familia monoparental, diversidad familiar y adopción

El enésimo debate sobre la conciliación lo ha abierto la propuesta de un político socialista madrileño de que las escuelas públicas estén abiertas desde las 7 de la mañana hasta las 7 de la tarde, desde el 1 de septiembre y hasta el 31 de julio.  Esta propuesta, claro está, no implica dar 12 horas de clase al día, ni tampoco ir 11 meses al año: implica centros abiertos, monitores, deporte, actividades extraescolares.

Pero enseguida se han llenado las redes de críticas y quejas, como si el uso de estos centros abiertos no fuera opcional, como si no fuera una forma de intentar cubrir los distintos horarios laborales. Sí, también los menos conciliables.

Conciliar, dicen, no es separar a los padres (casi siempre quieren decir madres) de sus hijos, no es usar las escuelas como parkings, conciliación es pasar más tiempo con los hijos, no que les cuiden otros.

Pero lo cierto es que las escuelas públicas ya están abiertas desde las 7/7:30 de la mañana, y esto no parece molestar a nadie. El debate sobre horarios escolares (y laborales) solo se abre cuando se alargan los horarios por la tarde, como si todos tuviéramos que trabajar de 8 a 3.

“Todos deberíamos trabajar de 8 a 3”, dicen, y no se plantean que en muchos casos es imposible, que los servicios médicos, la policía, los bomberos, el transporte público, los medios de comunicación… funcionan 24 horas al día. Y que en su tiempo libre quieren comprar merienda o material escolar a sus hijos, llevarles a la biblioteca, poner gasolina, irse a cortar el pelo, ir al cine, coger el autobús hasta casa de los abuelos, cenar fuera… todas cosas que precisan de que otra gente, que no trabaja de 8 a 3, esté trabajando. Gente que igual también tiene criaturas y ganas de verlas, de estar con ellas.

Quizás hay gente que podría decir que de acuerdo, es una barbaridad tener abiertas las escuelas tantas horas. No las abramos antes de las 10 de la mañana, es un disparate obligar a las criaturas y adolescentes a madrugar, a empezar el día con prisas. Luchemos para trabajar todos de 10:30 a 18:30 en vez de imponer nuestros horarios mañaneros infernales a nuestras criaturas.

No se plantean que no en todas las familias hay dos progenitores que puedan combinarse horarios escolares, vacaciones o renunciar a parte de los ingresos.

No se plantean que no en todas las familias hay abuelas disponibles para cuidar de las criaturas cuando se ponen enfermas o a la salida de la escuela, que no todos los trabajos ni todos los sueldos ni todos los presupuestos familiares aguantan reducciones de jornada, que no todas las familias se pueden permitir cuidadoras o extraescolares o campamentos para completar los tiempos de diferencia entre los horarios escolares y los laborales.

No se plantean que estas criaturas, en muchos casos, pasan las tardes solas, en casa o en la calle. Con suerte, al cuidado de hermanxs mayores.

Desde hace mucho tiempo tengo la sensación de que hay un malentendido con el concepto “Conciliación”. Por un lado, hay gente que la usa como sinónimo de no trabajar: “No hay que alargar el horario de las escuelas, lo que se necesita es conciliación”. Y con conciliación se refieren a mejorar o reducir los horarios laborales, a recibir ayudas públicas, a poderse quedar en casa para ocuparse de sus hijos e hijas. Pero conciliar no es dejar de trabajar: es hacer compatibles ambas cosas, el cuidado y el trabajo; y para esto se necesitan, sí, buenos horarios y ayudas, pero también servicios que se ocupen de las criaturas mientras trabajamos. Y qué mejor que las escuelas, un espacio seguro, con profesionales del cuidado de la infancia, que existen en todos los barrios y pueblos.

Otra gente, en cambio, dice que conciliar no es solo cuidar de los hijos (o de los padres); es poder tener vida fuera del trabajo. Y mira, no, que para algo se llama “conciliación de la vida laboral y familiar”. Tener horarios razonables y compatibles con la vida es muy importante, pero no tiene nada que ver con conciliar. Trabajar de 11 a 7 o de 3 a 10 de la noche, es tener un horario compacto que permite dedicar tiempo a otras cosas, pero no es compatible con las jornadas escolares, es decir: no es compatible con la crianza.

El enésimo debate sobre la conciliación vuelve sobre los lugares comunes de siempre. Y sobre los privilegios de siempre.

Hoy empieza todo

Con la incorporación de B. a sus clases del instituto, hoy hemos cerrado el círculo de la entrada en la rutina otoñal. Se levantan los dos pronto, se pelean por entrar primeros en la ducha, se hacen un café (¡café!, ¿dónde están mis bebés de cola cao?) y se marchan.

Ya no hay que acompañarles a la escuela, prepararles la mochila, escoger la ropa que se van a poner.

Detrás queda un verano extraño, estirado, de transición, de hacernos al piso nuevo, que durante semanas me pareció tan provisional que no me atreví a colgar ni una sola foto. Una casa pequeña, con habitaciones pequeñas, en la que estamos bastante amontonados – o encerrados en nuestros espacios pequeños – pero preciosa, con sus techos altos y sus persianas de madera, una casa luminosa y fresca, razonablemente fresca en este verano tan caluroso que nos tuvo varias semanas aplatanados en los que solo nos atrevíamos a movernos entre la ducha y el ventilador.

Un verano de visitas y novedades, noches en la playa, cenas con amigos, de recolocar muebles y descubrir las tiendas del barrio, de añorar lo de allí  y aprender a apreciar lo de aquí. De fiestas de barrio con sus correfocs y sus ferias y sus ríos de cerveza, de horchata y helados, de madrugones, trasnoches y siestas, de gestiones que parecen no terminar nunca y no resolverse nunca satisfactoriamente, de lecturas en la galería, de espantar mosquitos, de medir la ciudad con los pies.

Y la sensación, otra vez, de que ahora empieza todo.

Mi vida ahora

Mi vida es un caos de cajas a medio deshacer, muebles a medio montar y discusiones con operarios que nunca llegan a la hora que dicen ni hacen lo que han prometido.

Después de una semana, A. ya tiene la habitación montada; la de B. sigue siendo provisional pero va tomando forma. C y C nos han dado muebles y enseres que nos hacían falta, R. me ha pasado el teléfono de un manitas que cuando viene trabaja a full time.

El gato y las plantas parecen aclimatarse bien.

Horarios imposibles, gestiones pendientes, electrodomésticos que no arrancan, encuentros pospuestos, noches cortas y cálidas (y llenas de mosquitos), el dinero que escasea, los dos pisos que nos separan de la casa de mi madre, los de las mudanzas nos han perdido las bicicletas y esto también hay que reclamarlo, y las vacaciones, por fin, en el horizonte.

Agotada y desbordada pero en mi lugar en el mundo.

Después de 8 años, se ha acabado nuestra aventura vallecana. Volvemos a Barcelona convertidos otra vez en una familia de 3 (+ gato, que de momento se esconde por debajo de los muebles). Vivimos rodeados de cajas y muebles a medio montar, pero vamos colocando las cosas en su sitio, tanto las de fuera como las de dentro.

Casa nueva y etapa nueva.

De Vallecas nos llevamos 8 años de amigos, paseo, patio de la escuela, bicicletas, inviernos cada vez menos gélidos, veranos infernales y primaveras gloriosas aunque duraran 5 minutos; y el proyecto de lo que habría podido ser. Aquellos niños pequeños se han convertido en adolescentes que cada vez tienen más ganas de volar solos.

Me gusta volver a casa, oír catalán por la calle, volver a ir andando al trabajo, estar cerca del mar. Todo es familiar y mío.

Estoy contenta de haber vuelto y apenada de haberme ido. No sé por qué no se puede tener TODO.

Aborto y adopción

Es un tópico clásico relacionar aborto y adopción. Por ejemplo, entre las manifestaciones que estos días hemos visto en apoyo a la decisión del Tribunal Supremo de EEUU de suspender el derecho del aborto recogido en la Constitución desde 1973, ha circulado la de esta pareja sonriente que lleva un cartel que dice «Adoptaremos a tu bebé». Como si fuera tan fácil. Como si no saber en qué manos crecerá el bebé que no quieres tener (o imaginarle creciendo en el seno de una familia que te ha forzado a llevar a término un embarazo no deseado) no tuviera peso en la decisión.

A muchas personas adoptadas se les plantea a veces el tramposo – y cruel – dilema, si se manifiestan partidarias del aborto, ¿preferirías que te hubieran abortado? Si somos simples, parece que la respuesta a esta pregunta solo puede ser una; pero la realidad es siempre compleja, como muestra esta reflexión del blog Diary of a Not-So-Angry Asian Adoptee.

No se trata solo del derecho de las mujeres a elegir. La criatura que esa madre se verá forzada a traer al mundo importa también.

Con la anulación de la ley Roe vs Wade, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos no solo ha eliminado la posibilidad de las mujeres de escoger – también han deshumanizado todavía más a las personas adoptadas y nos han demostrado que las pérdidas y traumas que experimentamos no importan.

Puede que ellos vean los nacimientos forzosos de bebés como un regalo, pero la realidad es que el “regalo de vida” puede sentirse como una cárcel para algunas personas adoptadas que han pasado sus vidas enteras en este mundo con el conocimiento de que fueron criaturas no deseadas cuyas conexiones con sus familias, comunidades y culturas de origen han sido cortadas.

Su apoyo y condonación al abandono legalizado a través de las leyes “Refugio Seguro” es un claro mensaje a las personas adoptadas de que lo que nos ha sucedido es correcto – cuando muchos de nosotros nunca lo hemos sentido como correcto.

Al referirse a las criaturas que son obligadas a nacer como “suministro doméstico de bebés”, están promoviendo y apoyando la mercantilización de seres humanos. No solo promueven y apoyan estas prácticas – se aseguran de que el incremento del “suministro doméstico de bebés” ayude a alimentar la demanda de niños y niñas.

Esto nos transmite a las personas adoptadas el mensaje de que no importamos y lo que nos pasa no importa.

Ser pro-vida no significa nada si no te preocupas por las vidas de las personas que ya han nacido.

Una familia adoptiva no hace que el sentimiento de no haber sido deseado desaparezca mágicamente.

La adopción no borra mágicamente la realidad de haber sido abandonados y dejado en una caja o una estación de metro o un refugio seguro. El lugar donde sucede el abandono no hace que el abandono duela menos.

La adopción no lleva mágicamente el vacío de la pérdida de nuestras familias, comunidades y culturas de origen.

La adopción no reemplaza nuestras primeras familias.

La adopción no es una alternativa al aborto.

Que despistado y cruel hay que ser para creer realmente que una criatura puede perder a su primera madre y no recibir el impacto de esta pérdida para siempre. También debemos tener en cuenta y dejar espacio por el impacto a largo plazo de esta decisión en la primera madre de la criatura.

Hoy a las personas adoptadas nos han mostrado, sin ambigüedades, lo poco que nuestras vidas importan después de nuestro nacimiento y lo poco que se conoce y comprende de las pérdidas y traumas que hemos experimentado debido a la separación de la familia.

Las personas adoptadas hemos recibido el mensaje de que nuestras voces seguirán sin ser escuchadas y de que continuaremos sin tener ninguna opinión en las decisiones que se hacen por y sobre nosotras – decisiones que tendrán un impacto profundo y duradero sobre nuestras vidas.

Con el aumento inevitable de criaturas que la decisión del Tribunal Supremo traerá, más niños y niñas verán como sus identidades y sus historias médicas familiares son ocultadas y robadas.

Las personas adoptadas hemos recibido el mensaje de que nuestro derecho a nuestras identidades y las verdades sobre quién somos y de dónde venimos no importarán nunca cómo deberían.

Porque lo único que importa es que los bebés nacerán y las familias que quieren bebés recibirán el suministro que necesitan.

Otra realidad devastadora es que esto forzará también a algunas personas adoptadas a tomar la decisión desgarradora y aparentemente imposible de o bien convertirse en madres a la fuerza (sin que importe si están o no preparadas o tienen los medios para atender las necesidades básicas de una criaturas) o bien crear otra persona adoptada e infligirle a otra criatura el mismo duelo, pérdida, trauma para toda la vida y el sentimiento de no haber sido querido.

Las mujeres no son las únicas que han perdido derechos hoy.

Por favor, comprended que las personas adoptadas también han sido profundamente impactadas por esta decisión.

Graduación de B.

Ya he contado otras veces el primer encuentro con B., la espera en los sofás de la recepción del hotel, el viaje en minibús, verle por primera vez en persona en las rodillas de una de sus cuidadoras, cómo iba pasando de brazo en brazo de los chavales mayores.

Lo que creo que nunca he contado es cómo, cuando nos íbamos de la casa cuna, una docena de chicos mayores nos despidieron en la puerta coreando su nombre. No el de ninguno de sus otros compañeros, mayores, que llevaban más tiempo allí: todos gritaban el nombre de B.

Ese día descubrí el significado de la palabra carisma.

B. tenía carisma. Se acercaba a cualquier grupo de niños que jugaban al futbol y siempre le invitaban a entrar en el juego, nunca tenía que pedirlo; si había una pandilla y querías que hicieran algo, pedírselo a B. era la receta infalible: todo le seguían. Nos reconocían en el barrio porque habían coincidido con él en el parque, en la escuela. Se sentaba en el tren en el otro lado del pasillo (yo solía sentarme con A., más pequeño y apegado) y siempre acababa entablando conversación con el pasajero vecino. Cuando empezó a bajar solo a la calle, los amigos que se lo encontraban nos contaban siempre lo encantador que era, cómo saludaba, cómo ayudaba a quien necesitara algo.

Brillaba con luz propia.

Fotografía: Ethiopian kid, de Eric Lafforgue

Pasaron los años y B. creció, y con él crecieron también algunos problemas: las dificultades aprendizajes, los conflictos en la escuela, las peleas en la familia, los celos, las rivalidades, la adolescencia. No siempre supe enfocarme para encontrar las soluciones, a veces la presión del entorno no me ayudó a mantener la mirada enfocada. Y el carisma de B., su simpatía superlativa, su encanto, se me desdibujó un poco. Dejé de verla.

Ayer B. se graduó, después de 5 años en el mismo centro escolar. Cinco años que no siempre han sido fáciles, pero que le han ayudado a florecer, como brota el bambú.

Estaba deslumbrante cuando subió al escenario, con su traje y su camisa que fuimos a comprar el domingo. Me emocionó su sonrisa emocionada, el abrazo que le dieron sus profesoras, los compañeros que le habían guardado un sitio porque les avisó de que llegábamos tarde. Me emocionó cuando J., el profesor de los tres primeros cursos, se acercó a abrazarme y comentarme que quería intercambiar teléfono con él para mantener el contacto, él que siempre creyó en B., hasta cuando a mí me costaba. Me emocionó ir hablando con distintos profesores y profesoras del centro, que le han tratado estos años, y que solo tenían buenas palabras y los ojos brillantes. Me emocionó que se me acercaran los padres de uno de sus amigos para recordarme lo especial que es, el empuje que tiene, lo lejos que va a llegar.

Me emocionó volver a ser capaz de ver brillar la luz que a pesar de todo, nunca ha dejado apagar.

La activista

Este fin de semana celebramos, después de 2 años de parón por la pandemia, la Muestra de Arte de Kalle. Dos días de actuaciones, música, malabares, comida popular, encuentros con amigxs, alegría, trabajo solidario y voluntario, libertad para los adolescentes, barrio.

El domingo lo recogimos todo (póngale el hombro mijita, que el trabajo es medicina, deje ya las aspirinas que las cortinas son finas) e I. y yo fuimos a llevar las sillas que nos habían prestado una asociación vecinal que lleva muchos años trabajando en el barrio. Me quedé de guardia con las sillas y las mesas mientras I. iba a buscar las que faltaban y estuve un rato charlando con M., una de las mujeres que montó la asociación y sigue al frente de ella.

Mientras esperábamos nos dio tiempo a hablar de muchas cosas.

Sobre la Muestra de Arte y el trabajo colectivo y la lucha vecinal.

Sobre las cosas que han cambiado desde que el barrio estaba formado por chabolas y ellas, que era muy jóvenes, iban a buscar agua a la fuente para beber y lavarse, porque no había agua corriente en las casas; sobre lo difícil que lo tuvieron las mujeres de su generación no solo para intentar cambiar el entorno sino para construirse ellas mismas, a pesar de todos los mandatos de la familia, la Iglesia, la sociedad.

De cómo el mundo ha cambiado, mucho más de lo que creemos si no echamos la vista atrás, y de cómo está de lejos de lo que imaginamos que estaría, a pesar de la conciencia ecológica, el feminismo.

Del miedo que da la derecha y del suicidio colectivo al que parecemos abocados si no cambiamos el modo de vivir, como si tuviéramos planetas de reserva cuando terminemos con este.

Y de cómo no queda otra que seguir haciendo lo que podamos, cómo podamos, como si pudiéramos cambiar el mundo.

Un poquito al menos.

Desregulada

Cuenta M en su magnífico blog Se me secaron hasta las plantas un episodio que, después de mucho tiempo, la desregula: cuando uno de sus hijos, a pesar de lo hablado, decide llevarse otra vez la mejor ropa a la escuela rural en la que estudia. Discuten, se hace tarde, el chico no cambia de parecer, gritan, llegan a la escuela enfadados, se despiden enfadados. 

¿Quién no ha tenido un día así? ¿Quién no se ha enrocado en que hagan algo que te parece tan fundamental en ese momento que si no lo hacen – exactamente de la manera en la que quieres que lo hagan – se acabará el mundo? ¿Cuántas veces nos empecinamos en imponer y exigir el seguimiento de una serie de normas que no nos planteamos por qué son inamovibles? ¿Por qué insistimos en mantener el “no” en vez de plantearnos si decir que sí sería tan catastrófico? ¿Por qué nos cuesta tanto revisar las creencias familiares que nos han conformado?

¿Es tan importante que guarden la ropa buena para las ocasiones? Quizás para ellos las ocasiones son precisamente el tiempo escolar, cuando están con iguales… quizás simplemente quieren ponerse lo mejor que tienen… y esto tampoco es malo. Cuando mi abuelo murió tenía en el armario zapatos sin estrenar… mi tío dijo «nunca más dejaré unos zapatos sin estrenar» (e hizo bien porque murió bastante joven de un ataque al corazón). Cuando murió mi abuela tenían las toallas y las sábanas buenas sin estrenar también… no sé a qué esperaban (a que les visitara la reina, dice mi madre, que ha puesto en circulación todas las toallas bordadas y las sábanas de hilo de la familia). Las criaturas crecen y los zapatos y las chaquetas buenas se quedan nuevos y ya no les van bien… Por no hablar de lo que puede representar para un chaval que ha vivido siempre en casas ajenas, en centros de menores, la ropa usada, «vieja». Cuántas veces no ha tenido acceso a ropa nueva, cuántas veces le han hecho sentir que no la merecía.

Yo me he dado cuenta (¡después de 16 años!) que lo que más me desregula (aún, después de 16 años) es la prisa. Tener que llegar a un sitio a una hora y que no se pongan las pilas. Sé que tiene que ver con mis experiencias infantiles de llegar tarde a sitios a los que para mí era importante llegar puntual (como la escuela) ante la indiferencia de mis padres, que no entendían esa angustia… y he descubierto que tampoco es tan grave si un día llegan tarde y se pierden la primera clase.

Puedo con el desorden y con la suciedad, pero no con el ruido: sobre todo, los golpes repetidos y rítmicos (incluso aunque no sea a un volumen muy alto), que vivo siempre como preludio de una explosión inevitable.

Aunque las cosas que más me desregulan a mí son el juicio: que estén cerca mi madre o amigos que siento que juzgan mi manera de educar; y que ellos estén desregulados. Cuando eso sucede, mi caos y el suyo se alimentan mutuamente.

Graduaciones

Este curso que B. y tantos de sus amigxs llegan a los 18, han provocado que en las últimas semanas no pare de ver publicaciones de familias amigas con adolescentes que se gradúan: como en las películas americanas, ellas vestidas de largo y con recogidos de peluquería, ellos con traje. Todxs lanzadxs al futuro, con la Evau en el horizonte próximo y luego la universidad…

Me pregunto cómo ha pasado tan rápido y cómo hemos cambiado tanto: a los de mi generación ni se nos pasaba por la cabeza celebrar el final del Bachillerato (entonces COU), no hacíamos fiestas y menos aún nos disfrazábamos para la ocasión. Y nos habríamos muerto si a nuestros padres y madres se les hubiera ocurrido venir a hacer fotos.

Pero las fotos de las graduaciones me generan también una sensación agridulce porque B., que también se graduará y ya me ha pedido un traje, no irá a la universidad. Y me digo que no pasa nada, que no por todas las vidas pasa una carrera universitaria, que también tiene un futuro prometedor y será lo que quiera… me sé la teoría, pero no puedo evitar dolerme.

Y me jode, y también me jode que me joda.

Generación de Cristal

Se ha convertido en un lugar común hablar de la fragilidad de la juventud. Supongo que es algo que ha sucedido en todos los tiempos; ahora se habla con sorna y desprecio de madres helicóptero y criaturas de cristal a las que, como han allanado todos los obstáculos del camino, no saben enfrentarse a nada. Por ejemplo, mi madre a menudo critica las actitudes «infantiles» de mis hijos, como si fuera mejor casarse y asumir responsabilidades adultas antes de la mayoría de edad, como hizo (de forma algo regular) ella. Pero a mí me parece que este discurso es tan parecido al de los ofendiditos, a criticar por falta de cintura a los colectivos que siempre han estado oprimidos y se han visto ridiculizados por no seguir aceptando la burla sin respuesta.

Y que bien lo explica en este texto Alicia Murillo:

Cuando yo tenía la edad que mis hijxs tienen ahora, cogía citas con el médico sola (incluso especialistas), compraba sola las medicinas y, por supuesto, me las tomaba sola. Gestionaba sola la matrícula del instituto y el conservatorio, elegía las optativas por mi cuenta, me pagaba las clases particulares de canto de una profe que me había buscado yo con el dinero que ganaba como niñera. Una vez me presenté en el despacho del que más mandaba en Cáritas en Sevilla y le dije que me quería ir a donde me necesitarán. El hombre flipaba con mi resolución. Y así todo.

Más tarde, en mi edad adulta, durante años, me vi en situaciones límites siendo incapaz de comunicar que no podía afrontarlas sola.

Ahora que mis hijxs son adolescentes me doy cuenta de la barbaridad que viví. Pensar que mis peques puedan enfermar y yo no darme cuenta es, sencillamente, surrealista.

Hoy soy capaz de aceptar algo de ayuda si la necesito mucho, mucho pero no sin luchar con un sentimiento de culpa enorme.

Esta no es una generación de niños/as de cristal. Es una generación que, sencillamente, no está siendo abandonada.

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