familia monoparental y adopción

28 de enero

Hay días que se te quedan grabados minuto a minuto.

Recuerdo cómo llegué al trabajo, la primera como casi siempre, y sólo sentarme recibí la llamada angustiada de C.

– Estamos en la UCI, no sé cuándo vendré, no sé si vendré, la niña está muy mal.

– ¿Qué tiene?

– Una sepsis generalizada. No sé qué es, pero suena fatal.

Recuerdo cómo fueron llegando el resto de compañeros, cómo repartí el trabajo, cómo preguntaron por C., cómo les dije que vendría más tarde.

Sin detalles, porque ya intuía que estábamos hablando de una tragedia.

Cómo llamé a mi jefa, le pregunté si había hablado con C., me dijo que sí, y que su marido (médico) estaba con ella en la UCI. Y lo chungo que era lo que tenía, y las pocas posibilidades que había de que saliera adelante.

Cómo seguimos trabajando, y lo raro que era pensar que de toda aquella gente sólo yo sabía que este iba a ser un día distinto.

Cómo llegó mi jefa y empezó a decir, como un mantra diabólico, “la niña se va a morir, la niña se va a morir”.

Cómo salieron a la escalera de incendio varias de mis compañeras, y una de ellas lloraba desconsoladamente, y yo salí detrás suyo y le dije: Todavía no ha pasado nada, todavía no sabemos. Deja de llorar.

Cómo volví a entrar, y mi jefa estaba sentada en el suelo, con el teléfono en la oreja. Y colgó y me dijo: Ha muerto.

Cómo corrió la noticia por toda la empresa, y empezó a llegar gente, los abrazos, los “lo siento”, los “no tengo palabras”.

Cómo llamó O., amigo personal de C., y yo le pregunté si estaba sentado.

– No me asustes.

– Ha pasado algo terrible… horrible… C…. su hija…

– No me asustes…

– La niña ha muerto.

Y O. se puso a llorar, y su voz era ridículamente aguda.

Y cómo salimos otra vez a la escalera de incendios, y yo me pregunté cómo podía hacer sol, cómo podía hacer ese día tan magnífico, en pleno enero, y qué injusto era, y qué injusto que esta gente que pasaba por la calle y se reía y charlaba no supiera nada de la muerte de la niña.

Cómo podía seguir girando el mundo después de esto.

Y cómo volví a entrar, y todo el mundo lloraba, y yo seguía organizando las cosas. Y entonces, una de mis compañeras me abrazó, y me dijo al oído: llora.

Y lloré.

Y cómo nos pusimos a llamar a todos los conocidos, amigos, ex colegas de trabajo, porque queríamos que el funeral fuera el más multitudinario que nunca hubiéramos visto. Para que sus padres, que sentían que el nacimiento de su hija a miles de kilómetros de allí, no había importado a nadie, vieran que su muerte sí nos importaba.

Cómo llamé a C., a media tarde, y lo extraña que se me hizo su voz, y lo difícil que me resultaba que me salieran las palabras. ¿Cómo decirle el dolor que sentía, tan incomparable con el suyo, lo injustas que son la vida y la muerte, lo indescriptible que es la pérdida de un hijo, algo para lo que ni siquiera existen palabras, algo que no debería ser pensado?

Y luego nos fuimos del trabajo, todos juntos, y una compañera nos dijo que fuéramos a su casa, y ninguno de nosotros queríamos estar solos esa noche, así que cenamos, y lloramos, y hablamos de la niña, y de C., y de la niña.

Cómo llegué a mi casa pensando que esa noche no quería dormir sola.

Han pasado 9 años. La niña estaría a punto de cumplir 12 la próxima primavera. La vida ha seguido, incluso para C., y su marido, que tienen otra hija y otras risas…

…y que no necesitan que sea 28 de enero para recordar a la niña que llegó del frío

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Comentarios en: "28 de enero" (7)

  1. Ufff que horrible lo que cuentas, me has dejando sin palabras. Mucho animo para todos porque a pesar de nueve años me imagino que el dolor tiene que seguir siendo muy agudo. Besos

  2. Qué comentar a esta entrada?… Que no mola nada comenzar el día llorando retroactivamente por el drama terrible de una madre desconocida, que a veces es una mierda que sepas escribir tan bien, mamá de Marte, y que nos pongas en tu piel o, peor, en la de tu compañera… Que mil besos a ambas en la distancia, en este aniversario tan jodido.

  3. …pues a mi los aniversarios me parecen necesarios porque no creo en el olvido. Llorar, como he llorado, me hace sentir viva y valorar la vida que tengo. Pienso en lo que dices y en que el amor puede construirse: “Para que sus padres, que sentían que el nacimiento de su hija a miles de kilómetros de allí, no había importado a nadie, vieran que su muerte sí nos importaba”…y el dolor puede compartirse, no para que duela menos sino para sentirse menos desamparado. Y porque en retrospectiva, la historia se hace más esperanzadora. Y a mi me gusta sentir que incluso a la desolación puede seguir la esperanza…Gracias Madre de Marte…

  4. Yo conocí a Angela, una primavera, en la sede de la ecai…Acabábamos de conocer a mi adorada hija y…en la habitación contigua, otros padres abrazaban también la foto de su amada hija…Angela…”es igual que su padre”…decía la madre…Dos meses más tarde ambas familias abrazabamos a nuestras hijas en China…Dos meses más tarde, estos padres enterraban a Angela…Lucía llegó dos años más tarde para hacer, de nuevo, reir y soñar a esta familia, que nunca dejará de pensar en su primogénita…

    Conocí a Gonzálo, nacido en China con cardiopatía severa…llegó con su valiente madre a España, y…floreció y creció y avanzó y fue feliz…Una prueba, un cateter, le robó la vida hace menos de un año, cuando nadie se lo esperaba, ni sus padres…su débil y dañado corazón no pudo aguantar tanta presión y…dejó de latir para siempre…su madre aún está rota…

    No debían de morir los niños…ellos no…

  5. martucha dijo:

    Me quedo con la frase de Mei “No debían de morir los niños… ellos no…”

    • No, no deberían. Pero el hecho es que mueren: en el Tercer Mundo, y en el Primero… aunque tendamos a olvidarlo. Y quizás esto, que creamos que no sucede, lo hace todavía más duro.

  6. ¡ Que triste la historia! Además la cuentas tan bien, que es todavía peor…
    Leí los enlaces y la carta tan bonita que ha escrito en el país Almudena Grandes, en “Un cuento para Violeta”.
    He pasado por la experiencia de la pérdida de un hermano con 13 años, y se pasa verdaderamente mal, aunque los que peor lo pasaron fueron mis padres; eso se queda ahí para siempre y aunque ya hayan pasado más de 30 años, seguimos recordando, a veces, y mi hija sabe muy bien quien era su tío, que ya se encarga mi madre de contárselo muchas veces.

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