familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para marzo, 2013

Pasaporte

Se suponía que era un trámite que se hacía en un sólo día, sin más complicaciones. Sin embargo, a mí me costó un mundo de viajes, documentos, ruegos, visitas, y encuentros con autoridades que parecían tener en su mano la decisión de si darle o no el pasaporte a A.

En esa parte del proceso descubrí que casi siempre, cuando te decían que algo iba a tardar dos días, si les pedías por favor si sería posible agilizarlo, meditaban un momento, sonreían, y te pedían que esperaras. Y volvían unos minutos más tarde con la fotocopia, el impreso o el sello.

Conocí a S., una mujer que trabajaba en la Mukataa, que entendía mi francés precario aunque no sabía contestarme más que con gestos, que me acompañó físicamente a los distintos despachos por los que tuve que pasar, me invitó a te, les dio caramelos a mis hijos y custodió la carpeta con la documentación hasta más tarde de su hora de salida para que yo me la pudiera llevar. 

Recuerdo al hombre de la Municipalité que me preguntó si le cambiaría el nombre a A., y se sorprendió cuando le dije que se lo mantendría incluso si le ponía mis apellidos. Respondió a mi suspiro de fastidio cuando me pidió varios documentos que al parecer faltaban con un ¿qué le pasa, Madame? y cuando le confesé que llevaba tres días dando vueltas de dependencia en dependencia y que tenía a mi hijo mayor en España, claudicó: tráigame sólo una copia del papel blanco y yo le tengo preparado el pasaporte mañana por la mañana.

Recuerdo como la mujer que trabajaba con él, que no dijo ni una palabra que no fuera en árabe durante la conversación (me preguntó algunas cosas que él tuvo que traducirme), me entregó al día siguiente el pasaporte y me dijo con un francés impecable: “Cuida bien del niño”.

Le dije que lo haría, que no lo dudara.

Recuerdo la emoción de sujetar el pasaporte en mis manos. Como si fuera hoy. Y hace ya 4 años.

Recuerdo al estúpido pediatra español que unos días más tarde le hizo el certificado médico a A., para que le dieran el visado y pudiera irse a España. Cómo despotricaba de todo lo marroquí; cómo me comminó a que le cambiara el nombre. Cómo me dijo que quemara el pasaporte cuando llegara a España.

¿Con lo que me ha costado conseguirlo?, le pregunté. ¡Ni hablar!

Esto sucedió 3 días después de convertirnos, de hecho, en una familia de tres. Algo que había pasado en martes.

En esos días en los que el invierno fue convirtiéndose en primavera.

¿Cómo hablar de ética y adopción a nuestros hijos?

Hace pocos días, en un foro de post-adopción, una madre contaba que una de sus hijas les preguntó si ella les había comprado. Ya hablamos hace algunos días de cómo muchos niños (y algunos adultos) usan este concepto para referirse a la adopción, así que no voy a ahondar en el tema… pero sí en otro que derivó de esta primera pregunta, y es cómo – y cuándo – debemos a hablar a nuestros hijos de ética y adopción.

Hace algún tiempo, Raquel hizo esta magnífica exposición sobre el discurso doble que a menudo los padres adoptantes tenemos, según si nos dirigimos a personas ajenas a la adopción o a personas que sí están en ella: a los primeros (decía)  hay que hacerles ver que NO hay diferencias entre una familia y otra; que el que guardemos silencio ante sus preguntas con respecto a sus orígenes o nuestro proceso no quiere decir que haya nada “oscuro” en la información que callamos; que nuestros hijos, por ser adoptados, no tienen necesidades especiales ni corren (o suponen) ningún riesgo especial… para que estas personas ajenas a la adopción no perjudiquen a nuestros hijos y no perpetúen con los suyos prejuicios que son, cuanto menos equivocados, y cuanto más dañinos; a los segundos hay que hacerles ver que las diferencias SÍ existen, y que las vivencias y necesidades de sus hijos son importantes y específicas derivadas de su adopción (identidad, orígenes, racismo, autoestima, etc); hay que “obligarles” a que asuman la información disponible sobre el tráfico para que puedan enfrentarse a él (a ser posible antes de que comiencen su proceso adoptivo) de una forma responsable, para que no perjudiquen a sus hijos ni perpetúen con su dinero la trata en los países de origen de los niños.

¿Pero cuál de estos discursos sirve para nuestros hijos?

Parece que de entrada, y al menos mientras son pequeños, usamos el primero: les contamos que las personas no se compran, que el dinero que pagamos por la adopción sirvió para hacer papeleo, en pagar trámites, impresos, sellos, traducciones  y abogados (igual que en un parto se paga al médico y al quirófano y el material médico)… Algo que nos vale, si obviamos que en adopción se pagan las fotocopias como si se usara pan de oro en vez  de papel… que con los gastos en mensajeros se podría dar la vuelta al mundo… que los abogados que cobran 100 veces más de lo que le cobrarían a alguien de su país… y que los donativos a los orfanatos podrían comprar parte del edificio…

Y añado: ¿Hasta cuándo nos sirve esta explicación?

Creo que no tendremos que tardar mucho en introducir en nuestras explicaciones conceptos como “negocio”, y también, por qué no, “tráfico de niños”. Incluso si nuestros hijos no son víctimas de este tráfico, la adopción internacional no es en absoluto ajena a él, y más vale que lo empiecen a oír en casa en vez de en la calle… sobretodo porque si el discurso que oyen en casa es muy distinto del que les llega de la calle, los medios… sus amigos cuando sean adolescentes… dejaran de confiar en nosotros para que les expliquemos el mundo…

Tendremos que prepararnos para ello pronto, porque es posible que, como tantas otras cosas, lo pregunten antes de que estemos realmente preparados.

PD. Unos días atrás, cuando hablamos del abandono en el discurso de adopción, un lector del blog, Azcona, adulto adoptado, preguntaba lo siguiente:

¿Qué pasaría si averiguando qué pasó con tu hijo o hija al cabo de cuatro o cinco años o diez años encuentras que realmente fue sustraído, secuestrado a su madre que lo busca y lo reclama? ¿Lo devolverían a su familia? ¿Se negarían a ello? ¿Cómo le explicarían a ese hijo adoptivo que su madre lo busca y quiere que vuelva con ella? ¿Cómo le explicarían que no lo devuelven si este es el caso y viceversa? ¿Se han echo alguna vez esta pregunta?

Yo sí me la he hecho… Soy de las que rastreé las historias de mis hijos y sé seguro que no estoy ante este caso, pero tampoco se me escapa que podría haber sido así. Y la verdad… no tengo la respuesta nada clara (y pienso que seguramente es algo que debería pensar, que estaría bien llegar a una conclusión). Sólo sé que no les negaría la verdad ni la posibilidad de relacionarse con su familia (tampoco si su historia fuera cualquier otro caso, claro).

P.P.D. Después de darle a publicar esta entrada (escrita la semana pasada), ha caído en mis manos este artículo sobre adopción, tráfico y niños tratados como mercancía que utiliza la misma foto que escogí yo… curiosa coincidencia.

Milagro

Del último libro de Rosa Montero (titulado “la ridícula idea de no volver a verte”):

“Siempre me han maravillado esas armonías, esas extraordinarias coincidencias del destino que de cuando en cuando la vida nos otorga cuando se pone magnánima  que hacen que, en la enormidad del mundo, se junten con provecho dos seres de difícil adaptabilidad, como en este caso: dos mentes superdotadas, dos personas raras, solitarias, de ardiente entrega utópica, apasionadas por la ciencia, de edades semejantes, del sexo opuesto siendo heterosexuales, los dos sentimentalmente libres en el momento de encontrarse, ambos en la edad justa (porque podían haberse conocido de viejos o de niños) y encima, ¡atrayéndose sexualmente el uno a la otra! ¿No te parece un milagro?”

Rosa Montero habla de la relación entre Pierre y Marie Curie, los Nobeles de Física (y ella, posteriormente, de Química).

En nuestro caso, no coinciden los datos, pero sí el espíritu; no es la misma letra, pero sí la música…  Nos encontramos no sólo en un momento en el que éramos sentimentalmente libres y con años por delante para amarnos, sino también con el recorrido suficiente para sentirnos a gusto con lo que somos; y en el mismo momento.

...hoy se cumplen 50 añazos de la publicación de Rayuela!!!!

Yo añadiría que que suceda todo esto… a los 40 o casi, cuando ya lo das por perdido… es doble milagro.

Un milagro que no hay que dejar de cuidar nunca.

¿Y si?

(Sacado de la página de Facebook Estrategias Educativas)

La otra noche, mientras estaba acostado pensando,

algunos ¿y si? se arrastraron dentro de mi oído

y entraron meneándose y se divirtieron toda la noche…

Y cantaron la misma canción vieja del ¿y si?:

¿Y si soy el tonto en la escuela?

¿Y si cerraron la pileta?

¿Y si me pegan una paliza?

¿Y si hay veneno en mi taza?

¿Y si empiezo a llorar?

¿Y si me enfermo y muero?

¿Y si repruebo ese examen?

¿Y si crece vello verde en mi pecho?

¿Y si nadie me quiere?

¿Y si un rayo me golpea?

¿Y si no crezco?

¿Y si mi cabeza empieza a empequeñecer?

¿Y si el pez no pica?

¿Y si el viento rompe mi barrilete?

¿Y si empiezan una guerra?

¿Y si mis padres se divorcian?

¿Y si el ómnibus llega tarde?

¿Y si mis dientes no crecen parejos?

¿Y si mis pantalones se rompen?

¿Y si nunca aprendo a bailar?

Todo parece bien y luego

los ¿y si? de la noche golpean nuevamente.

Shel Silverstein

Día del padre

No pensaba dedicar ni un minuto en comentar esto del Día del Padre… quizás porque en mi casa no se ha celebrado nunca, ni en mi entorno, tampoco en el colegio de mis hijos, y no es por tanto un problema…

Sin embargo, una monoparental conocida mía ha compartido en Facebook este afiche que sí creo que merece una reflexión:

Sin duda, esta felicitación es un intento de incluir a las familias sin padre en esta celebración… pero a mí no me convence. Porque no soy el padre de mis hijos (soy su madre, que no es poco), ni creo ser especialmente valiente.

La frase “soy su madre y su padre” no me ha gustado nunca: no sólo porque en mi familia NO hay padre y mis hijos tienen que buscar los referentes masculinos (que aportan cosas distintas a los femeninos) fuera de casa; también porque tengo la sensación de que implica que nos avergonzamos de nuestro modelo de familia. Si no nos consideramos familias de segunda, ¿por qué tenemos que inventarnos un padre simbólico?

El abandono en el discurso sobre adopción

Discutimos un tiempo atrás sobre el uso de la palabra abandono en las familias adoptivas. Un artículo que acaba de publicar Beatriz San Roman, llamado “De los hijos del corazón a los niños abandonados: la construcción de los orígenes en la adopción en España”, da una nueva perspectiva al uso (y quizás abuso) de este concepto en los discursos de adopción.

En este artículo, San Roman analiza “cómo se ha construido la noción de “los orígenes” en la adopción en España, desde el silenciamiento hasta la penetración de un discurso que considera al “abandono” como insoslayable en la trayectoria vital de toda persona adoptada y cuáles han sido sus implicaciones”.

Podéis leerlo entero en el PDF enlazado más arriba, pero aquí pongo un extracto que me parece que da mucha materia de discusión:

Los integrantes de la Junta Directiva de esta asociación [La voz de los Adoptados] asumieron desde el inicio el discurso del “abandono” en las conferencias que impartían. En octubre de 2009, al coincidir en Gijón con su presidente y vicepresidenta en las jornadas La atención de la infancia en tiempos de crisis, cuando les pregunté de qué trataría su ponencia, la respuesta fue rotunda: “De abandono, abandono y abandono”. También las asociaciones de familias adoptivas fueron incorporando el “discurso del abandono”, junto a la reivindicación de su papel de “familias terapéuticas” y de la necesidad de servicios profesionalizados de apoyo postadoptivo.

No obstante, no siempre quienes fueron adoptados/as se perciben –o construyen– como “abandonados”. En Facebook, donde existe una intensa interacción entre personas adoptadas –muchas de las cuales están en proceso de búsqueda de sus “orígenes”–, se produjo un cierto debate sobre la cuestión. Mientras algunas veían el abandono como un hecho insoslayable de su biografía, otras señalaban que lo que sentían era más bien una acuciante curiosidad por tener información sobre su familia de nacimiento.

En España, la difusión del “discurso del abandono” coincidió en el tiempo con el “descubrimiento” de que buena parte de los niños y niñas procedentes de la adopción transnacional no eran huérfanos, como se había creído. La versión española del artículo de E. Graff (2009) “Hijos de la mentira” causó una gran conmoción en los foros de Internet sobre adopción. Frente a la idea ampliamente extendida de que existía una “crisis mundial de huérfanos” en los países pobres para los que la adopción era la última oportunidad de vivir en familia, su autora ponía sobre la mesa no solo la existencia de madres (y padres) de nacimiento, sino también el hecho de que muchas de ellas se habían visto –o habían sido– obligadas a renunciar a sus hijos.

La idea de que “todo niño adoptado es un niño abandonado” que arrastra la “herida del abandono” ha ido ganando espacio hasta casi convertirse en hegemónica –en el sentido gramsciano del término–.

Frente al silencio sobre lo ocurrido antes de la adopción que caracterizaba los relatos de las familias adoptivas hasta hace poco tiempo, la noción de “abandono” supone, cuando menos, el reconocimiento de la etapa preadoptiva en las trayectorias vitales de las personas adoptadas. Los relatos de vida y entrevistas a personas adultas que fueron adoptadas en su infancia confirman que el modo en que “los orígenes” han sido tratados (o soslayados) en los relatos familiares suele ser fuente de inquietud y malestar. De una parte, la escasa o nula información sobre las razones que llevaron a la separación de la familia de nacimiento es, con frecuencia, vivida con angustia; de otra, muchas personas adoptadas afirman haber sentido una fuerte presión de su entorno familiar y social que les demandaba un sentimiento de agradecimiento hacia sus familias adoptivas y la obligación de compensarlas por “todo lo que han hecho por ti”.

En este sentido, el “discurso del abandono” resulta liberador tanto para las personas adoptadas como para sus familias adoptivas. Para las primeras, porque las recoloca –o construye– como víctimas indefensas –por tanto, pasivas– que arrastran de por vida unas heridas emocionales de las que ni ellas ni sus familias adoptivas son responsables. Para las segundas, porque les permite enfrentarse a las preguntas y dudas sobre la adopción y/o a los posibles problemas de sus hijos e hijas como a algo de cuya génesis son totalmente ajenos –en tanto que consecuencia inevitable de “sus orígenes”– y ante los que pueden asumir el papel de rescatadoras o “familias terapéuticas”.

El lugar en el que este discurso coloca a las familias de nacimiento es, en cambio, muy distinto. El uso de un verbo transitivo en su forma pasiva (“el niño adoptado es un niño abandonado”), remite de inmediato a la existencia de un sujeto abandonador. Los progenitores, en particular las madres –que tradicionalmente han permanecido “silentes, invisibilizadas y desconocidas” tanto en la adopción nacional como en la transnacional–, cobran así protagonismo como “perpetradoras del abandono” y, por ello, causantes de los problemas adaptativos y emocionales – “manifestaciones de las secuelas emocionales del abandono” de las personas adoptadas. De este modo, se naturaliza una concepción patriarcal de la maternidad, según la cual el embarazo (incluso cuando no hubiera sido deseado ni se hubiera dispuesto de métodos de planificación familiar para evitarlo) implica la obligatoriedad para la mujer de cuidar y amar a la criatura que dará a luz. El uso generalizado del término “abandono” engloba, como un acto de desamparo consciente y voluntario, una variada casuística en la que las mujeres son muchas veces objeto de una violencia simbólica, que las lleva primero a parir con independencia de la existencia o no de un proyecto de maternidad, y después a separarse de sus hijos o hijas.

Sin entrar a analizar la diversidad de razones por los que un niño o una niña son dados en adopción, la renuncia a un hijo o una hija podría ser también una forma de proveerles de los cuidados que necesitan y que, por las razones que fuere, la familia de nacimiento no está en disposición de proporcionar. En el caso de la adopción transnacional, hoy se sabe que, con frecuencia, las familias de origen se ven empujadas o forzadas a entregar a sus descendientes en razón de su pobreza. Al declarar a estos últimos abandonados, “el acto de quitar y exportar a los hijos e hijas de los pobres se logra normalizar como algo moralmente apropiado y beneficioso”.

La construcción de “los orígenes” como “abandono” –y la asunción de que este causa un impacto psicológico cuyas consecuencias perduran mucho después de la adopción–, desde mi punto de vista, se inscribe en lo que se ha denominado la “tendencia cerebro-céntrica” que invade la psicología y la cultura popular. La idea de que la separación de la madre tras el nacimiento conlleva una serie de secuelas (que se suponen grabadas en los circuitos cerebrales) elude el papel crucial de las prácticas discursivas en la conformación de subjetividades –y en la (re)producción de estructuras de poder y opresión–, al tiempo que reduce los malestares y problemas emocionales de las personas a simples desequilibrios neuroquímicos o defectos en los circuitos cerebrales.

Desde otra perspectiva, sugiero que, para las personas adoptadas, asumirse como víctimas del abandono puede inducirlas a desresponsabilizarse de aquellos aspectos de sí mismas que desearían fueran de otro modo, diluyendo su capacidad de agencia. Así se trasluce tanto en los discursos de los miembros más activos de la asociación La Voz de los Adoptados como en dos de las entrevistas a personas adoptadas, que mencionaron espontáneamente el abandono como una clave no ya de su historia, sino de su manera de ser o de sus dificultades en las relaciones interpersonales.

La antropología ha demostrado desde sus inicios, a través de la descripción y análisis de otras culturas, que el parentesco en tanto que reconocimiento social de una relación biogenética es una construcción cultural –no natural–y, por tanto, contingente.

Si en lugar de definir a las personas adoptadas como “víctimas” y de hablar de su experiencia como “abandono”, se hablara de “separación” (de sus primeras familias), tal vez se podría facilitar la reconciliación con “los orígenes”, no solo por parte de las personas adoptadas, sino también de (y con) las madres –y padres– de nacimiento, a cuyo silenciamiento y estigmatización sigue contribuyendo el “nuevo” discurso de la adopción en España. “Separación”, en tanto término neutro que describe un hecho –también– neutro, permitiría a las personas adoptadas incorporarlo como tal, es decir, como un hecho, en su relato autobiográfico y gestionar los posibles malestares derivados del mismo sin el dolor del rechazo (“¿por qué me abandonaron?”) ni el determinismo que le atribuye capacidad para incidir en sus circuitos cerebrales.

La calle y los niños

El dibujo de la izquierda es el de un niño que va a la escuela caminando; el de la derecha, el de un niño que va a la escuela en coche.

Es el resultado de un estudio en el que se le pedía a los niños que dibujaran cómo van al colegio y qué ven por el camino.

Los niños que van a la escuela caminando, hicieron dibujos que incluían el nombre de las calles, donde identificaban las casas de sus amigos, y describían personas y lugares con detalle. Los niños que van en coche, a menudo dibujaban el auto como elemento central, y las imágenes que dibujan son aisladas y sin relación unas con otras, a menudo dentro de marcos parecidos a una ventanilla de coche.

El estudio sugiere que los niños que van al colegio caminando se orientan mejor y están mejor conectados con su comunidad local y con la gente que vive en ella.

Muy interesante también lo que dice en este artículo el pedagogo Italiano Francesco Tonucci:

La desaparición de los niños de las calles afecta mucho a la ciudad; la ciudad sin niños es peor. Los adultos somos peores si no nos controlan los niños, peores como personas, como conductores, etc. y la ciudad se hace más insegura. Es decir: se da la paradoja de que “no dejamos salir solos a los niños, pero la calle es peligrosa porque no hay niños”.

P.D. Mis hijos van caminando a la escuela desde siempre, aún cuando no la tenemos muy cerca (tardamos unos 20 minutos a paso vivo). Este año, B., a mitad de camino (y cada día un poquito más cerca de casa), se adelanta, a veces solo, a veces con compañeros que hacen la misma ruta… Un pasito más hacia la autonomía…

¿Por qué quise adoptar?

En la polémica entrada anterior, una lectora, ER., me reprochaba que preguntara a un determinado perfil de adoptantes (parejas jóvenes y fértiles por qué querían adoptar, y no hiciera la pregunta más general. ¿Por qué queremos adoptar?

Seguro que cada uno tendremos nuestras respuestas… yo me he hecho esta pregunta muchas veces, y la respuesta la he ido conociendo con el tiempo.

En una de las primeras reuniones que tuve con la psicóloga que me valoró para la idoneidad, me preguntó por qué quería adoptar.

Le dije que quería ser madre, que no necesitaba que mis hijos llevaran mis genes o estuvieran en mi barriga para sentirme su madre, y que la reproducción asistida me echaba para atrás. Soy una persona muy conservadora en temas de salud, y la idea de hormonarme, de entrar en un proceso que imaginaba duro y desgastante físico y emocionalmente, no me inspiraba demasiado.

La principal motivación, pues, era ser madre. Creo que esta tiene que ser siempre la principal motivación, o casi siempre; pero había una motivación secundaria que a mí no se me escapaba entonces, aunque no se la dije a la psicóloga, porque sabía que le resultaría sospechosa: la idea de ayudar a alguien a estar mejor de lo que estaba.

Nos dicen que no hay que adoptar por caridad, generosidad, o altruismo… pero ¿tiene sentido la adopción desde el egoismo más puro, si no pensamos que es un proceso que nos va ayudar a estar mejor a nosotros – puesto que esperamos ser más felices teniendo hijos que renunciando a ellos – pero también a los hijos? Yo no pensaba que mis hijos fueran a estar mejor porque vivieran en el primer mundo en vez del tercero, o porque yo tuviera más posibilidades que sus padres biológicos: pensaba que lo que marcaba la diferencia era tener una familia o no tenerla. Crecer en un orfanato o crecer en casa.

Lo sigo pensando… pero ahora sé que muchos de los niños que llegan a los circuitos de adopción no necesitan una familia, porque tienen una; que la demanda que ejercemos los padres adoptantes contribuye a engrosar la oferta de niños, que no saldrían de sus casas si su “cambio de familia” no fuera un negocio enorme para muchos… Que, según UNICEF, hay 6 familias en fila para cada niño adoptable (es decir, pequeño, sano y con papeles).

Han pasado años desde que descubrí todo esto, y ahora lo tengo bastante digerido; pero recuerdo el día en el que – después de leer durante tiempo historias que me permitían empezar a hacerme una composición de lugar, pero que yo prefería creer excepciones – me caí del caballo: después de una conversación telefónica con una madre adoptante en Etiopía, en el pueblo vecino del que es mi hijo, que me contó espeluznantes conversaciones con los servicios sociales de la zona que me hicieron ver no la luz, sino la negrura más absoluta: el horror.

(Quiero aclarar que no estoy en contra de la Adopción: creo que es necesaria, que siempre habrá niños que necesiten familias, y que hay que proveerles de ellas. Pero sí estoy en contra de la corrupción en la Adopción… pensar que estar en contra de la corrupción en la Adopción es estar en contra de la Adopción es como pensar que estar en contra de las violaciones es estar contra el sexo. Y todos tenemos claro que son cosas distintas, ¿no?)

Yo quería tener un segundo hijo. Y quería tener un segundo hijo adoptado. No sólo porque siguiera sin convencerme la opción de la reproducción asistida… había algo más.

M., una de las primeras madres adoptivas a quién conocí de cerca, me comentó una vez (antes de que yo adoptara, creo que antes de que empezara el proceso), que ser madre adoptiva tenía dos ventajas respecto a serlo biológica (que tiene muchas otras, sin duda). Una era que ambos padres estaban en igualdad de condiciones respecto a la criatura: a diferencia de un bebé biológico, que nace vinculado y dependiente de la madre, y el padre tiene que ganarse su lugar, el niño adoptivo estaba en la misma posición ante los dos; y la segunda, que puesto que es un desconocido, que tu hijo y tú sois desconocidos, tienes que seducirlo, ganártelo… y que este proceso es mágico.

En mi caso, no había padre, así que esa primera “ventaja” no la viví, pero la segunda la descubrí en propia carne… y descubrí que era un proceso que enganchaba. Yo quería volver a enamorarme de un niño desconocido, convertirlo en mi hijo día tras día… A pesar de todas las dificultades, precisamente por lo gratificante que era vencer cada una de esas dificultades.

Y seguía pensando que podía marcar una diferencia en la vida de un niño que pasara de no tener familia a tenerla…

Mi segunda adopción fue muy distinta a la primera, precisamente debido a como había sido la primera. No hubo intervención de ninguna ecai, fue un proceso sobre el que pude tener bastante control, y sobretodo, fue de un niño que yo sabía, a priori y sin ninguna duda, que necesitaba una familia. No sólo porque su familia biológica le hubiera abandonado; también porque, por una serie de circunstancias físicas, ninguna de las familias que habían ido a su crèche le había adoptado.

Es curioso, porque mucha gente pensó que yo adoptaba a un niño con una dificultad física, y “mayor” para los estándares del lugar, por generosidad; pero en realidad lo hice por todo lo contrario, por egoismo: porque esto me aseguraba de que adoptaba a un niño que realmente lo necesitaba.

No habrá un tercer hijo. Estoy razonablemente segura, aunque ya saben que la vida es aquello que nos pasa mientras hacemos planes… y la vida me ha traído, de forma inesperada, una pareja con otros dos hijos que ya empiezo a sentir como familia. Pero si hubiera un tercer (un quinto) hijo, me gustaría que fuera adoptado, o acogido… que fuera, también, un niño para el que entrar en nuestra familia represente una diferencia.

¿Por qué quereis adoptar?

Hace algunos años, la adopción era una vía a la parentalidad reservada casi exclusivamente a las familias infértiles, o bien a las familias que, de carambola, llegaban a conocer a un niño necesitado de protección y decidían incorporarlo a su casa.

Con el boom de la adopción internacional de los últimos años, han llegado a este tipo de parentalidad muchos perfiles distintos de familia: monoparentales que quizás en pareja habrían optado por hijos biológicos, parejas mayores para gestar a sus hijos, familias con hijos biológicos – comunes o de relaciones anteriores – que deciden adoptar a sus nuevos hijos…

Y también un perfil que a mí siempre me ha sorprendido: la de parejas jóvenes, fértiles, que deciden renunciar a tener hijos biológicos para tener hijos adoptados.

Este tipo de parejas a menudo tienen muchos inconvenientes para conseguir el CI, sus motivaciones resultan sospechosas para los técnicos. ¿Por qué no quieren tener un hijo biológico? ¿Tienen miedo al embarazo? ¿Tienen alguna dificultad con su pareja? ¿Tienen problemas de vínculo y creen que con un hijo adoptado este es menos fuerte? ¿Piensan que “ahorrándose” los primeros meses / años de vida, la parentalidad será más fácil? ¿Adoptan por motivaciones altruistas, para salvar a un niño?

A menudo he leído en foros la pregunta: ¿Cómo les explico a los técnicos por qué quiero adoptar en vez de tener hijos biológicos?

Y siempre me pregunto…

¿Por qué, pudiendo optar a una vía rápida y sencilla – hasta placentera, al menos en principio – escogen una vía costosa, complicada, cara, incierta, llena de riesgos, donde el control que se tiene del asunto es mínimo?

¿Por qué prefieren un niño con su mochila, donde puede haber desde abandono (como mínimo separación), hasta malos tratos, negligencia, institucionalización? ¿Por qué prefieren un niño que además de las pérdidas que ya ha vivido, pierde, en el caso de la AI, el idioma, la luz de su tierra, vivir en un entorno donde la gente se le parezca, los sabores, los olores? ¿Por qué prefieren un niño que no conocerá su historial médico? ¿Que no tendrá conexiones genéticas? ¿Que tiene una parte, pequeña o grande, de su historia, que no llegará a conocer jamás?

Si son capaces de responder a estas preguntas, tendrán la respuesta.

Aunque me queda otra pregunta: ¿Por qué tantas parejas jóvenes y fértiles, que podrían tener a sus hijos por la vía natural, renuncian a ello… y a pesar de esto, quieren adoptar un bebé lo más pequeño posible?

8 de marzo

Como todos los años, conmemoramos el Día de la Mujer Trabajadora.  Pero por primera vez, tengo la sensación de que nunca se había tratado con tanta frivolidad esta fecha: amigas que me explican que en el trabajo les han hecho regalos, rosas enviadas por Facebook o Whatsapp… Sólo falta que inventen algún gadget acorde a la fecha. Como dice A., no sé si es peor San Valentín con sus jodidos corazones, o el día de la mujer trabajadora.

Yo no soy feminista, pero (y aquí, cualquier queja por una injusticia de la que somos víctimas las mujeres). Esto se lo he oído/ leído a varias amigas en los últimos tiempos… Y me viene que ni pintada como respuesta este texto de Lucía Etxebarría:

Si eres mujer y…

Puedes votar. Recibes igual salario al de un hombre por hacer el mismo trabajo. Fuiste a la universidad. Puedes solicitar cualquier empleo, sin vetos. Puedes recibir y brindar información sobre control de la fertilidad sin ir a la cárcel por ello. Practicas un deporte profesional. Puedes usar pantalones sin ser excomulgada de tu iglesia o humillada en el pilón del pueblo. Puedes  casarte sin perder tu apellido y sin que tus derechos civiles sean asimilados por tu esposo. Tienes derecho a rehusar tener relaciones sexuales con tu esposo. Tienes derecho a que tus registros médicos confidenciales no sean divulgados a los hombres de tu familia. Tienes derecho a leer los libros que desees sin supervisión de tu hermano o tutor. Puedes testificar sobre crímenes o daños que tu esposo haya cometido. Puedes obtener un préstamo usando sólo tu nombre y tus antecedentes de crédito, sin aval de marido o tutor. Se te premite testificar en tu propia defensa. Posees propiedades que son únicamente tuyas. Tienes derecho a tu propio salario aun si estás casada o hay un hombre en tu familia. Obtienes la custodia de tus hijas e hijos tras un divorcio. Sabes que si tu marido te pega podrás denunciarlo en comisaría y nadie te sermoneará sobre cómo ser mejor esposa y madre. Se te otorga un título después de ir a la universidad, en lugar de un certificado de haber completado los estudios. Y puedes amamantar a tu bebé discretamente en un lugar público y no ser arrestada por ello…

AGRADÉCESELO A UNA FEMINISTA. Sin la lucha de muchas feministas que reclamaron estos derechos para ti, no podrías gozar de lo que hoy consideras normal. Recuerda también que en tres cuartas partes del mundo las mujeres aún no gozan de estos derechos.

Nube de etiquetas

A %d blogueros les gusta esto: