familia monoparental y adopción

Archivo para agosto, 2011

Aniversario

Todos los años, cuando se acerca la fecha del nacimiento de A., no puedo evitar acordarme (más de lo habitual) de su madre biológica.

Hace cuatro años, por estas fechas, ella debía estar a punto de dar a luz. ¿Cómo debía sentirse? ¿Cómo vivió su embarazo? ¿Hubo miedo, angustia, rabia, rechazo, o tal vez esperanza y afecto? ¿Qué dudas la asaltaron?

¿Llegó a pensar que podría criar a su hijo? ¿Quién tomó la decisión de no hacerlo: fue ella o alguien de su entorno? ¿La separaron de A. en contra de su voluntad? ¿Pudo despedirse de él? ¿Quiso hacerlo?

¿Qué nombre le habría puesto? ¿Con qué nombre lo llama cuando sueña con él?

¿Se acuerda especialmente de él en estas fechas? ¿Lo imagina creciendo? ¿Lo busca en los niños de su entorno, en sus sobrinos, en sus hermanos pequeños, en sus otros hijos, si los tiene, en sus propias fotos de infancia? ¿Escruta los niños de 4 años con los que se cruza por la calle, con la idea, la sospecha, de que A. pueda ser alguno de ellos?

¿Cómo se imagina su vida? ¿Le ha pasado tan siquiera por la cabeza que está creciendo en una ciudad al otro lado del mar? ¿Piensa en mí como yo pienso en ella?

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Juegos de niños

Hoy me he descubierto, como cuando era adolescente, trabajando tumbada en mi cama. El comedor, lo habían tomado mis hijos, que habían montado un cohete en el sofá para ir al sol.

De un tiempo a esta parte, me doy cuenta de que han empezado a jugar entre ellos. Ya no me buscan a mí cuando llegan a casa, sino que buscan al hermano, y el sonido de sus juegos ha sustituído al de las riñas, que ahora son simples daños colaterales.

Me gusta, esta complicidad, este espacio compartido.

Ayer llegaron los dos para proponerme un juego nuevo, que me pareció bastante desasosegante.

Habían decidido vestirse los dos igual, lo que les daba este aire levemente siniestro que tienen los mellizos en las películas góticas. Se acercaron y me dijeron:

– Jugamos a que éramos dos niños en la crèche y tú eras la mamá que venías a buscarnos.

Escenificamos mi llegada a la crèche, el encuentro, los biberones.

Y de repente, no sé cómo, el sofá se había convertido en un barco y ellos no paraban de caerse al agua (simultáneamente), gritando para que les salvara a los dos de morir ahogados; nos atacaban serpientes venenosas y hombres malvados de todo pelaje nos amenazaban desde la orilla.

Mi función, agotadora, era protegerles de todos estos riesgos.

No sé si este juego tuvo para ellos algún tipo de función reparadora. Sólo sé que a mi me dejó hecha polvo.

Dumbo

Hoy mis hijos han escogido del videoclub “Dumbo”, que creo que es la única película de Disney protagonizada por una familia monoparental.

¿Quién no conoce esta historia? La de la madre que recibe de la cigüeña a un hijo… que no es como se esperaba. Las orejas enormes del pequeñajo le convierten en el blanco de las burlas y el desprecio de todo el mundo, excepto de su madre, que le considera la criatura más hermosa del mundo.

Cuando yo era pequeña, mi padre solía contarnos historias que tenían como protagonista a “un niño tan feo tan feo que nadie le quería… solamente su madre (o su padre, o su abuela)”. Y al creer en él, esta madre o padre o abuela que sabían ver más allá de las apariencias, conseguían salvar al niño.

No sé cuál era la intención de mi padre al contarnos estas historias. Si había un mensaje didáctico o moral detrás… Si eran sólo cuentos.

No sé si él era consciente de que, como sucede en Dumbo, esta frase tan simple es la perfecta descripción de esto que ahora llamamos “resiliencia”.

Su único hijo

Hace algunos años, N. me dijo que probablemente, en la vida muchas cosas le habían costado de hacer porque, al ser hija única, no había tenido que competir con nadie por nada.

En esa época se hablaba de la primera generación de hijos únicos chinos que llegaba a la edad adulta, y me dio por pensar en cómo sería de rara una sociedad en las que todos sus miembros compartieran esta característica.

Se ha hablado mucho de cómo influye en nuestra personaliadad el orden en el que llegamos a la familia: se dice que los mayores son más responsables, los pequeños mas bohemios, y los medianos tardan más en encontrar su lugar en el mundo.

Seguro que ser hijo único imprime carácter también. Se dice que son mimados y caprichosos… yo no creo que sea así en todos los casos, pero sí creo que, a diferencia de lo que sucede cuando hay hermanos, son siempre el rey de la casa. Puede haber más, o menos, pero lo que hay es para ellos; no comparten, ni tampoco compiten en la misma medida, y muchas decisiones que se toman en la familia giran a su alrededor.

Este verano hemos convivido con un puñado de hijos únicos. Y aunque muchos de ellos son niños que reciben tantas broncas o más que los mios, a los que se les dice que no, que han aprendido a compartir -excepto lo esencial: el amor de sus padres, de su madre-, otros son niños que esperan siempre el aplauso, que están acostumbrados a escoger siempre los primeros, a que se les escuche antes que a nadie. Niños con los que es difícil convivir cuando hay otros niños, que, a diferencia de lo que sucede en su cotidianidad, tienen los mismos derechos que ellos. El mismo derecho a ser el primero. A ser el centro.

Cuando N. me confesaba sus carencias de hija única, ella era la única en un grupo de 8 amigos que no tenía hermanos. Hoy mis hijos son una rareza en muchas casas de nuestro entorno (y sobretodo, entre las familias monoparentales). ¿Cómo va a ser el mundo cuando lleguen a adultos esta generación de niños a los que nadie les ha discutido su derecho a “ser el primero”?

Sweet home Bcn

Deshacer maletas, meter la ropa en la lavadora, sacarla, colgarla, recogerla, plegarla, guardarla, y así hasta 5 veces. Abrir la nevera y tirar la lechuga que quedó olvidada en un estante, que ha pasado del verde al marrón y otra vez al verde (en movimiento). Ir al súper y olvidarte la mitad de lo necesario. Llamar a los amigos como si hubiéramos pasado años fuera en vez de semanas. Reestrenar la piscina municipal del barrio. Y el parque. Leer sobre el síndrome post-vacacional. Contar los días que faltan. Y llorar. Empezar a preparar las batas y las carteras, y empezar a leer material para los primeros días de trabajo (y llorar). Que B. diga: “por fin, mi cama favorita”. Vaciar la cámara de fotos y hacer álbumes tratando de no olvidar a nadie. Volverse a conectar a todas las cuentas de correo y redes sociales y darse cuenta que no te has perdido nada urgente ni importante. Empezar a pensar en las vacaciones del próximo verano.

Impaciencia

A: ¿Cuánto falta para mi cumpleaños?

Yo: Unas tres semanas.

A: ¿Tanto? ¡¡No puedo esperar tanto!! ¡¡¡Yo quiero que falte un minuto!!!

Creciendo

Este ha sido el verano en el que mi hijo mayor, B., de 7 años, ha empezado a hacer recados él sólo.

1.

La primera tienda que visitó fue la panadería.

Yo le observaba desde el balcón de casa (está en la esquina opuesta) y le vi cruzar correctamente las calles de ida y vuelta y hablar un momento con el padre de un niño del cole.

Cuando llegó a casa, me dijo:

– Mamá, me han preguntado si quería una barra larga o corta…

– ¿Y tú qué has dicho?

– He pensado que mejor corta, porque si estaba podrida, habría menos.

2.

Una noche me di cuenta de que no había leche para el bibe del pequeño. Así que fue al súper a por un cartón.

Vuelve al cabo de un rato, con un cartón de leche y el cambio, y  me cuenta:

– Como sólo tenía una cosa, en la caja me han dejado colar.

– ¿Y qué te han dicho? ¿”Este niño tan guapo que pase”?

– ¡¡¡No!!! Me han dicho: “pasa, B.” Es que eran las vecinas.

3.

Entra en la pastelería con 2 céntimos que le han sobrado de otra compra.

Pregunta:

– Con este dinero, ¿qué me dáis?

Le dan un bombón de chocolate.

Se queda pensativo unos segundos:

– ¿Y no me daríais otro para mi hermano?

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