familia monoparental y adopción

 

1.

 M., argentino, con 17 años de residencia legal en Barcelona, casado con una catalana y padre de un niño catalán, que paga sus impuestos en Cataluña, tiene una vecina que no soporta que su hijo haga ruído.

Cada vez que el niño está en casa, sube a quejarse, aunque esté jugando tranquilamente (es un niño bastante tranquilo) o viendo la televisión a un volumen razonable.

Normalmente es la pareja de M. quien sale a escuchar las quejas de la vecina, pero hace unos días salió él.

Amablemente, le explicó a la vecina que el niño tiene 6 años, vive allí, están en horario diurno y aquello no es una biblioteca.

La vecina responde: “Mira, no sé cómo son las cosas en tu país”…

Y con esta frase, dice M., me está poniendo en lo que ella considera mi lugar. Está marcando una distancia. Una diferencia. Una superioridad.

2.

Mi hijo pequeño estuvo ingresado unos días en el hospital con un principio de neumonía.

Le atendía uno de los mejores pediatras de Catalunya, el Dr. J., un hombre experimentado y con un gran ojo clínico. Nacido en Siria, lleva en Cataluña más de 30 años, está casado con una catalana y tiene 2 hijos catalanes. Huelga decir que paga también sus impuestos en Cataluña. Ha estado en las listas de una partido nacionalista catalán.

Una enfermera me dice: “Es un pediatra excelente, el mejor. Pero como persona… ya sabes cómo son estos moros”.

Da la casualidad de que el Dr. J. nació en una familia cristiana de Siria.

Da igual: la enfermera no va a dejar que la realidad estropee sus prejuicios.

3.

Mi hijo mayor, negro, que me mira con cara de extrañeza cuando alguien que habla catalán conmigo cambia de idioma para dirigirse a él (sí, muchos le hablan en castellano y muy lentamente, como si en vez de ser negro, fuera tonto), está corriendo con dos amigos blancos, entrando y saliendo de unas instalaciones deportivas del barrio.

Sale una de las recepcionistas, le señala y dice: ¿Quién es la madre de este niño?

Ver la cara que se le queda cuando la que levanta la mano es una blanca, no tiene precio.

Y 4.

Me hace notar Raquel en uno de los comentarios de la entrada que “De dónde sean los hijos, dónde paguen los impuestos o qué nacionalidades tengan para mí no es reseñable. No quites valor a M., al Dr. J. o a tu hijo puntualizando esas cosas. Serían igual de despreciables los comentarios si fueran inmigrantes ilegales recién llegados”.

Y lo primero que me viene a la cabeza es: ¡Glups!

¿Me molestarían igual estas muestras de racismo en recién llegados? Sí, sin duda. En otras ocasiones me han indignado situaciones parecidas en las que ignoraba esos datos, como he narrado en alguna que otra entrada.

¿Qué pretendía con estos datos? Situar a los personajes, dar algo de información. Pero, ¿por qué escogí precisamente los datos que los situaban como inmigrantes integrados, como si esto tuviera importancia cuando hablamos de racismo? 

Posiblemente, porque ninguno de nosotros (o no yo, al menos, como queda claro) estamos libres del racismo de baja intensidad (aunque quizás en este caso es más bien clasismo, que no deja de ser otra clase de racismo).

Habrá que estar muy atentos.

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Comentarios en: "Racismo de baja intensidad" (6)

  1. Y lo que te rondaré morena cuando llegue el de la alta intensidad a nuestras familias…

    Estaba escribiéndote la primera vez que escuché a nadie referirse a mi marido como “ese sudaca”, pero ni vale la pena hacer el relato.
    ¡C’est la vie! A palabras necias, oídos sordos. ¡A criar hijos con mucha personalidad para que se rían de los prejuicios!. Y, sobre todo, a darles ejemplo de carcajadas, regadas con alguna mirada despectiva y de cabreo cuando la ocasión lo precise.

    P.D. De dónde sean los hijos, dónde paguen los impuestos o qué nacionalidades tengan para mí no es reseñable. No quites valor a M., al Dr. J. o a tu hijo puntualizando esas cosas. Serían igual de despreciables los comentarios si fueran inmigrantes ilegales recién llegados.

    • Glups! creo que se impone un punto 4…. ¿Nadie estamos libres del racismo de baja intensidad? Aunque quizás en este caso es clasismo, que no deja de ser otra clase de racismo…

  2. Me ha encantado el post….y como dice Raquel…aunque fueran no residentes sería igual de feo lo que se les dice…

    Bedsotes, Este

  3. Amén, Raquel. Es igual si acabasen de llegar en una patera, sucios y sin papeles ni hablando el idioma. Me pregunto con frecuencia cómo a los seres humanos nos cuesta tanto (o nos gusta tanto) no reconocer/nos en nuestros iguales.

    ¿es tan difícil ver a la persona que hay debajo del prejuicio?

    Es una pena, las personas que no lo ven no saben lo que se pierden!!!

    Mi abuela tenía refranes-herramienta para todo: “no hay mejor desprecio que no hacer aprecio”. Me lo dijo así como 1000 veces en mi adolescencia, y caló y sirvió de mucho.

    Saludos,
    Eva de

  4. ¿Hay que vivirlo no?

    Estos relatos no tienen precio. Explican perfectamente como es la realidad. ¡Gracias!

    Me han sorprendido muchísimo los prejuicios de la sociedad. No los percibes hasta que tocan a una persona de tu familia…

    Brenda

  5. Que bueno, el Dr. J. es el pediatra de mis hijos!

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