familia monoparental y adopción

Archivo para febrero, 2011

Los grandes pensadores y mi familia

Con mis hijos, aplico un principio Marxista (de Karl, no de Groucho):

“A cada cuál según sus necesidades, de cada cuál según sus posibilidades”.

Con mis plantas, aplico el darwinismo social: o se adaptan a mí (y mi incapacidad memorística para recordar que hay que regarlas seguido) o mueren – o sea mueren, y resiste la que resiste.

Si algún día tengo animales de compañía, habrá que pensar en alguna frase de Freud para tener completo el pack de filosofía de andar por casa.

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Elegir

Ayer vi en el informativo de TVE una noticia que ahora no consigo encontrar, sobre el primer juicio en Argentina por robo de niños durante la dictadura de Videla.

En la pieza informativa, hablaba la hija robada, hija biológica de una madre (y probablemente un padre) asesinados, y hija adoptiva de otros padres, que la aceptaron como “mercancía robada”. Ella decía que su padre adoptivo estaba encausado, y que tendría que pagar por ello penalmente, pero que ella no podía dejar de quererle.

“Yo siento que tengo dos familias, mi familia de crianza y mi familia biológica… no siento que resté, sino que sumé. Yo no elegí ser regalada como un cachorrito, así que no me obliguen a elegir ahora”.

Afortunadamente para todas las partes, la historia de mis hijos no tiene nada que ver con esta (lo sé seguro). Pero me gusta el mensaje implícito en esta declaración, y esto es lo que quiero transmitirle a mis hijos: que no van a tener nunca que elegir de dónde o de quién sentirse.

La amabilidad de los extraños

Esta semana, mi hijo pequeño ha estado unos días ingresado en el hospital (ahora ya está bien).

La enfermedad de un hijo te enfrenta a la más inmensa de las soledades. Y no hablo sólo de la angustia y las preguntas (¿por qué no le llevé a Urgencias el día antes? ¿Qué habría pasado si hubiera esperado a la mañana siguiente?) sino a algo tan simple y tan prosaico como la logística.

Cuando una llega a convertirse en madre monoparental, en general es porque es una persona independiente, autónoma y autosuficiente, acostumbrada a hacer sola cosas que a otros ni se les pasa por la cabeza, como ir al cine, salir a cenar o viajar. Estás acostumbrada a guisártelo y comértelo y si no hay qué guisar ni qué comer, pues a pasar hambre sin protestar mucho.

Y de repente llegan los niños y te das cuenta de que no sólo tienes que aprender a aceptar ayuda (¡¡a mi edad!!) sino incluso a pedirla. Porque para criar a un hijo, una persona sola no es suficiente (no sé si lo es una pareja… creo que tampoco, que es cierto aquel refrán africano que dice que “es necesaria toda una tribu para educar a un hijo”, y que haber olvidado esto es la razón de muchos de nuestros males actuales).

“Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños”, decía Blanche Dubois en aquella maravillosa película, “Un tranvía llamado deseo”.

Estos días yo he dependido en casi todo de la amabilidad de propios y extraños.

Por ejemplo, de las enfermeras que me acercaban una taza de su café, o me ponían un zumo extra por si me apetecía merendar.

O un sms que me llegó al alma: “¿Y tú? ¿Qué necesitas? ¿Qué podemos hacer?”

Muchas personas respondieron a mis sms de auxilio. Los que acogieron de urgencia a mi hijo mayor, los que me acompañaron al médico y no se marcharon hasta que estuve instalada, los que me trajeron al hospital una muda de ropa, un cepillo de dientes, un libro y el cargador del móvil (lo imprescindible), los que acudieron para que pudiera salir a comer, a buscar un bocadillo o simplemente para que me pudiera duchar, los que me acercaron tuppers con comida, los que trajeron juguetes y un rato de diversión para mi hijo, los que asumieron la reorganización de mi agenda, los que cocinaron para que me encontrara con la nevera provista a la vuelta.

Y a la vuelta, lidiar con estos fantasmas que aparecen en el cerebro de mi hijo mayor cada vez que se activan los interruptores emocionales de la muerte en la familia y el abandono.

Hace 2 años, en Marruecos

Llegué a Marruecos en un invierno gélido, y volví de allí en una primavera radiante, cálida y luminosa.

Del pueblo en el que nació mi hijo recuerdo el olor a mar, los carros cargados de fresas en todas las esquinas y el canto del muecín llamando a la oración.
Recuerdo también los atardeceres en la playa, las mareas cambiantes, los baches en las calles, los taxis pequeños, casi siempre compartidos, con los que íbamos a todos los sitios. Y la calle estrecha y larga, la puerta pintada de azul y las letras que identificaban la crèche a la que entrábamos dos veces cada día.

Me acuerdo del primer día, de la llegada al aeropuerto, del viaje en taxi hasta nuestro destino, de la búsqueda de un cajero que funcionara y el encuentro con la abogada. La amabilidad, la hospitalidad de la gente, que nos hizo sentir como en casa aquellas 6 semanas. La extrañeza y la desorientación que supuso pisar por primera vez aquellas calles, que luego se convertirían en una segunda piel.

El cansancio, y el miedo. Y la ilusión.

En cambio, apenas recuerdo nada del encuentro con mi hijo. Sé que estaba en un corralito, donde jugaban a veces los niños de entre 1 y 2 años, que le senté en mis rodillas y que le pedí a una mujer que estaba por allí (y que aún hoy no sé quien era) que nos hiciera algunas fotos.

Luego entramos muchísimas otras veces en la crèche y aquella sala en forma de ele, el dormitorio lleno de cunas donde los niños lloraban sin que nadie les atendiera, el patio lleno de rincones peligrosos, lo llegamos a conocer como la palma de nuestra mano. Y los niños, sobretodo los mayores, sobretodo uno de ellos, de 3 años, que se lanzaba cada día a mis brazos, me pedía besos, me pedía abrazos. Todavía está en la crèche, y todavía le tengo clavado en el corazón. Y la cola de los tres chicos mayores (cuatro con mi hijo mayor) para que les hiciera el tatano. Y las cuidadoras que me pedían que les buscara marido, que me ofrecían como marido a sus hermanos y vecinos.
Mi hijo pequeño esperaba en la cuna, apático, como si hubiera tirado la toalla, y a diferencia de otros bebés, no mostraba demasiadas muestras de emoción al vernos a su hermano y a mí. Se dejaba coger en brazos, sí, le gustaban las cosquillas, sí, pero rehuía la mirada y le daba lo mismo que lo cogiera, que le dejara en el suelo o quedarse en la cuna. Poco a poco fue cogiéndole el gusto al patio, al sol que cada día brillaba más, al tobogán; pero los avances eran casi imperceptibles y yo me recuerdo a mi misma pensando, “por dios, cuánto trabajo vamos a tener”.

El día de la entrega del niño, en cambio, lo recuerdo minuto a minuto. El té con menta en el bar delante del juzgado, la espera, el dolor de espalda, las llamadas a la crèche porque el asistente social no aparecía, el viaje en taxi hasta la crèche con el juez, las amenazas de este de no entregar al niño si no aparecía de una vez el jodido asistente social, las carreras de las cuidadoras buscando a alguien, la llegada del sustituto, la riña de la abogada por no haberle llevado ropa al niño y el llanto de mi hijo en el coche, cuando dejaba atrás todo lo que había sido su vida.
Yo sólo sabía decirle “Safi, safi, safi“.

Y subir la escalera hasta el apartamento con mi hijo en brazos, abrir la puerta, dejarle en el salón.

Aquella tarde no salimos, a mí me dolía mucho la espalda y no me atrevía a andar con dos hijos por la calle. Me senté en el sofá mientras les veía jugar con los coches y la pelota, y de vez en cuando, mi hijo pequeño se acercaba a mí, me abrazaba, y gritaba: “Mama”. Sonrió como no lo había hecho ningún día. Pegó palmas. Y nunca más volvió a desviar los ojos cuando yo le miraba.

Todo esto ocurrió en Marruecos, mientras el invierno se convertía en primavera. Y empezó exactamente en tal día como hoy, hoy hace dos años.

Una imagen vale…

El retrato de Aisha, World Press Photo 2011

Esta es Aisha Bibi, una mujer de 18 años, de la provincia de Oruzgan, en Afganistán, que huyó de la casa de su marido a la casa de su familia, quejándose del trato violento recibido. Los talibanes llegaron una noche, exigiendoque Bibi fuera ajusticiada. Poco después, un comandante talibán pronunció su veredicto, y mientras su cuñado la agarraba, el marido le cortó las orejas y la nariz. Aisha fue abandonada, pero más tarde fue rescatada por cooperantes y militares estadounidenses. Después de un tiempo en un refugio para mujeres en Kabul, fue llevada a Estados Unidos, donde fue tratada de sus heridas y sometida a cirugía reconstructiva. Aisha Bibi vive hoy en los EE UU.

Esta foto de Jodi Bibier ha ganado el World Press Photo 2011.

Valientes

VALIENTE: (Del ant. part. act. de valer; lat. valens, -entis).

 1. adj. Fuerte y robusto en su línea.

2. adj. Esforzado, animoso y de valor. U. t. c. s.

3. adj. Eficaz y activo en su línea, física o moralmente.

4. adj. Excelente, primoroso o especial en su línea.

5. adj. Grande y excesivo. U. m. en sent. irón. ¡Valiente amigo tienes!

6. adj. Valentón, baladrón. U. t. c. s.

Casi todas las madres monoparentales hemos oído en más de una ocasión la frase “qué valiente eres”. Siempre me ha sorprendido, la verdad. Nunca he acabado de entender por qué se me consideraba valiente por asumir las consecuencias de mis propias (y egoístas) decisiones.

Hasta que decides ir a por el segundo… y todos los que te llamaban “valiente” empiezan a llamarte loca.

En este reportaje podéis leer las historias de varias de estas locas que se han animado a ir a por el segundo. Quizás porque piensan, como yo, que una madre sola es una carga demasiado pesada para un solo hijo.

Decir Adios

En pocos días he recibido noticia de dos (posibles) despedidas a la maternidad.

Una es la que cuenta Eva en una entrada de su blog. Después de más de 3 años buscando su segundo hijo por todos los sistemas inventados por la reproducción asistida, ha decidido que esta búsqueda llegaba a su fin.

Otra me llegaba directamente de E., una amiga que se metió en el mundo de la adopción hace ya muchos años, y después de muchos contratiempos, incluído un cambio de país, problemas con la administración, muchas dudas morales… ha decidido marcarse también un plazo. Si su asignación no llega para el próximo otoño, lo deja.

Sin duda, hace falta tanto valor para empezar una aventura como esta, como para ponerle punto y final.

Recibimos constantemente el mensaje de que si nos esforzamos lo suficiente lo conseguiremos, de que sólo se trata de desearlo lo suficiente, de que nos merecemos que nos salga bien. Pero, ¿cuál es el mensaje implícito en esto? Si no lo conseguimos, ¿quiere decir que no lo merecemos, que no nos hemos esforzado lo suficiente, que no lo hemos deseado con bastante fuerza? ¿No estaría bien asumir que a veces podemos dejarnos la piel intentando algo y no conseguirlo? ¿Que tenemos derecho a tirar la toalla? ¿Que la vida puede ser igualmente hermosa con otros sueños y otras metas? ¿O incluso que es mejor disfrutar lo que se tiene que añorar lo que no llega?

“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, cantaba Sabina. Y sí, los hijos son importantes, pero no hasta el punto de pagar el precio de renunciar al resto de tu vida. No son lo único importante ni es necesario tenerlos para ser feliz. La vida puede ser completa, hermosa, y satisfactoria igualmente.

Como puede ser hermosa, y sí, completa, sin una pareja a nuestro lado.

Espero que tanto Eva como E. hayan disfrutado y aprendido en este viaje a Ítaca, incluso si no la alcanzan. Y que salgan más sabias, y dispuestas a seguir buscando Itacas nuevas.

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