familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Hasta siempre Almudena

Muere la escritora española Almudena Grandes a los 61 años - BBC News Mundo

Como el cuerpo de un hombre derrotado en la nieve,

con ese mismo invierno que hiela las canciones

cuando la tarde cae en la radio de un coche,

como los telegramas, como la voz herida

que cruza los teléfonos nocturnos

igual que un faro cruza

por la melancolía de las barcas en tierra,

como las dudas y las certidumbres,

como mi silueta en la ventana,

así duele una noche,

con ese mismo invierno de cuando tú me faltas,

con esa misma nieve que me ha dejado en blanco,

pues todo se me olvida

si tengo que aprender a recordarte.

Luis García Montero

Hasta siempre Almudena

Integrar a la madre biológica

No hay duda de que el mundo de la adopción está muchas veces excesivamente profesionalizado, medicalizado, que dejamos muchas (¿demasiadas?) cosas en manos de terapeutas y especialistas. Y tampoco hay duda de que muchos especialistas sostienen cosas que van en contra de nuestra intuición. Especialmente, cuando pretenden separar la biología de la vida, cuando minimizan la importancia de los orígenes y despersonalizan a las madres biológicas. Porque madre solo hay una.

No es el caso de uno de los terapeutas más interesantes a los que he leído y escuchado, Javier Martínez. Así explica la necesidad de integrar a la madre biológica.

Diblings (dermanos)

Muchas veces hemos hablado de donantes, la búsqueda de identidad, los cambios que en este tema ha introducido el análisis genético, los bancos de ADN y las redes sociales, el papel que juega en nuestra vida la gente con la que compartimos genética pero no historia (donantes, sí, pero también las personas concebidas con el mismo material genético)… este testimonio recoge todas estas cosas y da muchos argumentos para reflexionar sobre todo ello.  

Connecting 'diblings': how the law is failing to keep up with modern  families

Estaba dormida cuando mi identidad estalló. Era la mañana de un viernes del año 2019, me desperté en Brooklyn para ver un correo electrónico de un tipo de Florida que decía: “23andMe dice que eres mi media hermana. Estoy muy confundido. ¿Puedes llamarme, por favor?”.

Mientras miraba su foto de perfil, vi que parecíamos gemelos. Incluso teníamos el mismo hoyuelo en la punta de la nariz. Habíamos nacido con un año de diferencia cinco décadas antes. Me había hecho una prueba de 23andMe el año anterior.

Al marcar su número, sabía que no íbamos a empezar con una pequeña charla. De hecho, tardamos medio minuto para empezar, con torpeza, a hacer conjeturas: mi amado padre debió haber tenido una aventura con la madre de este hombre. Sin embargo, a las pocas horas, ambos habíamos hablado con familiares que nos contaron el secreto que habían prometido a nuestros padres llevarse a la tumba: nuestros padres habían sido infértiles, y nosotros habíamos sido concebidos con esperma de un donante. El donante había sido un residente del Hospital de Yale New Haven, donde los científicos eran pioneros en la inseminación intrauterina.

Conocía muchos secretos de mi familia, pero esta vez el secreto era yo. Nada había cambiado, pero todo era diferente. Mi familia seguía siendo mi familia, y mis queridos padres habían fallecido hace tiempo, lo que hacía que esto fuera un poco menos complicado. No obstante, tendría que revisar el manuscrito final de mi vida. Como escritora, no me gustaban los grandes cambios.

Sin embargo, mi nuevo hermano biológico (a quien registré de inmediato en mi teléfono como “HB”) y yo estábamos en contacto constante, chapoteando confundidos en nuestra nueva piscina genética. Con mi crianza como hija única y solitaria, me sentí entusiasmada. Tras unirnos al grupo de Facebook titulado “Nos concibió un donante”, aprendimos el término “dermanos”: hermanos que nacieron de donantes.

No podía explicar por qué este desconocido era digno de mi adoración feroz o de mi mirada atenta, pero mi ADN parecía codificado con instrucciones claras: “Mirar de manera fija. Conectarse. Consolidar”.

Esto era tan absorbente como un nuevo amor, pero esta vez el objeto de mi afecto parecía una foto generada por aquella aplicación que muestra cómo te verías si tu género fuera el opuesto. Nunca había visto mi rostro en el cuerpo de otra persona. Creé un álbum titulado “HB” en mi teléfono y me pasé haciendo acercamientos a su cara durante mis viajes al trabajo.

Puse un sonido de “polvo de estrellas” para sus mensajes, un guiño a la canción de Joni Mitchell que tenía en constante repetición: “Somos polvo de estrellas, somos dorados… Y tenemos que volver al jardín”.

Antes de la aparición mi ‘dermano’, había estado anhelando una conexión, salí a medias con un viudo que conocí por internet. Ahora, enamorada de mi pariente vivo más cercano, no tenía mucho margen para el romance (y resultó que el viudo tampoco).

Cuando HB vino a mi ciudad, la mesera del restaurante donde estábamos almorzando me preguntó si éramos hermanos, y mi corazón dio un vuelco.

El diagrama de la doble hélice es una escalera de caracol codificada por colores con peldaños de base química. Todos los días me subía a ella y me columpiaba, explorando, boquiabierta. Los cromosomas son las cosas más pequeñas y enormes del mundo. Si crees en la teoría de la crianza, no tienen importancia (como proclamaron con seguridad muchas personas inteligentes que me quieren: “¡Solo es esperma!”). Pero si crees en la teoría de la naturaleza, son lo más importante de todo.

Yo creo que son las dos cosas, aunque ya había quedado atrapada en mi propia obsesión cromosomática. Al final, ya no estaba sola; mi nuevo hermano estaba allí.

Enseguida, HB quiso encontrar a nuestro donante, al que nos referíamos como “nuestro padre”. Después de diez semanas de búsqueda genética a través de una línea de primos segundos en 23andMe, HB llegó a nuestro santo grial. Nuestro padre estaba vivo. Era un obstetra retirado que vivía en Nashville. Tenía 79 años y buen aspecto. Su nombre era Frank. Tenía un rostro amable. También se parecía mucho a nosotros. Su nombre bien podría haber sido “Gen”.

Frank estaba casado y tenía dos hijos mayores y una hija. En Facebook, también los observamos con detenimiento.

Decidimos escribirle a Frank una carta conjunta, pero mi corazón se encogió cuando nuestro primer conflicto como hermanos se desarrolló en los comentarios que hicimos en las revisiones de nuestros borradores. Mi enfoque era sincero y detallado; el de HB era alegre y breve. Ambos queríamos lo mismo, una respuesta, pero nos aferrábamos de manera obstinada a nuestras propias estrategias. Cada uno de nosotros temía que el estilo del otro nos llevara al silencio o, peor aún, a una carta de cese y desiste, como suele ocurrir. Un rechazo tan cósmico habría sido intolerable, y yo, de antemano, me puse furiosa con nuestro padre por su posible rechazo.

Finalmente, le dije a HB que se limitara a enviar su versión y no me mencionara.

“No es mala idea”, dijo. “Yo me encargaré del contacto y, si no responde, no puedes tomártelo como algo personal”.

Pero al excluirme de la carta me sentí sola una vez más, culpable por haber abandonado nuestro esfuerzo conjunto, y también aterrada de que HB desapareciera ahora. “Todo esto se desmorona sin él”, dije, sollozando, en el diván de mi terapeuta.

Tres semanas después, HB recibió una carta redactada con atención y esta venía con membrete del buen doctor. Era empática y respetuosa. Decía que estaba abierto a una mayor comunicación, así que él y HB concertaron una llamada.

En cuanto colgaron, HB me llamó.

“Cerré los ojos y dejé que su voz me inundara”, me contó. Como padre primerizo, estaba nervioso de una manera poco habitual. “Fue como cuando los bebés reconocen la voz de sus padres. Como la forma en que reconocen su olor”.

En su conversación, también le habló a Frank de mí.

Cuando Frank y yo hablamos unos días más tarde, oí el mismo timbre de voz masculino en su voz. Con lápiz y papel en mano, le pregunté y me respondió. ¿Sus intenciones? Claro, había querido ayudar a las parejas infértiles y formar parte de la ciencia, pero también necesitaba los 25 dólares por “espécimen vivo”. No, no se había presentado ningún otro vástago. Sí, se había estado preparando para una carta como la de HB, pero aun así le había costado trabajo responder. No, nunca había pensado mucho en los posibles resultados de sus donaciones. No, no habría donado si no hubiera sido anónimo.

De alguna manera, Frank era humilde y estaba lleno de la autoestima de un profesor emérito, pero sobre todo parecía orgulloso de que sus genes se hubieran desarrollado bien. Me gustó su combinación de seriedad y dulzura.

“No hay un plan de acción para esto, pero creo que encontraremos el camino”, dijo.

En mis notas, esa frase merecía un doble subrayado.

Después de colgar, no sabía qué hacer. Hacía calor y había humedad, y me adentré con mis pantalones cortos y mi camiseta en el estrecho de Long Island como si me bautizaran o renaciera, sin tener en cuenta las algas que se pegaban a mi piel. Floté. Me sentí primitiva.

Entonces Frank nos invitó a su casa de Boca Ratón para pasar un fin de semana. HB y yo nos alojamos en el mismo hotel cercano pero, debido a los horarios de viaje, llegué sola un día antes y me reuní con Frank en su departamento. Cuando cruzó la habitación, bronceado y sonriente, sentí la misma atracción magnética que había sentido con HB.

“Bueno, aquí estás”, dijo, con los brazos extendidos. Durante el abrazo más extraño de mi vida, mi cuerpo zumbó y sintió un cosquilleo.

“Aquí estoy”, dije. “Y aquí estás tú”.

“Bueno, aquí estamos entonces”, contestó.

Dio un paso atrás, manteniendo sus manos en mis hombros. “Vaya, eres una persona”, respondí de modo estúpido. Aquí estaba él, en carne y hueso, con su fuerza vital rugiendo a través de mí.

“Hace décadas que no veo la cara de mi madre”, dijo, siendo testigo de cómo sus genes se extendían y expandían hacia el pasado y el futuro.

Nadando en las cálidas olas del Atlántico, aprendimos que compartíamos el mismo patrón de arrugas alrededor de los ojos, la misma extroversión y los mismos juanetes. En un muestrario de pintura, solo un color coincidía con el de nuestros ojos (algo así como “bruma aguamarina”). Mi corazón dio un vuelco de afecto.

Dos años y medio después, ya no estoy tan obsesionada. Frank y yo hemos tenido dos visitas en persona; HB y yo hemos tenido cinco. Mis cuatro hermanastros (y once nuevos sobrinos y cuatro cuñados) y yo estamos construyendo relaciones, alternando lo serio, lo tonto, lo íntimo y lo despreocupado. Nuestra cadena de mensajes de texto en grupo se llama “Familia Extendida” y a veces incluye simpáticos emoticonos de ADN.

No hay mucha sabiduría convencional sobre cómo tratar estas sorpresas de ADN cada vez más comunes, pero todos en nuestra historia parecen creer que la vida y la conexión humana deben celebrarse sin importar lo extraño de las circunstancias. Al fin y al cabo, nuestro progenitor es un nutricionista profesional de la fuerza vital, que ha dedicado su carrera a los embarazos de alto riesgo y a dar a luz a más de 10.000 bebés.

Frank me ha descrito sus sentimientos cuando nacieron sus hijos: “Es como un pudín instantáneo. Añade agua y remueve, y obtienes amor”. Pero con HB y conmigo, es más como: “Añade ciencia y remueve, y obtienes gran afinidad y cariño”.

Nadie ha dicho “te quiero”, al menos no todavía. Pero parece que todos seguimos diciendo “me gustas”, lo que parece más importante en este momento. Al encontrar a Frank y a los demás, HB y yo hemos vuelto al jardín.

50

No hay ninguna descripción de la foto disponible.

Los libros que leíste. El miedo

de las noches, las banquetas

de encina, tu pasar

encorvado que escondías

de todos los muchachos. Las dos oposiciones, 

los niños, cuatro partos, mil anginas y cincuenta

kilogramos servidos de embarazo. 

Las bolsas de la compra. 

Las prisas y tus sueños. Tu almohada

de espinas. Tu aprender 

de la muerte. Quirófanos, estrellas, 

las horas de cocina y el limpiar

el pescado, cada tarde, los sábados. 

Exámenes. Mudanzas. El tacón

del domingo, los renglones 

torcidos que escribías 

trasnochando, y las veces 

que alzaste desde el suelo, sostenidas en vilo,

dos arrobas de llanto. 

Todo esto esá inscrito, aunque nadie lo vea, 

en ese claroscuro que revisa tu médico.

Ya se sabe, los años… 

Sí señor, mi esqueleto

ha vivido conmigo cada instante

y hoy me pasa factura. Pues los huesos, 

mejor que en un diario, 

registran nuestra historia como nadie. 

JUANA CASTRO

Years and Years (Miniserie de TV) (2019) - Filmaffinity

Distopías:

No solo Madaddam nos habla de este presente cargado de incertidumbres.

Cuando empezó en Gran Bretaña el desabastecimiento y el caos, con los lineales de los supermercados arrasados y las colas en las gasolineras, fue inevitable acordarnos de “Years and years”, la serie producida por la BBC y que se sitúa en el futuro inmediato (desde ahora y hasta 2034).

El auge de la extrema derecha, la expulsión de los extranjeros después del Brexit, la destrucción de la clase media, la desigualdad creciente, el regreso de la Guerra a Europa, la enésima crisis, la pérdida de derechos, el cambio climático, ¡¡la independencia de Catalunya, la huida de la familia real española y el regreso de la peseta!!, el caos, el miedo. Y cómo todos estos problemas que hasta ahora había sido el ruido de fondo de las noticias de las 9 entran en la vida de una familia corriente que nunca pensó que las cosas cambiarían demasiado y la trastocan de arriba abajo.

Distopías: ¿Realidad o ficción?

Vivimos en el tiempo de las distopías. Es decir, «representaciones ficticias de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana». O esto es lo que sostiene un libro que está a punto de publicarse, que asegura que “a lo largo del siglo XXI la distopía ha dejado de ser una rama de la ciencia ficción atiborrada de títulos minoritarios y agraciada con éxitos dispersos. Se ha convertido en una moda de masas altamente rentable que suministra a los fans multitud de bestsellers, blockbusters y merchandising”.

Decía mi profesor de Cine en la facultad que la Ciencia Ficción no habla nunca del futuro, sino de los miedos del presente. El miedo al comunista se enmascara en invasiones marcianas, el pánico a las delaciones llena la pantalla de personas creadas en vaina que por fuera parecen normales, el temor a los avances tecnológicos dibuja futuros dibujados por las máquinas, la idea de la manipulación genética nos ofrece seres humanos hechos en laboratorios…

Qué decir de lo que vivimos ahora: una pandemia que ha llegado a todos los rincones de planeta, un crecimiento económico ilimitado que está acabando con los recursos del planeta, el calentamiento global, la desigualdad creciente, las tecnologías impensables hace unas pocas décadas, las fake news, ,la conectividad global y el control sobre cada resquicio de nuestra vida.

Las profesoras Shauna Shames y Amy Atchison han clasificado las distopías en tres grupos en función de su estructura política. En unas, un gobierno totalitario fiscaliza las vidas de los invididuos y limita sus libertades, con el ‘Gran Hermano’ y la ‘policía del pensamiento’ de Orwell como ejemplos más obvios, incorporados ya a nuestro léxico habitual. En otras, es la confluencia del poder político y económico lo que aliena a la población: ahí proponen como inesperado ejemplo la película ‘Wall-E’, donde el presidente de Estados Unidos está también al frente de la corporación que controla la economía. La tercera opción sería la del gobierno que se ha venido abajo, empujando a la humanidad hacia «un primitivo feudalismo» cuyos líderes obran con impunidad, al estilo de ‘Mad Max’.  

¿Por qué cuando vivimos un presente que espanta nos sumergimos en historias que ahondan todos estos miedos? ¿No tenemos suficiente, o imaginar futuros peores que el presente es una especie de vacuna para conjurar las posibilidades que se abren?

La caída de Roma: el día que el mundo entero sintió perecer

¿Cómo fue el día que cayó el Imperio Romano? ¿Dio algún aviso? ¿Los habitantes de Roma se imaginaron que iba a pasar? ¿Supieron leer las señales? ¿Escucharon a los que supieron leer las señales o le condenaron al ostracismo? ¿Se plantearon qué cosas deberían haber hecho de otra manera para que no pasara o lo consideraron un destino inevitable?

¿A qué se dedicaron las semanas anteriores al 4 de septiembre del año 476? ¿Hicieron acopio de comestibles? ¿Fortificaron sus aldeas? ¿Crearon redes de apoyo? ¿Buscaron la manera de conservar sus saberes?

¿Sabremos leer el día en el que todo se acabe? ¿Nos habremos preparado o, como la orquesta del Titanic, seguiremos tocando mientras el barco se hunde? ¿De dónde vendrán los bárbaros? ¿Qué quedará de nuestra civilización para el futuro?

LA PSICOLOGIA EN EL COLAPSO

En el colapso, es imprescindible para sobrevivir con mediana salud mental, con básico equilibrio emocional y criterio de realidad, poder empezar a pensar cómo operan los fascismos históricos hoy, desde dentro de la democracia.

Un aspecto es que operan habiendo infiltrado el pensamiento hasta hoy determinar la subjetividad y la cultura que habitamos, bajo dos ideas centrales.

La primera es que el desarrollo y la acumulación pueden ser infinitos. Disparados hacia el todo, como quien siempre puede construir un piso más en el edificio, sin hacer que se venga abajo nunca. Ninguna evidencia en contrario les ha hecho ni hará mella. No se detendrá. Asimila para adentro la tragedia, la incorpora, y sigue. Por sobre todo. Avanza.

La experiencia de la Pandemia y la espera de la humanidad de que esta al fin «pase», sin asumirla como un salto cualitativo, como un cambio civilizatorio permanente, es el primer ejemplo global,  palpable, para toda la humanidad. «Ya va a pasar, sigamos como si nada.».

La segunda idea central es la de la culpa. Quienes en esa acumulación no tienen su lugar de acumulador … asumen que es por propia culpa. Y la culpa tiene una contracara central : la identificación.

La identificación actúa como mecanismo de defensa frente a la culpa. «Que yo no pueda acumular como estos con los que me identifico y a los que -por lo tanto- defiendo como si los fuera a heredar, es culpa de estos otros que no llegaron. Si ellos no estuvieran, yo también podría».

Este mecanismo adormece incluso la inteligencia de reconocer que esto es un proceso en el que el que así piensa, es «el otro que si no estuviera…» de otros que el -por identificación aspiraciónal, por supuesto- tampoco registra. Hasta que sea tarde también para si.

Comprender está siendo imprescindible para vivir. Porque estos mecanismos solo podrán agudizarse.

Y vos ¿Cómo te estás preparando  para este cambio civilizatorio?.

María Adela Mondelli

Mi tía abuela R., la hermana mayor de mi abuela, estudió la carrera de Química en la Universidad, aunque nunca ejerció nada relacionado con su profesión: hizo un matrimonio supuestamente ventajoso, tuvo 5 criaturas a las que ayudó con los deberes escolares de Ciencias por encima de sus posibilidades, vivió amargada por su talento desaprovechado, aprendió a conducir pero ante las burlas de su marido nunca se llegó a poner al volante, fue en bicicleta hasta los 70 y muchos y aprendió un inglés impecable que le servía, básicamente, para leer The New York Times.

Rastreaba las noticias internacionales, sobretodo las de Economía, y cada vez que le parecía que iba a haber una crisis de algún tipo, hacía acopio de comida. Sobretodo, de leche condensada, una obsesión de su generación (mi abuela contaba cómo la leche condensada era el bien más codiciado en la guerra; cómo contrataron a una profesora de piano que les pidió que les pagara en botes de leche condensada, y cómo le dijeron que ojala pudieran hacerlo). Cuando los meses pasaban sin que hubiera ninguna crisis, y la leche condensada se acercaba a su fecha de caducidad, hervía los botes, hacía dulce de leche, y lo repartía a toda la familia. Y así hasta que consideraba que tocaba volver a almacenar, porque quién sabe.

When the Lights Went Out: A History of Blackouts in America by David E Nye  – review | Richard Hartley

Me he acordado mucho de mi tía cuando he leído que Austria prepara a sus ciudadanos para un posible apagón a gran escala. El Ministerio de Defensa de este país recomienda hacer acopio de combustible, velas, baterías, conservas y agua potable. Pactar de forma previa con familiares y amigos un punto de encuentro y sentar las bases de una red de cooperación vecinal. «La cuestión no es si habrá un gran apagón, sino cuándo», asegura la ministra de Defensa Klaudia Tanner, basándose en informes de riesgo elaborados por el ejército. El apagón podría ser consecuencia de una nueva epidemia global, de un atentado terrorista o de ataques cibernéticos, incluso de un pico de la demanda o una sobrecarga del sistema. Los carteles publicitarios llaman a instruirse sobre «Qué hacer cuando todo se pare» y advierten que un ‘blackout’ conllevaría que semáforos, ordenadores, cajeros automáticos, teléfonos, internet y muchos otros servicios dejarían de funcionar.

Y a mí me han entrado unas ganas locas de ponerme a comprar leche condensada.

Hace 20 años, O. me dijo que su vida ya era como sería el resto de su vida: no tendría más hijos, la pareja estable había terminado con la posibilidad de tener amantes nuevos, no viviría cambios importantes en lo laboral, ni se iría a vivir a otra ciudad, no habría grandes aventuras. Hizo esta asunción con resignación y cierta tristeza.

Tenía 40 y pocos años.

Hace pocas semanas estuve hablando con G., que a los 40 y tantos probablemente también tenía claro el resto de su vida. Pero la crisis del 2008 hizo que viera tambalearse su negocio, su pareja la dejó cuando menos se lo esperaba y el año pasado empezó un nuevo trabajo: profesora en el aula de acogida de un instituto.

“Nunca pensé que sirviera para esto”, me dijo, y también “los niños me dicen, profe, tú nunca te enfadas cuando nos equivocamos, tú nos dices que así aprenderemos cosas”.

Hoy, M., que no sé si con 40 años pensaba que su vida ya estaba dibujada, colgaba este dibujo:

Puede ser un dibujo animado

De repente, pierdes el trabajo, o muere alguien de tu familia, o llega un cáncer, o una pandemia, o un apocalipsis; y descubres que toca reinventarse.

Nube de etiquetas

A %d blogueros les gusta esto: