familia monoparental y adopción

Frío

Este primer fin de semana frío lo hemos pasado en el campo, en la casa de unos amigos, en medio de un huerto de naranjos y olivos que siempre me parece un paraíso en formato bolsillo.

Sabíamos que iba a hacer frío e íbamos preparados para la vida exterior: botas de montaña, polares, guantes, anoraks de nieve…

…pero había olvidado el frío que puede hacer dentro de una casa.

En el comedor teníamos una estufa de leña que me encargué de alimentar estos dos días (ocuparse del fuego tiene algo de atávico, ¿verdad?, algo que nos conecta con quién fuimos muchos años atrás, antes de las calefacciones y los interruptores), pero cuando nos metíamos en las habitaciones… ni la montaña de mantas ni el dormir amontonados evitaba que se nos helara la nariz y la punta de los dedos.

E ir al baño era toda una aventura… ese contacto helado con los muslos, esa agua helada al lavarnos las manos…

Me sentí transportada directamente a mi infancia: cuando íbamos al pueblo, a casa de mis abuelos, y sólo hacía calor en la sala, al lado del fuego; cuando llevábamos capas de ropa de abrigo incluso dentro de la casa, ir al lavabo era algo que posponíamos hasta la agonía y vestirse frente a un radiador esmirriado era una carrera de obstáculos.

¿Os acordáis de cuando en los coches hacía frío en invierno – y calor en verano? ¿De cuando para no resfriarnos nos ponían camisetas interiores, aquellos jerseis de cuello vuelto que se pegaban a la cara, jersey de lana y anorak? ¿Del vaho que salía de la boca? ¿De la necesidad imperiosa de tener las puertas cerradas para crear microclimas habitables? ¿De cuando nos sentábamos al lado de la estufa de butano – alguna vez tan cerca que hasta se prendió la ropa? ¿De los sabañones? ¿De cuando no existía la ropa térmica – o no estaba a nuestro alcance?

Yo, chica de ciudad mediterránea, lo había olvidado.

Y se me ocurrió que si nosotros somos la primera generación que no ha conocido el hambre, nuestros hijos quizás son la primera generación que no ha conocido el frío. Y que ambas cosas nos conectan con algo que quizás estaría bien no haber olvidado.

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Comentarios en: "Frío" (16)

  1. Nosotros, en el Norte, lo tenemos muy presente…..el frío, la lluvia, la humedad….(que hace que cuando te metes en la cama parece que la sábanas estén mojadas)……Pero es que….a mí, el invierno me gusta. No me gusta nada entrar en invierno en una casa y tener que quedarme en maga corta porque la calefacción está a tope…no me gusta.
    Me gusta sentir el frío en invierno y el calor en verano.Y en invierno, pijama
    de invierno, mil mantas y acurrucarse hasta entrar en calor….

    • A mí no me gusta nada el frío… me parece bien que haga frío, pero no pasarlo. Esto no quiere decir que vayamos en manga corta en casa, eh?, vamos con jersey y hasta con polar, y nos tapamos con nórdicos (esto lo olvidé en el post: ¡¡la vida antes de los nórdicos!!)… pero, vestidos, no pasamos frío como hemos pasado este fin de semana en algunos momentos (al meternos en la habitación o el baño, que en el comedor se estaba bien), como lo pasé en Marruecos cuando hice la kafala de A. o como lo recuerdo de mi infancia y adolescencia.

      A mí tampoco me gusta entrar en una tienda, una casa, y que parezca verano (y en verano, a la inversa).

      • Por cierto, en los lugares donde hace frío, normalmente están mejor preparados para las temperaturas bajas que en los lugares cálidos… siempre recuerdo algo que me dijo una sueca casada con un español: “En ningún lugar he pasado tanto frío como en España”. En Suecia en las calles, en el campo, hace mucho frío en invierno (pero van preparados para ello), pero en las casas, oficinas, escuelas, restaurantes, coches… no dejan ni un resquicio a la entrada del clima exterior.

  2. Quedarnos un día sin electricidad, sin caldera, sin agua…es lo que nos hace darnos cuenta lo acomodados que vivimos ! Estamos como para dormir en el suelo húmedo de una cabaña y sin nada con lo que taparnos…

    • Ni que lo digas… yo pienso muchas veces que hay una sabiduría de la supervivencia cotidiana que se transmitió de generación en generación hasta un par de generaciones atrás… y que nosotros la hemos perdido. Que tenemos muchos datos, mucha información… pero si nos dejaran desnudos en el bosque, sin acceso a la tecnología, ¿Cuántos de nosotros sobreviviríamos?

      • Yo no seguro. Creo que no puedo vivir sin electricidad, me asusta la oscuridad y no soy capaz de dormir si tengo frío. Mi gen de la supervivencia está aniquilado.

  3. Yo siempre he creído que demasiada comodidad no es buena para educar hijos. ¿Cómo les prepararemos entonces para las situaciones adversas, cómo les transmitiremos entonces esa “sabiduría de la supervivencia cotidiana” de la que hablas?

    En México estamos todavía menos preparados para el frío, aún cuando en invierno sí tenemos temperaturas muy bajas. La gente de bajos recursos tiene viviendas muy precarias, por lo que el frío para ellos es de terror, así que deben hacer uso de todo tipo de recursos, que desafortunadamente en muchos casos representan un peligro por el riesgo de incendios o de morir por inhalación de monóxido de carbono.

    • Obviamente, entre el peligro de muerte y la comodidad, me quedo con la comodidad; pero creo que el exceso de comodidad nos deja indefensos ante muchas cosas, no nos prepara para las inclemencias de la vida, para las incertezas, para el riesgo… y esto puede ser muy negativo a la larga…

      • Totalmente de acuerdo madre, yo también creo que demasiada comodidad hace vulnerables a nuestros hijos. Como decimos en México, ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre.

    • Yo no recuerdo tanto frío nunca como el de México en mi primer invierno… Sólo se podía estar caliente dentro de un coche y en el baño a la hora de la ducha. El resto del tiempo, en casas, bares, tiendas, restaurantes, puestos de tacos… ¡siempre frío!
      He pasado inviernos en Inglaterra, en París, en una aldea gallega (eso de las sábanas de franela siempre húmedas…), pero como en México DF nada. No había escapatoria posible, ni calefacciones ni chimeneas, y paredes de block y puertas y ventanas entreabiertas muchas veces… yo venga a avisar ¡Que se escapa el gato! ¡Que entran los pingüinos! y el mundo mirándome con cara de flipe. Total, si de todas formas va a hacer el mismo frío fuera que dentro, qué mas da un poco más o menos de corriente…
      El segundo y tercer invierno me costaron menos, ya estaba acostumbrada.

      • Yo recuerdo haber pasado mucho frío en Addis Abeba (efectivamente, dentro de la habitación hacía el mismo frío y la misma humedad que fuera… sólo se estaba bien en el comedor del hotel, pero con un niño saltando por las mesas no era fácil quedarse mucho rato), y en Marruecos, donde nos acostumbramos a dormir incluso con el polar puesto… En la calle no se estaba mal, cuando daba el sol, pero era entrar en la casa y … arrrghh…

  4. En Galicia el frío sigue pegado a nosotros. Por eso dormimos con sábanas de franela, pijama gordo, manta y edredón… y bolsa de agua caliente en los pies…;) Pobriños míos, no sé si se darán librado…

    Contamos con la ayuda inestimable del calentamiento global, eso sí…

    Últimamente estoy seriamente preocupada; me fallan los argumentos para la esperanza; dudo que mis hijos vayan a ver un futuro mejor, tal y como se lo habíamos soñado. Si bien es cierto que la historia ha demostrado que siempre nos hemos superado, el hoy, el ahora y el aquí no predicen el mejor de los escenarios para la prosperidad.

    Quizás en otros mundos y otras tierras.

    • ¿La historia nos enseña que siempre nos hemos superado? No estoy tan segura… ayer vi y me impresionó mucho una foto de Kabul, la capital de Afganistán en los años 70, que voy a usar en la entrada que publicaré hoy (cuando acabe de contestar los mensajes) y que demuestran precisamente lo contrario…

  5. Recordáis los verdugos?…me ataban las ideas…mi cabeza presa de ese gorro que luego se convirtió en icono de los etarras…
    A mí ni me gusta el frío helado ni el calor asfixiante…soy más del medio…primavera y otoño…el medio…el equilibrio…
    Yo recuerdo me metida en mi cama sin ver mucho más que cientos de mantas en fila encima de mí…y remetidas por los laterales para que no entrara ni un susurro de aire fresco…Vivíamos en la zona alta de la ciudad y el frío era tremendo…Mi madre colgada la colada en la mesa camilla, para que el brasero la secara…
    En fin…era otra vida y hace nada que la vivimos…me doy cuenta de que empiezo a hablar como mi abuela…ufff!!!
    Sólo deseo ahora que mis hijos no tengan que conocer ni ese frío que yo viví, ni mucho menos el hambre que sí conocieron mis abuelos…

    • En mi casa, a los verdugos se les llamaba pasamontañas, y sí, los recuerdo, y también los montones de mantas con olor a lana y húmedo bajo las que nos escondíamos antes de los nórdicos… Me recuerdo sacando una mano para sujetar el libro, y al cabo del rato, cambiar de mano, porque ya estaba helada… y la nariz, congelada también.

      Yo tampoco les deseo este frío (ni el hambre) a mis hijos… pero a la vez, tengo la sensación de que somos y son personas que damos demasiadas cosas por sentadas… Y esto me preocupa.

  6. Recuerdo las 40 capas con que nos vestiamos antes de salir de casa rumbo al cole. Calcetines supergordos, pantalones de pana, camiseta interior, jerseys de “cuello cisne”, jerseys de lana super gordos (hechos en casa, por supuesto), plumíferos (no se llamaban parkas de aquella, se llamaban plumíferos o cazadoras o anoraks….como mucho) y también teníamos trenkas (que calentaban muchísimo, peor para la lluvia eran peores)….,Misd hermanos mayotres tenían unas que s ellamaban 2coreanas”, las había verdes o azules y tenían unas sípercapuchas (en la sque cabían 2 cabezas) y un 2riberte” de pelo que le daba sensación de abrigar más todavía…..
    Luego nos metían a calzador el famoso “verdugo”, o sino, gorro, guantes y la bufanda bien puesta tapándote la bodca y atada al cuello….por lo que casi no podías ni moverte ni hablar y ya al final, algún alma caritativa te ayudaba a ponerte la mochila a la aespalda pues moverse costaba lo suyo…Ah…se me olvidaba y los día de lluvia a todo esto le añadíamos las botas de goma (sin goretex, por supuesto…eso no existía…por lo que a medía mañana tenías los pies tiesos) y el paragüas….y listos….p’a la escuela!

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