familia monoparental y adopción

Archivo para diciembre, 2011

A pesar del Gobierno… ¡¡feliz año!!

 

P.D.: Como siempre, ÉL lo dijo mejor.

P.P.D.: Como habréis visto he andado desconectada unos días… hemos estado de vacaciones: museos, skate en la playa, paseos en el trenecito del barrio, partidos de futbol en el parque… han dado para mucho. Por desgracia, el lunes ya volvemos a las rutinas… Y como también dijo ÉL…

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De colores

1.

B: ¡¡Mama!! Este dibujo está mal… no puede ser que la madre sea marrón y el padre blanco.

2.

A: Mira, mama: este soy yo….

…la maestra dice que me he pintado mal… que yo no soy tan marrón…

(¿no quedamos que era normal que a esa edad “no vieran los colores”?)

3.

La felicitación navideña de B.

P.D. (4)

Entramos en el metro, detrás de un chico negro con rastas cogido de la mano de una chica con una melena rubia.

B: ¿Has visto, mama? Un marrón puede ser novio de una blanca.

 

 

Tánger

Viajé a Tánger hace 3 años, con la esperanza de encontrar a mi segundo hijo allí.

Era la primera vez que dejaba a mi hijo mayor (entonces único), la primera vez que nos separábamos desde que nos habíamos conocido, y también la primera vez que viajaba sola más allá de un tránsito. No sé cuál de las dos cosas me angustiaba más.

Después de instalarme en un hotelito absolutamente delicioso (y donde me cuidaron como si fuera de la familia), y de saludar a la traductora amiga de N. (que me invitó a te, me sacó a comer y me presentó a sus hijos y algunas de sus amigas), me reuní con la asistenta social que se encarga allí de las kafalas, que me presentó a A. y M., una pareja que también esperaba convertirse en padres de un niño nacido en Marruecos. A. y M. también me adoptaron aquellos 4 días que compartimos en Tánger… juntos comimos y cenamos, y juntos paseamos por la ciudad.

Y juntos nos acercamos a la crèche el primer día, donde me enamoré de un par de niños que no podía kafalar (estaban en proceso con ambas familias), y dónde la presidenta nos convocó al día siguiente.

¿Os imagináis que hay un niño asignable?, les pregunté. Si hubiera un niño, vosotros hace más tiempo que esperáis que yo, así que os lo tienen que asignar a vosotros.

Al día siguiente, sentados en el despacho de la presidenta de la Crèche, esta nos dijo que, efectivamente, había un niño. Un niño de 3 semanas, nacido prematuro, que había llegado esa misma semana y al que no habían asignado todavía porque aún faltaban los resultados de las analíticas.

– “Para mí”, dijo A.

M. se fue a ver al niño mientras la presidenta nos contaba algunos datos del niño… y A. y yo llorábamos como magdalenas. Lloré este día todo lo que no he llorado en mis asignaciones. Y no teníamos ni un mal kleenex.

M. volvió al cabo de un momento y dijo, entre hipidos: “¡es feísimo!”. Escogieron un nombre entre los dos que les propuso la presidenta (curiosamente, yo habría escogido el otro) y fuimos los tres a conocer al niño. Ahora ya con nombre: S.

M. dijo: “Cuando lo he visto la primera vez, me ha parecido feísimo… ¡¡y ahora me parece el niño más guapo del mundo!!”.

S., que acabaría convirtiéndose en un niño guapísimo, era un bebé escuchimizado y feúcho, y yo respiré aliviada… aunque habría aceptado la asignación sin pestañear, creo que me habría dado un ataque de pánico de pensar en traer a mi casa, a mi vida, un niño tan pequeño. Que no habría sabido qué hacer con él.

Finalmente, mi segundo hijo no llegó de Tánger. Descarté hacer la kafala en una ciudad donde los niños eran tan pequeños y tan deseados: había lista de espera de familias españolas, pero también de familias marroquíes. Preferí kafalar un niño que tuviera menos posibilidades de salir en adopción en su país de nacimiento, y las circunstancias me llevaron un par de meses más tarde a conocer a A. y convertirlo en el pequeño de la casa.

Aún nos vemos a veces con M., A. y S., un niño travieso y despierto que tiene robado el corazón a toda la familia. Y en uno de esos encuentros, A. me dijo:

– ¿Has pensado alguna vez que si nosotros hubiéramos viajado una semana más tarde, o una semana antes, S. sería tu hijo?

No, nunca lo había pensado. Me resulta increíble pensar que podría haberme convertido en la madre de S. Tan increíble como me resultaría imaginarme lo contrario si los hados me hubiera llevado a serlo.

Niños de bambú

He hablado muchas veces aquí del blog Buenos tratos, uno de mis favoritos, porque a diferencia de lo que suele suceder, no sólo bucea en por qué nuestros hijos actúan como actúan, sino que da estrategias, soluciones, vías… (¿Cuántas veces me he dicho a mi misma: “ya sé por qué mis hijos hacen lo que hacen, ahora necesito saber qué hacer con ello”? Pues en este blog hay algunas respuestas).
 
En su última entrada recoge una metáfora sacada de otro blog (que no conocía hasta ahora), y que me ha parecido tan bonita que no he podido resistirme a copiarla aquí: 
 
 
No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante. También es obvio que quien cultiva la tierra no se impacienta frente a la semilla sembrada, halándola con el riesgo de echarla a perder, gritándole con todas sus fuerzas: ¡Crece, por favor!
 
Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para impacientes: siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente.

Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad, no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto que, un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles.

Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas la planta de bambú crece ¡mas de 30 metros! ¿Tardó sólo seis semanas crecer? No, la verdad es que se tomó siete años y seis semanas en desarrollarse.

Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento, que iba a tener después de siete años.
 
Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas veces queremos encontrar soluciones rápidas y triunfos apresurados, sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno y que éste requiere tiempo.

De igual manera, es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creemos que nada está sucediendo. Y esto puede ser extremadamente frustrante.

En esos momentos (que todos tenemos), recordar el ciclo de maduración del bambú japonés y aceptar que “en tanto no bajemos los brazos” ni abandonemos por no “ver” el resultado que esperamos, sí está sucediendo algo, dentro nuestro…

Estamos creciendo, madurando.

Quienes no se dan por vencidos, van gradual e imperceptiblemente creando los hábitos y el temple que les permitirá sostener el éxito cuando éste al fin se materialice.

Si no consigues lo que anhelas, no desesperes… quizá sólo estés echando raíces…

Tú me elegiste

Estoy tumbada en la cama con A., en una sesión de mimos pre-siesta.

Yo: Me gusta mucho que seas mi hijo. ¡¡Qué suerte tengo, de ser tu madre!!

A: Por esto me viniste a buscar a Marruecos…

…y me elegiste.

Yo: Yo no te elegí! A los niños no se les elige, ¿crees que la crèche es como una tienda de niños donde te llevas al que más te gusta?

(Creo que es pronto para la lección sobre la gente que sí elige o cree que puede elegir a sus hijos, y sobre la adopción como mercado; y además, yo no elegí a ninguno de mis hijos).

… Pero si hubiera podido elegir, te habría elegido a ti. De todos los niños del mundo, no hay ninguno que me guste más que tú o tu hermano.

A: Pues yo, mama, si hubiera podido elegir… ¡¡tampoco habría elegido otra mama!!

Consecuencias y límites

Cuando llegas a la parentalidad, descubres, entre otras muchas cosas, un universo lingüístico para el que a menudo necesitarías un diccionario.

De las palabras más curiosas que me he encontrado, o mejor dicho, una de las aplicaciones más curiosas, es la palabra “consecuencias”.

Es como llaman ahora algunas personas políticamente correctas a lo que antes llamábamos castigos…

Castigar no está bien visto, pero en vez de cambiar la realidad, cambiamos las palabras que usamos para describirlas. En el colegio te dicen “no, aquí no castigamos”… ¿Y dejar a un niño sin patio porque se ha olvidado la bata, qué es?

En realidad, consecuencia no es lo mismo que castigo. Un castigo es una medida arbitraria, que se usa para punir al niño, para demostrar autoridad. Una consecuencia es algo que se deriva del propio comportamiento del niño.

Un ejemplo: si el niño se olvida el equipo de piscina, no puede bañarse. Esto es una consecuencia. Dejarle sin patio por olvidarse la bata, es un castigo.

Otra palabra omnipresente cuando se habla de niños es “límites”. Límite vendría a hacer lo que antes se llamaban normas… o prohibiciones (tampoco están bien vistas, llamarles “límites” queda más light).

“Este niño no tiene límites”; “esta familia no pone límites”… son frases que oímos a menudo. Sin embargo, salvo en casos que merecerían la retirada de custodia, no conozco ninguna familia que no ponga límites. No conozco a nadie que permita que su hijo beba lejía, por ejemplo, o que cruce una calle de 6 carriles corriendo y sin mirar…

Otra cosa es que los límites de unos sean distintos a los límites de otros… o la manera de hacerlos cumplir. Hay quién usa el castigo (¡perdón!: la consecuencia), y otros que optan por otros métodos, como la repetición, la negociación, el soborno…

Sobre límites y consecuencias (y control) acabo de leerme un libro que me recomendaron hace poco dos madres adoptivas que saben mucho de todas estas cosas: tienen 4 y 3 hijos respectivamente.

El libro se llama “Beyond consequences, logics an control”, (más allá de las consecuencias, la lógica y el control) y aborda los comportamientos de niños que han sufrido trauma, englobando en este grupo los niños adoptados (y por tanto, previamente abandonados, y en muchos casos negligidos o abusados). Va en la línea que a mí me gusta, de intentar comprender el mensaje que hay tras la conducta disruptiva del niño, y dice que comportamientos extremos, como las mentiras (o cosas más heavies, como agresiones, esconder comida, robar, etc) tienen su raiz en el miedo, y son comportamientos de supervivencia, es decir, mientras los tienen, están convencidos de que les va la vida en ello, de que si dejan de hacerlo, literalmente, morirán.

El libro sostiene que el niño que miente, agrede, roba… lo hace bajo el estrés, y que si lo castigamos, aumentamos el estrés; que es prioritario abordar el estrés, calmar al niño, regularlo, ver qué lo ha desestabilizado, y hacerle sentir seguro, empatizando con él.

Y sólo más tarde, cuando la situación de estrés ha sido superada, abordar lo mal que nos hace sentir que nuestro hijo crea que debe mentirnos, agredernos o robar…

Conexiones

Tengo muy claro cómo me conecto yo con mis antepasados: no sólo a través de la genética, sino por una historia, una toma de decisiones, unas circunstancias… que fueron conduciendo a los que estuvieron antes que yo a la posibilidad de que yo terminara existiendo.

Igualmente, entiendo cómo se conectan mis hijos con mis padres, mis tíos, estas personas que no comparten genética con ellos, pero sí el día a día, una parte creciente de su historia y los planes de futuro.

Pero a veces me cuesta encontrar un punto de conexión entre mis hijos y mis abuelos, por ejemplo. Gente que fue importante en mi vida, que es parte de lo que soy, pero a los que ellos no han conocido. ¿Qué vínculo pueden tener con esa gente que ni llegó a imaginar la posibilidad de tener bisnietos de otros colores? ¿Que tenían una idea tan prejuiciosa sobre la adopción? ¿Que quizás les habrían rechazado de cruzarse con ellos por la calle? ¿Que no han compartido con ellos ni espacios ni ratos?

El otro día, estaba cantándole una canción a A.

Me pregunta: ¿Esta canción la cantabas cuando eras pequeña?

Le respondo: Esta canción me la cantaba mi abuela.

Y me dice: Claro… y ahora me la cantas tú a mí.

Qué fácil es entender las cosas cuando las cuentan los niños.

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