familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Aunque mis hijos ya no se prestan a ver películas de animación a menos que les pilles con la guardia baja, me empeñé en ver «Encanto» cuando la estrenaron. Me pareció que no me gustaba mucho, que me gustaba menos que «Coco», que estaba bien pero, pero luego empecé a darle vueltas sobre lo bien que trata el trauma transgeneracional, las expectativas de nuestros mayores, como encajamos en la constelación familiar, las cosas de las que no se habla, la locura, los mandatos familiares y lo difícil que es salirse de ellos.

Ayer, se publicaba en el blog de Gorka Saitua, Educación Familiar, un texto sobre uno de los personajes a los que yo había prestado poca atención pero que me ha resonado tremendamente cercano.

Para los que no hayáis visto la peli, la tía Pepa tiene un “don” que más parece una maldición: puede modificar el tiempo atmosférico en función de su estado de ánimo. Si se enfada, provoca truenos; si se pone nerviosa, tornados; y, si se preocupa, lluvia, entre otros.  

Esto le hace estar muy pendiente de lo que siente, tratando de controlarlo. Porque, a nada que esté un poco afectada, su estado de ánimo afecta a los otros. Sin embargo, sus intentos de regulación emocional rara vez le sirven para nada, y acaba liándola parda, con reproches por parte de su madre y de todo el mundo. Está inmersa en un círculo vicioso del que no puede salir porque, cuanto más se esfuerza por no fastidiar las cosas, más se desregula, recibiendo los reproches del resto.  

Tía Pepa se crio con una madre sola, traumatizada por la pérdida repentina de su marido. Una madre que tuvo que criar 3 niños pequeños, nacidos de manera simultánea. Su hermana es un perfil cuidador (sana a la gente dándoles de comer arepitas), y su hermano Bruno es el chivo expiatorio de la familia, un personaje —no tan sinestro— obligado a vivir en el ostracismo por decir la verdad —profecías— a todo el mundo.  

Es normal que se sintiera toda la infancia en peligro. No podía estar a la altura de su hermana y sabía lo que podía pasarle si se salía del tiesto. Quizás, por eso, empezó a hacer severos esfuerzos para regular su estado de ánimo: quería a su familia y quería estar a la altura exigida para evitar que le manden a la mierda, como a Bruno.  

Ocurrió entonces algo maravilloso. Y es que su forma de protegerse se transfiguró en “don”. Porque hubo un momento en el que sintió que así, desrregulada y un poco loquilla, estaba protegida de las losas que la amenazaban. Era divertida, destacaba las emociones del momento, poniendo color a la experiencia de su familia y, además, estaba a salvo del peligro porque su sufrimiento había dejado de ser amenazante para la gente de casa: “ya sabes cómo es la tía Pepa, jajaja, no pasa nada”.  

No obstante, tía Pepa seguía sin poder relajarse. Cuando se alteraba y aparecía una nube negra, trataba de cambiar lo que sentía y, eso, a veces, hacía que la nube desapareciera, dándole una leve sensación de control, pero a la larga empeoraba las cosas, porque esa nube cargada de energía necesitaba descargar los rayos hasta que al final explotaba en huracán o tornado, desatando el caos en los caminos.  

Hay muchas niñas y niños que tienen una experiencia similar a la de la tía Pepa. Muchos. Niños que sufren terriblemente y que no se sienten legitimados para expresar su sufrimiento por no dañar la relación con los demás, y especialmente con las personas adultas a quienes quieren y necesitan. Que confían en los demás —y a veces los colocan en un pedestal, recreando una comparación en la que salen perdiendo—, pero apenas tienen confianza en sí mismos, porque su sistema nervioso está tan hipervigilante, excitado o tenso, que se sienten un peligro para todo el mundo.  

Ya estas niñas y niños siempre les cascamos lo mismo: que se controlen, que se porten bien y que no molesten ni hagan daño a los adultos, reforzando la idea de que son malos o inútiles para todo el mundo. Pero, así, sólo alimentamos el problema, porque estamos poniendo más presión a la brutal exigencia que ellos mismos se están imponiendo.  

Porque, lo que no se sabe, es que esas nubes, esos tornados, esa tormenta y esa lluvia, no es cosa de ellos, sino de toda la familia.  

Porque, sin toda esa presión, podrían bailar bajo la lluvia, a gusto, divertidos, como Pepa Madrigal al final de “Encanto”.  


En la costa, a orillas del mar, al aire libre, ¿es allí donde escriben las mujeres? ¿No en una mesa, en un escritorio? ¿Dónde escribe una mujer? ¿Cómo es ella escribiendo, cuál es mi imagen, la imagen de ustedes, de una mujer escribiendo?  Pregunté a mis amigos y amigas: “Una mujer escribiendo: ¿qué es lo que ven” Habría una pausa, luego los ojos se iluminarían, viendo. Algunos me remitieron a cuadros – Fragonard, Cassatt –, pero la mayoría resultaron ser cuadros de una mujer leyendo o con una carta, no realmente escribiendo o leyendo la carta sino mirando por encima de ella con ojos perdidos: ¿Volverá él alguna vez? ¿Recordé apagar la olla con la comida? Otro amigo respondió vigorosamente: “Una mujer escribiendo está tomando un dictado”. Otro dijo: “Está sentada en la mesa de la cocina, y los niños gritan”.   

Ursula K. Le Guinn

Estos días me resuenan dos historias que aparentemente no tienen nada que ver.

Una de ellas es el juicio que enfrenta a Johnny Depp y Amber Heard, que se puede seguir casi a tiempo real. No solo seguir lo que ellos dicen (y hacen, sus expresiones, sus gestos): también las interpretaciones que otras personas hacen de lo que está pasando.

Lo que está pasando es que él, que ha sido condenado por maltratarla a ella hasta en 12 ocasiones, la ha arrastrado a ella a varios juicios que la comprometen financieramente, que la exponen de forma descarnada a la opinión pública, que pone en juego su reputación.

La reputación de las mujeres, siempre tan frágil.

Se habla de problemas de salud mental, perdiendo de vista que el hecho de que a ella se le atribuyan trastornos mentales y a él no ya es una cuestión de género. Lo de meter a las mujeres que no cumplen el mandato en el manicomio también es un clásico. Y considerar el trastorno causa y no consecuencia.

(Este artículo explica muy bien las dinámicas que llevan a una gran mayoría de la gente a creerle a él y no a ella; algo que solo se puede analizar con perspectiva de género).  

La otra, es la historia de María Salmerón, la mujer más veces indultada en España por el mismo delito: negarse a entregar a su hija a su maltratador, negarse a desproteger a su hija que reclamaba no querer ir con su padre, que había maltratado a su padre y la maltrataba a ella. A pesar de que él tiene una  condena  por maltrato nunca ha entrado en la cárcel; es más, le llegaron a dar a él la custodia amparándose en el inexistente Síndrome de Alienación Parental (que al parecer solo ejercemos las madres: como la propia niña dice, para alienación, la tortura a la que la sometían el padre y su familia hablándole mal de su madre). Más de dos décadas después de divorciarse para huir del maltrato, María Salmerón se encuentra enferma, arruinada – lleva años con el suelo embargado para pagar las multas por no haber entregado a la hija a su padre maltratador, y está en riesgo de perder la casa donde vive – y a punto de entrar en la cárcel que el maltratador convicto nunca ha llegado a pasar.

En ambos casos, las mujeres juzgadas públicamente por lo que hicieron o lo que dejaron de hacer. En ambos casos, su palabra vale siempre menos que la del hombre. En ambos casos, hagan lo que hagan se juzga que hacen mal: y si sale mal, la culpa será suya.

Se dice a la vez que si no se defendió, es que no sería maltratada; y que si se defendió, la maltratadora era ella. Es lo que nos sucede, inevitablemente, a las mujeres.

Es increíble que haya tanta gente capaz de pensar que las mujeres mienten cuando explican los maltratos, violaciones, violencias… cuando es dificilísimo hablar de estos temas y cuando hablando de ellos, pierdes más que ganas: revictimización, pérdida de reputación, de dinero, del trabajo, amigos… a veces incluso de la libertad (o la custodia de las criaturas cuando las tienen), y en cambio, nunca se planteen que el maltratador /violador mienta cuando los motivos para hacerlo son obvios.

La dinámica de la «mujer perversa», que tan bien explica este artículo, que habla de un caso que también fue mediático, controvertido y donde también hubo un linchamiento contra las mujeres implicadas (aunque se acabó archivando; esto ya no llegó a las portadas de la prensa)

Una dinámica que se repite en multitud de casos: Juana Rivas, Rocío Carrasco, Mia Farrow… incluso Britney Spears… mujeres locas / perversas que se inventan mentiras de abusos /maltratos para hundir a los pobres e inocentes hombres (aunque en algunos de esos casos, estos hombres han sido incluso condenados por maltrato o abuso) .

Hasta que las matan, o matan a sus criaturas si tienen, ellas son las malas; después continúan siendo las malas, porque no han protegido a las criaturas. Como dice P., tan sabia: La opinión pública con respecto a la violencia de género funciona como la caza de brujas, si sobrevive a la tortura es una bruja, si muere asesinada, era inocente, pobretica.

A propósito de la entrada anterior del blog, me escribió en la página de FB la autora de Tarike para compartir sus pensamientos sobre la pérdida de lenguaje que sufrió su hija nacida en Etiopía al trasladarse a vivir a España.

(Fotografía, again, de Eric Lafforgue)

He reflexionado (y reflexiono mucho) sobre el tema del lenguaje. En nuestro caso, la pérdida del lenguaje materno se produjo cinco años después de la adopción, cuando vinimos a España. Hasta ese momento, mi hija era bilingüe. Seis meses después, tras un periodo de negación suya, ni siquiera recordaba los colores, los días de la semana, canciones que sabía de memoria, expresiones que usaba setecientas veces al día… nada.

¿Mi explicación? El proceso migratorio derivado de adopción internacional es mucho más complejo que un proceso migratorio común. El «olvido» de la lengua materna no es un mecanismo de adaptación (como sí lo es la adquisición de otra lengua), sino un mecanismo de supervivencia, activado de manera inconsciente y, por tanto, incontrolable para la criatura. ¿Conclusión, repito, según mi percepción desde mi mesa camilla? El cambio de país, entorno cercano (familia o institución), cultura, lengua… es percibido íntimamente como una amenaza a la propia supervivencia física, lo que hace que se activen estos mecanismos acordes con la percepción que se tiene de ese riesgo («del tamaño del sapo tiene que ser la pedrada», decían en Guatemala), una percepción que, ni siquiera en nuestro caso (con separación de varios años entre adopción y migración, y migración a un entorno ya muy conocido y acogedor para ella), pude contrarrestar. Mi hija sintió que su supervivencia en este «nuevo» entorno dependía de extirpar drásticamente esa parte (fundamental) de su vida. Y esa percepción fue tan, tan intensa que no pudo controlar la pérdida.

Para mí el gran shock fue tomar conciencia de que, incluso en una situación de cambio más progresivo y con capacidades mayores que otras familias (yo sé el amarico y podía comunicarme con mi hija también en esa lengua, además del conocimiento creo que exhaustivo de su cultura y país de origen) no supe o pude evitarle esa «activación» de mecanismos de supervivencia. La pérdida de su lengua materna, el no volverla a escuchar hablando amarico es, a día de hoy, la mayor de mis nostalgias y, diría, el fracaso que valoro como más duro en este proceso de crecimiento juntas.

Como curiosidad, añado que de manera inconsciente todavía mantiene «cosas» del amárico (forma de ordenar las frases, uso de muchas onomatopeyas al hablar, dificultad de pronunciar la «c» de «cielo», que no existe en amárico, muletillas que son traducción literal, etc).

Adopción y lenguaje

Como persona que ha convertido la lengua en su herramienta de trabajo, siempre he sentido mucho interés por la relación del lenguaje y el idioma en las personas adoptadas. Mis hijos, que fueron adoptados antes de los dos años, tuvieron que desaprender el idioma en el que se había configurado su cerebro (y en el que no hablaban) y aprender una lengua nueva, que más tarde sustituyeron como lengua principal por otra.  

Hace unos días colgaban en el perfil de Twitter Sobre l’Adopció, que siempre comparte cosas interesantes, este video de la Logopeda Mireia Sala. Está dirigido a profesorado y explica cosas muy interesantes de la adquisición y la gestión del lenguaje en las criaturas que proceden de Adopción Internacional, es decir, de otro idioma. Es largo y está en catalán, pero merece la pena verlo.  

Algunas de las cosas que me han parecido más interesantes:  

  • El impacto del orfanato en el lenguaje: muchas criaturas tienen un lenguaje empobrecido, con poco vocabulario, sobre todo en lo que se refiere a la amplitud de significados de las palabras. Los niños y niñas institucionalizados tienen pocos adultos de referencia y esto es una complicación importante en la adquisición del lenguaje, que depende de la interacción entre la criatura y el padre o la madre, que le habla constantemente y esto le da un andamiaje para la adquisición del lenguaje. En un orfanato, el personal va rotando y no interactúan de la misma manera, tienen pocos modelos de lenguaje, menos oportunidades de interactuar con los cuidadores, que utilizan un lenguaje mucho más imperativo, con expresiones muy cortas. También observan menos expresiones faciales, tienen menos contacto ocular, muestran menos interés por observar el entorno y tiene menos oportunidades de explorar y manipular. Hay orfanatos donde además hay instrucciones de interactuar poco con las criaturas o no crear vínculos. A veces también tienen problemas de audición que nadie ha detectado.  
  • Qué significa para una persona perder la lengua materna. Este lenguaje empobrecido de repente desaparece para construir otro distinto. No es un modelo aditivo como el que viviría una criatura migrante, que suma una nueva lengua a la que sigue hablando en la familia. Es un modelo privativo de lenguaje. Algunas criaturas adoptadas con muy rápidas en la adquisición del nuevo idioma, más rápido que las criaturas inmigrantes, que no tienen tanta necesidad del nuevo idioma. Este cambio se da en un momento vulnerable del aprendizaje del primer idioma materno, que aún se está construyendo y que desaparece muy rápido: al cabo de 3 a 6 meses casi no lo recuerdan. Se produce un vacío de pensamiento, un periodo en el que no tienen ningún idioma en el que pensar.  
  • Secuelas: durante mucho tiempo, dominan la lengua a nivel comunicativo, pero no a nivel cognitivo. No puedes empezar la lectoescritura si no tienes una buena base idiomática. El lenguaje escolar es más complejo y abstracto que el lenguaje que usamos para comunicarnos, y esto implica muchas dificultades. En la eficacia conversacional no hay grandes diferencias, pero sí puede haber secuelas en el uso académico del lenguaje y en la capacidad del discurso, y un riesgo mucho mayor de tener problemas de lectoescritura. A muchas criaturas adoptadas se les ha diagnosticado dislexia, aunque sus problemas no son solo de código sino que son más profundos: fluidez expresiva oral, comprensión lectora, ortografía, grafismo, vocabulario, comprensión de enunciados y sobre todo habilidades metalingüísticas, es decir, reflexionar sobre el propio lenguaje. Y les cuesta más a medida que aumenta la exigencia, la abstracción, el lenguaje con doble sentido, las metáforas.  
  • A veces, se obtienen mejores resultados en familias más humildes, porque tienen menos expectativas sobre las criaturas y les exigen menos.   

Hola, soy Franklin

Cuando era pequeña, pasaba horas sentada en la pequeña biblioteca de M., la vecina del rellano (que tenía un agua del grifo infinitamente más rica que la de mi casa), leyendo unos libritos apaisados de tiras cómicas de Mafalda y Charlie Brown. Aunque Snoopy aún no se había convertido en el icono de los pijos, me resultaba más interesante y rico el universo de Mafalda; pero recuerdo con cariño las aventuras cotidianas de Charlie y su perro Snoopy, Lucy, Linus, Peppermint Patty… y Franklin.

Lo que ignoraba, claro, es lo revolucionaria que fue en su país de origen la aparición de Franklin, el primer personaje negro del cómic de Charles M. Schulz, hasta que lo leí hace unos pocos días.

El 31 de julio de 1968, un joven negro estaba leyendo el periódico cuando vio algo que nunca había visto antes. Con lágrimas en los ojos, empezó a correr y gritar por toda la casa, llamando a su madre. Se lo mostró, y ella jadeó al ver algo que pensó que no vería en toda su vida. Alrededor del país, hubo reacciones similares.

Lo que vieron fue la primera aparición de Franklin Armstrong en la icónica tira cómica “Peanuts”.

Franklin “nació” después de que una maestra de escuela, Harriet Glickman, escribió una letra a su creador, Charles M. Schulz, después de que Martin Luther King fuera asesinado a la salida de su habitación de hotel en Memphis.

Glickman, que tenía hijos y había trabajado con menores, era especialmente consciente de la fuerza de los cómics entre los jóvenes. “Y lo que veía es que las criaturas negras y las criaturas blancas nunca se veían representadas juntas en la clase”, dijo.

Escribió: “Desde la muerte de Martin Luther King, me he preguntado a mí misma qué puedo hacer para ayudar a cambiar las circunstancias en nuestra sociedad que llevaron a su asesinato, y que contribución al inmenso mar de los malentendidos, el odio, el miedo y la violencia”.

Glickman le preguntó a Schulz si consideraría añadir un personaje negro a su popular tira cómica, que esperaba que ayudaría a unir al país y mostrar a la gente negra que no estaban excluidos de la sociedad norteamericana.

Había escrito a otros autores, pero ellos temían que fuera demasiado pronto, que podía tener un coste para sus carreras y que el sindicato les dejaría de lado si hacían algo así.

Charles Schulz podría no haber respondido a su carta, podría haber ignorado y todo el mundo se habría olvidado del tema. Pero Schulz se tomó tiempo para responder, diciendo que le interesaba la idea, pero que no estaba seguro de que fuera correcto viniendo de él, no quería empeorar las cosas, temía que pudiera sonar condescendiente para la población negra.

Glickman no renunció, y continuó escribiéndose con Schulz, y él siguió respondiéndole cada vez. Incluso consiguió que algunos amigos negros escribieran a Schulz y le explicarán que habría significado para ellos y que le dieran ideas de cómo presentar el personaje sin ofender a nadie. La conversación continuó hasta que un día, Schulz le dijo a Glickman que mirara el periódico del 31 de julio de 1968.

Ese día, el cómic creado por Schulz muestra cómo Linus conoce un nuevo personaje, llamado Franklin. A parte del color, Franklin era un niño corriente que se hizo amigo de Linus y le ayudó. Franklin mencionaba que su padre estaba “lejos en Vietnam”. Al final de la serie, que ocupaba 3 tiras, Linus invitaba a Franklin a dormir una noche en su casa para que su amistad crezca. Pensé que era una buena reintroducción de Franklin al resto del mundo: “Estoy encantado de conocerte”.

No hubo un gran anuncio, no fue gran cosa, solo una conversación natural entre dos chavales cuyas diferencias obvias no les importaban. Y el hecho de que el padre de Franklin estuviera luchando por su país, también era una declaración importante por parte de Schulz.

Aunque Schulz nunca dio importancia a la inclusión de Franklin, hubo muchos seguidos, especialmente en el Sur, que estaban disgustado por ello, y hubo polémica. Un editor sureño incluso dijo: “No me importa que haya un personaje negro, pero por favor no los muestres juntos en la escuela”.

Incluso hubo una conversación entre Schulz y el presidente de la distribuidora de cómic, que estaba preocupado por la aparición de Franklin y cómo podía afectar a la popularidad de Schulz. Varios periódicos amenazaron con dejar de publicar la tira.

La respuesta de Schulz: “Recuerdo contarle a Larry sobre Franklin – él quería que lo cambiara y hablamos sobre ello mucho rato al teléfono y finalmente yo suspiré y le dje: Mira, Larry, así son las cosa: O lo imprimes tal y cómo está o lo dejo. ¿Qué te parece?”

Franklin se convirtió en un personaje habitual en la tira cómica y, a pesar de las quejas, se le pudo ver sentado delante de Peppermint Patty en la escuela y jugando en el equipo de beisbol del centro.

Envejecer, morir

“No consigo incorporarme a mi verdadera edad. No entiendo cómo he llegado a esto. No atino a descubrir en qué momento de mi juventud me perdí, cómo caí en el agujero espaciotemporal que me trajo hasta aquí”.

Rosa Montero, «El peligro de estar cuerda»

No sé si he hablado alguna vez de Vandita. Es una mujer adulta (pero muy joven), adoptada, a la que conozco solo virtualmente pero que comparte materiales visuales sobre las consecuencias de la adopción super interesantes. Muchos de ellos los he imprimido para intentar lograr algo de comprensión en la escuela… sin demasiado éxito. Pero a mí me resultan muy útiles, una especie de faro para no perder de vista lo esencial.

Pero de esto hablaré en otro momento: hoy quiero compartir un texto que publicó en las redes hace unos días sobre los cumpleaños y la relación con la madre biológica que me pareció precioso y que me ha permitido, generosamente, compartir aquí.

Soy una persona que siempre ha disfrutado con su cumpleaños y no lo han relacionado con su adopción, pero este año te tengo en mente especialmente, digo especialmente, porque de una forma u otra siempre estás presente, quizás porque mis sensaciones corporales y mi cabeza me dicen cosillas y teorizo. No me molestas ni me incomodas, al contrario que lo que la sociedad piensa, ya que a veces siento que a las personas adoptadas nos presionan para estar enfadada con nuestra madre biológica.

A mi hoy me gustaría decirte que espero que estés bien, acompañada, en calma, y con una vida sin muchas complicaciones y si no lo estás lo siento mucho y si ya no estás también lo siento. Quiero decirte que si te has olvidado de mi lo entiendo que seguramente era cuestión de supervivencia, en mi caso no sé ni quién eres, ni cómo es tu rostro, ni tu olor, no te recuerdo conscientemente pero no te olvido, sé que hay cosas que me vendrán de ti, y sé que tú tendrás algo de mi, también me gustaría decirte que en mi casa siempre has estado presente y que he podido hablar de ti, y pensar en ti libremente. Me encantaría decirte que empatizo con el posible dolor o con la sensación de alivio que fue para ti abandonarme, porque no sé si no me querías, si sí que me querías o qué pasó, no te juzgo, y yo que no soy de abrazos y esas cosas, te abrazo un poquito con mis pensamientos. De lo que estoy segura es que cualquier situación que te llevase a abandonarme no fue fácil.

Y esto es lo que te dejo en una pequeña y gran ventana que son las redes sociales, y que tras darle nuchas vueltas a si escribir esto o no, he decidido que sí, porque como te he dicho anteriormente a veces me agota que parece que las personas adoptadas siempre debemos estar enfadada con nuestra madre biológica y eso no es así, además esta ventanita de las redes sociales está planteada para intentar dar otra visión de la adopción, y en nuestro vínculo con la madre biológica hay ratitos para todo, y yo últimamente solo te pienso desde intentar empatizar con tu dolor, fuese cual fuese. El resto nos lo quedamos para nosotras, dos conocidas completamente desconocidas.

Hoy, ayer, mañana, hace tres días, o cuando fuese la fecha exacta de tu parto y mi nacimiento también es tu día, nuestro día.

(Fotografía: Eric Lafforgue, Peregrina feliz de la India).

La historia de Ennatu

En agosto de 2006 pasé 10 días en Addis Abeba para ultimar la adopción de B. Una mañana, cuando salíamos del hotel, B. estaba tumbado en las escaleras del Hotel Ghion y escuché unas voces decir en catalán: “¿Cómo se debe decir en amariña “levántate”?

Eran dos parejas con sus hijas etíopes de 10 años, Ennatu y Banchi, que estaban haciendo el viaje de regreso a los orígenes. No recuerdo si iban a salir hacia el norte o habían regresado de allí; creo que estaban empezando el viaje.

Un año más tarde, cuando B. entró en la escuela, descubrí que una de las niñas, Ennatu, iba a uno de los cursos superiores. No recuerdo si hablé con ella, pero sí tuve muchas conversaciones con su madre, al igual que con la otra madre de un niño nacido en Etiopía que estaba en edad entre Ennatu y B.

Ahora, Ennatu Domingo narra su historia en el libro “Madera de eucalipto quemada”. Regresa a ese viaje, primero de muchos, que ella no quería hacer pero que agradece que sus padres le impusieran. Regresa también a su primera infancia, los primeros 7 años de su vida, tan distintos a los de después, junto a su madre Yamrot y sus hermanos, viajando de un lugar a otro de Etiopía para buscar trabajo y tratar de mejorar su vida. Como tantos niños y niñas etíopes, asumió responsabilidades de mayor, como ayudar a nacer a su hermano pequeño y cuidar de él, cargándole en la espalda, o contribuir al sustento familiar recogiendo algodón. Es desgarrador cómo narra la enfermedad y la pérdida de su madre y su hermano, que murieron con pocos días de diferencia.

Muchas de las cosas que cuenta me son familiares: el omnipresente olor a eucalipto, las sisters de la madre Teresa que tantas criaturas huérfanas han acogido, los lugares del Norte de Etiopía por los que viajó, las imágenes de las mujeres cargando leña y bidones de agua, el extraño encuentro con extraños que acabarán convirtiéndose en tu familia, la conexión con la película «Vete y vive» que tantas veces hemos visto en casa. Pero otras me ayudan a entender lo que B. (mucho más pequeño y por tanto, sin memoria) vivió antes de llegar a mí. La precariedad de su vida en Etiopía y el amor, la fortaleza de su madre, a la que imagino con la cara de la madre de B. El viaje que le llevó hacia el resto de su vida. Las muertes, las pérdidas, inasumibles para un cuerpo tan pequeño. La doble identidad. La desculturización. La pérdida (y posterior recuperación) del idioma.

Las preguntas sin respuesta.

Lo de Jada Pinkett-Smith

Tengo que confesar algo: soy lenta. Necesito tiempo para procesar las cosas, comprenderlas y conseguir tener una opinión sobre ellas. Necesito leer a otra gente, escuchar otras opiniones, darle vueltas, rumiar, para conseguir colocar en el sitio que toca algo que quizás me hace ruido pero no sé por qué.

Hago todo esto mientras otra gente se lanza a opinar y sentar cátedra y siempre acabo llegando tarde; como cuando me toca responder a una inconveniencia, que siempre se me ocurre la respuesta oportuna cuando he vuelto a casa.

De lo de Will Smith y Chris Rock, lo primero que vi es el machismo. El machismo del “chiste” y el machismo de la reacción del marido ofendido. Una reacción que en aquel momento me hizo pensar en los pistoleros de las películas del Oeste, en las luchas de espadachines del siglo XIX, en el concepto medieval de la honra, que reside siempre en el comportamiento y el cuerpo de la mujer. Donde ella es una propiedad, nunca sujeto.

El machismo que los ponía a ellos en escena y la invisibilizaba a ella.

No, no me molestó la bofetada. Me molestó que no fuera ella quien la diera.

No me molestó la bofetada porque lo que vi fue una cosa que vemos muchas veces en las dinámicas de grupo, en las escuelas, en el bullying: el chaval que estalla después de aguantar agresiones pseudo soterradas, pseudo disfrazadas de bromas y “cosas de niños” de forma continua e insoportable; y que siempre termina con la criatura que reacciona castigada y los provocadores yéndose de rositas.

Estamos hartos de las bromas de mal gusto, de los chistes racistas, machistas, homófobos, de la risa colectiva que te deja con cara de pasmo y la imposibilidad de contestar; y que cuando eres capaz de reaccionar te hace quedar como el idiota sin sentido del humor al que descalifican con el epíteto “ofendidito”. Los que siempre se ríen de los de abajo, de los vulnerables, de los que no tienen la posibilidad de alzar la voz.

Si no hubiera habido esta bofetada, si no hubiera habido esta escena, si ella (o él) se hubiera quejado verbalmente de lo ofensivo y doloroso que fue escuchar un chiste sobre una cuestión estética provocada por un problema de salud, ¿no les habrían despachado con un “ya no se puede hacer humor de nada”?

No me molestó la bofetada: si hubiera sido ella la que la hubiera dado, habríamos hablado de autodefensa, pero, si es el marido el que sale a defender a su mujer, ¿no nos convierte en damiselas desvalidas, no nos niega capacidad de decidir nuestra respuesta, no nos infantiliza?

Y entonces leo a alguien que dice

Feminismo blanco: Nos tocan a una y quemamos todo

*violentan a una mujer negra*

Feminismo blanco: Ella se puede defender sola, la violencia no es la solución

Y sí, me  hace ruido. Si hubiera sido otra mujer, otra compañera, quien hubiera salido en su defensa, lo llamaríamos sororidad, pero si lo hace su marido, ¿debería haberse quedado callado? Consideramos que hay que salir en defensa de quien tiene menos privilegios, ¿excepto si una unión conyugal nos une a esta persona?

Por no hablar de lo que estarían diciendo de Jada Pinkett-Smith si hubiera saltado: histérica, descontrolada, incontrolable, ofendidita.

Y entonces leo este artículo de Désirée Béla-Lobedde y asumo, otra vez, lo mucho que me queda por aprender para poder empezar a opinar.

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