familia monoparental y adopción

Archivo para junio, 2013

Salir del armario

Muchas veces he oído decir, “¿por qué debe alguien salir del armario, decir que es homosexual?, nosotros no vamos por ahí diciendo que somos heterosexuales”…

Y sí, es cierto que en general la gente no dice: “Hola, me llamo fulano y soy hetero”… pero en nuestras conversaciones cotidianas, en el día a día, en la presencia pública de esa persona con quien compartes la vida… esta explícita esta heterosexualidad.

Cuando hablas de “mi novio”, “mi marido” o “este tipo al que le daría un revolcón”, está implícita la heterosexualidad.

Y esto es lo que, en muchos casos, no les sucede a las personas homosexuales.

T. es una mujer con quien trabajé unos 12 años atrás.

T. era tímida, muy introvertida… raramente hablaba de su vida privada. Se rumoreaba que era lesbiana (con sorpresa, en ocasiones, de que una chica tan guapa fuera lesbiana), pero ella no hablaba de sus afectos. Sí hablaba, a veces, de su compañera de piso, una chica que madrugaba todos los días para hacerle trenzas.

Un día, su compañera de piso se fue a vivir a otro país, al otro lado del Atlántico. Allí se casó (con un hombre) y tuvo una criatura de la que T. fue la madrina. T. se volvió aún más retraída, más p’adentro

Hacía tiempo ya que no trabajaba con ella cuando alguien me contó que finalmente tenía una relación estable, con otra chica igualmente guapa, con la que convivía.

Coincidí en el trabajo con S. hará unos 10 años. S. era habladora, echá p’alante, franca y divertida. Pero nunca hablaba de su vida sentimental.

Un día, S. perdió su alegría. Alguien nos dijo en voz baja, como algo que no tenía que salir de ahí, que su pareja, otra chica, había muerto en un accidente de moto. Que ella la había estado esperando todo el día en casa, cada vez más preocupada. Que como no eran nada “oficialmente”, habían llamado a los padres de su chica; y estos, que no aceptaban su relación, no habían considerado importante avisarla.

No estuvo en la zona de la familia en el funeral. No fue quien recibió los pésames. No pudo llorarla en público.

Recuerdo sus ojos el día que me dijo que estaba mal porque había muerto una amiga suya.

Nunca he vivido nada más triste.

E. es una compañera de mi trabajo actual. Es educada y discreta, tiene muchas aficiones en las que destaca: cocina bien, hace unas galletas y unas madalenas preciosas y deliciosas, canta en un coro de gospel, un grupo de amigos con los que organiza fiestas… y habla, cómo no, de su compañera de piso.

Durante muchos años he compartido espacio de trabajo con compañeros gays. Los de sexo masculino no han tenido problema en vivir de forma pública su orientación sexual y, en el caso de tenerlas, sus relaciones de pareja.

Esta diferencia, entre la naturalidad con la que lo viven (en mi entorno laboral, que es abierto) hombres y mujeres, ¿no es digna de reflexión?

¿Cómo es ser un menor institucionalizado?

Le robo a R. este texto, autobiográfico, que ella oyó leer a su autora en un congreso de adopción de hace algunos años. Explica muy bien lo que es crecer sin familia, tutelado por el estado.

Como vivió A. durante los dos primeros años de su vida.

Estar internado es:

Acceder al desmembramiento familiar, a la ceguera social, al despojo de derechos personalísimos.

A la segregación familiar y social, a la exclusión, a la crueldad y al sadismo adulto.

A la discriminación, a la indiferencia, a la anomia.

A la desesperanza parental, al abandono agravado por la injusticia.

A la mortalidad infantil por sustracción de amor maternal.

A las desavenencias afectivas, a la victimización.

Ser blanco de maltrato físico y psicológico por pares y representantes institucionales.

Tener acceso a la violencia contra los demás, a la ansiedad paranoide, a la culpa.

A la depresión, a la enfermedad, a la locura, a la ignorancia, a la desprotección, a la violación física y psíquica, al hospitalismo.

Tener frío, quedarse con hambre, orinarse de miedo, enfermar el corazón de pena.

Desear abrazos, caricias, ternura, amor, juguetes.

Desear ropa de particular y calzado como los chicos en libertad.

Llenarse de vergüenza y resquemor ante la mirada ajena. Resentirse, odiar, gritar por dentro y enmudecer por fuera.

Esperar el golpe, la oscuridad, el encierro patológico, la muerte.

Desear tener un hogar como los de los chicos que se ven jugando a través de las rejas.

Desear caminar libremente de la mano de mamá y papá.

Estar internado es compartir promiscuidad, soledad, incertidumbre e impotencia.

Enfermarse, sentirse diferente y no querido.

Apenarse, arrebujarse, ovillarse, bloquear la mirada, la mente y los sentidos.

Perder el rancho, la casa, el barrio, la escuela, los amigos, los hermanos, los primos, los vecinos, los tíos, los abuelos, lo que queda de los papás.

Esperar los fines de semana una visita o una salida. Extrañar, apagarse.

Anhelar el paquete de galletitas, el alfajor, las naranjas o las figuritas.

Esperar minuto a minuto un llamado telefónico que justifique las ausencias familiares.

Desgarrarse por dentro.

Buscar en cada cara, en cada sonrisa, en cada mirada a alguien querido y a quien querer.

A quien no temer.

En quien reposar.

Un hombro para llorar sin ser humillado.

Convivir con el temor de no salir nunca más, con purgar en el infierno quien sabe qué pecados.
Con el temor a la fuga, a sus consecuencias y al vacío detrás de ésta..

Estar internado es sentirse rechazado, señalado y agredido por la estatura, el color de piel y posición social por parte de los “grandes”. O ni siquiera es ser mirado, ni existir.

Es odiar a los chicos que tienen.

Es odiarse por no tener.

Es convencerse de estar encerrado para recibir y por siempre obtener el justo merecido por la maldad interior.

Desear morir por lo que se vive, por lo que se ve, por lo que se escucha; porque las noches y los días se alargan y se sufre, y se llora.

Saber en lo profundo del alma, que nunca fue deseado, amado, y que nadie lo hará jamás.

Desear no haber nacido, renunciar a la vida, al amor, al futuro.

Desear volver a la panza de mamá.

Del libro “La Internación de Menores como privación de libertad”, escrito por la psicóloga Ana María Dubaniewicz.

 

P.D: Después de darle a publicar a esta entrada, leo la escalofriante noticia de que unos padres han entregado a sus hijos al Ayuntamiento de Talavera de la Reina por no poder mantenerlos. Los niños, dos bebés de 11 y 22 meses, estaban bien cuidados, bien nutridos, y aparentemente felices.

No puedo evitar preguntarme si con el dinero que cuesta mantener a estos niños en un centro de menores, no se les podría haber ayudado a quedarse con sus padres; y también si es sintomático, el inicio de un gigante retroceso que nos devolverá a los tiempos de las inclusas y el auxilio social que tan bien retrató Carlos Giménez en los álbumes gráficos “Paracuellos”, cuyas imágenes ilustran esa entrada y que recomiendo a cualquiera que quiera sentir en propia piel lo que es ser un menor institucionalizado.

El final de las hogueras y la muerte de la infancia

En la entrada de ayer, dedicada a la fiesta de San Juan, recomendaba José Luis Ríos, lector del blog, este artículo del antropólogo Manuel Delgado.

No puedo estar más de acuerdo con ambas cosas: nos han expulsado de las calles, y nos han robado la infancia.

No hace tanto – 20 años más o menos – Barcelona era, la noche del solsticio de primavera (sic), un mar de humaredas y fuegos. Era en cada esquina, cada cien metros, que se levantaba una hoguera que había sido levantada por la chiquillería del barrio, para quienes la noche de San Juan era su noche, la noche en la que, por unas horas, las calles eran más suyas que nunca, porque la calle, hasta de ordinario, ya era suya, es decir, nuestra, cuando éramos pequeños.

Ahora, la cosa ha cambiado, claro. Dentro de poco, cuando llegue la noche más corta del año, solo unas cuantas hogueras se encenderán, básicamente resultado de iniciativas medio institucionales a cargo de asociaciones de vecinos. Habrá barrios en la ciudad donde no se encenderá ninguna hoguera. La mayoría.

Una de las causas, sin duda, es la presión de unas autoridades municipales que nunca han disimulados hasta que punto detestan una fiesta como esta, que ni entienden ni controlan, en las que cientos de miles de personas se lanzan a la calle, seguramente temerosas de que la vieja maldición que amenaza a aquellos que se atrevan a pasar la noche solsticial bajo techo, oscuramente y maravillosamente obligados a salir a la intemperie.

Ahora bien, si el odio y la aversión que nuestros mandatarios tienen hacia cualquier expresión de espontaneidad no debidamente controlada y patrocinada es una razón de la agonía de los fuegos de San Juan, no nos engañemos, esta no es la principal. La causa fundamental es la desaparición de aquella auténtica institución social que era la chiquillería, es decir, las organizaciones infantiles surgidas en las calles, en las plazas, y sobretodo, en los descampados de la ciudad. Serrat tiene una canción preciosa que habla de lo que era para los chavas de barrio la noche esta. La canción se titula “Per Sant Joan”. Por favor, buscadla y oídla y entenderéis qué os quiero decir.

Es esto lo que se ha extinguido. Y la culpa la tiene el acuartelamiento del que hemos hecho víctima la infancia, condenada a pasarse su tiempo libre en clases de piano o de taekwondo, o jugando con la nintendo, o debidamente monitorizados por monitores de esplais, que están bien, pero que no son ni serán jamás ese espacio de libertad que era la calle.

Ahora bien, no seamos pesimistas. Es verdad que hemos perdido la chiquillería, y que hemos negado a los nichos en buena medida el derecho a la ciudad, pero la venganza no se ha hecho esperar. Fenómenos como el botellón, por ejemplo, no hacen sino expresar esta venganza de los niños que dejan de ser niños, y convertidos en adolescentes y jóvenes, retoman esos espacios públicos que les habían sido negados de más pequeños.

Esta poética venganza nos la encontraremos también esta noche de San Juan. Al anochecer, cuando oscurezca, miles de jóvenes invadirán en masa las playas de la ciudad y encenderán un puñado de pequeñas fogatas, en una tradición nueva, que muchos no saben que tiene sólo unos años: los mismos que hace que se acabaron las hogueras de barrio que encendían los niños y que ellos no encendieron.

Aquí, la canción de Joan Manuel que recomienda Delgado, que tengo que reconocer que no conocía:

Fiesta

Tendría 8 años, cuando en la verbena del pueblo d e mis abuelos, mi madre decidió que teníamos que aprender a tirar piulas.

Nos pusimos todos en fila a una distancia prudencial de la hoguera, y ella nos iba encendiendo las piulas, que arrojábamos lejos cuando empezaban a chispear.

Teníamos 12 años.

Ahorrábamos durante semanas para comprar petardos, habíamos perdido el miedo, y nos atrevíamos a dejarlos junto a los pies (nos protegíamos con el zapato), y los más osados, incluso a sujetarlos con las manos (una leyenda urbana decía que J. se atrevía a sujetarlos con la boca; pero yo nunca lo vi). No sólo comprábamos piulas, entonces… también chinos, tracas, cohetes de los que te dan un tirón cuando los sujetas, y los que no estallaban, los pisábamos y los partíamos por la mitad para verlos girar en el suelo.

Llevábamos mechas, como los mayores, y nos encantaba tirarlos por sorpresa a los adultos que bailaban la música de la Orquestra Platería bajo los farolillos que pacientemente habíamos colgado aquella tarde.

Probábamos el cava, y esa noche, nos íbamos a dormir casi cuando salía el sol.

Teníamos 17 años.

La noche de San Juan era una de las que menos me gustaban para salir. Porque salía todo el mundo, incluso los que no salían nunca, y parecía obligatorio trasnochar más, emborracharte más y divertirte más que cualquier otra noche.

Pero, ¿cómo quedarse en casa?

Quien por San Juan sanjuanea, por marzo marcea, que dice el refranero… pero no recuerdo haber ligado nunca en la noche más corta del año.

Cuando llegaron los niños, dejé de celebrar San Juan. Quizás subíamos un rato a casa de los vecinos, pero trasnochar, cambiar hábitos y horarios… nos pasaban una factura demasiado grande. A dormir a la hora de siempre y a oír los petardos desde la ventana.

Anoche volvimos a celebrar un San Juan como el de mi infancia.

En una verbena de barrio, con hogueras y carne a la brasa, diablos, tambores, música en directo y muchos petardos.

Pensé que los mayores tenían ya edad para empezar a tirar petardos, y que más valía que fuera yo quién les enseñara a hacerlo. Así que B., C. y A. se pusieron en fila a distancia prudencial de la hoguera, para que les encendiera las piulas con la mecha.

También hubo bengalas, cohetes de los que te golpean el dedo cuando dan el tirón, y hasta un par de fuentes de colores. Y cebolletas para el pequeño. P.

Volvimos bastante pasada la medianoche, cansados y algo borrachos del olor a pólvora, y hasta conseguimos ver la luna llena, que dicen que es la más grande de este año que está siendo tan mágico.

Sola entre parejas

Este texto lo ha escrito Viviana Gómez Thorpe, periodista argentina autora del libro “No seré feliz pero tengo marido” (un título que es toda una declaración de intenciones).

Anoche comí con amigos. Amigos de siempre. Tres parejas. Y yo.

En general trato de evitarles esa violencia a las personas EMPAREJADAS.

Me quieren y los quiero, pero el manejo de períodos de soltería cuando la mayoría de amigos está en relaciones comprometidas, es desgastante. Para ambas partes. Más si el PERIODO DE SOLTERIA es ya visiblemente definitivo por propia elección. ¿Una mujer sola, sin pareja? ¿Libre y feliz? ¿Con qué se come eso? La gente ‘normal’ no sabe bien donde ubicar a ese personaje que se desplaza ahora sin el SIAMÉS al que todos estaban acostumbrados, y cuya ausencia viene a desequilibrar el propio SIAMESAJE de todo el resto.

Así es que me invitaron mediante la clásica frase de rigor en estos casos: “El sábado hacemos un asadito. Traete un amigo…”.

Pero no me lo traje.

Para los viudos, separados o solteros en rebeldía, este tironeo desgastante suele resultar en una presión personal a involucrarse en relaciones insatisfactorias para complacer al resto del grupo.

Constantes presentaciones forzadas de posibles candidatos Muchas de ellas por sorpresa… Tenaces consejos y admoniciones por no ‘Rehacer tu Vida’ (qué frase que me gustaría analizar con más tiempo…)

Aunque es difícil, considero vital resistirse a ‘ser ofrecida y que a una le ofrezcan’, así implique no encajar nunca más en ese grupo de afectos, verlos menos o nada…

¿Porque además qué podría compartir una (MUJER SUELTA) acerca de su actual vida amorosa, afectiva, probablemente intermitente con esos seres que han luchado y se aferran por mantener un lazo importante para ellos, aún cuando en demasiados casos a todas luces, resulte ser el mismo que parece acogotarlos…?

Por eso bueno es mantenerse a una prudente distancia. Protegiendo a esas almas queridas para no inquietarlas con nuestro DESORDEN…

Porque alguna vez una también estuvo allí…”

Me ha parecido una reflexión muy interesante. Yo no recuerdo sentirme fuera de lugar con mis amigos en pareja, ni cuando dejé de ser “siamesa” después de un largo período, ni más adelante… pero sí en otros entornos menos próximos en los que me he visto obligada a alternar ocasionalmente, por ejemplo, el día que comí con las 9 parejas que hacían conmigo el cursillo para conseguir el CI, o en algún encuentro con familias del colegio.

¿El mundo es de las parejas, está pensado por y desde las parejas? ¿Quién se siente más incómodo en situaciones como las que describe el texto: la persona que está sola o los dúos? ¿Qué amenaza supone para una pareja consolidada la soltería más o menos permanente de una amiga? ¿Ante qué espejo les pone? ¿Hay una presión social para que nos emparejemos, aunque sea mal, para no desentonar?

Y…

¿Sucede lo mismo al revés? Cuando una persona que ha estado largo tiempo soltera y se ha relacionado, quizás, con otras personas igualmente impares, empieza a tener pareja ¿se siente fuera de lugar – o excluida? Así le pasó – según me contaba – a la primera amiga de mi grupo adolescente que tuvo novio en serio, y yo ahora mismo creo percibir alguna vez que personas que quizás habrían contado conmigo unos meses atrás no lo hacen, quizás por no molestar, quizás porque no saben cómo encajarme, cómo encajarnos…

Termino con una reflexión de la psicoanalista María Adela Mondelli respecto a este texto que me parece brillante:

La decisión de estar sin pareja -que no es “sola”-, es una experiencia temporal imprescindible en la vida de la mujer que quiera alcanzar cierto grado de empoderamiento personal. Pero es necesario pensarla como una opción definitiva de vida, hasta que no nos encontremos con aquel con quien pueda construirse un vínculo más allá de los mandatos culturales vigentes. Si no, la soledad temporal se transforma en una trampa que la mujer misma se puede poner.

Adopción abierta

Debatimos estos días sobre la adopción abierta a propósito de esta información que afirma que una reforma de la Ley del Menor regulará esta figura jurídica antes de que termine el año.

Leo en los padres adoptivos mucho miedo ante esta posibilidad. Miedo a que los niños se hagan un lío entre dos familias, miedo a la presencia que se presupone nociva de la familia biológica, miedo a perder a los niños si la familia biológica los reclama…

¿Los niños se hacen un lío entre dos familias, se sienten divididos entre la familia biológica y la adoptiva? Es posible. Pero este lío no tiene que ver con el derecho a visita de la familia biológica, sino con su existencia. Muchos niños viven su adopción como un conflicto de lealtades entre sus dos familias. ¿No les ayudaría el entendimiento entre ellas, el derecho a ser parte de ambas?

¿Es nociva la presencia de la familia biológica? Puede serlo en algunos casos (como puede serlo el de algunas familias adoptivas), pero, ¿por qué asumir desde el principio que siempre esta presencia puede hacer mal? No todos los padres biológicos son maltratadores o abandonadores, algunos son simplemente incapaces, en otros casos, la relación con la familia biológica no se daría con los padres sino con abuelos u otros parientes, que no se verían en la tesitura de decidir entre cuidar de unos niños en una edad y circunstancias que tal vez no sean las más propicias o perderlos para siempre… ¿Por qué no podemos imaginar una relación parecida a la que puede haber con las familias de dos cónyuges separados – y separados civilizadamente?

¿Y el miedo a perder a los niños? Por lo que vengo leyendo, la figura de la adopción abierta está pensada sobretodo para permitir salir de los centros a esos niños cuyos padres no se ocupan de ellos pero tampoco renuncian; y es una figura que, a diferencia de lo que sucede con la acogida, se presume permanente, es decir, conjura el riesgo de ver marchar a esos niños… y más importante aún, de que ellos se vean en la tesitura de perder una familia de la que se sienten parte.

Esto no va de nuestras preferencias, de nuestros miedos o de nuestros fantasmas: va de las necesidades de los niños. Puede haber casos en los que una adopción abierta sea lo mejor para ellos, y en estos casos, está bien que esta posibilidad exista, nos venga mejor o peor a los padres biológicos y adoptivos.

Tengo novio

Esta historia me la ha contado (y dado permiso para reproducir) R., madre de A., un niño de 5 años nacido en Marruecos (y muy amigo de mi A.).

Ayer por la tarde, conversacion de un amiguito de A. que hacía días que no se veían (tiene un año más).

Estábamos los tres. Dice el amigo:

– ¿Sabéis algo? ¡tengo novia!

– ¿Ah sí?, digo yo…. no sabía que tan pequeño se pudiera tener novia o novio, creía que se tenían amigos y amigas…

Y él:

– Claro que sí (me mira con cara de no te enteras de nada) El problema es que hay otro de la clase que también la quiere de novia.

Y yo le digo:

– ¿Y ella qué dice?

– Dice que me quiere a mí, que le gusto más. Y estoy muy contento, pero claro, el otro llora mucho.

Y dice A.:

– Mama, yo no tengo novia, tengo novio: ¡G!

Y yo digo:

– ¿Pero no sois amigos? 

– No, mama, hemos decidido ser novios.

– ¿Y qué cambia esto?

– Nada, mama, pero de momento lo somos ….

La conversación de la mañana ha sido mejor:

– Mama, de lo que te dije ayer, ¡olvídalo!

– ¿Qué?

– Nada, aquello de que éramos novios G. y yo… 

– Aaaah….

– Sólo lo dije porque parece que ahora, no sé por qué, hay una moda que todos los niños tienen novia y todas las niñas tienen novio, ¡¡¡y yo no me quería sentir diferente!!!

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