familia monoparental y adopción

Archivo para febrero, 2013

El precio de la adopción (2)

Hace algún tiempo hablé del reportaje Adoptionenspriis, que entonces encontré sólo en versión original en danés.

E. y R. me la han hecho llegar subtitulada en inglés. Entenderla la hace aún más sobrecogedora.

No acabo de entender los motivos por los que sus padres adoptivos consideran que no pueden hacerse cargo de ella. No entiendo la estrategia que les propone el psicólogo. Me deja espeluznada la frialdad que se desprende en muchos de los fragmentos por parte de los padres… pero lo que me ha llegado al alma es cuando la niña, al final, dice que no quiere más “nuevas madres”. ¿Cuántas madres nuevas puede tener una criatura, que se la van pasando de mano en mano como si fuera un par de zapatos?

En estos días, M. me ha hecho llegar una entrevista con Lemn Sissay, adoptado interracial de origen etíope en Gran Bretaña. Hoy es adulto, y tiene una opinión muy negativa de la adopción interracial, que sin duda bebe en su propia historia, que es durísima. La cuenta en este vídeo (con subtítulos en español), estremecedor. Si la despedida de Masho de sus padres (adoptivos) es difícil de digerir, oírla narrada con la distancia de ser adulto, la hace peor todavía:

www.ted.com/talks/lang/es/lemn_sissay_a_child_of_the_state.html

Me parece muy interesante lo que dice en el artículo “Adopción o abducción”, que pretendía responder a la pregunta ¿Debe permitirse a los no africanos adoptar niños africanos?

A los no africanos se les debería permitir adoptar – pero se les debería supervisar. Conozco buena gente que fueron adoptados por no africanos. Pero también conozco gente que se suicidó. ¿Cuántas de estas adopciones compensan un suicidio? ¿Donde están las estadísticas de este comercio público y privado?

Muchos padres adoptantes no africanos explicarán lo difícil que es adoptar a un niño en su país natal. La razón por la que es difícil es que los servicios sociales protegen de forma vigorosa la infancia y a menudo desestiman a los adultos interesados que no son satisfactorios. Por esto muchos padres adoptantes se embarcan en una especie de turismo adoptivo. Por lógica, estos turistas adoptivos, como grupo, tendrán un porcentaje importante de padres considerados inadecuados por el sistema británico.

Los no africanos que quieren adoptar niños de África deberían tener un conocimiento claro de la Historia. Una historia donde se acepta llevarse niños a miles de kilómetros, cambiar sus nombres o que no conozcan el idioma de su tierra. ¿Les recuerda a algo? La fascinación no-africana por la propiedad del niño africano evidente en la época del Imperio.

(…)

¿Por qué creen que los no africanos quieren adoptar niños africanos?

Tener un niño africano es a menudo una señal de las credenciales filantrópicas, políticas, familiares o religiosas de los adoptantes. El niño africano es una medalla que demuestra su compromiso con la filantropía, la política o la religión. Sienten que sacando un niño de Africa y mostrarle la luz pone de manifiesto lo justos que son.

Sacar a un niño de otra cultura es un acto de agresión. ¿Por qué nadie ha mirado en la historia de la adopción transracial hecha por europeos? ¿De dónde viene? Los británicos han estado llevándose niños africanos por muchos años por muchas razones espúreas. El sistema de creencias de los padres en ciernes (su religión) y su economía son citados a menudo como las razones para sacar a un niño de su tierra. Muchos de estos niños son literalmente robados y blanqueados en el sistema.

¿A quién beneficia la adopción internacional – al niño o a los padres?

En muchas adopciones, el niño está salvando a los padres porque son ellos quien necesitan desesperadamente un niño y no sólo debido a la infertilidad. Ellos tienen que cumplir con lo que son – como lo hacen la mayoría de los padres que conciben de forma natural. Si no pueden colonizar un país, entonces, colonizan una persona. Un niño que ha sido arrancado de su país, en el futuro preguntará ¿Por qué estoy aquí?, o vivirá con miedo a hacer esta pregunta. La respuesta: “Te salvamos del malvado continente negro y de su gente malvada, negra, necesitada y pobre y de sus gobiernos tiránicos” no servirá.

Los no africanos se toman mucho trabajo para sacar al niño africano de su continente. Estos adultos son víctimas de su propia narrativa. Los europeos se han beneficiado de su Imperio perdido más en el presente que en el pasado. Estos padres adoptantes deben re-educarse. Y sí lo hacen, quizás descubrirán que llevarse a un bebé de su tierra es una declaración de intenciones que dice más de sus necesidades que de las del niño.

(…)

A los 17 años salí del sistema de protección de menores y recibí mi certificado de nacimiento. Había un nombre extraño en él: Lemn Sissay. Enfadado con lo que me había sucedido, la nueva trabajadora social me dio también cartas de mi madre de 1968. Rogaba que me devolvieran a ella. Decía: ¿Cómo puedo recuperar a Lemn? Quiero que esté con su gente, en su país. No quiero que se enfrente a la discriminación. Su letra iba dirigida a un trabajador social llamado Norman. Me había bautizado con su propio nombre.

Pasé la mayor parte de mi vida adulta buscándola a ella y a mi familia y a los 33 lo conseguí. Mi madre se había casado con un ministro del Gobierno del Emperador Haile Selassie y mi padre era un piloto de Ethiopian Airlines que murió en un accidente de avión a principios de los 70. Cuando la gente me pregunta de dónde soy digo Inglaterra, Etiopía, Eritrea y el mundo.

(…)

Que los no africanos se lleven niños africanos de su país de origen no es una solución simple a un problema simple. A la práctica, es una conclusión lamentablemente inadecuada a un problema complejo. A menudo se dice que el amor lo cura todo. Pero el amor sin la comprensión es algo peligroso. Hitler amaba Alemania. El amor no es suficiente.

Ponte en los zapatos del otro. ¿Como se sentirían los europeos si los africanos empezaran a hacer turismo adoptivo en Inglaterra? No lo llamarían adopción. Lo llamarían abducción.

El texto de Lemn Sissay tiene muchos puntos discutibles. Pero tiene elementos que permiten reflexionar sobre otras muchas adopciones, sobre las prácticas comunmente admitidas en adopción, sobre el papel de los servicios sociales, sobre el trato a la familia biológica, sobre el respeto a la criatura, sobre la capacidad de las familias para afrontar retos – y para aceptar la indisolubilidad de los lazos paterno-filiales en el caso de la adopción, sobre el neo-colonialismo que implica la AI…

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Madre cueste lo que cueste

 Se acaba de publicar (autoeditado) un libro que se llama “Puesta a parir: Cómo sobrevivir -y quizás procrear- en un proceso de reproducción asistida”. Un libro que se presenta así:

Después de tres ciclos de FIV y una transfer de dos ‘blastos’ congelados, tras haber ingerido el equivalente a varias piscinas olímpicas de Aquarius y ni sé cuántas toneladas de nueces, después de experimentar en reiteradas ocasiones el sablazo en el corazón que supone que tu prima-vecina-compañera-alumna-amiga del alma, te anuncie su sorpresivo embarazo a los 10 minutos de aterrizar tras su luna de miel, decidí escribir este cuaderno.

Siempre imaginé que lo haría con mi niña sonriéndome desde su cunita o con mis mellizos trepándome por la chepa. Asumí que este cuadernillo lo sacaría a la luz solo si tenía final feliz. A todos nos gustan los finales felices porque transmiten esperanza y contagian optimismo . “Ves —se dice uno a sí mismo—, si ella lo ha conseguido también puedo yo”. “Date cuenta —reflexiona el lector, ilusionado— si esta ‘loser’ lo logró a la octava FIV, también yo tengo esperanzas”.

No lo he leído, pero este artículo que me lo descubrió me suscita algunas reflexiones:

La historia de Alejandra es lo opuesto a las historias de éxito que pueblan los folletos de las clínicas de reproducción asistida. Empezó a intentar ser madre con 30 años, una edad óptima para lograrlo. Ahora, a 10 meses de cumplir 35, ha pasado por tres fecundaciones in vitro y dos transferencias de embriones congelados. De estos cinco procedimientos, dos acabaron en embarazo, pero no salió adelante, fueron abortos bioquímicos (cuando el feto ni siquiera llega a la primera ecografía). Asegura haber gastado en el intento 40.000 euros.

Efectivamente, las historias que nos llegan de reproducción asistida – como las de adopción – son siempre historias de éxito. De lucha, de sinsabores, de obstáculos… pero con éxito al final. Nos explican esta idea tan de libro de autoayuda de que si deseas algo con la suficiente fuerza, los astros conspiran para que lo consigas (¿si no lo consigues será que no lo has deseado lo bastante?). Nos hablan del hilo rojo que nos une a algún niño en alguna parte del mundo, de viajes en Australia en barco, más largos que los de la mayoría, pero donde igualmente se llega a una orilla donde nos espera un bebé… Pero nadie cuenta la historia de A., a la que varios años de tratamientos, punciones y hormonas le dejaron la cuenta corriente vacía, una menopausia precoz y otras secuelas físicas… y ningún niño en brazos; o la de M., que tras varios años de espera, el día que iba a firmar con la ECAI que la ayudaría a traer su hijo de Etiopía, se anunció el cierre para monoparentales en ese país y la dejó en la cuneta, demasiado mayor y cansada para intentarlo en otro lugar.

Puesto que tiene claro que no va a rendirse, Alejandra trabaja en múltiples frentes. Ahora mismo, está apuntada al largo proceso de adopción (…). Aunque espera que este intento de ovodonación, para el que le han dicho que tiene un 60% de posibilidades de éxito, funcione, tiene claro que, si no lo hace, “seguirá intentándolo mientras tenga dinero”. Su paso siguiente será la adopción de embriones y, en paralelo, continuará con la adopción. “Supongo que, si nos llaman, tendremos que mentir, porque en teoría para adoptar tienes que haber pasado lo que se llama el duelo biológico, es decir, haber asumido que no puedes tener hijos biológicos”, comenta.

Dicen que para adoptar hay que haber pasado el duelo por los hijos biológicos… y aunque puede haber excepciones, lo cierto es que no hacerlo puede convertir el hijo adoptivo en un “Plan B”, en un hijo de segunda categoría… y puede dejar en el aire muchas cuestiones por resolver a las que los padres quizás tendrán que enfrentarse en el peor momento. Por ejemplo, la legitimidad como madre si se sigue pensando que madre es la que pare… o la dificultad para enfrentarse al dolor por las pérdidas del hijo sin haber llorado las pérdidas propias.

Además, tener abiertas dos vías en paralelo, sean las que sean (reproducción asistida y adopción; reproducción “tradicional” y adopción; dos expedientes de adopción en paralelo; o dos embarazos en paralelo en el caso de parejas de mujeres) puede llevar a que lleguen a la vez, o casi a la vez, dos niños que necesitan cada uno su propio espacio, que aparecerán sin que la presencia del primero esté “consolidada” en la familia… todos los niños necesitan de una buena temporada de exclusividad (o de la preminencia que da ser el pequeño), y esto se puede agudizar en el caso de un niño adoptado que llega con una mochila que puede incluir negligencia, maltrato, institucionalización, pérdidas… y esto no es fácil dárselo si llegan dos niños a la vez.

Esta periodista no tiene ninguna intención de tirar la toalla. “Para mí es como si te diagnostican un cáncer. ¿Alguien diría ‘bueno, intento curarme tres años y, si no funciona, lo dejo?’. Está claro que no”. No es que crea que sea lo mismo, pero en cierto modo sí lo es, yo voy a ser madre, sea como sea.

Esto me lleva al titular del artículo: “Ser madre, cueste lo que cueste”. ¿De verdad queremos ser madres a cualquier precio? ¿De verdad estamos dispuestas a pagar cualquier precio por ser madres? No hablo sólo de dinero, que también… ¿Vamos a poner en riesgo nuestra ética, nuestra relación de pareja, nuestra salud mental, persiguiendo un objetivo que quizás no lleguemos a conseguir? ¿Es ser madre un derecho? ¿Con qué otros derechos colisiona?

A este respecto, me parece muy interesante una reflexión de N, que comparto aquí (y comparto lo que dice):  Creo que a veces en poco tiempo, el que el “reloj biológico” marca, (si es que existe algo así) se toman decisiones rápidas y es sobre la marcha, cuando ya han llegado los hijos, cuando aparecen disonancias entre nuestros valores, esquemas y creencias familiares y la realidad familiar que hemos formado. O lo que yo creo que es peor, encontrarnos con que si ya nos hemos saltado algunas barreras morales que siempre habíamos tenido y “no ha pasado nada”, nos las podamos saltar todas, incluso algunas, a mi juicio inamovibles, que no son fruto de religiones o convenciones sociales sino de derechos humanos. Me he encontrado con la paradoja de un perfil de mujeres católicas, que pueden haber pasado 20 años de su vida deseando  casarse de blanco y para siempre, que han militado contra el aborto, se han manifestado contra la manipulación genética… y que tras tres vueltas de tuerca al “reloj biológico” son las más firmes defensoras de la maternidad subrogada…y consideran ahora que todo se puede con dinero…

Espero a la autora / protagonista del libro que tenga éxito en su camino a la maternidad. Que logre sus sueños… y sobretodo que, llegue donde llegue, aprenda mucho en el camino.

Aunque no puedo evitar que me venga a la cabeza aquella canción de Michelle Shocked (que sólo he encontrado versionada por otro): el secreto de una vida larga es saber cuándo es el momento de marcharse.

Encuentro en China

Algunos expertos en adopción consideran que no es una buena idea realizar la búsqueda de los padres biológicos en la infancia; menos todavía, encontrarse con ellos. Sin embargo, yo he conocido de primera mano varias de estas historias… y todas son muy positivas para todas las partes.

(También es cierto que es posible que las historias menos positivas se hagan menos públicas).

musin yohan006

En China, no es muy habitual poder encontrar a la familia biológica. La familia adoptiva de esta niña, criada en Holanda, lo consiguió, y este documental narra el encuentro de las dos familias.

Me llama la atención cómo, cuando encuentran a los padres biológicos, y después de las pruebas de ADN, los padres adoptivos le dicen a su hija: “Ahora tienes dos juegos de padres”. Yo creo que en las familias adoptivas hay siempre una doble parentalidad, incluso cuando no se nombra. Entonces, los padres biológicos son padres fantasma, que están ahí aunque ignoremos su presencia. Para muchos, la relación con los padres biológicos es un proceso, similar al que tan bien cuenta Cuaderno de retazos en esta entrada.

También  me impresionó el miedo de la familia biológica a ser juzgados por su hija… a ser odiados, a no ser perdonados. Me pregunto si esta culpabilidad está presente en muchos de los padres de nuestros hijos…

23-F

Algunas imágenes, recuerdos, pensamientos…

…de este fin de semana.

Noche triste de octubre, 1959

Definitivamente
parece confirmarse que este invierno
que viene, será duro.
Adelantaron
las lluvias, y el Gobierno,
reunido en Consejo de Ministros,
no se sabe si estudia a estas horas
el subsidio de paro
o el derecho al despido,
o si sencillamente, aislado en un océano,
se limita a esperar que la tormenta pase
y llegue el día, el día en que por fin
las cosas dejen de venir mal dadas.

En la noche de octubre,
mientras leo entre líneas el periódico,
me he parado a escuchar el latido
del silencio en mi cuarto, las conversaciones
de los vecinos acostándose,
todos esos rumores
que recobran de pronto una vida
y un significado propio, misterioso.
Y he pensado en los miles de seres humanos,
hombres y mujeres que en este mismo instante,
con el primer escalofrío,
han vuelto a preguntarse por sus preocupaciones
por su fatiga anticipada,
por su ansiedad para este invierno.

Mientras que afuera llueve.
Por todo el litoral de Cataluña llueve
con verdadera crueldad, con humo y nubes bajas,
ennegreciendo muros,
goteando fábricas, filtrándose
en los talleres mal iluminados.
Y el agua arrastra hacia la mar semillas
incipientes, mezcladas en el barro,
árboles, zapatos cojos, utensilios
abandonados y revuelto todo
con las primeras Letras protestadas.

Jaime Gil de Biedma

Y uno tiene que escoger de qué lado está: la neutralidad no existe.

Igual que nosotros

L. me pasa este vídeo precioso. ¿Y si dejamos de ver “un negro” para ver a Michael?

Y sin embargo… que inevitable preguntarse: ¿si yo fuera así, me miraría de otra forma?

La distancia

Quizás porque hay una parte de mí que tiene tendencia a huir, las últimas veces que me he enamorado lo he hecho de alguien que vivía lejos. Que era difícil. De alguien ante quien no sintiera la necesidad de poner barreras.

La última vez que me enamoré (antes de), mi amor estaba a 623 kilómetros de mi casa y yo paseaba por mi ciudad imaginando estos mismos recorridos con su mano en la mía.

Giré una esquina, en el Barrio Gótico, y en un enorme macetero había dos chicas sentadas: una de ellas tocaba la guitarra y cantaba esta canción a su compañera, perdida cada una en los ojos de la otra.

Pocas veces he visto una imagen tan bonita. Habría querido guardar una foto, o mejor aún, un vídeo, pero creo que ninguna de las dos cosas les habría hecho justicia.

 Aquella imagen nunca se ha borrado de mi cerebro.

 No sé tocar la guitarra, ni me veo cantando en una calle del Barrio Gótico, pero esta imagen del enamoramiento y esta canción vuelven estos días, en los que mi nuevo amor también vive a 623 kilómetros.

 Y me digo que es una suerte haber nacido en la era del Whatsapp, y las tarifas planas, y el AVE…

 Y me repito que para los niños que (todavía) no compartimos, la distancia marca un ritmo más aceptable, en la que su vida no cambia de golpe y cada encuentro es una aventura en vez de una amenaza.

 Y estoy convencida de que encontraremos el modo de estar más cerca, más tiempo.

 Pero esto no quita estos lunes por la mañana desolados cuando te has ido… ni ezte agujedito que ziento dentro mío cuando no eztáz.

P.D. Alguien me dijo, mucho antes de esa escena, de todo… que en esa canción “dance me” tenía que traducirse como “hazme el amor”.

Previsión de futuro

 

B: Cuando sea mayor, no tendré hijos.

Yo: ¿Y eso? ¿Por qué?

B (se rasca la cabeza):  Porque si se portan mal… ¿qué hago?

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