familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para enero, 2013

Mercancía

Hace algunos días, estuvo en casa H., un amigo de A. que, como él, nació en Marruecos.

Viendo como se peleaban los hermanos, de repente comentó: “Yo nunca me iré a Marruecos a comprarme un hermano”.

Más tarde, afirmó: “Yo cuando sea mayor, no me iré a Marruecos a comprarme un hijo”.

Le comenté (les comenté, a los tres):

¿Vosotros ya sabéis que los hijos no se compran, no? Las personas no se compran. Lo que tu madre y yo hemos hecho es adoptaros.

H. preguntó: “¿O sea que sólo nos recogisteis y ya está?”

Esta conversación me hizo pensar en las muchas veces que he oído a niños adoptados (incluidos mis hijos) hablar de compra para referirse a la adopción… Podríamos pensar que es un malentendido derivado de su edad, de la falta de información… pero lo cierto es que hay adoptados adultos que también utilizan conceptos parecidos para hablar de su historia.

Hace algún tiempo hablé muy someramente de “La hija de la Amante”, de A. M. Homes. A través de P., recupero algunos fragmentos que me impresionaron cuando los leí, pero que no tenía frescos en la memoria:  

“Me llevaron a lo largo del pasillo y me tendieron en la cama grande del dormitorio de mis padres. Los vecinos, las tías y los tíos, todos vinieron a verme: un regalo, el bebé más hermoso que habían visto nunca.

Pensar en las diferencias por adelantado: si hubiera sido un niño no adoptado, los miembros de la familia habrian visitado el hospital. Me habrían visto con mi madre o me habrían visitado… en la nursery y me habrían reconocido en la hilera de cunitas expuestas, como en una rueda de sospechosos en comisaría.

Pero aquí todo empieza con una llamada telefónica: Su paquete ha llegado y está envuelto en cintas rosas. El pediatra de confianza fue enviado al hospital para que hiciera una valoración de la mercancía; piensen en las películas donde el camello prueba la droga antes de soltar el dinero. Hay algo ineludiblemente sórdido en el modo en que se desarrolla la historia. Fui adoptada, comprada, encargada y recogida como un pastel en una panadería”.

Me parece muy revelador este último párrafo. El niño adoptado como mercancía. Una imagen que encontrábamos también en el cómic “Piel color miel”, de Jung, que también comenté (igual de someramente) aquí.

Este texto y esta imagen me ha hecho pensar en un adjetivo que usan mucho los adoptados que fueron víctimas del tráfico de niños: Apropiados. Niños que han pasado de unas manos a otras, de unos dueños a otros. Niños que pertenecen a sus padres, a sus propietarios.

¿Es habitual que los niños adoptados se sientan tratados como mercancía? ¿Les tratamos como mercancía? Como objetos que se transportan, se eligen, se pagan, se evalúan, incluso se devuelven si no son del gusto del comprador.

Yo nunca he sentido que mis hijos me pertenezcan, igual que no creo que pertenecieran antes a sus primeras madres: no son mi propiedad, son mi responsabilidad. Tampoco siento que los haya comprado. Sin embargo, mucho dinero cambió de manos para que se pudieran convertir en mis hijos, y alguna personas se enriquecieron con esta transición. Y aunque me negué a consultar a un pediatra sus datos o su condición de salud antes de aceptar la asignación, sí es cierto que a mi hijo mayor le hicieron unas analíticas que, de haber dado otro resultado, lo habrían descartado para ser mi hijo. Podría no haber pasado el “control de calidad”.

Ahora, B. y A. son pequeños todavía, y les vale la explicación de que las personas no se compran. Pero no les valdrá siempre, y a mí tampoco. Y es una realidad que aún tengo que pensar como gestionaré.

Yo no soy racista

Hace algunos días, M. me recomendó este blog sobre una adopción monoparental en Nepal. Como hay pocos blogs de adoptantes monoparentales, lo cogí con ganas… pero no pude pasar de la primera entrada.

 Estos dos párrafos me dejaron muy mal cuerpo:

“Así las cosas, lo más sencillo parecía elegir Etiopia pero desde el primer momento me di cuenta de que no iba a poder, queda feo decirlo, me sentí fatal y me costó llorar, pero no me veía con un hijo negro. Lo supe ya en la primera ECAI que visité, en la segunda lo tuve totalmente claro, salí de allí llorando sin poder terminar de ver el video que me mostraban. Me sentía un ser abominable que no aceptaba la idea de tener un hijo negro.

Ya sé que esto os puede parecer espantoso, pero no me juzguéis mal, creo que no soy racista, no en vano tengo un hijo de otra raza distinta a la mía, pero lo de que fuera negro…, me costaba demasiado”.

¿Es suficiente, tras una confesión como esta, decir que “me sentí fatal”, “salí llorando”, “me sentía ser abominable”? ¿Entonar el mea culpa ya la absuelve? ¿No debería haber una reflexión al respecto de dónde salen estos prejuicios, sobre qué miedos tiene?

Luego añade  “no soy racista, pero” (esta fantástica frase que suele servir precisamente para introducir un comentario racista). ¿No es racista? ¿La definición de “racista” es “detestar a todas las razas”… o tener prejuicios contra algunos colores ya valdría?

¿Hay categorías de razas? ¿Por qué hay padres que consideran la posibilidad de adoptar en China o Nepal y no en África? ¿O en Etiopía, pero no en un país de África Occidental donde los niños son de piel más oscura? ¿O aceptan cualquier raza en nacional… excepto gitanos y magrebíes?

¿Debe una persona que es racista hacia algunos grupos étnicos adoptar a un niño de un grupo étnico distinto al suyo? ¿Va a ser capaz de meterse en su piel? ¿Cómo le va a hablar contra los prejuicios, las generalizaciones, los lugares comunes, los tabúes? ¿Cómo le va a enseñar a gestionar los comentarios desafortunados que la gente haga hacia su color y su origen si ella misma tiene prejuicios hacia personas de otra raza?

Hoy

Como todos los lunes, me he levantado, a golpe de despertador, con menos tiempo del necesario, (que no ha conseguido apagar mi sonrisa escondida). He dejado la tetera preparada (te verde, menta, azúcar), me he metido en la ducha, he tostado pan, he preparado bocadillos, he revisado mochilas, he pegado algún que otro grito, hemos salido 5 minutos demasiado tarde.

Como todos los días hemos andado con prisa, hablando del fin de semana y de los proyectos para los próximos días, de lo que haremos al salir del cole, ¡no pises el charco!, un beso, te quiero, ten un buen día, y les he dejado en el colegio, a B. en la puerta de los mayores, y a A. en la de los pequeños.

Como todas las mañanas, he saludado a la conserje, a la directora, a algunas madres y algunos padres, y he empezado a caminar hacia mi trabajo.

Hacía un día radiante. Uno de estos días de enero que empiezan a oler a primavera. Con un sol que es como una promesa.

Un día que pide que te lo cojas de fiesta y te vayas a pasear, y te sientes, a mediodía, en una terraza, con unas olivas, una cerveza y un buen libro.

Un día magnífico. Exactamente igual de magnífico que aquel otro 28 de enero, hace hoy exactamente 10 años, que todavía puedo recordar minuto a minuto, como si hubiera sucedido esta misma semana.

Sor María

Decía Luis Sepúlveda, el escritor chileno, que aunque nunca llegaran a juzgarlo, cada día que Pinochet pasaba detenido en Londres, pendiente de la extradición, era una pequeña victoria para los ciudadanos que, como él, habían sido encarcelados y torturados durante la dictadura chilena.

Esta es una modalidad de justicia que ya no van a ver los cientos de familias que esperaba que algún día se juzgara a Sor María, la única encausada, hasta ahora, por el asunto de los niños robados en maternidades españolas durante los años 70 y 80.

Niños robados a madres (y en ocasiones, padres) demasiado jóvenes, demasiado solteras, demasiado humildes, demasiado desamparadas. Porque alguien pensó que estarían mejor con matrimonios cristianos de clase media; porque alguien decidió jugar a ser Dios. Pero sobretodo, porque la venta de estos niños fue un suculento negocio que enriqueció a muchas personas.

Ayer supimos había muerto. Ha muerto sin romper su silencio, dejando a cientos de adoptados adultos sin posibilidad de conocer su historia, su origen, su familia biológica, si fueron robados, y a quién. Cientos de madres y padres  seguirán sin saber qué pasó con esos niños que les dijeron que habían muerto al nacer, seguirán preguntándose de quién era el cuerpo que les enseñaron, visitando tumbas vacías.

Ha muerto sin ser juzgada y sin ser castigada: impune.

Una de las preguntas que más veces oí ayer fue: ¿Pero seguro que se ha muerto? ¿No habrán fingido su muerte para ahorrarle el juicio, para que  no se vaya de la lengua? ¿No estará en algún convento pasando sus últimos días lejos del mundanal ruído?

Imaginar vacía esta tumba que ayer vimos en las noticias en televisión, desde luego, no tiene nada de justicia poética; pero sí algo de poesía. Macabra, por supuesto.

¿Y si encuentras pareja?

Cuando empecé el trámite del CI, esperaba muchas preguntas sobre la decisión de ser madre en solitario. Sin embargo, sólo me hicieron una: “Tú eres muy joven, todavía puedes encontrar pareja… ¿Qué pasará si te enamoras?” Yo respondí que si encontraba pareja, tendría que aceptar que yo era madre de un niño. Que si no lo aceptaba, no iba a poder estar conmigo.

Han pasado años desde entonces, y la verdad es que la pareja no llegó. Quizás porque encadené un puerperio con otro… quizás porque necesitaba encontrarme a mí misma antes de encontrar a otra persona con quien caminar… quizás porque mi vida era un lugar cómodo desde el que ver el mundo… pero también por las dificultades logísticas que implica ser madre sola (y sin mucho apoyo familiar) primero de un niño y luego de dos con necesidades importantes que cubrir.

Leo en el blog de Mónica Cruz esta entrada donde vuelve a hablar sobre la monoparentalidad… como suele suceder cuando aún estás en proyecto, quizás su visión es excesivamente edulcorada y cuajada de tópicos. Pero me llaman la atención este par de párrafos.

Creo que todas las madres solteras –da igual si son separadas o han decidido enfrentarse a la maternidad en solitario como yo– nunca deberíamos pensar que por el hecho de tener un hijo nos va a resultar más difícil encontrar pareja en el futuro. Creo que sucede todo lo contrario. El ser madre ya te coloca en un lugar donde nunca antes habías estado, un sitio donde la protección es lo que prima en tu vida. Estar en esa situación, de algún modo, nos facilita las cosas: nos ayuda a elegir mejor y a evitar a tanto cantamañanas que hay por ahí suelto.

Porque, aparte del tema pareja, ¿ninguna os habéis parado a pensar por qué desde que te quedas embarazada haces una burbuja de tu mundo y te dedicas a echar a los vampiros energéticos -como yo les llamo- de tu vida y de la de tu hijo? Es increíble, es un instinto animal, como una leona cuidando de su manada. Incluso antes de que el bebé esté aquí ¡Todo son cosas buenas!

Yo no creo que sea exactamente así: creo que hay madres monoparentales – o separadas – que encadenan una relación tóxica tras otra, en una huída hacia adelante, llevadas por el pánico a quedarse solas; otras que llegan a la monoparentalidad por sus dificultades para encontrar pareja; otras que usan a sus hijos como escudo para no comprometerse con nadie… y por supuesto, otras que se sienten cómodas en su soledad.

Lo que sí creo, al menos así lo he vivido yo, es que una parte del “buscar pareja” (o “querer pareja” si la búsqueda no es activa) tiene un componente animal relacionado con el instinto de reproducirnos, incluso aunque no queramos hijos; y creo que el tener hijos sola, aligera mucho esta presión. Puede seguir estando el deseo… pero no la necesidad. Te relajas.

Estoy empezando a andar de la mano de otra persona. Aún es muy reciente, pero intuyo, intuimos, que hay un proyecto de futuro, una historia que compartir. Se abren nuevos retos, nuevas dificultades, nuevas dudas… pero también muchas posibilidades que sin duda vamos a encontrar la manera de afrontar.

Y por supuesto, mi pareja acepta a mis hijos como parte del pack. Y yo a los suyos. Como no podía ser de otra manera.

Discurso de investidura

‎’Nuestro trayecto no estará completo hasta que nuestros hermanos y hermanas gays reciban el mismo trato que legal que cualquier otro  – si hemos sido creados iguales, el amor que nos profesamos unos a otros tiene que ser tratado igual también’.

El discurso de investidura de la segunda legislatura de Barack Obama, un discurso tendente a la izquierda, con muchas referencias a la igualdad, contenía una declaración tan insólita como esta.

¿Habría sido no ya posible, sino pensable, 10 años atrás?

No soy muy dada a hacer prospección de futuro, pero estoy convencida de que algún día nuestros nietos se sorprenderán cuando les contemos que hubo una época en la que, no sólo los homosexuales no se podían casar, sino que ni siquiera éramos capaces de imaginarlo.

Madre e hija

La semana pasada, la actriz Mónica Cruz, contó en su blog que estaba embarazada y que lo estaba por inseminación artificial con semen de donante. Muy refrescante la naturalidad con la que afronta el tema:

Nunca me ha gustado hablar de mi vida privada y mucho menos comercializar con ella. Por eso, estos primeros meses de embarazo he estado un poco aislada del mundo: es lo que me pedía el cuerpo -yo le llamaba “momento nido”- pero, también, quería apartarme por mi situación profesional. Cuando todo esto saltó a la luz, no quise alimentar el morbo y preferí no salir a la calle, para no contribuir a que se especulara sobre un tema tan delicado. Yo quería evitar por encima de todo que se hablara de supuestos padres o supuestos candidatos a serlo. Eso es algo que no voy a permitir ahora ni, por supuesto, cuando mi bebé esté aquí: me niego a que esa sombra le persiga durante toda su vida. Ya me ocuparé de educar a mi hijo bajo la verdad y, sobre todo, bajo la naturalidad.

Como os he contado, mi primera reacción fue encerrarme en casa. Pero, según pasaban los días, me iba dando cuenta de que no me sentía bien conmigo misma, que estaba haciendo de esto, inconscientemente, un tema tabú, algo que, al tiempo, provocaba más polémica y no me hacia sentir bien.

Así que he decidido contarlo: para quedarme embarazada, he recurrido a la inseminación artificial.

 Yo también creo que la naturalidad, la normalidad, el no convertir el asunto en tabú, es la única forma de afrontar realidades que se salen de lo convencional: sea la maternidad en solitario, la adopción, la familia transracial… Aunque siempre habrá quién murmure a sus espaldas, quién se pregunte por qué una chica guapa como ella no puede conseguir un hombre que le haga un hijo o quién se plantee si cuenta esto para encubrir a un posible amante.

Pero no era esto lo que quería comentar, sino uno de los cientos de comentarios que tiene en su blog:

Es de una chica que firma como Rosa y que escribe no como madre, sino como hija:

Tengo 18 años y mi madre se quedó embarazada de mí de manera artificial siguiendo la misma metodología que tú cuentas. Durante mi época adolescente (en la que vas asimilando y entendiendo cosas) siempre se me han planteado cuestiones como la necesidad de una figura paterna, el resultado de una educación sin ella.. etc. Para mí, cosas sin sentido.

Yo no puedo estar más orgullosa de tener la madre que tengo, de haber recibido la educación que he recibido hasta el día de hoy. Soy estudiante de periodismo y llevo 18 años viviendo sola con ella, feliz, habiendo hecho de nuestra relación algo más que madre-hija, ella es mi mejor amiga, mi confidente, mi madre, mi padre y todo absolutamente todo lo que soy.

El comentario es muy positivo y alentador… pero me preocupa la frase ” habiendo hecho de nuestra relación algo más que madre-hija, ella es mi mejor amiga, mi confidente, mi madre, mi padre y todo absolutamente todo lo que soy”. Me daría miedo ya en una hija de familia convencional, con más hermanos y un padre (incluso con una segunda madre), pero en una hija sola de madre sola… ¿hasta qué punto esta chica se siente obligada a ser el sostén de su madre, su mejor amiga, a estar siempre allí y no explorar su vida independiente? ¿Corremos el riesgo las madres solas de crear una relación tan intensa con nuestros hijos que termine por asfixiarles? ¿Les hacemos pasar de depender de nosotras… a que sientan que nuestra felicidad depende de ellos? ¿Cuántas madres depositan sus esperanzas de felicidad, de futuro, de realización… en sus hijos? No sólo en familia monoparentales, claro, pero el hecho de que la relación sea casi simbiótica, ¿puede hacer más difícil escapar de ella?

Referentes: Barbara Hendricks

Leo hoy en “La contra de la Vanguardia” una entrevista con la soprano afroamericana Barbara Hendricks. Y pienso que tenemos otro personaje más que añadir a nuestra lista de referentes…

 Algunos extractos de la entrevista:

 Es muy interesante todo lo que dice sobre la pobreza y el racismo, sobre nacer en el lado malo de la vida, y sobre la discriminación:

 Y ustedes ¿eran pobres?

 Sí, pero yo no lo sabía porque todos lo éramos. Me tocaba trabajar: planchar, fregar, cocinar, pero tenía la naturaleza, y ese era mi reino. A mis 8 años, el 4 de septiembre de 1957, se integró por primera vez a los estudiantes negros en una escuela de blancos.

 ¿Le tocó estrenar la nueva ley?

 Sí. Arkansas era uno de los estados del Sur más progresistas y decidieron que la escuela de Little Rock sería la primera. Fue entonces cuando descubrí que estaba considerada una ciudadana de segunda categoría.

(A., madre adoptante de dos niños nacidos en África, dice: Me ha dado que pensar, cuando explica que ella no se enteró que era una “discriminada” hasta que empezó a convivir en la escuela con blancos.

R., madre de un hijo adoptado en México y de dos hijas biológicas, responde: Esto es algo que he escuchado decir a algunos “angry adoptees”: “Yo vivía bien en el orfanato, no sabíamos que éramos pobres, pero teníamos amigos, comida, libertad, y todo el mundo era de nuestra misma raza, hablaba nuestro mismo idioma y estábamos e la misma situación.

Pertenecía.

Luego me adoptaron internacionalmente y ya nunca más volví a pertenecer a ningún sitio. Me convirtieron en un negro en un país de blancos, donde todo el mundo me hace sentir extranjero. Y no puedo volver allá porque la adopción internacional me arrebató la posibilidad de encajar en mi país, ni siquiera ya hablo mi lengua original”.

Cuánto más en niños que no vienen de orfanatos, que vienen de familias… familias pobres, pero que les alimentaban, les educaban, les querían…

Da mucho que pensar).

 …

 Tenía claro que, siendo mujer y negra, había de trabajar más que los hombres negros y que las mujeres y los hombres blancos para conseguir lo mismo. Mi madre siempre me insistía en que debía ser económicamente independiente.

 ¿Esa discriminación no es una herida?

 No, es mi fuerza.

 …

 Por encima de todo quería una educación. Todavía hoy una niña puede recibir un tiro en la cabeza por querer educarse (como Malala Yousafzai, de Pakistán): sigue siendo algo por lo que luchar.

 

 Pero también me parece muy interesante el hecho de que llegara a la música, a su profesión, a su vocación, de mayor:

 A los 20 años ya era matemática y química. La música vino después, en un curso de verano: “Fue entonces cuando descubrí el mundo de la música clásica, había conciertos fantásticos, y tuve una magnífica profesora que me ofreció seguir con ella en la Juilliard School de Nueva York”.

Me ha hecho pensar que muchas veces presionamos a nuestros hijos pequeños como si lo que no aprendieran hoy ya no pudieran aprenderlo en el futuro, como si no pudieran cambiar de dirección o descubrir su vocación en cualquier momento de su vida. Como si lo que viven mientras son pequeños sea no sólo importante, sino determinante.

Por último una frase que creo que es un descubrimiento que todos debemos hacer algún día:

Por fin he aceptado que no voy a cambiar el mundo.

Me alegra que, a pesar de ello, no renuncie a intentarlo.

 

Llamémosle tráfico

Hace unos días, E. me pasó este enlace a un artículo que me ha parecido interesante traducir para compartir aquí (ojo: como de costumbre, es una traducción casera).

 La semana pasada, en una jugada terrible, el presidente ruso Vladimir Putin firmó un proyecto de ley para prohibir a los ciudadanos estadounidenses la adopción de niños rusos, irónicamente, en represalia por los esfuerzos de EE.UU. para castigar las violaciones de los derechos humanos rusos. Es irónico porque miles de niños rusos (y los niños de todo el antiguo bloque soviético) viven en instituciones, algo que no debería sucederle a ningún niño. Negar nuevas familias a los niños que las necesitan desesperadamente casi podría considerarse una violación de la Convención de la ONU sobre los Derechos del Niño, que exige que los países actúen en nombre del interés superior del niño. Muchos de los niños en esas instituciones rusas tienen problemas médicos o de desarrollo, debido al VIH, el síndrome de alcoholismo fetal, el parto o trastornos de apego, por lo que encontrar familias para ellos es difícil. Pero las adopciones de niños rusos por americanos hieren el orgullo ruso, y algunas de esas adopciones han ido tan mal, muy mal (como en el incidente de 2010 en el que una mujer de Tennessee devolvió a su hijo adoptivo metiéndole en un avión, solo, de vuelta a Rusia) que esta decisión puede ser popular en Rusia. Por el bien de los niños, esperemos que la prohibición pueda ser eliminada rápidamente.

Pero hoy quiero hablar de un problema totalmente diferente en la adopción internacional, en el extremo opuesto del espectro: las adopciones ilícitas, en las que los niños que -a diferencia de los de Rusia- no necesitan nuevas familias son estafados, forzados, comprados o incluso secuestrados de sus familias biológicas, o por lo menos, son erróneamente declarados abandonados cuando sus familias simplemente les han dejado en una institución temporalmente a causa de enfermedades o de la pobreza.

No hay manera de saber con qué frecuencia ocurre dicho fraude. Pero en algunos países, durante algunos períodos, el sistema de adopción al completo se ve superado por el fraude y la corrupción, hasta el punto de que los estadounidenses no pueden contar con que una sola adopción en ese país sea honesta y confiable.

Mi pregunta para ustedes: ¿le llamarían a eso “trata de personas”?

Así es como funciona en general. Imagine que es usted una enfermera de una maternidad en Vietnam o Guatemala, o un trabajador de un orfanato de Etiopía o la India – en un país pobre, plagado de corrupción. Gana un par de cientos de dólares al mes, muy por encima del nivel de vida de los verdaderamente pobres, los analfabetos de un grupo étnico despreciado que viven en pisos de tierra y cocinan en fuegos en el suelo. Un trabajador de la agencia de adopción le cuenta que las familias adineradas de los países desarrollados van a pagar cientos de dólares en “honorarios” a cambio de niños sanos o bebés, especialmente las niñas. Usted presume que quieren criados: ¿por qué iba alguien a comprar a los hijos de los dalit o de los mayas? A pesar de ello, ser sirviente en España o en América sería mejor que convertirse en el décimo hijo de una familia que no puede pagar las facturas médicas del parto.

Así que le dice a una mujer que acaba de dar a luz que su bebé murió en el parto. Vende ese niño a un buscador de la agencia de adopción cristiana en la ciudad vecina por 200 dólares -un mes de ingresos- diciendo que “encontraron” al niño abandonado en la calle.

O viaja a la zona rural etíope pidiendo a las familias analfabetas si desean enviar el más joven de sus hijos a recibir una educación en los Estados Unidos. Usted ofrece a cada familia que entrega un niño 20 dólares – una fortuna para ayudar a alimentar a los hijos que les quedan- y la promesa de que sus nuevos tutores estadounidenses les enviarán fotos y dinero cada año.

O simplemente roba a la niña más vivaracha y bonita que ve en una de las calles atestadas de la India, y la vende a una agencia de adopción que la llevará a Australia, sin duda, un destino mejor que ser vendida a un burdel.

¿Lo que está usted haciendo es “trata de niños”?

Sí, en casi todos los países desarrollados del mundo. Pero no en los Estados Unidos.

Recientemente, me pasaron un cable no clasificado del Departamento de Estado, con fecha de 11 de junio (creo que de 2012) que explica cómo Estados Unidos es el único que hace distinción entre la trata de personas y las adopciones “irregulares” o fraudulentas. Estoy absolutamente seguro de la fiabilidad de esta fuente, a la que no voy a nombrar. El cable titulado “La Adopción Internacional fraudulenta no constituye trata de personas”, explica que, bajo la ley de los EE.UU., la trata de personas implica “la explotación a través de la fuerza, fraude o coerción”. La ley en cuestión es la Trafficking Victims Protection Act, el estatuto que autoriza y alienta los esfuerzos estadounidenses contra la trata de personas, aquí y en el extranjero. Según esta definición, una persona es objeto de tráfico cuando se convierte en esclavo, cuando su trabajo y su cuerpo son utilizados para el beneficio de terceras personas.

La palabra “tráfico” nos hace pensar a la mayoría en el “transporte”. Pero una persona puede ser objeto de trata sin desplazamiento. Imagine una chavala de 13 años que escapa de un hogar abusivo y encuentra un nuevo novio en la estación de autobuses, y que “novio” la chulea, la prostituye, la droga, y la mantiene encerrada bajo amenazas de violencia y muerte . Bajo nuestras leyes, la niña ha sido objeto de trata. El movimiento no es de acá allá; es de la libertad a la esclavitud. Eso es lo que Estados Unidos entiende por trata de personas: usted ha sido llevado desde la libertad a la esclavitud.

Eso no es lo que sucede cuando los niños son comprados o secuestrados para la adopción. Ser vendido a un burdel, u obligado a trabajar 12 horas al día, 7 días a la semana, sin remuneración en un campo de tomates, es, por supuesto, mucho peor que ser adoptado con procedimientos fraudulentos. Como uno de los subdirectores del cable enfatiza: “La intención de la adopción internacional es colocar a un niño en un hogar amoroso”. Se explica:

Los niños elegidos para la adopción internacional pueden ser víctima de prácticas y procedimientos penales cuestionables. En la mayoría de estos casos, sin embargo, las personas que cometen el fraude no tienen la intención de explotar el niño con fines de comercio sexual o trabajo forzado.

Los Estados Unidos regulan la adopción internacional, en la medida en la que lo hacen, como firmantes de la Convención de La Haya sobre Adopción Internacional. La Haya se negoció tras una serie de escándalos en los que países enteros fueron invadidos por los traficantes del campo de la adopción; por ahora, casi todos los países desarrollados del mundo se han unido al tratado, al igual que muchos de los países donde se adoptan niños. La idea clave de la Convención de La Haya es que los países deben tener un sistema de bienestar social que ponga al niño en primer lugar, antes que los intereses de las personas que desean tener un hijo. Los países adheridos al Convenio de La Haya lo hacen cada uno de una manera ligeramente diferente. Muchas regulaciones fluyen de esa idea, como pueden imaginar.

La Ley de Adopción Internacional de EE.UU. del 2000, que nos puso en la Convención de La Haya, no tiene nada que ver con la Trafficking Victims Protection Act. Las dos leyes se encuentran en pistas de baile completamente diferentes. Uno habla acerca de cómo ayudar a los estadounidenses a adoptar niños que realmente lo necesitan, y el otro habla acerca de cómo ayudar a las personas a escapar de la esclavitud. La palabra “tráfico” nunca aparece en la Ley de Adopción internacional.

Teniendo esto en mente, he aquí la sección del cable que me llamó la atención, desde una sección titulada “La definición de EE.UU. de compra de niños omite la Trata de Personas”:

El gobierno de EE.UU. parece ser único entre los Estados firmantes de La Haya y entre la mayoría de la comunidad internacional que rechaza el uso del término “tráfico” para referirse a las adopciones ilegales …. Esto puede ser especialmente confuso al leer el texto del Convenio de La Haya…  Aunque el texto se refiere explícitamente a la prevención de la trata infantil como uno de sus objetos principales (artículo 1 b) … el gobierno de EE.UU. rechaza la idea de que comprar niños para la adopción sea trata.

Esta posición no es compartida por muchos de nuestros colegas extranjeros. Por ejemplo, en muchos países africanos … las adopciones internacionales fraudulentas se refieren oficialmente como trata de personas. En diciembre de 2010, las autoridades etíopes acusaron una agencia de adopción con sede en Minnesota de trata de niños para colocarlos sin el consentimiento de los padres biológicos.

Ya pueden ver por qué los Estados Unidos no definen los casos antes mencionados como trata. Los niños pueden ser transportados, pero no a la esclavitud. Los niños cogidos fraudulentamente en adopción son meramente transportados de la verdad a la mentira. Aunque siempre hay una pérdida en principio-en la adopción, el niño pierde a su primera familia – la nueva familia está formada desde el amor y la generosidad, sin intención de explotar al menor. Sí, las familias de nacimiento de esos niños son explotadas cuando sus hijos son llevados para el beneficio de otros. Se podría decir que fueron traficadas hacia la pérdida. Pero la explotación de estas familias extranjeras -su transporte hacia la pena – no preocupa al gobierno de los EE.UU..

(Tengan en cuenta que no estoy diciendo que todas o la mayoría de las adopciones internacionales impliquen este tipo de fraude, corrupción, irregularidades, secuestro, o como usted desee llamarlo. Pero existen, y por lo tanto merecen atención.)

Me he informado sobre el fraude y la corrupción en adopción internacional – que no es tráfico de menores según la definición de los EEUU – extensamente. Un par de años atrás, un asistente del Representante Albio Spires me dijo que, incitado por mis informes, su oficina redactó la legislación para ayudar a evitar algunos de los errores en la adopción internacional. En 2012, el Senador Kerry patrocinó este proyecto de ley en el Senado, donde falleció; Spires lo introdujo en la Cámara, donde languidece en la comisión. La solución que se propone es demasiado técnica para explicarla aquí, pero representaría una enorme diferencia para las familias adoptivas y las biológicas por igual.

Los Estados Unidos deben unirse al resto del mundo en la definición de trata de personas. Cuando un niño es comprado, engañado, coaccionado, o secuestrado de su familia biológica para ser vendido en adopción, llamémosle tráfico. Y tratemos el asunto en consecuencia.

Casita con jardín

“Cuando decides tener un hijo sola, no tienes que renunciar al sueño de la familia con casita y con jardín. Solo que deberás cortar el césped tu misma”.

Esta frase está en la portada de este foro para madres solteras por elección; creo recordar que es la traducción del lema de una asociación o foro similar norteamericano.

Entiendo que el fondo del lema se refiere a que la vida como madre soltera, como mujer soltera, no es menos, no es de segunda, respecto a la estándar vida en pareja… sin embargo, me llama la atención lo convencional de la imagen elegida.

¿Es lo que queremos, una casa con jardín? ¿Con un césped impoluto? ¿Que en la situación ideal lo cortaría el marido perfecto? ¿Los sueños de las mujeres, de las personas, más allá de encontrar el amor, se limitan a asuntos inmobiliarios? ¿No deseamos una vida llena de aventuras, un piso con terraza en el centro de la ciudad, muchos amigos con los que compartir una copa de vino hasta altas horas de la madrugada, un trabajo interesante, aprender a bailar?…

…e incluso en el caso de tener casita, jardín, césped… hasta marido si me apuras… ¿seguro que preferimos un césped impecablemente cortado… en vez de una selva enmarañada con columpios, balones, bicicletas y una hamaca donde pasar el poco tiempo libre que nos queda?

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