familia monoparental y adopción

Archivo para abril, 2012

¡Es la guerra! (hablemos de modelos de crianza)

En la anterior entrada sobre el colecho, surgió un debate sobre el que hace tiempo que tengo pendiente escribir: los modelos de crianza, o mejor dicho, la guerra sobre los modelos de crianza.

Y es que dicen que los niños llegan sin libro de instrucciones… pero no es cierto: hay cientos de libros de instrucciones, de distinto signo, y todos pretenden tener la verdad absoluta.

Hace ahora 15 años nació la primera hija de la primera pareja de mis amigos que decidió convertirse en padres. La madre, L., me dijo: “es que yo nunca he cambiado un pañal”. Y entonces, me di cuenta de que (aunque a mí no me sucedía: tengo primos, había hecho de canguro) pertenecía a la primera generación que no creció ayudando a criar a los sobrinos, los primos, los hermanos pequeños, como sucedió en casa de mis abuelos, donde estas cosas se aprendían por ósmosis.

Y tuvimos que empezar a leer libros que nos dijeran cómo criar a nuestros hijos.

Una de las cosas que más me sorprendió cuando llegué a la maternidad fue descubrir que hay básicamente dos corrientes de crianza que están enfrentadas a muerte: los partidarios de la crianza tradicional y los partidarios de la crianza natural. También conocidos como “estivillistas” y “gonzalistas”.

¿Qué diferencia estos dos modelos de crianza?

Los primeros son partidarios de usar los métodos con los que les criaron sus padres, el conductismo, el castigo, el sacar a la hora de la cena lo que el niño no se ha comido a mediodía, están convencidos de que existen bofetadas a tiempo, y que estas no traumatizan a nadie. Y se les llama “Estivillistas” porque se supone que creen en los principios que el dr. Estivill propone en su libro “Duérmete niño”.

Los segundos son abanderados de la lactancia materna, llevan a los niños en brazos (o a la espalda) buena parte del tiempo, les dejan comer lo que les apetece porque están convencidos de que los niños regulan sin problemas su apetito, y llaman “consecuencias” a los castigos. Y les llaman “Gonzalistas” porque han hecho del libro “Bésame mucho” de Carlos González uno de sus libros de cabecera.

“A mí me educaron a mí y no tengo ningún trauma”, dicen los partidarios de los métodos tradicionales. Seguramente, los del segundo grupo están bastante más disconformes con las estrategias educativas que eligieron sus padres.

¿Y qué les une?

El desprecio que cada una de estas corrientes tiene por la otra: los Estivillistas piensan que los Gonzalistas son blandos, que no quieren tomarse la molestia de educar a sus hijos y que imponen al resto de la humanidad los ritmos y los deseos de sus niños; y los de la crianza natural están convencidos de que los padres tradicionales no respetan a los niños y que no tienen ni idea de cómo tratarles.

Los “Gonzalistas” intentan educar a los “Estivillistas”. Los “Estivillistas”, generalmente, se limitan a reírse de los “Gonzalistas”.

Cada uno en su trinchera.

¿Y dónde me encuentro yo en esa guerra?

En tierra de nadie, claro. Como decía mi hermana hace algún tiempo, “si hubiera una guerra civil, yo lo llevaría fatal: me dispararían desde los dos bandos”.

Y así es como me siento yo: al margen, en la periferia.

Bueno, esto no es cierto: me siento más cercana a la “crianza natural”… pero me sucede que mientras las ideas me gustan, muchas de las personas que la practican (no todas, obviamente) me resultan muy antipáticas.

Tan seguras de si mismas. Tan prepotentes. Tan convencidas de tener la verdad revelada.

Aunque esto sucede en los dos bandos… también los de la crianza “de toda la vida” están convencidos de tener la razón… pero se toman menos en serio. Quizás porque la movida, la “moda” de la crianza natural es algo nuevo, menos consolidado… los que la practican se sienten en la obligación de ser más batalladores.

Y al final, esto es lo que me mata realmente de los dos bandos: que vivan sus estrategias de crianza, sus planteamientos (legítimos), como una batalla en la que es necesario imponerse al otro bando para sobrevivir. Que no sean capaces de entender y asumir que hay más de un modelo de crianza (y más de dos), y que todos pueden ser válidos, y que cada familia escoge el que más cómoda le hace sentir, y el que mejor le funciona con sus hijos.

Y que no tiene por qué responder punto por punto a ningún libro ni a ninguna escuela de pensamiento.

¿Cuál es mi consejo? Leer de todo y sacar nuestras propias conclusiones… o no leer nada y aplicar el sentido común.

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Colecho

Reconozco que antes de tener hijos estaba convencida de que los niños tenían que dormir en su cuarto, y en su cama, y los padres en el suyo.

Reconozco que antes de tener hijos estaba convencida de que los niños que dormían con sus padres eran unos malcriados.

Reconozco que ant esde tener hijos pensaba que los niños se acostumbraban a cómo les educabas.

Todo esto fue antes de tener hijos. Sí.

Cuando llegó B. a mi vida, decidí seguir mis claras y estrictas ideas pedagógicas y ponerle a dormir en su cuna, en el que iba a ser su cuarto.

Funcionó un par de semanas.

Después empezó a despertarse, no una sino 4, 5… 8 veces por noche. Y yo hacía lo que me había recomendado la psicóloga: sentarme a su lado y hablarle, sin sacarle de la cuna, esperar a que se durmiera.

A veces tardaba 20 minutos. A veces, 2 horas.

Y la cosa empeoró cuando empezó la guardería.

Un día, llamé desesperada a mi amiga M. Llevaba 3 noches sin dormir. Me invitó a comer a su casa, y después de comer, me hizo tumbarme en el sofá y se llevó a los niños (el mío y la suya) con ella a jugar.

Fue la mejor siesta de mi vida.

Porque B. tampoco dormía siesta. O mejor dicho, sí la dormía, pero nunca en su cama, en casa, cuando yo estaba agotada: iba con las pilas cargadas hasta que, desesperada, la metía en el carro… y entonces, 20 minutos después de arrancar, caía rendido.

Justo cuando yo no tenía una cama a mano.

Y aún así, seguí insistiendo. Si perserveraba lo suficiente, B. entendería que tenía que dormir en su cama, en su cuarto, y que yo seguiría estando allí al día siguiente.

Una noche, B. se había dormido en mi cama, yo estaba cenando con unas amigas. Cuando se fueron, me tumbé en mi cama… y en vez de llevar a B. a su cuna, le dejé ahí.

Dormí casi de un tirón.

B. se despertó, claro, pero no se desveló: estiraba la mano, se acercaba a mi calor, y seguía durmiendo.

O sea: llegué al colecho por desesperación.

Y entonces empecé a leer sobre el tema.

Y descubrí que casi todas las culturas del mundo practican el colecho. Que ninguna, excepto la occidental, considera natural que los niños duerman solos. Que probablemente, no es natural: durante cientos de miles de años, el niño que no dormía con los adultos, tenía muchas probabilidades de morir en el intento.

Que no hay ningún estudio que evidencie que los niños que comparten lecho con sus padres, abuelos u otros hermanos tengan en la vida adulta problemas distintos que los niños que han dormido solos.

Ah!, y descubrí que se llamaba colecho.

Y empecé a mentir, claro. Le mentía al psicólogo, a las maestras, al pediatra… ¿El niño? En su cama y en su cuarto, ¡por supuesto!

Porque cuando no mentía, enseguida tenía que oír aquello de “le estás malcriando”… “esto no es educar a tu hijo”… “no lo sacarás nunca de tu cama”…

Pero también descubrí que no era la única que mentía: muchas familias, muchas más de las que nos pensamos, practican el colecho. Sólo que no lo cuentan para no oír este tipo de recriminaciones. Hasta que tú sacas el tema… y te sientes menos solo. Menos incomprendido.

Hace algunos días, discutí con una compañera de trabajo sobre este asunto. Ella decía que meter a los niños en la cama de los padres era lo peor que se podía hacer… escuchándola, llegabas a la conclusión de que era casi motivo para la retirada de custodia…

…pero esto no era lo peor: lo peor es que era incapaz de aceptar que las familias que escogen el colecho no lo hacen porque desistan de educar a sus hijos sino que eligen esta opción precisamente como una forma de cuidar y de educar. Que lo hacen pensando en el bien de sus hijos, tanto como los que escogen la opción contraria.

¿Y os acordáis de todos los que decían que a B. no lo sacaría nunca de mi cama?

3 años después de llegar él, se sumó a nuestra familia el pequeño A. Y en ese momento, B. decidió que los dos hermanos iban a dormir juntos en sus camas. En su cuarto.

Y así hasta hoy.

Estereotipos

Hace 25 años fuimos a Menorca con unas amigas, de vacaciones, y una le preguntó a uno de los chicos que conocimos allí: ¿Tenéis lavadora?

¡Y hasta ordenadores!, contestó él.

Es lo primero que me ha venido a la cabeza cuando he visto este vídeo sobre los hombres negros que me ha pasado R.

 

Aniversario

la-revolucion-de-los-claveles

Hoy se cumplen 38 años de la Revolución de los claveles. ¿Quizás se están gestando otras revoluciones? Nos hacen falta…

 

 

El mundo en el que vivimos

Esta es la conversación que tuvo R. con su hijo A., de 4 años, nacido en Marruecos y criándose en Barcelona:

Lugar: actividad de psicomotricidad en el colegio. Niños y niñas de 3, 4 y 5 años.
A. le da un besito a un amigo, y dos niños se ríen en forma de burla:

– ¡¡A. se ha casado con D!!

 Cuando llega a casa me lo cuenta, y le digo: 

– ¿Y tú que hiciste?

Dice: 

– No les hice caso. ¿Qué quiere decirse “casarse”, mama?? 

– Que dos personas son pareja y viven juntas.

– Claro, com los tíos, las tías, el yayo y la yaya, … Yo no quiero ser pareja mama, no me quiero casar.

– Claro que no, hijo, esto no tienes que decidirlo ahora…

– Vale mama, ¡yo me quiero casar conmigo mismo, y estar siempre con la mama!

Hoy se levanta por la mañana, y dice:

– Entonces, mama, ¿en qué mundo viven estos niños? ¿Por qué se ríen de que bese a mis amigos? ¿No saben que se pueden casar?

¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?

Hace un par de semanas, me llegó de dos personas distintas la noticia de la publicación del último libro de Jeanette Winterson, una autora a la que he leído, y disfrutado, desde hace 20 años sin saber que era adoptada (quizás porque cuando la leí yo no tenía un interés específico en la adopción).

No lo pude resistir… ni siquiera fui capaz de esperar a St. Jordi. Me lo compré, y me lo leí de un tirón, aunque con la expectativa de hacer relecturas más pausadas más adelante.

El libro trata dos temas que me interesan desde los dos lados de la maternidad: como hija, porque hace el retrato de su madre-monstruo, esta figura tan ausente del imaginario colectivo; como madre, porque es el punto de vista de una persona adoptada, que explica sus miedos, sus dificultades para querer… y la búsqueda de su madre biológica.

Algunas veces he oído a padres adoptivos presuponer que somos mejores padres que los biológicos, porque la nuestra es una parentalidad buscada. Este libro es demoledor contra este mito y saca a la luz algo que es importante recordar: una adopción no puede funcionar si con ella intentamos salvar a un niño… o salvarnos nosotros mismos.

La señora Winterson (así la llama la autora) maltrató a su hija, la hizo dormir muchas noches al raso, dijo a propios y extraños que “esta niña es una ofensa para el cielo, para los muertos, para la naturaleza”, le dijo cientos de veces  que se había equivocado de cuna al elegir bebé, la echó de casa a los 16 años cuando descubrió que era homosexual (y le dijo esto de “¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?”)…

…pero nunca dejó de considerarla su hija.

Ni siquiera cuando tuvo que pedir su primer libro (autobiográfico) con nombre falso para que nadie supiera que relación tenía con la autora.

En cambio, la madre biológica, a la que conoció de adulta, estaba orgullosa de ella, la aceptó como era, se arrepintió de haberla dado en adopción, vista la vida que tuvo que llevar… pero esto no la convirtió en su madre.

“La señora Winterson estaba allí. ¿Tú dónde estabas?”.

Es algo que suelen recordar los hijos adoptados a los padre adoptivos asustados por sus motivos para emprender la búsqueda de su familia biológica: no buscamos otros padres, buscamos respuestas; ya tenemos padres.

Incluso cuando los padres son monstruos: Era un monstruo, dice; pero era “mi monstruo”.

23 de abril

Feliz día de Sant Jordi, patrón de Catalunya… y de Etiopía.

Día del libro… de la rosa… y auténtico Día de los Enamorados.

De camino al colegio, A. me ha pedido que le cuente otra vez la Leyenda de St. Jordi. Ya saben, esta historia de la ciudad próspera y (razonablemente) feliz que un día empezó a ser asediada por un dragón… al que, para que les respetara, alimentaron primero con las vacas, luego con las ovejas, posteriormente con los caballos, aún después con las gallinas… sin que nada de esto lograra saciar su hambre. Cuando empezó a exigir sacrificios humanos, apareció el caballero andante Sant Jordi y con su lanza, atravesó el cuello del dragón; de la sangre que cayó al suelo salió un rosal…

…y por esto desde ese día, los enamorados se regalan rosas.

Aunque, será el signo de los tiempos, el Día de St. Jordi ha dejado de ser una ocasión sólo para enamorados, donde ellos compraban la rosa y ellas el libro: ahora, al menos alrededor mío, todo el mundo regala a todo el mundo flores y lectura, no importa el sexo o la relación sentimental que les una.

En el dragón de Sant Jordi no puedo evitar ver una metáfora del mercado que exige más y más sacrificios, reformas, recortes, sin que nada, ni los millones de parados, ni los rescates a los bancos, ni los derechos laborales… parezca ser suficiente para saciar su hambre desaforada. La diferencia es que ya ninguno confiamos en caballeros andantes, me temo…

Después, bajando por las Ramblas, he ido echando un vistazo a las novedades editoriales sin ver ningún libro que me exigiera: ¡Cómprame! – las compras de Sant Jordi las hice por adelantado, dos libros de los que hablaré en los próximos días; y un vistazo a las paradas de rosas, con precios prohibitivos (esperemos que de aquí a la noche bajen un poco), y mucha imaginación: rosas de papel, de cerámica, rosas metidas en bombillas envueltas con papel de libro viejo, rosas en forma de colgante, pendiente, rosas de colores… y por supuesto, la tradicional rosa roja de Sant Jordi.

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