familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Viajar en tiempos de pandemia se hace raro. Es rara la estación casi desierta, con las tiendas cerradas; la falta de colas para acceder al tren. La colocación alternada de personas en las distintas filas, y que al entrar, en vez de auriculares, te repartan hidrogel y toallitas desinfectantes.

Se hace raro llegar a la ciudad y recobrar la inercia de los transbordos de metro de mi juventud, de las calles casi vacías de noche, la sensación de toque de queda.

Volver a a ver a la familia después de tantos meses, y que parezca que fue ayer.

Acostarse en una casa ajena, en una cama distinta, los ruidos de la calle, la temperatura mediterránea, los horarios infantiles.

Levantarse con la timidez de T., que estaba emocionada de que viniera a su casa, pero que en un primer momento no sabe qué decirme, aunque se le pasa rápido; ayudarla a vestirse, a lavarse, acompañarla a la escuela estirando su bici y llevando su mochilita.

Conectar otro wi-fi para ponerse a trabajar y planificar el camino hasta la casa de mi madre, donde comeré. Saber que quizás pasarán meses antes de que pueda volver a hacer todo esto.

Disfrutar de todo intensamente, como solo se disfruta lo que se ha vuelto extraordinario.

Dice P sobre la proliferación de vacunas contra el coronavirus:

¿Qué vacuna contra el covid-19 eres hoy?:

– Pfizer: muy eficaz y pionera, pero fría y difícil de tratar.

– Moderna: ¡Estadísticas a ti! Superas hasta a la primera de la clase con una mejor optimización de los recursos disponibles.

– Oxford: No impresionas a primera vista pero a largo plazo eres muy confiable, sin exigencias de “estrellita”. Lo tuyo es estar ahí para cuanta más gente mejor.

Ayer el mundo se paró cuando empezó a circular la noticia de la muerte de Maradona.

Me acuerdo de cuándo llegó a jugar al Barça, siendo el mejor jugador del mundo, y de su hepatitis, que tuvo a la vez que mi hermana tenía hepatitis también, y de su “si te ofrecen drogas, simplemente di no”.

Y de todo lo que vino después: las drogas a las que no dijo que no y el deterioro y los maltratos y la caída de los dioses.

Que irónico que muriera justo el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

¿Tiene sentido parar el mundo por un solo muerto, por mucho que haya sido parte de nuestra infancia, el día en el que en su país, Argentina, fallecieron 311 por Covid y en España 369? ¿No es una burla ver estas colas en la capilla ardiente de un futbolista hacia las familias que no han podido velar y llorar a sus muertos? ¿No es un contrasentido el luto mundial frente al silencio y abandono de los miles de muertos de los últimos meses? ¿No es preocupante que un millón de personas vayan a pasar frente a su cadáver cuando es obligada la distancia y el confinamiento? ¿No es curiosa tanta unanimidad en tiempos de división y desacuerdo?

COVID (así, con mayúscula, y en femenino/masculino, rindiéndose a la evidencia del uso), desescalada, confinamiento o desconfinar son algunas de las palabras que la RAE va a incorporar, o modificar, en el diccionario.

La pandemia ha cambiado el lenguaje: hemos adoptado neologismos como covidiota o telecole, nos hemos hecho expertas en lenguaje técnico y científico (disnea, PCR, EPI, serología), nos hemos habituado a expresiones abstrusas como distanciamiento social y a oximorones como nueva normalidad. Hemos abusado del lenguaje bélico, hemos inventado figuras cuasi poéticas como policías de balcón, y hemos convertido en verbos lo que antes eran solo sustantivos cuando hablamos de cuarentenar.

En mi diccionario personal del Covid (siempre en masculino) están las siguiente palabras:

Fómite, es decir, superficies u objetos que pueden transmitir el virus. Nunca la había oído y ahora la manejo como la cuchara de madera de la cocina.

Clúster: fue M. quien me regaló esta palabra, que describe a un grupo con muchas uniones internas y pocas externas, es decir, estas unidades de convivencia que son las familias nucleares, o los grupos búbuja en los centros escolares.

Sindemia: esta ha sido la última incorporación. Una sindemia (neologismo formado a partir de las palabras epidemia y sinergia) es la suma de dos o más epidemias o brotes de enfermedades concurrentes o secuenciales en una población, que exacerban el pronóstico y carga de la enfermedad.

Como la sindemia que surge de formar las fuerzas implacables del coronavirus y la desigualdad.

Las Navidades se han convertido en el hito hacia el que todos miramos, el momento simbólico que marcará un punto de inflexión en esta crisis del coronavirus. Consumo, celebración, encuentro, familia, cambio de año… un montón de cargas puestas en una sola fecha.

Hoy hemos conocido el primer borrador para las Navidades del futuro inmediato:

Se abrirán los cierres perimetrales, se recomienda no celebrar cabalgatas y “en las reuniones en el ámbito familiar, se recomienda limitar la participación a los miembros que pertenezcan al mismo grupo de convivencia. En el caso de que haya algún miembro externo no conviviente habitual, las reuniones serán de hasta un máximo de seis personas y se debe garantizar las medidas de prevención (6M), independientemente de si son familiares o no”, dice el documento.

(las 6M son: mascarilla, manos, metros, maximizar ventilación, minimizar número de contactos y “me quedo en casa si tengo un diagnóstico o contacto”).

Las familias numerosas tendremos que hacer las cenas en el metro.

 

 

Lo que odio de las mascarillas es este olor a aliento rancio cuando llegas a casa después de llevarla todo el día.

Como se empañan las gafas cuando andas un rato o subes escaleras.

El cerco doloroso detrás de las orejas cuando las gomas están demasiado apretadas.

Las que te van pequeñas y se te incrustan en la cara, las que te van grandes y cuelgan.

Tener que subirlas con la punta del dedo para que te cubran la nariz como antes nos subíamos las gafas.

Andar por la calle y no saber si tengo que saludar a la gente con la que me cruzo, porque con las caras embozadas no estoy segura de reconocerles.

No saludar a la gente que conozco y que se den cuenta de lo antipática que soy.

La seguridad de que no voy a ser capaz de reconocer a la gente que he conocido llevando mascarilla.

Hacer una broma y que no se entienda porque no se ve mi sonrisa.

Que nos hayamos vuelto inexpresivos.

La uniformidad en las calles, como si fuéramos todos enmascarados.

La suspicacia de la gente hacia quien no la lleva o la lleva mal puesta.

Tener que ponérmela incluso cuando no hay gente, al aire libre.

La sensación de no poder respirar bien cuando hago ejercicio con ella puesta.

No escuchar bien a la gente con esta barrera delante de la boca, que vela el sonido, el movimiento de los labios, la expresión.

Tener que gritar porque no me escuchan.

Su precio.

La intendencia que supone que todas las criaturas tengan mascarillas de su medida, limpias, en condiciones. La carga mental de las mascarillas.

Cómo se agurruñan cuando salen de las lavadora.

Tener que volver a subir a casa cuando me doy cuenta de que me la he vuelto a olvidar.

En los sueños no llevamos mascarilla. No mantenemos las distancias. Nos encontramos en sitios cerrados.

En los sueños vivimos en el pasado. O en el futuro.

Una de las cosas que pensé cuando empezó todo esto de la pandemia, y los ancianos morían atrincherados en las residencias, encerrados en sus habitaciones, sin derecho a la caricia ni la compañía en sus últimos momentos, fue que suerte que la yaya muriera justo antes.

La yaya, la abuela de N., a quien yo conocí cuando iba a cumplir 80 años frente a una fuente de ensaladilla rusa, y que me contó cómo ella había enseñado a conducir a todos los jóvenes de la familia, que me enseñaría si fuera un poco más joven. Tenía su casa como los chorros del oro, iba a misa a la iglesia del barrio, salía con sus amigas.

Pocos años más tarde, se le empezó a ir la cabeza y luego dejó de andar y finalmente fue a vivir a una residencia, el único sitio donde podían darle todos los cuidados que necesitaba, con un patio soleado y cuidadoras cariñosas donde la fuimos a ver tantas veces.

Me he acordado muchas veces de la yaya, cuando R. me cuenta que su madre, que también está en una residencia porque no se vale por si misma ni tiene la cabeza del todo clara, pero que aún les conoce y les extraña, no la han podido ver más que por videollamada en todos estos meses.

Muchas residencias han optado por bunkerizarse para proteger a los que viven en ella. No entra el virus, pero tampoco entra el cariño, los nietos, la vida compartida.

En algunas residencias, incluso se ha aislado a los residentes en sus habitaciones para evitar contagios. Pasan los días encerrados, sin hablar con nadie, sin salir, sin sol, sin moverse.

Hay gente que por menos, enloquece. Especialmente si tu edad te ofrece un futuro limitado.

No puedo evitar pensar en aquel chiste del hombre que iba al médico y este le decía que si dejaba de fumar, beber y comía sano, viviría aún 20 años, y este le respondía que sin fumar, beber ni comer las cosas que le gustaban, ¿para qué quería vivir 20 años?

Hay mayores que seguramente preferirían exponerse al virus antes que ser enterrados en vida. O al menos, que les preguntaran, que no decidieran por ellos.

Nuestros mayores (mi padre, mi madre, mi suegra) son jóvenes y están sanos, son autosuficientes, tienen una vida lo bastante rica para aguantar. Se gestionan estupendamente al teléfono. Pero no es lo mismo que verlos: quiero abrazarlos, mirarles a los ojos, compartir comida, ir a sitios con ellos. Casi seguro que podré hacerlo, pero el tiempo que perdemos me duele.

Pero, ¿qué sucede con estos mayores a los que protegemos hoy para abrazarles el año que viene? Si están vivos el año que viene. Si es que nos reconocen, en caso de estar vivos.

Pienso en M., que se ha mudado a una casa más grande para, cuando su madre salga del hospital donde le están tratando un cáncer, se mude con ellas; o en L., que después de perder a su compañero de vida, se ha organizado con sus padres para compartir casa y vida y cuidar unos de otros.

Familias que se reorganizan para sacar a sus mayores de las residencias o que no lleguen a entrar. Porque que entren en residencias en muchos casos implica que no volverás a verlos nunca más. Que morirán solos.

Días de niebla.

Fuimos a una tutoría de A., la primera tutoría presencial en los últimos 8 meses, donde todas las reuniones han sido telemáticas o telefónicas. Fue un bálsamo ponerle cara a la profesora, ver los trabajos que está haciendo, el lugar dónde se sienta, las escaleras del instituto llenas de adolescentes, después de toda la distancia que pone hacerlo todo a través de dispositivos.

Por el camino parecía que nos íbamos a ahogar en este mar de niebla blanca que no nos permitían ver más allá de 100 metros, que ocultaba rotondas y cruces como si fueran tesoros piratas.

Bajo a sacar dinero porque B. quiere ir a la barbería afro de la que se está convirtiendo en un habitual. El camino hasta el cajero es como andar dentro de un vaso de leche, las esquinas desdibujadas, la Iglesia que preside la calle prácticamente borrada.

La niebla de fuera se me antoja una buena metáfora de la niebla de dentro, de este futuro que está tan cerca y nos resulta tan difícil de ver. ¿Cuándo podremos ver más allá del próximo fin de semana? ¿Cuándo podremos volver a hacer planes? ¿Cuándo nos devolverán el medio plazo?

¿Sabremos mirar a distancia cuando las cosas se clarifiquen, o nos habremos acostumbrado tanto a mirar de cerca que nos habremos vuelto miopes?

Se despierta P., contento (como siempre), activo, emocionado.

“¿Sabes qué he soñado? Que estábamos todos en la playa y comíamos turrones, polvorones, chocolates”.

Navidad en la playa. Ojalá.

Suena el teléfono: es del centro de salud para darnos el resultado de la PCR de A. Negativa.

Le decimos a la pediatra que sigue quejándose de las mismas molestias. Nos pregunta qué le duele y nos dice que les carga dos medicaciones (una de ellas nada inocua) en la receta electrónica.

¿Dónde han quedado las visitas al médico? Hasta el año pasado, si te encontrabas mal, ibas al médico y te revisaban: garganta, oídos, tos, palpación de barriga, etc.

Ahora le cargan a un adolescente medicaciones que pueden tener efectos secundarios sin ni siquiera haberle visto.

Si la PCR te sale negativa, ahí te mueras (si sale positiva igual también, pero no ha sido el caso).

Después de años afeándonos que abusábamos de las Urgencias, que las colapsábamos yendo por cosas que no eran urgentes, por comodidad y capricho, para no pedir hora en el centro de salud, para saltarnos el circuito que arranca en al pediatra o la médica de familia…, ahora han convertido la Atención Primaria en un búnker hermético al que no podemos acceder más que para hacernos PCRs.

A ver si va a ser que la culpa de que el sistema de salud no funcionara no era de las personas usuarias, igual resulta que la culpa de que haya contagios no es de la irresponsabilidad de la ciudadanía.

 

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