familia monoparental y adopción

Archivo para enero, 2012

Huérfanos de sangre

Me dijo S. hace algún tiempo: vas a ver cómo no va a pasar mucho tiempo desde que los padres adoptivos pasemos de ser los héroes de la historia a ser los villanos.

Acabo de leerme el primer libro que cae en mis manos sobre tráfico de niños. No es el único del que he oído hablar, pero sí el primero que leo, y creo que el primero que se publica en español.

Es del periodista francés Patrick Bard, se titula “Huérfanos de sangre” y transcurre en 2007. Son dos historias en paralelo (que terminan por converger, claro): en Guatemala, un aspirante a periodista investiga la desaparición de una niña de dos años; en California, un matrimonio aspirante a padres adoptivos deciden gestionar una adopción en este país, después de varios intentos fallidos en otros lugares.

Cuando empecé a leerlo, pensé que los personajes eran muy tópicos… pero a medida que avancé, encontré pasajes impagables, como cuando la pareja decide adoptar en Guatemala y discuten sobre por qué es tan cara la adopción en este país… ¡¡y concluyen que es por el alto nivel de ética!! que cueste tanto dinero indica, para ellos, que las cosas se hacen bien, que se paga bien al personal sobre el terreno… No me parece tan distante de algunas cosas que he oído (¡¡y hasta dicho!!) sobre la adopción en Etiopía… un país que incrementó los índices de adopción precisamente cuando se cerró Guatemala después de descubrir numerosas y gravísimas irregularidades.

La reacción de los padres adoptantes al descubrir que la historia no es como se la contaron, los teje-manejes de la ecai para tapar sus malas prácticas, la desprotección de las familias biológicas… son factores conocidos para cualquiera que se haya interesado en el tema de las irregularidades (expresión que como dice R., a menudo es un eufemismo para hablar de tráfico de niños)

Para los que prefieren la no ficción (y leen en inglés, y tienen un rato), es muy recomendable este estudio de David M. Smolin que explica cómo funciona el tráfico de niños para Adopción Internacional. Cómo se consiguen los niños, y quizás más importante todavía, cómo se blanquean para convertirlos en abandonados o huérfanos legales, es decir, en adoptables.

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28 de enero

Hay días que se te quedan grabados minuto a minuto.

Recuerdo cómo llegué al trabajo, la primera como casi siempre, y sólo sentarme recibí la llamada angustiada de C.

– Estamos en la UCI, no sé cuándo vendré, no sé si vendré, la niña está muy mal.

– ¿Qué tiene?

– Una sepsis generalizada. No sé qué es, pero suena fatal.

Recuerdo cómo fueron llegando el resto de compañeros, cómo repartí el trabajo, cómo preguntaron por C., cómo les dije que vendría más tarde.

Sin detalles, porque ya intuía que estábamos hablando de una tragedia.

Cómo llamé a mi jefa, le pregunté si había hablado con C., me dijo que sí, y que su marido (médico) estaba con ella en la UCI. Y lo chungo que era lo que tenía, y las pocas posibilidades que había de que saliera adelante.

Cómo seguimos trabajando, y lo raro que era pensar que de toda aquella gente sólo yo sabía que este iba a ser un día distinto.

Cómo llegó mi jefa y empezó a decir, como un mantra diabólico, “la niña se va a morir, la niña se va a morir”.

Cómo salieron a la escalera de incendio varias de mis compañeras, y una de ellas lloraba desconsoladamente, y yo salí detrás suyo y le dije: Todavía no ha pasado nada, todavía no sabemos. Deja de llorar.

Cómo volví a entrar, y mi jefa estaba sentada en el suelo, con el teléfono en la oreja. Y colgó y me dijo: Ha muerto.

Cómo corrió la noticia por toda la empresa, y empezó a llegar gente, los abrazos, los “lo siento”, los “no tengo palabras”.

Cómo llamó O., amigo personal de C., y yo le pregunté si estaba sentado.

– No me asustes.

– Ha pasado algo terrible… horrible… C…. su hija…

– No me asustes…

– La niña ha muerto.

Y O. se puso a llorar, y su voz era ridículamente aguda.

Y cómo salimos otra vez a la escalera de incendios, y yo me pregunté cómo podía hacer sol, cómo podía hacer ese día tan magnífico, en pleno enero, y qué injusto era, y qué injusto que esta gente que pasaba por la calle y se reía y charlaba no supiera nada de la muerte de la niña.

Cómo podía seguir girando el mundo después de esto.

Y cómo volví a entrar, y todo el mundo lloraba, y yo seguía organizando las cosas. Y entonces, una de mis compañeras me abrazó, y me dijo al oído: llora.

Y lloré.

Y cómo nos pusimos a llamar a todos los conocidos, amigos, ex colegas de trabajo, porque queríamos que el funeral fuera el más multitudinario que nunca hubiéramos visto. Para que sus padres, que sentían que el nacimiento de su hija a miles de kilómetros de allí, no había importado a nadie, vieran que su muerte sí nos importaba.

Cómo llamé a C., a media tarde, y lo extraña que se me hizo su voz, y lo difícil que me resultaba que me salieran las palabras. ¿Cómo decirle el dolor que sentía, tan incomparable con el suyo, lo injustas que son la vida y la muerte, lo indescriptible que es la pérdida de un hijo, algo para lo que ni siquiera existen palabras, algo que no debería ser pensado?

Y luego nos fuimos del trabajo, todos juntos, y una compañera nos dijo que fuéramos a su casa, y ninguno de nosotros queríamos estar solos esa noche, así que cenamos, y lloramos, y hablamos de la niña, y de C., y de la niña.

Cómo llegué a mi casa pensando que esa noche no quería dormir sola.

Han pasado 9 años. La niña estaría a punto de cumplir 12 la próxima primavera. La vida ha seguido, incluso para C., y su marido, que tienen otra hija y otras risas…

…y que no necesitan que sea 28 de enero para recordar a la niña que llegó del frío

Elogio de la escuela

Mucho he escrito de la escuela en este blog. Y la mayoría de los textos, me doy cuenta, son críticos.

Leyendo lo que escriben otras madres y padres sobre la escuela de sus hijos, me he dado cuenta de que la de los míos se merece un elogio… que nunca me he parado a hacer.

Yo tenía muy claro el modelo de escuela que quería para mis hijos: una escuela pública y del barrio, sí, pero además, que se pareciera a la que fui yo, un colegio donde no había ninguna prisa en introducir los contenidos nuevos, donde se primaba comprender que memorizar, donde nos enseñaban a esquematizar, a distinguir lo principal de lo accesorio,  a entender lo que leíamos y lo que se nos preguntaba; sin libros, sin deberes, sin exámenes; donde se celebraban asambleas todas las semanas para debatir los temas de interés de la clase, donde las decisiones se tomaban de forma razonablemente democrática, donde se cuidaba la co-educación (en los 7o!!), el respeto a la diversidad (en los 70!!) y la necesidad de cuidar nuestro entorno (en los 70!!).

Y sí, la encontré. Encontré dos: públicas, y en mi barrio…

…y no entramos en ninguna de las dos.

Porque este modelo de escuela es la que más prestigio tiene, y las que solicitan todas las familias, incluso algunas que después se quejan de que sus hijos no usan libros y que les ponen deberes en casa para suplir los que el colegio no manda.

Así que entramos en un colegio… público, del barrio, pero convencional. Un colegio del montón. Con una alta ratio de inmigrantes. Con una alta ratio de temporalidad. Con una composición transversal a todos los niveles: económico, social, profesional… Donde todos los años sobran plazas.

…un colegio que de entrada, me pareció demasiado grande. Y donde los niños cargan libros en sus carteras, y tienen deberes por las tardes.

Ha pasado el tiempo… y me doy cuenta de la suerte que hemos tenido.

Mi hijo mayor es un  niño con necesidades especiales, a muchos niveles. Como tantos niños adoptados… o sea, sin diagnóstico. Pero en su colegio sí­ han entendido la diferencia. Tiene una adaptación curricular, se le permite avanzar a su ritmo, se le motiva (la maestra ha conseguido la implicación de todos los compañeros del aula), y lo más importante: se entiende que llega hasta donde llega y que no se puede pedir más.

Recibe ayuda de maestros, monitores, compañeros… cuando hay algún problema de comportamiento (los ha habido, y graves), me llaman y me preguntan:¿Qué podemos hacer para ayudarle? Y buscamos estrategias en común, el cole y la familia (o sea, yo).

Hablo con madres y padres que llevan los niños a estos colegios tan bien considerados a los que yo habría querido apuntar a mis hijos… y tengo la sensación de que en ninguno tienen la flexibilidad y el “aguante” de mi escuela, donde nunca, jamás, dan a un niño por perdido, donde no tiran la toalla por nadie.

Claro que sigue teniendo cosas que no me gustan: el colegio perfecto no existe… pero cada día tengo más claro que este cole en el que entramos de rebote, es el mejor que podríamos haber encontrado.

Genética

Me dicen que la genética está sobrevalorada.

Estoy de acuerdo en lo que se refiere a la formación del vínculo: yo no comparto nada de la carga genética de mis hijos, y no podrían ser más hijos míos… y sin embargo, el mensaje que recibimos día tras días por la sociedad, no es este. Cuando te preguntan si a un hijo adoptado se le quiere igual; cuando te preguntan si es hijo tuyo, y añaden, ¿pero tuyo-tuyo?; cuando hablan de su madre de verdad, como si tú fueras sólo la canguro… cuando los niños que están en los centros españoles no pueden salir en adopción si su familia biológica no renuncia a ellos, aunque no esté en condiciones de ocuparse y a veces ni siquiera tengan contacto con ellos; cuando los jueces fallan siempre a favor de la familia biológica en caso de litigio… o cuando se obliga al padre de un hijo concebido por semen de donante a firmar un papel en el que se compromete a educarlo y criarlo “como si fuera su hijo”; cuando se buscan donantes físicamente parecidos a los padres, para que no se note el origen… o cuando un padre que descubre que su hijo no lleva sus genes va a los tribunales para dejar de pagar manutención, como si todos los años que han vivido juntos y que le ha considerado su hijo no contaran para nada.

Incluso para algunas familias adoptantes, parece que la genética es importante: cuando adoptan en países de raza blanca “para que no se note”; cuando les dicen a sus hijos que no hace falta que en el cole sepan que son adoptados “porque esto pertenece a su intimidad”; o cuando niegan a la familia biológica, en algunos casos porque sienten que no pueden competir con ellos.

Y para algunas familias creadas por reproducción asistida también: cuando prefieren hablar a sus hijos de los médicos que les ayudaron a quedar embarazadas que de los donantes; cuando el padre se distancia del hijo concebido con semen de donante; cuando no se habla a los hijos del hecho de que han sido concebidos con gametos de donante (o se habla sólo del donante masculino en el caso de las madres solas); cuando esta información no se comparte con el entorno cercano, “porque no tiene importancia” (si no tiene importancia, ¿por qué esconderla?); y cuando se le explica a los niños que no hace falta contarlo a terceras personas, “porque esto pertenece a su intimidad”.

O sea: la genética esta sobrevalorada. Hasta ahí de acuerdo.

¿Es importante, la genética? Pues yo creo que depende de qué lado estés. Para mí no tiene ninguna importancia que mis hijos no compartan mis genes. Pero si yo hubiera parido un hijo y lo hubiera dado en adopción, este hijo al que quizás no volvería a ver nunca más, seguiría siendo mi hijo. Estoy segura de que pensaría en él a menudo, me preguntaría cómo le va, a qué familia ha ido a parar, cómo sería si se hubiera quedado conmigo. Incluso pienso que me preguntaría esto, en cierta manera, si hubiera sido donante de óvulos.

Y luego está lo importante qué es la genética para el niño que no comparte los genes con sus padres… y a menudo, con nadie conocido.

Yo conozco a muchos adoptados adultos. Muchos de ellos han buscado sus orígenes. ¿Por qué, no son felices con sus familias de crianza? No, no tiene nada que ver con esto. Buscan sus orígenes porque quieren saber. Quieren saber qué pasó. Por qué les abandonaron. Por qué no se pudieron hacer cargo de ellos. Cómo habría sido su vida de haberse criado en esa familia de origen. Pero también quieren saber a quién se parecen. Qué enfermedades hay en su familia. A qué edad han muerto sus abuelos. Si tienen hermanos.

Cuestiones que sólo pueden entenderse desde la genética. 

Y esta búsqueda, a mí me parece legítima, y hasta sana. Y no me siento amenazada porque mis hijos tengan esta necesidad, si es que la tienen. Ni siquiera porque tengan otra madre.

Y espero saber transmitírselo para que no les ocurra lo que les ocurre a muchos adoptados adultos que conozco: han buscado sus orígenes sin decírselo a sus padres (adoptivos), o cuando estos ya habían muerto, por temor a hacerles daño. Quizás porque estos les habían repetido toda la vida que la genética no tiene importancia…

De niños, y de panes, y de casas

En los últimos años, habré leído decenas de libros sobre temas adoptivos. He buceado en cientos de blogs. He estado en foros. He dedicado horas a hablar con otras madres y padres adoptivos, y también con adoptados adultos.

Todo esto me ha permitido entender perfectamente por qué mis hijos actúan como actúan. Pero en cambio, me ha costado mucho encontrar quién me explique qué hacer con ello.

Uno de los sitios donde mejor respuestas he encontrado es el blog Buenos Tratos, que ya he recomendado más de una vez. Ahora me acabo de leer el libro que ha escrito (a medias) el autor del blog: “¿Todo niño viene con un pan bajo el brazo?”

El libro define los distintos tipos (y trastornos) de apego; nos recuerda esto que algunos hemos descubierto, dolorosamente, en propia carne: que las recetas tradicionales no valen con nuestros hijos; y nos regala una metáfora preciosa, a la par que útil: la de la casa.

Un niño, nos dice, es como una casa: los cimientos se ponen los primeros años. Si los cimientos no están bien puestos, fácilmente saldrán grietas en los pisos superiores… o se hundirán. A no ser que tengan otras casas a su alrededor que le ayuden a sostenerse.

Y este es el papel de los que rodeamos a los niños cuyos cimientos no fueron puestos en su día: actuar como sostén, como contención externa, para que los pisos, y las ventanas, y el tejado, puedan cumplir su labor.

También usa la metáfora de la casa este magnífico texto del Blog Rarezas de la Adopción: en él, la terapeuta familiar Beatriz G. Luna nos vuelve a explicar que difícilmente se sostendrán los pisos superiores si los cimientos no están bien puestos… y nos explica en qué consiste esta base que a muchos niños les falta, y cómo reforzarla. En una segunda entrega, habla de la lateralidad, algo que a muchos padres de niños adoptados nos suena también familiar… y promete más. Yo, desde luego, no me las voy a perder.

P.D.: La autora de estos textos, Beatriz G. Luna, me ha pasado la referencia de su propio blog, donde encontraréis estos mismos textos y otros muchos sobre trastornos de aprendizaje, comportamiento… con consejos prácticos, estrategias, consejos, respuestas… muy útil también.

Referentes

1.

B. llevaba mucho tiempo pidiendo rastas. Finalmente, L. se ofreció a hacérselas, y le ha quedado una cabeza preciosa:

Cuando vieron su new look, nuestros vecinos nos hablaron de un pintor que también tenía rastas: Jean Michel Basquiat, un pintor norteamericano que llevaba este look …

…y que pintaba cosas como estas:

Sacaron algunos libros de arte, miramos su aspecto y su obra, y estuvimos comentando algunos aspectos de su vida.

2.

El tema transversal de la escuela este año son los bosques. Tienen previstas excursiones, han hablado de los árboles, del humus, de la fotosíntesis… y han trabajado sobre el libro “Wangari y los árboles de la paz”…

La historia de la Nobel de la Paz Wangari Mathai, activista de los derechos humanos y ecologista de Kenia.

3.

La obsesión de B. por la muerte se traduce últimamente en preguntas cómo:

¿Qué pasará cuando todo el mundo se muera?

El otro día se dedicó a imaginar un mundo en el que todo el mundo ha muerto… menos él. Y esto me hizo recordar una novela que leí decenas de veces cuando era niña: el “Mecanoscrito del segundo origen”, de Manuel de Pedrolo.

Empecé a contarle la historia… y de repente, me di cuenta de que uno de los dos protagonistas era un niño negro. Que al principio de todo es maltratado por otros niños blancos del pueblo… y que salva la vida precisamente por esto.

El primer niño

Hace unos 10 años, una pareja amiga estaba esperando la asignación del que iba a ser su primer hijo. O hijos: estaban abiertos a la adopción de dos hermanos, de hasta 5 años.

Un día, antes de lo que preveían, les llamaron. Querían ofrecerles la asignación de dos hermanos que se escapaba un poco del perfil que tenían en su CI: una niña de 7  años y un niño de 4, abandonados pocos días antes por su madre.

Él lo vio clarísimo enseguida: se habría lanzado de cabeza. Ella, más racional, más prudente, dijo que no, que no se veía capaz. No estaba preparada para ahijarse a una niña tan mayor, y con una historia tan dura y tan reciente.

Meses más tarde, recibieron otra llamada, y se fueron a muchos kilómetros a conocer a su primera hija.

Nunca más hemos vuelto a hablar de ello, pero siempre me pregunté si piensa en esos niños. Si se pregunta que habría pasado si hubiera decidido adoptarlos. Si se arrepiente.

Yo soy más como él, y creo que me habría tirado de cabeza. De esta experiencia saqué la conclusión de que yo diría que sí a la primera asignación. Al primer niño que me propusieran.

Así lo hice con B., mi hijo mayor. No tenía por qué no aceptarlo: era un niño sano, de la edad que se correspondía al perfil de mi C.I. Así que, por supuesto, ni me lo planteé.

Pero en Marruecos la asignación no iba a ser algo tan sencillo como la primera vez… podía ser que me tocara elegir niño. Y como no quería elegir, me reafirmé en mi decisión: me quedaría con el primer niño que me ofrecieran.

Después de un primer viaje a Tánger , exploré la posibilidad de hacer la kafala en varias ciudades de Marruecos. Hablé por teléfono con abogadas, presidentas de crèche, mandé solicitudes y datos… y un día me di cuenta de que no quería que ninguna de esas llamadas obtuviera respuesta. Porque ya me habían hablado de un niño.

Fue R., que estaba haciendo la kafala de su hijo durante aquel mes de enero (ahora hace 3 años), que en uno de sus mails dejó caer algo así como “hay otro niño, un niño de unos 20 meses, con un pequeño problema en los pies”…

Y este niño, este niño de 20 meses con un problema en los pies, era A.

Y se convirtió en mi hijo cuando comprobé, con la abogada de la crèche en la que residía, que se podía hacer la kafala de este niño. Y que se podía hacer inmediatamente.

Durante muchos días, durante varias semanas, visité cada día a A. en la crèche. Le cogía en brazos, le paseaba arriba y abajo, le hablaba, le cantaba, le daba biberones, le subía al tobogán del patio, le mecía en mis rodillas.

Mientras, el papeleo iba avanzando, y yo ya sabía que A. iba a ser mi segundo hijo.

Pero no lo sentía. No lo sentía en absoluto.

Los demás niños, todos y cada uno de ellos, me parecían más guapos, más simpáticos, más cariñosos. Me habría llevado a casa a cualquiera de ellos. Sin dudarlo.

¿Y si estoy cometiendo un error?, me decía.

Y esta sensación, la de haberme llevado al hijo erróneo, me duró mucho tiempo.

Que equivocada estaba, ¿verdad?

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