familia monoparental y adopción

Pasaporte

Se suponía que era un trámite que se hacía en un sólo día, sin más complicaciones. Sin embargo, a mí me costó un mundo de viajes, documentos, ruegos, visitas, y encuentros con autoridades que parecían tener en su mano la decisión de si darle o no el pasaporte a A.

En esa parte del proceso descubrí que casi siempre, cuando te decían que algo iba a tardar dos días, si les pedías por favor si sería posible agilizarlo, meditaban un momento, sonreían, y te pedían que esperaras. Y volvían unos minutos más tarde con la fotocopia, el impreso o el sello.

Conocí a S., una mujer que trabajaba en la Mukataa, que entendía mi francés precario aunque no sabía contestarme más que con gestos, que me acompañó físicamente a los distintos despachos por los que tuve que pasar, me invitó a te, les dio caramelos a mis hijos y custodió la carpeta con la documentación hasta más tarde de su hora de salida para que yo me la pudiera llevar. 

Recuerdo al hombre de la Municipalité que me preguntó si le cambiaría el nombre a A., y se sorprendió cuando le dije que se lo mantendría incluso si le ponía mis apellidos. Respondió a mi suspiro de fastidio cuando me pidió varios documentos que al parecer faltaban con un ¿qué le pasa, Madame? y cuando le confesé que llevaba tres días dando vueltas de dependencia en dependencia y que tenía a mi hijo mayor en España, claudicó: tráigame sólo una copia del papel blanco y yo le tengo preparado el pasaporte mañana por la mañana.

Recuerdo como la mujer que trabajaba con él, que no dijo ni una palabra que no fuera en árabe durante la conversación (me preguntó algunas cosas que él tuvo que traducirme), me entregó al día siguiente el pasaporte y me dijo con un francés impecable: “Cuida bien del niño”.

Le dije que lo haría, que no lo dudara.

Recuerdo la emoción de sujetar el pasaporte en mis manos. Como si fuera hoy. Y hace ya 4 años.

Recuerdo al estúpido pediatra español que unos días más tarde le hizo el certificado médico a A., para que le dieran el visado y pudiera irse a España. Cómo despotricaba de todo lo marroquí; cómo me comminó a que le cambiara el nombre. Cómo me dijo que quemara el pasaporte cuando llegara a España.

¿Con lo que me ha costado conseguirlo?, le pregunté. ¡Ni hablar!

Esto sucedió 3 días después de convertirnos, de hecho, en una familia de tres. Algo que había pasado en martes.

En esos días en los que el invierno fue convirtiéndose en primavera.

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Comentarios en: "Pasaporte" (10)

  1. Puffff…a mi el recordar ese mismo trámite para el pasaporte de mi hijo me hace sentir mal! Como “nos colaba” el representante mientras había nativos que llevaban todo el día o más de un día de espera, como había cantidad de cuidadoras con bebes en brazos haciendo ese trámite para sus padres adoptantes americanos, como el representante entró delante nuestro a donde la dumcionaria de turno y nos hizo pasar enseguida (según él porque le pagaba el desayuno????) puaaaaaajjjjjjj !!!!!

  2. Funcionaria, quería poner…

  3. Qué malo el pediatra, ¡vaya rabia!

    • Sí, era muy xenófobo. No he dejado de preocuparme que le retenía allí, por qué seguía viviendo y trabajando en un país cuya gente y costumbres despreciaba y detestaba.

      • Yo me he encontrado muchos casos así. En el Consulado, mádicos, empresarios… supongo que si vuelven no se comen ni un rosco, y quedan “atrapados”. Aunque sea solamente una sensación que tienen, eso debe crear mucho malestar.

      • Pues que tristeza, ¿no?, vivir sintiéndote atrapado…

  4. r tiene toda la razon, es muy frecuente, ademas los que van/vamos de visita no percibimos casi nada del pais (no importa cual)

  5. Lo importante es que esas vivencias te condujeron adonde ahora estás.
    Por muy desagradable que parezca, todas las experiencias forman parte del libro de nuestra vida y lo enriquecen.
    Gracias por compartir.
    Un abrazo.

    • Bueno, no creo que mi vida fuera muy distinta si lo del pasaporte hubiera sido un poco más fácil 😉 … pero bueno, lo vivido, vivido está (y ahora puedo contarlo en un blog).

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