familia monoparental y adopción

Oculto sendero

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En el club de lectura feminista en el que estoy hemos leído este mes “Oculto sendero”, la novela autobiográfica póstuma de Elena Fortún (la autora de Celia, un clásico de la literatura infantil española, aunque yo no lo leí y lo conozco solo de oídas). Por culpa de las lecturas obligatorias del trabajo no pude terminarlo a tiempo para el club de lectura, pero he seguido leyendo después porque es la clase de libro que quiero recomendar todo el rato a todo el mundo.

La protagonista es una niña, luego joven, que no encaja en los cánones de género de la época. Ya desde pequeña es lo que llaman un “chicazo”, una niña que huye de los deberes y los estereotipos que se asocian a su género, que prefiere subir a los árboles antes que coser, y que llora desconsolada cuando le regalan un vestido con puntillas en vez del traje de marinero que ella deseaba.

Desde pequeña mira con admiración y deseo a las mujeres que se salen de la norma, y detesta a su familia por despreciarlas y criticarlas. Teniendo en cuenta que hablamos de finales del siglo XIX, el enfoque es brutalmente valiente.

También es brutal la reflexión desesperada sobre el papel de las mujeres y las relaciones con los hombres, la necesidad de ser autosuficiente económicamente, lo vacío de la vida de ama de casa, la necesidad de crear algo más que hijos, que me ha hecho pensar en otra novela magnífica, que retrata una época muy similar: “El despertar”, de Kate Chopin. Demoledora la descripción de la relación, nunca fácil, siempre llena de malentendidos y rencores, con la madre, que se pasa toda la novela intentando convertirla en una mujer de bien, que encaje en la sociedad en la que le ha tocado crecer. También es muy llamativo el retrato que hace de la crianza en la época, ideal para darle en los morros a todxs lxs nostálgicxs de la “crianza de antaño”: las criaturas nacían y morían por puñados, las mandaban a criar a los pueblos, se ocupaban las criadas o los cuidaban las abuelas… menos la de la protagonista, que ponía a su hija en el centro, y era muy criticada por ello.

Y la nostalgia de haber nacido solo una década más tarde y no haber podido ser, en vez de esposa y madre, una de esas chicas que estudiaban en la universidad.

No dejo de pensar que lo que retrata no está tan lejos de la infancia de mi madre, porque aunque mi madre vivió más de medio siglo más tarde, y nadie le impidió pisar la universidad, también pagó precios muy altos por su empeño en no ponerse vestidos, cortarse el pelo y jugar a la pelota, también creció en una infancia en el que las mujeres – y las niñas – eran ciudadanas y parientes de segunda, siempre vigiladas, controladas, constreñidas, censuradas, también creció en un mundo en el que el matrimonio era el destino ineludible de las mujeres y donde la opción de enamorarse de otra mujer ni siquiera estaba dibujada.

Todo esto, tan enquistado en nuestra sociedad, ha cambiado mucho en muy pocos años. Pero no se me escapa que en el fondo, las cosas cambian en la superficie, pero las estructuras permanecen. Y seguimos sin estar tan lejos.

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Tenemos a todo el personal en pie de guerra por una noticia con un titular espectacular: “Vetada la caperucita roja por sexista”. Un titular llamativo, creado para levantar expectación y que le demos al enlace y leamos la noticia… pero parece que no ha funcionado y mucha gente no ha pasado del titular.

Si leemos la noticia, nos damos cuenta de que habla de cómo algunas escuelas están analizando y revisando sus bibliotecas escolares para que los fondos que contienen sean menos sexistas. Esto implica eliminar algunos libros, sobretodo en las primeras etapas, y adquirir otros que sí tengan perspectiva de género. Es decir, que ofrezcan modelos a las niñas (¡y niños!) que van a leerlos más allá de la clásica princesa de pelo largo y rubio que espera que la salven.

A mí me parece que se han quedado cortos. Que deberían revisar las bibliotecas, además, desde el punto de vista de la raza, de la orientación sexual, de la diversidad familiar y de las capacidades diversas.

En una biblioteca escolar cabe un número limitado de libros, y cuidar qué tiene -y qué no- es importante, para evitar estereotipos y para que todas las realidades estén representadas. Tanto en lo que se refiere a los libros clásicos como a los nuevos. Más, teniendo en cuenta que en otros entornos es posible que nadie lo cuide.

El trabajo fundamental de las bibliotecarias es hacer una buena selección de lo que hay en una biblioteca, teniendo en cuenta los criterios que consideren apropiados. Yo a mis hijos les he contado y comprado todos los cuentos clásicos, pero tengo en cuenta cosas como que en su biblioteca los personajes femeninos sean activos o que estén representadas las personas racializadas, o que huyan de estereotipos… y cuando no es así, le aplicamos una mirada crítica. Como hicieron con nosotras nuestros padres, lo que nos permitió ver desde muy pequeñas lo chirriante que era que en las aventuras de Tintín o Astérix las mujeres brillaran por su ausencia – y tuvieran un papel bastante penoso en las pocas ocasiones en las que salían – o lo llamativo que era que la niña valiente de “Los 5” quisiera ser nombrada en masculino mientras que la otra se ocupara de la limpieza y la intendencia de toda la pandilla.

Igual que para mi biblioteca busco libros de personas racializadas, de mujeres, que traten temas cercanas a la sensibilidad LGTBI, que hablen de y desde las distintas capacidades… lo mismo busco para las bibliotecas de mis criaturas.

Echo mucho de menos esto en las bibliotecas de las escuelas de mis hijos –han traído a veces libros a casa que son de juzgado de guardia-, y agradezco que haya centros que se plantean este tipo de cosas.

He oído y leído todo tipo de barbaridades respecto al hecho de que, ¡por fin!, haya bibliotecas escolares en las que se revisan los fondos desde lo coeducativo (insisto: ojalá pronto se consideren otras variables igual de importantes).

Por ejemplo, he leído la expresión “Fascismo de género”… y no, con esto no se refieren al hecho de que casi todos los libros de las bibliotecas de las escuelas tengan una gran mayoría de protagonistas masculinos, ni que estos sean valientes y activos, o que las madres que salgan se dediquen a los trabajos domésticos, mientras que los hombres conserven el  papel de salvadores. Y claro, es mucho mejor decir que el feminismo censura a los clásicos que plantearnos por qué aceptamos que las bibliotecas de las escuelas de nuestros hijos estén llenos de libros cuajados de estereotipos de todo tipo, que les llegan sin ningún acompañamiento ni valoración crítica por parte de sus maestras y maestros.

También he leído que esta medida es fomentar la ignorancia, y me llama la atención que consideremos ignorancia al hecho de que falten libros machistas, racistas, homófobos o capacitistas, pero no que falten libros que muestren niñas y mujeres fuertes, protagonistas racializados, familias y personas diversas.

Por supuesto, he oído la palabra censura. Y me parece muy curioso que con la cantidad de censura que hay en nuestro entorno – raperos condenados, titiriteros presos, autores de documentales sobre la pervivencia del Franquismo con penas de cárcel … – en vez de hablar de ellos arremetamos contra un colectivo que hace un trabajo de coeducación para nuestras criaturas. No me parece inocente en absoluto.

Más sensibles

Copio del muro de Facebook de I, autora de uno de mis blogs de cabecera, y de los pocos que siguen resisitiendo, Cuaderno de Retazos:

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Dice Montse Lapastora en uno de sus artículos: “No olvidemos que los niños adoptados son más sensibles y frágiles que los demás, por lo que cualquier cosa que para un niño que no ha pasado por situaciones adversas, no tendrá mayor dificultad en asumir, para un niño adoptado es mucho más difícil hacerlo, pues nunca se sintieron seguros en sus primeros meses o años de vida.”

Reconozco que: 1. Se me olvida muchas veces y la fastidio 2. Lo tengo tan presente, otras veces, que no puede ser bueno, porque pierdo perspectiva, y la vuelvo a fastidiar.

Aun así, te perdono guapa ¡haces lo que puedes!

 

La niña de la foto

Mucho se ha escrito ya de la historia de Sara, la niña de la izquierda en la foto, que hace algunos días lanzó un llamamiento en Twitter para encontrar a Alejandra, la niña que sale a su lado en esta foto y que fue su cuidadora y su referente en el orfanato de China del que ambas fueron adoptadas.

Es otra historia que muestra lo distinta que es la adopción desde que existen las redes sociales, la necesidad de conectar con los orígenes, la importancia de los vínculos…

…pero también tiene algunos elementos, detalles, si queréis, que no han dejado de llamarme la atención y que me parecen muy paradigmáticos de lo que todavía es la adopción.

Lo primero que me llamó la atención es el nombre que Sara Danyao, la chica que buscaba a su amiga/cuidadora/hermana de orfanato (como la llamaría A., como llama al que fue su compañero de habitación en la crèche y sigue siendo su amigo) ha escogido como nombre en Twitter: Not Sara. Dos palabras que nos deberían hacer abrir una reflexión sobre los nombres, la identidad, lo que representan y el precio de cambiárselos a nuestros hijos e hijas cuando les adoptamos.

Otra cosa que me ha parecido llamativa es que Sara Danyao lanzara su búsqueda en Twitter… para encontrarse el mismo día con que sus padres adoptivos guardaban el teléfono de la otra chica. ¿Por qué no preguntó antes a sus padres? ¿Es desconfianza hacia ellos, tiene relación en cómo le han transmitido sus orígenes? ¿Es miedo a su reacción? ¿O miedo a que se sientan dañados si saben que quiere conectarse con esta parte de su historia anterior a ellos? ¿Es el sentimiento de que su búsqueda, su historia, sus orígenes, son cosas ajenas a su familia adoptiva, que necesita hacer por ella misma?

Y en tercer lugar, me parece llamativo, e indignante (aunque no sorprendente, porque en los últimos años he conocido no pocos casos similares) que la familia adoptiva de Alejandra, la otra niña, cortara de raíz la relación entre las dos. ¿Por qué unos padres deciden cercenar una relación fundamental en la vida de su hija? ¿A qué tienen miedo? ¿Qué problemas y carencias propias tienen que resolver si sienten que el hecho de que su hija quiera a las personas con las que ha compartido su vida hasta este momento es una amenaza para ellos? ¿Por qué tantos padres adoptivos necesitan sentir que la vida de sus hijos e hijas empieza cuando les conocen a ellos? ¿No indica esto en el fondo que no se siente seguros de su posición en la vida de la niña, que no se sienten padres (adoptivos) legítimos?

Y sobretodo, al margen de las respuestas a todas estas cosas, ¿con qué derecho toman una decisión así?

 

Ya hemos comentado en este blog en alguna ocasión alguna de las charlas de Addif, siempre interesantes. La última corrió a cargo de Xavier García, psicólogo gestalt y sistémico, terapeuta, mediador y educador social, que habló sobre los orígenes, es decir, sobre la madre biológica.

La distancia me hizo imposible acudir, pero la gente de Addif ha colgado este resumen, hecho por su coordinadora Puri Biniés, que he decidido compartir en traducción casera.

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Hablar de los orígenes es hablar de los distintos aspectos de la vida de nuestros hijos antes de la adopción pero es, sobretodo, hablar de la madre biológica, de cómo la sienten nuestros hijos, de cómo la sentimos nosotros. 

Todo hijo adoptivo, independientemente de la edad de su adopción, ha vivido un momento muy duro: la madre biológica, de la que dependía, a la que necesitaba, despareció. La conexión con este dolor la puede revivir en muchos momentos de su vida porque en su interior puede quedar este mensaje: tenía unas necesidades y nadie las cubrió, no soy digno de ser querido, tengo carencias por esto no fui válido para mi madre, si mi madre desapareció, todo puede desaparecer. Unos mensajes afectan directamente a la propia autoestima, desarrollo madurativo, seguridad, confianza en la relación con los otros… 

Es muy importante tener en cuenta, atender y por tanto reconocer esta criatura herida y desatendida que hay dentro de nuestros hijos adoptados. Es necesario darles, en algún momento, la atención propia de un bebé, de un niño pequeño, que no pudieron tener en su momento. Esto es lo que nos permitirá acercarnos, poder hablar de su historia de vida, de su madre biológica. 

Es después de atender, de reconocer a esta criatura interior que nos podremos acercar al tema del origen: y el centro es la madre biológica, después también los hermanos, el padre, el país, el idioma… pero el centro siempre es la madre. Como dijo en la consulta una hija adoptiva, “si alguien te dice que no piensa en su madre biológica, no le creas”. 

El trabajo que deben hacer los padres adoptivos es cómo situar la madre biológica dentro de la propia familia, porque al ser parte de la vida de nuestro hijo, es parte de la vida de nuestra familia. 

Sobre el hecho de hablar con los hijos de los orígenes, hay familias que dicen: Cuando nos pregunta se lo decimos. O: No nos pregunta nunca… si nuestra actitud como padres es responder solo si preguntan, nosotros mismos le estamos quitando importancia al tema, lo estamos silenciando, y, por lo tanto, no estamos favoreciendo que hablen de ello abiertamente. 

Para poder dar un lugar a la madre biológica en nuestra familia, hay que preguntarse: ¿Cómo habita en mí la madre de mi hijo? ¿Pienso en ella? ¿La siento? ¿Es importante para mí? Si no vive en mí, si no la pienso, será difícil poder acompañar a nuestro hijo en este tema. A veces, frente a una pregunta del hijo sobre su madre biológica, es importante responder con un “Yo también me he hecho esta pregunta”, porque le estamos diciendo “Yo también pienso en tu madre, como tú”, y así es como podemos hacer que se sienta acompañado. El espacio para la comunicación surge cuando compartimos lo que sentimos, de manera espontánea, no porque “ahora toca hablar”. 

Si sentimos internamente lo que decimos, aunque sea triste o doloroso, no le haremos ningún daño a nuestro hijo. A los adultos nos asusta hablar de temas dolorosos con nuestros hijos, pero a menudo ellos ya han pensado en ello y ya han sentido dolor. Hablar de temas dolorosos les permite expresar su tristeza, lo que duele es no poderla expresar. Y quizás a quién más duele un tema difícil es al mismo adulto, por asuntos no resueltos (sobre la madre biológica, por ejemplo, se la puede estar juzgando, estigmatizando, viendo como una competidora, con miedo…)

Cuando la familia adoptiva siente que ha hecho un lugar a la madre biológica de su hijo, tenemos mucho ganado: ya no se tiene miedo de hablar porque hay un respeto, un reconocimiento hacia la historia de vida de nuestro hijo. Y podemos entender y acoger los sentimientos de nuestro hijo hacia su madre biológica, que pueden ser de tristeza, de rabia, de amor-odio, de injusticia, etc. Y hablar de ello. Cuando le damos nombre a lo que sentimos, le estamos dando un sentido a lo que ha pasado o a lo que está pasando. 

El tema de los orígenes es, metafóricamente hablando, como un jardín muy oscuro que tenemos en casa y en el que nos da miedo entrar. Nos da miedo a todos, padres e hijos adoptivos. Hay tres niveles de aproximación por parte de los padres al tema: 

  1. Mi hijo no habla, no le interesa el tema, así que no hablamos de ello en casa. Pero todos sabemos que “el jardín” está allí. Si no hablamos nunca de la vida de nuestro hijo antes de la adopción, de la pérdida de su madre biológica, le estamos dando los siguientes mensajes: en esta parte de tu vida hay cosas “negativas”, “no queribles”, “abandonables”… y la prueba es que no hablamos de ello, que las mantenemos lejos, que no queremos que formen parte de nuestra vida actual. y si no forma parte de la vida de los padres, el hijo llega a la conclusión de que “se las debe comer solo”, y no pregunta porque no es fácil y porque siente que a los padres les incomoda que pregunte. 
  2. Los padres le dicen al hijo: tienes que ir a este jardín, pregunta todo lo que quieras, te responderemos, te ayudaremos, te acompañaremos si un día quieres entrar en él, incluso a conocer a tu madre, “pero si tú quieres”, en definiitva, “es asunto tuyo”, te puedo “ayudar”, “acompañar hasta la entrada”, pero no “compartir contigo”. Es difícil entrar solo en un “jardín oscuro”, y más siento un niño. 
  3. Los primeros que entrar en el jardín son los padres, aunque al principio los hijos no vayan. Cuando los hijos adoptivos ven que los padres van, que están allá, los hijos podrán ir también. Y querrán ir porque se sentirán acompañados de verdad. El mensaje de los padre es: cuando quieras puedes venir, nosotros estamos aquí y te esperamos. Es decir, nosotros pensamos y hablamos de tu vida anterior a la adopción, y de vez en cuando te decimos lo que sentimos al ver tal película, o tal persona, o tal noticia… que nos recuerda a lo que te pasó, o a lo que quizás le pasó a tu madre biológica… y así le estamos diciendo que lo aceptamos entero, con lo que es y con su historia de vida, con sus orígenes, con su madre biológica, con el país donde nació… que todo esto forma parte de nuestra familia, que no se entendería nuestra familia sin todo esto. Él puede venir o no, puede querer o no hablar de ello, puede necesitar su tiempo y debemos respetarlo. Pero sabe que nosotros le esperamos. Y es importante, más que preguntar a los hijos qué sienten, qué piensan, decirles qué pensamos o sentimos nosotros, sin más pretensión. Cuando les hablemos de qué sentimos no nos equivocamos y les transmitimos, de verdad, que no están solos. 

Sentir y saber transmitir que la madre biológica de nuestro hijo tiene un lugar en nuestra familia, que sin ella nuestra familia no se entendería porque es quien dio la vida a nuestro hijo y llegó hasta dónde pudo… es también importante para acompañar a nuestro hijo y para que él pueda expresarse libremente. El niño puede estar muy enfadado con su madre biológica, pero lo que es importante es que pueda compartir este sentimiento y que nosotros lo validemos, lo aceptemos y le ayudemos a comprender. 

A menudo los padres tiene muchas dudas sobre si explicar o no hechos muy duros que pueden conocer de la madre biológica. Edulcorar unos hechos, una historia, que se conoce, es no aceptarla. Y esta no aceptación por parte de los padres adoptivos supone, de alguna manera, perpetuar esa fuente de sufrimiento del niño que fue abandonado. Hay algo en mi que no es bueno, por esto me dejaron y cuando tú te des cuenta también me dejarás. Igual hay que preguntarse como adulto: ¿Qué siento yo con al historia que conozco? ¿Por qué me cuesta explicarla? ¿tengo miedo del dolor que provocará a mi hijo o del dolor que provoca a mí? ¿Me siento inseguro, tengo miedo a que cambie nuestra relación? Conocer nuestros propios sentimientos y a partir de ahí, compartirlos con nuestros hijos, nos acercará a ellos y nos ayudará a hablar y compartir los hechos de su historia de vida que forman parte de su identidad. 

 

Nostalgia de los parques

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Hubo una época en la que el parque de la vuelta de la esquina era nuestros cuarteles de invierno. Íbamos por las tardes al volver de la escuela y todos los fines de semana: por la mañana, por la tarde, hasta el punto de que aprendí cuales eran las mejores horas en cada época del año, cuándo hacía sol en invierno y a qué horas había sombra y corría el aire en verano. Primero hicimos nuestra la zona de pequeños, con sus columpios con cestito, en los que primero B. y luego A. se resarcieron de lo que no les habían mecido en la primera infancia, y con su tobogan chiquito al que se llegaba por una pasarela de madera protegida con cuerdas, y, claro, el arenero en el que aprendieron a hacer flanes y túneles y a no arrojar arena a los ojos de las otras criaturas. Y la puerta con pestillo que todos sabían abrir desde la más tierna edad. Y luego colonizamos la zona de mayores, con el columpio que giraba hasta el mareo y el tobogán amarillo en espiral, y el rincón donde si no había muchos niños se podían improvisar partidos de fútbol.

En ese parque aprendió B. a ir en bici, A. se echó siestas en el carrito, ambos hicieron guerras de globos de agua en verano, pintaron con tizas el suelo, se untaron de helado de chocolate y se rebozaron en arena. Se metieron en los charcos hasta media pierna y se llevaron a casa hojas de otoño, piedras y palos. En él perdimos una bicicleta y recuperamos otra y tanto B. como A. hicieron infinitos recorridos en patinete y en moto feber.

En los bancos de ese parque leí a trompicones retazos de novelas y titulares de prensa y whatsapps atrasados y debates en Facebook. Repartí fruta guardada en tuppers a todas las criaturas que se acercaban, cambié pañales y puse tiritas, e hice sentar a B. y  a A. si habían hecho alguna trastada que mereciera reflexión. En los columpios aprendieron a respetar el turno y en los toboganes, las muchas maneras que hay de subirlos y bajarlos. En el arenero, a compartir sus juguetes y pedir correctamente los de otros, y a aceptar que hay niños que no quieren compartir y otros que no aceptan el no por respuesta.

Hicimos amigos en aquel parque: N., cuyos padres se separaron y se reconciliaron en aquellas tardes de parque; G. y R., con sus ideas siempre disparatadas; E., que tuvo primero una hermana y luego finalmente el hermano varón por el que su padre tanto suspiraba, y que dejaron de venir al parque; O. y N., tan distintos y tan hermanos, cuya madre descubrió que un señor que parecía un abuelo cariñoso era un pederasta sin nietos fichado por la policía; y sobretodo G., al que conocimos cuando buscábamos escuela y que sigue estando ahora que van al instituto, como siguen estando sus padres, convertidos en esa familia que escogemos. Hicimos red e hicimos barrio y nos fuimos arraigando como los árboles que le daban sombra.

Y al volver parábamos en todas las tiendas: en la de Delicatessen, cuyo dueño, J., siempre decía que tenía 7 nietos, y B. era el octavo; en el videoclub donde N. nos recomendaba películas y que durante unos años fue uno de los centros neurálgicos del barrio, donde nos encontrábamos todos antes de regresar a casa; en la óptica donde J. nos regalaba lacasitos. Esta es la única tienda que queda, porque J., el señor de la tienda de Delicatessen, murió de un cáncer y su mujer cerró la tienda; y el videoclub, aunque resistió, acabó sucumbiendo a la piratería y el Netflix.

Nos mudamos de ciudad cuando a B. se le empezaba a quedar pequeño el parque, pero aún volvimos algunas veces, en nuestros viajes, con A. y P. La última vez que pasamos por delante, vi que el tobogán en espiral había desaparecido.

“Ya no tiene tobogán mágico”, dijo P.

Aún vamos al parque a veces. Otros parques, otros barrios.

Me acordé de todo esto cuando leí este texto de Moli en su blog Cosas (que me pasan).

 

Día del padre (again)

Hemos reflexionado tanto sobre el Día del Padre que casi podríamos llamarle El Día de la Marmota. Todos los años me sorprende la cantidad de gente de mi entorno que sigue celebrando esta fecha. Todos los años las mismas discusiones sobre inclusión y privilegio. Todos los años me prometo a mi misma que no caeré…. que no volveré a hacer entrada en el blog. Pero en la página de Facebook de la Asociación de MSPE, una de las participantes, P., ha escrito un texto que me ha gustado tanto que he decidido compartirlo.

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Yo no soy padre, ni lo soy, ni lo pretendo. Yo soy madre monomarental, la adulta de una familia que no se corresponde con el modelo tradicional que nunca ha sido el único real. Yo tomé la decisión meditada y responsable de ser madre sin una pareja, hombre o mujer, que compartiera las tareas de crianza y cuidado de mi hijo, pero por fortuna no estoy sola, hay más adultos que nos quieren y nos ayudan tanto a mi hijo como a mi, con y sin vínculos de sangre. Desde el momento en que decidí que mi hijo vendría al mundo asumí que no éramos una “familia parcial”, yo no tendría que ocupar el papel de alguien ausente, porque no nos faltaba nada, éramos, somos, así. Tampoco sé que es hacer de padre, más allá de lo que dicta la biología (concebir,gestar, parir, amamantar…), no creo en los roles masculinos y femeninos, ni en progenitor1 ni progenitor2, ni como lo quieran llamar los que pretenden ir de modernos sin tenernos en cuenta,por supuesto, la biología tampoco es la base de todas las familias, ni siquiera el ingrediente más importante de las que sí comparten genes. Mi hijo necesita más referentes adultos de los que yo le proporciono, claro, pero no vivimos aislados en una montaña, vivimos en una sociedad plagada de referentes, buenos que reforzar, y malos que contrarrestar, con todos los grises que median entre unos y otros. Yo soy MADRE, y exigirme, aunque sea en rollo adulador, que sea algo más me parece machista e injusto, un parche para que nos adaptemos a lo convencional, me produce la misma sensación que cuando me felicitan el día de la Mujer llamándome heroína, la obra más bella de la creación y mil ideales inalcanzables más.

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