familia monoparental y adopción

Archivo para julio, 2013

¡¡Nos vamos de vacaciones!!

Y cómo os dije el año pasado

A la vuelta os contamos…

Anuncios

Árbol genealógico

Eva, la autora del blog “Yendo a por el segundo”, publicó unos días atras unas reflexiones muy interesantes sobre el árbol genealógico en el caso de familias monoparentales.

Para mí la clave está en dilucidar de qué hablamos cuando hablamos de familia. ¿De genética? ¿De vínculo? ¿De convivencia? ¿De presencia?

En adopción se discute mucho el tema del árbol genealógico, ¿qué familia tiene que incluir? Genealógico comparte raíz con “gen”, ¿hablamos desde lo genético y el árbol lo formaría la ascendencia genética, la familia biológica? ¿O hablamos desde lo social y la familia que cuenta es la adoptiva? ¿Las incluimos a las dos?, y si es así, ¿cómo? (esta última cuestión se podría trasladar a los casos de donación donde la parte del donante, sea de semen o de óvulos,  colisiona con un otro padre o madre, sociales, que sí están. ¿Se incluye a este segundo padres o madre “genética”? ¿Se obvia?).

 Si buscais en Internet sobre árboles genealógicos para adoptados, veréis que hay un montón de propuestas distintas a la opción tradicional (algunas son las que ilustran esta entrada). Por ejemplo, modelos que son como un árbol (botánico), donde la familia biológica está en las raíces y las ramas son la familia adoptiva (el niño es el tronco); u otras que son parecidas a constelaciones familiares, con el niño en el centro y los familiares (biológicos y adoptivos), le rodean como planetas; incluso árboles tradicionales que contemplan la filiación tradicional, pero esta es doble (hay unos padres adoptivos pero también unos padres biológicos en la línea ascendente)…

B. (3º de primaria) este año ha hecho en el colegio el árbol genealógico, y cuando lo estaba haciendo me explicó que él “no tenía la rama del padre”. Me pareció extraño que hicieran un árbol genealógico con un vacío en lo que no había, y no con lo que hay, como si hubiera un solo modelo de familia, y por tanto, de árbol genealógico. Esto tendría sentido si habláramos de lo genético (todos procedemos de un óvulo y un espermatozoide, por tanto, por extensión, podemos hablar de “padre y madre genéticos”), pero, ¿desde lo social? ¿son iguales todas las familias? ¿tienen todas lo mismo?

Fui a hablar con la maestra. Esta me dijo que no había un modelo único de árbol genealógico y que se trabajaba de forma individual con cada niño… finalmente, B. hizo su árbol genealógico con los abuelos (mis padres); en línea descendiente, yo (no mi hermana); y abajo, él y su hermano. Y en un lateral, su madre biológica (pero no el padre). Le dije que podríamos haber ampliado la información sobre su familia biológica (e incluso la adoptiva), pero me dijo que no, que se lo había pensado y así le estaba bien… y no tuve nada que decir.

Lo que los padres no se atreven a decir a los maestros

Llevo días leyendo por Facebook este afiche, que comparten, encantados del mensaje, muchos de mis amigos.

Y a mí me pone los pelos como escarpias.

Comenzaré por negar la mayor: muchos maestros nos dicen estas cosas a los padres, incluso aunque no sean ciertas… eso sí, ¡no te atrevas a decirles tú lo que piensas de sus errores! (incluidas faltas de ortografía, que en los papeles que llegan del colegio de mis hijos las hay, y no pocas).

Nos dicen que los niños no tienen límites, cuando es prácticamente imposible criar a un niño sin límites: otra cosa es que nuestros límites sean distintos a los que los maestros ponen o pondrían, o que sea distinta nuestra manera de imponerlos.

Nos dicen que hay que escuchar y creer a los niños, cuando ellos parecen no ver ni oír buena parte de las cosas que suceden en aulas y (sobretodo) patios, y cuando yo les he visto imponer castigos sin dejar que una de las partes expusiera la situación (que a menudo no era la que ellos pensaban que era).

Nos dicen que los niños son los que tienen que hacer los deberes… sin plantearse por qué razón se los hacen en muchos casos los padres. No se plantean si es excesiva, o excesivamente difícil, si es necesaria o aporta algo… Autocrítica cero.

Nos dicen que los niños tienen que hacer actividades en familia, cuando a menudo la sobrecarga de deberes les deja (y deja a los padres) sin horas para compartir tiempo de esparcimiento unos con otros.

A la pregunta de “si no estudia ahora, ¿cuándo lo hará?”, yo les devuelvo otra que para mí describe una realidad mucho más inquietante: Si no juega ahora, ¿cuándo lo hará?

Cuando nos dicen que no se puede cuestionar al maestro, les transmiten un modelo social de sumisión y obediencia a la autoridad, aunque sea injusta. Les enseñan a no tener criterio propio, a no levantar su voz, a no defender sus derechos. Les preparan para ser borregos que encajen en el sistema productivo, que no se cuestionen, que no se rebelen.

En el colegio de mis hijos nunca jamás ningún maestro ha hecho ninguna reunión en su tiempo libre. Nunca. Somos siempre los padres los que tenemos que ajustarnos a sus horarios inverosímiles que colisionan con cualquier horario laboral habitual en este país. Lo cuál no tiene nada de malo, pero no les da derecho a queja.

Y por último, la frase estrella del afiche: “Los padres son los principales educadores de sus hijos y no pueden delegar esta responsabilidad en terceros”.

Y… el problema para mí es el contrario (y todos los consejos previos del afiche lo demuestran): el problema es cuando no quieres delegar la educación de tus hijos en la escuela (o en otros profesionales), y tomas tus propias decisiones de crianza … y estas no son las que ellos tomarían. A mí me ha costado mucho hacerle entender a más de una maestra de mis hijos que hay más de un modelo de crianza, y que algunos optamos por hacer cosas distintas a las que ellas harían o hicieron no por incapacidad, estulticia y dejadez, sino después de reflexionar, leer, pensar, escuchar a gente con posiciones distintas, probar y llegar a nuestras propias conclusiones.

Mis hijos han tenido en los últimos años como una docena de profesores de distinto tipo (de tutoras a especialistas) y no tengo ninguna queja: mi experiencia personal es que son todas excelentes profesionales, más allá del “cumplimiento del deber”… pero sí hay algo que todas comparten y que a mí no me gusta: esta visión general de los padres como “ineptos”, “incapaces”, “irresponsables”… menores de edad en resumen, que tan patente queda en el afiche que ilustra el post. En todas las reuniones de clase que hemos hecho (a ojo, una docena), hemos salido indignados de que nos trataran como si fuéramos idiotas y no supiéramos educar a nuestros hijos (alimentarlos, generar hábitos,etc). Y los que salimos indignados somos los padres y madres que hacemos muchas cosas de las que ellos recomiendan (desde hacerles lavar los dientes a darles fruta, pasando por llevarlos a dormir pronto), porque lo que nos molesta no es que tengan opiniones o criterios distintos a los nuestros: es que piensen que no sabemos asumir nuestras responsabilidades y tomar decisiones que pueden ser tan correctas o más que las que ellos tomarían o han tomado.

Hace casi 7 años que tengo hijos y paso muchísimas horas de mi vida en parques, puertas del colegio, plazas, etc, rodeada de niños y de sus padres. Y la inmensa mayoría son personas razonables, responsables y capaces, que educan a sus hijos con tesón y paciencia, sin desfallecer, aunque, como cualquiera, puedan cometer errores. ¿Que hay algunos descerebrados en el colectivo de padres? Por supuesto, como los hay en cualquier colectivo, también en el de los maestros, o, pongamos, el de los blogueros… la diferencia es que el de los padres es el único colectivo donde se toma la parte por el todo, y donde los desmanes de una minoría sirven para (des) calificarnos al resto.

Es mejor

Isabela, la autora de esas reflexiones de una adolescente adoptada que tanto nos dieron que hablar, escribió este listado de lo que cree que es mejor y peor en la relación de los adoptados con sus padres adoptivos.

Es mejor:

Es mejor saber que crecer en la ignorancia.

Es mejor tener la vida lo mas completa posible (aquí entra todo, incluido la mayor cantidad de datos personales), para gestionar el futuro.

 Es mejor saber que no les debo nada a cambio de mi adopción.

 Es mejor saber que somos universales.

 Es mejor saber que pertenecemos a dos sitios aunque sean distantes en kilómetros cultura, educación, color y costumbres.

 Es mejor tener mas referentes que los demás porque somos mas ricos que la mayoría.

 Es mejor saber que dentro de mi tengo lo mejor de mis dos mundos.

 Es mejor saber que puedo libremente querer a mis dos padres y mis dos madres, sin tener que elegir.

 Es mejor saber quien es uno mismo que crecer en la ignorancia.

 Es mejor hacer que dejar de hacer.

 Es mejor hablar aunque duela más que callar.

 Es mejor conocer las dos realidades de mis dos mundos que ignorarlas o solo conocer una parte de una de ellas.

 Es mejor no sentir un vacío desierto en mi interior.

 Es mejor saber que tengo el derecho a saber y que los derechos de mis padres son mis derechos también y que me enseñen a aprender a utilizarlos.

 Es mejor vivir sin el peso de la losa de granito de imaginar cosas que no sé.

 Es mejor crecer sin sentirse abandonado, yo nunca me he sentido abandonada.

 Es mejor tener unos padres adoptivos generosos y altruistas.

 Es mejor tener unos padres adoptivos que sean mis cómplices en la vida.

 Es mejor que me demuestren su amor respetando mi vida y mis circunstancias.

 Es mejor contar con ellos en las alegrías pero mas todavía en las dificultades y los problemas.

 Es mejor saber que no soy una aventura para mis padres y sabían lo que hacían cuando decidieron serlo y han sido realistas antes y después de que yo apareciera en su vida.

 Es peor:  

Es peor tener unos padres adoptivos ignorantes, miedosos, inseguros y egoístas.

 Es peor el silencio o las medias verdades.

 Es peor tener unos padres adoptivos que crean las cosas que les convienen para tener su conciencia tranquila antes que saber la verdad.

 Es peor crecer pensando que les debo agradecimiento, obligación, que estamos en deuda con ellos.

 Es peor vivir imaginando que pudimos ser maltratados o abandonados o que no tenemos familia que nos haya querido alguna vez.

 Es peor la ignorancia.

 Es peor pensar que a lo mejor no podemos contar con ellos.

 Es peor saber que no contamos con ellos.

 Es peor saber que nuestros padres tienen mas derechos que nosotros y no sentirnos respetados

 Es peor no poder ser idealistas y tener que vivir con una realidad que no sabemos si es real pegada a la piel.

 Es peor vivir en el vacío de la propia vida y no sentirse persona.

 Es peor saber que solo tenemos que querer a los padres adoptivos, que no podemos querer a los padres biológicos y que tenemos que elegir a quien querer.

Chicos como Trayvon Martin

Dos noticias con trasfondo racista me han puesto los pelos de punta esta semana.

La primera, los insultos a la ministra italiana de Integración, Cécile Kyenge, de origen congoleño, a la que unos días atrás, el vicepresidente del Senado de su país llamó “orangután”, ante la pasividad y la tolerancia del resto de la clase política y de buena parte de la sociedad italiana. Esta impunidad es lo que me parece más grave del caso, aunque no puedo evitar ponerme en la piel de esta mujer y preguntarme si años y años de agresiones de este tipo me habrían endurecido hasta el punto de tirármelas a la espalda y seguir adelante.

Supongo que sí, que no queda otra.

La otra noticia, más tremenda si cabe (aunque probablemente sólo por una cuestión de grado), es la absolución del asesino de Trayvon Martin. Este chico negro de 17 años andaba por la calle en dirección a casa de su padre después de comprar unas golosinas, cuando un vigilante armado (miembro de una patrulla vecinal) decidió que por el mero hecho de ser negro y llevar una capucha en un día lluvioso era sospechoso. Tan sospechoso, que le disparó. Y le mató.

Cuando leí la noticia la primera vez, no pude evitar imaginarme en la piel del chico, no yo misma, sino a B., mi hijo mayor, que sin duda también será visto como sospechoso cuando vaya solo por la calle y mi presencia deje de blanquearle.

Y vivir en un país donde la gente no lleva armas por la calle no es consuelo suficiente.

Al respecto de esta historia, me acerca C. a este interesantísimo blog de un adoptado transracial norteamericano, negro y padre de adolescentes negros, que ha escrito una carta a los que se parecen a Trayvon Martin:

Queridos jóvenes negros:

¡SOIS VALIOSOS! ¡SOIS PODEROSOS! ¡SOIS INESTIMABLES! ¡SOIS MÁS QUE UN ESTEREOTIPO!

Cuando oí las palabras “no culpable”, inmediatamente me pregunté qué mensaje estamos mandando a los jóvenes negros como vosotros. Es un mensaje muy claro. Una vez más se os hace a un lado y se os ignora de manera que se os envía el mensaje de que no sois valorados.

No puedo evitar volver a esa noche de febrero y preguntarme cómo fue en realidad para el joven Trayvon Martin, que simplemente se dirigía a su casa desde un comercio del vecindario. Me pregunto cuáles fueron sus últimos pensamientos, emociones, y me pregunto qué sueños tenía, qué quería ser de mayor y qué había planeado para esa noche cuando llegara a casa.

Siendo el padre de dos adolescentes, me pregunto qué podrían o deberían hacer si alguna vez se encontraran en esa situación. ¿Les digo que corran, les digo que saquen rápidamente el teléfono y llamen a la policía, o deberían llamarme primero a mí? NO LO SÉ Y QUIERO SABERLO PORQUE NECESITO QUE ELLOS, Y VOSOTROS, VOLVÁIS A CASA. NECESITO QUE CREZCÁIS Y SOÑÉIS E IMPORTÉIS. Y lo grito a través de mis lágrimas y mi corazón roto porque quiero que todos vosotros sepáis que merecéis la pena. Intento gritar sobre la ristra de mensajes que os dicen lo contrario.

Sabed esto: este mundo cambia si uno de vosotros deja de respirar. ¡ESTE MUNDO CAMBIA SI NO ESTÁIS EN ÉL!

Esa noche lluviosa, Trayvon no hizo nada mal, pero el hombre que le siguió llegó a la conclusión de que era un gamberro. Jóvenes, oíd lo que os digo: VUESTRO COLOR DE PIEL SE VE ANTES QUE VUESTRO CORAZÓN. Algunos os verán como Zimmerman vio a Trayvon, negros primero; peligrosos; amenazadores. No importará lo bueno que habéis hecho o dejado de hacer. Las acciones de Trayvon no contaron para definirle. No había hecho nada sospechoso, pero fue descrito como tal. El poder que surge de vuestro color de piel asusta a algunos y algunos se sentirán injustificadamente amenazados por vosotros. Es su manera de pensar la que es errónea, NO VOSOTROS.

Estoy frustrado porque quiero daros instrucciones para manteneros a salvo y no tengo demasiadas. Mi consejo es hacer lo que haga falta para aseguraros de cruzar la puerta de entrada de vuestra casa más tarde. Si podéis hacerlo dándoos la vuelta y corriendo cuando os sigue un extraño, corred y gritad y chillad todo el camino a casa. Si podéis coger vuestro teléfono de forma segura llamad a alguien con autoridad y explicadle que está pasando. Pero, ¡precaución!,, porque el miedo que algunos os tendrán puede hacer que vean amenazadora cualquiera de vuestras acciones. Coger vuestro teléfono puede ser confundido con coger una arma y es a través de esta lente que debéis contemplar cómo responder. Si están demasiado cerca y no podéis correr ni coger el teléfono, moveos lentamente y hablad calmada y claramente, especialmente si ellos gritan y son agresivos. Mantened las manos fuera de vuestros bolsillos. Si lleváis una capucha, sacadla lentamente. Si estáis en lo oscuro, moveos lentamente hacia la zona iluminada. Si lleváis gafas de sol, apartadlas lentamente y miradles a los ojos. No os apartéis y no discutáis. Vuestro trabajo no es argumentar que tenéis perfecto derecho a estar donde estáis o que no hicisteis nada malo. VUESTRO TRABAJO: Hacer lo que haga falta para llegar a casa. Si esto significa que debéis defenderos para salir de allí, hacedlo, pero esta DEBE ser vuestra última opción.

Ojalá pudiera deciros más; daros más consejos; daros el número del BAT teléfono para asegurar vuestra seguridad, pero no puedo. Recordad siempre: es el sistema el que está mal, no vosotros.

Padre biológico

Yo: ¿Te acuerdas de F.? Pues está embarazada. Va  a tener un bebé dentro de algunos meses.

B.: Pero… ¿quién era su novio? ¿Tiene novio?

Yo: No, F. no tiene pareja. Va a ser madre sola, como yo. Tú tampoco tienes padre…

B.: Sí, yo tengo padre en Etiopía…

Yo: Claro, tienes en Etiopía a tu padre y tu madre biológicos. El hijo de F. también tiene un padre biológico, todos los niños lo tienen… Pero algunos crecen en familia donde el padre no está, como tú, que eres adoptado, o L., que su padre y su madre no se pusieron de acuerdo para seguir juntos, o S., que su madre se quedó embarazada con la ayuda de un médico, que le puso el esperma de un donante…

B.: ¿Y quién es el padre bio-biológico del niño de F.?

Yo: Pues un amigo de F., un hombre que quiere ser padre en el sentido de que quiere que nazca este niño, quiere ayudar a F. a ser madre de este niño, pero no quiere ser padre de cuidar, porque ahora mismo no le encaja en su vida.

B.: Ah… esto está bien…

(…)

Esto es lo que haremos M., P. (sus amigos del cole) y yo cuando seamos mayores: tendremos hijos, pero que se ocupen las madres, porque nosotros estaremos siempre de juerga.

Ay…

Acogimiento en primera persona

T., madre adoptiva de una adolescente, biológica de un bebé, y de acogida de múltiples niños, me hace llegar este artículo con el testimonio demoledor de una joven que vivió toda su vida en el sistema de acogida.

 Este artículo deja muy claras las diferencias entre adopciones y acogimientos. En una adopción (cerrada o abierta), los Servicios Sociales no habrían podido obligar, presionar y amenazar a esta chica y a su familia para separarlos. Lo que les hicieron, roza (si no cruza), la línea de la crueldad mental: la actuación de los Servicios Sociales no parece tener ningún objetivo positivo, sino simplemente joder porque tenían el poder de hacerlo.

 

Me llamo Emma, tengo 24 años y me gustaría contaros mi historia.

He estado en acogimiento desde que era muy pequeña y he vivido en distintos centros y hogares de acogida. Cuando tenía 9 años, fui a vivir con unos acogedores en Lincoln con quienes por primera vez me sentí feliz, segura y amada. Estuve en este hogar hasta los 16. Quería quedarme más tiempo, pero los servicios sociales me lo pusieron muy difícil. Sufrí bulllying en el colegio, así que lo dejé a los 15. Los Servicios Sociales no pagaban escolarización en casa, así que terminé sin hacer nada en todo el día más que leer libros.

Mi acogedora tenía una amiga que tenía un salón de belleza, y esta señora me iba a contratar como aprendiz de peluquería. Si hubiera sucedido esto, hoy sería una peluquera cualificada. Los Servicios Sociales no me dejaron hacerlo, en vez de ello me dieron una lista de tareas diarias.

Era horrible y me la hacían firmar para demostrar que lo había hecho todo. Incluía levantarse a las 8 de la mañana y estar lavada y vestida a las 8 y media, y no se me permitía salir, así que, ¿qué se esperaba que hiciera?

Todo esto me hizo salirme de mis casillas y me empecé a rebelar contra el sistema de acogida.

Mis padres de acogida lucharon por mí, pero los servicios sociales me hicieron la vida muy difícil. Me hacían escribir palabras de un libro, era horrible. Dejaron que mi hermana de nacimiento entrara en mi vida y ella me sacó del sistema de acogida y me devolvió a mi ciudad natal. Desearía tanto que no lo hubiera hecho.

No era capaz de sobrevivir en el ancho mundo. Atravesé el infierno hasta los 21. Me metí en delitos, abuso de drogas duras, y violencia doméstica. No tenía a nadie con quien hablar excepto mi antigua familia de acogida. Llegué a los 21 y recibí una orden de comportamiento antisocial, y me desalojaron de mi primera casa tutelada porque violé las condiciones de mi orden en tres ocasiones. Me mandaron a juicio para darme un informe previo a la sentencia, al que asistió mi mamá de acogida.

No me mandaron a la cárcel, fue como si alguien cuidara de mí. Desde ese día prometí a mi madre acogedora que saldría de las drogas, del crimen y del alcohol.

No me permitieron quedarme con mis padres de acogida ya que los servicios sociales dijeron que había salido del sistema. Mis padres acogedores intentaron enfrentarse a ellos, pero les dijeron que deberían dejar de acoger niños si me acogían a mí. Finalmente encontré vivienda y ahora tengo 24 años, mi propio apartamento, y mi familia de acogida aún cuida de mí.

Se suponía que mi familia de acogida debía olvidarme cuando me marché a los 16, pero no lo hicieron. Siempre se han ocupado de mí y me llaman hija igual que yo les llamo familia. Esto es amor incondicional, y esto es lo que los jóvenes necesitan cuando se convierten en adultos.

Nube de etiquetas

A %d blogueros les gusta esto: