familia monoparental y adopción

Archivo para marzo, 2013

Pasaporte

Se suponía que era un trámite que se hacía en un sólo día, sin más complicaciones. Sin embargo, a mí me costó un mundo de viajes, documentos, ruegos, visitas, y encuentros con autoridades que parecían tener en su mano la decisión de si darle o no el pasaporte a A.

En esa parte del proceso descubrí que casi siempre, cuando te decían que algo iba a tardar dos días, si les pedías por favor si sería posible agilizarlo, meditaban un momento, sonreían, y te pedían que esperaras. Y volvían unos minutos más tarde con la fotocopia, el impreso o el sello.

Conocí a S., una mujer que trabajaba en la Mukataa, que entendía mi francés precario aunque no sabía contestarme más que con gestos, que me acompañó físicamente a los distintos despachos por los que tuve que pasar, me invitó a te, les dio caramelos a mis hijos y custodió la carpeta con la documentación hasta más tarde de su hora de salida para que yo me la pudiera llevar. 

Recuerdo al hombre de la Municipalité que me preguntó si le cambiaría el nombre a A., y se sorprendió cuando le dije que se lo mantendría incluso si le ponía mis apellidos. Respondió a mi suspiro de fastidio cuando me pidió varios documentos que al parecer faltaban con un ¿qué le pasa, Madame? y cuando le confesé que llevaba tres días dando vueltas de dependencia en dependencia y que tenía a mi hijo mayor en España, claudicó: tráigame sólo una copia del papel blanco y yo le tengo preparado el pasaporte mañana por la mañana.

Recuerdo como la mujer que trabajaba con él, que no dijo ni una palabra que no fuera en árabe durante la conversación (me preguntó algunas cosas que él tuvo que traducirme), me entregó al día siguiente el pasaporte y me dijo con un francés impecable: “Cuida bien del niño”.

Le dije que lo haría, que no lo dudara.

Recuerdo la emoción de sujetar el pasaporte en mis manos. Como si fuera hoy. Y hace ya 4 años.

Recuerdo al estúpido pediatra español que unos días más tarde le hizo el certificado médico a A., para que le dieran el visado y pudiera irse a España. Cómo despotricaba de todo lo marroquí; cómo me comminó a que le cambiara el nombre. Cómo me dijo que quemara el pasaporte cuando llegara a España.

¿Con lo que me ha costado conseguirlo?, le pregunté. ¡Ni hablar!

Esto sucedió 3 días después de convertirnos, de hecho, en una familia de tres. Algo que había pasado en martes.

En esos días en los que el invierno fue convirtiéndose en primavera.

¿Cómo hablar de ética y adopción a nuestros hijos?

Hace pocos días, en un foro de post-adopción, una madre contaba que una de sus hijas les preguntó si ella les había comprado. Ya hablamos hace algunos días de cómo muchos niños (y algunos adultos) usan este concepto para referirse a la adopción, así que no voy a ahondar en el tema… pero sí en otro que derivó de esta primera pregunta, y es cómo – y cuándo – debemos a hablar a nuestros hijos de ética y adopción.

Hace algún tiempo, Raquel hizo esta magnífica exposición sobre el discurso doble que a menudo los padres adoptantes tenemos, según si nos dirigimos a personas ajenas a la adopción o a personas que sí están en ella: a los primeros (decía)  hay que hacerles ver que NO hay diferencias entre una familia y otra; que el que guardemos silencio ante sus preguntas con respecto a sus orígenes o nuestro proceso no quiere decir que haya nada “oscuro” en la información que callamos; que nuestros hijos, por ser adoptados, no tienen necesidades especiales ni corren (o suponen) ningún riesgo especial… para que estas personas ajenas a la adopción no perjudiquen a nuestros hijos y no perpetúen con los suyos prejuicios que son, cuanto menos equivocados, y cuanto más dañinos; a los segundos hay que hacerles ver que las diferencias SÍ existen, y que las vivencias y necesidades de sus hijos son importantes y específicas derivadas de su adopción (identidad, orígenes, racismo, autoestima, etc); hay que “obligarles” a que asuman la información disponible sobre el tráfico para que puedan enfrentarse a él (a ser posible antes de que comiencen su proceso adoptivo) de una forma responsable, para que no perjudiquen a sus hijos ni perpetúen con su dinero la trata en los países de origen de los niños.

¿Pero cuál de estos discursos sirve para nuestros hijos?

Parece que de entrada, y al menos mientras son pequeños, usamos el primero: les contamos que las personas no se compran, que el dinero que pagamos por la adopción sirvió para hacer papeleo, en pagar trámites, impresos, sellos, traducciones  y abogados (igual que en un parto se paga al médico y al quirófano y el material médico)… Algo que nos vale, si obviamos que en adopción se pagan las fotocopias como si se usara pan de oro en vez  de papel… que con los gastos en mensajeros se podría dar la vuelta al mundo… que los abogados que cobran 100 veces más de lo que le cobrarían a alguien de su país… y que los donativos a los orfanatos podrían comprar parte del edificio…

Y añado: ¿Hasta cuándo nos sirve esta explicación?

Creo que no tendremos que tardar mucho en introducir en nuestras explicaciones conceptos como “negocio”, y también, por qué no, “tráfico de niños”. Incluso si nuestros hijos no son víctimas de este tráfico, la adopción internacional no es en absoluto ajena a él, y más vale que lo empiecen a oír en casa en vez de en la calle… sobretodo porque si el discurso que oyen en casa es muy distinto del que les llega de la calle, los medios… sus amigos cuando sean adolescentes… dejaran de confiar en nosotros para que les expliquemos el mundo…

Tendremos que prepararnos para ello pronto, porque es posible que, como tantas otras cosas, lo pregunten antes de que estemos realmente preparados.

PD. Unos días atrás, cuando hablamos del abandono en el discurso de adopción, un lector del blog, Azcona, adulto adoptado, preguntaba lo siguiente:

¿Qué pasaría si averiguando qué pasó con tu hijo o hija al cabo de cuatro o cinco años o diez años encuentras que realmente fue sustraído, secuestrado a su madre que lo busca y lo reclama? ¿Lo devolverían a su familia? ¿Se negarían a ello? ¿Cómo le explicarían a ese hijo adoptivo que su madre lo busca y quiere que vuelva con ella? ¿Cómo le explicarían que no lo devuelven si este es el caso y viceversa? ¿Se han echo alguna vez esta pregunta?

Yo sí me la he hecho… Soy de las que rastreé las historias de mis hijos y sé seguro que no estoy ante este caso, pero tampoco se me escapa que podría haber sido así. Y la verdad… no tengo la respuesta nada clara (y pienso que seguramente es algo que debería pensar, que estaría bien llegar a una conclusión). Sólo sé que no les negaría la verdad ni la posibilidad de relacionarse con su familia (tampoco si su historia fuera cualquier otro caso, claro).

P.P.D. Después de darle a publicar esta entrada (escrita la semana pasada), ha caído en mis manos este artículo sobre adopción, tráfico y niños tratados como mercancía que utiliza la misma foto que escogí yo… curiosa coincidencia.

Milagro

Del último libro de Rosa Montero (titulado “la ridícula idea de no volver a verte”):

“Siempre me han maravillado esas armonías, esas extraordinarias coincidencias del destino que de cuando en cuando la vida nos otorga cuando se pone magnánima  que hacen que, en la enormidad del mundo, se junten con provecho dos seres de difícil adaptabilidad, como en este caso: dos mentes superdotadas, dos personas raras, solitarias, de ardiente entrega utópica, apasionadas por la ciencia, de edades semejantes, del sexo opuesto siendo heterosexuales, los dos sentimentalmente libres en el momento de encontrarse, ambos en la edad justa (porque podían haberse conocido de viejos o de niños) y encima, ¡atrayéndose sexualmente el uno a la otra! ¿No te parece un milagro?”

Rosa Montero habla de la relación entre Pierre y Marie Curie, los Nobeles de Física (y ella, posteriormente, de Química).

En nuestro caso, no coinciden los datos, pero sí el espíritu; no es la misma letra, pero sí la música…  Nos encontramos no sólo en un momento en el que éramos sentimentalmente libres y con años por delante para amarnos, sino también con el recorrido suficiente para sentirnos a gusto con lo que somos; y en el mismo momento.

...hoy se cumplen 50 añazos de la publicación de Rayuela!!!!

Yo añadiría que que suceda todo esto… a los 40 o casi, cuando ya lo das por perdido… es doble milagro.

Un milagro que no hay que dejar de cuidar nunca.

¿Y si?

(Sacado de la página de Facebook Estrategias Educativas)

La otra noche, mientras estaba acostado pensando,

algunos ¿y si? se arrastraron dentro de mi oído

y entraron meneándose y se divirtieron toda la noche…

Y cantaron la misma canción vieja del ¿y si?:

¿Y si soy el tonto en la escuela?

¿Y si cerraron la pileta?

¿Y si me pegan una paliza?

¿Y si hay veneno en mi taza?

¿Y si empiezo a llorar?

¿Y si me enfermo y muero?

¿Y si repruebo ese examen?

¿Y si crece vello verde en mi pecho?

¿Y si nadie me quiere?

¿Y si un rayo me golpea?

¿Y si no crezco?

¿Y si mi cabeza empieza a empequeñecer?

¿Y si el pez no pica?

¿Y si el viento rompe mi barrilete?

¿Y si empiezan una guerra?

¿Y si mis padres se divorcian?

¿Y si el ómnibus llega tarde?

¿Y si mis dientes no crecen parejos?

¿Y si mis pantalones se rompen?

¿Y si nunca aprendo a bailar?

Todo parece bien y luego

los ¿y si? de la noche golpean nuevamente.

Shel Silverstein

Día del padre

No pensaba dedicar ni un minuto en comentar esto del Día del Padre… quizás porque en mi casa no se ha celebrado nunca, ni en mi entorno, tampoco en el colegio de mis hijos, y no es por tanto un problema…

Sin embargo, una monoparental conocida mía ha compartido en Facebook este afiche que sí creo que merece una reflexión:

Sin duda, esta felicitación es un intento de incluir a las familias sin padre en esta celebración… pero a mí no me convence. Porque no soy el padre de mis hijos (soy su madre, que no es poco), ni creo ser especialmente valiente.

La frase “soy su madre y su padre” no me ha gustado nunca: no sólo porque en mi familia NO hay padre y mis hijos tienen que buscar los referentes masculinos (que aportan cosas distintas a los femeninos) fuera de casa; también porque tengo la sensación de que implica que nos avergonzamos de nuestro modelo de familia. Si no nos consideramos familias de segunda, ¿por qué tenemos que inventarnos un padre simbólico?

El abandono en el discurso sobre adopción

Discutimos un tiempo atrás sobre el uso de la palabra abandono en las familias adoptivas. Un artículo que acaba de publicar Beatriz San Roman, llamado “De los hijos del corazón a los niños abandonados: la construcción de los orígenes en la adopción en España”, da una nueva perspectiva al uso (y quizás abuso) de este concepto en los discursos de adopción.

En este artículo, San Roman analiza “cómo se ha construido la noción de “los orígenes” en la adopción en España, desde el silenciamiento hasta la penetración de un discurso que considera al “abandono” como insoslayable en la trayectoria vital de toda persona adoptada y cuáles han sido sus implicaciones”.

Podéis leerlo entero en el PDF enlazado más arriba, pero aquí pongo un extracto que me parece que da mucha materia de discusión:

Los integrantes de la Junta Directiva de esta asociación [La voz de los Adoptados] asumieron desde el inicio el discurso del “abandono” en las conferencias que impartían. En octubre de 2009, al coincidir en Gijón con su presidente y vicepresidenta en las jornadas La atención de la infancia en tiempos de crisis, cuando les pregunté de qué trataría su ponencia, la respuesta fue rotunda: “De abandono, abandono y abandono”. También las asociaciones de familias adoptivas fueron incorporando el “discurso del abandono”, junto a la reivindicación de su papel de “familias terapéuticas” y de la necesidad de servicios profesionalizados de apoyo postadoptivo.

No obstante, no siempre quienes fueron adoptados/as se perciben –o construyen– como “abandonados”. En Facebook, donde existe una intensa interacción entre personas adoptadas –muchas de las cuales están en proceso de búsqueda de sus “orígenes”–, se produjo un cierto debate sobre la cuestión. Mientras algunas veían el abandono como un hecho insoslayable de su biografía, otras señalaban que lo que sentían era más bien una acuciante curiosidad por tener información sobre su familia de nacimiento.

En España, la difusión del “discurso del abandono” coincidió en el tiempo con el “descubrimiento” de que buena parte de los niños y niñas procedentes de la adopción transnacional no eran huérfanos, como se había creído. La versión española del artículo de E. Graff (2009) “Hijos de la mentira” causó una gran conmoción en los foros de Internet sobre adopción. Frente a la idea ampliamente extendida de que existía una “crisis mundial de huérfanos” en los países pobres para los que la adopción era la última oportunidad de vivir en familia, su autora ponía sobre la mesa no solo la existencia de madres (y padres) de nacimiento, sino también el hecho de que muchas de ellas se habían visto –o habían sido– obligadas a renunciar a sus hijos.

La idea de que “todo niño adoptado es un niño abandonado” que arrastra la “herida del abandono” ha ido ganando espacio hasta casi convertirse en hegemónica –en el sentido gramsciano del término–.

Frente al silencio sobre lo ocurrido antes de la adopción que caracterizaba los relatos de las familias adoptivas hasta hace poco tiempo, la noción de “abandono” supone, cuando menos, el reconocimiento de la etapa preadoptiva en las trayectorias vitales de las personas adoptadas. Los relatos de vida y entrevistas a personas adultas que fueron adoptadas en su infancia confirman que el modo en que “los orígenes” han sido tratados (o soslayados) en los relatos familiares suele ser fuente de inquietud y malestar. De una parte, la escasa o nula información sobre las razones que llevaron a la separación de la familia de nacimiento es, con frecuencia, vivida con angustia; de otra, muchas personas adoptadas afirman haber sentido una fuerte presión de su entorno familiar y social que les demandaba un sentimiento de agradecimiento hacia sus familias adoptivas y la obligación de compensarlas por “todo lo que han hecho por ti”.

En este sentido, el “discurso del abandono” resulta liberador tanto para las personas adoptadas como para sus familias adoptivas. Para las primeras, porque las recoloca –o construye– como víctimas indefensas –por tanto, pasivas– que arrastran de por vida unas heridas emocionales de las que ni ellas ni sus familias adoptivas son responsables. Para las segundas, porque les permite enfrentarse a las preguntas y dudas sobre la adopción y/o a los posibles problemas de sus hijos e hijas como a algo de cuya génesis son totalmente ajenos –en tanto que consecuencia inevitable de “sus orígenes”– y ante los que pueden asumir el papel de rescatadoras o “familias terapéuticas”.

El lugar en el que este discurso coloca a las familias de nacimiento es, en cambio, muy distinto. El uso de un verbo transitivo en su forma pasiva (“el niño adoptado es un niño abandonado”), remite de inmediato a la existencia de un sujeto abandonador. Los progenitores, en particular las madres –que tradicionalmente han permanecido “silentes, invisibilizadas y desconocidas” tanto en la adopción nacional como en la transnacional–, cobran así protagonismo como “perpetradoras del abandono” y, por ello, causantes de los problemas adaptativos y emocionales – “manifestaciones de las secuelas emocionales del abandono” de las personas adoptadas. De este modo, se naturaliza una concepción patriarcal de la maternidad, según la cual el embarazo (incluso cuando no hubiera sido deseado ni se hubiera dispuesto de métodos de planificación familiar para evitarlo) implica la obligatoriedad para la mujer de cuidar y amar a la criatura que dará a luz. El uso generalizado del término “abandono” engloba, como un acto de desamparo consciente y voluntario, una variada casuística en la que las mujeres son muchas veces objeto de una violencia simbólica, que las lleva primero a parir con independencia de la existencia o no de un proyecto de maternidad, y después a separarse de sus hijos o hijas.

Sin entrar a analizar la diversidad de razones por los que un niño o una niña son dados en adopción, la renuncia a un hijo o una hija podría ser también una forma de proveerles de los cuidados que necesitan y que, por las razones que fuere, la familia de nacimiento no está en disposición de proporcionar. En el caso de la adopción transnacional, hoy se sabe que, con frecuencia, las familias de origen se ven empujadas o forzadas a entregar a sus descendientes en razón de su pobreza. Al declarar a estos últimos abandonados, “el acto de quitar y exportar a los hijos e hijas de los pobres se logra normalizar como algo moralmente apropiado y beneficioso”.

La construcción de “los orígenes” como “abandono” –y la asunción de que este causa un impacto psicológico cuyas consecuencias perduran mucho después de la adopción–, desde mi punto de vista, se inscribe en lo que se ha denominado la “tendencia cerebro-céntrica” que invade la psicología y la cultura popular. La idea de que la separación de la madre tras el nacimiento conlleva una serie de secuelas (que se suponen grabadas en los circuitos cerebrales) elude el papel crucial de las prácticas discursivas en la conformación de subjetividades –y en la (re)producción de estructuras de poder y opresión–, al tiempo que reduce los malestares y problemas emocionales de las personas a simples desequilibrios neuroquímicos o defectos en los circuitos cerebrales.

Desde otra perspectiva, sugiero que, para las personas adoptadas, asumirse como víctimas del abandono puede inducirlas a desresponsabilizarse de aquellos aspectos de sí mismas que desearían fueran de otro modo, diluyendo su capacidad de agencia. Así se trasluce tanto en los discursos de los miembros más activos de la asociación La Voz de los Adoptados como en dos de las entrevistas a personas adoptadas, que mencionaron espontáneamente el abandono como una clave no ya de su historia, sino de su manera de ser o de sus dificultades en las relaciones interpersonales.

La antropología ha demostrado desde sus inicios, a través de la descripción y análisis de otras culturas, que el parentesco en tanto que reconocimiento social de una relación biogenética es una construcción cultural –no natural–y, por tanto, contingente.

Si en lugar de definir a las personas adoptadas como “víctimas” y de hablar de su experiencia como “abandono”, se hablara de “separación” (de sus primeras familias), tal vez se podría facilitar la reconciliación con “los orígenes”, no solo por parte de las personas adoptadas, sino también de (y con) las madres –y padres– de nacimiento, a cuyo silenciamiento y estigmatización sigue contribuyendo el “nuevo” discurso de la adopción en España. “Separación”, en tanto término neutro que describe un hecho –también– neutro, permitiría a las personas adoptadas incorporarlo como tal, es decir, como un hecho, en su relato autobiográfico y gestionar los posibles malestares derivados del mismo sin el dolor del rechazo (“¿por qué me abandonaron?”) ni el determinismo que le atribuye capacidad para incidir en sus circuitos cerebrales.

La calle y los niños

El dibujo de la izquierda es el de un niño que va a la escuela caminando; el de la derecha, el de un niño que va a la escuela en coche.

Es el resultado de un estudio en el que se le pedía a los niños que dibujaran cómo van al colegio y qué ven por el camino.

Los niños que van a la escuela caminando, hicieron dibujos que incluían el nombre de las calles, donde identificaban las casas de sus amigos, y describían personas y lugares con detalle. Los niños que van en coche, a menudo dibujaban el auto como elemento central, y las imágenes que dibujan son aisladas y sin relación unas con otras, a menudo dentro de marcos parecidos a una ventanilla de coche.

El estudio sugiere que los niños que van al colegio caminando se orientan mejor y están mejor conectados con su comunidad local y con la gente que vive en ella.

Muy interesante también lo que dice en este artículo el pedagogo Italiano Francesco Tonucci:

La desaparición de los niños de las calles afecta mucho a la ciudad; la ciudad sin niños es peor. Los adultos somos peores si no nos controlan los niños, peores como personas, como conductores, etc. y la ciudad se hace más insegura. Es decir: se da la paradoja de que “no dejamos salir solos a los niños, pero la calle es peligrosa porque no hay niños”.

P.D. Mis hijos van caminando a la escuela desde siempre, aún cuando no la tenemos muy cerca (tardamos unos 20 minutos a paso vivo). Este año, B., a mitad de camino (y cada día un poquito más cerca de casa), se adelanta, a veces solo, a veces con compañeros que hacen la misma ruta… Un pasito más hacia la autonomía…

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