familia monoparental y adopción

La familia bien, gracias

Estos días andamos en casa viendo (otra vez) la película “Dinosaurio”, una historia sobre migraciones y supervivencia en la que no podía faltar un relato de adopción.

Aladar es un dinosaurio que nace de un huevo que ha sido transportado por un pájaro hasta una isla donde no vive nadie de su especie.

Allí lo adopta una familia (monoparental, sí) de lémures. Y mientras la madre ve clarísimo que el pequeño dinosaurio va a ser uno más de la familia, el abuelo tiene de entrada una reacción marcada por el recelo y la desconfianza. ¿Vamos a criar a un extraño? No es como nosotros. ¿Y si cuando se hace mayor se nos come?

A menudo, las familias extensas (los abuelos, los tíos, los primos), reaccionan mal ante el anuncio de una adopción. Con frialdad, con indiferencia o incluso la rechazan abiertamente. Los futuros e ilusionados adoptantes muchas veces se toman mal estas reacciones, sin pararse a pensar que igual que para ellos, decidirse por la adopción, ha sido un proceso, sus padres, sus hermanos… también tienen que digerir la noticia antes de ser capaces de asimilarla.

No puedo contar con los dedos de las dos manos las veces que me han parado por la calle abuelos o abuelas, para preguntarme si mi hijo (el mayor) es adoptado… para contarme inmediatamente después que ellos también tienen un nieto adoptado, que nunca se habrían imaginado que podrían quererle tanto, que al principio estaban convencidos de que no iban a quererle como al resto de los nietos, pero que (me dicen en algunos casos) le quieren incluso más.

La mayoría de las historias terminan bien, como sucede con el abuelo de Aladar en “Dinosaurio”, que se convierte en incondicional de su nieto “distinto”.

Pero no siempre es así.

Hay familias que, al pasar de los años, siguen distinguiendo a uno de sus nietos con el adjetivo “adoptado”. Que no le cuentan cuando dan el número de nietos o sobrinos que tienen. Que le regalan bicicletas a la nieta biológica y calcetines a la adoptada. Que hablan, a menudo delante de la criatura, de “la chinita” o “el negrito”, como si no tuviera nombre.

(Nota: todos los que cito son casos verídicos, relatados en primera persona)

Quizás yo soy demasiado radical… pero creo que con alguien que tratara así a mis hijos, no tendría trato. Por muy suegra (o madre) que fuera.

¿Cómo les vamos a enseñar a nuestros hijos que la genética que no compartimos no tiene importancia… si mantenemos relación con impresentables sólo porque nos une la genética?

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Comentarios en: "La familia bien, gracias" (3)

  1. Hija, no eres radical, eres madre. Yo si alguien al referirse a mi hijo lo hiciera con apelativos estúpidos “el blanquito” o “el delgadito” tampoco querría tener trato

  2. martucha dijo:

    Totalmente de acuerdo con Esther, si alguien cercano hiciera esas distinciones verbalmente o a traves de actos concretos como los que describes, dejaría de ser cercano, por mucha genética que hubiera de por medio.

    • A mí no me ha pasado con la familia, pero sí con una familia cercana cuyo hijo se refería al mío como “el negrito” (cuando se suponía que no lo oíamos) y su madre jamás le corrigió… claro que también hacían comentarios racistas de todo tipo y estilo… obviamente, hemos dejado de verles.

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