familia monoparental y adopción

Archivo para septiembre, 2011

Reunión del colegio

Ayer fue la reunión del curso de B. (la semana que viene tengo la de A.). Nos dijeron lo de siempre. Y como siempre, salí cabreada.

Me parece fantástico que nos cuenten lo que hacen en el cole, y las normas internas, lo que pueden y no pueden llevar a clase, cuántos deberes traerán a casa o la medida de la veta que se usa para colgar la bata… pero me molesta sobremanera que nos digan qué tenemos que hacer en casa y cómo tenemos que criar a nuestros hijos, como si fuéramos menores de edad: A que hora tenemos que ponerlos a dormir; qué tienen que desayunar; cómo tenemos que dirigirnos a ellos; qué tipos de responsabilidades tienen que tener en casa.

Se les llena la boca diciendo que la escuela está para enseñar y que educar es trabajo de la familia. Pero nos tratan como si fuéramos incapaces de hacerlo – y de pensar cómo hacerlo.

Y lo más jodido es que se molestan si alguna vez se te ocurre sugerirles a ellos cómo encarar mejor alguna dificultad que puedan tener en el aula.

Amigas bienintencionadas dicen que no es para tanto, que hablan en general para no tener que particularizar en algunas familias que efectivamente, acuestan a los niños a medianoche o los llevan al cole sin duchar.

Pero es que también hay maestros que hacen mal su trabajo, que cogen manía a algunos alumnos, que ponen castigos surrealistas, que contestan mal… y no hacemos una reunión para decírselo…

Si hay alguna famiilia a la que tienen que llamarle la atención, que lo hagan. Los demás, creo que nos merecemos el beneficio de la duda.

Y un poco de respeto a nuestras capacidades como padres.

Se puede decir más alto

Foto de Eduardo Pablos Díaz

Salomón

La primera vez que oí hablar del Rey Salomón (de quién dicen descender los etíopes), fue en boca de mi abuela, que me contó la que quizás es la historia más conocida de este personaje.

Érase una vez que dos mujeres aseguraban ser la madre de un bebé, y ninguna cejaba en su empeño en insistir que el niño era suyo. Así que el Rey Salomón propuso una solución que las contentara a ambas: partir al niño por la mitad.

– ¡¡No!!, dijo una de ellas, ¡¡que se lo queda ella, pero no lo parta!!

– Esta, sentenció Salomón, es la verdadera madre. La que prefiere perder a su hijo en vez de verle sufrir daño.

Mi abuela tenía una pobrísima opinión de la adopción, y sin duda consideraba que la madre “verdadera” era la biológica, en todos los casos.

Siempre que conozco historias de conflictos entre las familias biológicas y las adoptivas por la “propiedad” de un niño, me acuerdo de esta historia. ¿Quién renunciaría al niño? ¿Quién es la madre verdadera? ¿Quién toma medidas para evitar el daño a la criatura? ¿Quién pone a su hijo por delante de cualquier otra consideración?

Pero esta historia también me hace pensar en muchos niños adoptados que se sienten divididos entre sus dos familias, entre la lealtad que le deben a sus padres de nacimiento y la que sienten por sus padres de crianza.

Es importante que ambos, si tienen la posibilidad de hacerlo, le den permiso para querer a la otra rama de la familia.

Hace poco, M., madre de una niña etíope de 9 años, adoptada hace un par, me decía que tenía miedo de que, al volver a Etiopía (tienen previsto hacerlo en los próximos tiempos), su hija se sienta dividida entre ambas madres, no sepa con cuál de las dos quedarse.

Yo nunca había imaginado esta escena con mis hijos, pero aún así, intento siempre dejarles muy claro que no tienen opción a decidir, que sus familias de allí tomaron la decisión de darles en adopción y que les criara una familia de aquí  y que yo he asumido esta responsabilidad, y por lo tanto, su lugar está ahora aquí. Que cuando sean mayores podrán decidir dónde viven, que pueden mantener la relación (en el caso de que sea posible)… pero que ellos no sientan sobre sus hombros la responsabilidad de tener que escoger.

Ellos no tienen que escoger, no tienen que decidir nada, porque son niños, y los que hemos tomado las decisiones, sean acertadas o no, sean mejores o peores, les gusten más o menos, somos los adultos.

De brujas y de colores

Unos expertos en temas de igualdad han recomendado vestir a las brujas de rosa en vez de negro para prevenir el racismo en la infancia. Según ellos, asociar los personajes malvados con los colores oscuros, puede incitar al racismo.

 

Y digo yo, ¿el racismo no tiene más que ver con el color de la piel que con el color del vestido? Entendería que se quejaran si todas las malvadas brujas fueran asiáticas, o negras, pero el caso es que son blancas… ¿Y es que las mujeres negras no pueden vestir de negro o de rosa indistintamente también?

Estos mismos expertos, por cierto, también claman contra el “folio blanco”… No sé, igual estoy muy espesa, pero no acabo de ver racismo en usar hojas en blanco, como no se lo veo a utilizar bolígrafos negros.

Una buena iniciativa contra el racismo, en cambio, sería que personas negras (y de cualquier otra raza, además de la blanca dominante) que han hecho cosas importantes, formaran parte del curriculum de las materias escolares.

Como Wangari Maathai, la primera (¿y única?) mujer negra que consiguió el Nobel de la Paz por su contribución al desarrollo sostenible, y cuyo marido se divorció de ella porque ” “era demasiado educada, con demasiado carácter y demasiado éxito para poder controlarla”. Acaba de fallecer de un cáncer en un hospital de Nairobi.

Descanse en paz.

Adios

Hoy hemos conocido que Cesaria Evora, la cantante caboverdiana, se retira a los 70 años por problemas de salud.

No he podido evitar recordar esta canción, que tantas veces le canté a mi hijo mayor, cuando era pequeño, para dormirle.

Futuro

B: Cuando seamos mayores ganaremos mucho dinero… y nos compraremos muchas chuches…

(piensa un poco)

 

Si tú no estás, yo cuidaré de A…. viviremos en una limusina y dormiremos en los sofás, y miraremos la tele. Comeremos patatas fritas y palomitas.

(vuelve a pensar un poco).

Y si viene un malo, yo conduciré y aparcaré en otro sitio.

¿Y los padres qué?

En la entrada anterior se suscitó una interesante discusión sobre el papel / la ausencia de los padres (hombres) cuando hablamos de la parentalidad. Siempre somos las madres las culpables, hagamos lo que hagamos, si estamos ausentes porque les descuidamos, si estamos demasiado presentes, porque les ahogamos.  ¿Y ellos? ¿No tienen ninguna influencia?

El padre es una figura poco habitual (cada vez menos poco, todo hay que decirlo) en reuniones del colegio y salas de espera de pediatría, pero también está fuera de los discursos de crianza.

Por ejemplo, aunque regularmente se discute hasta qué edad pueden ser madres las mujeres (ahora que la reproducción asistida y la adopción han roto las barreras naturales), nunca se pone en cuestión que un hombre sea padre cuando tiene edad para ser abuelo… o bisabuelo… si la madre es joven. ¿Por qué? Un padre octagenario (e incluso más joven) tiene muchos números para dejar a sus hijos huérfanos, para necesitar que le cuiden… ¿Es que no importa que los niños pierdan a su padre? Parece que no. Que el papel social que tiene asignado, el de proveedor, lo cumplirá igual aunque no esté físicamente, puesto que lo hará a través de las pensiones.

Cuando hablamos de la familia biológica de nuestros hijos adoptados, también solemos obviar el padre. Es cierto que hay ocasiones en las que este es un desconocido y de la madre sí hay datos, pero en otros casos, no hay datos de ninguno de los dos. Y siempre imaginamos a la madre y borramos al padre, como si no tuviera ninguna importancia. ¿Quizás porque sólo de la madre estamos seguros que fue consciente del embarazo, porque sólo de la madre sabemos que estuvo allí cuando se tomó la decisión de abandonar a la criatura?

¿O simplemente porque las madres tienen más peso que los padres en el retrato social de la parentalidad?

Yo pertenezco a esta minoría de familias en las que no hay padre. Y paradójcamente (o no), esto me ha hecho descubrir la diferencia de roles que ejercemos padres y madres con nuestros hijos. Los padres (los hombres) se relacionan de manera distinta, juegan de manera distinta, usan otras palabras para comunicarse, tienen otras prioridades… son un modelo distinto al que proponemos las mujeres.

Mis hijos juegan a aprender a afeitarse en casa de nuestro vecino y aún recuerdo que tuve que pedirle a mi cuñado que se llevara a mi hijo mayor al baño para enseñarle como hacen pipi los hombres. Y estas son las cosas más obvias… ¿cuántas otras, más sutiles, no llegamos a suplir?

¿Quién pierde más con la exclusión del padre del discurso sobre la parentalidad? ¿Los hombres que quieren participar más de lo que les dejan, las mujeres que respiraríamos con mayor presencia de los hombres, o los niños que se pierden unos padres más activos y unas madres más relajadas?

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