familia monoparental y adopción

Yonkis del cariño

Lucía Etxebarría ha publicado este domingo un artículo en la Vanguardia en el que narra su vista a la misma crèche en la que creció mi hijo pequeño.

Se titula “El valor de los abrazos” y no he podido resistirme a copiarlo íntegro, seguramente, por la simple razón de que yo también estuve allí.

No diré que fuera la experiencia trascendental de mi vida (tengo 45 años, y los he vivido intensamente), pero sí una de las más impactantes. Fuimos a visitar una casa de acogida situada más o menos cerca de mi casa en Marruecos, una créche de una ciudad mediana, con veinte niños y cuatro cuidadoras. No, no era un cuadro dickensiano, no vimos maltrato ni pobreza extrema. Se trataba de un sitio digno, modesto pero muy limpio y organizado. Los niños estaban sanos y bien nutridos, y puede que vistieran ropa vieja, donada por no sabemos quién, pero lavada y planchada. Llevamos como regalo pañales, leche y tetinas para abastecerles, calculo, durante una semana. Nos habían costado 1.000 dirhams, unos cien euros, el equivalente al salario mensual de las cuidadoras.

Nuestra intención era hacer de benévolos, es decir, algo parecido a voluntarios. Gente que juega con los niños, dona algo útil (no aceptan dinero) y cumple el tercer precepto del islam, según el cual hay que ayudar a los pobres y a los huérfanos. La directora no nos acogió con particular interés: no éramos los primeros visitantes ni seríamos los últimos. La actitud de los niños fue radicalmente distinta.

Los críos se peleaban por que les cogieras en brazos. Reclamaban mimos y caricias con la misma urgencia con la que un drogadicto atosigaría a su camello. Si les abrazabas muy estrechamente, les besabas y les acunabas, parecían entrar en una especie de sopor alucinado, parecido al éxtasis que experimentaría el drogadicto del ejemplo cuando por fin consiguiera su dosis. Ni siquiera el primer día se mostraron tímidos o reticentes, pero en cuanto se confiaron se volvieron realmente exigentes en su demanda. Pasé de pasarme una mañana alzándolos abnegada y solícitamente a convertirme, a los tres días, en la réplica afectiva del camello, escatimando el material que podía ofrecer y vendiéndolo caro.

Uno entre ellos, el que yo consideraba el más guapo, era el único que no seguía ese patrón. Como un príncipe oriental digno y esquivo, no se dirigía a ti a menos que tú demandaras audiencia previa. Era el único que no se dejaba coger en brazos. Accedía, eso sí, encantado a jugar con los bloques lógicos. Mi marido decía: “Tiene miedo”. Sin embargo, yo pensé que quizá era el único de los niños que conservaba una estructura afectiva relativamente sana. Los demás me parecía que mostraban un carencia de afecto patológica. Pero mi marido estaba encantado con ellos: los encontraba cariñosos, divertidos, se los hubiera llevado a todos a casa.

De regreso a la mía, reflexionaba sobre la obsesión occidental consumista y cómo esta se transfiere a los niños. Mi hija, o cualquiera de sus compañeros de clase, tiene en su habitación el cuádruple de juguetes y ropa que hubiera en la créche. Casi nunca pide besos porque nunca le han faltado, pero constantemente reclama una muñeca nueva o una película de la que le han hablado. Y cuando escribo que no valora lo que tiene no me refiero a que no valora –aunque tampoco lo hace– sus libros, sus muñecas, sus deuvedés, su habitación propia, sino a que no es consciente de la enorme suerte que tiene de contar con una madre y una familia que están ahí para ella y que siempre lo estarán, al menos mientras vivan.

Mi hijo era la versión de hace 2 años y medio del “príncipe oriental digno y esquivo”, y aunque a mí me preocupaba sobremanera que no pareciera reconocerme cuando entraba, que no me mirara a los ojos y que le diera igual estar en mis brazos que en cualquier otro sitio, lo cierto es que ha resultado tener la estructura emocional bastante bien amueblada.

Por supuesto, también era el más guapo. ¿Qué otra cosa voy a decir?

Creo que el último párrafo merece una reflexión: ¿Por qué niños a los que no les falta ni les ha faltado de nada tienen actitudes tan distintas hacia el afecto (no lo piden) y lo material (sí lo piden)?

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Comentarios en: "Yonkis del cariño" (6)

  1. Tu publicación de hoy me genera varios comentarios. En primer lugar, creo que quizás es cierto que un niño emocionalmente sano no se abraza a un extraño porque sí. Es la expresión de una carencia grave y de problemas de apego. Y si bien cuando vamos a los hogares, nos da satisfacción darles unas migajas de afecto a esos niños abrazándolos, llevándoles regalos (me incluyo, yo hago esto una vez por año porque llevo ayuda financiera a un hogar de Argentina), no les hacemos un bien. Es triste, pero quienes saben de este tema (por ejemplo, la Fundación Adoptar, de Argentina) nos alertan de que esas muestras de afecto ocasionales no ayudan a los chicos, que una vez más comprueban que el afecto es algo pasajero, que nadie se compromete con ellos en una relación duradera, que no pueden apegarse a nadie. Lo que de verdad necesitan es un afecto estable. Los que lso adoptan sí los están ayudando; los que vamos de visita, no tanto. Lamentablemente, en muchos casos, muchos niños no están en condiciones de ser adoptados (pongo una vez más por caso la Argentina, porque es lo que conozco: la ley establece que con que los padres biológicos se comuniquen aunque sea una vez por año con sus hijos internados, y con que sólo sea por teléfono, esos niños no se consideran en situación de abandono y no pueden ser dados en adopción…en muchos casos, esto termina siendo una aberración, pues se respetan más lo derechos de los padres que los de los niños).

    Un punto en el que disiento con Lucía es cuando dice que su hija no valora la suerte que tiene de tener una madre y una familia. Esa no es una suerte, es su derecho inalienable, que le corresponde por el mero hecho de haber nacido. A no confundir. Nuestros hijos no tienen por qué agradecernos el afecto ni la protección que reciben de nosotros. Es su derecho y nuestro deber. En cuanto a lo material…¿Acaso nosotros no pedimos también cosas materiales? ¿Acaso no luchamos por un salario digno? ¿Acaso no caemos también en el consumismo? El que esté libre de culpa que arroje la primera piedra… No está mal que pidan. Está en nosotros darles o no y exigir algo a cambio o no (estoy hablando de lo material, no del afecto que debe darse siempre y a manos llenas=. POr ejemplo, ¿qué tiene de malo premiarlos con algo material cuando han hecho alguna tarea a su medida y con responsabilidad? Por ej, ayudarnos a limpiar, cuidar de sus mascotas. ¿No les hace bien sentir que se han ganado algo con su esfuerzo? De a poco, las recompensas materiales pueden ir remplazándose por eloggios, por recompensas sociales. ¿A quién no le gusta que le valoren por un trabajo bien hecho?

    • Interesante reflexión, María. Podríamos pensar que las migajas de afecto de los visitantes son mejor que nada, pero, ¿recibir para perder después? ¿dar y esperar abrazos de rostros intercambiables? No, seguramente les hacemos más mal que bien… y así van aprendiendo a no confiar en nadie, a no vincularse para no perder.
      Ningún niño debería crecer en un centro, ni siquiera los que tienen una familia fuera de él, si estos no pueden o quieren hacerse cargo. Se acaba de aprobar en España una ley que pretende que los niños menores de 6 años no pasen ni un día en un centro de acogida: directamente a familias de acogida, familias canguro. Siempre me han parecido los más valientes en el campo del cuidado a los menores: quieren sin reservas, por tiempo indefinido, a alguien que saben que no va a quedarse, aún con el riesgo de terminar partidos en pedazos cuando los niños se marchen a su nueva casa (o a la de siempre cuando esto es posible).

  2. Yo vivo en Rusia y aquí está mal visto que las madres mimen a los niños. Se considera negativo para ellos (no menciono a los padres porque son invisibles). En cambio, los cachetes, las azotainas están a la orden del día. Explico esto porque a mí me marcó, desde que llegué, ver cómo los niños muy pequeños literalmente suplican a las mamás que les abracen y les den besos. Veo niños en sillita agarrándose del brazo de la mamá, colocando la mano de ella sobre su cara para que los acaricie; la mamá retira el brazo, el niño llora y la mamá le da un cachete. Es muy duro, pero para ellos es normal.

    ¿Por qué cuento esto? Pues porque otra cosa que llama la atención cuando vives aquí es el consumismo salvaje en el que se vive. La gente no tiene mucho dinero y todo es muy caro; sin embargo no tienen reparos en quitarse de comer para comprarse una blackberry o una cadena de oro o unos loubutin.

    Una vez leí que comprar produce una satisfacción similar al sexo (por lo de las endorfinas y tal). Por eso creo que, cuanto más afecto falta en la infancia, más consumistas se vuelven…

    • No conozco Rusia, apenas conozco rusos, pero sí he leído mucha literatura rusa, y siempre me ha parecido muy ajena a mí, muy alejada, muy fría… quizás igual de ajena que lo que cuentas de las muestras de afecto. Imagino que debe ser difícil resistirse a cogerlos, abrazarles, acariciarles uno mismo…

  3. Yo vivo en Alemania y aquí a los niños tampoco se les “toca” tanto. Cuando recojo a mis hijos de la guardería, les beso y abrazo y todos me miran como si fuésemos de otro planeta… pero todos sonríen y ponen cara de “bobos” al verlo. Los más pequeños muchas veces vienen a que les mimes también a ellos.

    De todos modos yo no tengo nada claro eso de que no piden afecto. Mis hijos (una adoptada y dos biológicos) piden mucho afecto, más incluso que cosas materiales -les cunde mucho el tiempo porque de pedir materiales no paran!-… y en ningún caso es por falta. No conozco a nadie que toque tanto a sus hijos como yo, que les bese tanto y les coja tanto en brazos (y una pesa ya 21 kilitos de nada)…

    Cuando adoptamos a nuestra hija, tenía 11 meses y ponía verdadera cara de “nada” cuando la besaba o hacía caricias. Sin embargo se pasó meses colgada de la mochila y durmiendo en la cama (todavía duerme en mi cama), y eso claramente era lo que más le gustaba/tranquilizaba/relajaba.

    Mis bios, lo mismo, muchísimos besos al día. Pero a su manera siguen `pidiendo más, se abrazan mucho entre ellos y se te pegan tipo lapa en cuanto están un poco cansados, te rozan cuando no lo quieren pedir directamente. Creo que no tiene nada que ver con la falta ni con el consumismo, porque por otro lado, piden absolutamente todo lo que ven en la tv/escaparates etc

    Yo creo que todos lo necesitan, pero unos más cantidad que otros. No sé de qué depende, pero me parece más genético. Ya digo, mi teoría es que también los que los han recibido siempre los necesitan y piden…

    Quizás tu hijo recibía más de las cuidadoras por algún motivo…tan sencillo como por ser muy guapo o muy sonriente, listo etc.

    Yo sí creo que en los orfanatos, colegios y guarderías se tienen niños “preferidos” -por mucho que los responsables disimulen para no herir a los compañeros- y estos niños pasan con mucha más facilidad por las experiencias que viven en esos lugares, porque son exactamente los príncipes.

    Saludos
    Eva de

    • Leí hace muchos años un estudio sobre niños hospitalizados, que concluía que los niños guapos recibían muchísima más atención de las enfermeras que los que no lo eran. Estaba cuantificado (aunque no tengo ya los datos): número de visitas, contacto físico, sonrisas… había un mundo de diferencia. Sin duda esto pasa también en los orfanatos (y en las guarderías): niños que por guapos – o por simpáticos- se ganan a las cuidadoras y reciben más de todo: comida y abrazos. Y sin duda, esto diferencia cómo les va la vida.
      Yo pienso que en los orfanatos, es posible además que los niños que están más tiempo – o los que parece que estarán más tiempo, porque por alguna razón, de salud o lo que sea, parecen menos adoptables – también pueden ser más queridos. Tiene que ser duro ser cuidadora en una institución y ver cómo los niños a los que has cuidado van desapareciendo, sin duda muchas tratarán de blindarse para evitar el dolor de la pérdida… quizás con los niños que parece que se van a quedar, o que se quedan más tiempo, esto pasa menos.

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