familia monoparental y adopción

A la adopción…

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A la adopción no se puede ir buscando convertirse en ser padre, a la adopción se ha de ir para darle familia a alguien que ya tiene pero que está necesitado de otra para completar su proyecto de vida.

Antton Zabala (adoptado)

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De vuelta

De vuelta tras dos semanas de pavos rellenos, mazapán casero, la casa de la abuela, el belén de los bisabuelos guardado en una caja, el ronroneo del gato, regalos inesperados, cabalgata en el barrio, paseos por la ciudad en la que ya no vivimos, carta a los Reyes, frío, fuegos artificiales, risas, madrugones, noches de guardia esperando a los Reyes, excursiones, cenas con amigos, películas en familia, tradiciones y novedades que terminaremos convirtiendo en tradición.

Terminan las fiestas el día preciso en el que en Etiopía están celebrando la Navidad. Melkam Gena!

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Felices fiestas

Cerramos por vacaciones hasta después de Reyes. ¡Disfrutad de las Fiestas o sufridlas con la mayor dignidad posible!

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La Sagrada familia migrante
Icono.
Kelly Latimore. 2017

Hace tiempo que le doy vueltas a escribir algo sobre los límites del humor, la corrección política, la moda de los “ofendiditos”, la libertad de expresión… Un artículo sobre el spot de Campofrío (que había evitado ver porque me imaginaba por donde iban los tiros) me ha ahorrado el trabajo. En el análisis pormenorizadísimo y muy elocuente del anuncio, dice todo lo que yo pienso sobre el asunto. Comparto algunos extractos (pero os recomiendo que leáis el artículo completo porque no tiene desperdicio):

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En un tiempo en el que la libertad de expresión y el sentido del humor están constantemente en tela de juicio, la campaña de Campofrío viene a recordarnos que el humor es humor y no hay que ofenderse por un chiste. Pero el anuncio olvida dos cosas importantísimas: que sí hay chistes que son ofensivos (porque no todo el humor surge de la buena intención y porque hay chistes que solo sirven para perpetuar estereotipos negativos) y que el mundo no gira alrededor del hombre blanco cis-hetero. Que parece es el único al que debemos escuchar para saber qué tiene gracia y qué no.

(…)

Es un anuncio vergonzoso y cobarde, porque tienen los santos cojones de contratar a Rober Bodegas (y pagarle lo suyo) para hacer un gag sobre lo caro que le salió el monólogo sobre los gitanos. ¡Pobre Bodegas! ¡Dejadle vivir! ¡Solo era un chiste! Pero yo no he visto que a Rober Bodegas le haya salido caro el chiste: sigue haciendo su trabajo, sigue yendo a televisión y protagoniza campañas de publicidad. 

(…)

El anuncio tiene algunos momentos brillantes, como que sean las Azúcar Moreno las que vayan a comprar un chiste de payos y se ofrezcan a pagar (en oro) el chiste de Bodegas. Pero ese gag dentro de este contexto no va a hacer que Rober Bodegas se plantee por qué es ofensivo que él haga chistes sobre gitanos; lo que hace es decirle al público que hay gitanos de bien (las Azúcar Moreno) que se ríen de las ofensas (¡porque son chistes!) y hay otros gitanos malos que piden que se les trate con el mismo respeto con el que se trata a los demás. Y ese discurso es peligrosísimo, porque de repente cualquier reivindicación que surja de una minoría será considerada la queja de turno de los ofendiditos, que nos tomaremos en broma y que nadie se atreva a llevarnos la contraria. 

(…)

¿Crees que exagero? ¿Crees que ese alegato al humor hecho por Campofrío no está tirando por tierra las protestas de los colectivos minoritarios? Hay un momento en que alguien tira un huevo a la puerta de la joyería en la que se venden los tan preciados y amenazados chistes y alguien dice: “No les hagas caso, son los ofendiditos“. ¿Y cómo son esos ofendiditos?: Una mayoría de mujeres, alguna vestida casi como una sufragista del siglo XIX, acompañadas por señores muy serios, con pancartas que reducen al absurdo cualquier reivindicación que cualquier grupo minoritario pueda realizar. Porque ahí está la gran cagada del anuncio: no está diciendo que el humor sea algo precioso que debemos conservar entre todos, está diciendo que el humor es lo que la clase privilegiada diga que es y que cualquiera que proteste frente a ello es un ofendidito. Nadie en el anuncio hace amago por saber exactamente por qué se han ofendido, por qué protestan, qué les parece mal. Al ofendidito no se le hace caso, al ofendidito se le menosprecia, porque el ofendidito es un ser malvado que ha venido a amargarnos la fiesta, a jodernos el país y a quitarnos las preciosas costumbres (como reírse de los maricones) que hacen de España un país maravilloso.

(…)

Valiente sería, por ejemplo, reírse de los que llevaron a juicio a Cassandra por un chiste de Carrero Blanco. Valiente sería reírse del ridículo internacional que está haciendo España con el Procés por culpa de un gobierno y un juez que se han inventado una causa penal. Valiente sería, por ejemplo, reírse de la Asociación de Abogados Cristianos que aprovechan que en este país seguimos legislando los sentimientos religiosos (algo de lo que podríamos reírnos todos) y llevaron a juicio a la Drag Sethlas y a Willy Toledo (imagínate que sale de la tienda, llueve y exclama un “¡Me cago en Dios!“). Valiente sería, como leí por Twitter, sacar a Dani Mateo con un constipado. Valiente sería reírse de los empresarios que joden a las mujeres trabajadoras, reírse de la justicia que deja en libertad a violadores, reírse de los policías que hacen mal su trabajo y dejan sin protección a mujeres maltratadas. Valiente sería si, por una puta vez, los que tienen el poder de hacer estos anuncios entendieran que el humor, si no va de abajo hacia arriba, no es humor: es opresión. ¿O eres tan simple que no entiendes que un chiste, al igual que cualquier  obra de ficción, puede contener un mensaje?

Pero no. En Campofrío han decidido tirar por lo fácil: señalar como culpables de todos los males a los colectivos minoritarios que piden que su realidad (bastante dura en ocasiones) deje de ser considerada un chiste. Y lo hacen poniendo a representantes de esos colectivos para validar ese mensaje, como cuando en los años 50 las señoras de EE.UU. decían que no eran racistas porque tenían una sirvienta negra o como cuando tu amigo te dice que no es homófobo porque tiene amigos gais. ¿Cómo van a ser ofensivos los chistes sobre discapacitados si sale el Langui? Al que, por cierto, los chistes sobre personas con discapacidad le salen gratis porque él forma parte de ese colectivo; en una escena que provoca todo el repelús del mundo porque se nota que lo que está diciéndote el anuncio es lo de “¿Por qué tú puedes llamar maricón a tus amigos y yo no puedo cantar ‘matarile al maricón’, a ver?“

(…)

He leído a alguien decir que en Campofrío se han sacado el pito y han hecho una radiografía mordaz sobre la sociedad actual. Y estoy de acuerdo. En lo primero. Los señores blancos cis-hetero muy españoles y mucho españoles se han sacado el pito para restregarnos por la cara su derecho a hacer humor aunque nos ofenda, su derecho a cantar “Maricón el que no bote“, su derecho a hacer humor negro sobre la violencia machista, su derecho a reírse de los inmigrantes, de los discapacitados, de las feministas… Y, por supuesto, su derecho a pasarse cualquier reivindicación social que no le afecta por los santos cojones. 

(…)

Ni uno solo de los chistes que venden en la tienda del anuncio de Campofrío se ríe del machista. Del homófobo. Del neonazi. Del franquista. Del político mentiroso. Del corrupto. De Villarejo. De los periodistas vendidos al poder. De las mentiras de Susanna Griso. Del machismo de Pablo Motos. De la intoxicación en los medios de comunicación. De las fuerzas de seguridad que muelen a palos a un menor musulmán en Melilla o se meten en una pelea de bar en la que hasta el camarero acaba acusado de terrorismo. Ningún chiste se ríe de la falta de empatía de tantos españoles de bien que en lugar de pararse a escuchar al colectivo que explica que decir “mariconez” es ofensivo (porque se utiliza una orientación sexual como algo negativo) prefieren seguir diciéndolo porque lo hemos dicho toda la vida.

Porque para Campofrío el problema no es ése, el problema es que hay gente que se ofende por chistes de mierda. Pero, en realidad, el problema es que hay cómicos mediocres que no saben hacer humor sin reírse de alguien, sin señalar al diferente y sin ridiculizarlo delante del resto de privilegiados. Y Campofrío, en lugar de exigir un humor inteligente y respetuoso (que se puede hacer, no es tan complicado) y reírse de los cómicos que solo triunfan a base de perpetuar chistes cargados de prejuicios, ha decidido convertirse en ese profesor de colegio que cuando ve que en el patio están pegando al afeminado de la clase prefiere no entrometerse porque son cosas de chavales. Porque para Campofrío, los chistes son solo eso, chistes. Y puedes reírte de todo.

Todas somos

En las últimas 24 horas, todos los timelines se han llenado de la muñequita que dibujó Laura Luelmo, la maestra de 26 años asesinada en El Campillo, cerca de Huelva, el pasado 8 de marzo. O del dibujo de las dos niñas que llevan una pancarta que pone “por un 2018 en el que cada niña y mujer que sale de casa, vuelva SANA y SALVA”. Todas somos Laura.

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Y sí, entiendo la empatía que genera, aunque no que no se vea como la derecha más abominable está utilizando este y otros casos para su propia agenda: a la vez que niegan la violencia de género, la utilizan para reclamar penas más duras. Como si la violencia fuera una decisión individual de cuatro pirados y no algo estructural que vertebra la sociedad en la que vivimos.

Y sí, entiendo la empatía que genera, porque era joven, guapa, deportista, profesional. Blanca. Porque podríamos ser nosotras, o porque todas tenemos una hija que.

Pero también porque nos reconcilia con el prejuicio de que son casos individuales, psicópatas concretos, desconocidos, los que nos ponen en riesgo. Que quedándonos en casa estamos protegidas.

Y sí, entiendo la empatía que genera, pero no puedo evitar compararla con la empatía que no generan otras víctimas. Como la mujer negra a la que encontraron calcinada en un container, hace 3 años, muy cerca de donde ha sido hallado el cuerpo de Laura Luelmo, pero cuyo caso se cerró con la etiqueta de suicidio (a pesar de que es difícil entender que una mujer calcinada camine hasta el contáiner más cercano).

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Como las temporeras marroquíes, que, también muy cerca de donde se ha encontrado a Laura Luelmo, y a pesar de su trabajo precario, su infravivienda, su falta de redes, su extranjería… se animaron a denunciar, por fin, los múltiples abusos que llevan años sufriendo, y que han tenido que ver cómo el juez ni siquiera quiera escucharlas y dé carpetazo a su denuncia con el argumento de que lo que quieren es quedarse en España. La versión migrante de “denuncia a su marido por maltrato para quedarse con la casa”.

Y sí, entiendo la empatía que genera Laura Luemo, pero me entristece que el carpetazo a las denuncias de las jornaleras marroquíes no haya generado ni un 1% de la atención que le hemos dedicado a ella, o a la víctima de la manada.

Que no hayamos salido a las calles, que no gritemos que las creemos, que no seamos todas temporeras.

¿Racismo o clasismo?

Sería rica si me hubieran dado un euro cada vez que alguien ha dicho la frase: “esto no es racismo, es clasismo”.

La última, a través de este meme:

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Empezando porque no sé por qué ahora nos ha dado por llamarle aporofobia en vez del clásico “clasismo”, y siguiendo porque parece que el clasismo sea menos reprobable éticamente que el racismo, no estoy en absoluto de acuerdo con la idea de que el rechazo que ejercemos contra los inmigrantes racializados y pobres se debe a la cosa económica en vez de a la cosa racial.

Creo que son dos ejes de opresión distintos (tres si añadimos la xenofobia) que se complementan y suman. Rechazamos a la gente porque es extranjera, porque tiene la piel oscura y porque es pobre.

Si no, ¿por qué insultarían en el campo a los futbolistas negros, por millonarios que sean?

O con esta doctora negra, con suficiente dinero para volar en avión, a la que cuestionaron sus credenciales y su capacidad cuando intentaba ayudar a una pasajera indispuesta.

Además de que somos muuuuuy racistas con los árabes, aunque sean millonarios. Aunque sean jeques. Tenemos montones de prejuicios hacia los musulmanes.

Y de que nuestros prejuicios racistas hacen que asumamos como pobres (ignorantes, iletrados, incultos) a quienes no tienen por qué serlo.

Decir que los negros son marginados y excluidos por su pobreza y no por su color es como sostener que las mujeres ricas no sufren machismo.

Últimamente lo escucho mucho. Y siempre me pregunto si no es una forma de intentar blanquear el racismo.

 

En este blog hemos hablado muchas veces de donantes, lazos genéticos y búsqueda de los ancestros. Pero nunca hemos hablado de que la relación con los donantes va, en algunos sentidos, más allá de los propios donantes. Por esto me ha parecido fascinante este texto sobre la madre del donante y el vínculo que hay con ella.

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Como hija de madres lesbianas, siempre supe que tenía un donante de esperma, y que podría conocerle cuando tuviera 18 años. Quería a mis madres; quería a mi familia queer. Aún así, siempre me había preguntado qué parte de mí había sido cortada de una tela distinta.

En mi 18º aniversario, escribí a mi donante una carta sincera. Era feliz, le decía. No necesitaba nada de él, y entendería que no quisiera conocerme, pero tenía curiosidad, y quizás él también.

Conocerle fue surrealista. En la cafetería de una ciudad universitaria, desgranamos para el otro las historias de nuestras vidas, y cada pieza nueva de información parecía una parte de mi historia encajando en su lugar.

Se llamaba Jonathan. Nuestras historias tenían superposiciones enervantes; había una similitud incómoda en nuestros comportamientos. Había conseguido su Master en la Universidad que estaba justo al final de mi calle en Massachusetts; los tiempos no coincidían, pero ¿y si nos habíamos visto a distancia en algún fin de semana de alumnos? Su hijo había sido adoptado en el mismo lugar de Etiopía que mi primo; mi donante conocía a mi tío de círculos de adopción compartidos. Los dos éramos tímidos, nerviosos y sonrientes, ambos buscando algún tipo de conexión pero quizás algo asustados de encontrarla.

La similitud más sorprendente eran nuestros dedos. Teníamos los mismos nudillos, las mismas uñas abultadas. Escondí mis manos debajo de la mesa.

Cuando le dije que había pasado mi último año de instituto aprendiendo griego antiguo y que hablaba alemán y algo de francés, su cuerpo entero pareció iluminarse. Su madre hablaba cinco idiomas, dijo. Debía haberlo sacado de ella.

Tardó dos horas en llegar a esto. Su madre, Toby, había llegado a Estados Unidos después del Holocausto. Algo le había sucedido allí en Polonia, algo que Jonathan mismo no sabía o de lo que no quería hablar. Mi donante tenía un hijo adoptado, pero yo era la única nieta biológica de Toby, y ella estaba haciéndose mayor, y ¿querría yo conocerla?

Pensé que se estaba sobrepasando – ¿no se basaba toda nuestra relación en la idea de que no necesitábamos nada el uno del otro? Pero tenía curiosidad, así que dije que sí.

Así que, algunos meses más tarde, mi donante y yo nos detuvimos en frente del bungalow de una sola planta de Toby en una calle tranquila de las afueras de Albany, Nueva York. Dudé en la autopista, acordándome de mi propia abuela, la que había sido anfitriona de todas nuestras comidas de Pascua y pijamadas de primos, la que me había enseñado a amar a los libros y a odiar tocar el piano. No me gustaban los idiomas debido a una tendencia biológica heredada de la madre de Jonathan, pensé: me gustaban debido a la madre de mi madre. Educación y no genética. Educación.

Entramos.

Toby era mayor que mi abuela, más frágil, más olvidadiza. Tenía una casa de anciana que nunca había evolucionado más allá de la paleta de color del 1970: platos del color de la sopa de guisantes, muebles de color avellana, antigüedades en tonos mostaza. Mi abuela era mucho más moderna.

Alrededor de una comida que la abuela con la que había crecido nunca habría hecho, estuve cada vez más segura de que había cometido un error colosal. ¿Y qué si tenía las uñas igual que mi padre biológico, los mismos pómulos, la misma sonrisa? ¿Y qué si su madre era escritora como yo? Esta gente eran extraños. Yo ya tenía una familia. Además, la mecánica indecorosa de la donación de esperma pendía sobre cada interacción, y yo tenía que esforzarme para no sonrojarme. Era sencillo.

Aunque no le era, porque compartíamos sangre. Y aunque fuéramos desconocidos, la sangre implicaba algo.

Jonathan se fue después de comer para darme algún tiempo a solas con Toby. Escruté a mi nueva abuela buscando señales de extrañeza, pero también señales de trauma. ¿Qué había sucedido en Polonia? Más allá de un ligero acento, cualquier rastro de su pasado se había borrado con el tiempo.

Aún así, sin Jonathan presente, Toby se sintió libre de dejar de actuar, de permitirse ser algo más que “la mamá de Jonathan”. Pudo ser una inmigrante, una refugiada. Puso ser una mujer que pensaba que su genealogía terminaba con su hijo, para descubrir que se había alargado un poco más allá.

Me enseñó su casa, señalando no las fotos de Jonathan y su hermano sino el arte en sus pareces que venía de su país natal. No hablamos de su vida. Hablamos de literatura del Este de Europa y arte ruso.

“Acompáñame abajo”, dijo y la seguí a un sótano rancio pero cómodo cuyas pareces estaban cubiertas de estanterías. Me quedé plantada mientras la abuela se atareaba entre los estantes. Sus dedos – que, como los de Jonathan, se parecían extrañamente a los míos – danzaban entre los tomos.

Sacó un libro de tapa dura del estante y me lo entregó. Cuentos de hadas rusos. “Te gustará”, dijo. Otro libro, más delgado, más nuevo: un análisis de Chekhov, rojo soviético, su nombre en la cubierta. Un tercer libro, un cuarto. Al principio me resistí, pero entonces caí en la cuenta: cada texto era una pieza de su historia. No podía contarme qué le sucedió en Polonia, pero podía darme un diccionario  polaco-inglés. Éramos gente de libros, ella y yo. Si nuestra conexión genética tenia que significar algo, tendría que ir mano a mano con un vínculo literario.

Le dejé leer algunos de mis escritos, mordiéndome las uñas mientras sus ojos recorrían la pequeña pantalla de mi teléfono. “Me alegro de que seas escritora como yo”, dijo. “No lo haces mal. Muchos escritores empiezan como perdistas, ya sabes”.

Amontonamos a Dostoyevsky, Chekhov, mi nuevo diccionario polaco-inglés y cerca de 20 libros más en una caja de cartón y Toby me hizo sentar en su sofá del color de la sopa de guisantes. Dijo: “Nos hice hacer esto”. Obrió un elegante joyero para mostrarme dos brazaletes de cobre idénticos.

Eran bastos, como si algún escolar hubiera decidido hacer una clase de metal para conseguir algunos créditos fácilmente. Quizás la propia Toby se había aficionado a trabajar el metal como hobby de jubilada, aunque no parecía probable debido a su fragilidad. En cualquier caso, su regalo fue una delgada banda de metal, sin pretensiones, pero tan simbólica como un anillo de compromiso. Se puso la suya fácilmente, mientras me miraba con expectación.

La mía no encajaba. Apreté y empujé, intentando forzarla sobre mis nudillos. “No pasa nada, entrará”, le aseguré, mordiéndome los labios cuando el metal me arrancó un pedacito de piel.

Quería ser la descendiente que Toby esperaba, incluso si debía derramar sangre.

Conduje hora y media de vuelta a casa de mis madres en silencio absoluto. Sin radio, sin podcasts. Me quité los zapatos en el cómodo y destartalado vestíbulo. Nuestro carro de laboratorio; nuestro gato negro aposentado en la mesa del comedor; la bandera arcoiris que aleteaba en la ventana del comedor. Ahí es donde pertenecía.

Vi a Jonathan, mi donante, algunas veces más, pero enseguida descubrimos que aunque nuestro ADN compartido era dolorosamente obvio, éramos una estudiante de instituto y un hombre de mediana edad padre de un niño pequeño, y no teníamos demasiado en común en el fondo. De tanto en tanto, nos enviamos un correo electrónico que siempre contenía el mismo mensaje: Pienso en ti. Conocerte fue importante. Espero que estés bien.

Toby, sin embargo, es una carga psíquica más grande. No he leído el libro que escribió; no rompí el diccionario de polaco. Guardé el brazalete escondido en cajones con trastos o joyeros durante las mudanzas de mi juventud. Como si llevara alguna carga. Incluso tocarlo me llena de culpa, de un sentido de obligación que he tenido desde que nos conocimos.

¿Quién habría sido si hubiera crecido conociéndola, conociendo su historia? ¿Tiene importancia que yo no sea ni judía ni polaca, pero que exista debido a esta genealogía? No pensamos mucho en los lazos de sangre en nuestra época, o al menos yo no lo hago. Pero me parece increíblemente trágico que si no tengo hijos, una parte de su historia terminará en mi. ¿Es presuntuoso asumir que tengo conexión con esta historia, cuando realmente su hijo se masturbó en un bote? No sé si me gusta leer gracias a que una de mis abuelas me sentó en sus rodillas y me contó cuentos, o porque la otra, una desconocida, me transmitió esta afición a través de su ADN. No saberlo me mata. No saberlo es la razón por la que decidió escribir a mi donante de esperma.

En el proceso de escribir este texto, rescaté mi brazalete de cobre de mi caja de “trastos sentimentales”, la examiné buscando algo de claridad, la empujé contra mis nudillos para ver si esta vez sí encajaba. No tendré hijos. La genealogía de Toby muere conmigo. Pero estoy sacándome un máster en Periodismo, y somos ambas gente de libros. De alguna manera, quizás la que más importa, llevo su legado tal y como está en nuestro ADN.  

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