familia monoparental y adopción

Todo lo que realmente necesito saber sobre cómo vivir y cómo ser, lo aprendí en la escuela Infantil. La sabiduría no estaba en la cima de la montaña de los títulos académicos, sino en el montón de arena del patio. Estas son las cosas que yo aprendí:

  • Compartirlo todo.
  • Jugar sin hacer trampas.
  • No pegar a la gente.
  • Poner las cosas en su sitio.
  • Arreglar mis propios líos.
  • No coger las cosas de otros.
  • Decir “lo siento” cuando hiero a alguien.
  • Lavarme las manos antes de comer. Tirar de la cadena.
  • Las galletas y la leche son buenas.
  • Vivir una vida equilibrada: aprender algo, pensar algo, dibujar, pintar, bailar, jugar y trabajar algo todos los días.
  • Echarme la siesta cada tarde.
  • Cuando salgo al mundo, tener cuidado del tráfico, agarrarnos de la mano y permanecer juntos.
  • Estar atento a las maravillas. Recordar la pequeña semilla en el vaso: las raíces van para abajo y las plantas crecen hacia arriba y realmente nadie sabe cómo ni por qué, pero nosotros somos igual que eso.
  • Los peces de colores, los hámsters, la tortuga e incluso la pequeña semilla del vaso se mueren, así que también lo haremos nosotros.

Y recuerda los cuentos y la primera palabra que aprendiste, la palabra más importante del mundo: “MIRA”. Todo lo que necesitas saber está ahí, en alguna parte.Coge cualquiera de estas normas y ponla en los sofisticados términos de los adultos y aplícala a la vida en tu familia o en tu trabajo, al gobierno o al mundo y seguirán siendo verdaderas, claras y firmes. Piensa que una sociedad mejor puede ser si todos nosotros, el mundo entero, tiene leche y galletas a las tres todas las tardes y luego se echan la siesta con nosotros en las colchonetas. Y si todos los gobiernos tienen siempre como política básica colocar las cosas en su sitio y arreglar sus propios líos. Y comprobarás que continua siendo cierto, no importa cual sea tu edad, que cuando sales al mundo, lo mejor es darse la mano y permanecer juntos.

R. Fulghum

¿Qué nos convierte en familia?

En casa, siendo una familia tan poco convencional, debatimos a menudo sobre este asunto.

¿Es la genética?

La genética es un factor importante en la constitución de una familia. Es una de las cosas que nos hace familia: la genética nos une (casi siempre) a padres, hermanos, hijos, primos, tíos… Aunque no tengas relación con ellos, incluso aunque no les conozcas, la familia (biológica) siempre es familia. Yo tengo en Facebook a primos que no he visto en 30 años… no estarían allí si no fueran mis primos. Es una de las diferencias fundamentales con los amigos, por cercanos que sean… que es un vínculo que no se rompe, ni siquiera si se rompe la relación.

¿Es familia la familia biológica de los adoptados? Como mínimo, es familia biológica. Y, ¿por qué iban a ser menos familia de mis hijos sus familiares biológicos, aún desconocidos, que son familia mía los tíos de mi madre con los que no he tenido relación?

Como dice A. un adoptado adulto, que alguien que no ha visto cortados sus lazos genéticos le diga a un adoptado que la genética no importa, es como un rico diciendo que el dinero no hace la felicidad.

Pero… si bien la genética es una de las bases de la familia, no es necesaria la genética para convertirse en familia.

Y no hablo solo de adopción: mis hijos, que a veces cuestionan si soy su “madre de verdad”, jamás cuestionan si el marido de mi hermana es su tío o la pareja de mi padre es familia suya.

Son mi familia personas con las que no comparto genética: mis cuñados, mis suegros… mi pareja. De hecho, hay unos lazos familiares que se sustentan, precisamente, en no compartir genética (siempre y cuando no hablemos de incesto,… uno de los mayores tabús de nuestra sociedad).

¿Es el vínculo legal?

El vínculo legal es otro de los factores que nos convierten en familia: adoptar o casarnos, por ejemplo. Pero en un momento histórico en el que el 40% de los bebés nacen en parejas no casadas, tampoco es imprescindible. Podemos ser familia sin que un juez lo rubrique si hay convivencia, compromiso, proyecto en común.

Sin embargo, tampoco es la convivencia lo que nos convierte en familia. No son parientes los compañeros de piso. Ni el afecto: queremos a personas que no son de nuestra familia, y también podemos cuidarlas.

Obviamente, en nuestro caso, es absurdo apelar a los parecidos, ni siquiera a la historia compartida.

Y nos encontramos con contradicciones tan grandes como que es familia aquellos a quienes elegimos para serlo (la pareja) y los que no hemos podido elegir (la familia en la que nos ha tocado nacer).

Así pues, ¿qué nos convierte en familia?

Un poco de todo lo anterior, seguramente. Y sobretodo, una decisión.

Como dice A., con 8 años, el mediano de casa. Somos familia porque queremos serlo.

Hace algunos años, Q., un amigo de infancia, me contó la historia de un amigo suyo, adoptado de bebé, que siendo adolescente les echó en cara a sus padres: “¿Por qué nunca me habéis contado que soy negro?”. Me pareció una situación absurda, porque, ¿cómo no va a saber a alguien que es negro? Pues es lo que sucede a las personas negras que han sido criadas por personas blancas y “ciegas al color”. Y como le pasa a la autora de este blog, a veces tienen que salir del armario.

 

Hace unos días pasé un poco más de una hora viendo el monólogo de Wanda Sykes “I’ma Be Me”. Hay un fragmento de este monólogo que me hizo reír tanto que mi hija me miró y me dijo: “en serio, sea lo que sea de lo que te estás riendo, debe ser extremadamente divertido… pero por favor, por el amor de Lilly (nuestro perro), ¡cállate!”. Wanda hablaba de la diferencia entre ser gay y ser negra. Subraya la dificultad de salir del armario como gay y dices que nadie tiene que “salir del armario como negra” hacia sus padres. La forma en la que lo planteaba era tan divertida… podéis verlo y escucharlo aquí:

 

 

Me hizo pensar sin embargo, en que cuando creces en una familia predominantemente blanca y cristiana, a menudo tus padres adoptivos no te ven como a los demás. Creces pensando que tus hermanos blancos son como tú, así que debes ser también blanca. Creces sin saber realmente que eres negra.

No es que no hablaran de raza conmigo, es más del tipo “no le hará daño si no lo mencionamos”. El problema con este pensamiento es que todo el mundo a mi alrededor se daba cuenta, y me llamaban fea y morena (que equivale a la palabra nigger). Así, si oía hablar  sobre mi color a otra gente, ¿cómo podía ser que mis padres no supieran que en realidad era negra?

Recuerdo tener unos 6 años, regresé del cole muy disgustada. Me había peleado con otro niño que resultó tener el mismo color que yo. Me llamó “negra”. Aún, con 6 años, no había oído a mi familia decir directamente que yo tuviera ningún color. Pero el chico me dijo que era negra y esto me enfadó taaaanto. Llegué a casa y estaba sollozando intensamente (el tipo de llanto que te hace convulsionarte un poco, con los hombros moviéndose incontrolablemente). Estaba enfadada. Estaba tan molesta porque me llamaran negra. ¿Por qué a mi hermana no la llamaban también negra? ¡No lo entendía!

Mi madre me subió a sus rodillas y me dijo “Odio soltártelo ahora… pero eres negra”. Fue tan devastador. ¿Yo? ¿Negra? Yo pensaba que era… como todos los demás. Cuando me dijo que era negra lloré aún más, quizás psicológicamente sabía que entre los 6 y los 19 años me maltratarían solo en base a mi color.

Así que me escondí. Intenté hacer ver que era blanca. Hablaba como blanca, andaba como blanca, pensaba como blanca. Me ponía ropa que creía que me ayudaría a encajar.

Alrededor de los 14, me enviaron a vivir con amigos en Carolina del Norte. La familia a la que fui era completamente blanca, así que pensé: “Sí, encajaré bien”. No quería tener alrededor a los negros que veía en televisión. Eran demasiado agresivos y hablaban de forma rara. El primer día que llegué al colegio, recuerdo andar hacia mi taquilla. Llevaba estos pantalones de color caqui y una camisa con botones con un jersey realmente feo que mi madre adoptiva me había comprado en la Buena Voluntad antes de soltarme en un vecindario todo blanco. Había tres guapas chicas negras en las taquillas. Pasé por delante de ellas haciendo ver que no las veía u oían, pero en mi corazón, queriendo ser como ellas. Una rió disimuladamente y dijo “coño, esta negra anda como si fuera blanca… no sabe que es una de nosotras?” Lo recuerdo tan bien como si fuera hoy porque de hecho me di la vuelta. Abrí la boca para decir algo y cuando empecé a hablar, se limitaron a reírse en mi cara.

Fue la primera vez en la que encontré a personas negras uqe esperaban que fuera negra y una de ellos. Había coincidido con negros en el país en el que crecí, pero era más con una mentalidad de “soy superior que tú”. Se trataba de perfeccionar la cultura en mi país de residencia para que cuando fuera a vivir a los Estados Unidos, aprendiera que eramos iguales, pero no lo sabía, o quizás me costaba admitirlo.

Cada año a partir de los 14 viví en distintos estados americanos. Empecé a abrir un poco mi mente pero el problema que me seguía encontrando es que vivía con familias blancas que se relacionaban con amigos blancos e iban predominantemente a iglesias blancas. Era la única chica negra en las comidas de después de la misa. Disfrutaba de conocer a personas negras en la escuela pero no me atrevía a llevar a mis nuevos amigos a casa. Sentía que las familias con las que vivía se sentían incómodos de tenerme en casa, y que se cruzarían si hubiera dos o tres como yo. Así que seguí escondiéndome.

Me metí de verdad en el amor a la diversidad cuando me escogieron para el papel de Dione en el musical off-Broadway “Hair”. Viví en Telluride durante 4-6 meses y aprendí realmente sobre cultura y diversidad. Había todo tipo de personas allí: gays, heteros, blancos, negros y pelirrojos. Era un mosaico – un sitio hermoso de ver y del que formar parte. Tenía 17 años y cantaba líneas y canciones y me sentía en la cima! Al fin y al cabo, me escogieron entre todos los que se presentaron. Durante este tiempo, tuve la oportunidad de hablar en unos pocos institutos sobre mi papel en el musical. No tenía ni idea de que significaba mi papel para los chicos y chicas negros del colegio. Era su modelo. Pero me di cuenta después de la segunda noche, que incluso aunque hacía el papel de una mujer negra, no había aceptado realmente mi negritud. NO había realmente salido del armario.

Tendrían que pasar otros cuatro o cinco años antes de que saliera del armario como negra. Cuando les dije a mis padres lo que ya sabían (como suele suceder con la comunidad LGTB), se disgustaron conmigo. Me trataron diferente porque quería abrazar mi negritud y porque había escogido abrazarla y no podían seguir haciendo ver que era como ellos. Les dije que quería ser negra y se preguntaron “¿quién eres tú?”, lo que me hizo sentir que estaban ninguneando mi identidad recién encontrada.

Para ellos, ser negra significaba ser escandalosa, pobre, llena de dudas, adicta al lenguaje soez y las drogas, embarazada a los 15, y sin educación. Oí lo de falta educación demasiado. En realidad no querían que fuera “negra” delante de los blancos. Les pregunté porqué se avergonzaban tanto y dijeron que se debía a que esta no era la “manera en la que me habían criado”. Para ellos, mi identidad estribaba en cómo me habían criado, rodeada de su gente y ahora quería “ser negra”. “Te cansarás de eso”, dijo mi madre. ¿De qué me cansaría? ¿De ser negra? ¿Cómo me puedo cansar de ser lo que soy?

Descubrí después que mi madre adoptiva se refería a que me cansaría de “actuar” como negra. Como si los negros tuvieran un papel determinado que cumplir. Le dije cuando terminé la universidad que esta cansada de “actuar” como blanca. La sacudió hasta los cimientos porque, en su mente, era todo lo que conocía.

Salí del armario como negra y fue raro. La negritud no es una actividad, o una acción, o una mentalidad, negra es cómo Dios me hizo y así soy yo!

Si sacáis algo de este post, por favor, entended que vuestros hijos adoptados que viven en una vida, familia y mundo que es diferente de su propia cultura o raza a menudo creen que son las personas que les han criado. Estad a su lado, escuchadlos, y por el amor de Lilly (mi perro), decidles que son diferentes y celebrar estas diferencias! Dejadles ser ellos mismos!!

Adopción de anuncio

Este anuncio está dando vueltas por los foros de adopción. Es la historia de un proceso de adopción en tres minutos.

Yo no creo que la visibilización y normalización de las familias adoptivas sea mala… este anuncio, sin embargo, me genera emociones encontradas. Está TAN centrado en los deseos y las emociones de los adultos… su historia, su proceso, su deseo, sus emociones. Se muestra al niño como “premio” a un camino largo y duro… y termina en el momento del encuentro, como las bodas de las películas clásicas: como pasa en el 99% de las historias de adopción (las publicadas y las intrafamilares), se basa en el proceso y el deseo de las padres y no en las necesidades y emociones de la criatura… De hecho, se llama “El otro nacimiento”, como si la historia de la criatura empezara al encontrarse con su familia adoptiva.

Un encuentro de cuento de hadas, con un niño que enseguida abraza a sus nuevos padres, que no extraña, no se asusta, no rechaza… Algo que sucede a veces, claro, o bien porque haya sido “amaestrado”, otros pueden mostrar una alegría genuina… pero otros sin embargo están tristes, asustados, lloran, no quieren saber nada de esos desconocidos a los que les dicen que tienen que llamar mamá y papá… echan de menos a los que tenían antes… Todas estas cosas pasan aunque no salgan en los anuncios

Yo creo que la gran revolución en la adopción llega cuando los padres somos capaces de cambiar el foco de atención y centrarlo en el niño.

Y aún podemos ir más allá:

Me gustó mucho la lectura de I., adoptada adulta, que vio la leche de sustitución como metáfora de la familia sustituta (o viceversa) y llevándolo un paso más allá, diría que igual que la leche puede ser útil en casos excepcionales, la familia sustituta también puede serlo; que el problema es cuando damos leche de bote a niños que podrían y deberían tomar teta y damos familias adoptivas a niños que podrían y deberían quedarse con su familia (sin adjetivos, ya que si no sale de ella no hace falta añadirle “biológica”). Y que nos vendan como algo igual de bueno y deseable y correcto lo “sustituto” de lo genuino.

Hace algunos días, leí en un grupo de adopción transracial americano una definición de la adopción que me pareció muy gráfica. Le pedí a su autora, Yoonmi Kim, adoptada coreana adulta, permiso para publicarlo. Y  me lo dio, con la condición de citar la autoría (por supuesto) y de preservar los derechos de autor. Es decir, si alguien tiene interés en publicar este texto, debe pedirle permiso a la autora, en este link:

https://www.wattpad.com/user/KimYoonmi

(La ilustración es del artista coreano Seung-Hwan Chung, sustraída del blog Cuaderno de Retazos).

La adopción es, para mí, al menos una boda, un cumpleaños y un funeral. Puedo ver las tres cosas. La mayor parte del tiempo, mis padres adoptivos veían solo el cumpleaños, y por esto si estaba triste sobre mi identidad perdida, la cosa iba en la línea de “¿Por qué estás triste?”

Pero mis padres de nacimiento también…  ellos solo veían el funeral. Ellos solo veían el tiempo perdido, la niña que fui y a menudo les disgustaba cuando les mostraba lo duro que había trabajado para convertirme en quien me había convertido. No es que quisiera una medalla, tampoco, es que quería enseñarles que estaba bien y había seguido adelante, pero ellos no. Su corazón estaba fijado en ese momento y esa versión de mí, una identidad que yo no comprendía del todo porque es algo extranjero para mí.

Ninguno de ellos parecía darse cuenta de que había una boda, también. Mi madre actuaba como una mala consuegra con mi padre coreano, insistiendo en que yo debía elegir, que yo debía contárselo todo a la vez, pero después cortándome cuando me intentaba comunicar.

Así que es más bien reconocer la pérdida como padre adoptivo. Reconocer que hay otra familia allí enfrente. Reconocer que la elección que hiciste fue la pérdida para al menos otras dos personas.

No todos los adoptados ven la adopción como un trauma… pero sigue habiendo una pérdida involucrada en el proceso. No son todo cumpleaños. Hay también un funeral.

 

I. es madre. Adoptante. Sorda. Madre blanca de un hijo negro. Muchas veces me impresionan sus reflexiones sobre las distintas capas que conforman nuestra identidad. Como esta:

 

Hablando sobre otras cosas me ha venido a la mente un pensamiento recurrente….. Hace ya tiempo, alguien escribió que las familias con niñxs de adopción transracial llamábamos la atención. Súmale a eso ser signante (usuaria de la lengua de signos). Resultado: fácil de imaginar.

Con frecuencia se dirigen a mi preguntando si F es sordo (cuando nos ven signar).

1. Dan por supuesto que es él, y no yo. Lo veo como una proyección de esa imagen de la adopción como buena obra. Si encima de negro es sordo, nuestra mente occidental requetetilila (sí, la mente). Algunas personas negras adultas, no sé su historia cultural, lo han hecho también.

2. Es un síntoma. No conciben que una persona sorda pueda adoptar.

3. No ven que tan necesaria es la lengua de signos para hijxs sordxs como para madres/padres sordxs con hijxs oyentes.

En el camino…. aprendemos a vivir con las miradas…..

Volviendo a casa

Hace mucho que no salgo, pero sí, recuerdo cambiarme de acera, escudriñar las esquinas y los rincones por si había alguien escondido en ellas, vigilar por encima del hombro por si alguien se acercaba demasiado, aguzar el oído, evitar algunas calles, trazar un mapa mental de lugares seguros – abiertos, con gente -, radiografiar desde la distancia a los grupos de chicos o a los hombres solitarios, llevar las llaves en la mano, caminar cerca de los coches, apretar el paso… ser consciente de que, como a la mayoría de las chicas de mi edad, si no me había pasado nada grave es porque, la primera vez, cuando aún me pilló desprevenida, tuve suerte.

Ahora tengo una niña de 12 años. Que volverá a casa. Que tendrá miedo. Que correrá riesgos. Que querrá que nada le sea negado. Que respirará cuando cierre la puerta de casa.

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