familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para noviembre, 2012

Me deseó felices sueños

Le decía a María de Bahía, lectora de este blog, adoptada adulta, que a menudo me ayuda a abrir los ojos antes realidades y emociones que no imaginaba, sea en este blog o en el suyo, que el objetivo final de este blog es precisamente intentar entenderles, entender a mis hijos.

Buceo en blogs de adoptados adultos, en libros escritos por ellos, en entrevistas… intentando imaginar, adelantar, prever… y comprender.

A veces, por casualidad, la comprensión salta desde las líneas de un periódico. Es lo que me ha pasado con la Contra de la Vanguardia de hoy, donde entrevistan a un periodista y escritor italiano llamado Massimo Gramellini que acaba de publicar un libro, llamado “Me deseó felices sueños”, donde explica desde los ojos del niño que fue la pérdida de su madre.

La entrevista merece la pena ser leída, y seguro que el libro también; me lo apunto en la lista de pendientes. Ahí van algunos extractos:

…No ser amado es terrible, pero hay algo peor: dejar de serlo; que, como un caramelo, te prueben y te escupan (…) Desde entonces, y casi toda mi vida, he tenido miedo a amar: no tanto a ser rechazado, sino a ser aceptado y luego escupido.

…Mi madre y dos abuelas eran muy afectuosas y llenaron de calor mi vida, pero las tres murieron en el plazo de dos años. Fue como si me encerraran en una habitación oscura y fría.

…[Me crié] con mi padre, que era muy poco femenino, severo, un honesto empleado del Estado. Y una tata incapaz de dar afecto con la que me ocurrió algo fundamental: casi dos años después de la muerte de mi madre estábamos viendo en la tele a Raffaella Carrà, muy jovencita, y me acordé de mi mamá; entonces me giré hacia la tata y le pregunté: “¿Ahora serás tú mí mamá?” Si hubiera sido una mujer cariñosa me hubiera abrazado y probablemente mi vida hubiera sido distinta. Pero me miró, se puso a llorar y me dijo: “Yo no puedo quererte porque yo también soy una huérfana y nadie me ha querido”. Se levantó y se fue.

…Con el tiempo encontré mujeres que me amaron, pero yo seguí siendo infeliz hasta que comprendí que lo que te hace feliz no es que te amen sino amar.

…Sin la verdad nunca te conviertes en adulto; y esto también tiene que ver con el periodismo: si a los lectores les cuentas mentiras políticas, como todas las que se han contado en esta crisis, se convierten en súbditos; sólo pueden ser ciudadanos cuando se les dice la verdad, aunque sea dura.

De corazones y vientres

De todos los lugares comunes que circulan respecto a la adopción, hay uno que me parece especialmente escalofriante.

Es esta frase que dice “La adopción es cuando un niño crece en el corazón de su madre en vez de en su vientre”.

 Ya escribí lo que pensaba sobre esta frase en esta entrada. Hoy quiero compartir la reflexión de una adoptada adulta que me ha hecho llegar E.

 Aquí va una traducción casera:

Como adoptada, esta afirmación particular y sus variaciones demasiado familiares a menudo son como un puñal clavándose en mi propio corazón. La adopción es un montón de cosas. No es tan simple como esta frase puede hacer parecer. Y una persona adoptada puede interiorizar este sentimiento de una manera distinta a cómo lo entienden los no adoptados.

 Sí crecemos en el vientre de nuestras mamás. Hemos crecido y hemos salido de las barrigas de nuestras primeras mamás. La adopción no cambia esto. Y esta afirmación hace que parezca que nuestra mamá no pudo querernos: al parecer, ser adoptado significa que sólo nuestra madre adoptiva podría habernos hecho crecer en su corazón y recibir su amor. Nuestra otra mamá simplemente fue la proveedora de una barriga-útero.

 Esta idea no sirve para las personas adoptadas o para nuestras primeras madres. Esta idea ni siquiera define la adopción. Parece servir al propósito de validar a las madres adoptivas (…) A la sociedad en general parece que le gusta pintar las cosas de color rosa cuando hablan de adopción. Y esta preferencia hace que las realidades complejas de la adopción queden enterradas bajo sentimientos almibarados que marginan a los adoptados y a nuestras primeras mamás.

 Supongo que lo que me molesta es el uso de la expresión “en vez de”. La adopción no es una cuestión de “en vez de”. Nacimos y lo más probable es que fuéramos amados, exactamente igual que los no adoptados. Y entonces, por la razón que sea, nos acabó criando una familia distinta de la de nacimiento. Tenemos dos mamás, no una. Y me gustaría creer que crecimos en los corazones de ambas. No sólo en el de la que nos crió. No se trata de una mamá en vez de la otra.

 (…)

 La adopción es un montón de cosas. Pero para esta adoptada, no es cuando un niño crece en el corazón de su mamá en vez de en su vientre. La adopción es cuando un niño nace de una mujer y criado por otra. La adopción es cuando una gran cantidad de dinero cambia de manos para que un niño nacido de una mujer puede ser criado por otra mujer. La adopción es cuando se falsifica legalmente un certificado de nacimiento para que parezca que el niño nació de una mujer que no tuvo nada que ver con su creación. No trata de corazones, de vientres y de sentimientos exageradamente idealizados desde un solo lado.

20 cosas que los niños adoptados desearían que sus padres supieran sobre adopción

Al hilo de la entrada que hicimos (a varias manos) sobre las cosas que es importante saber (sobre un hijo adoptado), recordé un texto que en su momento me gustó mucho y que se titular “Las 20 cosas que los niños adoptados desearían que sus padres supieran sobre adopción”. Es un listado que se corresponde al libro del mismo título de Sherrie Eldridge (muy interesante a su vez, que desarrolla cada una de estas ideas – y que está solo en inglés).

Pensé que era una buena idea recuperar ese listado, sólo para tenerlo presente.

1. Sufrí una pérdida profunda antes de ser adoptada. No eres responsable de ella.

2. Necesito que me enseñen que tengo necesidades especiales derivadas de las pérdidas de la adopción, de las cuáles no debo avergonzarme.

3. Si no puedo hacer el duelo por mi pérdida, mi capacidad para recibir amor de ti y de otra gente puede verse dañada.

4. Mi dolor sin resolver puede emerger en forma de rabia hacia ti.

5. Necesito que me ayudes a llorar mi pérdida. Enséñame a conectar con mis sentimientos sobre mi adopción y a validarlos.

6.Que no hable de mi familia de nacimiento no quiere decir que no piense en ellos.

7. Quiero que tomes la iniciativa en las conversaciones sobre mi familia de nacimiento.

8. Necesito saber la verdad sobre mi concepción, nacimiento e historia familiar, a pesar de los dolorosos que puedan ser los detalles.

9. Me asusta haber sido abandonada por mi madre de nacimiento por ser mala. Necesito que me ayudes a liberarme de mi vergüenza tóxica.

10. Tengo miedo de que me abandones.

11. Puedo aparecer más “entero” de lo que realmente soy. Necesito que me ayudes a descubrir partes de mí misma que mantengo ocultas para poder integrar todos los elementos de mi identidad.

12. Necesito ganar un sentido de poder personal.

13. Por favor, no me digas que me parezco o actúo como tú. Necesito que reconozcas y celebres nuestras diferencias.

14. Déjame ser yo mismo… pero no dejes que corte mis lazos contigo

15. Por favor, respeta mi privacidad respecto a la adopción. No hables con otras personas sin mi consentimiento.

16. Los cumpleaños pueden ser difíciles para mí.

17. No conocer mi historial medico completo puede ser inquietante a veces.

18. Temo que puedo ser demasiado para ti.

19. Cuando manifiesto mis miedos actuando de manera desagradable, por favor, aguanta conmigo y responde con sabiduría.

20. Aunque decida buscar mi familia de nacimiento, siempre querré que seáis mis padres.

De perros

Hace algún tiempo, escribí una entrada sobre el uso de la palabra “adopción” para referirnos a acoger perros. Hoy me gustaría reflexionar sobre qué pasa en una casa con hijos adoptados (o biológicos) cuando los perros salen de ella.

No me refiero a animaladas (¿debería decir “humanadas”?) como dejar a los perros tirados en una carretera, o peor aún, colgados de un árbol, o medio muertos… me refiero a situaciones a las que han tenido que llegar familias que conozco de buscar otra casa para sus animales porque les parecía que no podían cuidarles suficientemente bien.

No entro a juzgar esta decisión. No tengo perros, y no soy capaz de valorar lo que supone, lo que necesitan, las dificultades con las que cada familia puede encontrarse…

…sin embargo, cuando unos amigos me dijeron que habían decidido buscarle otra casa a sus perros porque no podían atenderles como se merecían, no pude evitar preguntarme cómo se lo tomarían mis hijos si en nuestra casa sucediera algo así.

 Y estoy convencida de que no serían capaces de entenderlo, por muy buenos argumentos que usara, por mucho que yo estuviera convencida de que los animales estarían mejor; a pesar de que yo les dijera que iban a tener una vida mejor, ellos lo vivirían como un abandono… e indefectiblemente, les haría cuestionarse muchas cosas de su propia presencia en casa. ¿Cómo creerían en mi propio compromiso con ellos si me libro de un animal porque me resulta incómodo? ¿Cómo les puedo pedir que aprendan a renunciar a algunas comodidades si yo misma no soy capaz de hacerlo por un ser vivo, con sentimientos, que he decidido libremente traer a mi casa?

 Por supuesto, un perro no es un hijo, un animal no es una persona, y el compromiso que uno tiene con sus mascotas no se puede comparar al que tiene con sus hijos… lo entiendo; pero creo que mis hijos no lo entenderían.

 Mis hijos son unos grandes amantes de los animales. A las 7 de la tarde nos resulta difícil avanzar por la calle, porque se paran a saludar, tocar, besar… a cada perro que nos encontramos. Están locos por tener un animal en casa, a poder ser un perro, y si no un gato…

 …pero yo, que no soy muy animalera, no estoy convencida. Porque creo que cuando uno decide poner un animal en su vida, esta decisión tiene que ser, salvo casos de fuerza mayor, permanente.

 De momento, la suerte es que tienen un perro y dos gatas en casa del abuelo… y son “su” perro, y “sus” gatas, aunque no les vean muy a menudo.

 Hace algún tiempo, B. (muy obsesionado por la muerte, como ya he contado) me preguntó qué pasaría con “su” perro si el abuelo moría. Y sólo se tranquilizó cuando le aseguré que, aunque yo no quisiera tener perro, no le dejaríamos en la calle de ninguna de las maneras.

Puerperio

Lo confieso: fui yo. Soy la persona a la que no le gustó, pero ni un pelo, la muy alabada “Lost in translation”.

Salí del cine cabreada, aburrida y con la sensación de que habían intentado tomarme el pelo con aquella película tan profunda

Pero hubo una frase que me impresionó. No entonces, sino años más tarde, cuando llegó mi primer hijo.

“Cuando tienes un hijo, tu vida, tal y como la conocías, deja de existir”.

Yo era de las que pensaba que los hijos no me cambiarían, ni cambiarían mi vida, al menos en lo fundamental… y de repente llegó B., como un terremoto que lo giró todo de arriba abajo como una media.

Una de las primeras cosas que descubrí de la maternidad es que los niños, la crianza, el ser madre, es como el agua: lo ocupan todo, todos los resquicios. No hay rincón de tu vida que quede libre…

…hasta que pasa el tiempo… y empiezas a querer algo más.

N. me dice que ha terminado el puerperio.

En Fisiología humana, el puerperio es el período que sigue al parto, y que dura el tiempo necesario (unos 40 días; por esto coloquialmente se le llama cuarentena) para que el cuerpo materno  vuelva a las condiciones pregestacionales.

Pero también hay un puerperio emocional, que es este período donde el vínculo madre-hijo no deja espacio para nada más. Se calcula que dura entre uno y tres años, y después, me dice N., “vuelves a mirar hacia fuera, aunque sea por una ventanita”.

Esta soy yo: una mujer en una ventana. Pero no quiero mirar por la ventana: quiero echarme a correr, correr por el campo, oler la hierba, oír el rumor del río.

Con la maternidad pierdes tu vida, tal y como la conocías, de golpe; y en cambio, la recuperas muy lentamente. Por esto es más fácil darte cuenta de la pérdida que de la recuperación.

Pero, seguramente, es esta reconquista lenta la que nos permite ver el valor que tienen las cosas.

Derechos de la infancia

Ayer fue el día de los Derechos de la Infancia. La gente se dedicó a colgar en Facebook aucas con los derechos… con dibujos preciosos… donde la proporción de niños blancos / niños de otras razas es, en el mejor de los casos, 4/1. ¿Será que algunos niños tienen más derechos que los otros?

Bullying

Venimos discutiendo estos días sobre el acoso en las escuelas, a raíz de noticias como el caso de Amanda Todd y el de otros adolescentes que se han suicidado después de padecer cyberacoso.

No hay duda de que la parte cibernética del acoso es un invento reciente, que las nuevas tecnologías que están revolucionando nuestra forma de relacionarnos, también afectan a este aspecto enfermizo de las relaciones.

Esto a lo que ahora se llama bullying y que cuando yo era pequeña no tenía nombre.

Pero me sorprende que gente que conozco diga que antes no había acoso…

…siempre desconfío de quiénes piensan que cualquier tiempo pasado fue mejor y que la juventud de hoy es insoportable… porque no sé si la juventud ha cambiado mucho, pero frases como estas, yo las oía 30 años atrás… y ya entonces me contaban mis padres que también las decían de ellos sus mayores… y sin duda las dijeron los padres de mis abuelos y así hasta el fin de los tiempos (o al menos hasta Cicerón, que escribió aquello tan contemporáneo de “¡Qué tiempos estos!, todo el mundo escribe libros y los jóvenes no respetan a los mayores”).

…pero es que además, yo recuerdo el acoso en mi colegio. Recuerdo los insultos, la agresividad física, el aislamiento, las burlas, el desprecio…

…como los recuerda mi padre de su infancia…

…así que pienso que la gente que cree que no había acoso… o tiene mala memoria… o tuvo suerte en sus experiencias… o no detectó el acoso porque no les pasaba a ellos; porque cuando les pasa a los otros, son chiquilladas.

Yo no creo que ahora sea peor el acoso que décadas atrás: al revés, antes era peor porque era algo “normal”. Una forma de relación entre compañeros de clase que todo el mundo asumía, como se asumía que el maltrato era parte de muchos matrimonios o la violación, parte de la vida de muchas mujeres. Ahora tiene un nombre, hay unos protocolos para combatirlo, hay denuncias… y nos indignamos por ello.

Nuevos modelos de familia

A.: Cuando sea mayor, seré padre y mandaré yo.

Yo: Anda, ¡que bien!, ¿y cuántos hijos tendrás?

A.: No tendré hijos. Ningún hijo.

Yo: Pues entonces no serás padre… serás un señor, un adulto, un mayor, un hombre… pero para ser padre, tienes que tener hijos.

A.: ¡Yo no!, yo seré ¡un padre sin hijos!

Nostalgias de un semejante

Últimamente, estoy nostálgica. No sé si es el cumpleaños, la crisis de los 40 y tantos, o algún otro factor que no consigo identificar… pero tengo la sensación de estar echando la vista atrás a cada rato.

Hace pocos días terminé de leerme “Eres el mejor, Cienfuegos”, de Kiko Amat. Un libro sobre la crisis de los 40… sobre lo que soñábamos ser y lo que somos, casi siempre tan distinto.

Pero no es el contenido lo que me ha revuelto… es la memoria. Conozco al autor desde hace 25 años (nunca hemos sido exactamente amigos, pero las circunstancias nos han llevado a ir coincidiendo por las barras de los bares… y por los parques)… y siempre tengo la sensación de que habla de mí, de nosotros, de mi generación y mi gente, de lo que fuimos… y de lo que no hemos llegado a ser. De nosotros, los de entonces, que ya no somos los mismos, como decía Neruda.

No me acabo de creer que tenga esta edad. ¿Quién me ha robado 20 años?

Lo que echo de menos de la adolescencia no es cómo era; era una mierda la mayor parte de los días. Es la sensación, la certeza, de que un día, más adelante, las cosas cambiarían y todo sería maravilloso.

La esperanza, vaya.

¿Quién dijo que la nostalgia era siempre nostalgia de futuro?

Echo de menos la pasión,… y la sensación de que todo está posible, que todo está por hacer.

Así estoy yo: en el mismo lugar que 10 años atrás, haciendo lo mismo, pero sin la pasión de entonces. Con el piloto automático. Con la sensación de que el tiempo, la vida, se me escurre de las manos; que debería estar en otro lugar, haciendo otras cosas,… buscando mi lugar en el mundo.

En estos días, me asalta la sensación de que en muchos momentos, en muchas cosas, huí hacia adelante… y tengo pendientes muchos cierres. Estoy necesitando pararme y mirar atrás.

Es como si hubiera dejado una parte de mí en el pasado… no quiero volver atrás: quiero recuperarla.

Es como si necesitara atar cabos precisamente para volver a mirar al futuro libre de lastres.

Hermanísimos

Cuando yo era pequeña, recuerdo que en la familia se solía decir una frase que a mí siempre me llamaba la atención.

– ¿Estas niñas? Bueno, se pasan el día peleándose… pero si las separan, ¡no saben vivir la una sin la otra!

Lo que me llamaba la atención era la segunda parte de la frase, porque yo no tenía ninguna consciencia de no poder vivir separada de mi hermana pequeña, esa niña tan repelente, mona y simpática que me convertía a mí en la borde y la rara de la familia.

(Años después descubrí que a ella le rebentaba igualmente ser la tonta y la alocada en comparación con mis etiquetas de inteligente y responsable).

Este año, B. ha empezado a ir al Cau. El cau es una tradición catalana, una versión popular de los boy scouts ingleses, con algo menos de liturgia, que le ocupa los sábados por la tarde y un par de fines de semana al trimestre.

Este fue uno de estos fines de semana: salió cargado con la mochila a las 8:30 del sábado y volvió, agotado y feliz, el domingo a las 17:00.

Ya hacía días que A. me preguntaba cuando se iría su hermano. “Yo quiero que se vaya de excursión para estar solo contigo”; “B. es muy pesadito… que tranquilo me voy a quedar”; “que bien estaremos, mama, cuando B. esté fuera”…

Y la verdad es que estuvimos bien: A. pudo ser el centro absoluto de atención y yo disfruté de la tranquilidad de ser madre de hijo único, con tiempo para jugar con él, descansar y hasta ordenar un poco…

Cuando fuimos a buscar a B., A. me sugirió que le compráramos unas galletas de chocolate: “Se las daré yo, así me dará muchos besos y abrazos”.

Y lo cierto es que se los dio: cuando llegaron a casa, me pidieron permiso para ducharse juntos y se encerraron en su cuarto para jugar sin mis interferencias. Algo insólito.

Qué bien que va echarse de menos, a veces.

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