familia monoparental y adopción

Diacronías

 

 

Las imágenes que me vienen a la cabeza cuando pienso en Marruecos son las de un burro paciendo en un descampado; niños jugando por la calle sin que nadie les vigile; hombres, y sólo hombres, sentados en un bar mirando hacia la calle, sin hablar; mujeres mayores con pañuelos en la cabeza; grupitos de chicas riéndose sin parar mientras se daban codazos; una mujer metiéndose en el agua del mar vestida, con las faldas algo levantadas.

 

Ninguna de estas imágenes me era ajena. Todas las había visto antes: en mi infancia, en las fotos de la infancia de mis padres. O en las de mis abuelos.

Marruecos me resultó familiar enseguida. Pero familiar de una manera extraña, diacrónica. Era como coger pedazos de España de distintas décadas atrás y mezclarlas en un solo continuum.

Cuando fui conociendo más Marruecos, esta percepción se fue agudizando: la importancia de la religión; el trabajo invisible y a menudo no reconocido, pero imprescindible, de las mujeres; el peso de la familia; la manera de tratar a los niños; el concepto de belleza femenina; las esperanzas de las muchachas jóvenes.

Mis amigas marroquíes, muchachas trabajadoras, H., de 29 años, y S., de 17, que acabaron convirtiéndose en las “tantes marrocaines” de mis hijos, me contaron muchas cosas de su realidad. Cómo, a su edad, no estar comprometidas era una rareza; en el caso de H., la convertía prácticamente en una solterona. Cómo los matrimonios nacían por amor, pero debían contar con el visto bueno de las familias (sobretodo, la familia de él). Cómo era necesario ser cuidadosa con la elección de un marido, porque era algo prácticamente definitivo.

Yo les contestaba con historias oídas a las mujeres de mi familia, a mis abuelas, a mi madre, y con las mías propias, y ellas se preguntaban si algún día Marruecos avanzaría en igualdad y en libertad cómo lo había hecho España en algunas décadas.

 

Cuando empezaron las revoluciones en los países árabes, el peso de la participación de las mujeres me hizo pensar que tal vez las esperanzas de H. y S. terminarían cumpliendo. Si no para ellas, para sus hijas.

Porque ambas querían hijos. H., cerca de los 30, no sabía ya si se casaría, y por consiguiente, si tendría hijos. Encontrar un buen marido era uno de sus principales deseos. S., más combativa, decía que prefería estudiar, encontrar un buen trabajo, ser independiente… y si no encontraba un marido, siempre podría adoptar hijos siendo soltera, como hice yo.

 

El próximo sábado, S. se casa. Ha conocido a un chico al que define como romántico y dulce. Espero que junto a él siga siendo la chica combativa, segura de si misma e independiente que conocí.

Y, por supuesto, que sea feliz.

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