familia monoparental y adopción

Cuando decidí adoptar a un niño de una raza distinta a la mía, sabía que parte de las dificultades que afrontaríamos tendría que ver con ello. Pero nunca imaginé que podrían ser tantas, ni tan complejas de afrontar. Han pasado los años, y cada día siento que tengo más cosas que aprender sobre las transracialidad, la identidad y el racismo. Cosas como las que cuenta un adoptado transracial en este artículo:

  1. La raza y la cultura importan. Mi raza y cultura de origen son parte integral de mi identidad y serán siempre parte de mí. Independientemente de cuánto sostenga la sociedad que es ciega al color, siempre se me caracterizará y etiquetará por el color de mi piel. Porque no me parezco a ti, es importante que me enseñes – a través de sus palabras y acciones – que ser distinto está bien.
  2. Como familia transracial, nuestras vidas cambiarán de maneras que nunca pudimos imaginar. Prepárate para que la percepción de nuestra familia cambie absolutamente… como lo hará nuestra visión del mundo.
  3. Honrar mi raza y cultura de origen no debería ser algo que tu familia hace en ocasiones especiales. Debería ser parte integral de nuestro día a día. Algunas maneras en las que puedes honrar mi raza y cultura a diario son colgar en nuestra casa fotos o piezas de arte que reflejan mi cultura y etnicidad, cocinar platos étnicos, incorporar palabras de mi idioma natal en nuestras conversaciones, y leer cuentos para dormir de mi cultura. Normalizar nuestros esfuerzos para honrar mi raza y cultura me hará sentir un poco menos distinto y me ayudará a estar orgulloso de quién soy.
  4. Prepárate para la posibilidad de que tus relaciones con amigos, familiares y otras personas cambien drásticamente debido a prejuicios que tú (¡ni ellos!), jamás imaginaste que tuvieran. Quizás necesitarás examinar quién son las personas que hay en tu vida y si mantenerlos en tu entorno puede ser beneficioso o ir en detrimento para tu familia.
  5. Yo no debería ser el puente hacia mis comunidades de origen – es tu responsabilidad ser el puente para mí. Como padre adoptivo transracial, es imperativo que me proveas de oportunidades para aprender y alimentar mis conexiones con mis comunidades de origen.
  6. Nadie espera que seas el perfecto padre adoptivo transracial, y no puedes de ninguna manera hacerlo solo. Realmente hace falta una tribu para criar a un niño que ha sido adoptado transracialmente. Es importante aceptar las cosas que no sabes sobre mi raza y cultura de origen. Más que ver este desconocimiento como un defecto o fracaso, intenta verlo como una oportunidad para aprender conmigo. Usa cada oportunidad posible para involucrar a toda nuestra familia cuando aprendáis de mi raza y cultura de origen. Haciéndolo, crearéis un lazo más fuerte conmigo y me ayudaréis a sentirme una parte importante de nuestra familia.
  7. Debes saber que habrá veces en las que deberás salir de tu zona de confort para proveerme de las oportunidades que necesito para aprender sobre mi raza y cultura. Pasar tiempo en lugares donde TÚ eres la minoría debería ser una parte integral de ser un padre adoptivo transracial. Interactuar y crear relaciones con gente se ME parece, pero que no se parece ni actúa como TÚ, es imprescindible. Recuerda que mi viaje me lleva fuera de mi zona de confort a diario. Necesito que desees ponerte en mis zapatos y afrontar esas tormentas conmigo.
  8. Si no vivimos en un área diversa, y nos lo podemos permitir, podrías considerar mudarnos a un área que es más diversa étnica y culturalmente, o a una área que refleje mi identidad cultural y racial. Si no es posible que nos mudemos, o si tenemos lazos significativos (trabajo, familia, etc), con la comunidad en la que residimos – podría ser necesario conducir una hora o dos (¡o más!), para ofrecerme la oportunidad de interactuar y aprender de personas que se me parecen. Es imperativo que hagas todos los esfuerzos posibles para proporcionarme estas experiencias.
  9. Aunque en niveles absolutamente distintos, el privilegio existe en cada comunidad racial y cultural. La adopción transracial puede ser única en el sentido de que puede proporcionar a personas con distintos niveles de privilegio en sus comunidades raciales y culturales la oportunidad de ver ocasionalmente el mundo a través de los ojos de alguien con experiencias raciales y culturales muy distintas a las propias. Como resultado de este privilegio, un cierto nivel de racismo y prejuicio existe en todas las comunidades. Es importante mantener en la cabeza que tu nivel de privilegio cambia dentro de tu comunidad racial y cultural cuando no estás conmigo. Yo, sin embargo, no tengo este lujo, ya que tu comunidad siempre me verá como alguien diferente y mi nivel de privilegio dentro de esta comunidad será siempre diferente al tuyo.
  10. Aunque sea lo políticamente correcto, no vivimos en un mundo cielo al color – vivimos en un mundo consciente del color. Mientras que la mayoría de personas aceptan las diferentes razas, hay gente que ve el mundo de otra manera y tienen creencias muy ignorantes y cerradas cuando se refiere a la raza. Es inevitable que yo experimente racismo en algún punto de mi vida, y es importante que sepa cómo manejar estas situaciones. Externalizando el racismo, me enseñas que el racismo no trata sobre mí – trata sobre la ignorancia de otros que no comprenden.
  11. Recuerda que estoy aprendiendo de ti a contar mi historia. Estoy aprendiendo de ti como lidiar con el racismo y el prejuicio. Mientras que debes hacer todo lo posible para protegerme de situaciones potencialmente racistas, también es importante que respondas a las preguntas sobre mi raza – si sientes que es seguro hacerlo. Estas situaciones pueden convertirse en oportunidades para que los otros ayuden a instilar en mí un gran sentido del orgullo racial y cultural.
  12. Debes saber que mi identidad cultural y/o racial puede cambiar en algún punto de mi vida. Puede haber ocasiones en las que rechace la identidad racial en cuyo desarrollo estás trabajando duramente. Es importante que allanes el terreno para mí, pero también que me permitas explorar y desarrollar mi identidad racial de mi propia manera. Hay tantas cosas que están fuera de mi control en lo que se refiere a la adopción. Algo que lo está – y se me debería permitir considerarme su único dueño – es mi identidad racial.
  13. La mayor parte de escrutinio que experimentaré vendrá probablemente de miembros de mi propia comunidad racial y cultural. Ser rechazado por miembros de mi comunidad racial y cultural es una de las formas de rechazo más dolorosos que uno pude llegar a experimentar. Es muy probable que me digan que no soy lo “suficientemente negro” o lo “suficientemente asiático”, en algún momento de mi vida. No debería tener que demostrar mi pertenencia o sentir que soy menos que otros miembros de mi comunidad racial y cultural. Hay muchas pérdidas en adopción, pero la pérdida de la identidad racial y cultural es una que debería ser evitada a cualquier coste.
  14. Es importante ser muy cuidadoso para no perderse uno mismo en el proceso de honrar mi raza y cultura. Mientras igual no puedes enseñarme sobre mi cultura, sí deberías hacerlo sobre la tuya. Como un chico multicultural, tendré mucho más que ofrecer al mundo.
  15. La parentalidad transracial no es fácil. Habrá luchas y habrá triunfos. Haz lo mejor que puedas con los recursos a los que tienes acceso, y nunca pierdas de vista el objetivo de criarme con orgullo racial y cultural. Cada esfuerzo que haces para honrar mi identidad racial y cultural marcará una diferencia en mi vida, y ¡te sorprenderá cuánto vas a aprender sobre ti mismo y sobre los demás en el camino!

¿Madre o adoptante?

Estos días he asistido a una discusión, liderada por un grupo de adoptados adultos, sobre si a los padres (y madres) adoptivos se les tiene que llamar padres (y madres) o adoptantes. Me recuerda a la clásica discusión en reproducción asistida sobre “¿padre o donante?”, e igual de compleja de resolver.

¿Es lo mismo un padre – una madre-  que un adoptante? Pues en muchas cosas sí: la responsabilidad hacia la criatura que tiene a su cargo es la misma, el vínculo debería serlo… pero claro, también hay diferencias, y las más obvia es la de la biología, además de que el tiempo compartido no es nunca el mismo (en el caso de un adoptado, ha pasado con nosotros como mínimo 9 meses menos que si fuera nuestro hijo biológico).

Muchos padres y madres por adopción  se ofenden cuando leen que hay adoptados que no les otorgan el título de padres. Para ellos, el de adoptante sería un cargo menor, algo equiparable a un cuidador, menos intenso y legítimo. Un título de segunda.

Pero, ¿es así? ¿O en realidad cuando descartamos el término adoptante de alguna forma estamos asumiendo que la adopción es menos que la maternidad biológica?

Yo me llamo madre, quizás porque no tengo otra palabra. Pero mis hijos tienen otras madres, que estaban antes que yo, y que sin duda son y se sienten sus madres. La madre de mi hijo mayor siente que yo estoy criando a SU hijo… y no deja de tener razón, aunque esta crianza lo convierta también en mi hijo.

Yo me llamo madre porque no tengo otra palabra. Porque es la que se usa, la que se entiende, la que mejor se ajusta a cómo me siento y al papel que siento que hago. Pero también sé que si nuestra sociedad usara palabras distintas para ambas situaciones, el vínculo no sería menor.

Como dijo M., madre, o adoptante, de dos adolescentes:

¿Qué soy? La madre adoptiva de mis hijas. ¿Qué me siento y de qué ejerzo? de madre de mis hijas. ¿Cómo me sienten ellas? Me sienten como su mamá, en el futuro ya veremos.

¿Cómo son las madres biológicas? Es una pregunta que nos hemos hecho muchas veces, pero, ¿somos capaces de verlas más allá de la imagen que se conforma a partir de los discursos que imperan en la adopción? ¿Eran distintas hace 50 años que ahora? ¿Y la adopción, era un proceso distinto? Este texto, escrito por una mujer que es madre  adoptiva e hija de una mujer que dio a su primer hijo en adopción, contiene reflexiones muy clarificadoras al respecto.

 

Ella quería el sexo.

Era 1959. Mi madre trabajaba para una empresa aeronáutica en San Diego, California. Sería más fácil pintar el lío que tenía con un compañero como acoso laboral. Quizás lo era. Ella era una mujer. Él era un hombre. Esto era suficiente para crear una diferencia de poder en 1959 – cuando las secretarias tenían que conocer su lugar – qué podían y qué no podían decir, a quién podían y a quién no podían rechazar. Ella era también varios años más joven, soltera, virgen. Aunque le dijo lo contrario, él estaba casado y con hijos. En casi todos los sentidos imaginables, él tenía todo el poder en su relación. Según mi madre, sin embargo, “el único poder que tenía sobre mí es que era sexy como el demonio.  Y yo estaba ojo avizor”.

Aunque no se animaba particularmente a las mujeres a que disfrutaran del sexo en 1959, mi madre fue consciente de hacerlo. Fue el gran igualador. Representaba poder – algo que podía controlar en una industria y un país dominados por hombres. Era algo que su padre no le podía quitar, un secreto que su madre no necesitaba conocer, un pecado que su iglesia no condonaba. Y lo disfrutó.

Ella también quiso al bebé concebido de ese lío, aunque no pudo admitirlo en ese momento.

Cuando se trata de mujeres embarazadas en circunstancias que la población general no perdonaba, la coerción se ha considerado siempre el elemento necesario – la píldora que debía tragar cualquier mujer que se atreviera a no estar casada, económicamente segura, libre de enfermedad mental, y privilegiada.

Que mi madre, una mujer soltera que se había echado un amante, renunciara a su hijo, no era negociable. Era un mandato de su padre, calculado por su iglesia, aplaudido por la misma cultura que simultáneamente la condenaba.

En 1959, por desgracia no tan diferente a lo que sucede ahora, las mujeres cuyos hijos eran entregados en adopción, por elección o por fuerza, eran vistas a la vez como víctimas de sus circunstancias y como perpetradoras de un pecado que había que reparar. En ambos casos, cuando la mujer embarazada firmaba en la línea de puntos, la que decía que otra persona criaría a su hijo, se convertían en un acto sacrificial, al elegir lo mejor para el bebé. Para mi madre y mujeres como ella, que están ahora en los últimos capítulos de su vida, la gente anhela una narrativa que fuerce la adopción como la única solución posible.

Yo lo hice durante años. Cuando junté las piezas para formar la historia de mi madre, inserté tragedia donde no existía. Asumí que ella no habría querido el sexo, que la debían haber forzado. Quería una versión de la historia que explicara por qué ella iba a abandonar un hijo.

Mi madre no fue una víctima en lo que se refiere al sexo, sin embargo. Nadie la obligó. Y tampoco fue una santa en lo que se refiere a la adopción. Ella no deseaba hacer lo que creía mejor para su hijo.

Era una mujer que fue castigada por disfrutar del sexo. Por estar soltera. Por ser católica en 1959. Si era una víctima de algo en lo que al sexo se refiere, era del sistema que ignoraba los deseos de las mujeres. Era de una iglesia y una sociedad que pintaban a las mujeres y el sexo como fuerzas diametralmente opuestas, dos lados de una moneda que nunca podían encontrarse cara a cara. Y si fue una santa en la adopción, fue por no apelar al corazón de los médicos y administradores de la casa para madres solteras, las personas que le arrebataron a su hijo. Ella no les persiguió ni les pidió retribución. No pidió que su hijo le fuera devuelto a cualquier coste.

La historia de mi madre no se cuenta lo bastante a menudo.  Al esconder las historias de madres como la mía, y de todas las madres que no crían a los hijos que parieron, transformamos sus historias en sumisión. Manteniéndolas ocultas, controlamos cómo se cuentan sus historias y cómo son interpretadas.

Abrumadoramente pues, los padres adoptivos como yo misma, decidimos cómo deben ser percibidas las madres que dieron a luz a nuestros hijos. Tendemos a filtrar sus motivos a través de lentes que favorecen las narrativas de los padres adoptivos, a pesar de lo elegante que puedan ser nuestras interpretaciones:

“No tenía recursos para criar otro hijo” (es pobre)

“Está luchando contra el abuso de drogas y necesita tiempo para recuperarse” (Es una drogadicta)

“El bebé fue concebido a través de la tragedia y ella no pudo soportar el trauma de criar a un hijo bajo estas circunstancias” (fue violada)

“No planificó el embarazo y sintió que no era el momento de ser madre” (tuvo sexo fuera del matrimonio).

Aunque estas historias pueden contener algo de verdad, imponen el rol de delincuente a los padres de nacimiento (aunque más a menudo en la madre), y el rol de salvadores en los padres adoptivos. Fijaos que la norma no verbaliza cambios en la narrativa que darían cuenta de los desequilibrios de poder:

Yo tenía bastante dinero para adoptar y decidí hacerlo en vez de ayudarla económicamente o dar apoyo a organizaciones que trabajan para mantener juntas a familias que lo necesitan.

Se volvió adicta a la droga y yo no. Por esto, ella no debería criar un niño y yo no quiero ayudarla a recuperarse o dar apoyo a organizaciones que le ofrecerían un respiro a su hijo mientras ella se recupera.

Fue violada y esto la ha dañado para siempre. En vez de apoyarla a ella o a organizaciones que podrían darle apoyo para criar a un niño después del trauma, me ocuparé de criar al niño.

Ella fue irresponsable. Ninguno de mis errores jamás me llevó al embarazo, así que yo debería ser quién criara a su hijo.

Cuando escribo esto, reconozco que me pongo en la línea de fuego. Adopté a dos de mis hijos en situación de pobreza. Escogí la opción de adoptar en un país con una grave situación económica porque vislumbré que esto crearía una situación en la que todos ganábamos: niños para mi marido y para mí (que queríamos adoptar desde antes de casarnos pero que también, en  ese momento, partíamos de la asunción errónea de que nunca concebiríamos hijos biológicos), alivio para la familia de origen de mis hijos y una vida mejor para ellos. Me avergüenza decir que no gasté suficiente energía ni tiempo en analizar los efectos de mis elecciones en cada miembro de la constelación adoptiva – especialmente en la familia de mis hijos.

Los padres adoptivos debemos saber que en muchos (si no la mayoría) de los casos, existen otras opciones para nuestros hijos y sus familias – como apoyo económico, adopción intrafamiliar, acogida temporal, cambios legislativos. Estábamos allí para adoptar, sin embargo – no para ayudar a  una familia en problemas. Para la mayoría de nosotros, podríamos no habernos cruzado jamás con las familias que nos dieron nuestros hijos si no nos hubiera hecho coincidir la adopción.

No solemos tomarnos el tiempo para considerar cómo nuestro acceso aleatorio a los privilegios nos da a los padres adoptivos poder que utilizamos para controlar la relación con las madres de nuestros hijos. El sucio pequeño secreto de que, en realidad, a la mayor parte de las mujeres les gusta el sexo. Muchas lo practican fuera del matrimonio. Muchas tienen amantes. Muchas beben, y fuman, y toman drogas, y son lo bastante afortunadas para no encontrarse entre las que desarrollan una adicción debilitante. Muchas crían hijos en la precariedad económica o trabajando para sofocar los efectos de una enfermedad mental. Pero solo esas que carecen de poder se enfrentan a la potencial condena y coerción, pérdida y abandono.

La semana pasada, mi madre fue diagnosticada con cáncer. 5 días más tarde, al examinar los años que quedaban atrás y considerar los meses que tenía por delante, recibió una nota manuscrita que explicaba que la criatura que le arrebataron 5 décadas antes, como muchos niños entregados en adopción, se había suicidado. Ahora, mientras purga los venenos que nunca supo que iban creciendo en su interior, tiene que trabajar para cerrar un capítulo que nunca quiso abrir.

Angry Adoptees

¿Habéis oído hablar de los “angry adoptees”? son los adoptantes enfadados, podéis encontrar multitud de textos suyos en la blogosfera, están enfadados por lo que la adopción ha representado y ha hecho en sus vidas, por haber perdido la conexión con su primera familia y su genética, por la falta de conexión, por el borrado de su identidad, por los conflictos emociones que todo esto provoca… Son las voces que muchas veces los padres adoptivos no queremos escuchar. Porque no nos dan palmaditas en la espalda, porque no nos dicen que lo estamos haciendo bien, porque no nos tranquilizan.

Estoy en un par de grupos de adopción en la que los adoptados adultos (estén o no enfadados) tienen voz, y la levantan… y a muchos padres y madres adoptantes no les gusta nada. Algunos se marchan dando un portazo, otros son más sutiles.

Así lo explicaba M., una madre muy sensata que no tiene miedo de oír cosas que no le gusten:

Hay un sector dentro de la comunidad adoptiva que necesita creer firmemente que sin su intervención esas criaturas que son adoptadas hubieran terminado en el infierno. ¿Y sabes algo? El siguiente de la lista se hubiera hecho cargo de ellas. Así de cruel es la adopción. El rollo ese del hilo rojo y el destino que nos conecta es una patraña que nos creemos para sentirnos mejor. Estabas hecha para mí y yo para ti. Sentí mariposas en el corazón y payasadas varias. Estar buscando constantemente la letra pequeña de quien engendra para darles títulos de padre o madre es la técnica que utiliza ese mismo sector adoptante del que hablaba antes para legitimizar su intervención. Vamos…. Esa que pare y no da amor, ni cuida, blablabla….. Todo palabrería para justificarse constantemente. Y luego nos escandalizamos porque alguien cuenta SU experiencia que es suya y de nadie más. Hay gente que hasta se da de baja o se lo toma personal. Atónita sigo con eso. El miedo que hay entre nuestra comunidad es que esa voz y esas mismas palabras salgan de la boca de cualquiera de nuestros churumbeles. Todas y todos queremos creer que lo hacemos y estamos haciendo muy bien y que eso no nos va a pasar. Como si aquí alguien tuviera la varita mágica y estuviéramos a salvo de algo así. Preguntamos….¿ Qué hizo tu familia bien? Y en cuanto nos dan la respuesta que queremos oír…. Hala a darle al me gusta y agradecer el comentario. Pero ay… Como nos den la que no queremos oír!. Nada ahí salimos en pelotón y les recomendamos que vayan a terapia, que eran otros tiempos, les reñimos por el tono que utilizan, blablablabla….. En fin…. Mi más absoluta admiración a esta gente que se desnuda emocionalmente enfrente de este foro con la pérdida de anonimato que eso conlleva, sin recibir nada a cambio.

A mí también me está pareciendo interesantísimo el debate, las opiniones de los adoptantes ya me las conozco, pero esto es aire fresco, puntos de vista distintos, nada cómodos, pero, ¿cuándo la comodidad nos hizo aprender? Y por cierto, también me parece muy interesante, refrescante y nuevo (y los puntos de vista son muy distintos) que muchos de los debatientes, tanto adoptados como adoptantes, son hombres. Otra rareza.

En más de una ocasión he oído a alguna madre adoptiva decir que había elegido China como país de origen de sus hijos (casi siempre hijas) porque no era posible conseguir información sobre la familia biológica. Siempre me ha chocado esta actitud. No consigo comprender por qué alguien quiere que sus hijos vivan perpetuamente en la duda.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, he empezado a leer historias de búsquedas exitosas en China. Muchas veces, las familias biológicas han dejado pistas, a veces las supuestas familias de acogida en las que han vivido las criaturas son sus propias familias extensas, o alguien cercano… o lo es la persona que supuestamente les encontró. Este es el caso de la autora de este relato, que expone la paradoja que ha supuesto para ella y su hermano que la política del hijo único y el sexismo ancestral de China la convirtieran en la hermana que fue dada en adopción:

¿Entonces, a qué hora llega tu vuelo a Sea-Tac?” Para mí, parecía una cuestión básica. Pero tenía confuso a mi hermano, Wu Chao, que me escribía sms desde China. A los 19 años, nunca había estado en un vuelo internacional antes. No se le había ocurrido preguntar por la hora de llegada, la línea aérea o el número de vuelo. Todo lo que sabía era cuándo se suponía que saldría su vuelo de Shangai. Yo tenía que averiguar el resto por mi cuenta.

Finalmente, conseguí que me mandara la confirmación de su billete. Estaba escrita en mandarín, y superaba mi capacidad de comprensión elemental del idioma, así que acudí al traductor de Google, poniendo puntos en lugares extraños, como debes hacerlo, para intentar reconocer las palabras chinas. Aha!, fui capaz de descifrar “Delta”. Envié un correo al servicio de atención al cliente, adjunté la nota de confirmación, juré que no estaba intentando conseguir información confidencial – solo intentaba que mi hermano no cruzara la aduana y se encontrara solo. Finalmente, recibí la respuesta: se suponía que llegaría al Aeropuerto de Seattle el 21 de diciembre a las 7:42 de la mañana.

A veces es extraño pensar que, entre nosotros, Wu Chao se supone que es el hijo privilegiado –el chico preferido por la sociedad china, el hijo que mi familia conservó mientras yo permanecía oculta y finalmente era entregada en adopción.

Soy una de las más de 100.000 criaturas chinas adoptadas por familias occidentales desde principios de los 90. La mayoría de nosotras somos chicas, subproductos de la política del hijo único de China,  que ha agravado el sesgo de género cultural. Pocas de nosotras sabemos algo de las familias que dejamos atrás – o, en muchos casos, que nos dejaron.

Cuando tenía 9 años, recibí una carta de mis padres de nacimiento. Desde entonces, he hecho dos viajes a China para conocerles y buscar respuestas a las preguntas que nos acongojan a todos los adoptados. ¿Qué sucedió? ¿Por qué no me quisieron? Y si me quisieron, ¿por qué estoy aquí? ¿Cómo habría sido mi vida si me hubiera quedado?

La historia que me contaron es la que imagino que cualquier adoptado desea oír: Mis padres nunca quisieron abandonarme. De hecho, querían quedarse conmigo desesperadamente. Aún así, he aprendido a no sentir nostalgia por lo que podría haber sido. La política del hijo único llevó a mi familia, y a muchas familias chinas, un dolor inmenso. Pero al forzar a mis padres a renunciar a mí, también abrieron para mí oportunidades increíbles – oportunidades tan irresistibles que mi hermano, el niño que mis padres se quedaron, se ha mudado desde China el último año para conseguir la educación y otras ventajas que se pueden conseguir en América.

Para muchos adoptados, sobretodo en el caso de adopciones internacionales, la búsqueda de los padres biológicos es frustrante y fútil. Es bastante asombroso que consiguiera encontrar a los míos. Estuvo a punto de no suceder.

En el año 2000, cuando tenía 7, regresé a China con mis padres americanos para conocer a mi nueva hermana, Rebecca, la tercera hija que adoptaban. Durante el viaje, visitamos el orfanato en Quzhou donde me habían adoptado, y dimos al personal suministros médicos y dinero recolectado por otras familias adoptivas. Nuestra donación provocó una efusión de buena voluntad. Cuando mis padres americanos presionaron para conseguir información sobre mis orígenes, recibimos una invitación. ¿Nos gustaría conocer mi “familia de acogida”?

Condujimos cerca de una hora y media por carreteras descarnadas hasta llegar a un pueblo pequeño en el fondo de las montañas. Allí nos presentaron a Madam Fan, una mujer con pelo muy corto, que llevaba una blusa marinera y unos pantalones que recordaban un traje maoísta. Primero dijo que me había encontrado en una estación de tren. Después revisó su historia: una familia en un pueblo vecino le había pedido que se ocupara de mí. No sabíamos qué creer cuando, después de volver a los Estados Unidos, nos escribió para decirnos que, en realidad, era la hija de su hija – y nos pidió 10.000 dólares.

De alguna manera – poco clara para mí – mis padres de nacimiento en Quzhou oyeron que Madam Fan había estado escribiéndose con una familia americana. Mis padres de nacimiento me contarían más tarde que cuando fueron a su pueblo y le preguntaron, fue evasiva. Pero su hijo les pasó un sobre con una dirección americana.

Dos años después de ese viaje a China, una carta con la ciudad equivocada pero el código postal correcto apareció en mi casa, en los suburbios de Seattle. Su tono – sincero y compasivo – era convincente como no lo eran las cartas de Madam Fan. La pareja que aseguraba ser mis padres de nacimiento no pedía nada. Al contrario, agradecían a mis padres americanos por ocuparse de mí y ofrecían apoyo financiero y de otro tipo. Incluían fotos de bebé que confirmaban que eran de verdad.

Tenía 12 años cuando me encontré con ellos por primera vez – o al menos, por primera vez que yo recordara. En el aeropuerto, mi madre de nacimiento se aferró a mí, llorando como si no fuera a volver a soltarme. Estaba a la vez excitada y nerviosa de verles, pero la reunión me desbordó. Sin hablar chino, no entendí mucho de lo que pasaba a mi alrededor.

Regresé a los 18, y me quedé 6 semanas. En esta ocasión, al ser algo mayor y haber aprendido algo de mandarín básico, empecé a ser capaz de juntar las piezas de mi historia. Algunos de los detalles siguen nebulosos, y quizás nunca sabré exactamente qué sucedió. He descubierto que los chinos se sienten más cómodos que los americanos con la ambigüedad.

Cuando nací – el 26 de abril, el 30 de abril o el 5 de mayo de 1993, depende de  a quien le preguntes – fui una decepción para mi familia. Me llamaron Mengting, que combina las palabras “sueño” y “pausa”. La madre de mi padre presionó a mis padres para que no pidieran un certificado de nacimiento. “Aquí, en una zona rural como la nuestra, una familia no puede pasar sin un chico”, explicó. Era habitual que las familias abandonaran a las chicas hasta que conseguían un chico.

Mis padres dicen que resistieron las presiones. Mi madre me dijo: “Rogué a la familia de tu padre que nos quedáramos contigo. Pero tu abuela dijo que no. Yo dije: “Está bien tener una hija”. Pero tu abuela no cedió”.

Mi abuela paterna tenia mucho poder en la familia. Así que mis padres accedieron a buscar un chico, y mientras me mantuvieron oculta de las autoridades.

Los primeros años de mi vida, fui ilegal e invisible – me sacaban de casa en un cesto de verduras, me obligaban a quedarme callada en el piso de arriba, siempre en la oscuridad. Una vez que atravesé el patio corriendo, mi abuela materna me abofeteó. Todo el mundo estaba petrificado de que me pudieran descubrir.

“Era terrorífico tener hijos por encima de la cuota”, dice mi padre. “Si el gobierno lo descubría, tenías grandes problemas. Vendrían a tu casa, se llevarían todo tu grano y te harían todo lo que pudieran. Y a veces, destruían tu casa”.

Mi madre recuerda. “Incluso una casa nueva, subirían al techo, lo abrirían y arrasarían la casa entera. Teníamos que movernos y escondernos. Era muy doloroso para nosotros. Sabíamos que no era una solución a largo plazo”.

No sé cómo entraron en contacto con Madam Fan. Mis padres son vagos sobre el asunto en sus relatos. Pero me dijeron que algún tiempo después de que naciera Wu Chao, llegaron a un acuerdo con ella. Ella me criaría. Su hermano, que no se había casado, me adoptaría. Y mis padres mandarían dinero a los Fan mientras mantendrían una relación secreta conmigo.

Uno de los pocos recuerdos del tiempo que pasé con Madam Fan es pasar tanta hambre que comía huesos de pollo del suelo sucio. No estuve allí mucho tiempo, sin embargo. Después de sólo 100 días, los oficiales de control de nacimientos se incautaron de mí  – Madam Fan sostiene que alguien en el pueblo les sopló el dato – y me llevaron a un orfanato.

Mi padre dice que intentó recuperarme pero fue ahuyentado. Mi madre le recriminó que no lo intentara con más empeño. En este punto, la historia sigue, mi madre estaba tan angustiada que se apuñaló en el estómago y terminó en Urgencias, y finalmente acabó divorciándose.

Me entristeció conocer la política del hijo único introducida en 1979 y que sólo se ha relajado el último año. Y cuando descubrí la preferencia por los chicos, me molestó la idea de ser una víctima del sexismo descarado. Pero al hablar con mi familia de nacimiento, comencé a ver cómo, desde una perspectiva china, tiene una cierta lógica. En China hay mucha tierra de cultivo y la supervivencia de muchas familias depende del éxito de sus granjas, esto hace que los chicos sean valiosos por su utilidad en cuanto a la labor física. Los chicos son también un seguro para el cuidado de los padres mayores, ya que las chicas pasan a formar parte de la familia del marido, y se ven obligadas a cuidar de sus suegros antes que de sus padres. Y los chicos están en mejor posición para llevar el honor familiar, ya que son los únicos que pueden pasar su apellido a la generación siguiente. Claro que estas tradiciones están enraizadas en el sexismo. Pero no es tan simple como preferir a los chicos sobre las chicas.

Supongo que podemos decir que he hecho las paces con la idea. Me he reconciliado incluso con la madre de mi padre. Me asustaba conocerla. Pero también tenía curiosidad sobre la persona que tuvo una influencia tan impresionante sobre la trayectoria de mi vida. Por esto, durante mi estancia, mi padre y yo fuimos a su pueblo. “Has vuelto a casa”, exclamó, llevándome a una casita de estuco desmoronado. Bromeó sobre que era más pequeña la última vez que me vio. Luego insistió en preparar una mesa entera de comida para mí, para dar la bienvenida a la nieta a la que nunca quiso.

Más que sentirme rechazada, me sentí extremadamente afortunada cuando me di cuenta de cómo era de dura la vida de mi familia en China – y cómo habría sido para mí si me hubiera quedado.

Mi lugar natal, Quzhou, fue en una ocasión el hogar de Confucio. Hay un templo famoso y un lago pintoresco. Pero también es una ciudad sucia con hoyos en las calles.

Aunque mis padres son considerados de clase media, se limitan a ir tirando. Mi padre perdió casi todo su dinero hace unos años cuando invirtió en un negocio de refrescos que fracasó. Ahora se levanta a las 2 de la madrugada para repartir lácteos a puestos de desayuno y tiendas. Conduce un tipo de furgoneta en la que, según dicen los chinos, todo suena menos la bocina. Vive en una casa sin terminar; la suciedad recubre los suelos, los cables serpentean entre las grietas de las paredes.

Mi madre vive en un apartamento relativamente bonito. Pero cuando me quedé en su casa, acababa de recibir quimioterapia por un cáncer cervical, y según entendí, China no ofrece seguridad social a las personas que no pueden trabajar. Ella tuvo que confiar en el apoyo de su novio.

Y también esta Wu Chao. El divorcio de nuestros padres parece haber sido muy duro para él. Cuando le vi en China, estaba aislado, casi siempre mirando al suelo. No parecía que saliera ni que invitara  a amigos. No le iba bien en el colegio. Su madre le culpaba por su adicción a los videojuegos. Pero no le ponía las cosas fáciles. Casi cada día que pasé con ellos, le gritaba por algo. Una vez le abofeteó y él huyó hacia la oscuridad. Reconoció que le decía cosas como “Si no me haces caso, quiero que vuelva tu hermana. Preferiría haberme quedado con ella y no contigo”.

Dice que sabe que le hiere, pero la hace sentir mejor – y menos culpable por lo que me pasó a mí.

Las lágrimas caen por mi cara y los mocos cuelgan de mi nariz en el video que mi padre americano grabó en el hotel después de recogerme del orfanato. Yo tenía casi 5 años. Parezco aterrorizada. Y tuve una rabieta. Mordí a la gente y escupí al suelo, lo que hizo que mis padres adoptivos se preguntaran si habían cometido un error. También tenía pesadillas horribles: en mis sueños, las personas a quien quería morían.

Pero con el apoyo de  mi nueva familia – Bill y Wendy Mudd, sus 5 hijos adultos, las tres niñas adoptadas en China y otras dos adoptadas en Vietnam – me establecí en mi vida americana. Mis padres no son ricos, pero  viven bien. Mi padre trabajaba en la oficina de bomberos y mi madre era cosmetóloga en Macy’s antes de que pusieran en marcha un negocio para vender juguetes y coleccionables en eBay. Vivimos en una casa de 6 dormitorios en SeaTac, un suburbio de Seattle a 5 minutos del  aeropuerto. Hay una piscina y columpio en el patio.

Un doctor predijo que yo no conseguiría salir adelante en el colegio. Pero después de ser diagnosticada y tratada de TDAH, desafié las expectativas.  A los 18, me gradué en el instituto y pude  empezar en la Universidad de Washington, donde me gradué en 2 años. Después de la Universidad, he trabajado como ayudante de investigación en el departamento de Psiquiatría y ciencias del Comportamiento, y esta semana empiezo un máster de dos años.

Soy la persona más educada en mis dos familias. He trabajado duro para que se sientan orgullosos de mí.

El vuelo de mi hermano llegó a la hora, y yo estaba allí esperándole. Llevaba una bolsa de mano y dos maletas – una llena de regalos para mi familia americana, junto con un panda de peluches y ropa para mí.

Mis padres americanos se han ofrecido a alojar a Wu Chao si alguna vez quiere hacer un intercambio de estudios. No consiguió las notas suficientes para entrar en una universidad de nivel en China, y mi familia de nacimiento pidió si aún era una posibilidad que se alojara con nosotros. La idea es que un grado de una escuela americana, y, más importante, la oportunidad de aprender inglés, ayudaría a sus perspectivas laborales cuando regresara a China. Este otoño empezará un curso de contabilidad en el colegio comunitario. Mis padres chinos pagan su matrícula. Mis padres americanos cubren el resto.

Wu Chao no sabía mucho de los Estados Unidos antes de llegar. “¿Tienen arroz en América”, quiso saber. Me miró como si estuviera loca cuando le dije que muchos americanos se duchan cada día.

Vivir en  la misma casa nos ha permitido conocernos mejor. Cuando hablamos de lo que me sucedió, él se queda callado, con una mirada lejana, y me dice que se siente en parte culpable. Yo intento tranquilizarle sobre que no le guardo ningún rencor. Reconozco que me siento culpable de no haber estado con él durante el divorcio de nuestros padres y las batallas que llegaron después. Hemos hecho un pacto de apoyarnos el uno al otro de ahora en adelante. “Cuando tenga éxito en mi trabajo y gane mucho dinero, seguro que volveré a visitarte”, dice.

La sociedad china quizás solo tuvo espacio para uno de nosotros. Pero nuestras vidas estarán siempre interconectadas.

“Si estás escribiendo un verso sublime y tienes que dejarlo para atender a un niño que llora, cuando vuelves, el verso es todavía mejor”. Manuel Rivas.

Estos días en los que andamos discutiendo sobre el atrevimiento de Carolina Bescansa de llevarse al Congreso (su trabajo) su bebé de 5 meses, he leído y oído a muchas personas diciendo que el Congreso (el trabajo) no es lugar para llevar un bebé, que hay que escoger entre criar o trabajar, o al menos, marcar una clara línea de separación entre una cosa y otra. Es decir: mientras trabajamos, nuestros hijos están en otro lugar, con otras personas, y mientras criamos, nos olvidamos de nuestro trabajo.

Pero, ¿tiene que ser esto necesariamente así, en todos los casos?

Me gustó mucho esto que escribía Noelia Adánez:

Ayer alguien me advirtió que si cuidas a un bebé y trabajas al mismo tiempo no harás bien ninguna de las dos cosas. En mi experiencia y en la de tantas otras mujeres el problema está en definir cuándo estás trabajando y cuándo estás cuidando de tus hijos. ¿Cuántas veces me senté a escribir al ordenador o a preparar clases con mi hijo colgado del pecho? ¿Cuántas veces ahora me siento frente al ordenador o a un libro mientras él divide por números de dos cifras? ¿Y cuántas veces las cigarreras de finales del siglo XIX limpiaron sus manos en el mandil, a contrapelo, para poder ponerle un dedo en la boca al bebé que lloraba en el cajón y silenciar su ansia, su hambre?

Y pensaba que muchas veces la frontera entre la crianza (la vida) y el trabajo es muy difusa, al menos en un trabajo como el mío. Uno consulta el correo personal en el ordenador del trabajo y recibe mensajes de trabajo cuando ya ha llegado a casa; desde el teléfono del trabajo he resuelto asuntos domésticos (por aquello de los horarios), pero he terminado en casa lecturas y textos. He compartido con mis hijos películas que he tenido que ver por trabajo y he utilizado para el trabajo reflexiones que me han hecho mis hijos.

Por no hablar de lo difícil que es compartimentar el cerebro: he seguido dando vueltas a temas de trabajo en mi tiempo “libre” y, por descontado, las necesidades y problemas de mis hijos no se me van nunca de la cabeza, por intenso que sea el ritmo laboral.

Y todo nos enriquece. Que trabajemos, mi trabajo, lo que me aporta mi trabajo, ser una mujer trabajadora, me enriquece como madre (como pareja, como amiga, como persona); criar a mis hijos (y ver a mis amigos y leer lo que me da la gana, y viajar, y querer), enriquece mi trabajo. Todo se alimenta.

Beatriz Gimeno lo explicaba muy bien en este artículo:

Los diputados y diputadas de Podemos parecían marcianos en una reunión de la trilateral. No nos parecemos en nada a los tradicionales, y no es sólo una cuestión de adscripción política, es también una cuestión de experiencia vital que se refleja en el aspecto exterior pero también en la relación que establecemos con la vida, con nuestra vida cotidiana. Y no es una pose, ni es un show.

Y es ahí donde creo que hay que situar la cuestión del Bebé de Carolina Bescansa. La gente que entra en el Congreso (y que ha entrado antes en otras instituciones) viene del activismo social, de posiciones que se podrían considerar antisistema, que es una posición no sólo política, sino también vital. Esta gente no viene, como es lo tradicional en los cargos públicos, de hacer méritos durante años en un partido político, ni de un bufete de abogados, ni siquiera de las facultades de derecho privadas o de una empresa. Viene, venimos, directamente de las manifestaciones, del desempleo, de los trabajos más precarios y de un tiempo político distinto. Esto hace que esa distinción radical, tan propia del capitalismo liberal, entre esfera pública y privada, no la vivamos de manera tan estricta.

Y esto es un tema propiamente feminista. Para ellos y ellas, para nosotras, el ideal de ciudadanía que se sustenta sobre la separación radical entre la esfera pública (lugar de la ciudadanía, del trabajo remunerado y del debate político; el Mundo del Estado, que dice Habermas) y la esfera privada (la crianza, el cuidado de ancianos y enfermos, el Mundo de la Vida, según el filósofo alemán), es una separación que, en gran parte, ya no opera. Carolina Bescansa no llevó a su bebé al Congreso como un gesto de nada, sino como una manera de estar ella misma en la vida. Mucho antes de ser diputada ella iba con su anterior bebé a todas partes y después con este pequeño de ahora se ha hecho toda la campaña; quienes la hemos visto lo sabemos. Simplemente, ella escogió en su momento ese método de crianza y no lo ha cambiado aunque la hayan elegido diputada. Ella ha escogido no compartimentar radicalmente su vida.

Debido a que un bebé en el Congreso es algo profundamente incongruente con esa radical separación entre las esferas pública y privada, todos los medios se cebaron en ello, pero sin bebé por medio, la actitud de Bescansa era la misma de los otros diputados y diputadas. La gente que entró con Bescansa llegó en bicicleta, en metro, con sus rastas, con sus melenas, con los mismos vaqueros que llevaban el día anterior para ir a hacer la compra; llegaron con sus maletas de gente normal con vidas normales que no han aprendido a dejar en el guardarropa (y esperemos que no aprendan). La esfera pública, para estas mujeres y hombres jóvenes, no ha sido nunca un compartimento estanco en el que se ejerce la ciudadanía, se gana el salario, se trabaja. Nuestras vidas van con nosotras, y eso es feminista aunque, naturalmente, tiene sus sombras. El bebé de Bescansa puede enmarcarse en una manera diferente de posicionarse en la política y en la vida que no es únicamente propia de Bescansa o de las madres, o de las mujeres. Es la propia de esta generación salida del 15M.

Y Soledad Alcaide en este:

Que haya guarderías no nos obliga a dejar allí a los niños, si elegimos criar en el apego. Que tengamos hijos no nos obliga a ocuparnos de ellos las 24 horas, si tenemos ambición profesional. Lo deseable es que las mujeres (y los hombres) puedan elegir. Entre ser madres gallina o malasmadres. También el camino intermedio, el que ha tomado Bescansa. Y, en nombre de las que querríamos haber tenido todo y no pudimos, le doy las gracias a la diputada de Podemos por hacer lo que le sale del escaño.

 

Carolina Bescansa con su hija y Rita Bosaho esta mañana en el Congreso.

Del Congreso de los Diputados nos llega una de las imágenes más refrescantes de los últimos tiempos: mujeres, muchas mujeres, en el Hemiciclo…

…una de ellas, la primera diputada negra…

…y otra, una diputada que reivindica la conciliación, la maternidad, la crianza.

Carolina Bescansa, tras finalizar la sesión, ha reconocido que estar con su bebé es “un privilegio”, pero cree que es un modo de “visibilizar a la gente que cuida de los demás”. “Es hora de visibilizar en las instituciones lo que hay en la calle, es hora de que esta Cámara se parezca más a nuestro país”.La parlamentaria ha reivindicado su derecho y el de otras mujeres a “a criar a nuestros hijos con apego”. “Todo el mundo tiene el derecho a criar a sus hijos como quiere y como puede”, ha asegurado. “Insisto que me siento muy privilegiada por no haberme separado de mi hijo desde que nació”.

No sé si se podrá llevar durante mucho tiempo, no es fácil llevarse a los hijos a una jornada laboral, si es el sitio más adecuado para ellos o si permite trabajar al 100%… 

…pero la conciliación incluye trabajo y familia, si no, no es conciliación. En todas las épocas y tiempos las mujeres han trabajado con sus bebés a cuestas… con bebés a cuestas han arado los campos, trabajado en fábricas (no dejen de ver “Sufragistas”,  a este respecto), han puesto tiendas, han cosido o lavado para otros… y por supuesto, aunque sin cobrar, con bebés a cuestas han hecho los trabajos domésticos. 

Y además, es un plus la reivindicación de los espacios públicos, de muchos de ellos, para los niños; que no tengan que estar relegados únicamente a espacios “reservados” para ellos, como guarderías o parques… que dejen de estar mal vistos en restaurantes, aviones, … que puedan colonizar el espacio público.

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