familia monoparental y adopción

Archivo para marzo, 2011

Foto de familia

Lo que los psicólogos me han dicho:

Que bueno, buscar está bien, para saber, pero que nada de pasarse: que no tenga contacto con la familia bio, que si lo tengo sea frío, que no les mande más fotos de mi (su) hijo, que no les vuelva a escribir, que ni se me ocurra contárselo a él, menos enseñarle fotos y de ninguna manera viajar a conocerles.

Que madre no hay más que una, que la otra no se merece más que el nombre de “progenitora” o “señora que le llevó en la barriga”, que  mi hijo se va a hacer un lío si uso la palabra madre para hablar de su madre biológica.

¿Queréis ver el lío que se ha hecho mi hijo?

Este es el retrato familiar que dibujó para un trabajo de la escuela:

Mi vida

Hay días en los que tengo la sensación de que mi vida es como andar haciendo malabarismos encima de una bicicleta de una rueda.

Si me paro, me mato.

Aristógatos

Una conversación con amigas me ha hecho recordar una película que en casa nos gusta mucho: los Aristógatos… es mi Disney favorito, y la música es de lo mejor que he escuchado… ¡¡Yo también quiero ser Gato Jazz!!

Dicen que el mayordomo malo da menos miedo que Cruela de Vil… No estoy de acuerdo. Quizás es así con los niños pequeños, porque es menos aparente, menos histriónico (Cruela de Vil chilla, lanza cosas y dice palabrotas), pero llega una edad en la que el hecho de que la persona que se supone que tiene que alimentarte, que cuidarte… sea el enemigo, causa un gran espanto.

Sin embargo, en casa no es problema, a mi hijo pequeño no le asusta nada (vio “Parque Jurásico” sin pestañear) y al mayor le gustan los malos, dice que “si no hay malo, no hay película” (el dueño del videoclub le dijo que es la irrupcíón de los malos lo que hace avanzar la trama, y lo ha convertido en dogma de fe).

Los Aristógatos es, además, una película sobre una familia monoparental. Una madre gata con 3 gatitos pequeños, una familia sin padre. Y en un momento dado (como sucede en las comedias románticas más tópicas), aparece un galán… que en primera instancia, se acojona cuando ve que su pretendida viene en pack con tres hijos pequeños.

Pero poco a poco (como sucede en las comedias románticas más tópicas), ambos se van enamorando… y una noche, después de un concierto, a la luz de la luna, él se ofrece a convertirse en el padre de los niños. Los niños, como sucede a veces en la vida real, tienen muchas ganas de padre. A la madre también le gusta su pretendiente… pero no está dispuesta a renunciar a su vida por él… así que es él quien tiene que amoldarse a la familia si no quiere perderlos.

No sé si todos los niños sin padre tienen ganas de uno. En mi casa, el mayor sí, siempre ha deseado un padre, y nunca se ha cortado de verbalizarlo (en una ocasión me dijo: “quiero que sea fuerte y me lleve en brazos, que tenga coche, y que venga a buscarme al cole cuando tú no puedas”). El pequeño, en cambio, nunca ha reclamado una figura masculina… ¿porque ya tiene una en su hermano mayor?

Y en cuánto a la madre… o sea yo… también tengo claro, como Duquesa, la aristógata, que el gato que me ronde va a tener que ser capaz de amoldarse a nosotros. Y me pregunto si no pido un imposible… porque la vida (por suerte) no se parece demasiado a las comedias románticas más tópicas (ni a los Aristógatos).

Uniformados

Será porque hay pocos frentes abiertos, que la consejera de Educación en Catalunya ha decidido reabrir un debate que hace muchos años que parecía superado: el del uniforme

Es uno de estos temas en los que soy profundamente visceral: detesto los uniformes, me dan alergia. Ni siquiera me gusta que se regulen las normas de vestir, más allá de los mínimos cuando sean necesarios… no creo que tenga ningún sentido prohibir ni los pañuelos, ni las minifaldas, ni los piercings. 

Los argumentos a favor del uniforme también me ponen de mala leche: el de la igualdad… yo no creo que igualen, creo que, como su nombre indica, uniforman. Las diferencias son buenas. Y las diferencias que dicen querer combatir… se notan con uniforme o sin él. ¿O es que las niñas bien de los colegios de monjas no presumían de estatus con los zapatos, los relojes o cualquier complemento que esté a su alcance? 

Y los uniformes ahogan la creatividad, la libertad, la expresión de la personalidad. La posibilidad de ser uno mismo, de mostrar al mundo cómo es uno mismo.

Dicen que en los colegios uniformados hay más disciplina que en los otros… es posible. Es posible que las personas que creen en los uniformes crean también en la disciplina, en mayor medida de lo que lo hacemos los demás. 

¿El ahorro económico? ¿Alguien ha comparado el precio al que los colegios de uniforme obligatorio venden sus chándals con los precios del Decathlon? 

¿La estética? ¿Y qué pasa con los que pensamos que las faldas de tablas y los pantalones de franela gris son infinitamente más antiestéticos que los tejanos caídos y las camisetas ajustadas? 

Pero el argumento que más me ha molestado siempre es el de “la comodidad de las madres” (nunca se habla de los padres, curioso, eh?): Así no hay peleas por las mañanas sobre lo que hay que ponerse… yo creo que lo cómodo no es siempre lo mejor, y que en las peleas que mis hijos y yo tenemos algunas mañanas por la ropa hay un alto componente educativo.

Metáforas, adopción, poder

Este fin de semana he encontrado dos magníficas metáforas sobre el poder y la adopción.

La primera me la he encontrado en la película “Pa Negre”

(ojo!! lo que viene a continuación es esto que los pijos llaman “Spoiler”, es decir, que voy a destripar el final de la película).

“Pa negre” es una historia de vencedores y vencidos. El protagonista pertenece a los vencidos: el padre en la cárcel, la madre trabajando como una burra, los abuelos y tíos, aparceros en casa rica…

Aparece la posibilidad de desclasarse, de salir de la pobreza, de estudiar, de cambiar de estatus. Y esto pasa por cambiar de familia: ser adoptado por los ricos del pueblo, los responsables de la miseria de su familia.

El padre se sacrifica precisamente para que su hijo pueda ser adoptado por estos ricos: no les delata a cambio de que se hagan cargo de su hijo, aunque esto, no delatarlos, supone su muerte. Está convencido de que para el futuro de su hijo es más importante crecer con las ventajas de una familia de ricos vencedores que tener un padre vivo.

Y el hijo, en su afán por desclasarse, acaba por negar a su madre, cuando esta llega al colegio donde estudia con productos de su pueblo, y él le dice a un compañero que le pregunta quién es: “nadie, una mujer del pueblo que me ha traído un paquete”.

Descarnado. Y real.

La otra metáfora me la ha regalado M., en forma de comentario. ¿Os habéis dado cuenta de que, a diferencia de lo que ocurrió en Haití, nadie ha pedido que los huérfanos japoneses sean dados en adopción?

Bebé, niña, negra

“Quiere que sea bebé, niña, negra”, me dice A. de una chica que pretende hacer una kafala en Marruecos.

Este tipo de comentarios me siguen encendiendo la sangre. Y espero que lo hagan mucho tiempo: que me sigan escandalizando los que confunden la adopción (la maternidad) con un supermercado de niños.

A. me dice: quiere niña porque ya tiene un niño, y quiere que sea negra porque su primer hijo lo es.

¿No os resulta curioso que en el sexo elijan la diversidad y en la etnia la igualdad? ¿No sería más lógico que si piensas que es mejor que sean “iguales”, pienses que también es mejor que lo sean de sexo… y si es más guai que sean “distintos”, que lo sean también de raza?

Es como la gente que quiere adoptar una niña “porque en su país de origen las niñas están peor tratadas”. Si adoptamos en función de la necesidad de los niños… ¿Por qué insistimos en adoptar niños – perdón, niñas – diminutos  y sanísimos? ¿Y es menos importante evitar que un niño se convierta en machista que que una niña sufra los efectos del machismo, por ejemplo?

Las preferencias no tienen nada de malo… pero me parece preocupante que el 80% de los adoptantes quieran adoptar una niña (y también un buen porcentaje de los embarazados, por cierto). Nos echamos la mano a la cabeza porque en China desechan a las niñas, pero, ¿somos mejores que ellos?

¡¡Qué morro!!

Esta mañana hablaba con mi hijo mayor sobre por dónde nacen los niños (por dónde entran, y cómo, todavía no lo ha preguntado… todo se andará, supongo. ¿A qué edad empiezan a pedir este tipo de información?).

– ¡¡Qué morro, tú, mama!!, me dice. Tú puedes tener un hijo en la barriga y yo no.

Le digo que sí, que efectivamente es así, que es un privilegio reservado a las mujeres.

Piensa un momento y me pregunta:

– Pero puedo ir donde vivía A. (su hermano), ¿no?, y comprar un niño.

Todas las alarmas se encienden al oír la palabra “comprar”.

– ¿Comprar? No, los niños no se compran…

– Es que no me sale la palabra, ¿cómo se dice?… ah, sí adoptar. ¿Podré adoptar un niño, no?

– Claro, cariño, cuando seas mayor, podrás adoptar un niño… si tienes novia, podrás tener un hijo, aunque no estará en tu barriga sino en la de ella, y si estás solo, o tienes novia, o novio, pues podrás adoptar un niño, como hice yo con A. y también contigo. Y yo seré la abuela… y lo cuidaré, si me dejas, lo iré a buscar al cole…

– Claro, porque yo estaré trabajando… (y aquí la conversación toma otros derroteros, como dónde trabajará, si se dedicará a lo mismo que yo o no, o si prefiere trabajar en el ordenador desde casa).

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