familia monoparental, diversidad familiar y adopción

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Yo pisaré las calles nuevamente y volveré a saludar a mis amigos del barrio y me sentaré en una terraza al sol con una cerveza con gaseosa y unas aceitunas.

Volveré a la playa y caminaré sobre la arena húmeda y notaré las olas acariciarme los tobillos y miraré hacia el horizonte y oleré la sal y la crema solar.

Regresaré a mi ciudad y abrazaré a mi familia y cogeré a mi sobrina en brazos si no se ha olvidado de lo que le gustaba ir a coll y pasearé por sus plazas y sus aceras y los parques donde pasé la infancia de mis hijos.

Entraré en mi librería favorita y cogeré los libros por el lomo y leeré la contraportada y pasaré las hojas para que me llegue a la nariz el olor a libro nuevo y negociaré conmigo misma cuáles me llevo y a cuáles renuncio.

Volveré a acompañar a los niños a la escuela, y por el camino nos encontraremos a sus amigos, y les diré adiós cuando vea la fila subir a las clases y luego nos iremos con las otras madres a la cafetería de siempre y desayunaremos. Discutiré con la camarera por cómo quiero el té con leche.

Conduciré el coche de nuevo y lo guiaré por la autopista y me pelearé con el aire acondicionado y con la radio y maldeciré por no encontrar aparcamiento.

Volveré a sentarme en las salas de cine cuando no me asusten las multitudes y chistaré a la gente que habla en alto y lloraré en la última escena.

Organizaremos un año más las fiestas del barrio y la muestra de arte de calle y comidas populares de traje y actividades en el huerto escolar.

Seguiré odiando ir de compras y probarme ropa y escoger qué compro y seguiré usando los mismos vaqueros viejos y las mismas sandalias hasta que se caigan a pedazos.

Bajaré el mercado el sábado y probaré los quesos nuevos de la tienda de quesos y la fruta fresca y las aceitunas y los encurtidos.

Habrá más manifestaciones.

Regresaré al monte y caminaré esquivando ramas y buscaré un riachuelo en el que no me meteré porque el agua estará helada y me sentaré a la sombra y escucharé los pájaros cantar.

Sonará el timbre y será nuestra gente que pasaba por la calle y subieron a saludar y acabarán cenando con nosotros en la terraza tortillas y queso y una botella de vino.

Volverán los madrugones y las prisas y las broncas y los planes sin cumplir.

Nos abrazaremos de nuevo y saldremos y pasearemos y compartiremos un helado y nos lanzaremos besos sin miedo y en una hermosa plaza liberada me sentaré a llorar por los ausentes.

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Querida escuela:

Las instrucciones que recibimos por vuestra parte son contradictorias. Por un lado, decís que hagan lo que puedan, por otro nos reclamáis la tarea que les mandáis con fecha (y a veces hora) fija.

Algunos de nuestros hijos se pasan sentados en su mesa de trabajo más horas que las que pasan en sus centros escolares cuando hay clase. Hay días que no pueden venir a comer o cenar con la familia, porque están terminando tareas que si no están a una hora determinada, implican un suspenso. A veces son trabajos de grupo, e implican también el suspenso de sus compañeros.

No siempre tenemos un ordenador disponible. O una Tablet. O un móvil. A veces tampoco tenemos el folio en blanco que exigís sin aceptar que pueda ser uno con cuadritos arrancado de un cuaderno, o la pelota de goma con la que tienen que grabarse haciendo ejercicio para la clase de gimnasia.

Nuestros hijos se angustian porque no hay en casa ese folio en blanco o esa pelota y tendrán que hacer el trabajo en una hoja de cuadros distinta a lo que les habéis mandado y no sacaran la nota correspondiente.

En casa hay ordenadores, tablets, wifi. No sucede lo mismo en todas las familias.

Y personas adultas que saben manejarlos y podemos enseñarles a nuestros hijos a gestionar el correo electrónico, las apps, los blogs y los distintos recursos que nos recomendáis. Toda esta parte, la de manejarse con las TICS, también lleva tiempo y esfuerzo. Aunque les llamemos nativos digitales, no están acostumbrados a utilizarlos.

Sabemos de casi todas sus asignaturas, o podemos buscar la información. Sabemos inglés. No en todas las casas saben.

No tenemos impresora: así que todas estas fichas imprimibles que nos mandáis, los niños tienen que copiarlas en sus cuadernos para poder trabajar. Luego tienen que hacer fotos de lo que han hecho en sus cuadernos y mandarlas a vuestras direcciones de correo electrónico.

Nos decís que los niños tienen que ser autónomos. Que tienen que manejarse solos. Que hagan lo que les mandáis y se lo devolveréis corregido. No sé si sois conscientes de que muchas veces necesitan que les expliquemos, les acompañemos, les corrijamos, les explicamos qué han hecho mal, dónde está el error. Recibir dentro de dos días un correo electrónico con tachones rojos no es la mejor forma de aprender.

A veces se distraen, o se despistan. Hay muchos estímulos en su entorno: los hermanos, el gato, cosas que pasan en la calle y se ven desde la ventana, móviles que suenan, las actividades de las personas adultas. Es muy difícil hacerles mantener la atención centrada mientras nos ocupamos de nuestros trabajos, de mantenerlos alimentados, de conservar la salud física y emocional de toda la familia.

En algunas familias, hay personas que no se encuentran bien. O que han perdido sus trabajos y no saben si podrán pagar el alquiler el mes que viene.

Los niños están preocupados por sus abuelos, porque oyen que hay gente muriendo, porque no saben cómo están sus compañeros, porque les echan de menos.

A veces lloran, gritan, se desesperan. A veces nosotras hacemos todas estas cosas.

No es lo mismo hacer un ratito de tarea de algo aprendido ese día en clase que 5 horas de homeschooling en tiempos de pandemia.

Estaría bien que nos hubierais dicho que es más importante hacer bien algunas cosas que hacer todo lo que se manda de cualquier manera.

Les estáis pidiendo que resuelvan ejercicios de temas que no habéis explicado. Les decís que lean los libros de texto o miren videos que explican los temas, pero seguro que sois conscientes de que no es tan fácil: si bastaran los libros y los vídeos de youtube, vuestro trabajo sería superfluo. Además de fuentes de información, necesitan interacción humana.

No solo necesitan escuchar: también ser escuchados.

Entendemos que a los docentes os preocupen las instrucciones de la Consejería, pero vuestra principal preocupación debería ser que el alumnado siga aprendiendo y aprovechando el curso, además de sobrellevando esta situación, que está siendo muy difícil.

A menudo, confundís educar con calificar.

Algunos de vosotros publicáis en las redes mensajes llamando a la calma, diciendo a las familias que nos limitemos a hacer lo que podamos, que nos rebelemos contra la escuela, que no es tan importante la tarea, que no perderán el curso. Sería encomiable que ese tipo de mensajes los dirigierais a vuestros compañeros. Las familias no somos las encargadas de hacer vuestras revoluciones.

En nuestra casa hay material y recursos para poder educar a nuestros hijos: tenemos libros, acceso a Internet, conocimientos y capacidad. Lo que no nos queda es tiempo porque las tareas que mandáis desde todos los centros escolares se lo comen.

Como sabéis, en casa tenemos 4 hijos que van a tres centros escolares distintos, y en todos, el profesorado pretendéis que sigan el curso como si no hubiera pasado nada. Cada día recibimos varios correos electrónicos con tarea para cada uno de ellos.

Sentimos que cada una de las profesoras se dirige a cada alumno como si su situación fuera la ideal: hijos únicos, con apoyo en la familia, recursos tecnológicos a su alcance, y autonomía en sus tareas. Y sin preocupaciones en la cabeza.

Sabemos que estáis haciéndolo lo mejor que sabéis y con la mejor intención, pero es importante que seáis conscientes de que no siempre vuestras peticiones ayudan a hacer esta situación más fácil. A muchas familias nos la complican mucho.

Parte médico: me siento recuperada del covid-19: llevo tres dias enteros sin fiebre ni malestar, la tos se está reduciendo. Pero… tengo otitis. He hablado con el médico del centro de salud esta mañana y me ha contado que sí, que es una de las consecuencias de la cosa. Que igual que hace neumonías, hace otitis. Así que antibiótico al canto. Me lo han puesto en la tarjeta y lo hemos podido recoger en la farmacia.

El seguimiento telefónico del centro de salud funciona estupendamente. No digo que pueda sustituir el funcionamiento habitual (casi siempre es mejor que nos vean), pero sí creo que deberían aprender de todo lo que se han podido hacer estos días de crisis. Todo lo que nos decían que no se podía hacer…

Yo fui de las que decía que era una simple gripe esto. Así que debe ser el karma.

Día de dolor de oído y pijama y comida al sol del patio. Poca, porque hasta masticar es doloroso. El peso del pelo sobre el oído.

Me he terminado el libro de Mario Vargas Llosa que la madre de N. trajo con una de las compras. Me ha reafirmado en lo que siempre siento cuando leo a este autor: que cuando escribe opinión es de derechas, pero cuando escribe ficción, es siempre de izquierdas. Cuántas cosas se entienden leyendo este libro de lo que sucede en América Latina, aún hoy. Y en otros lugares del mundo.

El arranque con la United Fruit Company poniendo en marcha escuelas y otros proyectos de caridad, pero negándose a pagar impuestos, es de una actualidad trepidante. Muy de aquí y de ahora.

Nuestros adolescentes se han puesto las pilas hoy y han colaborado mucho en casa: han lavado, fregado, recogido, cocinado. Es otra de las secuelas de las situaciones de crisis: hacen crecer a los pequeños. Preferiría que no crecieran a la fuerza, pero, ¡qué fácil ponen lo difícil!

 

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Facebook me recuerda una foto que colgué hace 7 años.

En ella salen los niños, embelsesados frente a una pastelería en la que hay expuestas monas de chocolate: un león, un barco pirata, un escudo del barça.

Cuando salíamos de paseo, cuando celebrábamos la mona.

Este año la Pascua la pasaremos lejos de la familia de Barcelona, de la tia que todos los años se ocupaba de preparar la mona, de mi sobrina T. que tendrá que esperar un año más a comerla.

Esta mañana habría salido de casa y habría andado hasta la Biblioteca, porque había Club de Lectura. Habría paseado bajo el sol, primero por la calle que lleva hasta la estación del tren, habría cruzado la M-40, habría girado hacia el bulevard que lleva hasta la Biblioteca. Allí me habría encontrado con mis compañeras lectoras de los dos últimos años, y durante una hora y media habríamos comentado el libro que no he podido leer, porque cuando me avisaron de que había llegado a la librería, ya había empezado el confinamiento.

Després habría vuelto, paseando bajo el sol, y quizás habríamos parado a tomar el vermut con amigos y vecinos en el Mercado.

Y habríamos comido en el patio.

Bueno, esto igual lo hemos hecho.

Hoy ha sido sábado, así que nos hemos ahorrado perseguir criaturas y deberes. Ha sido un sábado perezoso de patio y sol, y ahora vamos a ver una película en familia mientras cenamos sándwichs mixtos.

48 horas sin fiebre y los síntomas en remisión.

 

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Ayer llegamos al día 17 de confinamiento. Yo pensaba que era el número 15, pero C. confesó que marca con una x cada día en el calendario, y que eran 17 ya. Dice que lo primero que hará cuando la dejen salir es ir a la piscina: echa de menos sus clases de natación sincronizada.

A. nos contó un sueño que había tenido: las dos madres moríamos de coronavirus, o quizás no moríamos, pero habíamos desaparecido, y ellos no sabían qué hacer, así que llamaban a mi madre, y ella les decía que en su casa había sitio para todos. Y les recibía con regalos.

Seguimos peleando con las tareas y las ausencias.

Nuestro vecino favorito nos trajo un brownie que había hecho. A los niños les gustó tanto, que por la noche nos acercó otro y nos lo dejó en la mesa del patio.

Nos lo comimos de postre, después de los perritos calientes que prepararon los pequeños para cenar.

P. dijo que lo que le hacía soportable el confinamiento era estar pasándolo con A. Que sin él, se moriría de aburrimiento.

Un día más, un día menos.

Seguimos encerrados en un piso que parece un híbrido de un hospital de campaña y una escuela rural.

Parte médico: seguimos igual. Sin empeorar pero sin quitárnoslo de encima. Nos llaman cada 48 horas del Centro de Salud, nos preguntan los síntomas y nos dicen que tomemos paracetamol.

¿Es mejor pasarlo y quitárnoslo de encima? ¿Realmente nos lo quitamos de encima? ¿O habría sido más prudente no exponernos? ¿Habría sido posible no exponernos? ¿Cómo se hace una cuarentena con 4 críos en casa? ¿Cómo te aseguras de limpiarlo todo si acabas de limpiar y vuelves a toser, tienes que cocinar, te requieren de todos lados? Si tosemos en las mangas, ¿cada vez tenemos que echar la camiseta a lavar? Qué pasa con los cepillos de dientes? ¿Y con las toallas?

¿Cuánta gente hay enferma en sus casas, sin pruebas, sin contabilizar? ¿Qué sentido tiene que no hagan pruebas, cómo podremos saber si lo hemos pasado realmente y por tanto hemos dejado de correr riesgo? ¿Cómo se pueden hacer estadísticas si solo se cuentan los casos que llegan a los hospitales – y los políticos? ¿Por qué a todos los políticos les han hecho la prueba, tengan sus síntomas la gravedad que tengan, pero los ciudadanos estamos en casa encerrados con paracetamol y un teléfono?

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De todos mis grupos de Whatsapp el más activo es el de los cuidados del barrio: gente que hace compras y otros recados a personas que no pueden salir de casa, gente que pone en contacto a pacientes hospitalizados con sus familias, personas que fabrican viseras protectoras con impresoras 3 D, gente que sabe de química y prepara soluciones hidroalcohólicas, o que cose y hace mascarillas y batas para los hospitales y residencias de la zona; un banco de alimentos para el que no se paran de recibir donaciones de comida y dinero y que está permitiendo comer tres veces al día a familias que se han quedado sin nada; vecinos que pasean perros de gente mayor que no debe salir de casa. Personas que hablan con otras por teléfono.

Gente que se acerca para pedir ayuda, y que se convierten en personas que ayudan a otras.

De cada cual según sus posibilidades, a cada cual según sus necesidades.

Más imparable que el contagio del COVID-19.

Finalmente ayer salió el sol, y volvimos a comer en el patio, sin alejarnos mucho de la puerta de la cocina para preservar a los vecinos. Hemos empezado un par de series nuevas: “Una mujer hecha a si misma” y “Anne with an E”. Cosas entretenidas y muy alejadas de distopias y epidemias. A ratos, le leo “El Zoo d’en Pitus” a A. El naranjo que no tuve tiempo de trasplantar ha reverdecido y esta lleno de brotes.

La vida sigue.

 

 

Nunca he sido una buena enferma, quizás porque he enfermado poco. Nunca he sabido parar y descansar y escuchar a mi cuerpo. Recuerdo una vez que cogí un catarro que me tuvo varios días en cama – me mandaron a casa desde el trabajo, porque me había empeñado en ir – y que tumbada en mi sofá – otro sofá, otro salón, otra ciudad – no podía hacer nada más que escuchar la radio. Si trataba de hacer algo, me agotaba; leía, si veía alguna película, me lloraban los ojos.

(Aún recuerdo algunas cosas de las que escuché aquel día. Como al director de Protección Civil de Valladolid avisar a gritos de la amenaza de que el río Esgueva se desbordara y advirtiendo a los vallisoletanos que salieran con los documentos más importantes encima, como si se avecinara un Apocalipsis; y, más tarde, el alcalde afeándole la alarma. También había alarmas entonces. Y alarmas injustificadas).

Tengo la sensación de que algo parecido nos pasa como sociedad. El coronavirus, el confinamiento, nos ha dicho que paremos, que lo ralenticemos todo, que nos replanteemos la sostenibilidad de nuestro modo de vida. Pero en vez de hacer introspección y reflexión, buscamos cosas para llenar el tiempo: los aplausos, la crítica a los vecinos, leer todos los libros que teníamos pendientes, ver las películas que nos perdimos en el cine, hacer limpieza general, organizar las fotos de los últimos 10 años… por no hablar de todas las cosas que nunca hemos hecho con las criaturas y ahora haremos: cocinar, manualidades, música, hablar con ellos, escucharles.

Y las redes sociales. Nunca había tenido que gestionar tantos whatsapps. Los mails de las 3 escuelas de mis hijos. La conexión con la gente del trabajo. Las amistades a las que no he visto en años pero que de repente echamos de menos.

Le doy vueltas a todos los debates que nos están hurtando. A las restricciones de nuestra libertad. A hasta dónde vamos a aceptar que nos las recorten en nombre de la seguridad, y si hay mucha diferencia entre esta seguridad y otras a las que se apela otras veces para que accedamos a ser un poco menos libres. A la diferencia entre la delación y la denuncia. A por qué el confinamiento de las criaturas parece no ser discutible, pero nadie se plantea el riesgo de que salgan las personas que tienen que pasear a sus perros, de las que van a trabajar, el uso del transporte público… A que se pare el mundo, excepto en lo que tiene relación con producir y consumir. Preguntarnos si minimizar los riesgos implicar dejar de tener mirada crítica. Cuestionarnos por qué hemos dejado de cuestionar las cosas. Plantearnos por qué discutimos algunas medidas y aceptamos otras sin reflexionar, es un buen debate sobre la sociedad en la que vivimos. Pensar en quién va a salir ganando en esta crisis, y si van a perder los de siempre.

 

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