familia monoparental y adopción

Archivo para junio, 2012

Agradecimiento

Uno de los protagonistas futbolísticos de estos días es Mario Balotelli, un jugador italiano que es negro… pero que tiene padres blancos: es adoptado.

Mario Balotelli celebra con su madre adoptiva tras la victoria de Italia ante Alemania

Esta foto que muestra el abrazo de Balotelli a su madre está circulando estos días por las redes sociales. Más allá de la diferencia de color, no debería llamarnos la atención… ¿o sí? Pues a algunos medios de comunicación les ha inspirado textos como este:

Tras hundir a Alemania con sus dos goles, el punta de origen ghanés corrió a la grada a abrazar a la gente que le dio cobijo desde que era un niño. Un hombre bien agradecido.

¿”La gente que le dio cobijo desde que era un niño”? ¿”Un hombre bien agradecido”?

Aunque la consideración que tiene la adopción en nuestra sociedad ha cambiado mucho en las últimas décadas, si rascas un poco descubres que a menudo esta es la idea que aún impera en nuestra sociedad respecto al asunto: que los adoptados tienen que sentirse agradecidos a sus padres adoptivos por haberles acogido.

Lo que en una familia biológica es amor, en una familia adoptiva es generosidad.

Lo que en un hijo biológico es rebeldía, en un hijo adoptivo, es desagradecimiento.

¿Y qué subyace tras estas ideas? La no pertenencia. Tienen que sentirse agradecidos a sus padres porque son gente ajena a ellos.

Somos “la gente que le dio cobijo desde que eran niños”, no SU familia.

Patria

Estos días en los que todo el país parece abducido por los goles de la Selección Española… y unos cuántos nos preguntamos sobre la paradoja de que representen la esencia patria unos tipos que si ganan, no van a tributar ni un solo euro a la Hacienda española

No puedo evitar recordar la mejor definición de Patria que he oído nunca. Es la que, contaba  Joan Manuel Serrat, daba su madre:

La patria está donde comen mis hijos.

Nora Ephron

Ha muerto Nora Ephron a los 71 años.

Que alguien que escribió una novela como “Se acabó el pastel”…

…un guión como el de “Cuando Harry encontró a Sally”…

… y dirigó una película como “Algo para recordar” sea recordada por esta escena… tiene tela.

Aunque yo me quedon la lista de las “32 cosas que le habría gustado saber antes”, publicada en su último libro, “El cuello no engaña”:

  • La gente sólo es de una manera.
  • Compra, no alquiles.
  • Nunca te cases con un hombre del que no estés dispuesta a divorciarte.
  • Nunca cubras un sofá con nada que no sea más o menos beige.
  • No compres nada que sea cien por cien de lana aunque parezca muy suave y no pique nada al probarlo en la tienda.
  • No se puede ser amigo de gente que llama por teléfono después de las once de la noche.
  • Bloquea a todo el mundo en la bandeja de entrada de tu correo.
  • La mejor niñera del mundo se quema al cabo de dos años y medio.
  • Nunca se sabe.
  • Los últimos cuatro años de psicoanálisis son un desperdicio de dinero.
  • El avión no se va a caer.
  • Todo lo que a los treinta y cinco años te parecía mal de tu cuerpo lo echarás de menos con nostalgia a los cuarenta y cinco.
  • A los cincuenta y cinco tendrás un michelín flácido alrededor de la cintura aunque te mates por estar delgada.
  • Este michelín flácido de la cintura será especialmente visible por la espalda y te verás obligada a replantearte la mitad de la ropa que tienes en el armario, sobre todo las camisas blancas.
  • Anótalo todo.
  • Lleva un diario.
  • Haz más fotos.
  • El nido vacío está infravalorado.
  • Puedes pedir más de un postre.
  • Nunca se tienen demasiados jerséis negros de cuello alto.
  • Si el zapato te aprieta en la zapatería, te apretará siempre.
  • Cuando tus hijos son adolescentes es importante tener perro, así alguien de casa se alegrará de verte.
  • Haz copias de seguridad de los archivos.
  • Hazle una póliza de seguro a todo.
  • Cuando alguien pronuncia las palabras: «Nuestra amistad es más importante que esto», ten cuidado, porque casi nunca es cierto.
  • No tiene sentido hacer la pasta quebrada una misma.
  • La razón por la que te despiertas en medio de la noche es la segunda copa de vino.
  • En el mismo momento en que decidas divorciarte, ve a ver a un abogado y rellena los papeles.
  • Da propinas desmesuradas. No dejes que lo sepan nunca.
  • Si sólo una tercera parte de tu ropa es un error, vas ganando el juego.
  • Si unos amigos te piden que te ocupes de su hijo en caso de que mueran en un accidente de avión, puedes decir que no.
  • No existen los secretos.

Impermeabilizarse

Cuando llegó B. (¡¡pronto hará 6 años!!) tenía la sensación de ir siempre con la escopeta cargada, atenta a lo que me preguntaban, y veloz para intentar dejar a la gente en su sitio si hacían comentarios que consideraba desafortunados.

¡¡Y había muchos comentarios desafortunados!! Preguntas como ¿es tuyo o adoptado? ¿pero tuyo-tuyo? ¿de dónde es?…

…¿se les quiere igual que a un hijo biológico? es negro pero guapo… es negro pero no negro-negro…

…una vecina mía ha “cogido” también una niña de China… ¿por qué no adoptaste en China?, ¿por qué no pediste una niña?…

…¿Cuánto te ha costado?…

Mi argumento era que mi intención no era educar a mi interlocutor, sino a mi hijo, que estaba a mi lado y escuchaba atentamente.

Con el tiempo fui depurando las respuestas…

…y también me fui relajando. No es tanto que dejara de responder a las preguntas… como que dejé de recibirlas. Aprendí a detectar a distancia las intenciones de la gente que se acercaba… y a rehuirlas. A apartarme antes de que hicieran la primera pregunta.

Y aprendí a impermeabilizarme.

Y aprendí a distinguir cuándo conviene contestar, y cuándo no merece la pena, qué contestamos para “educar” a los que nos preguntan y qué contestamos para reafirmar a nuestros hijos… y qué contestamos para quedarnos a gusto.

Que también.

Terminó el curso

Me gustó mucho esta entrada que leí ayer en blog de Cuaderno de retazos.

Podría haber escrito lo mismo de mi hijo B…. excepto que en su caso, las notas no acompañan.

Veo los progresos; los maestros los ven también, y los valoran, y le felicitan; vemos el esfuerzo, el trabajo, la fortaleza, la lucha, la resistencia.

Pero cuando me pregunta: ¿Qué notas he sacado? ¿Cuántos Excelentes? Me pregunto si estos progresos también los ve él. Cómo cuántificarlos para que los pueda ver él.

B.  tiene 8, ha terminado segundo de primaria.  Hasta ahora, le valía el “te has esforzado, has mejorado, esto lo haces muy bien”… pero ahora los niños empiezan a comentar las notas y él quiere “estar a la altura”.

“N. es la mejor de la clase”, me dice.

Yo le corrijo: “Es la que saca mejores notas”.

Le da igual que yo le diga que no se mide así… Que lo importante es lo que avanza. Que su punto de partida es distinto. Que el esfuerzo no lo miden las notas. Ni la inteligencia.

El harén occidental

En el blog Perder el Norte (un blog que recomiendo a cualquiera que esté interesado en temas relacionados con los países árabes, el islam, las mujeres, los Balcanes o las fronteras) leí esta interesante entrada, que podría suscribir palabra por palabra: se puede decir más alto, pero no más claro.

“Yo no defiendo el velo, ni mucho menos: yo defiendo la libertad de las mujeres (y de los hombres) de vestir como quieran. Me dan incluso igual los motivos: que el punki se ponga cresta por fanatismo o que la musulmana se ponga hijab por moda me es indiferente: lo importante es que tiene tanto derecho el uno como la otra de disponer de su cuerpo y su imagen”.

La autora abre una reflexión sobre los velos en Oriente y en Occidente. Ya lo decía Fátima Mernissi en “El Harén en Occidente” (según explica Nuria Varela en “Feminismo para principiantes”)

 

“La escritora marroquí Fátima Mernissi describe en su libro El harén de occidente, la perplejidad que vivió el día que, por primera vez, fue a una tienda en Estados Unidos con la intención de comprar una falda. Explica que también fue el día que escuchó por primera vez que sus caderas no iban a caber en la talla 38: “A continuación viví la desagradable experiencia de comprobar cómo el estereotipo de belleza vigente en el mundo occidental puede herir psicológicamente y humillar a una mujer”.

“¡ Es usted demasiado grande !”, le dijo la dependienta.

“¿Comparada con qué?”, respondió Mernissi.

Asegura la escritora que tras pensar en su sobrina – delgadísima -, que tenía 12 años y usaba la talla 36, se dio cuenta del paralelismo entre las restricciones patriarcales en Oriente y Occidente. Así, explica que el hombre musulmán establece su dominación por medio del uso del espacio. A las mujeres se las excluye de los lugares públicos y en los más privados, las mezquitas o las casas, se las separa en habitaciones o zonas bien diferenciadas. El occidental, según Mernissi, lo que manipula es el tiempo. “Afirma que una mujer es bella sólo cuando aparenta tener catorce años. [….] Al dar el máximo de importancia a esa imagen de niña y fijarla en la iconografía como ideal de belleza, condena a la invisibilidad a la mujer madura. Las mujeres deben aparentar que son bellas, lo cual no deja de ser infantil y estúpido. [….] El arma utilizada contra las mujeres es el tiempo. […] La violencia que implica esta frontera del mundo occidental es menos visible porque no se ataca directamente la edad, sino que se enmascara como opción estética”.

Mernissi asegura que, en aquella tienda, no sólo se sintió horrorosa, sino también inútil. Y expone el mecanismo, idéntico al utilizado con el velo en el mundo musulmán o contra las mujeres en la China feudal, a quienes se les vendaban los pies. “No es que los chinos obligaran a las mujeres a ponerse vendajes en los pies para detener su crecimiento normal. Simplemente definían el ideal de belleza”. Es decir, no se obliga a ninguna mujer a hacerse una operación de cirugía estética o a pasar hambre, simplemente se rechaza a quien no entra en el modelo impuesto. Sólo un modelo idéntico para todas”.

A este respecto, me han sorprendido dos voces disidentes en los últimos tiempos: la de una mujer que se pregunta si depilarse es una obligación o algo que podemos elegir;

…y la de otra mujer que reivindica que la curva es bella… o por lo menos, que no hay porque ocultarla.

No puedo evitar recordar aquella máxima de Naomi Wolf: “La dieta es el sedante más potente de la historia de las mujeres” .

¿Os imagináis cuántas cosas podríamos hacer si les dedicáramos el tiempo, la energía, la pasión, que dedicamos a mantener bello nuestro propio cuerpo?

De tiritas y dinosaurios

La campaña para cambiar el etiquetaje de las tiritas ha llegado a los medios de comunicación:

Roger, el padre de Faru, estuvo en el programa matinal de TV3 explicando su postura. Dejó claro que era algo anecdótico, pero que son estas pequeñas anécdotas las que van llenando el saco del racismo de baja intensidad.

A pesar de ello, el feedback que se recibió en el Facebook del programa me parece altamente preocupante.

Los mensajes dicen cosas como:

Ana M. Se pasan un poco ¿No? Los colores de la … piel son muy variados, hay una gama muy amplia en la que cabe todo, para que no haya conflictos se tendrán que hacer de color verde…

Judit D. A. Creo que vamos demasiado lejos. Este color siempre se ha conocido como “color piel” y no creo que se tenga que cambiar. Lo mismo pasa con las frases hechas y maneras de hablar que tenemos en nuestro idioma: ¿lo tenemos que cambiar todo por una paranoia de racismo? Hay problemas más importantes que no dejamos de lado.

Cristina C. Tenemos que cambiarle el color al azúcar moreno en verano sólo para que a la gente que durante el verano la piel se le pone morena no se ofenda? Tenemos que cambiarle el nombre al color negro solo porque hay humanos con esa coloración de pie? Tenemos que cambiar el nombre al color rubio del pelo por que hay gente que asimila a una chica rubia con una chica tonta? Qué va hombre! Si no sabes que hacer peina a un gato!

Judit D. A. Cristina, estoy totalmente de acuerdo contigo. Ahora explico una anécdota: soy profesora de lengua y literatura y un día, dando clase en una aula de acogida, hacía rato que estaba avisando a un niño que se portaba mal. En un momento dado me salió la frase hecha “”¿te lo digo en chino?” Automáticamente un alumno de nacionalidad china me preguntó si yo lo hablaba, el chino. Me tocó explicar el significado de la frase. De este estilo lingüístico tengo otras anécdotas. Así pues, ¿qué tenemos que hacer cambiar nuestra manera de hablar?

Ramón P. Yo no soy de Etiopía y cuando me pongo una tirita, tampoco es del color de mi piel y no por eso me quejo. Así que si tenemos que hacer las tiritas con la diversidad de color de pieles que decía Pepe Rubianes habrá faena. Tal vez lo que se debería hacer es coger a los padres que han adoptado a la niña llevarlos a vivir a Etiopía y que allá vivan plenamente las diferencias.

Yoli L.C. Yo tampoco encuentro pantalones de mi altura y no por eso tengo que denunciar a todas las tiendas, Xd!!!

Anna M. Sí…es como decir que no se le puede llamar “braç de gitano” a este delicioso postre porque alguien podría ofenderse. Pues miren, mala suerte!

Lluìs F. C. Quería decir lo que pienso pero ya está más que dicho y aclarado. Pensaba que sería el único pero veo que mucha gente piensa como yo. Decirle a este señor que le guste o no aquí lo normal es que la gente sea blanca o de color piel (como las tiritas) y lo normal en Etiopía es que la gente sea negra. Qué se vaya allá!!!

Eva C. Creo que hoy en día nos hemos vuelto muy sensibles. Por lo que ya podemos empezar a eliminar expresiones tan nuestras como “trabajas más que un negro” “eres más tacaño que un catalán” eliminemos los chistes de Lepe, multemos a los paletas que piropean a las mujeres y eliminemos “Polonia” de la televisión entre otras cosas. Todo sea no ofender! Qué no véis que nos estamos pasando? Y sobre lo de las tiritas, la niña tal vez en algún momento se preguntará por que el color carne no es su color de carne (como tampoco lo es el de mucha gente de aquí ya que el color carne es MUY claro) pero crecerá aquí perfectamente integrada y con el tiempo verá que, como ella viene de otro país, tiene la piel de otro color. ¿Y qué pasa? Pues nada. Y mareando el tema no hacemos más que interrumpir la normalidad de las cosas.

En este blog también se comenta el tema. No es un blog de adopción ni de racismo, es un blog específico contra Carrefour… y los comentarios son más sangrantes si cabe. En este caso, como veréis, cuando alguien les contesta, ellos muerden más alto…

Me ha sorprendido muy negativamente la falta de sensibilidad y empatía de toda la gente que ha comentado el asunto en estos dos sitios. Sí, probablemente yo vivo en una pequeña burbuja a medida, donde la gente no afín tiene poca cabida… pero aún así, me ha dejado muy decepcionada el tono general de los mensajes.

Tengo la sensación de que algunos mensajes se podrían traducir por “tampoco hay para tanto… no los colgamos de un pino ni nada”…

Las mujeres hemos tenido que luchar mucho para dejar de ser invisibles. Para no ser un apéndice de los hombres… para que se deje de utilizar la palabra “hombre” como sinónimo de “persona” o “ser humano”. Para que se reconozca que en las clases hay niños… y también niñas. Y las reacciones de la mayoría cuando las primeras iluminadas (e iluminados) lo plantearon, fueron parecidas.

¿Tanto cuesta intentar hacer el ejercicio de ponerse en la piel del otro… nunca mejor dicho? , incluso aunque el otro tenga la piel de otro color.

¿Por qué piensan que hablan del color de la clase mayoritaria… cuando hablan del color de la clase dominante?

Espanta especialmente pensar que algunas de las personas que comentan son maestros, ¡¡algunos incluso de aulas de acogida!!, que trabajan con un material tan sensible como los niños en formación. ¿Van a convertirse en adultos como ellos?

Y lo que más difícil me resulta de entender es que, si tan poco importante les parece el tema, respondan con este nivel de agresividad. Me da mucho que pensar…

Está claro que cuando nos despertamos, el dinosaurio todavía estaba allí.

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