familia monoparental y adopción

Cerrado por vacaciones

 

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Mientras pueda pensarte

Acabo de leerme “Mientras pueda pensarte”, de Inma Chacón, una novela sobre el robo de criaturas en España de hace unas cuantas décadas (en la historia, los niños robados lo son a mitades de los años 60).

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Es una historia bien escrita, bien estructurada, que muestra todos los puntos de vista (aunque los narradores son la madre a quien se ha robado un hijo y el hijo que ha sido robado, están también muy bien dibujados la familia adoptiva, el entorno, y los que trafican con niños, desde el ginecólogo a la monja, pasando por los militares y los taxistas). Pero también me ha parecido especialmente atinado todo el subtexto, la explicación de cómo la pérdida, la separación, la adopción, lo que se cuenta, lo que se calla, los duelos sin resolver, las preguntas que se prefiere que sigan sin respuesta… afectan a todas las partes implicadas. En los adoptantes, en los adoptados, y en las madres biológicas he leído cosas que los adoptantes, adoptados y madres biológicas de mi entorno manifiestan cuando hablan de adopción.

Merece la pena.

 

El amor

foto de Estrategias Educativas.

Cuando empecé a aproximarme a la adopción, creía que el amor era la respuesta. Que los niños que necesitaban ser adoptados eran niños que no habían recibido amor y que el afecto era lo único que necesitaban para estar en el mundo como cualquier otra persona.

Yo les querría más que a mi vida, y esto sería suficiente.

No me planteaba que muchos de los niños que entraban en adopción ya habían sido queridos: por sus primeras madres, incluso en casos en los que no habían sido capaces de cuidar de ellos; por sus primeras familias; por sus madres y padres de acogida, por sus cuidadoras en los orfanatos. Por sus compañeros de habitación.

Luego descubrimos que además de amor, hacían falta terapias, libros, capacidad de contención, capacidades parentales especializadas, una paciencia infinita, la capacidad de ver al niño real que habíamos convertido en nuestro hijo, a veces tan distinto del que habíamos imaginado.

Que el amor no lo cura todo, no lo puede todo.

Que a veces no es suficiente.

Han pasado los años y he descubierto que sí, es cierto, el amor no siempre es suficiente. Hacen falta otras cosas, y a veces no somos capaces de encontrarlas o darlas.

Sin embargo, me he dado cuenta también de que haber sido o no haber sido querido hay una diferencia sustancial, que marca una diferencia abismal en la manera en la que estamos en el mundo.

Como dice I.,  el amor no lo es todo: solo los cimientos donde se ha de sostener toda una vida.

R. sentada en una plaza

 

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R. se sienta en un banco de la plaza, el carrito del bebé junto a ella, las chancletas del segundo. Le pega un par de gritos sin mucho convencimiento, no se puede ir descalzo, hay cristales, está sucio.

El niño se ríe desde los columpios, a 10 o 15 metros de la madre, pero no se acerca a ponerse los zapatos.

Cuando ella se gira, corre hasta el carrito y desata al bebé, lo coge en brazos, se lo lleva a los columpios, “él quiere estar conmigo, ¿ves?”

Este niño es malo, es malo, los otros no, pero este es malo, siempre problemas, ahora toma un jarabe, ella también toma un jarabe para los nervios, todos los días llaman del cole, la orientadora, la profesora, todos los días, la policía.

Antes hablaba mejor español, era joven, trabajaba, tenía amigos, compañeros, jefes. Ahora no, en la casa todo el día, encerrada con el bebé, y se me olvida cómo se habla.

30 años aquí, 20 años en Galapagar, en la misma casa.

Hasta hace dos semanas.

R. sonríe al bebé, que también sonríe, fue un embarazo muy malo, los otros fueron bien, pero con el cuarto no podía más, se paró en una cafetería a la hora del desayuno, no podía hablar, no podía caminar, llamaron a una ambulancia, le preguntaban cosas y ella no respondía. La ingresaron y ella estaba preocupada por sus chicos, ¿qué iba a pasar con ellos, quién los iba a cuidar?

La trabajadora social es muy buena, le dijo a su marido que tenía que ayudarla más y ahora él ayuda con los niños, los viste, los prepara, les da el desayuno. La trabajadora social es muy buena, le dijo que buscarían plaza para los niños en un colegio cerca de donde trabaja su marido, muy lejos de su casa, y llevan un año yendo a ese colegio.

Viven en la residencia, los tres mayores, los viernes por la noche su marido los recoge cuando sale a las 9 de la tienda donde trabaja, los mete en el autobús y se van hasta Galapagar, llegan pasadas las 11, casi siempre dormidos, el lunes por la mañana se los lleva otra vez, y así pasan las semanas.

Finalmente han encontrado un piso en el barrio, uno que pueden pagar, su marido ha dicho que sí, que quiere vivir con ella, y un amigo les ha alquilado un piso con dos habitaciones, una para ella y otra para los niños, lleva aquí dos semanas, dice, mientras mira alrededor tomándole la medida al barrio, señalando hacia las cosas que empieza a conocer, el centro de salud, el supermercado, la residencia, el colegio.

Un piso muy bonito, recién pintado y con el baño nuevo.

Tiene que comprar muebles, no tiene armario, deja la ropa de los niños plegada y amontonada en una esquina. Y le vendría bien una litera.

Los niños siguen en la residencia, pero espera que el curso que viene ya estarán en casa, porque en la residencia aprenden muchas palabrotas.

Olor a verano

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El olor a limpio de las sábanas blancas lavadas con lejía colgadas a secar en el jardín.

El alquitrán pegado a las aletas de la nariz mientras tiras papel de water desde la barandilla del barco y te despides de tu ciudad y los que quedan en ella.

La goma de las gafas de bucear y las aletas nuevas.

El olor a polvo y peladillas de los libros viejos que redescubres tras un año fuera.

Los melocotones dulces y dorados.

La higuera en la que anidaron los sueños de nuestra infancia. Ese aroma dulce y espeso de fruta madura, y el zumbar de las avispas.

La intensidad de los pinos a lado y lado de la carretera mientras te vas acercando a la playa.

El tomillo sobreviviendo en caminos polvorientos mientras las cigarras te ensordecen.

La cocacola chisporroteando en un vaso con hielo y limón.

Las berenjenas dorándose en la sartén para la tortilla de la cena.

Los tomates, la albahaca, el aceite de oliva.

La paella de R., con el socarrat justo.

El aftersun secándose en la piel después de la ducha al regreso de la playa.

El aire impregnado de sal cuando paseas al atardecer y escuchas los sonidos de las cocinas donde se está preparando la cena.

Los jazmines que se abren por la noche y perfuman el camino de regreso a casa después del cine, mientras la música suena de fondo.

Línea de la vida

La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadas

A., 9 años. Le ponen como tarea un trabajo sobre “la línea de la vida” (su vida, año a año). Como “deferencia” por su historia, le permiten empezarla donde él quiera. Decide empezarla al nacimiento.

 Pasan los días y no ha entregado el trabajo. Finalmente, tras algún tira y afloja, lo termina y lo entrega.

“¿Sabes? A los chicos adoptados no nos apetece nada hacer este tipo de trabajos”.

El poder de las palabras

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Hace unos días alguien colgó este vídeo en un grupo de adopción que sigo.

En él se ve a una madre que desposita a su hijo, un bebé, en un rincón de un párking en algún lugar de China, y luego se va.

Le abandona.

Es sobrecogedor. Lo ves y lo primero que te viene a la cabeza es ¿cómo puede haber hecho algo así? ¿No ve que es peligroso? ¿No tiene sentimientos?

Pero…

También podemos ver otra cosa.  Una madre que arropa al niño, que lo acomoda encima de la manta… que tal vez lo deja en un garaje para protegerlo de las inclemencias del tiempo. Que puede estar muerta de miedo, considerar que no tiene otra opción, pensar que es lo mejor para el niño. ¿Cómo saberlo? ¿Cómo juzgar sin conocer las circunstancias de la madre?

Si no quería ponerlo a salvo, ¿por qué tomarse la molestia de entrar en el párking, buscar un rincón, dejarle bien colocado sobre una manta?

¿Os habéis fijado en el poder de las palabras? Donde unos pueden ver una madre que se preocupó en abrigar a su hijo, otros verán que la manta estaba sucia… nos parece terrible (y lo es, que duda cabe) abandonar en la calle a un bebé, pero en determinados lugares y circunstancias puede ser una forma de protegerle, aunque nos parezca increíble… y en función de lo capaces que seamos de abrir la mente y ver las cosas desde uno u otro lado, les transmitiremos a nuestros hijos…

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