familia monoparental y adopción

Maneras de mirar

Hace bastante tiempo escribí sobre las miradas… las miradas que recibimos por ser una familia distinta a los estándares.

Entonces contaba que había dejado de ver cómo nos miraban… ahora, vuelvo a ser consciente de ello a través de los ojos de N. y sus hijos, que se han convertido (como nosotros) en una diana humana para la curiosidad de los demás.

(Recuerdo el fin de semana que nos conocimos. El primer día, fuimos a un museo y la vigilante, una chica jovencita, no dejaba de rondar a nuestro alrededor. No se atrevía a preguntar, pero se le notaba la curiosidad a kilómetros. Estuvo comentando cosas sobre los niños, lo que podían y no debían hacer (subirse ahí, correr por allá…) y finalmente, me preguntó: ¿son todos tuyos?. N. y yo nos reímos en ese momento porque nos pareció claro que lo que quería saber es si éramos pareja… cuando nos convertimos en pareja, nos hemos reído de lo clarividente que pareció ser la muchacha).

Pero, ¿cómo miramos nosotros?

Las personas a las que nos gustan los niños, miramos a menudo a los locos bajitos que se cruzan en nuestro camino. Cuando estaba esperando, se me iban los ojos de forma insistente tras cualquier criatura que se me cruzara… tanto más si tenía la piel oscura. Me recuerdo intentando no observar fijamente a las familias adoptivas, especialmente a las que tenían niños negros… mi timidez / discreción no me dejaba acercarme y preguntar, presentarme como madre adoptiva en ciernes.

(Cuando B. llevaba muy poco tiempo en casa, fuimos al pediatra y detecté en una pareja que estaba en la sala de espera la misma mirada ansiosa, deseante, expectante… que yo creía tener al mirar criaturas de otras etnias. Me puse a hablar con ellos y enseguida me contaron que acababan de ser asignados en Kazajistán y que estaban en el pediatra para que les valorara el informe).

Después, me he descubierto muchas veces mirando (intentando que no se note, no ser maleducada) a familias negras. Intento imaginar qué piensan ellos de nosotros… y también qué piensa B. de ellos, y de rebote, de nuestra familia. Si se pregunta cómo sería crecer en una familia donde todos se parecieran, si lo echa de menos; si en su interior me reprocha haberle arrancado este derecho. También miro a menudo a los adolescentes negros y magrebíes, tratando de discernir si B. y A. van a parecerse a ellos cuando crezcan. No sólo de aspecto: en sus comportamientos, en su estilo, en sus maneras de relacionarse.

Y mirando a los demás, he llegado a la conclusión que igual que hay maneras y maneras de decir las cosas, que a veces no se trata de lo que decimos sino del tono, el contexto, la intención… con el mirar pasa lo mismo. No es lo mismo mirar fijamente, con el ceño fruncido y la boca apretada, que mirar con una sonrisa cómplice.

Y cuando miro, si me devuelven la mirada, sonrío. Sonrío mucho. Y si me devuelven la sonrisa, muchas veces hablo. Soy de las que hablan con otra gente (si les veo receptivos) en tiendas, autobuses, salas de espera… algo que he descubierto que resulta más cómodo, por lo general, a los inmigrantes que a los españoles. Y quizás por esto – o porque les adivino otro tipo de intenciones; o por prejuicio – me doy cuenta de que las miradas, las sonrisas e incluso las preguntas de las personas de otras etnias me molestan menos que las que recibo de mis iguales.

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Comentarios en: "Maneras de mirar" (10)

  1. Pues a mí las miradas que no me molestan son las de otras familias interaciales. De resto me siento como si fuera una famosa de pacotilla. Sé que la mayoría de la gente mira por curiosidad, pero si con un peque me miraban con dos es algo continuo y además, no sé por qué, pero la gente se cree con derecho a hacer comentarios y preguntas constantes. El 99% son “que bonitas” o cosas similares pero es un rollo.

    Por cierto, como anécdota curiosa, este verano fuimos a la piscina y una chica negra y de acento sudamericano, al ver a mis hijas dijo “Se nos va a llenar esto de chinas”. Y en la playa, estando con la pequeña pasó un chico marroquí y comentó “Qué gracia, la niña china y la madre no”. Yo flipé que estos comentarios dichos en voz alta vinieran precisamente de personas claramente inmigrantes. El chico creo que no lo dijo con mala idea pero, la chica es evidente que sí. Da que pensar

    • Está claro que ser inmigrante, o de un grupo étnico no dominante, no vacuna contra el racismo o los prejuicios; ser padre adoptivo tampoco. Yo tengo muchos amigos que son familias adoptivas – también familias interraciales no adoptivas – pero de otros me siento muy, muy alejada…

      A mí, curiosamente, con dos empezaron no sé si a mirarme menos, pero desde luego, a preguntar mucho menos… creo que lo de madre blanca – niño negro – niño moreno les resultaba difícil de encajar, o qué… También ha mejorado mucho la cosa cuando los niños han ido creciendo.

  2. MIrar lo diferente no es malo de hecho estamos “programados para hacerlo”, si no fuera así seriamos incapaces de aprender y comprender el mundo que nos rodea. Otra cosa es cuando la mirada no es simplemente eso, una mirada, una observación, cuando la mirada va acompañada de prejuicios, de falta de tácto, de invasión de la intimidad del otro.
    Si lo pienso así, aunque a nadie le guste sentirse observado, intento ser tolerante con la mirada del otro porque como dices en tu post, yo misma me reconozco mirando en muchas ocasiones a otras familias que por las circunstacias que sea, atraen mi atención.
    Por lo general, en las conversaciones con otras familias adoptivas y/o interraciales, se cuentan las anécdotas más desafortunadas (que las hay), pero analizando lo que ha mi me ha pasado hasta la fecha creo que hay tantas, o más, miradas limpias, cómplices e incluso amigas.
    Creo que en ocasiones somos los observados quienes tenemos que aprender a mirar al observador con más naturalidad.

    • El problema no es que estemos programados para mirar al diferente: es que parecemos estar programados para sentir desconfianza hacia ello. Es posible que esto haya ayudado a nuestra supervivencia como especie… pero hace la convivencia muy difícil.

      A mí lo que más me molesta es la insistencia. Esta gente que te sigue mirando cuando les sostienes la mirada (y no con una sonrisa cómplice o iniciando una conversación intrascendente, sino como si les molestaras). En más de una ocasión le he preguntado a alguien si necesitaba algo… Igualmente, más que la primera pregunta, que sí, me molestan las siguiente cuando con mi tono, mis respuestas monosilábicas, mi lenguaje corporal… he dejado claro que me incomodaba el interrogatorio (cuando mi hijo pequeño llegó, llevó por razones de salud escayola en las dos piernas durante unos meses: había gente que nos perseguía por la calle preguntándonos que había pasado, si había tenido un accidente… solo les faltaba preguntarme si era una maltratadora).

      Yo también creo que los inputs positivos son más que los negativos. Pero los negativos calan más. Y la atención no deseada, aunque sea en positivo, también puede resultar muy intrusiva…

  3. A mi hija la miran mucho. es muy diferente a nosotros,. Es muy rubia, de ojos muy azules, sus rasgos son claramente eslavos….. A mí no me molesta y a a ella, de momento tampoco.

    Este verano en la playa coincidimos en la orilla con una matrimonio español, algo mayor (más 50 ) con su hijo chino como de 7 años.

    Cuando nos fuimos a las toallas le dije a mi hija “Mira, ese niño que estaba en la orilla jugando con vosotros también es adoptado”. Respuesta de mi hija: “¿Cómo lo sabes”?

    Me encantó.

    • A mi hijo (el mayor, el pequeño llama poco la atención) le molesta unas veces y otras no… igual es capaz de contar su vida a un desconocido como se niega a responder preguntas de lo más inocente. Yo respeto lo que él decide, y procuro estar con la antena puesta por si necesita que le eche una mano…

  4. Para bien y para mal, vivimos en un pais de mirones (y de preguntones). Yo me di cuenta después de vivir varios años en otro pais en el que mirar a otro es de muy mala educación. Al volver a España comprobé que muchos hombres miran descaradamente a las mujeres, a veces de una forma realmente grosera, que todo el mundo mira a los bebés, sean del color que sean, y que mucha gente mira sin disimulo al diferente (al negro, al asiático, al magrebí, al punky, al hippie, al moderno…). Mirar lo que nos llama la atención es un instinto natural (de niños todos lo hacemos) y dejamos de hacerlo cuando nos reprimimos, por educación, para respetar a los demás, porque las miradas pueden ser muy invasivas. Pero, por otro lado, cuando viví en una sociedad en la que eso se respetaba arrajatabla, comprobé que la ausencia de miradas indiscretas también incluía unas normas de conducta muy estrictas que conllevaban frialdad, incluso aislamiento. Me sentía más libre que España, pero también más encorsetada y, a veces, más sola.
    Lo ideal sería reprimir únicamente las miradas maliciosas o prejuiciosas pero poder quedarnos con la espontaneidad y con la cercanía.

    • Pues sí, eso sería lo ideal… Yo creo que entre una sociedad donde la gente mira de forma invasiva – pero se relaciona de manera cálida – y otra donde no te miran, ni para bien ni para mal… me quedo con la primera. Eso sí, con mi derecho a la pataleta!

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