familia monoparental y adopción

Olor a verano

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El olor a limpio de las sábanas blancas lavadas con lejía colgadas a secar en el jardín.

El alquitrán pegado a las aletas de la nariz mientras tiras papel de water desde la barandilla del barco y te despides de tu ciudad y los que quedan en ella.

La goma de las gafas de bucear y las aletas nuevas.

El olor a polvo y peladillas de los libros viejos que redescubres tras un año fuera.

Los melocotones dulces y dorados.

La higuera en la que anidaron los sueños de nuestra infancia. Ese aroma dulce y espeso de fruta madura, y el zumbar de las avispas.

La intensidad de los pinos a lado y lado de la carretera mientras te vas acercando a la playa.

El tomillo sobreviviendo en caminos polvorientos mientras las cigarras te ensordecen.

La cocacola chisporroteando en un vaso con hielo y limón.

Las berenjenas dorándose en la sartén para la tortilla de la cena.

Los tomates, la albahaca, el aceite de oliva.

La paella de R., con el socarrat justo.

El aftersun secándose en la piel después de la ducha al regreso de la playa.

El aire impregnado de sal cuando paseas al atardecer y escuchas los sonidos de las cocinas donde se está preparando la cena.

Los jazmines que se abren por la noche y perfuman el camino de regreso a casa después del cine, mientras la música suena de fondo.

Línea de la vida

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A., 9 años. Le ponen como tarea un trabajo sobre “la línea de la vida” (su vida, año a año). Como “deferencia” por su historia, le permiten empezarla donde él quiera. Decide empezarla al nacimiento.

 Pasan los días y no ha entregado el trabajo. Finalmente, tras algún tira y afloja, lo termina y lo entrega.

“¿Sabes? A los chicos adoptados no nos apetece nada hacer este tipo de trabajos”.

El poder de las palabras

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Hace unos días alguien colgó este vídeo en un grupo de adopción que sigo.

En él se ve a una madre que desposita a su hijo, un bebé, en un rincón de un párking en algún lugar de China, y luego se va.

Le abandona.

Es sobrecogedor. Lo ves y lo primero que te viene a la cabeza es ¿cómo puede haber hecho algo así? ¿No ve que es peligroso? ¿No tiene sentimientos?

Pero…

También podemos ver otra cosa.  Una madre que arropa al niño, que lo acomoda encima de la manta… que tal vez lo deja en un garaje para protegerlo de las inclemencias del tiempo. Que puede estar muerta de miedo, considerar que no tiene otra opción, pensar que es lo mejor para el niño. ¿Cómo saberlo? ¿Cómo juzgar sin conocer las circunstancias de la madre?

Si no quería ponerlo a salvo, ¿por qué tomarse la molestia de entrar en el párking, buscar un rincón, dejarle bien colocado sobre una manta?

¿Os habéis fijado en el poder de las palabras? Donde unos pueden ver una madre que se preocupó en abrigar a su hijo, otros verán que la manta estaba sucia… nos parece terrible (y lo es, que duda cabe) abandonar en la calle a un bebé, pero en determinados lugares y circunstancias puede ser una forma de protegerle, aunque nos parezca increíble… y en función de lo capaces que seamos de abrir la mente y ver las cosas desde uno u otro lado, les transmitiremos a nuestros hijos…

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Tengo una amiga que es madre monoparental, adoptó sola aunque en el proceso conoció a un chico con el que se emparejó (ennovió, enrolló, como queráis llamarlo) y convivían los tres, aunque ella nunca se planteó que él se convirtiera en el padre de su hija. Cuando tuvo que renovar el carnet de monoparental, le dijeron que no, porque el chico estaba empadronado en la misma casa. Y ella estaba indignada, porque sí, el chico era su pareja, pero NO el padre de su hija. Si nada le liga oficialmente a su hija (ni la ha adoptado, ni la ha reconocido), ¿por qué le convierten en padre? Si nada les liga a ellos oficialmente – ni matrimonio, ni registro de parejas de hecho – ¿la convivencia le convierte en pareja? ¿Y si fuera un compañero de piso? ¿Le habrían cuestionado el carné de monoparental si hubiera sido una chica la que conviviera con ella? ¿Y qué pasa si convives con hermanos o padres?

Imaginad una persona que se separa y que luego tiene una nueva pareja, que convive con esta persona, que incluso se casan… ¿verdad que esto no le convierte en padre o madre de sus hijos… porque ya tienen un padre o una madre? ¿Por qué entonces sí se considera que se pierde  la condición de familia monoparental al empezar a tener pareja? Sus hijos siguen siendo suyos, y si su nueva pareja no les reconoce o adopta, no tiene ningún deber de cuidado y manutención sobre ellos, ni heredarán sus bienes, ni les quedará pensión de orfandad si fallece, no puede pedirse una reducción de jornada en el trabajo para ocuparse de ellos, no puede tomar decisiones médicas, incluso le pueden poner pegas en el colegio si va a recogerles… Pero a pesar de ello, esta familia pierde la posibilidad de cualquier ayuda o apoyo ligado a su condición de familia monoparental.

Creo que la definición de monoparental es muy ambigua, habla a menudo de cónyuge ausente, de separación, convivencia o ingresos,… cuando es tan sencillo como considerar monoparentales las familias en las que hay solo un padre / madre. Si la separación no nos convierte en monoparentales, ¿por qué el emparejamiento si nos hace dejar de serlo?

 

 

 

Si no quieres hijos, no los tengas, pero si los tienes hay que educarlos. Eso de querer ser padres pero resistirse a que cambien tu vida me sorprende, porque es imposible y porque cambiar está bien. Esta obsesión por lo práctico… No tener hijos es muy práctico. Tener hijos no es práctico, es apasionante, maravilloso, divertido, aventura fantástica.

Esto lo dijo Carles Capdevila, periodista, padre de 4 hijos, y según quienes le conocían, buena persona, y autor de esta desternillante – y atinada – ponencia sobre lo que es educar hijos.

Hoy ha muerto, con 51 años, de cáncer. Que sus enseñanzas ayuden a los que deja atrás a sobrellevarlo.

Lo vivido / lo contado

Los que leéis habitualmente sabéis que soy fan entregada de Tarike. De vez en cuando comparto sus historias (solo algunas, porque tampoco estaría bien compartirlas todas). Y a esta no me he podido resistir… Una historia de A. y B. que no tienen nada que ver con mi B. y mi A…. y aún así…

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La historia de hoy comienza con dos gemelos, que llamaremos A. y B. Iguales en todo, menos en su sangre: uno seropositivo y el otro no. A la muerte de sus padres, el gemelo A. (seropositivo) fue ingresado en el centro residencial para huérfanos seropositivos donde trabajaba la Doctora. Su gemelo, B., negativo, después de un año junto a A., fue dado en adopción a una familia europea. Tenían cuatro años.

Los años pasaron y, cuando los niños tenían como ocho años, la familia europea y B. vinieron a ver a A. Pasaron dos semanas en el centro. Los hermanos jugaban cada día juntos. Aparentemente, todo iba bien.

Y llegó el final de las vacaciones. El mismo día que B. se fue, A. destrozó una habitación entera. Como digo, tenía ocho años. Lo que pareció un episodio de “escape” debido a la tensión emocional, se fue repitiendo cada vez con más frecuencia.

Por su parte, su gemelo europeo, empezó también a mostrar problemas de conducta, comenzando a rechazar a su familia adoptiva.

A lo largo de los siguientes años, el gemelo A. fue rulando de centro en centro. Unas veces se escapaba y otras veces lo expulsaban por problemas que iban desde los robos hasta los abusos (sexuales también), pero no sólo a otros menores de los distintos centros.

B., en Europa, fue distanciándose más y más de su familia adoptiva, que intentó recrear un vínculo entre los hermanos a través de una persona que trabajaba en uno de los centros donde estaba A. No era fácil, porque B. había olvidado el amárico y no podía hablar directamente con su hermano, por lo que, tras algunos tentativos, dejaron de hablar.

De centro en centro y tiro porque me toca, A. dejó de tomar los antirretrovirales y pasó a vivir en la calle cuando tenía quince años. La familia adoptiva de B. se lo dijo, y este desapareció de su casa durante siete días.

A. falleció en el patio de un hospital de Addis Abeba cuando tenía dieciséis años. Llevaba tres días tirado. El día de su funeral, la familia de B. llamó para decir que el día anterior B. había vuelto a desaparecer de casa. Que, cuando lo encontraran, habían decidido tirar la toalla y dar su tutela a los servicios sociales. No sabían que A. había fallecido. No sé si llegaron a decírselo.

Tampoco sé si, cuando descubrieron que su hijo tenía un gemelo, no quisieron adoptarlo o no pudieron (hay países que no permiten o no permitían la adopción de niños seropositivos). B. fue dado en adopción en un período en el que todos pensaban que lo mejor era encontrar familias para los niños huérfanos, aunque fuera a costa de separar hermanos. Sólo una vez conocí a A.: él también pasó un período en uno de los centros donde estuvo mi Nena. Me pareció un chaval normal y corriente. Seguí sus andanzas a través de amigos míos que intentaron salvarlo una y mil veces, empezando por la Doctora, cuya consulta destrozó cuando sólo tenía ocho años.

Hay muchas cosas que no sé en esta historia. Pero hay días en que no puedo sacármela de la cabeza. Supongo que será porque plantea preguntas bastante terribles y porque la muerte es siempre la peor de las respuestas. Porque está llena de incógnitas: a lo mejor si nunca hubieran vuelto a encontrarse, ¿las cosas habrían sido diferentes? ¿Es más fácil vivir no sabiendo dónde está tu hermano o sabiendo que está mucho mejor/peor que tú sin ningún motivo aparente y sin que puedas hacer nada para remediarlo? Supongo que, si es un hermano menor, que has cuidado, te alegras de que esté bien (si está bien). Pero…. ¿qué pasa cuando es exactamente igual que tú?

Las respuestas sólo las tienen A. y B. Por desgracia, uno de ellos ya no puede hablar. Ni siquiera con el otro. De verdad, que hay días en que no hago más que pensar en ellos.

Pocos días después de leer esta historia, me llegó esta otra en forma de comentario. Igualmente devastadora:

Mi hija tiene ahora 15 años, la adoptamos a los dos meses, cuando recibió el alta en el hospital, durante esos dos meses, médicos y enfermeras se desvivieron por salvar su vida. Estuvo en coma 17 días, su madre biológica, durante el parto intento matarla, causándole gravísimas heridas. Yo no sabía que iba a ser nuestra hija, así que no pude visitarla en el hospital durante ese tiempo. Cuando llegó a nuestra casa, su mirada era muy triste y sus ojos no tenían vida, poquito a poco se fue convirtiendo en una niña maravillosa, contenta y siempre dispuesta a agradar a los demás y también con problemas en el control de impulsos. A los 10 años empezó con crisis de epilepsia y a partir de ese momento, sus problemas de control de impulsos han ido creciendo. Lleva dos años con tratamiento psicológico, un año con antidepresivo, un intento de suicidio, tiene un vacío enorme, su único deseo es morir. Se está autolesionando con el cutter, y vomita,el instituto va mal y el conservatorio tan mal, nos miente, y ha cometido algún acto delictivo. Siempre supo que era adoptada, pero nosotros no le dijimos exactamente qué fue lo que su madre intento hacerle, pues los técnicos de atención al niño no sabían decirnos si era conveniente decírselo o no por la gravedad. En una revisión médica, cuando tenía 12 años, ella cogió su informe y lo leyó y así se enteró. Estamos luchando por ella, pero hay días que la situación es muy complicada, tengo que registrarle diariamente para quitarle las cuchillas con las que se corta. esta siendo tratada de manera intensiva por psiquiatras, psicóloga, orientadora del instituto. Estamos volcados con ella. No queremos perderla. Ella dice que tiene miedo, y que no sabe lo que le pasa. No paramos de darle amor pero está cerrada en banda.

¿Qué tienen en común estas dos historias, además de la dureza del principio y del final? El hecho de que la situación empeora al conocer su historia. ¿Pesa más lo vivido o lo contado?

Buscando información sobre otra cosa, encontré esta entrada, en el texto atribuyen el magnífico blog Rarezas de la adopción (que me he alegrado de ver que vuelve a estar en marcha), aunque en realidad es del no menos magnífico Cuaderno de Retazos. Copio un fragmento que me sigue haciendo darle vueltas a la cosa de la adopción y el lenguaje

No hay texto alternativo automático disponible.

El niño adoptado no es un niño emigrante. El niño emigrante,  cuando llega al nuevo país con su familia, aprende la lengua del país (proceso aditivo). Este  niño  sigue utilizando su lengua materna en su hogar y el nuevo idioma lo adquiere de una forma gradual y  sólida. Y les sirve de idioma funcional para comunicarse y también para el  aprendizaje.El niño adoptado sufre un proceso diferente. Su mundo desaparece  y es sustituido por un nuevo universo (nuevo tipo de alimentación, rutinas, formas de relación, sobrecarga emocional y de estímulos…)  donde, entre otras muchas cosas,  su idioma no le sirve…  ni le entienden…  ni  entiende. En ningún momento se puede considerar a estos niños bilingües. El niño adoptado se ve obligado a olvidar muy rápido su lengua original (de forma brusca y total, modelo privativo). Comprenden y aprenden muy deprisa  la nueva lengua  de sus padres (necesitan de  uno a tres meses ). ¡Increíble! Pero ¡qué pasa en el interior de nuestros niños!. Según parece se produce una especie de barrido psicológico en el que olvidan su lengua materna, proceso  inconsciente que  es necesario para que el niño pueda adaptarse a una nueva realidad. Entre olvidar un lengua y aprender otra hay  una etapa intermedia de privación de  competencias cognoscitivas  en las dos lenguas (Lambert 1977). Es decir, se quedan sin idioma en el que pensar y aprender, en el que recoger sus emociones y el enorme cambio que están viviendo. Viven en una especie de limbo lingüístico y educativo. Recordemos que nuestra lengua materna es el idioma que usamos para pensar, soñar y sentir las emociones y que su aprendizaje se inicia en el seno materno. Adquieren la nueva… pero tan solo les sirve para una comunicación instrumental. No la llegan a adquirir y consolidar de forma que les sirva de lengua de aprendizaje. Esto provoca en ellos graves desajustes, porque el lenguaje es imprescindible para las construcciones mentales y procesamiento de nuevos conocimientos. El resultado es que tienen una buena competencia verbal pero muchos déficits para aprender y adquirir conocimientos en la nueva lengua. Dicho de otro modo  sus dificultades para aprender son grandes y además, acumulativas. Se da casos de niños que al principio se van desenvolviendo bien, pero a medida que van creciendo y se complican los contenidos académicos que les dan, su rendimiento va cada a vez a peor. Incluso retroceden y olvidan cosas que parecía que habían aprendido.

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