familia monoparental y adopción

Los largos veranos

 Cuando yo tenía 8 años, las vacaciones empezaban en Sant Joan y terminaban el 11 de septiembre (dos de las fiestas más celebradas en Catalunya). Buena parte del verano lo pasábamos en el pueblo, con los abuelos. Desayunábamos enormes tazones de leche con colacao y pan con tomate; las migas se las tirábamos a los pajaritos del jardín. Por la mañana nos llevaban a la piscina municipal, aunque nunca antes de que pasaran las preceptivas dos horas de la digestión; a mediodía nos encerrábamos en la casa, con las persianas bajadas, y jugábamos a la oca o al parchís, y mi abuela hacía trampas para que ganáramos; o les mirábamos a ellos, a los abuelos, jugar a las cartas y aprendíamos aquellas expresiones tan curiosas: ¡escombra!, ¡¡butifarra!! Cuando refrescaba, salíamos al jardín, buscábamos fresas y recogíamos margaritas con las que hacíamos ramos diminutos que mi abuela metía en vasitos de vino (¿aún se usan aquellos vasos pequeños para beber vino?). A veces salíamos a pasear, o mirábamos con envidia a los niños cuyos padres, menos prudentes, dejaban andar solos en bicicleta por las calles.

Cuando tenía 10 años, los veranos los pasábamos en Menorca. Salíamos a principios de julio, y mi padre, que aún trabajaba, nos venía a despedir al barco: tirábamos rollos de papel de w.c., como serpentinas gigantes. A menudo nos acompañaban R. y M., dos amigas cuya madre trabajaba en julio y agosto. Nos levantábamos tarde por la mañana, organizábamos juegos en la casa, leíamos, bajábamos al huerto a recoger tomates o cebollas y a subirnos a la higuera, con ese olor tan dulce. A mediodía nos íbamos a la playa, de pie en el asiento de atrás de nuestro Dyane 6 descapotado, cantando a gritos, con los bocatas y la fruta y una botella de agua que enterrábamos en la orilla para que se mantuviera fresca, y allí nos quedábamos hasta que anochecía. A veces íbamos a ver las taules, que recorríamos como si fuera nuestro terreno, jugando a ser “hombres primitivos”. Por la noche, después de la ducha y la cena, salíamos a la plaza del pueblo a tomar un helado. Y algunos días, preparábamos una obra de teatro para los amigos.

Cuando tenía 12 años, veraneábamos en un pueblo de Castellón. Pasábamos la mañana en la piscina, donde te permitían hasta ducharte con jabón y suavizante y donde vendían unos polos con dos palos que podíamos compartir con alguna amiga. Comíamos en el jardín, directamente de la paella arroces preparados con leña de romero, después de horas discutiendo si había que poner el chorizo en medio o en un lado, si las bajocas o los garrofones… por la tarde, íbamos a pelearnos con las otras pandillas de niños… nos repartíamos los chicos y nos imaginábamos lo que sería tener novio. Luego volvíamos a casa a buscar la cena, (“¿en plato o en bocadillo?” en bocadillo, ¡siempre en bocadillo!) y corríamos otra vez a la plaza a ver pasar gente hasta las 2 de la madrugada.

Y las tardes leyendo sin descanso.

A veces, cuando miro el pasado, tengo la sensación de que las partes suman más que el todo.

Recuerdo con añoranza los largos veranos sin obligaciones ni horario que yo viví. Cuando las colonias, los casales, eran algo exótico que no estaba al alcance de la mayoría de los niños. Y me da mucha rabia, y mucha pena, que mis hijos se estén perdiendo este tiempo de no hacer nada, de descubrir y explorar, de aburrirse y relacionarse con los amigos, de buscar cosas que hacer. Sin agenda, sin planes, sin objetivos. Y por supuesto, sin deberes.

Aquellos veranos interminables.

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Comentarios en: "Los largos veranos" (7)

  1. El casal y similares son una opción para que muchas familias puedan conciliar vida familiar y laboral. Son buena opción también para muchos niños urbanitas que sin esta opción probablemente estarían encerrados en pisos viendo la tele o jugando a la consola gran parte del día. Pero las actividades son regladas, con horarios, pautadas. Y añaden un componente que es otra vez, como en el colegio, la institucionalización del niño/a durante ese tiempo. Yo también sueño con que mi hija pueda llevar esas vacaciones en el pueblo, con cierta libertad de horarios, con cierta capacidad para decidir qué quiere hacer, qué le apetece, en contacto con la Naturaleza. Y por supuesto: sin deberes.

    • Tengo la sensación, cada día más, de que hay dos tipos de personas muy diferenciados: los que abogamos por (y añoramos) que los niños tengan tiempo libre, sin agendas, sin adultos, sin organizar… y los que se atragantan con sólo imaginarlo.

      El otro día una madre del colegio me decía que ella era partidaria de la jornada intensiva. Yo le decía que, para mí, la jornada intensiva estaba bien si podías llevar a los niños a comer a casa… si tienen que quedarse en el cole, es mejor que hagan 3 y 2 horas, separadas por un descanso. Y me dijo que lo que le horrorizaba era la hora del patio: ¡¡todo ese tiempo libre, sin nadie que les organice!!

      Aishhhh….

      • Mis hijos van a un cole con jornada partida (3 horas de clase, comedor y tiempo libre y luego otras 2 horas de clase)….
        Durante las horas de “tiempo libre” el AMPA organiza actividades (baile, pintura….). Yo no apunto a mis hijos a ninguna. Me gusta que tengan ese tiempo para “no hacer nada” o hacer lo que les guste: correr, sentarse a la sombra a charlar, jugar, descansar……
        A ellos les viene mucho mejor la jornada partida que la jornada continua. Mi hija está feliz, después de haber estado en un cole con jornada continua ahora dice”es que este cole está muy bien, porque hay muchos recreos……”.
        Ahora en verano, durante las mañanas (4 horas) los tenemos que llevar a unos campamentos urbanos o “cole de verano” que organiza el Ayuntamiento….
        Me encantaría que no tuvieran que ir…pero….es imposible.
        Mis veranos no eran como los suyos, pero….los tiempos eran otros. Mi madre no trabajaba fuera de casa así que….todas las vacaciones de verano era ella la que se ocupaba de nosotros. Nosotros felices. Sin horarios, sólo playa, jugar, correr y más playa….pero ahora lo pienso….¿cómo acababa mi madre?
        Esas 12 semanas de vacaciones “aguantando” a 4 críos las 24 horas del día……
        Vele que tenemos playa, prados para “esparcernos” y jugar sin la supervisión constante de un adulto: hacíamos de verdad lo que nos apetecía en cada momento.
        Pero….ahí estaba mamá ( y mis tías, cada una con sus 2, 3 ó 4 retoños) al pie del cañón como una campeona.
        Seguro que deseando que llegase septiembre para que volvieramos al cole.
        Benditas madres de los años `70 y `80……..

      • Hace algún tiempo en mi cole se discutió la posibilidad de la jornada continua. Estuve leyendo información sobre el tema, y todos los estudios que se han hecho concluyen que los niños rinden más si no tienen las 5 horas de clase seguidas. Claro, la jornada continua es una ventaja si los sacas del cole y les llevas de casa y estás con ellos… pero para los que no podemos permitirnos esto, son 5 horas seguidas de clase… y luego 3/4 horas seguidas de comedor / patio… tiene más sentido hacerlo escalonado, no?

        Yo no sé cómo acababa tu madre… pero sí sé que yo lo llevaría bien, de hecho, mejor que trabajar, tener que irlos a buscar al casal, aguantarles cansados (y cansada) y cabreados por las horas de separación… nunca he sido de las que les sobran los niños, de las que desean que llegue el lunes para “librarse” de ellos… incluso en vacaciones, me faltan horas para estar con ellos. Si encima te lo puedes combinar con otras madres (o padres) con hijos… ya es la leche!!

  2. Preciosos veranos, sí señor… Ayssss, dónde quedaron. Besos

  3. Pues sí…mi madre lo llevaba bien,.. nunca tuve la sensación de que le”sobrasemos”. Nunca una mala cara, siempre dispuesta a llevarnos a todas partes, a jugar con nosotros.a cuidarnos las 24 horas del día…
    Pero eso no quita para que, cuando llegase septiembre, y la vuelta al cole, yo creo que, un cierto alivio si sentiría, no?

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