familia monoparental y adopción

De vuelta

Ya estamos de vuelta después de un verano intenso que nos ha llevado a la playa y al campo, a hacer cámping y visitar familia, a pasear en bicicleta, refugiarnos de la lluvia, meter los pies en un arrozal, pescar peces con las manos o montar un mundo para las salamandras. Ha habido películas y desayunos con tortitas, excursiones, baños en el río, días largos y noches de callejeo, siestas y fiestas, barbacoas, juegos de mesa, calor, insomnio, mermelada de moras, conversaciones, discusiones, peleas y mimos.

Hemos regresado para encontrar la casa en su sitio, el patio lleno de cacas de pájaros y el huerto en bastante buen estado, con tomates rojos y calabacines en flor. Seguimos cenando fuera, viendo cómo nos sobrevuelan las cigüeñas y escuchando el paso del tiempo en las campanas de la Iglesia.

Y como he leído hoy en Facebook…

…la sensación de levantarte y descubrir que es septiembre.

Los largos veranos

Hace un par de años reflexionaba sobre la diferencia entre los largos veranos de mi infancia y los veranos más estrechos, más ligados a la agenda, de mis hijos. Este año, en el que repartirnos las vacaciones nos ha permitido ofrecerles más semanas de tiempo sin normas ni horarios (aunque la mayor parte de este tiempo, en ciudad), he pensado que era un buen momento para recuperar aquel texto.

Cuando yo tenía 8 años, las vacaciones empezaban en Sant Joan y terminaban el 11 de septiembre (dos de las fiestas más celebradas en Catalunya). Buena parte del verano lo pasábamos en el pueblo, con los abuelos. Desayunábamos enormes tazones de leche con colacao y pan con tomate; las migas se las tirábamos a los pajaritos del jardín. Por la mañana nos llevaban a la piscina municipal, aunque nunca antes de que pasaran las preceptivas dos horas de la digestión; a mediodía nos encerrábamos en la casa, con las persianas bajadas, y jugábamos a la oca o al parchís, y mi abuela hacía trampas para que ganáramos; o les mirábamos a ellos, a los abuelos, jugar a las cartas y aprendíamos aquellas expresiones tan curiosas: ¡escombra!, ¡¡butifarra!! Cuando refrescaba, salíamos al jardín, buscábamos fresas y recogíamos margaritas con las que hacíamos ramos diminutos que mi abuela metía en vasitos de vino (¿aún se usan aquellos vasos pequeños para beber vino?). A veces salíamos a pasear, o mirábamos con envidia a los niños cuyos padres, menos prudentes, dejaban andar solos en bicicleta por las calles.

Cuando tenía 10 años, los veranos los pasábamos en Menorca. Salíamos a principios de julio, y mi padre, que aún trabajaba, nos venía a despedir al barco: tirábamos rollos de papel de w.c., como serpentinas gigantes. A menudo nos acompañaban R. y M., dos amigas cuya madre trabajaba en julio y agosto. Nos levantábamos tarde por la mañana, organizábamos juegos en la casa, leíamos, bajábamos al huerto a recoger tomates o cebollas y a subirnos a la higuera, con ese olor tan dulce. A mediodía nos íbamos a la playa, de pie en el asiento de atrás de nuestro Dyane 6 descapotado, cantando a gritos, con los bocatas y la fruta y una botella de agua que enterrábamos en la orilla para que se mantuviera fresca, y allí nos quedábamos hasta que anochecía. A veces íbamos a ver las taules, que recorríamos como si fuera nuestro terreno, jugando a ser “hombres primitivos”. Por la noche, después de la ducha y la cena, salíamos a la plaza del pueblo a tomar un helado. Y algunos días, preparábamos una obra de teatro para los amigos.

Cuando tenía 12 años, veraneábamos en un pueblo de Castellón. Pasábamos la mañana en la piscina, donde te permitían hasta ducharte con jabón y suavizante y donde vendían unos polos con dos palos que podíamos compartir con alguna amiga. Comíamos en el jardín, directamente de la paella arroces preparados con leña de romero, después de horas discutiendo si había que poner el chorizo en medio o en un lado, si las bajocas o los garrofones… por la tarde, íbamos a pelearnos con las otras pandillas de niños… nos repartíamos los chicos y nos imaginábamos lo que sería tener novio. Luego volvíamos a casa a buscar la cena, (“¿en plato o en bocadillo?” en bocadillo, ¡siempre en bocadillo!) y corríamos otra vez a la plaza a ver pasar gente hasta las 2 de la madrugada.

Y las tardes leyendo sin descanso.

A veces, cuando miro el pasado, tengo la sensación de que las partes suman más que el todo.

Recuerdo con añoranza los largos veranos sin obligaciones ni horario que yo viví. Cuando las colonias, los casales, eran algo exótico que no estaba al alcance de la mayoría de los niños. Y me da mucha rabia, y mucha pena, que mis hijos se estén perdiendo este tiempo de no hacer nada, de descubrir y explorar, de aburrirse y relacionarse con los amigos, de buscar cosas que hacer. Sin agenda, sin planes, sin objetivos. Y por supuesto, sin deberes.

Aquellos veranos interminables.

Esta madrugada

El verano ha sido en mi entorno una época pródiga en asignaciones, encuentros, nacimientos… Como el de A., que está a punto de cumplir 7 años, y al que sus madres conocieron el mismo día, dos años después, de que yo conociera a B. Así piensa una de ellas, R., en esa fecha.

Hoy pienso mucho en la madre biológica de mi hijo, esta madrugada (ya el día 18 a las cuatro de la mañana nacía )… Así que ahora ya estaría con los primeros dolores, la nariz y los pies hinchados y una tripa enorme. No sé quién la llevaría al hospital, qué pensó, con quién habló y cómo y con quién marchó unos días después ya sin él… Sin su hijo, mi hijo.

Sólo pienso en ella desde la gratitud y respeto, desde el más absoluto respeto por concebirlo, gestarlo y parirlo.
Gracias, gracias por lo más maravilloso y hermoso  y mejor de mi vida. Ahora, a punto de ser madre por segunda vez el amor se me agolpa en el pecho. Amor por esa mujer que es su primera madre, y que siempre lo será. ¡Gracias!. Esta madrugada besaré a mi hijo también por ti.

Barrio(s)

Mi barrio de antes tiene calles estrechas y edificios de finales del siglo XIX sin ascensor, tiendas de diseño y cines en versión original.

Mi barrio de ahora tiene aceras anchas y tiendas de las de toda la vida, de las que en otras ciudades han sido sustituidas por franquicias idénticas; una Iglesia Barroca y algunas casas de cuando era un pueblo, apenas un par de calles, como si fueran un decorado del Far West.

En mi barrio de antes hay plazas con terrazas, en mi barrio de ahora hay un paseo por el que caminar cuando cae el sol.

Mi barrio de antes está en medio de la ciudad, a medio camino entre la montaña y el mar.

Mi barrio de ahora está en el límite donde la ciudad termina y las autopistas se convierten en campos.

Mi barrio de antes tiene tradición libertaria, hay plazas con nombre de revoluciones y bancos okupados.

Mi barrio de ahora ha sido un abanderado de la lucha obrera y el 15-m, siempre hay quien se apunta a parar un deshaucio, y tiene un local donde los punkis de la zona organizan movidas para todos.

Vive buena gente, en mis barrios.

Tanto mi barrio de antes como el de ahora tienen un grupo de Facebook donde la gente recuerda cómo eran las cosas hace 6 o 7 décadas, se conocen por los apodos familiares y hacen faltas de ortografía increíbles.

Desde mi balcón de antes oía los coches pasar a toda velocidad, las voces de los que volvían de fiesta en la madrugada, el afilador, los pájaros y, algunos mediodías, a un violinista que se paraba en la calle.

Desde mi ventana de ahora oigo grillos por la noche y pájaros al despertar, las conversaciones de los chavales que se sientan en la plaza por la noche y las campanas de la Iglesia que me recuerdan que esto era un pueblo.

Mi barrio de antes tiene 4 paradas de metro. Mi barrio de ahora tiene 11, y 3 estaciones de cercanías. Y tanto en mi barrio de ahora como en el de antes se dice “bajar a la ciudad” cuando uno decide ir al centro.

Hace 9 años

¿Dónde estaba yo hace 9 años? No sé qué hice el 7 de julio, pero sí recuerdo que estaba esperando una llamada de la Ecai, una llamada en la que “conocería” a mi primer hijo, una llamada que me convertiría en madre. Llegaría 2 semanas más tarde. Mientras, en una ciudad a 600 km., otra mujer, S., estaba viviendo lo mismo, con unos días de diferencia. Viajamos a Addis Abeba más o menos en las mismas fechas, sin saber, ¿cómo íbamos a saberlo?, que terminaríamos conociéndonos, incluso viviendo en la misma ciudad.

Hoy S. ha escrito esto. Y me ha gustado tanto que le he pedido permiso para compartirlo aquí:

Leí a una amiga diciendo que los días son largos – y los años cortos. ¡Vaya si lo son!

Hoy hace 9 años que me fue concedido el privilegio de poder acompañar a mi hija en la apasionante aventura de crecer. Una sentencia judicial me convirtió en madre – pero fue ella quien me transformó en “mamá”. Ella, ese gorrioncillo diminuto con los ojos más grandes que jamás había visto, con ese chupete que parecía una parabólica en medio de su carita preciosa…

Ella me ha hecho más débil, porque tengo más miedos, pero también más fuerte, porque siento que he de serlo para estar a su altura. Ella me ha enfrentado a mis contradicciones, me obliga a mirarme desde fuera y ha replantearme todo desde cero una y otra vez.

Decían que tener un hijo te cambiaba la vida, pero nunca imaginé hasta qué punto te pone del revés y te obliga a observar todo con una nueva mirada.

Ella es pura vida. Es luz, es energía, es alegría. Es sorpresa, es asombro, es fuerza. Soy una mujer muy afortunada por tenerla a mi lado, y espero estar a su altura durante el resto de nuestro trayecto juntas. Nueve años ya… los más emocionantes de mi vida.

Oxi

Contenta. De que la Democracia se haya vuelto a inventar en Grecia.

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