familia monoparental y adopción

Archivo para noviembre, 2010

Madres

¿Qué es ser madre? La primera acepción que da el diccionario para “madre” es “Hembra que ha parido”, y también la ley reconoce como madre la que pare (y subsidiariamente, la que adopta).

Los modelos de maternidad han cambiado mucho desde que yo era pequeña. Recuerdo que hace 25 años, mi madre viajó a Inglaterra y volvió muy sorprendida porque en ese país había empezado la etapa de los hijos únicos y los padres mayores y se trataba a los niños como si fueran tesoros a los que era necesario contemplar, proteger y conservar. Un cuarto de siglo después, esta tendencia ha llegado al mediterráneo, como cuenta Elvira Lindo en este artículo.

No me identifico con el modelo de madre que retrata, aunque no me habría importado dar el pecho a mis hijos a demanda si los hubiera parido, llevarlos en brazos hasta aburrirles si mi espalda hubiera aguantado y criarlos un par de años en casa si hubiera podido cogerme ese tiempo sabático. Pero creo que es interesante la reflexión que recoge, de Erika Jong: “cumplir con la estricta entrega que los expertos de esta religión exigen -celebrar la lactancia a demanda, defender esa lactancia al menos durante dos años, obviar los relojes no marcados por las exigencias del bebé y reducir la responsabilidad de la crianza al padre y a la madre, dejando fuera a los demás familiares- sólo es posible en general si se tiene un nivel económico alto, porque, ¿de dónde saca el dinero una madre normal para renunciar durante todo ese tiempo a su trabajo?”

No digamos ya si eres monoparental…

Hay un proverbio africano que dice que es necesaria una tribu entera para criar a un niño. Comparto esta idea, y de hecho, una de las cosas que más echo de menos en la crianza de mis hijos – y del resto de niños – es precisamente esta tribu. Estas manos de más, estos ojos de más, este apoyo colectivo.

Es posible que si hubiera habido una tribu vigilante, César, el niño de la maleta, del que habla este artículo, hubiera corrido mejor suerte. ¿Cómo puede ser que un niño desaparezca durante 2 años y nadie le eche de menos? ¿Que sus abuelos acepten durante 2 años no verlo jamás, no oír su voz al teléfono, no recibir ninguna foto? ¿Que su padre, con el que había vivido anteriormente, no haya intentado verlo o ponerse en contacto con él?

Por cierto, la madre de César también es madre. Una mala madre, una madre enferma, loca, insana, terrible, una madre monstruo, pero madre al fin. Porque, a pesar de los lugares comunes que todos compartimos (“amor de madre”, “nadie te quiere como una madre”, “una madre nunca haría eso”), lo cierto es que la bondad, la capacidad de amar, la capacidad de cuidar de un hijo, no la dan con el título de madre. Como tan bien explica el Documental Monstres de ca meva, a menudo los monstruos viven en nuestras casas.

Elecciones

Ayer fuimos a votar, los niños y yo. Les expliqué en qué consistía votar, cómo se hacía y por qué, y mi hijo mayor me preguntó a quién votaría yo (si al presidente de nuestra escalera… es tan mono).

Le dije que votaría al partido que me pareciera que más y mejor iba a luchar por al igualdad de las personas. A los que defendieran que todos teníamos los mismos derechos, tuviéramos mucho dinero o poco, fuéramos hombres o mujeres, hubiéramos nacido aquí o lejos, fuéramos de color blanco o marrón.

“¿Hay gente que no quiere a los marrones?”, me preguntó.

“Pues sí, hijo, se llaman racistas”.

Cuando entramos en el colegio electoral, me cogió en un aparte y me susurró: “El racista, ¿cuál de estos es?”.

Recibo el resultado de las elecciones con un sabor agridulce. Finalmente, Plataforma per Catalunya – el partido racista de Josep Anglada – no sacó ningún escaño, pero su porcentaje de voto no deja de ser preocupante. Y el PP, que ha hecho un discurso xenófobo de una gran dureza toda la campaña, ha conseguido un resultado histórico. Y ha ganado, casi por mayoría absoluta, un partido que no se corta de hacer comentarios respecto a si todos los niños que nacen en el país son de madre extranjera.

No hace falta que diga que no han ganado los míos… si ganaran, seguramente dejarían de ser los míos.

Estereotipos

No hay plazas en las guarderías porque todas se las quedan las familias inmigrantes; los chinos que abren tiendas pagan menos impuestos que los empresarios autóctonos; los extranjeros colpsan los servicios sanitarios; los que vienen de fuera nos quitan el trabajo… ¿Cuántas veces habéis oído estas frases u otras parecidas?

En medio del ruído de la campaña electoral catalana, donde los políticos, en el ansia por conseguir votos, han llegado a decir barbaridades de gran calibre, el Ayuntamiento de Barcelona ha puesto en marcha una campaña interesante. Consiste en formar agentes antirrumores (personas que están en puestos clave del tejido social, esto que llaman sociedad civil), para que combatan con datos estas frases que muchos repiten sin saber (y sin que les importe) que no tienen ningún parecido con la realidad. 

Una campaña muy necesaria… aunque permítanme que dude de su utilidad… como dijo Rafael Sánchez Ferlosio, “Nadie convence nunca a nadie de nada”… y si no me creen… lean los comentarios que hay a continuación del artículo

También sobre estereotipos versa esta entrada del magnífico blog El Armario de Yaïvi, las reflexiones de una africana afincada en Europa, que lamenta que la imagen que desde Europa se da de África se limite a hambre y miseria. Claro que la hay, pero también hay muchas otras cosas, incluídas universidades, televisores e Internet… Me quedo con una cita del texto, de una escritora que a mí también me gusta mucho, la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie,  ganadora del prestigioso premio británico Orange Prize for Fiction.

“…Demasiada gente ha contado que África se muere y muy poca cómo África vive”. ¿Cómo vamos a poder transmitirles a nuestros hijos nacidos en África cómo es la vida en su tierra de origen? Quizás con libros como los suyos, o blogs como el de Yaïvi.

Otro escritor africano, el keniano Binyavanga Wainaina, escribió un magnífico texto sobre los estereotipos que hay que usar cuando escribimos sobre África.

Por ejemplo: “En tu texto, trata a África como si fuera un solo país. Hace calor y es polvoriento, lleno de praderas onduladas y enormes manadas de animales junto a gentes altas, delgadas, famélicas. También puede ser caluroso y húmedo, con gente muy pequeña que come primates. No te enredes con detalles y descripciones precisas. África es grande: 54 países y 900 millones de personas que están demasiado ocupadas pasando hambre, muriendo, guerreando y emigrando para leer tu libro”. Podéis leer el artículo completo en este blog.

¿De dónde eres?

Estaba en el médico con mis hijos . Entra la doctora en la consulta, nos saluda, y me pregunta “¿Estos niños, de dónde son?”
Les digo, “¿De dónde sois?” (¿Por qué me preguntan a mí si ellos saben hablar?)
Mi hijo mayor responde: “No me acuerdo”.
 
La doctora sigue examinándole, y me vuelve a preguntar (a mí): “¿Son del Sahara?”
Les digo a los niños, “¿Qué, sois del Sáhara?”
Mi hijo mayor dice: “No me acuerdo”

La doctora sale de la consulta y yo le digo “¿Cómo que no te acuerdas de donde eres?”
“No me acuerdo”.
“¿Eres de Marruecos?” “¡¡¡NOOOO!!!!”
“¿Eres de Namibia?” “No. ¿Dónde está Namibia?”
“¿Eres de China?” “Sí, de China, ja ja ja”.

Le pregunto; “No, en serio, ¿por qué dices que no te acuerdas?”
Y me responde “Es que me molesta que me lo pregunten”

Tu nombre me sabe a hierba

Una buena amiga, madre de un niño nacido en Marruecos y autora del blog Al Kafala ha escrito esta brillante reflexión sobre los nombres de nuestros hijos.

Me gustaría empezar diciendo que la decisión de mantener o cambiar el nombre a un niño adoptado acaba siendo una decisión de los padres, que respeto todas las opciones y únicamente me gustaría reflexionar en voz alta sobre los motivos para hacer este cambio y que sirva también de reflexión a otras personas.

Se suelen argumentar varios motivos para el cambio de nombre: facilitar la integración del niño, que se sienta más de aquí, es pequeño, teníamos pensado ya un nombre para él, no se lo puso su madre así que no tiene ningún valor sentimental, etc…

En primer lugar ¿a qué edad se considera que un niño reconoce su nombre? Según la mayoría de libros sobre bebés, a partir de los 4 meses un bebe ya reconoce su nombre, se gira al oírlo y sonríe. Supongo que en casos de falta de estímulos será más tarde… también puede pasar que al no saber pronunciarlo nos parezca que no responde al nombre.

 Por otro lado me gustaría saber qué es lo que entiende la gente por “integración” y dónde exactamente se facilita la integración del niño ¿en la sociedad, en el pueblo o barrio, en la familia? Teniendo en cuenta los nombres que se usan en España ¿qué nombre son de “aquí”? Teniendo en cuenta que casi todos los libros de adopción hablan de la importancia de mantener el nombre ¿no sería menos traumático irse a vivir a un barrio donde vivan “los otros”, los que tiene nombres distintos, los que son de otros colores?

En mi caso mi hijo mantiene su nombre, es un nombre de origen árabe que yo no sé pronunciar pero hago una aproximación. Tenía 4 meses cuando lo conocí y sí respondía a su nombre, aunque no cuando yo lo decía… No me planteé cambiárselo, aunque me lo propusieron los servicios sociales en el momento de la asignación, no me pareció ni bonito ni feo, no era malsonante ni tenía connotaciones negativas, no sabía su significado pero ahora que lo sé pues sé que tampoco su significado tiene ninguna connotación negativa, significa NEGRO que es un color, igual que Rosa, Violeta… No tenía ningún nombre pensado para mi hijo, al menos desde el momento en el que empecé el proceso de adopción. Ha empezado ahora la escuela y no ha tenido problemas de integración por su nombre, supongo que el resto de niños se habrá aprendido su nombre igual que él se ha aprendido el resto de nombres de la clase aunque no los había oído antes. Cuando nos ha parado algún desconocido por la calle, para hacer alguna de esas preguntas indiscretas que tanto nos molestan, no ha preguntado por su nombre…

 Desde que tengo a mi hijo he conocido mucha gente nueva, en el parque he conocido un niño que se llama Mustafá, su madre es catalana pero viven en un pueblo en el norte de España. La cuestión es que pienso que si esta madre biológica ha decidido ponerle a su hijo este nombre, si su padre negro e inmigrante (que habrá sufrido racismo y demás) ha decidido ponerle este nombre, es porque han considerado que este nombre no le va a hacer ningún daño. Ellos no decidieron tener un hijo negro, se enamoraron de una persona de otro color y, como la mayoría, decidieron tener hijos con él y que se pareciera a la persona que amaban… nosotros sí decidimos tener un hijo de un color distinto, ¿por qué nos dan tanto miedo los nombres?

 Creo que uno debería hacer una reflexión profunda sobre ello, ¿por qué nos da miedo mantener el nombre en los niños adoptados? ¿porque es nuestro y tenemos el derecho a “marcarlo” como la ropa que dejamos en la guardería? ¿porque nos da miedo que le confundan con uno de esos inmigrantes?… quizás os sorprenda pero hay niños y adultos negros con nombres bien españoles, nacidos en España incluso, y sufren racismo igual…

 Tener un nombre distinto ya de por sí, independientemente de respetar la historia y los orígenes, que se pueden respetar de muchas formas, permite poder contar su historia y sus orígenes. Y en el caso en que los nombres no los han puesto los padres biológicos también es una forma de aceptar esta historia, a veces muy difícil de asumir.

 Al final llegas a la conclusión que da igual donde vivas, tarde o temprano van a salir de su entorno protector y deberán tener recursos para afrontar el racismo. Da igual el nombre que tengan, van a seguir siendo negros, negros cogidos de la mano de padres blancos… hasta que dejen de ir cogidos de la mano.

 Se puede cambiar un nombre y respetar la historia y los orígenes, y se puede mantener un nombre y no respetar nada.

Un cuento para Valentina

La mayoría de los cuentos infantiles tienen en su argumento la imposibilidad de tener hijos, la adopción o el abandono. Blancanieves es concebida después de años de infertilidad, Gepetto se fabrica un niño de madera ante la imposibilidad de tener hijos, Hansel y Gretel son abandonados en el bosque por su padre y su madrastra.

Pero el cuento que más me gusta sobre estos asuntos es el de Snegurotchka, un cuento ruso sobre una pareja mayor que nunca ha podido tener hijos, que fabrica una niña de nieve, es feliz durante un invierno y la pierde cuando la primavera la funde. Lo podéis leer en esta web sobre cultura kazaja.

Este cuento siempre me hace pensar en unos buenos amigos míos que adoptaron a su hija en Bulgaria y la perdieron un año después. La muerte de un hijo es algo tan tremendo, tanto, que ni siquiera hay palabras para contarla. Porque un niño que pierde a sus padres es huérfano, pero, ¿qué es un padre que entierra a su hijo?

La historia de mis amigos, sin embargo, tiene una segunda parte con final feliz. La que narró hace algunas semanas Almudena Grandes en este cuento para Violeta.

El deseo y la esperanza

Suelen decirnos que nuestras familias son familias distintas a las demás, pero igual de buenas.

Yo discrepo de esta afirmación: creo que nuestras familias son distintas a algunas… e iguales a otras. Y por supuesto, tan buenas como la familia de cualquiera.

¿Por qué tenemos que creernos que la única familia no sólo válida, sino existente, es la típica familia nuclear con padre, madre y dos hijos – niño y niña – todos rubios, a menudo acompañados por un perro? ¿Cuántas familias responden a la “familia tipo”? Según el INE, la estructura familiar más frecuente en nuestro país es la de dos adultos, uno de más de 65 años, sin menores;  seguido del modelo de dos adultos de 16 a 64 años sin menores. En tercer lugar, están los núcleos familiares formados por dos adultos y un menor y sólo en cuarto lugar están las 1.104.479 familias formadas por dos adultos y dos niños. De estas, un porcentaje sin determinar tiene dos padres, o dos madres… así que tampoco responderían al modelo de anuncio.

Los distintos modelos familiares y las distintas maneras de llegar a ser una familia están muy bien recogidas en el libro “El deseo y la esperanza”.

9788478886708: El Deseo y la Esperanza

En él se recogen las historias autobiográficas de un puñado de padres y madres norteamericanos que llegaron a serlo, en pareja o en solitario, junto a una persona de otro sexo o del mismo, por la vía natural, por reproducción asistida o por adopción, de forma rápida o tras montones de intentos… e incluso alguna historia, durísima, de los que perdieron a sus hijos… aunque no por ellos dejaron de ser padres.

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