familia monoparental y adopción

Archivo para febrero, 2012

Bomboncitos

Hay una costumbre de los padres adoptantes en países africanos que jamás he sido capaz de comprender: la de llamar a sus hijos “Bomboncitos”. O “Conguitos”. O “Chocolatitos”. O “Negritos”…

Supongo que el objetivo de usar estos epítetos es acostumbrarlos a su propio color. Normalizarlo. Pero, ¿realmente lo normaliza? ¿Esta necesidad de hacer foco en una de las características de nuestros hijos, no indica que en realidad no la vemos como algo normal?

“La gente va a llamarle negro, así que me adelanto para que no le suene mal”, es un argumento que usan algunos de los padres. Entonces, ¿si tenemos un hijo con orejas de soplillo, le llamamos “mi dumbito”? ¿Si tiene los dientes largos, “mi bugs-bunnyto”?

En realidad, creo que muchas veces, tras el uso de estos eufemismos para referirse a los niños hay todo lo contrario de lo que se pretende: mucho miedo al color, al color negro, a tener hijos que dejarán de ser bomboncitos y se convertirán en negros a los que les pedirán los papeles en la calle. Tanto miedo que tenemos que maquillar la palabra – y usar un diminutivo que la haga digerible.

¿Y ahora qué?

El viernes por la tarde, L. recogió a mis hijos del colegio y se los quedó hasta el sábado por la tarde para que pudiera recuperarme de la gripe.

Hice todo lo que había pensado hacer: leer, descansar, ver un par de películas, dormir mucho…

…y sin embargo, me sorprendí deseando que los niños volvieran a casa, aunque fuera para pelearme con ellos.

Qué sensación de… vacío.

Me recordó cuando mi amigo C. me dijo, un día que le pregunté:

– ¿Recuerdas cómo era antes? ¿Las siestas interminables de las tardes de los sábados?

Me respondió:

– Sí… ¿y recuerdas cuando te despertabas y te preguntabas: ¿Y ahora qué? ¿adónde voy? ¿a quién llamo?

Tener hijos es no preguntarte nunca más “Y ahora qué”. Y el precio es esta sensación de vacío cuando no están.

(Que conste que no soy la clase de persona que sólo sabe ser madre;  echo de menos mi vida como mujer adulta independiente, echo de menos el cine de mayores, caminar sin rumbo, ir a ver exposiciones, quedar con amigos sin horario ni agenda… a menudo “echo de más” a mis hijos. Sin embargo, me pilló por sorpresa esta sensación de extrañeza… tendré que pensar en ello).

¿Quién me iba a decir a mí?

Estamos de aniversario. No puedo añadir mucho a lo que dije el año pasado.

Pero quería hacerles un regalo: una de mis canciones favoritas:

72 niños

Estos días los foros y blogs que hablan de adopción han ido llenos con la noticia de que 72 niños adoptados en España han sido reabandonados y crecen en centros de menores. Son un 0,6 de un total de 12.000 niños adoptados en España y en el extranjero.

En estas noticias siempre echo de menos la comparación con los abandonos de niños no adoptados; una cifra no fácil de conseguir. Las dos que he leído estos días se mueven entre un dato similar al de la noticia, y otro bastante más pequeño.

Aunque, ¿son dos magnitudes comparables? Del universo de familias adoptantes, están excluidas buena parte de las conductas de riesgo que llevan a muchas familias a no hacerse cargo de sus hijos: drogas, desestructura familiar, problemas económicos, embarazo adolescente… 

Si no estamos ante “familias de riesgo”… ¿nos encontramos ante “niños de riesgo”?,  me he preguntado… y entonces, me he dado cuenta de algo:

Cuando hablamos de abandono por parte de fammilia bio, siempre ponemos la responsabilidad en los padres: no podían / sabían cuidarte, eran demasiado jóvenes / pobres / enfermos / solteros… Nadie dice: “a mi hijo adoptado su familia biológica le abandonó porque era difícil, inaguantable, etc.” Y en cambio, cuando hablamos de reabandonos, muchas veces ponemos la responsabilidad en el niño. Se habla de lo durísimas que son estas situaciones, de que los padres lo han intentado todo, de que los niños son muy difíciles…

Y la parte de la responsabilidad familiar la diluimos compartiéndola con la administración, como si el hecho de habernos dado un CI nos librara a nosotros de la responsabilidad de haber aceptado ese CI – y esa asignación, y la maternidad. Y nos quejamos de lo mal que se nos prepara para el CI obviando los prejuicios con los que vamos a ese trámite y de la poca importancia que le damos. Y del derecho que creemos que nos asiste a adoptar un niño y a ser considerados idóneos para ello.

Creo que hay mucha tolerancia social con los reabandonos, con las familias que reabandonan, empezando por el uso del verbo “devolver”, como si fuera legítimo librarse de los niños “ajenos” cuando son una carga demasiado pesada…

Tengo la sensación, y no es nueva, de que hay mucha gente, incluso entre los que tienen arte y parte en esto de la adopción, que no acaba de tener clara la irreversibilidad del vínculo parental cuando se adquiere por esta vía.

Ya sé que detràs de los reabandonos hay siempre dramas, pero me molesta esa sensación de que se ve a los padres como víctimas… Y no a los niños.

Los hijos del madero

Barcelona, 1987.

Todos los alumnos del instituto, todos los alumnos de todos los institutos, salimos a la calle para reclamar una educación pública de calidad. ¿Alguien se acuerda?

¿Os acordáis de cómo corríamos por las calles, emulando las carreras de nuestros padres ante los grises? ¿Os acordáis de cómo gritábamos “el hijo del madero/ a la universidad / para que no sea / como su papá”? ¿Os acordáis de como cargaban los policías? ¿De la bala que alcanzó a una estudiante madrileña? ¿De Jon Manteca, el “Cojo Manteca”?

Recuerdo sentadas. Y caceroladas. Pancartas. La sensación de ser joven y tener el mundo en mis manos.

Recuerdo una noche encerrados en el instituto, los sacos de dormir, el aire frío que entraba por las ventanas del baño, los bocadillos, la guitarra. La música. “The Boxer” fue la la banda sonora de aquella noche.

¿Qué quedó de todo aquello?

¿Es tan distinto de lo que estamos viendo este 2012 en Valencia? Estudiantes de instituto, policías, lecheras, porrazos, golpes. Los mismos que corren detrás de los mismos.

Los mismos que opinan que si les zurran, si les detienen, es que algo habrán hecho.

¿Ha cambiado algo? ¿Hemos cambiado algo?

A single mother’s job is never ending

Me reincorporo a la vida después de 5 días de gripe, donde no he salido de la cama…

…excepto para hacer cenas, preparar mochilas, poner lavadoras, organizar recogidas de colegio…

P.D.: Me he acordado mucho de C., que una vez me dijo que “esto de las mujeres en red es un mito”. No podría haberlo hecho sin N., que vino a dar un baldeo a la casa el día que peor estaba; A., que se llevó a B. a su casa la peor tarde-noche; M. y J., que me trajeron medicinas, me prestaron el termómetro y han llevado a los niños al cole; H, que me fue a comprar los medicamentos; L. y S. que recogieron a los niños por la tarde; y a todas las demás que estuvieron pendientes del teléfono y el correo para cualquier cosa que pudiera necesitar.

¿He dicho Gracias?

Idoneidad

En una entrada anterior surgió un tema que prometí sacar en un post más adelante. O sea, ahora: La idoneidad.

Un viernes de hace ya muchos años, me dirigí a la institución que se iba a ocupar de darme (o no) el certificado de idoneidad. Con miedo, por lo mucho que había oído hablar de este proceso. Me esperaba ser cuestionada, examinada, observada, analizada.

A las 8:45 estaba en la puerta de esa institución, hablando con C., la única persona próxima que había pasado por este trago.

C. me dijo:

– No mientas… pero tampoco es necesario que lo cuentes todo. No estás en terapia, y lo que no cuentes, no tienen por qué saberlo.

 

Entré, saludé, me senté. Me presenté. Recuerdo la incomodidad de ser la única monoparental en un mundo de parejas.

Y empezó uno de los días más interesantes de mi vida. El CI no fue lo que me esperaba: un examen incómodo e intrusivo del que no iba a aprender nada.

Durante el día y medio de recorrido conjunto, nos hablaron de muchas situaciones límite de los niños adoptados: desde el ansia por acumular comida al miedo a la separación, de la necesidad de ayudarles a volver a vivir con nosotros la primera infancia que nos habíamos (y a menudo se habían) perdido, de la flexibilidad necesaria, de lo importante que era no escuchar todo lo que nos decía la gente de nuestro entorno, de las diferencias entre los hijos adoptados y los hijos biológicos…

Y en esta línea siguieron en las reuniones individuales, donde repasamos mi vida, mis expectativas, mis recursos, el perfil del menor a adoptar… Todo me pareció muy razonable, nada fiscalizador. Me sentí más acompañada que estudiada, en los dos casos.

…Y sin embargo…

…yo “descarté” muchas de las cosas que me dijeron pensando que eran unos exagerados, que la culpa de que los niños hicieran las cosas que nos contaban era que los padres no estaban bien preparados… “A mí no me pasará, yo lo haré mejor”, este era mi mantra.

Y cuando llegó mi hijo me di cuenta de que muchas de las cosas que me contaron sucedían, algunas de ellas multiplicadas por mucho, y que yo no estaba en absoluto preparada para ello. ¿Lo habría estado si hubiera prestado más atención a lo que me contaban en el CI? Posiblemente no, pero al menos no me habría pillado tan a contrapelo.

Seguramente tuve suerte. Conozco gente que tiene muy mal recuerdo de su proceso de idoneidad. Gente que se ha sentido escrutada, cuestionada, incluso violada en su intimidad. Fiscalizada por razones ideológicas.

O, sin llegar a tanto, gente que simplemente lo ha encontrado un trámite inútil.

Pero me parece más preocupante las cifras: que un 97% de los CIs sean positivos. Que los que no lo son, suelan convertirse en positivos cuando se recurre judicialmente. Que haya webs y asociaciones que dan “trucos”, respuestas tipo para salir adelante; que muchos padres vayan a la idoneidad, a la adopción, como si ahijarse a un niño desconocido fuera un derecho inalienable.

De ellos, no del niño.

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