familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Sobre lo de Rocío

Documental: ¿Está Rocío Carrasco embarazada? | El Correo

Nunca habría pensado que vería T5. 

Sí, yo también he caído en la serie documental de Rocío Carrasco, no el primer día, pero tampoco mucho más tarde (vi el primero dos o tres días más tarde. Por prurito profesional, ya sabéis), y desde entonces estoy enganchada a este relato como una yonki, es un programa con el que ahora mismo no puede competir ni la mejor ficción. 

Lo primero que pensé de Rocío Carrasco es que se había hecho un master en Derecho. Después, que se lo había hecho también en psicología.

Por no hablar de la capacidad comunicativa que tiene: envidiable. El equilibrio entre la emoción y la reflexión… la espontaneidad y la documentación… los tempos del relato… la construcción del relato. 

Siempre había pensado que esta mujer vivía a costa del nombre de su madre; hoy pienso que quizás si no hubiera tenido la madre que tiene se le habría permitido brillar con luz propia. 

Hay un antes y un después a muchos niveles de esta docuserie. Cambiará la televisión, cambiará nuestra percepción de la violencia de género, de hecho lo ha hecho ya. Ha puesto un montón de debates encima de la mesa. Ha abierto los ojos a muchas personas sobre lo que es la violencia de género, el maltrato. 

Algo que no se puede resumir, que hay que contar con tiempo, con espacio, porque algunos maltratos solo se entienden con el goteo de situaciones a lo largo de los años, con la acumulación de capas unas encima de otras para ir dando densidad a la historia. 

El maltrato físico, el psicológico, el aislamiento, el maltrato familiar, el judicial, el mediático. 

25 años de machaque a la luz pública por parte de animales televisivos sin escrúpulos ni ética profesional. 

Se podría hacer un análisis del discurso en las facultades de comunicación, de verdad que me parece redondo a todos los niveles.

Una de las cosas que me indigna, por la parte que me toca, es que se llamen periodistas personas que no cumplen ni lo más básico de ser periodista; investigar y contrastar la información que emiten.

Hablan de “cómo nos engañaron”, como si fueran víctimas y no actores del engaño. 

Y entiendo que hay una parte de “deshumanización” del material del que hablan, estos seres que se dedican al (me niego a llamarle periodismo) corazón. Si vieran a esa gente de la que habla como personas humanas, si empatizaran lo más mínimo con ellas, no podrían ejercer este trabajo

Por otra parte, como hija, me remueve hasta los cimientos esta historia. 

Puedo entender a Rocío Carrasco y no por eso deja de dolerme su hija: una criatura dañada, abandonada, maltratada, negligida, utilizada. 

A quien nadie pudo (¿quiso?) contener en su adolescencia, y que esta falta de contención tiene mucho que ver con la adulta en la que se ha convertido. 

 Dañada por un padre que la usó como arma y por una madre a la que las circunstancias: la presión mediática, el maltrato recibido, el acoso de medios, familia y gente de la calle, los temas judiciales, la depresión, la posición de parte de la familia, la falta de sus padres… no la dejaron maternar cómo debería haberlo hecho. Igual que diríamos, por ejemplo, que en una guerra no se ha podido maternar bien: no es un juicio a ella sino un reconocimiento de las circunstancias que vivió.

Igual que somos capaces de ver el maltrato sistémico que ha sufrido la madre, debemos ser capaces de ver el maltrato sistémico que ha sufrido la hija.

FERIA | ANA IRIS SIMON | Casa del Libro

Hace unas semanas leí sobre “Feria”, el libro de Ana Iris Simón, y me pareció que el planteamiento, tal y como lo contaba en las entrevistas, era interesante. Pensé en buscarlo y leerlo… antes de que me dé tiempo a hacerlo, he escuchado el discurso que dio ante  Pedro Sánchez en la presentación de la iniciativa Pueblos con futuro, un proyecto con 130 medidas para activar económica y socialmente las áreas rurales que se engloba dentro del Plan España 2050. 

Y me doy cuenta de que muchas cosas me chirrían en su discurso. 

Dice que a su edad, 29 años, sus padres tenían una hija de 8 y esperaban al segundo. 

Hago cuentas y veo que nació en 1991; y deduzco que sus padres tenían 21 en este momento. Yo tenía 20 años en 1991, y ni yo ni ninguna de mis amigas (ni amigos) tuvimos ni nos planteamos tener hijos ese año, ni al siguiente, ni dos más tarde. Tampoco teníamos hipoteca, ni trabajo fijo, ni thermomix: No era algo habitual en esa época, como tampoco lo era 20 años antes: cuando yo nací, mi madre tenía 19 años, y salvo una excepción era, con cierta diferencia, la más joven de las madres de mi clase.

Y los 8 hijos a los que su abuelo (sic) crió con 12 hectáreas de tierra, es probable que no cumplan los estándares mínimos de crianza del siglo XXI. Muchas de las familias que en la primera mitad del siglo XX, e incluso en los años 70, tuvieron muchos hijos, en campo o ciudad, vivieron situaciones de trabajo infantil, desescolarización, matrimonios tempranos de las chicas, trabajo doméstico y cuidado de los hermanos, etc. No sé si es el caso de su abuelo, pero así como cosa general no me parece nada envidiable la situación. Por no hablar de los 8 embarazos, partos y crianzas de la abuela a la que no nombra. 

Y no olvidemos que estos 90 que añora e idealiza fueron la antesala de la crisis de 2008… en realidad fueron un espejismo de crecimiento sin control que acabó reventando

Que ser joven ahora es una mierda en muchos sentidos? Seguro. Miro a mis 4 criaturas (que tampoco tuve a los 21) y no tengo dudas de que su futuro es oscuro. Pero, ¿la solución es volver atrás? No lo veo. 

Es un tema complejo, y no hay soluciones fáciles. Las soluciones fáciles sirven para ganar votos y vender libros, pero no resuelven la situación.

Oigo estos 4 minutos de discurso y me llega… pero cuando lo vuelvo a escuchar, me chirría. Y entonces me encuentro estos artículos y entiendo qué es lo que me chirriaba. Todo esto de las mujeres florero, o el uso de la palabra de Sylvia Plath (que peleó y peleó para no ser solo madre y esposa, para ser valorada literariamente al menos a la altura de su marido, y de hecho, la presencia (supongo que ni cómoda ni tranquilizadora) de un hombre en su casa la llevó al suicidio)

Todo me recuerda mucho al discurso de Serena Joy en “El Cuento de la Criada”, el de antes de (y que la condenó a) convertirse en la esposa del Comandante.

Sanidad Canaria - Quince médicos fueron sancionados por compaginar sanidad  pública y privada desde el 2017

Es imposible conseguir cita con un médico de Atención Primaria en Madrid. Ni siquiera telefónica (cuando no te dice que “no hay cita para los próximos 14 días”, te la da para dentro de 10, que ya te habrás curado o muerto), no digamos ya presencial. Los residentes de Atención Primaria hablan con los pacientes por teléfono para que les cuenten los síntomas, porque han dejado de ver a los enfermos. Los médicos, cuando consigues que te llamen, diagnostican y recetan de oído, por teléfono.

No es sorprendente que el siguiente paso sea cerrar los centros de Atención Primaria. Irán privatizándolo todo y algún día nos pedirán un millón de euros por haber estado ingresados con Covid, como ya sucede en EEUU.

Acabaremos viviendo en furgonetas, como se ve en Nomadland.

Tengo la sensación de que el mundo se mueve demasiado rápido.

Cada día sucede algo importantísimo que desplaza lo importantísimo que sucedió el día anterior: la obsolescencia programada de lo noticiable nos deja sin apenas espacio para la reflexión.

Llega una multitud de personas a Ceuta, muchas de ellas niños. Leemos palabras como invasión, avalancha, oleada, agresión. Las palabras no son inocentes.

Invaden los ejércitos. Las personas se desplazan, o huyen.

Llegan las fotos en avalancha, como las noticias, para que no podamos pararnos a pensar qué significan.

La joven que abrazó a un migrante en Ceuta restringe sus redes - NIUS

Nos detenemos en la de Luna, la chica que abraza a un muchacho desolado, agotado, desesperanzado. Un abrazo que parece que lo resume todo; lo bueno, la capacidad de acoger, de empatizar, de sostener; y lo malo, como la mirada perversa y obscena de los que confunden la empatía con abuso.

Luna ha tenido que cerrar sus redes sociales por los ataques fascistas que sufría. Espero que todo este odio no ahogue la compasión, la solidaridad, la capacidad de ver al otro; pero también quiero una sociedad donde el dolor del chico que se abraza a Luna sea tan importante, al menos, como el de ella. Donde pongamos, al menos, al mismo nivel, el drama que supone tener que dejarlo todo atrás, jugarse la vida, llegar a un sitio donde no se es bien recibido, con el drama del primer mundo que representa cerrar una cuenta en una red social.

Donde él tenga nombre.

Donde no sea regresado al lugar del que venía.

Esta es mi época favorita del año, cuando la primavera empieza a convertirse en verano.

Ya hace bueno y aunque hasta el 40 de mayo, apetece sacar ropas más ligeras. Es gustoso disfrutar de la calidez de sentarse al sol, y del escalofrío que da estar en la sombra.

Por las ventanas abiertas entran los sonidos de la calle, la gente que regresa a casa después de cenar en estos días que empiezan a ser tan largos. Las radios de los vecinos, alguna obra lejana, el batir del tenedor contra el plato a la hora de las cenas: la vida.

Los márgenes y las cunetas son de este verde brillante alimentado por las lluvias, y todo está salpicado del rojo de las amapolas, el lila de las malvas, el amarillo de los dientes de león y la genista

(y yo vuelvo a recitar la ginesta altra vegada, la ginesta amb tanta olor, és la meva enamorada quan ve el temps de la calor)

Las tardes se alargan en el patio, leemos hasta apurar los últimos minutos de luz, no encontramos el momento de cerrar el libro y entrar en casa. Cenamos más tarde.

Puede ser una imagen de flor y al aire libre

Las plantas que la nevada Filomena no nevó han rebrotado: el acanto, el naranjo, la yerbabuena. La tomatera tiene flores amarillas que algún día serán tomates; el jazmín nos perfuma las noches.

G. es un compañero de trabajo con el que fui a la Facultad. Incluso compartimos una clase; pero cuando nos encontramos, casi 3 décadas más tarde, ninguno recordábamos al otro. No compartíamos amigos, ni apenas recuerdos en común. Fue el darnos cuenta de que habíamos nacido el mismo año que empezamos a cotejar y fuimos conscientes.

Pues G., que nació el mismo año que yo, ya ha recibido la convocatoria para vacunarse.

Aquí nada.

A., con quien también tengo una historia compartida y muchos recuerdos, trabaja ahora en el proceso de vacunación. Y escribe esto:

La Fira de Barcelona se estrena como el vacunódromo más grande de Catalunya

Vengo a decir que estoy trabajando en las vacunaciones COVID de la Fira de Barcelona. Inscribo a la entrada, guío a cada cual a su Box o anoto dentro del box los detalles de la vacuna: brazo, lote, enfermera.

He visto llorar mientras esperan que les den paso a la silla a dos mujeres que pasaron la enfermedad grave, una de ellas quedó viuda por covid.

Veo a gente de mi edad temblando cuando me muestran la tarjeta, sonriendo, agradeciendo, marchándose corriendo y quitándose la chaqueta para agilizar la cola.

Veo a las enfermeras a la puerta de su box pidiendo que les pase gente, agitando los brazos bailando al aire, cuando no hay nadie en la cola. Las oigo decirle a cada persona una flor, un detalle de su nombre, de sus ojos…

Las auxiliares de enfermería, llevando las jeringas, los materiales, arriba y abajo, como máquinas. Enfermeras cargando las jeringas de los viales, durante horas y horas.

La gente de seguridad, horas y horas de pie dibujando la cola.

En tres días hemos vacunado, solo en la Fira, a 16.000 personas.El engranaje es perfecto, la gente lo dice, lo agradece con ilusión. Hoy una usuaria ha traído una caja gigante de bombones. Desde que empiezan la cola pasan menos de 30 minutos, en las horas punta.Las jefas administrativas son tanques de productividad, ellas lo han organizado así.

Y pienso en los botellones.

En el claro… es normal… pobres…

¿Y sabéis que os digo?

Que vengan a trabajar a las vacunaciones, ya no digo a una UCI, no.

O que se vayan a la mierda.

Fiestas en toda España por el fin del estado de alarma

Llegó el final del Estado de Alarma y las calles se llenaron de fiesta como si fuera el final de la guerra. Pero nada ha terminado: el virus sigue ahí, por mucho que haya terminado el toque de queda y los cierres perimetrales.

Nosotros tuvimos un fin de semana tranquilo y diurno: me acordé de ese meme que decía algo así como que un día eres joven y al otro no te afectan los toques de queda. Encuentros familiares al aire libre y asamblea por zoom.

Pero vimos las imágenes, claro, de la gente que se lanzó a la calle, azuzada por las interminables campañas sobre la libertad, las cañas, el “hago lo que me da la gana”.

El fin del toque de queda ha llegado sin esa necesaria reflexión sobre qué es la libertad. Me quedo con esta frase del filósofo José Luis Sampedro: “Vaya a un supermercado sin dinero y verá si es libre. La libertad es una cometa: vuela porque está atada a la responsabilidad de quien la maneja”.

El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, ha dicho: “Las imágenes son una pesadilla. No sé cómo alguien se puede lanzar a la calle como si aquí no pasase nada, es una insensatez”.

No sabe cómo, dice.

Los resultados de las elecciones del martes cayeron sobre nosotros como un jarro de agua fría. Qué digo jarro: como un manguerazo inesperado y violento.

Y es cierto, todas las elecciones parecen la última, la definitiva, la que lo cambiara todo o acabara con todo

pero.

De todo lo que he leído estos días, me quedo con dos reflexiones, una sobre el pasado, y otra sobre el futuro.

Puede ser una captura de pantalla de Twitter de texto que dice "23:40 Tweet Editorial La Felguera @La_Felguera "Fue en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razóny ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma, y que a veces el coraje no obtiene recompensa" (Albert Camus) 23:39 4/5/21 Twitter Web App 4 Me gusta Twittea tu respuesta"

La reflexión sobre el pasado es este retrato poético y certero que hizo Gabriel Rufián de Pablo Iglesias, y a través de él, de todos nosotros:

Hay alguien en la tele que piensa lo que tú piensas. Cafés y diazepam. Una mano negra dentro de millones de pechos. Ansiedad y horas extras. Dicen que la culpa es tuya porque has vivido por encima de tus posibilidades. Dicen que se acabó la fiesta. El mismo vagón de metro, las mismas mañanas, los mismos años. Entrar y salir de noche de un taller, de una oficina, de una obra, de una fábrica. Una generación entera sacada de las escuelas para enyesar pisos hechos para endeudarles de por vida. Una generación entera traicionada por Felipe, abroncada por Anguita y decepcionada con la vida.

Sospechas en la mente y mentiras en la tele. Rabia frente a un fresadora, frente a un ordenador o frente a una máquina registradora. Te dijeron que si te esforzabas no tendrías los mismos callos en las manos que tu madre y que tendrías más tiempo que tu padre. Y te mintieron. Hay alguien que rabia en la tele como tú rabias. PSOE engañando, el PP robando e IU abdicando. Las plazas gritando y el Congreso ofreciendo pasteles como en Versalles.

Los círculos, las asambleas, los brazos al aire y las manos sosteniendo cartones con frases que después serán leyes. Gente con carné y gente sin carné de partidos rotos pero todos con sueños destrozados, gente que se había implicado, gente que nunca se había manifestado, gente con pasado, gente sin pasado, pero todos sin futuro. Jóvenes sin nada y mayores con muy poco pero queriendo dejar algo.

Ya sabes que conducir un Audi a plazos, que tener un móvil grande, que irte en verano a la Riviera Maya a crédito y que pagar un piso 25 veces más caro que lo que pagó tu abuelo no te hace clase media. Ya sabes que lo de hacerte autónomo porque tu jefe te lo pidió no fue para ayudarte, sino para esclavizarte. Ya sabes que aquel señor tan majo del banco que te decía siempre que no había problema ya no te coge el teléfono cuando los hay. Ya sabes que mientras pasaste y no hiciste política, otros no pasaron y la hicieron por ti. Y contra ti.

Hay alguien en la tele que sabe lo que tú sabes. Las editoriales de La Tuerka, las tertulias de Cintora, los debates de LaSexta, las elecciones europeas del milagro, las elecciones de ilusión y del sorpasso, Vistalegre y las peleas, la condena eterna de la izquierda, las elecciones incomprensibles contra todo. Partido-banco, corbatas finas y trajes caros, Rivera creyéndose César de la derecha sin saber que quien le pagaba le quería de Brutus de la izquierda, Sánchez ganando, Sánchez muriendo y Sánchez resucitando. Sánchez Dos Caras. Felipe, PRISA y el Ibex perdiendo.

El independentismo catalán analizado como el parlamentarismo en Tombuctú. Coalición. 4 años, 4 Ministerios. Americanas grandes para grandes cargos vacíos que amordazan en un atril. Hay alguien que dice lo que tú dices en la tele. Pandemia. Memes y muertes en el whatsapp. Fatalismo y frivolidad. Calles que son la película del fin del mundo de tantos domingos por la tarde. Supermercados abiertos como diques de un caos barnizado. Mascarillas que sorprenden por la calle como un suéter roto o un peluquín barato. Autobuses vacíos de ida y vuelta. Sirenas de ambulancia, hierba en el asfalto y riders repartiendo hamburguesas.

Los mismos sacos de dormir tras los pilares del mismo puente. Hasta en un mundo de gente confinada en sus casas hay gente sin casa. Señores con 20 medallas en el pecho hablando de guerras y soldados en mitad de una pandemia sin medios en una tele sin voz. Ya casi nadie habla de lo de Suiza y el rey. Dimisión y Madrid. Puerta grande o capilla. No entender que este es un juego en el que algunos jugamos con reglas de otros. Al parchís se juega con dados y no con piezas de ajedrez. Yolanda lo entiende. Ayuso gana porque conoce al árbitro y al público. La izquierda se ríe en Twitter, la derecha vota en urnas. Dimisión y epíteto. La política no cansa, cansan los partidos. Y hay políticos que son tan grandes que no caben en varios partidos.

Hay alguien que hace lo que tú haces en la tele. Siete años que parecen siete eras. 

Ese alguien siempre fue Iglesias.

Nunca nos llevamos del todo bien porque nunca nos entendimos del todo bien. Pero qué le vamos hacer… es que somos de izquierdas. 

Pablo Iglesias, respeto eterno. 

La reflexión sobre el futuro, esta tan atinada de Sarah Babiker, que cuando leí ayer me pareció que se había metido dentro de mi cabeza:

Parece que al menos en lo que respecta a Madrid, en casi todas las elecciones del último cuarto de siglo largo, del mismo modo que la jornada de reflexión antecede a cada cita con las urnas, hay una jornada posterior también de obligado cumplimiento para la izquierda: la del duelo. Resaca de idiotas en la que una y otra vez caemos, pues nos resistimos a dejar de beber del cáliz de una modesta esperanza, aún sabiendo que es peleón y nos reserva, casi casi de seguro, una caída del guindo colectiva apenas acaben los recuentos.

Pero quien no trepa al mismo árbol de nuevo, armado de fe para divisar finalmente un poco de cielo abierto, se ahorrará seguramente pegársela entre un montón de telodijes, pero tampoco habrá sentido al menos la emoción de atisbar por lo menos durante unos días, unas horas, unos minutos, la posibilidad de horizontes menos adversos. Bonita ensoñación, pero ya está, cataplum, aún duele el cuerpo.

Negación: Al duelo se llega magulladas e incrédulos, la cabeza niega, ¿cómo puede ser? ¿dónde coño vivo? ¿qué drogas consumen mis vecinos? Sube el porcentaje escrutado, las derechas salivan, en los gráficos sus quesitos engordan. Y tú abres y cierras los ojos con fuerza, ¿es esto una pesadilla?, compartes tu desconcierto con compañeros y amigas. No puede ser, escriben miles de dedos en sus móviles. ¡Duplica escaños! Se echan tantos las manos a la cabeza.

Ira: Luego la cosa escala, llega la ira. ¿A nadie le importan los miles de mayores muertos solos en las residencias, la desigualdad rampante, la atención primaria abandonada?, ¿de verdad no les cabrea a todos esos fieles votantes la pulsión de repartir pizzas a los niños pobres y contratos millonarios a los amigos? ¿Pero es que no les sulfura la construcción en un festival de sobrecostes de un hospital sin malditas paredes ni puertas ni intimidad, ni médicos? ¡Nos vamos a El Atazar! ¡Nos vamos a Catalunya! ¡Nos vamos a una comuna hippy! ¡Nos vamos al carajo! Y sales por la calle con la mirada crispada, dedicando un odio poco interesante a gente con banderitas de España y otras señales que delaten su porción de responsabilidad en tu duelo.

Negociación: Y entonces paras, porque lo de la mala baba tampoco es sostenible, porque vives donde vives y al fin y al cabo te gusta tu barrio, la primavera obrando renaceres en los parques, los niños jugueteando en las afueras de los coles, cruzarte con gente maja con la que compartes indignaciones y duelos, juntarte con gente querida con quien compartes resistencias y alegrías. Y le sonríes un poco al cielo enorme y no privatizable que te encuentras cuando miras a lo alto renegando. Y piensas que mira, no es para tanto, que total son 26 años de gobierno de la derecha y aquí seguimos, que hoy no hay más neoliberales ni fachas que el lunes campando por ahí, que son solo dos años, y que Vox no entró en el gobierno. Piensas que quizás habrás de conservar un poco de aliento y fe, y negocias contigo mismo una tregua, un refugio, un lugar donde estar bien, donde guarecerse mientras afuera corre el ruido. Negocias un armisticio con las pasiones tristes, a ver si algo cambia antes de hacer las maletas y quemar las naves.

Depresión: Pero el mundo funciona en paralelo a tu gestión del duelo, y ves la escuela de tus hijos donde subirán las ratios, porque Ayuso la privatizadora ha sido refrendada, y ves los centros sanitarios donde no se invertirá dinero ni se sumarán profesionales, porque la política del desprecio hacia la sanidad pública ha ganado por goleada, y ves a cada vez más gente pobre, a la que podrán seguir racaneando ayudas y rentas mínimas, porque a nadie parece importarle una mierda que la Comunidad de Madrid lleve años recortando en subsidios contra la pobreza. Y ves entre la gente el desánimo, un desánimo descarnado, sin peros ni incógnitas sobre qué hubiese pasado si tales barrios votaran, o si la izquierda no entrase en luchas intestinas. Ya está. La gente participó y la izquierda no se peleó: y así estamos. Depresión, bajona desapasionada, la cuarta fase del duelo: consciente eres de cómo está el percal. Y eso aprisiona.

Aceptación: Y bueno, ya está, es lo que hay. Madrid es de derechas, pero no solo. Ayuso sale aclamada en las urnas, pero todo va rápido y a ver qué nos depara el próximo ciclo. La foto fija demuestra que mucha gente ha comprado un discurso, la foto móvil señale quizás un proceso a descifrar, será que hay que disputar el sentido de libertad, será que nos hemos dejado manejar por el ruido, será que falló la pedagogía, será que nos arrasaron los machacones medios marcando agenda, activando cuatro mantras locos pero efectivos. Podemos tener mil debates y los tendremos, de todo se aprende, hasta de la enésima hostia. Y aquí acaba el duelo, con la aceptación del panorama, y su desentrañamiento lúcido.

Ya está, que no se alargue el duelo: celebremos la vida, celebremos creer aún obstinadamente que algo puede cambiar, celebremos tener siempre a personas con quienes llorar en compañía, celebremos al Madrid magullado que volverá a levantarse, honremos nuestro festival de preguntas, de humanas dudas, de humildes tutibeos en estos tiempos en los que lo hegemónico es tener cuatro conceptos demasiado claros.

Nada ha cambiado mucho, todo ha de cambiar tanto, tiene que hacerlo. Los medios, las redes, las elecciones nos maltratan, busquemos otros escenarios donde disfrutar y crecer en los procesos. Porque tan cierta y sólida como la ansiedad que sufrimos el cinco de mayo, es la pertenencia que sentimos cuando salimos a defender la sanidad pública, es el calorcillo que nos mete en el cuerpo ponernos en marcha, es la victoria cotidiana de confabular con las vecinas, es el orgullo por seguir desafiando como hormiguitas al pensamiento único, e imaginar otras formas de estar, de vivir, de pelearla.

Defendamos la libertad de negarse a la alienación del consumidor y del palmero. Defendamos la alegría que transforma, que es la alegría compartida y colectiva por lo que se consigue para todos. Gobernemos nuestro presente, hagámonos responsables de nuestras pequeñas parcelas, autogestionemos nuestros discursos y olvidémonos de sus marcos. Y no nos dejemos atizar tanto por el resultadismo y lo inmediato, quizás la primera victoria sea negarnos a vivir en continuos duelos y concatenados escándalos. Quizás no se trata de pensar en términos de derrotas y victorias sino de construcción y proceso, y sobre todo de disfrutar el presente y no perder nunca las ganas de treparnos al árbol de la esperanza idiota, aunque sea para volver a pegárnosla. “¿Qué vamos a hacerle? Hay que seguir dando la batalla con coherencia”, me dijo alguien ayer. Y así acabó mi duelo.

El necio, Silvio Rodríguez

Para no hacer de mi ícono pedazos
Para salvarme entre únicos e impares
Para cederme lugar en su parnaso
Para darme un rinconcito en sus altares
Me vienen a convidar a arrepentirme
Me vienen a convidar a que no pierda
Me vienen a convidar a indefinirme
Me vienen a convidar a tanta mierda
Yo no sé lo que es el destino
Caminando fui lo que fui
Allá Dios que será divino
Yo me muero como viví
Yo me muero como viví
Yo me muero como viví
Yo quiero seguir jugando a lo perdido
Yo quiero ser a la zurda más que diestro
Yo quiero hacer un congreso del unido
Yo quiero rezar a fondo un “hijo nuestro”
Dirán que paso de moda la locura
Dirán que la gente es mala y no merece
Mas, yo partiré soñando travesuras
Acaso multiplicar panes y peces
Yo no sé lo que es el destino
Caminando fui lo que fui
Allá Dios, que será divino
Yo me muero como viví
Yo me muero como viví
Yo me muero como viví
Yo me muero como viví, como viví
Yo me muero como viví, como viví
Yo me muero como viví
Dicen que me arrastraran por sobre rocas
Cuando la revolución se venga abajo
Que machacarán mis manos y mi boca
Que me arrancarán los ojos y el badajo
Será que la necedad parió conmigo
La necedad de lo que hoy resulta necio
La necedad de asumir al enemigo
La necedad de vivir sin tener precio
Yo no sé lo que es el destino
Caminando fui lo que fui
Allá Dios que será divino
Yo me muero como viví
Yo me muero como viví
Yo me muero como viví
Yo me muero como viví

Puede ser una imagen de texto que dice "CUIDADO CON "PONERSE LA CAMISETA" DE LA EMPRESA. DICEN QUE APRIETA A LA ALTURA DEL CUELLO... mpleado delmes jefe El jefe @PEREZFECTO"

Hace algunos lustros, cuando se empezaba a hablar del teletrabajo, tanto mi amiga R. como yo nos peleábamos con el resto de la pandilla porque pensábamos que no era una buena opción. Perder el salir de casa, la calle, el caminar, la vida social inherente al trabajo, las conversaciones adultas, el intercambio de ideas… entonces vivía sola, y más tarde con niños pequeños, y la vida sin pisar el trabajo se me antojaba estrecha e insuficiente.

Ayer regresé a la radio, no de forma puntual como las 3 o 4 veces que lo he hecho en el último año, sino de una forma más definitiva: hemos acordado que iré un par de días a la semana. Un año en casa me ha hecho aislarme y necesito el calor del equipo.

Y sí, pero que pereza el desplazamiento, tener que prever y preparar la comida, el gasto de gasolina, buscar aparcamiento, lo menos que cunde el tiempo, no comer en familia, no echarme estos 10 minutos de siesta que tan bien me vienen algunos días. Tener que pelear con otro sistema informático. La mascarilla todo el día, que agobio.

Y a la vez, que buena la sensación de sacarte el chándal, salir al mundo, hablar con gente que abre conversaciones nuevas, el directo, la charla intrascendente en la máquina de café.

Dejé en el cajón los auriculares y encima de la mesa mi botella para agua, como una declaración de intenciones.

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