familia monoparental y adopción

Archivo para enero, 2013

Mercancía

Hace algunos días, estuvo en casa H., un amigo de A. que, como él, nació en Marruecos.

Viendo como se peleaban los hermanos, de repente comentó: “Yo nunca me iré a Marruecos a comprarme un hermano”.

Más tarde, afirmó: “Yo cuando sea mayor, no me iré a Marruecos a comprarme un hijo”.

Le comenté (les comenté, a los tres):

¿Vosotros ya sabéis que los hijos no se compran, no? Las personas no se compran. Lo que tu madre y yo hemos hecho es adoptaros.

H. preguntó: “¿O sea que sólo nos recogisteis y ya está?”

Esta conversación me hizo pensar en las muchas veces que he oído a niños adoptados (incluidos mis hijos) hablar de compra para referirse a la adopción… Podríamos pensar que es un malentendido derivado de su edad, de la falta de información… pero lo cierto es que hay adoptados adultos que también utilizan conceptos parecidos para hablar de su historia.

Hace algún tiempo hablé muy someramente de “La hija de la Amante”, de A. M. Homes. A través de P., recupero algunos fragmentos que me impresionaron cuando los leí, pero que no tenía frescos en la memoria:  

“Me llevaron a lo largo del pasillo y me tendieron en la cama grande del dormitorio de mis padres. Los vecinos, las tías y los tíos, todos vinieron a verme: un regalo, el bebé más hermoso que habían visto nunca.

Pensar en las diferencias por adelantado: si hubiera sido un niño no adoptado, los miembros de la familia habrian visitado el hospital. Me habrían visto con mi madre o me habrían visitado… en la nursery y me habrían reconocido en la hilera de cunitas expuestas, como en una rueda de sospechosos en comisaría.

Pero aquí todo empieza con una llamada telefónica: Su paquete ha llegado y está envuelto en cintas rosas. El pediatra de confianza fue enviado al hospital para que hiciera una valoración de la mercancía; piensen en las películas donde el camello prueba la droga antes de soltar el dinero. Hay algo ineludiblemente sórdido en el modo en que se desarrolla la historia. Fui adoptada, comprada, encargada y recogida como un pastel en una panadería”.

Me parece muy revelador este último párrafo. El niño adoptado como mercancía. Una imagen que encontrábamos también en el cómic “Piel color miel”, de Jung, que también comenté (igual de someramente) aquí.

Este texto y esta imagen me ha hecho pensar en un adjetivo que usan mucho los adoptados que fueron víctimas del tráfico de niños: Apropiados. Niños que han pasado de unas manos a otras, de unos dueños a otros. Niños que pertenecen a sus padres, a sus propietarios.

¿Es habitual que los niños adoptados se sientan tratados como mercancía? ¿Les tratamos como mercancía? Como objetos que se transportan, se eligen, se pagan, se evalúan, incluso se devuelven si no son del gusto del comprador.

Yo nunca he sentido que mis hijos me pertenezcan, igual que no creo que pertenecieran antes a sus primeras madres: no son mi propiedad, son mi responsabilidad. Tampoco siento que los haya comprado. Sin embargo, mucho dinero cambió de manos para que se pudieran convertir en mis hijos, y alguna personas se enriquecieron con esta transición. Y aunque me negué a consultar a un pediatra sus datos o su condición de salud antes de aceptar la asignación, sí es cierto que a mi hijo mayor le hicieron unas analíticas que, de haber dado otro resultado, lo habrían descartado para ser mi hijo. Podría no haber pasado el “control de calidad”.

Ahora, B. y A. son pequeños todavía, y les vale la explicación de que las personas no se compran. Pero no les valdrá siempre, y a mí tampoco. Y es una realidad que aún tengo que pensar como gestionaré.

Yo no soy racista

Hace algunos días, M. me recomendó este blog sobre una adopción monoparental en Nepal. Como hay pocos blogs de adoptantes monoparentales, lo cogí con ganas… pero no pude pasar de la primera entrada.

 Estos dos párrafos me dejaron muy mal cuerpo:

“Así las cosas, lo más sencillo parecía elegir Etiopia pero desde el primer momento me di cuenta de que no iba a poder, queda feo decirlo, me sentí fatal y me costó llorar, pero no me veía con un hijo negro. Lo supe ya en la primera ECAI que visité, en la segunda lo tuve totalmente claro, salí de allí llorando sin poder terminar de ver el video que me mostraban. Me sentía un ser abominable que no aceptaba la idea de tener un hijo negro.

Ya sé que esto os puede parecer espantoso, pero no me juzguéis mal, creo que no soy racista, no en vano tengo un hijo de otra raza distinta a la mía, pero lo de que fuera negro…, me costaba demasiado”.

¿Es suficiente, tras una confesión como esta, decir que “me sentí fatal”, “salí llorando”, “me sentía ser abominable”? ¿Entonar el mea culpa ya la absuelve? ¿No debería haber una reflexión al respecto de dónde salen estos prejuicios, sobre qué miedos tiene?

Luego añade  “no soy racista, pero” (esta fantástica frase que suele servir precisamente para introducir un comentario racista). ¿No es racista? ¿La definición de “racista” es “detestar a todas las razas”… o tener prejuicios contra algunos colores ya valdría?

¿Hay categorías de razas? ¿Por qué hay padres que consideran la posibilidad de adoptar en China o Nepal y no en África? ¿O en Etiopía, pero no en un país de África Occidental donde los niños son de piel más oscura? ¿O aceptan cualquier raza en nacional… excepto gitanos y magrebíes?

¿Debe una persona que es racista hacia algunos grupos étnicos adoptar a un niño de un grupo étnico distinto al suyo? ¿Va a ser capaz de meterse en su piel? ¿Cómo le va a hablar contra los prejuicios, las generalizaciones, los lugares comunes, los tabúes? ¿Cómo le va a enseñar a gestionar los comentarios desafortunados que la gente haga hacia su color y su origen si ella misma tiene prejuicios hacia personas de otra raza?

Hoy

Como todos los lunes, me he levantado, a golpe de despertador, con menos tiempo del necesario, (que no ha conseguido apagar mi sonrisa escondida). He dejado la tetera preparada (te verde, menta, azúcar), me he metido en la ducha, he tostado pan, he preparado bocadillos, he revisado mochilas, he pegado algún que otro grito, hemos salido 5 minutos demasiado tarde.

Como todos los días hemos andado con prisa, hablando del fin de semana y de los proyectos para los próximos días, de lo que haremos al salir del cole, ¡no pises el charco!, un beso, te quiero, ten un buen día, y les he dejado en el colegio, a B. en la puerta de los mayores, y a A. en la de los pequeños.

Como todas las mañanas, he saludado a la conserje, a la directora, a algunas madres y algunos padres, y he empezado a caminar hacia mi trabajo.

Hacía un día radiante. Uno de estos días de enero que empiezan a oler a primavera. Con un sol que es como una promesa.

Un día que pide que te lo cojas de fiesta y te vayas a pasear, y te sientes, a mediodía, en una terraza, con unas olivas, una cerveza y un buen libro.

Un día magnífico. Exactamente igual de magnífico que aquel otro 28 de enero, hace hoy exactamente 10 años, que todavía puedo recordar minuto a minuto, como si hubiera sucedido esta misma semana.

Sor María

Decía Luis Sepúlveda, el escritor chileno, que aunque nunca llegaran a juzgarlo, cada día que Pinochet pasaba detenido en Londres, pendiente de la extradición, era una pequeña victoria para los ciudadanos que, como él, habían sido encarcelados y torturados durante la dictadura chilena.

Esta es una modalidad de justicia que ya no van a ver los cientos de familias que esperaba que algún día se juzgara a Sor María, la única encausada, hasta ahora, por el asunto de los niños robados en maternidades españolas durante los años 70 y 80.

Niños robados a madres (y en ocasiones, padres) demasiado jóvenes, demasiado solteras, demasiado humildes, demasiado desamparadas. Porque alguien pensó que estarían mejor con matrimonios cristianos de clase media; porque alguien decidió jugar a ser Dios. Pero sobretodo, porque la venta de estos niños fue un suculento negocio que enriqueció a muchas personas.

Ayer supimos había muerto. Ha muerto sin romper su silencio, dejando a cientos de adoptados adultos sin posibilidad de conocer su historia, su origen, su familia biológica, si fueron robados, y a quién. Cientos de madres y padres  seguirán sin saber qué pasó con esos niños que les dijeron que habían muerto al nacer, seguirán preguntándose de quién era el cuerpo que les enseñaron, visitando tumbas vacías.

Ha muerto sin ser juzgada y sin ser castigada: impune.

Una de las preguntas que más veces oí ayer fue: ¿Pero seguro que se ha muerto? ¿No habrán fingido su muerte para ahorrarle el juicio, para que  no se vaya de la lengua? ¿No estará en algún convento pasando sus últimos días lejos del mundanal ruído?

Imaginar vacía esta tumba que ayer vimos en las noticias en televisión, desde luego, no tiene nada de justicia poética; pero sí algo de poesía. Macabra, por supuesto.

¿Y si encuentras pareja?

Cuando empecé el trámite del CI, esperaba muchas preguntas sobre la decisión de ser madre en solitario. Sin embargo, sólo me hicieron una: “Tú eres muy joven, todavía puedes encontrar pareja… ¿Qué pasará si te enamoras?” Yo respondí que si encontraba pareja, tendría que aceptar que yo era madre de un niño. Que si no lo aceptaba, no iba a poder estar conmigo.

Han pasado años desde entonces, y la verdad es que la pareja no llegó. Quizás porque encadené un puerperio con otro… quizás porque necesitaba encontrarme a mí misma antes de encontrar a otra persona con quien caminar… quizás porque mi vida era un lugar cómodo desde el que ver el mundo… pero también por las dificultades logísticas que implica ser madre sola (y sin mucho apoyo familiar) primero de un niño y luego de dos con necesidades importantes que cubrir.

Leo en el blog de Mónica Cruz esta entrada donde vuelve a hablar sobre la monoparentalidad… como suele suceder cuando aún estás en proyecto, quizás su visión es excesivamente edulcorada y cuajada de tópicos. Pero me llaman la atención este par de párrafos.

Creo que todas las madres solteras –da igual si son separadas o han decidido enfrentarse a la maternidad en solitario como yo– nunca deberíamos pensar que por el hecho de tener un hijo nos va a resultar más difícil encontrar pareja en el futuro. Creo que sucede todo lo contrario. El ser madre ya te coloca en un lugar donde nunca antes habías estado, un sitio donde la protección es lo que prima en tu vida. Estar en esa situación, de algún modo, nos facilita las cosas: nos ayuda a elegir mejor y a evitar a tanto cantamañanas que hay por ahí suelto.

Porque, aparte del tema pareja, ¿ninguna os habéis parado a pensar por qué desde que te quedas embarazada haces una burbuja de tu mundo y te dedicas a echar a los vampiros energéticos -como yo les llamo- de tu vida y de la de tu hijo? Es increíble, es un instinto animal, como una leona cuidando de su manada. Incluso antes de que el bebé esté aquí ¡Todo son cosas buenas!

Yo no creo que sea exactamente así: creo que hay madres monoparentales – o separadas – que encadenan una relación tóxica tras otra, en una huída hacia adelante, llevadas por el pánico a quedarse solas; otras que llegan a la monoparentalidad por sus dificultades para encontrar pareja; otras que usan a sus hijos como escudo para no comprometerse con nadie… y por supuesto, otras que se sienten cómodas en su soledad.

Lo que sí creo, al menos así lo he vivido yo, es que una parte del “buscar pareja” (o “querer pareja” si la búsqueda no es activa) tiene un componente animal relacionado con el instinto de reproducirnos, incluso aunque no queramos hijos; y creo que el tener hijos sola, aligera mucho esta presión. Puede seguir estando el deseo… pero no la necesidad. Te relajas.

Estoy empezando a andar de la mano de otra persona. Aún es muy reciente, pero intuyo, intuimos, que hay un proyecto de futuro, una historia que compartir. Se abren nuevos retos, nuevas dificultades, nuevas dudas… pero también muchas posibilidades que sin duda vamos a encontrar la manera de afrontar.

Y por supuesto, mi pareja acepta a mis hijos como parte del pack. Y yo a los suyos. Como no podía ser de otra manera.

Discurso de investidura

‎’Nuestro trayecto no estará completo hasta que nuestros hermanos y hermanas gays reciban el mismo trato que legal que cualquier otro  – si hemos sido creados iguales, el amor que nos profesamos unos a otros tiene que ser tratado igual también’.

El discurso de investidura de la segunda legislatura de Barack Obama, un discurso tendente a la izquierda, con muchas referencias a la igualdad, contenía una declaración tan insólita como esta.

¿Habría sido no ya posible, sino pensable, 10 años atrás?

No soy muy dada a hacer prospección de futuro, pero estoy convencida de que algún día nuestros nietos se sorprenderán cuando les contemos que hubo una época en la que, no sólo los homosexuales no se podían casar, sino que ni siquiera éramos capaces de imaginarlo.

Madre e hija

La semana pasada, la actriz Mónica Cruz, contó en su blog que estaba embarazada y que lo estaba por inseminación artificial con semen de donante. Muy refrescante la naturalidad con la que afronta el tema:

Nunca me ha gustado hablar de mi vida privada y mucho menos comercializar con ella. Por eso, estos primeros meses de embarazo he estado un poco aislada del mundo: es lo que me pedía el cuerpo -yo le llamaba “momento nido”- pero, también, quería apartarme por mi situación profesional. Cuando todo esto saltó a la luz, no quise alimentar el morbo y preferí no salir a la calle, para no contribuir a que se especulara sobre un tema tan delicado. Yo quería evitar por encima de todo que se hablara de supuestos padres o supuestos candidatos a serlo. Eso es algo que no voy a permitir ahora ni, por supuesto, cuando mi bebé esté aquí: me niego a que esa sombra le persiga durante toda su vida. Ya me ocuparé de educar a mi hijo bajo la verdad y, sobre todo, bajo la naturalidad.

Como os he contado, mi primera reacción fue encerrarme en casa. Pero, según pasaban los días, me iba dando cuenta de que no me sentía bien conmigo misma, que estaba haciendo de esto, inconscientemente, un tema tabú, algo que, al tiempo, provocaba más polémica y no me hacia sentir bien.

Así que he decidido contarlo: para quedarme embarazada, he recurrido a la inseminación artificial.

 Yo también creo que la naturalidad, la normalidad, el no convertir el asunto en tabú, es la única forma de afrontar realidades que se salen de lo convencional: sea la maternidad en solitario, la adopción, la familia transracial… Aunque siempre habrá quién murmure a sus espaldas, quién se pregunte por qué una chica guapa como ella no puede conseguir un hombre que le haga un hijo o quién se plantee si cuenta esto para encubrir a un posible amante.

Pero no era esto lo que quería comentar, sino uno de los cientos de comentarios que tiene en su blog:

Es de una chica que firma como Rosa y que escribe no como madre, sino como hija:

Tengo 18 años y mi madre se quedó embarazada de mí de manera artificial siguiendo la misma metodología que tú cuentas. Durante mi época adolescente (en la que vas asimilando y entendiendo cosas) siempre se me han planteado cuestiones como la necesidad de una figura paterna, el resultado de una educación sin ella.. etc. Para mí, cosas sin sentido.

Yo no puedo estar más orgullosa de tener la madre que tengo, de haber recibido la educación que he recibido hasta el día de hoy. Soy estudiante de periodismo y llevo 18 años viviendo sola con ella, feliz, habiendo hecho de nuestra relación algo más que madre-hija, ella es mi mejor amiga, mi confidente, mi madre, mi padre y todo absolutamente todo lo que soy.

El comentario es muy positivo y alentador… pero me preocupa la frase ” habiendo hecho de nuestra relación algo más que madre-hija, ella es mi mejor amiga, mi confidente, mi madre, mi padre y todo absolutamente todo lo que soy”. Me daría miedo ya en una hija de familia convencional, con más hermanos y un padre (incluso con una segunda madre), pero en una hija sola de madre sola… ¿hasta qué punto esta chica se siente obligada a ser el sostén de su madre, su mejor amiga, a estar siempre allí y no explorar su vida independiente? ¿Corremos el riesgo las madres solas de crear una relación tan intensa con nuestros hijos que termine por asfixiarles? ¿Les hacemos pasar de depender de nosotras… a que sientan que nuestra felicidad depende de ellos? ¿Cuántas madres depositan sus esperanzas de felicidad, de futuro, de realización… en sus hijos? No sólo en familia monoparentales, claro, pero el hecho de que la relación sea casi simbiótica, ¿puede hacer más difícil escapar de ella?

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