morgana es una dulce muchacha atormentada por sus pesadillas. Me costó reconocer a Ginebra en una de las criadas de Camelot, una muchacha racializada. Pero a medida que avanzan las temporadas, cada vez descubro / recuerdo más guiños a la leyenda.

Y vuelvo a desear leer todos aquellos libros que me fascinaron de adolescente.

Fue A. quien encontró al gato. Había salido a la calle con mi hermana, que estaba de visita, y regresó corriendo y llorando.

Hay un gato en la basura, ¡¡¡¡le han abandonadooooooo!!!, no podemos dejarle ahí.

Era chiquitito y tenía cortada una oreja, y se dejó coger con facilidad. Le pusimos un cuenco con agua mezclada con leche y atún, o jamón york. Comió y luego salió al patio donde estábamos cenando y desapareció.

Mi hermana le dijo a A.: quizás vuelva o quizás no. Si vuelve, será vuestro gato.

Volvió, siempre volvía. Pero desaparecía durante horas, a veces oíamos a los niños del patio vecino llamarle, la vecina de al lado nos contó el susto que le dio cuando se metió en su casa y otra vecina vino a sugerirnos que le atáramos con una correa porque asustaba a su perro, varios patios más allá. En algún lugar debían darle de comer porque estaba cada día más lustroso.

La mudanza fue un descalabro para el gato: cambiar de escenario y puntos de referencia le resultó tan estresante y traumático que se pasó varios días encerrado en cajones y armarios.

Pero tímidamente empezó a salir al patio y lo convirtió en su territorio, donde cada vez campaba más a sus anchas: subía a los tejados y a los balcones, se conocía las zonas de sombra y sol, rascaba la tierra de las plantas y hasta se colaba en las casas de los vecinos.

La mayoría le han recibido bien. Pero hace unos días, la vecina de arriba vino a quejarse de que el gato se había subido a su balcón y había intentado cazar a su canario, que había sacado en su jaula para que le diera el sol y el aire. Que se había abalanzado sobre la jaula cual gato Silvestre contra el pobre – y repelente – Piolín y le había roto una maceta.

Desde ese día, hemos cerrado contraventanas y el gato no sale. Se tiene que conformar con las ventanas y los balcones y tiene que buscar los rincones de sombra y corriente de aire dentro de casa.

Ahora que nosotros ya salimos a la calle, hemos confinado al gato.

La crisis del Covid-19 nos ha convertido en lectores compulsivos de artículos de Ciencia, como la crisis del 2008 (a la que no pusimos nombre hasta que llegó esta: hasta el año pasado era, simplemente, “la crisis”) nos hizo lectoras compulsivas de las páginas de Economía. La diferencia es que no esperamos de lxs economistas que sean capaces de arreglar la pobreza y sí pedimos a la gente de ciencia que nos devuelvan las certezas y las seguridades que hemos perdido en estos últimos meses.

Ayer empezó B. el campamento de fútbol. Nos levantamos pronto, recorrimos el trayecto andando por el Paseo, hicimos la cola. Me llamó la atención la cantidad de padre (masculino no genérico) que acompañaban a los niños (masculino tampoco genérico). Somos mayoría de madres en las reuniones de clase, en el ampa, en las tutorías, en las salas de espera del centro de Salud. Solo en el fútbol son mayoría los hombres.

Volvió contento y contando que uno de los chicos del campamento era vecino nuestro. Y que si al día siguiente podía ir en bici.

Seguimos pendientes de la plaza de A. para el instituto. El seguimiento de la solicitud sigue poniendo que tiene plaza en el instituto que no queremos, cuando intentas hacer la solicitud online (lo miré por adelantar) sólo da opción a poner ese instituto, el teléfono no lo cogen ni para darnos cita y nadie se ha puesto en contacto con nosotras.

¿Habrá que ir hasta allí para que nos vuelvan a decir que sin esta cita que no nos pueden dar porque no nos cogen el teléfono, no nos atienden?

Después de unos días fresquitos, hemos vuelto al calor. A bajar persianas y crear corrientes de aire, a encender el ventilador y darnos duchas fresquitas, al agua helada, la ropa blanca y las salidas al parque al atardecer.

 

Que cortos se hacen los días.

Que cortos los días que empiezan con el desayuno en el comedor de la casa de mi madre y terminan con una taza de infusión en la galería, mientras las voces de las criaturas se van acallando.

Que cortas las horas cuando te desbordan los planes y no tienes manera de llegar a todo y a todos.

Que cortas las mañanas cuando sales a la calle después de levantarlos a todos, darles de desayuno, conseguir que se duchan, que recojan sus cosas.

Que corto el paseo que te lleva a pasearte la ciudad, vacía de turistas, tan parecida a la de mi infancia, con las calles del Gótico con músicos en las esquinas, aquí un grupo de swing, ahí una cantante de ópera, en la plaça de Sant Felip Neri un señor con una guitarra cantando si me quieres escribir / ya sabes mi paradero.

Que largas las Ramblas vacías de gente, y nosotros que siempre hemos dicho “parece las Ramblas” para describir los sitios atestados.

Que cortos los minutos de charla con B., que arañó un rato de su agenda apretada para tomarse un helado con nosotras y contarnos lo difícil que es gestionar la vida de madre sola e hija cuidadora en tiempos de pandemia.

Que bonito el camino hasta la playa, cruzar el río, los cañaverales, las dunas, el sonido calmante de las olas cuando el sol va bajando a nuestra espalda y la orilla se eriza de cañas de pescar que esperan tomar el relevo a los bañistas.

Que eterno el tiempo sin ver el mar.

Que cortos los ratos de parque con la familia, que escasos los minutos de charla con mi hermana, salpicados de peticiones de T., mi sobrina, para que la acompañe a descubrir el mundo en las hojas, los caracoles, los areneros, los toboganes.

Que inmensos sus ojos, que amplia su sonrisa.

Que breves los abrazos que nos dimos a pesar de todo, porque para eso somos inmunes.

Que largo el camino de vuelta, con sus canciones y sus podcasts, y sus paradas para hacer pis y repostar coca-colas, con el sol de cara que nos hace guiñar los ojos y los paisajes cambiantes.

Que largas las semanas hasta que volvamos a vernos.

La casa de mi abuela fue mi segunda casa.

Entre mis primeros recuerdos están el despertarme en la cuna que estaba a los pies de la cama de mis abuelos, encaramarme a su cama con cabezal modernista verde con flores, donde mi abuelo aún dormía; luego caminar por el pasillo interminable y lleno de sombras hasta el baño diminuto en el que mi abuela se duchaba por las mañanas y sentarme en el water mientras esperaba que saliera.

Luego la cuna se trasladó al cuarto del pasillo en el que dormía yo cuando me quedaba en su casa, y esa cama con cabezal modernista de color verde, con su armario y su cómoda a juego, es donde duermo cuando vuelvo a Barcelona.

El piso de mi abuela, tan enorme, tan oscuro, tan antiguo, ya no existe: lo han dividido en dos pisos que ahora son de mis primos.

Mi madre vive tres pisos más arriba, en el mismo edificio, y desde su galería vemos el jardín de mis abuelos, donde tantas horas jugué. Ya no hay columpios, ni el invernadero de mi abuelo, cortaron primero la magnolia que daba flores blancas de olor dulcísimo al principio del verano, y después la palmera, pero el naranjo y el limonero siguen dando fruta.

No hay limones que huelan y sepan como los limones del jardín.

La casa de mi madre no se parece tanto a la casa de mi abuela, que era más grande y tenía una escalera que llevaba al jardín, como a la de mi tía abuela, que está un piso más abajo, y ahora vive en ella otra de mis primas. La galería es idéntica, y la cocina está en el mismo sitio y es muy parecida, aunque mi madre conserva la despensa que mis tíos convirtieron en un tercer baño.

Un piso más arriba viven otros dos primos míos, cada uno a un lado del rellano.

Todas las tardes del mundo, a no ser que viajaran o tuvieron algún compromiso, mis tíos bajaban a casa de mis abuelos. Se sentaban en los sillones del salón y hablaban, mientras las mujeres cosían, hacían punto o cualquier otra cosa que les mantuviera las manos ocupadas. Aún tengo al lado de mi cama la alfombra que mi tía me confeccionó basándose en uno de mis dibujos.

Mientras ellos hablaban, los primos jugábamos en el jardín o nos tumbábamos en la galería a leer Cavall Fort o dibujábamos. En la mesa del comedor había una bandeja envuelta en papel con croissans, ensaïmadas y otros dulces para la merienda.

Todo, entonces, giraba entorno a mi abuela, una mujer enorme de pelo blanco recogido en un moño que expresaba sus afectos a través de la comida, siempre confundía los nombres de sus descendientes y era la mejor narradora de historias que he conocido. Mis primos, mis tíos, la describían al mundo como una “mamma italiana”.

Ahora es mi madre quién se ha convertido en la matriarca de la familia, en el centro de gravedad. Es ella quien cuenta historias y confunde nombres y reparte dulces y guarda la memoria de la familia. Sus primos, mis primos, también mis hijos le consultan todo; y su palabra es ley.

 

Casi sin darnos cuenta, hemos cruzado el ecuador de este 2020 tan raro, tan apocalíptico, que empezó con los incendios que devastaron Australia y siguió en esta pandemia que ha asolado ya tres continentes. Por no hablar del neoliberalismo salvaje, el racismo, Vox, Trump y Bolsonaro, que siguen ahí cual dinosaurios despiertos. Y el cambio climático. Si el 2020 fuera una película, sería apocalíptica.

Y todavía nos queda medio año.

Se han cumplido 15 años desde que se aprobó el matrimonio homosexual. No recuerdo ese día, aunque sí la lucha, y sobretodo el convencimiento de que en unos años, la gente que en aquellos momentos consideraba una aberración que se llamara “matrimonio” y que daban los argumentos tan peregrinos, se vería tan rara como la que medio siglo atrás luchaba contra los matrimonios interraciales.

Entonces no sabía que esa ley me iba a permitir un día oficializar mi familia; pero tenía muy claro que, en contra de lo que decían muchas personas de izquierdas, incluso del colectivo LGTBI, luchar por el derecho a casarse no era una opción conservadora y pro-sistema, sino que tenía que ver con la igualdad, la dignidad, el reconocimiento, la visibilidad, la normalización: los Derechos Humanos.

Cuenta Beatriz Gimeno que el presidente Zapatero dijo que la Ley de Matrimonio justificaba su vida política. Estoy de acuerdo. Solo con eso, dejó un país más vivible para todos. Le cambió la cara a ese país de mi infancia que siempre iba a la cola de todo.

Han pasado cuatro meses y medio desde la última vez que estuve en Barcelona.

Entonces no pensé que pasaría tanto tiempo lejos de mi ciudad, de los míos. Que me encontraría en una situación en la que no podía decidir cuándo volver a casa.

Ayer, después de 4 horas llamando a las puertas de las administraciones educativas, de una reunión telemática y un par de horas caóticas de coordinar cosas de trabajo con las maletas, la comida, dejar al gato bien provisto y las plantas regadas y las ventanas cerradas, nos montamos en el coche y viajamos a Barcelona.

Volvimos a hacer esta ruta que conocemos tan bien, entre el esplendor amarillo de la genista y el azul del cielo, bajo nubes como merengues que se tiñeron de dorado y luego de malva cuando un sol naranja como una yema de huevo se puso a nuestras espaldas. 627 kilómetros con sus hitos familiares: el siniestro kilómetro 103, con sus banderas rojigualdas y sus símbolos franquistas, donde siempre aceleramos; la salida hacia Calatayud, donde una vez tomamos un helado y compramos miel; la ciudad dormitorio donde paramos a poner gasolina y cenar bocadillos de tortilla de chorizo; el arco que marca el Meridiano de Greenwich y donde siempre les cuento una anécdota de un compañero de trabajo sobre el tema (una anécdota que tiene mucha menos gracia contada que cuando la vivimos, hace ya unos años); el cartel que indica que ya hemos entrado en Catalunya y “ya podemos hablar catalán”; el tramo junto a Igualada donde una vez pasamos varias horas esperando a que retiraran un camión volcado; la entrada a Barcelona, que nos hace pasar junto a 4 de las empresas en las que he trabajado.

Llegamos cerca de medianoche, y al bajar del coche nos asaltó el olor a mar.

Y ahora escribo en la galería de mi madre, rodeada de orquídeas en flor, en la penumbra que crean las persianas de listones verdes de madera por las que se cuela el aire mediterráneo.

Tuve mi primera “con la Administración Escolar hemos topado, Amigo Sancho”, cuando B. iba a entrar a P3. Primero no me mandaron el SMS con el centro asignado, así que mientras nuestros amigos sabían a qué escuela irían sus hijos, yo me pasé semanas sin ninguna información; después resultó que no le había tocado ni el primer centro, ni el segundo, ni el tercero, ni el cuarto; le había tocado un quinto centro que puse en el último momento porque era público y del barrio, pero que ni siquiera había visto.

Empeñada en llevarle a la escuela que me gustaba, al año siguiente lo volvía a intentar; esa vez tuvimos más suerte con el número de corte y le tocó… aunque luego resultó que dejó de tocarle porque durante aquel año, y a pesar de que nada había cambiado en mi distrito escolar, nos “quitaron” ese centro de la zona de influencia. Fui al Consorci d’Educació, a Inspección, obtuve buenas palabras y buenas intenciones… pero no cambió de escuela.

Cuando tuvimos que cambiar de ciudad, otro tanto: la escuela de C. y P. ,donde nos habían asegurado que no habría problema, de repente, no podía asegurar las plazas. N. visitó el despacho de dirección no sé cuántas veces, llamó y reclamó en distintas instancias de la administración y nos tuvieron en vilo hasta que, rozando la línea de meta, admitieron a los niños.

Pero nada de esto se puede comparar con lo que está suponiendo este año conseguir plaza para A. en el instituto. Como tiene ciertas dificultades escolares, decidimos escoger para él con mimo el centro más adecuado para sus capacidades y posibilidades. Ampliamos el radio fuera del barrio, admitimos la posibilidad de un centro concertado… pedimos hora, hablamos con las orientadoras de varios colegios, y finalmente, creímos haber dado con el adecuado. Y como su puntuación es alta, no pensamos que hubiera problema

En las últimas semanas, nos hemos encontrado que en las listas del colegio solicitado no salía su nombre. “Es por privacidad”, nos decían, “el alumnado con nee está en otra lista”, pero esa lista nunca supimos dónde estaba ni cómo funcionaba: el proceso ha sido perfectamente opaco.

Finalmente, ayer conseguimos averiguar el centro que le habían asignado: no la escuela pequeña y no bilingüe que pusimos en primera opción, no el instituto familiar de su hermana que pusimos en segunda opción… el instituto bilingüe vecino del colegio, al que está adscrito, y que por una serie de razones muy fundamentadas no queríamos para ninguna de nuestras criaturas.

A partir de entonces, un periplo de llamadas, mails sin respuesta, nombres, teléfonos que no contestaban (tengo contabilizadas 82 llamadas sin responder al servicio específico que se ocupa del alumnado con nee), buenas palabras y pocas respuestas. Y finalmente, una lucecita al final del camino: el instituto de C. nos respondió que, aunque sus plazas de nee especiales estaban completas, podían asumir a otro alumno, tanto más si era por razones familiares.

Esta mañana, antes de las 8 estábamos en el Servicio de Escolarización del distrito, junto a otra docena de madres que hacían cole en la calle porque sus criaturas estaban en situaciones parecidas a la nuestra. “Aquí no os podemos ayudar”, nos ha dicho el funcionario, aunque al exponerle el caso, algo se ha ablandado dentro suyo, y nos ha indicado la mejor forma de proceder. En el Instituto de C. nos han hecho un certificado en el que se declaraban dispuestos a admitir a A.; con él en la mano, nos hemos desplazado hasta el Servicio de Escolarización Específico (distinto del primero), donde nos han dicho que solo atendían a personas con cita previa.

¿Y cómo conseguir cita, si no cogen el teléfono, si no responden a los correos?

La pandemia ha vuelto la burocracia más kafkiana todavía: las líneas amarillas de “mantenga la distancia”, las mascarillas que no dejan ver la expresión facial, las colas en la calle, la necesidad de cita previa, han deshumanizado más una administración pública que ya estaba muy lejos de tener la medida de las personas.

Finalmente hemos averiguado cómo podíamos poner la reclamación y lo hemos hecho; ahora solo queda cruzar los dedos para que nuestro caso no siga siendo solo un número.

No ha sido el único conflicto de estos días: a N. le sugirió el departamento de personal de su empresa que debía pedir disculpas por las molestias ocasionadas por sus pruebas de Covid-19. Disculpas, ¿por qué? ¿Por ponerse enferma, por hacerse una prueba pagándola de su bolsillo, por avisar a los compañeros, por ser responsable y prudente? La respuesta de sus compañeros y compañeras ha sido abrumadora, pero no deja de ser motivo de reflexión la reacción de muchas empresas a las contingencias de la enfermedad.

Dice Manolo García que la ciudadanía saldremos mejores de esto, pero que los políticos no; me temo que muchos empresarios, tampoco.

Cuando llegué al cole al que van los dos pequeños (y entonces iban los 4), una de las cosas que me fascinó fue su “política de puertas abiertas”. A diferencia de lo que pasaba en el cole anterior, donde dejabas a las criaturas en la puerta de la calle y ellas solas recorrían el trayecto hasta el patio donde hacían sus filas (lo que nos costó no pocos dramas) o subían las escaleras hasta las clases, y les recogías igualmente en la calle, donde las familias nos aglomerábamos mientras las maestras les llamaban uno por uno cuando nos veían para que salieran de sus filas, en este cole, con una estructura arquitectónica muy distinta (el patio estaba alrededor, no el en interior), entrábamos hasta la zona donde hacen las filas, podíamos esperar con ellos y verles subir. Y despedirles, si no les daba vergüenza (A. era el único en los últimos cursos que siempre me daba un beso antes de subir). Y por las tardes, igualmente les recogíamos dentro del cole. Y luego nos quedábamos: algunas criaturas, a hacer extraescolares, pero otras, los hermanos, las madres y los padres, con la excusa de esperarles, nos quedábamos en el patio. Incluso familias cuyas criaturas no tenían extraescolar este día. Merendaban, jugaban al futbol, al ping-pong o al pilla, hacían los deberes colectivamente sentados en las mesitas del porche, y las familias nos quedábamos de tertulia hasta que caía la tarde. Circulaba la información, se tejían redes, arreglábamos el mundo.

Todos los años, a principios de cursos, no recordaban desde Dirección que no nos podíamos quedar; pero hicimos de nuestra permanencia un acto de resistencia. El patio será siempre nuestro.

Ahora ha venido el Covid-19 y le ha ganado la batalla a Dirección.

La escuela será un poco menos a partir de septiembre, con las mascarillas, y el distanciamiento social y el miedo a las aglomeraciones.

Esto sí, con un poco de suerte empezará a haber medidas higiénicas básicas, como jabón en los baños y papel higiénico.

Ayer bajé al parque con P., A. y su amigo M. En un momento dado, me pidieron alejarse a otra zona sin sombra, que les parecía que ofrecía posibilidades más interesantes. Les dije que no, pero no pude dejar de pensar que hace unos meses, o si no hubieran pasado estos meses, no habría tenido problema en que tres chicos de 11-12-casi 13 años se fuera a 500 metros sin mi supervisión.

La autonomía de las criaturas es otra de las cosas que nos ha robado el coronavirus. Poder mandarles a la tienda a comprar algo, o que se den un paseo solos, o que se vayan con su pandilla hasta el campo de futbol. Un puñado de posibilidades que tenían ganadas y que de repente se han esfumado, o al menos, se han difuminado.

Parte médico familiar:

Después de un fin de semana casero de bricolaje y descanso, llegan los resultados de las pruebas. Bastante ajustadas a lo que esperábamos: buena parte de la familia hemos pasado el Covid-19 y lo hemos superado. Ninguno estamos enfermos ahora mismo. Podemos viajar sin miedo a contagiar; debemos seguir guardando las precauciones pertinentes.

Más allá de estos datos, falta saber todo lo demás: si haberla pasado genera inmunidad, y hasta cuándo; si las pequeñas molestias que persisten son síntomas o secuelas; si van a ir desapareciendo o se cronificarán; si va a ser fácil conseguir la atención médica necesaria o vamos a quedar en un limbo.

Aunque B. y C. aún tienen extraescolares, ha terminado la escuela, y el calor nos aplasta a todos. M. y O., los mejores amigos de los pequeños, están fuera: de acampada, en casa de los abuelos. Ha llegado definitivamente el verano. Un verano raro, que también está en un limbo. No sabemos si abrirán las piscinas,. No sabemos si viajaremos, hasta dónde, con quién, dónde podremos alojarnos, cuán seguros nos sentiremos lejos del refugio de las paredes de nuestro piso.

Por ahora, y a pesar del teletrabajo, el calor nos obliga a adoptar los hábitos morosos de los veranos: habitaciones en penumbra por las contraventanas entornadas, poner los toldos cuando da el sol para proteger las habitaciones que dan al patio, quitarlos cuando el sol se va para que el aire circule; manguerazos, siestas, camisas blancas de algodón, salir al atardecer para aprovechar las horas más frescas y no morir en el intento, regar las plantas para que sobrevivan al calor.

He puesto tutores a las tomateras. Los tomates siguen verdes, tirando al amarillo y empiezan a tener un tamaño considerable.

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