familia monoparental y adopción

Archivo para octubre, 2012

Centro de atención

Leo en La morada de Iruene, uno de los blogs más lúcidos que sigo, esta historia sobre el comportamiento de la hija de la protagonista cuando no es centro de atención:

Ante cada pregunta o comentario no dirigido a ella, una interrupción brusca, fuera de lugar. Ante dos o tres minutos de charla que no la incluyera, una demanda de atención directa; por las buenas (haciendo un comentario a cuento gracioso) por las malas (me pongo la tartera en la cabeza porque parece un gorro). Comienza la tensión (la mía y la de ella)…

Cuanta dificultad para no ser el centro de atención, para aceptar que ahora le toca el turno a los otros, para entender que ahora toca escuchar, o salir a jugar solita, o ponerse a pintar o a explorar. No, ella no puede. Si algo ha de pasar, comienza y termina en ella. Y entonces, su magia, se me desdibuja. Y la fiesta se estropea.

Estos párrafos me hicieron pensar inmediatamente en B., mi hijo mayor. B. necesita ser siempre el centro de atención. Lo necesita de una forma enfermiza: como si le fuera la vida en ello. Y lo necesita especialmente cuando hay una situación de emergencia en la que hace falta que esté tranquilo y colabore. Entonces es cuando peor se porta, cuánto más boicotea, cuánto más exige que dejes lo que sea que estés haciendo (aunque sea llamar una ambulancia) para atenderle.

Hace algún tiempo, una buena amiga que nos conoce bien, me dijo: “Cómo necesita B. llamar la atención… es tremendo. Sin duda, en algún momento, su supervivencia dependió de su capacidad de llamar la atención”.

Esto me hizo pensar mucho.

Probablemente es así. Probablemente, mi hijo está vivo precisamente por su capacidad de convertirse en el centro de atención. Y esta estrategia que le permitió sobrevivir en la adversidad, ahora se le gira en contra. Pero no es capaz de desecharla.

Y a mí, entender esto, me hizo enfocar de una manera muy distinta la manera de relacionarme con él en estas circunstancias. Aprender a leer sus demandas no como un capricho, como una pulsión egoista, sino como una llamada de auxilio que hay que tomarse el tiempo de atender (a veces a posteriori) para que poco a poco vaya necesitando menos que le veamos; que cada vez tenga menos la sensación de que su vida, como posiblemente sucedió algún día, depende de ello.

Adopción y trauma

Me pasa R. el enlace a este blog, escrito por una adoptada adulta de origen coreano, cuyas entradas no tienen desperdicio. En esta, llamada ¿La adopción causa trauma por si misma?, responde a esta pregunta, hecha por una madre adoptiva en ciernes, que se pregunta si en el caso de que el niño no fuera adoptado y permaneciera en acogida u orfanato, se evita algún trauma que habría ocurrido si hubiera sido adoptado (y específica que no habría problemas de transracialidad / transculturalidad ni de corrupción en esa hipotética adopción)

 La autora del blog explica:

Las pérdidas y el trauma del abandono y la subsiguiente adopción no se deberían ver o tratar como entidades separadas, porque para muchos adoptados, las pérdidas y el trauma del abandono y la subsiguiente adopción están interconectadas: son inseparables uno de la otra.

Aunque mi madre biológica me abandonó, parte de los motivos por los que decidió hacerlo fue porque la adopción era una opción viable y asequible, en vez de serlo que se ocupara de mí su familia extensa o que el Gobierno le pudiera ofrecer ayuda de los servicios sociales.

Pienso que muchos padres adoptivos hacen esta separación en sus cerebros: que la decisión inicial que hace una madre de abandonar a su hijo no tiene conexión con la subsiguiente adopción. Muchos padres adoptivos tienden a compartimentar esto y gestionarlo como si fuera hechos separados.

Pero tenéis que recordar, que aunque VOSOTROS veáis estas situaciones como separadas la una de la otra, para muchos adoptados son experiencias inherentemente ligadas.

La sola existencia de la adopción tiene una influencia práctica y literal en la decisión de una mujer de abandonar a su hijo. Por tanto, para muchos adoptados, la adopción es parte de lo que causa el trauma y la pérdida.

Sé que para muchos padres adoptivos esta idea no es sólo ofensiva sino también una idea inexacta e injusta. Muchos padres adoptivos se indignan, irritan, molesta, etc. cuando se hace esta conexión. No digo que tengáis que estar de acuerdo con ella, sólo digo que para muchos adoptados es VERDAD.

Hay siempre esta idea persistente en el fondo de nuestros cerebros… ¿Qué habría pasado si la adopción por desconocidos no hubiera sido una opción viable? ¿Habría hecho mi madre original las mismas elecciones si la adopción no hubiera estado tan a mano, tan fácil? ¿Qué papel jugaron los trabajadores sociales en su decisión? ¿Se la coaccionó, presionó, se la hizo sentir que la adopción era una solución mejor que intentar ocuparse de mí? ¿Se la hizo sentir incompetente, indigna e incapaz para que la adopción le pareciera lo mejor para su bebé?

Creo que los padres deben estar dispuestos a reconocer que así nos sentimos, que es cómo mucho adoptados conceptualizan sus adopciones. Que estéis o no de acuerdo no es el punto – así lo experimentamos muchos adoptados.

Mi propia Omma, después de tener más de 35 años para lidiar y atormentarse por las consecuencias de su decisión, me ha reconocido que habría tomado una decisión distinta si le hubieran dado la oportunidad (me doy cuenta de que es mi experiencia y la de mi Omma, y que no todas las situaciones o primeras madres responden a este patrón, pero a pesar de ello, la respuesta de mi Omma es igual de válida).

El texto tiene bastantes párrafos más, pero las ideas básicas son las contenidas en esta primera parte. Insiste en que muchos adoptados se sentirán así, que es tan válido como sentir que la adopción salvó sus vidas, y que considerar errónea esta experiencia, condenarla, etiquetarla como enfadada, rabiosa y desagradecida no es útil ni justo. También incide en la opacidad de los procesos de adopción en muchos países, particularizándolo en su país natal, Corea.

Yo no he podido evitar ver muchos paralelismos con la adopción en un país que conozco bien, la Etiopía natal de mi hijo mayor. Me pregunto si algún día se hará estas preguntas… y si llegará a las mismas conclusiones. Y quiero estar preparada para ello.

P.D. Por cierto, no he podido dejar de hacer la conexión entre lo que se cuenta en este blog y un artículo de prensa que E. me pasó el otro día. Al margen de la valoración que podamos hacer de lo que se cuenta en él (¿de dónde saca que “no es habitual, más bien todo lo contrario, que una madre adoptiva quiera conocer a la madre que parió a sus hijas” o que la madre biológica “era de las pocas madres que, en lugar de desentenderse, se había preocupado por ver a sus dos pequeñas”?), o incluso del nulo respeto por la intimidad tanto de las menores implicadas como de su madre biológica, me llama poderosa y desagradablemente la atención que ni el periodista ni la protagonista de esta historia parezcan cuestionarse por la ética de ejercer de madre de dos criaturas que fueron obviamente robadas a su primera madre.

Mis estrellas negras

Acabo de leerme “Mis estrellas negras”, libro escrito por Lilian Thuram (el futbolista que estuvo en la Juventus, en el Barça, en la Selección Francesa),  donde repasa personajes históricos negros. Desde la primera homínida, Lucy, hasta Barack Obama, el primer presidente negro de la mayor potencia mundial.

Aunque para mi gusto, adolece de exceso de americanos (caribeños, como él, y estadounidenses) y de escasez de africanos.

Nacido en Guadalupe, emigró a Francia con 9 años, y allí, en la mirada de los otros (era el único negro de su clase) se descubrió negro. Su abuelo fue el primero de su familia en no ser esclavo, y su madre crió sola a 5 hijos de distintos padres (un modelo de familia muy corriente, cuenta, en el Caribe).

“Imaginen a un joven blanco que, durante la escolaridad, nunca hubiera oído hablar de científicos blancos, ni de soberanos, ni de revolucionarios, ni de filósofos, ni de artistas ni de escritores de su color”.

Si cambiamos el adjetivo negro por blanco… ese niño es Lilian Thuram, y también, para qué engañarnos, muchos de nuestros hijos.

Hay tantas historias y personajes en el libro que me resulta difícil escoger de cuáles hablar. Así que me quedó con una foto:

Tommie Smith y John Carlos, alzando el puño enguantado al ganar las Olimpiadas de 1968…

Y con una canción: Strange Fruit, de Billie Holyday

 

 

(Merece la pena prestar atención a la letra. En esta versión, la encontraréis subitulada en español).

Cosas que es importante saber (sobre un hijo adoptado)

En los comentarios de una entrada anterior, como suele pasar, la conversación fue derivando a temas de lo más diveresos… y Luz hizo una explicación sobre lo que es importante saber que me pareció muy interesante. Esas cosas que aprendimos después… y que nos habría venido bien saber antes.

Aunque quizás, antes, no habríamos querido escucharlas.

Posteriormente, con la colaboración de lectores / escritores de este blog, hemos añadido unos cuantos elementos a la lista. Así que la vuelvo a publicar, ampliada.

Un hijo adoptado es un completo misterio… por eso es importantísimo conocer cuantos más datos de su vida mejor… y así y todo, el misterio y el desconocimiento por nuestra parte sobre su vida seguirá existiendo.

Los técnicos de la administración conocen el proceso, la burocracia, pero, si no han sido padres adoptivos… desconocen la esencia de lo que es una adopción.

El próximo mes se cumplen 5 años de la llegada de nuestra hija mayor y creo que he aprendido algo (todos los días aprendemos de nuestros hijos, ¿verdad?).

Importante saber lo siguiente:

– Nuestros hijos no nacen en el aeropuerto.

– Para nosotros, nuestros hijos son “hijos muy deseados”, pero probablemente nosotros no seamos “padres muy deseados”.

– En ocasiones tus propios hijos te parecerán unos completos desconocidos…..y es que en realidad lo son.

– Muchas veces tus hijos se sentirán mal, tristes, y no sabrán explicar por qué se sienten así.

– Te preguntarán miles de veces “¿Esta es mi casa para siempre? ¿Tú eres mi madre para siempre?”.

– Se acordarán y echarán de menos a sus cuidadoras y amigos de la casa-cuna.

– Tendrán un importante retraso madurativo, de crecimiento, de talla, de peso….

– Tendrán miedos, inseguridades y angustias que para tí son inexplicables… resultado de su vida “antes de tí”.

– En ocasiones te retarán, echarán contigo un pulso…. para saber que realmente, siempre vas a estar ahí, a su lado…….

– Han sufrido un abandono, al menos, y quizás malos tratos físicos, psicólogicos, hambre, abusos sexuales…..

– El amor no lo cura todo. Es imprescindible, pero no suficiente.

– Nunca, aunque lo intentemos, conseguiremos ponernos en su pellejo (y aún así, no podemos renunciar a intentarlo).

– Si están con nosotros es porque su otra madre no está con ellos por el motivo que fuera… somos y seremos su segunda madre, y a esa otra madre hay que darle un espacio en nuestra vida.

– Cuando adoptas un niño, adoptas también su pasado. Las familias biológicas están ahí y, sobre todo si tu hijo les recuerda, van a convertirse parte de tu familia.

– El abandono por parte de su familia biológica será una carga dolorosa para nuestros hijos siempre, y en las diversas etapas de crecimiento necesitaran a veces mucha energía para ir sobrellevándola, energía que restarán a sus actividades escolares o a sus relaciones sociales, que por otra parte también quedarán marcadas por el miedo al rechazo.

– Hay que tener en cuenta el vinculo y las muchas posibilidades que tiene el niño que no haber establecido un apego seguro, lo que puede suponer un trastorno de apego.

– La herida del abandono, el dolor de la pérdida y las dudas sobre nuestro amor para siempre existen aunque hayamos adoptado a nuestros hijos de muy, muy pequeños.

– La palabra abandono tiene que formar parte del vocabulario familiar.

– Las conversaciones incómodas sobre sus orígenes, su familia biológica… surgirán en el momento más inesperado (y a menudo inoportuno).

– Es importante dejar claro, cuando se habla de las razones de su abandono, que aunque se diesen las mismas circunstancias, no serían abandonados otra vez.

– La deprivación deja huellas muy profundas, incluso fisiológicas, que tardan mucho en sellar, si es que lo hacen, causando inmadurez y comportamientos que, socialmente, pueden calificarse como anormales y enfermizos, y clínicamente, como patológicos, que incluso se diagnostican y se medican.

– Hay que aprender a detener los impulsos globalizadores de tratar los comportamientos de nuestros hijos con las técnicas generalistas, aplicables a niños que tienen comportamientos parecidos, pero debidos a causas distintas.

– Es muy posible que hagan falta recursos económicos con los que igual no habíamos contado: logopedas, psicólogos, optometristas, endocrinos, neurólogos… Eso supone tiempo, energía y dinero.

– Los niños no se adaptan rápidamente.

– Puedes tener que aprender a gestionar que tu hijo sienta a veces rabia, a veces el amor más absoluto.

– La incondicionalidad es fundamental.

Miedos

Escribe R.

A M. en su pesadilla un señor le hace daño.

Y yo, al calmar su miedo, siento una inmensa ansiedad y el irracional deseo de volver a meterla en mi vientre, donde nadie pueda alcanzarla.

Intuyo que será así siempre, y me abruma la certeza de que no podré evitar que la vida les hiera según vayan creciendo… No sé cómo manejar mis miedos, tan anclados a los suyos.

Me pregunto cómo pudo mi madre sobrevivir a mi adolescencia… y me entran sudores fríos al pensar que cualquiera de mis hijos vaya a correr siquiera la quinta parte de los riesgos que yo corrí en mi infancia y pubertad.

Como R., muchas madres querríamos ahorrarles a nuestros hijos los dolores y los riesgos de la vida. A muchas nos gustaría volver a ponerlos a salvo en nuestro útero… incluso cuando no estuvieron en él. Sin duda, algunas madres (y padres) intentan hacerlo, en cierta manera, cuando no les dejan andar solos por la calle, no les pierden de vista en el parque, tutelan sus relaciones o se enfrentan a las decisiones (no necesariamente injustas) de la escuela.

¡Que paradoja que sea justo lo contrario, dejarles exponerles a los peligros de la vida en pequeñas dosis, lo que les irá preparando para sobrevivir a esta jungla temible (y maravillosa, e inevitable) que es la adolescencia!… y el resto de la vida…

Estos pequeños placeres…

…de cuando los niños empiezan a hacerse mayores.

Poder dormir de un tirón casi todas las noches.

Las conversaciones cada día más interesantes.

No tener que ir cargada con pañales, toallitas, mudas de recambio, galletas, agua.

Poder compartir con ellos música, películas, libros.

Poder tomarse el aperitivo sin levantarse cada 5 minutos de la mesa.

Son capaces de decirte dónde les duele.

Mirar las fotos de cuando eran pequeños y darte cuenta de lo mucho que han crecido.

Poder tumbarte al sofá a leer.

Salir a cenar a restaurantes sin que termine en drama.

Que no cojan toooodos los virus que pasan por el patio del colegio… y que no te los peguen a ti.

Que sean capaces de entender y darte un respiro cuando sí coges los virus.

Que inviten a sus amigos a casa (y se vayan a sus casas otras veces).

Ir viendo como se dibujan sus personalidades.

Poder enviarles a comprar el pan.

Recordar nuestra propia infancia en el espejo de la suya (y volver a ser niños a ratos).

Criando chicos

Cuando era pequeña, solía llevarme a cortar el pelo (cortísimo, como un chico: uno de los traumas de una infancia en la que me pasé horas convenciendo a otros niños de que en realidad era una niña), mi abuela, en una peluquería del pueblo regentada por una señora llamada Angeleta que era una de las personas más antipáticas que he conocido: se pasaba el rato quejándose de lo mucho que nos movíamos y reprochándonos que no nos portábamos tan bien como sus sobrinos cuando les cortaba el pelo.

(Mi hermana y yo éramos niñas buenísimas… no nos movíamos ni un milímetro, y aún así, ella rezongaba y rezongaba sin parar).

En la peluquería de Angeleta descubrí los niños de San Ildefonso el día de la lotería y las revistas del corazón.

De estas, me impactaban unos niños que padecían una enfermedad que les hacía envejecer prematuramente, los grupos de quintillizos y sextillizos, cualquier cosa relacionada con Chaveli Iglesias y Eugenia Martínez de Irujo y la historia de un niño que había perdido una pierna al chutar una mochila donde ETA había puesto una bomba.

De esta historia, lo que más me impresionaba era un comentario que se repetía cada vez que se hablaba del tema: “El niño hizo algo que hacen todos los niños”.

Seguramente era demasiado joven para entender el horror del terrorismo… lo que me escandalizaba era esa frase. ¿Normal, chutar una mochila? ¿Normal, darle una patada a un objeto ajeno, que podía romperse o golpear una ventana o una persona que pasara por ahí? ¿Normal, ser un gamberro, un maleducado?

Cuando adopté a B., descubrí lo distintos que son los niños de las niñas (por corto que nos hicieran llevar el pelo). Todos los días me sorprendía ese machito que se relacionaba a trompazos con sus compañeros de clase (pensaba que se peleaban hasta que me di cuenta de que estos golpes en el hombro eran su forma de saludarse), vivía por y para el futbol, despreciaba el rosa (y el lila), se volvía loco por cualquier cosa que llevara ruedas, y… sí, chutaba latas, balones, mochilas y cualquier otra cosa que se le ponga en el camino.

Hace pocos días leí en un libro del filósofo Fernando Savater este fragmento:

Cuando presenté en Dinamarca la traducción de Ética para Amador, salió una noticia de un joven que con 18 o 19 años había tenido una bronca y había matado a otro. Señalé a mis acompañantes la sorpresa de que en un país tan pacífico se diera un brote de violencia tan radical y me dijeron que en el país los niños daneses hasta los 15 y los 16 años sólo tienen contacto con maestras.

Fue una profesora la que me dijo que al estar los chicos tutelados tanto tiempo por mujeres, se estaba creando un problema, porque las mujeres, me decía ella, tienden a cortar el más mínimo brote de enfrentamiento. De manera que el niño no tiene la experiencia de que si le pegas un golpe a uno, te lo va a devolver, y que esa dinámica te hace la vida imposible, porque si le pegas al vecino a un compañero de trabajo, luego te lo vas a tener que encontrar. Los chicos crecen sin una noción del daño físico que provoca la violencia hasta que ya son mayores y ya tienen brazos para pegar de verdad. Así que una noche sale con 18 años, se toma tres cervezas, y mata a otro, porque no tiene sentido de la proporción, ni sabe dónde está ese límite que se aprende con el tiempo.

Material para reflexionar las madres que criamos chicos sin un hombre en casa.

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