familia monoparental y adopción

1.

Hace algunos meses, bajé con mis hijos al parque que hay al lado de casa. Yo estaba en un banco cercano, charlando con otra madre, cuando nos dimos cuenta de que todos los niños estaban comiendo unos bocatas que nosotras no les habíamos preparado.

Nos acercamos a preguntar quién se lo había dado y nos contaron que había ido un señor con una bandeja y había repartido.

Saltaron todas las alarmas. No porque fuera casi la hora de cenar; ni porque pensáramos, en principio, que pudiera haber algo malo en aquellos bocadillos; nos preocupó la impunidad con la que un desconocido se había acercado a nuestros hijos, y, sin nuestro consentiemiento, les había surtido de comida apetecible. ¿Qué intenciones llevaría? ¿Qué podría haber hecho con el señuelo de los bocatas?

Empezamos a investigar y descubrimos que en la terraza de un bar próximo se había celebrado una fiesta infantil; que habían sobrado bocadillos y uno de los organizadores se los había acercado a los niños que jugaban en el parque, muchos de ellos, invitados a la fiesta; que los niños ajenos a la fiesta se habían acercado y él había repartido.

La explicación nos pareció convincente, nos podría haber pasado algo parecido… pero la actitud de los niños, de nuestros hijos, nos pareció que contenía cierto riesgo. Aprovechamos para explicarles que antes de aceptar algo, cualquier cosa, de un desconocido, tenían que pedirnos permiso.

2.

Antes del verano, un domingo que íbamos a regresar de la ciudad de N., estábamos, como tantos otros, haciendo tiempo en la estación. Se está convirtiendo en una rutina familiar: cacaolat y croissant en el bar de la estación antes de salir. Mientras nos dirigíamos a la cafetería de siempre, por entre las paradas de una feria que había dentro de la estación, perdimos de vista a los niños. Fue un segundo: enseguida aparecieron con un tipo vestido de payaso que les proponía que se fueran con él a hacer un taller de papiroflexia.

Saltaron todas las alarmas.

¿Qué hacía este tipo proponiéndoles a unos niños que se fueran con él – ¿me los puedo llevar?, dijo, no parecía contemplar que les acompañáramos las madres – a hacer cualquier cosa? Con el agravante de estar en una estación, un lugar de paso, lleno de gente, donde raramente se llama la atención; y de ir disfrazado, con nariz postiza y la cara pintada, es decir, ser irreconocible si se quitaba los afeites.

Le dijimos que no tajantemente, también a los niños, pero el hombre no se dio por aludido: nos siguió a lo largo de bastantes metros, haciendo gracietas a los niños aunque las madres les ibamos arrastrando y le respondíamos de forma inequívocamente tajante, mostrándoles figuras de papiroflexia bastante cutres…

Ya en la cafetería, hablamos con los 4 niños mucho más en serio. Le explicamos lo que nos había parecido el hombre, por qué nos parecía mal su actuación, les llamamos la atención sobre las señales de alarma que habíamos percibido… les recordamos que nunca, nunca, deben irse con alguien, conocido o desconocido, sin permiso del adulto que se ocupa de ellos.

Ya en el tren, B. me dijo que deberíamos haber avisado a la policía. Y sí, tenía razón, aunque no lo hicimos.

3.

Hace bastante tiempo, cuando B. era pequeño y A. no había llegado, una madre amiga me llamó la atención sobre un abuelo que frecuentaba nuestro parque (el mismo de los bocadillos). Este hombre, que no se distinguía en nada de un abuelo corriente, solía estar ahí, ayudando a los niños a trepar por una cuerda; hablando con ellos; echándoles una mano con los castillos de arena. Nada que no hagan otros padres o madres o abuelos sociables en el parque… excepto que ese hombre no iba nunca acompañado de ningún niño.

Nos empezamos a fijar, y efectivamente, iba solo. Nos pareció que tocaba demasiado a los niños cuando les ayudaba a trepar; se mosqueó cuando una madre le dijo un día que a su hijo no se le acercara; otra vez, estuvo haciendo cosquillas a dos chiquillas, ante la mirada tranquila y sonriente de sus madres… que estaban convencidas de que el señor era el abuelo de la otra niña; en otra ocasión, una niña mayor – 7, 8 años – que iba a sola a comprarse unas chuches al quiosco vecino, nos comentó que el hombre le había ofrecido comprarle un helado.

Hubo varias denuncias. Vino la guardia urbana varias veces. Todas ellas le echaron del parque, y el hombre se resistió: “No estoy haciendo nada”. Un día no regresó.

Una de las madres, cuyo marido es policía, nos contó que lo habían detenido, que había pasado una noche en el cuartelillo, que le habían amenazado con que si se acercaba otra vez al parque le llevarían preso. Era, al parecer, un hombre condenado en el pasado por abusos a menores, que ahora vivía con un hijo en el barrio. Hablaron con el hijo para que le controlara.

¿Cómo controlar algo así? Puede merodear cuando quiera por cualquier otro parque de la ciudad.

Estos días ha llegado a mis manos una campaña chilena que me ha traído a la cabeza estas situaciones: la del hombre de algodón de azúcar.

El hombre de algodón de azúcar

Es excelente. Sin embargo, está bien recordar que el 90% de los abusos sexuales no son a manos de desconocidos: son a manos de familiares y amigos de la familia, de personas en las que confiamos a priori.

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Comentarios en: "El hombre de algodón de azúcar" (11)

  1. Uau!!! Yo voy siempre con los ojos como platos y las antenas puestas! Miro más allá, intento captarlo todo, saber dónde están mis hijas en todo momento y con quién, buff!!!…. qué miedo me da esto!

  2. A mí también me da pánico, y me preocupa encontrar el punto en que mi hija pueda relacionarse en la calle con otros adultos con normalidad (en nuestra presencia, claro) y saber distinguir según qué actitudes. Aunque creo que el radar detector viene de serie cuando llega el niño.

    • El problema es que el comportamiento de un adulto amable y que le gustan los niños (en el buen sentido) y un adulto que quiere abusar puede ser muy, muy parecido… Por otra parte, está claro que con niños pequeños, la relación con otros adultos se da siempre en presencia de padres o cuidadores; pero, ¿qué pasa cuando tienen 7, 8, 9… años y empiezan a salir solos? ¿Cuando bajan a comprar el pan? ¿Cuando les dejas en la plaza mientras entras en la frutería?

    • Pues yo prefiero que mi hija pase por seca e introvertida a que le ría las gracietas a cualquier desconocido. Por mi trabajo tengo que relacionarme con asquerosos abusadores de menores y es cierto que la mayoría son gente del entorno más cercano, el primo, la nueva pareja de la madre, el abuelo o el vecino. A veces ese abuelo del parque de tanto ir por allí y ser amigable nos acaba pareciendo “de confianza”. Yo lo siento por los adultos a los que le gustan los niños en el buen sentido, pero no quiero que tengan trato con mis hijas. Las niñas que jueguen con otros niños, que para adultos ya tienen a sus padres. Y al que le gustan los niños que los tenga.

      • El problema es cuando tienes hijos que no son secos ni introvertidos, sino que son encantadores y sociables y se van con cualquiera… hay rasgos de carácter que es difícil (si no imposible) cambiar. Y con esta personalidad, tienes que gestionarte con el mundo… para lo bueno y lo malo.

  3. El profesor de inglés de la hija de una prima mía en 2º de Primaria era un pedófilo que guardaba en su casa una gran cantidad de pornografía infantil. Cuando fue descubierto, antes de que lo detuviera la policía ahogó a su perro y se suicidó lanzándose a la ría.
    Mi primita nos dijo que nunca les hizo nada, pero que se refería a ellos como “bebés”. Me dio un asco tremendo pensar que mientras los denominaba así sentía excitación sexual.

    • Lo cierto es que muchos pederastas trabajan en cosas que les relacionan con niños, y lo que es peor: que les permiten ganarse la confianza de los padres. Y saber ver la diferencia entre la amabilidad y el abuso no siempre es fácil…

    • Qué bueno que se suicidó. Qué pena lo del perrito!

  4. Lo que me parece complejo es por un lado dejar que nuestros hijos desarrollen su independencia y, por otra, tener cuidado. Pero yo no quiero olvidar que la gran, gran, gran mayoría de casos de abuso vienen del círculo más cercano. Por ahora, creo que los beneficios de darle libertad son mayores que los riesgos. Hay muchísima más gente amable que acosadores, muchísima más, y aprender a relacionarse con ella es una lección de vida que no quiero que pierda.
    Por otro lado, mi hija tiene siete años y yo ya le he hablado, con tono positivo, que si alguien le toca o le da besos que no sea un determinado grupo de personas le tiene que regañar y decírmelo para que le regañe. Sobre todo, quiero que tenga claro que si alguien la toca / acosa, lo debe contar, porque el silencio que el abusador impone, la vergüenza que les hace sentir, es el arma más poderosa que tienen. Y, sí, estar alerta, alerta, alerta.

    • Sí, esto es lo complejo: lograr el equilibrio. Y saber qué consignas, qué precauciones, tomar en cada momento de nuestra (su) vida.

      Yo creo que todos tenemos claro la prevención cuando se trata de desconocidos, o de gente con la que no tenemos confianza: a estos no se les deja tocar, besar, no se va con ellos… el problema es cómo ser precavidos con la gente más cercana. Porque en ese “grupo de personas reducido” con el que les damos luz verde puede haber un abusador; es más, es donde casi siempre están.

  5. “Y saber ver la diferencia entre la amabilidad y el abuso no siempre es fácil…” Cuánta verdad en tan pocas palabras!

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