familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Ayer, primer día de la ghettificación del barrio, tuve que salir por trabajo a una sala de cine del centro de la ciudad, zona no confinada. No tenía nada claro si me encontraría algún operativo que me impidiera salir del barrio: imaginaba muros de alambre con concertinas y militares armados, pero no los había, claro.

Todo transcurrió con normalidad, pero cualquier imprevisto – un vigilante parado en el andén, una parada demasiado larga – me ponían en alerta, como si en cualquier momento pudieran pararme, detenerme, multarme.

Llegué al centro y anduve el último tramo, bajé por una amplia avenida llena de esas casas majestuosas de ladrillo rojo y balcones altos que siempre me hacen pensar en el Nueva York que retratan los cómics de Will Eisner; aunque la gente que vive en esas páginas de cómic se me parece más a la de mi barrio de ropa tendida sobre la calle y vecinas que se conocen unas a otras.

La sala de cine estaba abarrotada. Nos indicaron que nos sentáramos dejando un asiento entre persona y persona: no fue fácil, encontré el único asiento que se ajustaba a la norma en un rincón de la última fila. Aún entraron algunas personas más y los que estaban sentados, tuvieron que moverse.

“¿No podían haber convocado este pase en una sala más grande? ¿Os parece normal que nos juntemos tanta gente en esta sala tan pequeña y de techo bajo?”, dijo el crítico que estaba sentado a mi izquierda, y el resto de presentes empezaron a darle la razón. Me imaginé un motín de críticos de cine, pero la chica de prensa dijo que “el aforo era el permitido y la sala tenía aire que circulaba”, apagó las luces y empezó la película.

La película era la última de Woody Allen. Tiene todos los elementos de sus clásicos: el psicoanálisis, los líos amorosos, el hombre feo y mayor que se enrolla – o casa – con mujeres hermosas y más jóvenes, aunque no tan jóvenes como en otras de sus películas; intelectuales, postureo, el homenaje al cine clásico, la angustia vital, la obsesión por hacer una obra maestra, la parálisis.

Volví por la misma ruta y fueron llegando las criaturas a comer, en sus distintas horas; todas ellas van a centros escolares fuera de nuestra zona ghettificada, pero solo a B. le han hecho un salvoconducto para atravesar la ciudad.

Por la tarde, decidimos acompañar a A. al futbol, que empezó la semana pasada, después de un par de cursos reclamándolo. Entrenan al aire libre (y con mascarillas), en una cancha que está a 5 minutos de casa… pero por unos pocos metros al otro lado de la valla invisible que nos separa de los que no sufren restricciones. Cuando llegamos nos dijeron que los niños que viven al otro lado pueden entrenar… los nuestros no.

Nos volvimos a casa hirviendo de indignación. ¿Por qué nuestros hijos no pueden jugar al futbol mientras los otros niños sí pueden hacerlo? ¿Por qué mis criaturas no pueden ir al parque, ir al cine, moverse libremente, mientras otras criaturas sí pueden? ¿Qué han hecho ellos para que les castiguen, para que les discriminen? ¿Pueden restringir un derecho fundamental como la libre circulación sin establecer antes un Estado de excepción, sin un mandato judicial?

Nos sentamos en una terraza del paseo, una de las pocas cosas que todavía podemos hacer, al menos hasta el toque de queda: a las 9:30, nos contaban los del bar, tendrían que empezar a desalojar a la clientela. Mientras tomábamos el café escuchábamos la indignación, el cabreo de nuestros convecinos, que contrasta con la relativización que leo y escucho en alguna gente a la que mi barrio, lo que sucede en mi barrio, le queda lejos.

Otra vez, el silencio de la gente buena.

Luego confinaron a mis vecinxs. Pero como yo vivía en una urba con piscina, no me importó

 

Tenía planificado este cumpleaños desde hace semanas, quizás meses. Irían al cine, con S. y M., sus mejores amigos, tal vez también O.; y después a cenar a una hamburguesería, solos, que para eso son ya mayores. Después volverían a casa (les traeríamos, sin duda), y se quedarían a dormir. Si a S. no le apetecía dormir fuera de casa (a veces le cuesta), se iría a la suya, pero volvería pronto por la mañana. Dormirían en el salón, en el sofá cama abierto, ya tenían asignados los sitios también. Por la mañana, desayunarían churros con chocolate, y luego jugarían toda la mañana, y comerían juntos: raviolis. Y para las velas, tarta de tres chocolates de la que hace N.

Pero entonces M. se puso enfermo y al final le hicieron la PCR y ahora estamos esperando que le den los resultados y descarten el Covid; o lo confirmen, aunque si tarda muchos días más, ya tampoco merecerá la pena que los que estuvieron con él hace dos semanas se pongan en cuarentena.

Decidimos aplazar el cumple, aunque S. vino ayer a merendar y trajo el regalo, por si acaso no nos podemos a ver en una temporada, porque se han cambiado de barrio y a partir del lunes no podrán cruzar la frontera de nuestro Ghetto, y vaya usted a saber, y hoy ha venido O. a comer.

Ha habido churros, y chocolate, y raviolis, y esta tarde habrá tarta de tres chocolates, porque a pesar de todo la vida sigue y no hay que saltarse ninguna celebración: quién sabe cuándo será la próxima.

Estaba feliz porque al fin, como todas las criaturas de esta casa, al llegar al instituto le ha caído un teléfono móvil. Enseguida se ha puesto a descargar y configurar cosas, y a responder los Whatsapp de felicitación que le iban llegando. Pero también se le ha iluminado la cara cuando ha visto el tigre de peluche que iba en el otro paquete, porque aún tiene un pie en la infancia. Afortunadamente.

Hemos arrancado el día de su cumpleaños bajando a la Junta Municipal del barrio para manifestarnos, y nos ha parecido muy simbólico, porque si algo lo define es su sensibilidad a las injusticias, su espíritu revolucionario, su capacidad para convertirse en defensor de causas perdidas.

Leo en Facebook que es muy distópico esto de encerrar a los pobres en sus barrios; otra amiga me dice que le recuerda a la serie “Years and Years”, la que vimos antes de que empezara todo esto y que hablaba no de nuestro futuro sino, como siempre hace la Ciencia Ficción, de nuestro presente.

Ayer me dijo, un día antes de cumplir los 13 años, que por qué nos castigan, que qué hemos hecho.

Perder las elecciones, hijo. Y antes de esto, perder la Guerra.

Quería escribir sobre su cumpleaños, sobre cómo ha crecido, cómo ha cambiado. Sobre el niño que aún hay en el adolescente que es y sobre las promesas de futuro que encierra. Sobre su día. Quería centrarme en él como cuando era un bebé y estábamos solos en esa burbuja.

Pero la vida.

P. empezó ayer el último curso en la escuela. Fue solo y volvió solo también, con sus llaves de chico mayor, nos contó impresionado que lo habían organizado “muy bien”, con señalizaciones por todos lados de hacia dónde hay que ir y qué distancias hay que mantener. Que se sientan en grupo, pero con las mesas individuales enfrentadas, pero no pegadas, para trabajar juntos pero no revueltos. Que le ha tocado con O., O., C., J., algunos de sus mejores amigos.

Estaba contento, feliz de recuperar cierta normalidad.

A. ha ido hoy por primera vez al instituto. Le he acompañado hasta la esquina, “alto ahí, ya sigo solo”, luego ha vuelto a llamarme: la calle estaba llena de madre acompañando a su descendencia en este primer contacto con esa etapa de mayores. Les han dado el horario, instrucciones, un listado de material, pero hasta el lunes no empiezan en serio.

Que ganas tengo de que termine esta etapa de provisionalidad, que empecemos a entrar en las rutinas.

Pongo la rueda de prensa de Isabel Díaz Ayuso, que hace malabares para explicar que quieren decretar el Estado de Alarma sin decretar ningún Estado de Alarma. Que la culpa de todo la tiene el Gobierno por no obligarles a hacer lo que ellos no querían hacer para poderles echar la culpa y decir que estamos en una dictadura; y los ciudadanos de los barrios del sur, los pobres, especialmente los inmigrantes, por vivir hacinados y tener trabajos que no se pueden hacer a través de un ordenador.

Si es que se nos puede llamar ciudadanos, porque ha hablado de “ciudadanos” y “contagiados” como si fueran términos contradictorios.

A partir del lunes, no podremos salir del barrio. Podremos circular dentro de nuestro ghetto, pero mejor si lo hacemos poco. No nos podemos encontrar con nadie: el máximo de gente en reuniones sociales son 6 personas, y ya llegamos a este número con la familia nuclear. Nos poden toque de queda a las 10 de la noche y, de facto, nuestras criaturas vuelven a estar confinadas.

Al otro lado de los cristales llueve como si no hubiera un mañana.

La primera celebración fue a los dos meses de llegar, cumplía 2 años. Hicimos una fiesta muy reducida: con los tíos y unos amigos de toda la vida, madre-padre-hija, con los que la relación es casi (o sin el casi) familiar. Fue en un parque, merienda y tarta, y le regalé algo que siempre cogía de las otras criaturas cuando íbamos al parque: un carrito de bebé de juguete – me costo encontrar uno que no fuera rosa, que no tuviera volantes-, con una muñeca de trapo. Cogió su otro muñeco, un osito blanco, al que nunca había hecho el menor caso, lo puso en el carro y empezó a tratar a los dos muñecos hermanos por igual.

Al año siguiente, la celebración creció: invitamos a varios amigos del parque, del cole. También fue en un parque, cerca de casa, y aquella primera gran celebración se convirtió en el inicio de una tradición. Con muchísima gente (empezamos a invitar a toda la clase y no pocos años se sumaron otros cumpleañeros a hacer una celebración conjunta), sin regalos más que los de la familia (aprendí que tenía que poner en la invitación para que la gente no insistiera en traer nada), con montones de patatas y sándwiches y zumos y con una tarta que siempre tenía mucho éxito, de donettes y lacasitos.

Los mejores regalos eran siempre los de mi hermana: la bicicleta, el patinete, otra bicicleta de mayor.

Han pasado muchos años desde aquellas celebraciones en un parque que habíamos escogido porque era un espacio cerrado entre edificios y si te quedabas en el extremo, ninguna criatura podía salir del recinto. Esas celebraciones que nos reunían a tantos, que solían acabar en una comida en el restaurante etíope con los mas allegados y que marcaban el inicio del otoño.

Hoy cumple 16. Ya ha acabado la escolarización obligatoria. Ya es imputable penalmente. Ya se afeita. Ya es más alto que yo.

Ha cambiado tanto aquel niño diminuto, con su risa contagiosa y sus llantos interminables, aquel peso leve en mis brazos o en mis hombros, capaz de llegar al fin del mundo en su bicicleta sin pedales, que no pensaba en otra cosa que en el futbol. Ahora es casi un hombre, de espaldas anchas, con sus gustos en muchas cosas alejados de los míos, que escucha lo que me parece música del demonio, disfruta con las películas de acción y del oeste, y también con las de pandilleros redimidos, con afición por la pesca, la pintura y la cocina, que sigue yendo en bicicleta donde puede y sigue disparando a los balones cuando le pasa alguno cerca.

Ha dicho que no quiere grandes celebraciones, que ya es mayor. Que lo que quiere es que vayamos toda la familia a comer a un restaurante etíope.

En la saturación de información que nos invade, hay dos personas en las redes, científicas ambas, muy informadas y muy sensatas, a las que sigo no solo porque me caen bien, sino porque lo que comparten me ayuda a separar el grano de la paja. Ambas manejan muchos datos, científicos e informativos, y los organizan de manera que lo ves todo muy claro. Una de ellas, I., tiene una visión muy pesimista de la situación; en cambio, M. siempre ve el lado positivo.

Yo, con mi pandemismo de Schrödinger, zigzagueo entre sus posts y basculo entre ambas posturas.

Y sin embargo, no puedo evitar sentir que a pesar de los pesares, la vida siempre se abre camino.

Intento vivir con normalidad, pero me resulta difícil hacerlo sin culpa.

Esto lo escribió M. ayer y me ha dado permiso para compartirlo.

Yo no sé si ya se nos ha olvidado o qué ha pasado. El peligro de este bicho era que se contagiaba rápido y había que contener para no petar el sistema sanitario. Y así se hizo.

Hoy sabemos controlarlo. Ya sólo llevando mascarillas en sitios cerrados y con un par más de precauciones está controlado. Ya no hay riesgo de saturación de la sanidad.

Y sin embargo el bicho se ha convertido en el eje de nuestras vidas, deformándolas hasta lo inimaginable.

Hay bichos, muchos bichos distintos, accidentes y muchas otras cosas. Cosas que matan. Y por ninguna de ellas hemos dejado de vivir. La vida es así. Vivamos, por favor.

Esta mañana, C. ha salido para el instituto. Esta semana tiene turno martes y jueves, así que ha sido su primer día.

El viernes volvió triste de la presentación: tendremos que ir con mascarilla todo el tiempo, y limpiar con desinfectante mesa y silla si cambiamos de espacio. Nos echan a la calle en el recreo… y no podemos juntarnos más que tres, dijo. Y además, sus amigas van no solo a otro grupo, si no a otro turno. No se verán ni siquiera en las entradas y salidas y en esos recreos que les tocará pasar a la intemperie.

Que tiempos oscuros para ser adolescente.

Más tarde, bastante más tarde, se ponen en marcha A. y P., aunque hace unos días decidieron que iban a levantarse antes para ir cogiendo los horarios escolares y saldrían de casa a dar vueltas en bici, para hacer deporte.

Y para apurar estos últimos días de este verano tan insólito.

Quedan con O. y con M. y se sienten como la pandilla de “Stranger Things”.

(Yo cuando los veo con las bicis, me pongo a silbar la melodía de “Verano Azul”… distancia generacional).

Hoy han salido solo A., P. y O., porque M. se levantó ayer enfermo.  Fiebre, dolor de garganta, algo de tos. Dice la pediatra que será un resfriado. Ni pcr, ni rastreo, ni visita a la pediatra.

Está claro que si una criatura tiene fiebre, no va a la escuela, pero, ¿le damos el mismo tratamiento a un resfriado que al Covid? Si no vuelve a tener fiebre, ¿va? ¿Espera los 14 días? ¿Se cuarentena o solo se cuarentena si le hacen un PCR y sale positivo? ¿Se cuarentena la gente de su entorno? Las personas que han estado estos días con él, ¿tienen que tomar alguna precaución en los próximos días?

Nadie les dice nada.

El jueves empieza el instituto. Pero las irresponsables somos las madres por llevarlos

Si algo he echado de menos en mis años de maternaje, es el cine. No ver películas, que es algo que se puede hacer en casa, sino ir al cine como iba cuando era más joven y en vez de viajar en sucios trenes que iban hacia el norte (que a veces también), me metía una o dos veces en semana en salas oscuras donde solo estábamos la película y yo (y a menudo, mis acompañantes, con los que comentar después lo que habíamos visto). Era asidua a una sala de mi barrio que proyectaba películas en V.O. y donde se podía encontrar sobretodo cine alternativo, europeo, asiático, latinoamericano, películas pequeñas alejadas de las más taquilleras, donde la gente a menudo iba sola y apenas se olía a palomitas.

Otras veces iba al cine que había solo cruzar la calle: un cine al que ya había ido mi padre de pequeño, que fue una sala de reestreno y luego cerró y volvió a abrir y que fue el primer cine al que C. y B. fueron solos, cuando tenían 8 o 9 años, con sus monedas para pagarlo y su bolsa de palomitas en la mochila.

La maternidad me apartó de los cines, no de las películas infantiles y las palomitas, pero sí del cine adulto, de salir de casa sin saber a qué hora vas a volver, del encuentro con los amigos y decidir la película en la misma puerta del cine, de la cerveza de antes y el falafel de después comentando lo que hemos visto. Son contadas las veces en las que hemos ido, la logística es complicada, las distancias largas, el cansancio mucho y las pocas veces que hemos podido salir hemos optado casi siempre por otros planes.

Por esto fue tan gratificante el sábado decidir irnos a un cine del centro a ver “La boda de Rosa”, una película a la que le teníamos tantas ganas. Los pequeños estaban en un cumpleaños del que no volverían hasta el día siguiente, y los mayores… son mayores. Arreglarnos, coger el metro, sacar las entradas, comer algo mientras hacíamos tiempo. Sumergirnos en la oscuridad que tanto hace lucir la fotografía y el dolby estereo. Sumergirnos en la historia que se vive en la pantalla.

A pesar de las mascarillas, el hidrogel, las distancias obligadas – nos sorprendió que nos sentaran en sillas separadas pero que hubiera gente en los mismos asientos en las filas de delante y las de atrás. Que vendan palomitas, que implica quitarse la mascarilla para meterlas en la boca. El olor a desinfectante. La limitación de aforo después de llegar en un metro abarrotado.

Volver tarde, charlando, con la sensación de que es la primera de muchas veces. Que ahora sí.

 

Desde que empezó todo, los mensajes apocalípticos no han cesado de circular.

Las plagas bíblicas, el fin del mundo anunciado por Nostradamus; el Asteroide que en algún momento colisionará contra la tierra y acabará con nosotros como con los dinosaurios. Pandora liberando una y otra vez todos los males.

2020 empezó con los devastadores incendios de Australia. Trump y Bolsonaro presidentes. Guerra en Siria, refugiados virtuales muriendo ahogados antes de encontrar refugio. Y, luego, claro, la peste que desde Wuhan se extendió por toda la tierra.

Es el fin del mundo que anunciaron los mayas para 2012, dicen, solo que el calendario lo interpretamos mal y ahora es 2012 para ellos.

Para los que estáis cansados de este año, hoy empieza el año nuevo en Etiopía: entramos en 2013.

Melkam Addis Amet!!

 

Ahora que B. ya ha empezado el curso, A. y P. han decidido que les toca madrugar para irse acostumbrando al horario escolar que llevarán en unas semanas y que van a aprovechar las mañanas.

Así que hoy se han levantado pronto (P., siempre tan formal, ha puesto su alarma y ha despertado a A.), han desayunado y han acompañado a M. a llevar al cole a su hermano pequeño.

A la vuelta han contado que en la puerta de la escuela, estaba la policía.

“Ayer toda la gente se juntó en la calle a lo largo de la valla y ocuparon la calzada, no podían pasar los coches. Querían ver a los niños entrar en el cole”, me ha contado M.

No sé si tardarán más las criaturas en acostumbrarse a las nuevas rutinas y protocolos, o las familias a no poder poner un pie dentro de la escuela.

Luego se han preparado bocatas, botellas de agua y junto a M. y O., que finalmente ha regresado de vacaciones, se han ido a dar vueltas con la bici.

A la hora en la que habíamos quedado que volvieran, han llamado desde casa de O. para contarnos que se les había pinchado una rueda y habían ido a repararla (el padre de O. es ciclista). Que ya, si eso, se quedaban allí. Luego ha pasado F. con S. y se han ido todos juntos al parque.

Volverán a comer, dicen.

Nos hemos quedado en casa N. y yo, cada una frente a nuestro ordenador y nuestro día de trabajo, laborando en dos realidades paralelas que solo se cruzan en la cocina, frente a una taza de te, o en los descansos en los que aprovechamos para poner una lavadora en marcha, echar a cocer las patatas y la coliflor, o cuando nos damos algún recado de viva voz, en vez de a través del Whatsapp cuando cada una pasaba la mañana en su oficina.

Me parece vislumbrar cómo van a ser las próximas semanas, meses, de teletrabajo, cuando (si) las criaturas vayan a sus escuelas e institutos y solo aparezcan a mediodía.

Y quizás, más allá todavía, el futuro que nos espera dentro de unos (breves, sin duda) años, con las criaturas convertidas en jóvenes, con sus vidas independientes, donde nuestro día no girará alrededor de sus necesidades, no será imperativo estar pendiente de preparar comidas saludables y nutritivas dos veces al día o transportarles a extraescolares y citas médicas, donde sus agendas no se superpondrán a las nuestras.

Que vértigo.

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