familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para octubre, 2013

Ángeles y gitanos

Nos ha conmocionado la noticia de que el Gobierno irlandés decidió retirar temporalmente la custodia a varias familias gitanas porque sus hijos eran… rubios. En el más sangrante de los casos que conocemos, una niña de 7 años estuvo dos días bajo custodia del Estado mientras se comprobaba que sus padres eran, efectivamente, sus padres.

 Esto ha sucedido después de que en Grecia se encontrara, conviviendo con una familia gitana, una niña rubia que en principio se pensó que podía ser de procedencia escandinava, y ser una niña robada por una red de traficantes de bebés. Finalmente, se ha descubierto que “el ángel rubio”, como se la ha llamado, era una niña igualmente gitana, de origen búlgaro, cuyos padres, que tenían ya muchos hijos, regalaron a una familia griega. Una familia que la ha cuidado y querido durante toda su vida, lo cual no ha servido para impedir que sea sacada del entorno que conoce, de la gente que le quiere, para ser metida en un centro y, probablemente, terminar siendo dada en adopción.

A partir de esa noticia, parece que los padres que tenemos hijos distintos nos hemos convertido en sospechosos de ser traficantes de niños… ¿o no? Pues parece que no, que esto sólo sucede en el caso de que los padres tengan la piel oscura y los hijos la piel clara.

 Yo tengo un hijo negro, que no parece compartir ningún gen conmigo. Y un hijo blanco, pero mucho más moreno que yo. Jamás, en los años que llevan en casa, nadie ha cuestionado que yo sea su madre. Nadie me ha pedido sus “papeles”, ni siquiera cuando hemos cruzado la frontera francesa, que lo hemos hecho muchas veces (a menudo indocumentados) ; y la vez en la que B., enfadado, le dijo a un policía “deténgala, que no es mi madre”, el policía se rio y le dio un coscorrón cariñoso en el pelo.

¿Se imaginan qué habría pasado si fuera al revés? No le costó nada hacerlo a una canguro que tuve, que no me duró ni una mañana. Era una mujer etíope, que además hablaba árabe, venía muy bien recomendada por una amiga que la conocía bien… parecía la persona ideal para ocuparse de mis hijos. Sin embargo, al cabo de poco rato de conocerla, me dijo que no podía aceptar el trabajo: si la veían con mi hijo pequeño, sobretodo si él lloraba o no quería ir con ella, sería muy fácil que le pidieran la documentación… y que la terminaran deportando.

Podemos pensar que es razonable comprobar la filiación cuando hay dudas de que un adulto y un niño sean padre e hijo. Podemos argumentar que si uno tiene la documentación en regla, es una molestia sin importancia. 

Pero, como todo, yo creo que deja de ser razonable cuando se hace en un sentido (padres de piel oscura, hijos de piel clara) y no en el contrario. Como pedir los papeles en la calle a los negros / latinos y no a los blancos… como vigilar al niño negro que entra en la tienda y no al blanco…

Entonces, deja de ser razonable para pasar a ser racismo.

Este racismo que tan bien describe este artículo: que habla de que en estos días ningún gitano tiene acceso a los medios para explicar, por decir obviedades, que hay gitanos rubios, que las novias no se venden, que los gitanos tampoco venden a sus hijos y que, en todo caso, la gente pobre, pobre de solemnidad, no compra niños, sino que eso es una práctica cada vez más extendida entre la gente rica que compra niños o niñas, igual que compran órganos o “esposas”.

 No dejen de leerlo.

Más sobre volver a Etiopía

Ya saben que soy fan de Tarike. La verdad, enlazaría aquí todas sus entradas… pero claro, entonces tendría poco sentido tener blog propio, así que me contengo y sólo cuelgo las que pienso que tienen más que ver con la(s) temática(s) del blog.

Esta vez me lo ha puesto a huevo: su última entrada procede de una que colgamos aquí unos días atrás y, si aquella no tenía desperdicio, la suya, tampoco.

Vuelvo hoy al tema adopción. No tengo ni idea del mismo (o poquita, en comparación con los que llevan años empapándose), sufro como una bestia (todavía no soy mamá), pero estoy poniendo mi mejor empeño en sentar cátedra. De lo que sea. Y que, si no me pongo en serio con el blog, se me va a acabar olvidando el español, y ya verás tú que follón. Podría escribir de otras cosas, pero no (quiero).

Leía en Madre de Marte el relato de una chica adoptada etíope que, ya de joven (tiene 23 años, si ella es mayor, ¿qué soy yo?), había decidido venirse a vivir aquí. De los comentarios, me ha parecido deducir que el tema “el niño/a se quiere ir a Etiopía” es de candente actualidad.

Como consuelo para las familias diré que yo jamás amenacé con cruzar ni siquiera el Ebro. Y hace ya casi una década que no vivo ni siquiera en el mismo continente que mis progenitores y mis sufridos hermanos. Que uno no amenace, no quiere decir que no le dé la ventolera y se pire. En mi futura maternidad, obviamente me parecerá más que lógico si mi hija decide vivir en Etiopía. Me parecería raro si se fuera a Islandia. En fin, para que ella pudiera volver, primero tendríamos que habernos ido. A veces me pasa, que me pongo a hacer planes con lustros de antelación.

Llendo a lo que yo verdaderamente quería contar hoy (estos días tengo la cabeza en Góndar y más allá), en los últimos años el auge del voluntariado internacional nos ha traído hasta el centro varios voluntarios de verano nacidos en Etiopía y criados en Europa o América. A veces han combinado el voluntariado con la búsqueda de su familia de origen y a veces se han limitado a las actividades propias de los voluntarios. Como eran personas distintas, los resultados y experiencias han sido distintas (últimamente, razono siempre como si estuviera hablando con alumnos de párvulos), pero, reflexionando sobre el conjunto, he encontrado algunos puntos en común a todos los chicos y chicas que han venido. Los enumero (párvulos, coged el lápiz):

 . La edad: por el momento, todos han tenido entre 18 y 20 años. Es decir, en que han sido mayores para salir del país y han podido pagarse el billete de avión, se han venido a ver Etiopía. Para todos era su primera experiencia en el extranjero. De todos los países del mundo, han elegido conscientemente Etiopía, su lugar de nacimiento y, para algunos, el lugar donde habían pasado su primera infancia.

. En contra de lo que pudiera parecer, el volver a Etiopía no les ha aportado más recuerdos. Los que habían borrado completamente la parte de sus vidas que transcurrió en Etiopía (y algunos habían cumplido aquí los diez años), no recuperaron esas vivencias. Sí decían que recordaban los olores (injeera, berberé…) y ciertas sensaciones, como la del ansia de esperar a la persona que, en el orfanato, asignaba a los niños a las familias. Pero los que habían “olvidado” la lengua no la recuperaron (al menos en el mes que estuvieron) y no consiguieron tampoco recuperar recuerdos relacionados con su familia biológica. No sé si con asistencia profesional la cosa hubiera cambiado.

. Todos vinieron solos. Algunos con el apoyo emocional de sus familias adoptivas y otros no (normalmente, en estos casos, el chaval tenía, además, otros problemas con su familia adoptiva), pero ninguno ha venido acompañado ni de sus padres ni de sus hermanos. Hubo, incluso, un caso de dos hermanos biológicos, adoptados en la misma familia, pero que han venido solos en años distintos. En todos los casos, las familias se pusieron en contacto con nosotros y tuvieron a bien facilitarnos la mayor cantidad de datos posibles, incluso datos menos bonitos o situaciones difíciles. En todos los padres, hasta ahora, he podido percibir una cierta angustia, también muchas veces ligada al hecho de que tu niño/a se va a un país africano con la mochila a buscar gente que no sabe si encontrará. Lo veo lógico. Vista desde fuera, la experiencia tiene muchas papeletas para resultar frustrante y/o peligrosa.

.Para todos los que consiguieron encontrar alguien relacionado con sus familias de origen (hermanos, tíos, primos…) la experiencia, de lo que yo pude percibir, fue positiva. Nadie los asedió a peticiones ni con complejos de culpa. Para todas las familias fue una alegría ver que el niño o niña que se había ido hace años estaba bien. Algunas de estas familias, sobre todo en el caso de primos o hermanos, habían ya contactado a los chavales en Facebook. Esto, obviamente, es más fácil que pase si la adopción se produjo con el chaval ya mayorcito (la cara no le cambia tanto) y si la familia decidió dejarle su nombre etíope (y si el chaval en Facebook ha mantenido su nombre etíope y no se llama “Guerrero de la noche estrellada africana”, y tiene una foto donde se le ve la cara, y no una foto de su codo a contraluz).

. Hablando con ellos, me quedó claro que, para aquellos que mantienen amistad con otros chicos y chicas adoptados, y sobre todo para los que mantienen contacto con chicos o chicas que vivieron con ellos en el orfanato, estas amistades son importantes. Se sienten parte de ese grupo, donde son comprendidos y aceptados con todas sus contradicciones. Incluso para el hijo pre-adolescente de la Doctora, el conocer a estos voluntarios etíopes que viven en Italia le resultó fascinante, y les asediaba a preguntas: a las chicas les gusta tu pelo, si soy etíope me puedo casar con una italiana o no… como al que se lo preguntó era bastante ligón, D. se quedó contento y feliz, e incluso, cuando volvió a Italia con su familia, quiso mantener el contacto con este chico, que le sirve de referencia y depósito de dudas y consultas. Y además tenía músculos.

. El nivel de comprensión de la cultura etíope de estos chicos y chicas era exactamente igual que el de los otros voluntarios de su edad. Es decir, sabían más cosas del folclore, la historia, las etnias… pero a la hora de entender el comportamiento de la gente o ciertas dinámicas basadas en concepciones culturales, tenían las mismas dificultades que los demás. Algunos sí se definían como etíopes, otros menos. Todos eligieron vivir durante ese mes con los demás voluntarios y no con sus familias de origen. Me explico: a todos las familias les ofrecieron que se quedaran en las casas, algunos –sobre todo los que más se definían como etíopes, y los que todavía conservaban algo de amárico-, llegaron hasta a pasar algunos días con sus familias. Pero, al final, la diferencia en las condiciones de vida (y no todas las familias eran pobres pobrísimas) se les hacía demasiado dura y elegían vivir con los demás voluntarios, incluso alguno que, inicialmente, venía sólo a conocer a su familia y pensaba quedarse con ellos todo el verano, y, después de cuatro días, se puso en contacto con nosotros buscando, básicamente, alojamiento con estándar occidental.

A nivel personal, siempre me ha dado un poco de susto acoger a estos chicos y chicas, sobre todo cuando el objetivo principal de su visita es encontrar a su familia de origen, de la que no saben nada. En primer lugar –y muchos me llamarán egoísta-, el objetivo del voluntariado de verano no es encontrar a tu familia de origen. Tener una persona con ese tipo de necesidades en un grupo de más gente requiere tiempo y dedicación, y a veces no tenemos ni ese tiempo ni esa dedicación. Como idea, sugeriría a las agencias de adopción (todas tienen proyectos en el país) que montaran campos de verano para este tipo de voluntarios (incluso mezclados con voluntarios no adoptados). Para mí es difícil, además, porque no pertenezco al “ambiente” adopción (no conozco casi agencias ni sigo de cerca sus proyectos, ni sé cómo funcionaba la adopción hace diez años, ni soy investigadora privada, ni puedo ir haciendo preguntas en registros oficiales sin llamar peligrosamente la atención).

Por otro lado, considero bastante arriesgado dejarlos en mis manos –o en manos de otros voluntarios como yo-, porque soy de las que piensan que a veces no hay nada como un seguimiento profesional en ciertos momentos de tu vida. Con el tiempo, he vencido esta segunda reticencia, no porque las cosas hayan ido mejor o peor, sino porque cada vez me resulta más clara una cosa: quieren hacerlo SOLOS. Si me piden ayuda logística (que llame por teléfono o les acompañe para traducir), lo hago. Pero no suelen hacerlo. Se apañan mejor de lo que muchos pensamos. Y, muchas veces, prefieren ser acompañados por un etíope (por ejemplo, uno de los mayores de mi Santa Infancia), que por una frenji. Todos son conscientes de que se pueden pegar el hostión de su vida. Ha habido quien ha sufrido un mundo. Pero, al final, todos se han vuelto a sus vidas contentos de haber, al menos, intentado buscar a sus familias. Porque es parte de lo que son.

Sin tele

Yo me crié en una casa en la que no había tele.

Mis padres, claros exponentes de los 60, consideraban que era poco menos que un invento del diablo, y se negaban a que entrara en casa. Incluso devolvieron, ofendidos, una que les regalaron mis abuelos, como si fuera un intento de corromperles.

Yo nunca llevé mal la ausencia de tele. La veía, a veces, en casa de amigos o de la familia, pero no me entusiasmaba, ni la echaba de menos. Me sigue pasando: raramente se me ocurre bucear en la tele si en alguna ocasión no sé qué hacer.

Mi hermana, en cambio, vivía fatal esa carencia que consideraba que la hacía distinta y la ponía en desventaja respecto a los niños de su entorno.

Pidió durante años que entrara una tele en casa, y de hecho la consiguió: la primera que tuvimos, en blanco y negro y diminuta, de segunda mano (heredada, creo, de los abuelos) entró porque mi hermana sufrió una larga enfermedad que la tuvo durante meses en cama.

Sin embargo, la tele nunca ocupó un lugar central en la casa en la que vivía con mis padres. Sigue sin ocuparlo en la casa donde mi padre vive ahora, y mi madre sigue sin tener televisión.

En cambio, en mi casa siempre ha habido tele. A menudo vieja, casi siempre sin mando (perdido o estropeado), no se enciende durante días, pero allí está… como un objeto neutro cuya bondad moral depende del uso que se le dé.

Cuando B. llegó a casa, tardamos mucho tiempo en encender la tele. Como en tantas otras cosas, yo pensé que cuánto más tiempo la pospusiera, mejor. Que tendría años para empaparse en dibujos animados y programas infantiles, y que todo el tiempo que pudiéramos dedicar a otras cosas, mejor. Creo que fue una canguro quien le encendió el televisor por primera vez (echaban Los Simpson), y durante mucho tiempo cuidé de que viera únicamente cosas pensadas para niños, a poder ser, dibujos animados clásicos o documentales de animales…

Con A., como suele suceder con el segundo hijo, fui menos cuidadosa: llegó a una casa donde se veía tele algunos ratos, donde su hermano se adueñaba del mando a la que nos despistábamos, donde no siempre había control sobre lo que veíamos…

Y me relajé.

Y poco a poco, fueron viendo más tele.

Por la mañana, durante el desayuno, mientras yo me duchaba y preparaba las cosas; por la tarde, al llegar del colegio, durante la merienda; después de la ducha, antes de la cena, para que yo pudiera cocinar sin interferencias; las mañanas de los fines de semana, para que no me arrancaran de la cama; y por las tardes…

Un día me di cuenta de que estábamos viendo mucha más tele de la que me parecía razonable.

Y me planté: les dije que no podía ser, que íbamos a limitar la televisión. Que no la veríamos por la mañana los días de diario, porque muchas veces nos encontrábamos que era la hora de salir y, a pesar de llevar en pie una hora, faltaban gafas, zapatos, lavar caras o peinar, o teníamos el desayuno a medias. Ni por la tarde, porque no podían ser tantas horas de dibujos en vena. Decidimos de común acuerdo limitar la tele a un ratito breve (un episodio, a lo sumo dos), antes de acostarnos los días de diario y algo más de manga ancha los fines de semana.

Me esperaba un drama. No sólo no hubo protestas, sino que tampoco ha habido peleas. Día tras día, B. y A., con mi complicidad o sin ella, han hecho puzles, dibujos, construcciones de lego, han jugado al parchís o al uno, han preparado croquetas, han jugado con sus juguetes en el sofá y en la ducha, han leído… ¡¡la de horas que tienen ahora los días!!

Ayer, B. se acercó a mí. Yo tenía delante el móvil, no sé qué estaba mirando en él. Y me dijo:

Nosotros ya no miramos la tele… ¡¡deja tú de mirar el móvil!!

Aniversario

¿Y si no me hubieran invitado a aquel simposio?

¿y si hubiera decidido ir y volver en el día en vez de quedarme a pasar el fin de semana en tu ciudad?

¿Y si mi mail autoinvitándome se hubiera quedado en tu bandeja de spam?

¿Y si S., o P., hubieran vivido más cerca y nos hubieran alojado en su casa?

¿Y si la gente con la que habíamos quedado en el retiro hubiera aparecido?

¿Y si no te hubiera dicho, en el último minuto, que os viniérais a hacernos una visita?

¿Y si no hubieras respondido inmediatamente que sí?

¿Y si no te hubiera enviado aquellas fotos por whatsapp a las 3 de la madrugada?

¿Y si no me hubieras contestado al día siguiente?

¿Y si no hubiéramos escuchado a aquel músico, en aquel parque?

¿Y si no me hubieras preguntado? ¿Y si no te hubiera respondido?

¿Y si no nos hubiéramos atrevido?

¿Son los genes?

Hemos estado discutiendo estos días (a partir de este artículo) sobre qué cosas nos las dan los genes, y qué cosas el entorno… y si es fácil discernir entre ambas cosas.

Nunca me han gustado los artículos que atribuyen las diferencias humanas a la genética (única y exclusivamente). Me parecen muy deterministas. Y me parece que no hay mucha diferencia entre los estudios que se publicaban en el siglo XX explicando “científicamente” la superioridad intelectual, y hasta moral, de la raza blanca (o de los hombres por encima de las mujeres).

Creo que es muy difícil decir qué es genética y qué no lo es. No sólo porque el entorno influye en la genética (seleccionando, sobretodo en los paí­ses donde los mejor adaptados sobreviven y los otros quedan por el camino), sino porque hay otros muchos elementos “del entorno” a tener en cuenta. ¿Los africanos correrí­an igual si tuvieran nuestra dieta y nuestra vida sedentaria, por ejemplo?

Un ejemplo muy ilustrativo de esto es lo que cuenta en esta entrevista a Ana María Lajusticia, una quí­mica especialista en magnesio, que dice: “(el magnesio) relaja la musculatura. ¡por eso los corredores etí­opes son tan excelsos! El suelo está fertilizado por cenizas piroclásticas de magnesio, que pasa a las plantas y a los alimentos que comen. Pese a tener menos capacidad pulmonar que otros corredores, ¡rinden más!”.

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24-O

¿Dónde está mi tribu?

 Hace algún tiempo, debatimos en el blog sobre la guerra entre dos modelos de crianza opuestos, la que libran los “gonzalistas” contra los “estivillistas”. Entonces, les decía que yo me encontraba “en tierra de nadie, claro. Como decía mi hermana hace algún tiempo, “si hubiera una guerra civil, yo lo llevaría fatal: me dispararían desde los dos bandos”.

Se acaba de publicar un libro llamado ‘¿Dónde está mi tribu? Maternidad y crianza en una sociedad individualista’, escrito por Carolina del Olmo. No conozco a la autora ni he leído el libro, pero la información que me ha llegado les sitúa a ambos en esta posición periférica en la que me encuentro yo… Ella misma dice: “la gente puede estar en contra o a favor de lo que digo en el libro, pero no creo que se puedan sentir ofendidos en el sentido en el que a mí me ofenden los expertos muchas veces”. Parece una buena tarjeta de presentación.

El otro día leí una entrevista con Carolina del Olmo y creo que tiene una serie de conceptos muy interesantes para que reflexionemos, aunque algunos ya han salido, a veces de forma colateral y otras más céntrica, en este blog:

 Sobre la expertización de la parentalidad:

 Aunque siempre sacas información práctica relevante, los efectos son bastante perniciosos, en mi opinión. En el caso de los libros me parece evidente que ese conocimiento que no tienes y que procede de un libro en lugar de tu entorno más cercano, hermanas, primas, vecinas, madres, suegras, tías, hace que sea inútil sólo por venirte en un libro. Porque para empezar el experto siempre es experto, te deja a ti en situación de ignorante, mera receptora pasiva de conocimiento. Luego, siempre hay experto y contraexperto en una corriente y otra, y eso genera ansiedad. Y por último, la forma del experto de transmitir su conocimiento suele ser dogmática, ciega o insensible a los diferentes contextos y a las circunstancias en las que tú crías a tu hijo. El balance que arroja el leer esos consejos tan desgajados de tu realidad hace que sientas culpa e inseguridad.

 Sobre el tiempo de calidad o en cantidad:

 Carlos González, que dentro de la corriente de apego me parece el más sensato, dice que lo que necesitan nuestros hijos es tiempo: dadles tiempo, como si dependiera de nuestra elección el tener tiempo, como si no tuviéramos que trabajar las horas que nos marcan y nos obligan. Quizás está dirigiéndose a ese sector minoritario que podría tener un horario de trabajo de ocho horas y elige uno de doce para trepar, digamos, en un bufete de abogados hipercompetitivo; personas con la que yo, al menos ideológicamente, no comparto nada. Pero no lo dice. No dice ‘eh, yuppies del mundo, esto va para vosotros’. Él se dirige a la sociedad en general. En cambio, el tema del dinero y el trabajo es absolutamente central y no aparece, no está por ningún lado. Y si sale, siempre es para decirte que no te importe. Que si tienes que volver al trabajo después de 16 semanas y trabajar un montón, bueno, pues que no te agobies: sacaleches, teta a demanda por la noche, colecho (que el niño duerma en la cama de los padres) y mucho cariño mientras estás en casa. Lo siento, al menos hay que ofrecer una herramienta que te invite a pensar que es intolerable que tengas que volver al trabajo después de 16 semanas y que tengas que vivir atada a un sacaleches. No sé comprende cómo un experto que te da consejos obvia estos detalles, porque de alguna forma deberían quedar reflejados.

 (…)

 A mí es la perspectiva que me falta en la crianza, no la del todo está bien, estas son las condiciones y apáñate poniendo parchecitos. Por ejemplo, cada vez leo más opiniones en contra de las guarderías con ciertos argumentos con los que me puedo sentir identificada y te dices, bueno, están en contra de las guarderías… Pero que reivindiquen también unas bajas maternales y paternales más largas, que se haga algo. Al final, muchas veces la única opción es dejar a tu hijo en la guardería y además te sientes culpable por ello.

 Sobre la crianza en tribu:

 Lo que nos falta es una corriente socializadora para resocializar la maternidad. Una lucha contra la individualización del problema. El problema no es tuyo, no es de cada una de las madres o de cada uno de los padres que está en casa agobiado con su bebé, el problema es de todos. Es social y hace falta una perspectiva que tenga en cuenta todo el marco y que no te psicologice ni te biologice el problema, ni te hable de hormonas, ni te hable de apego y crianza segura encerrada en tu casa.

 

Sobre las políticas de conciliación:

 Lo que me fastidia de las políticas sectoriales de conciliación y maternidad es que no tienen en cuenta el trabajo que llevan a cabo las políticas no sectoriales, toda las políticas económicas, sociales y laborales que no son ni de género ni de conciliación ni de maternidad y que tienen muchísima más influencia sobre nuestro género, nuestra maternidad y nuestra crianza que las pocas políticas sectoriales que andan poniendo en marcha por ahí. Y a veces las políticas sectoriales mejor intencionadas se convierten en una mierda por culpa de esas otras políticas generales. Incluso a mí me fastidia hablar de conciliación porque creo que hace mucho más daño la jubilación a los 70. Incluso en las empresas lo ves, hay ventajas para padres y madres de niños pequeños y, a veces, las personas sin hijos no comprenden por qué esos padres y madres deberían salir antes o contar con la opción de elegir horario. Aparte de que la gente sea egoísta y sinvergüenza, es que no tiene sentido: necesitamos una política para todos. Nadie debería estar en un trabajo a las 20:30, ni siquiera el soltero más empedernido que de allí se vaya a tomar un gin-tonic. Y hasta que no estemos todos en casa a las cuatro, o a la hora que acordemos, no tiene sentido andar haciendo otras políticas.

 

Sobre la psicologización del maternaje:

 Por último, hay otras cosas que deberíamos hacer todos a nivel ideológico, como luchar contra la individualización y psicologización de todos nuestros problemas. Darnos cuenta de que incluso los numerosos grupos de apoyo de crianza y de lactancia, o la sensación de comunidad que produce internet mediante el intercambio de experiencias y demás, están muy volcados a la indagación en nuestro interior, al psicoanálisis constante. Ese de ‘a ver cómo te criaron a ti y, si tú le gritas a tu niño, es porque estás sacando a la luz traumas interiores y no te dieron todo el amor que necesitaste de pequeño’. A mí me espanta esa generalización (si le gritas a tu hijo, quizás es porque tu jefe te ha gritado esta mañana y estás de mal humor). Hay que ir un poco hacia fuera y a mirar tu alrededor, no mirar hacia dentro de nosotros.

Ser y parecer

A menudo hablamos de los orígenes. Por ejemplo, si es bueno o no insistir en la búsqueda de los orígenes (¿y de qué hablamos cuando hablamos de orígenes? ¿de cultura, de folklore, de idioma, de raza, de familia?), si es a veces una mayor necesidad de los padres que de los hijos, de a quién corresponde empezar esta búsqueda, de cómo hacerlo desde la distancia que nos pone en la posición de turistas, de si es posible hacerlo más allá del acercamiento folklórico…

A menudo hablamos de identidad: de qué configura nuestra identidad: los genes, las vivencias, cómo somos, cómo nos ven, cómo nos tratan, cómo nos pensamos.

A menudo hablamos de la necesidad de encajar, de pertenecer, de parecernos.

Y siempre me pregunto si estas necesidades, estas búsquedas, serán iguales para mis dos hijos. Y si la diferencia que pueda haber se deberá a las diferencias de carácter, o al color de su piel.

A menudo me pregunto cómo afecta este “plus” que es ser de un color distinto – y por tanto ser percibido como extranjero, siéndolo igual que otro niño que también ha sido adoptado pero comparte etnia con sus padres y con su entorno – a la configuración de la identidad.

Cualquier niño adoptado puede tener que gestionar los parecidos – o la falta de parecido, si la hay – con la familia adoptiva; da igual que haya sido adoptado transracialmente o si – por casualidad o porque así se buscó – comparten grupo racial con su familia adoptiva; pero los niños adoptados transracialmente, también deben gestionar otras cosas distintas: el encaje en una sociedad donde el color mayoritario – y dominante – no es el suyo; crecer sin referentes de su raza, y construir su identidad sintiéndose blancos por dentro (porque “blancos” son sus referentes, su cultura, su idioma, su familia… y por tanto y sobretodo, la forma cómo les trata el mundo cuando salen a la calle de nuestra mano), y siendo negro, asiático – o lo que sea – por fuera. Esta disonancia sólo la van a vivir los niños no blancos y su manera de gestionar la identidad va a ser, creo, mucho más compleja.

¿Es igual de fácil sentirse catalán, o español, cuando permanentemente te encuentras con personas que cuestionan tu catalanidad – o españolidad? ¿Les será igual de fácil identificarse con las tradiciones de su país de acogida? ¿Hay mayor necesidad de volver a tu país de origen para ver si allí encajas – o tampoco? ¿Puede pesar más al buscar grupo de amigos su color de piel que las afinidades que tengáis?

¿Cómo van a afrontar la construcción de su propia identidad cuando salgan a la calle solos y les pregunten de dónde son, les señalen como extranjeros, les excluyan?

Problemas diferentes

 Publica Tarike después de un larguísimo (demasiado) silencio una entrada en la que reflexiona sobre la adopción transracial… cuando uno se queda a vivir en el país de origen de sus hijos.

Su entrada dibuja una interesante situación, con elementos distintos a los que vivimos en familias transraciales en países distintos a los de nuestros hijos…

 Una diferencia importante es que su hija destacará cuando vaya con ella… pero no cuando vaya sola, en el colegio, en la calle. Quizás la educación que reciba la hará diferente, pero esto no tiene por qué saltar a la vista. Nosotros, en Europa, blanqueamos a nuestros hijos, es decir, cuando van con nosotros de la mano les “asimilamos” a la sociedad en la que viven; Tarike, en cambio, hará lo contrario: cuando vaya con ella, convertirá una niña que no llama la atención en alguien que destaca.

La diferencia, está claro, siempre es percibida por algunos como algo peligroso. Pero la diferencia visible es más peligrosa, objetivamente hablando: te convierte en un blanco visible de burlas, de insultos, de agresiones.

 Evidentemente, la adopción de su hija será igual de visible que la de cualquiera de nosotros, y esto tiene su lado negativo (las preguntas indiscretas,… que son igual de indiscretas en España que en Etiopía, desengañémonos) y el positivo (estas preguntas nos obligan, obligan a nuestros hijos, a reflexionar sobre la adopción, a colocar cosas que niños que no se ven cuestionados quizás no empiezan a colocar hasta más tarde). Pero a diferencia de su hija, nuestros hijos crecen sin referentes de su color. Son tratados como niños blancos pero serán tratados como adultos negros sin el aprendizaje necesario para ello. Esto a su hija no le pasará. Pero como ella dice, le pasarán otras cosas… Las leeré con avidez.

 

Leyendo otros blogs mucho más mejores que este mío (y mucho más serios en su periodicidad, gracias a Dios y a quien lo escribe), surge, entre la comunidad de familias con niños adoptados, una y otra vez el tema de las “etiquetas”, de cómo, para los niños adoptados, una de las principales dificultades es la adaptación a un entorno compuesto por personas mayoritariamente de una raza distinta a la del niño o niña adoptado en ultramar (o en los Servicios Sociales de la esquina).

Para consuelo y/o desesperación de quien se plantea estos interrogantes, aporto mi granito de arena: la discriminación y el racismo no son exclusivos de Europa. Aquí también, en Etiopía, en mi breve experiencia, de momento la mayoría de las opiniones que he encontrado, en amigos y extraños, se ajustan con milimétrica precisión a uno de estos dos tópicos:

1.Como soy frenji, seré una madre estupenda

2.Como soy frenji, estoy robando un niño

Aclaro que todavía no tengo niña, pero sí asignación. He tenido la oportunidad de ir a ver a la que será mi Señora Patata un par de veces e, incluso, en una ocasión, pude cruzar la puerta del orfanato con ella en brazos para ir a otro sitio. En nuestra breve experiencia común en el mundo exterior, me dí cuenta de que, cuando llevas un niño etíope en brazos, el “where are you from?” que te preguntan doscientas veces por minuto se sustituye por “¿dónde la has encontrado?” y, “¿por qué la abandonó su madre?”. Como ya he comentado alguna vez, el concepto “pregunta tabú” no existe en Etiopía. En aquella ocasión, encontré el responder las preguntas bastante violento, sobre todo teniendo en cuenta que la Señora Patata, por el momento, es sólo burocracia de mi burocracia. Espero mejorar con la práctica, pero me resulta difícil explicar particulares que en Europa consideramos pertenecientes a la extricta intimidad familiar a un extraño que te ha tocado al lado en una fila.

Básicamente, las familias que adoptan niños de otras razas y viven en España, afrontan la dificultad del niño “distinto” para integrarse en una sociedad mayoritariamente compuesta por personas de otra raza, así como la dificultad de esta sociedad para acoger a ese niño. En mi caso, la “distinta” en una sociedad compuesta mayoritariamente por personas de otra raza, seré yo. Hasta ahí, creo que está claro. Llevo años viviendo aquí y siempre hay quien tira de tópicos en cuanto se encuentra a un frenji. Lo llevo bastante bien, y con el tiempo he recopilado toda una bateria de respuestas de mearte de la risa (en serio). Lo que me preocupa, cuando pienso en mi hija, es que mi “diferencia” le hará también “diferente” a ella (las comillas se contagian). A pesar del color de su piel (en concordancia con el color dominante en nuestro ambiente), el problema persistirá, porque la diferencia entre su color y el mío evidenciará que no la habré parido, y eso, de nuevo, generará tópicos y malentendidos.

Conozco varias familias extranjeras que han adoptados niños etíopes y viven en Etiopía. D. el hijo de la Doctora, una vez se escuchó de un miembro particularmente idiota de mi Santa Infancia “esa no es tu madre, tú no eres su hijo”, así, sin comerlo ni beberlo. En este caso, mi elemento evidenciaba seguramente la envidia que la familia de D. le producía. Pero, al margen de sus motivaciones, el insulto se parece sorprendentemente a los que en ocasiones se escuchan los niños adoptados que viven en países de mayoría blanca.

Como se ve, esta investigación y reflexión no me está sirviendo en absoluto para aclararme las ideas. No sé si los ataques racistas se producen porque el niño tiene otro color o porque el niño es adoptado. Al final, si tengo que quedarme con una conclusión, diría que los problemas provienen –o pueden provenir- del hecho de formar parte de una familia “diferente” en un entorno compuesto por familias mayormente “convencionales” (iba a explicarlo, pero todos sabemos lo que quiere decir familia convencional). Tiene que ver con el color de piel, pero también con nuestro nivel económico y social (tenemos agua caliente en casa, coche a disposición, y tampoco me mato mucho la cabeza para llegar a final de mes). Ella es abeshá, pero su vida, por mucho que estemos en permanente contacto con su cultura y vivamos en su país, será frenji. Frenji en Etiopía, con –obviamente- muchísima gente en nuestro entorno abeshá, y también muchísima gente frenji. Pero mucho me temo que, al final, ella será encuadrada como frenji, por pertenecer a una familia frenji, y tener una lengua que no es el amárico como lengua materna (sabrá el amárico, pero no será la lengua que hablaremos entre nosotras normalmente). Y aquí, una vez que te meten en un saco, es imposible salir de él.

Como única certeza, creo que, en contra de lo que pudiera parecer, el hecho de que yo viva en el país de nacimiento de la que será mi hija no le ahorrará ningún problema. Tendremos, simplemente, otro tipo de problemas.

Aprendiendo a ser etíope de nuevo

 Hace algún tiempo, a B. le dio por decir, cuando se enfadaba conmigo, que él se iba a ir de casa… que se iba a ir ¡a vivir a Etiopía!

Siempre respondí de la misma manera: ahora eres un niño y no puedes decidir dónde vives. Vives dónde yo decido, y dónde yo vivo, porque soy tu madre; pero cuando seas mayor, por supuesto, vivirás dónde tú quieras. En Etiopía, o en cualquier otro país, y nos escribiremos y llamaremos y yo te iré a ver en vacaciones y tú vendrás a verme a mí cuando las tengas tú…

Leo en este blog la historia de Marthe, una mujer nacida en Etiopía,, adoptada en Holanda, y que decidió irse de mayor a vivir a Etiopía… donde tuvo que aprender a ser etíope otra vez. Me ha parecido muy interesante y he decidido compartirla aquí.

 “Quiero ir a Holanda o Inglaterra porque allí las cosas son limpias y hermosas”, me dijo mi hermana Lidya,, de 11 años, que nunca ha salido de Addis Abeba ni ha tenido un televisor. Mirando por la ventanilla del taxi, veo que las calles de la ciudad no están tan limpias, los conductores tiran basura por las ventanillas, los hombres orinan donde les apetece y no pasa nada si alguien se hurga la nariz, en público, durante minutos, y tira bolas de moco al aire. A pesar de esto, le digo a Lidya que Holanda no es mucho más limpio o hermoso que Etiopía.

“Sólo hace frío”,, le digo.

 “¿Cómo de frío?

 “Demasiado”

 No quiero admitirle que las calles en los Países Bajos podrían estar más limpias porque estoy intentando convertir este país en mi hogar otra vez. Hace un año, me trasladé a Addis Abeba después de terminar mi posgrado. Viví en los Países Bajos durante 23 años, después de que me adoptada una familia holandesa cuando tenía 4. Crecí aprendiendo a hablar holandés en vez de Amárico, la lengua nacional de Etiopía. Miré dibujos animados holandeses en vez de oír los programas de radio locales de los que me hablan mis amigos. Mi comida preferida era la tostada con huevos y casi olvidé el sabor del plato tradicional etíope, la injera.

 A menudo los extraños me alaban por volver a “casa” – y siento Addis como mi casa, especialmente cuando estoy rodeada de amigos. Volví para descubrir qué es mi lugar de origen; para ver si era todavía etíope a pesar de haber crecido en el extranjero con una familia europea. Y, por supuesto, para ver en qué tipo de familia habría crecido si no me hubieran adoptado.

 Los desconocidos me preguntan cada día qué me pasó cuando se dan cuenta de que no hablo amárico. Lo estoy aprendiendo – y hay un poster con el alfabeto colgado en la pared de mi casa, que ha hecho que Lidya me ponga el apodo “Bebé Amárico”. Aún estoy intentando coger las maneras adecuadas de saludar en entornos formales y lo que se estila en interacciones sociales.

 La gente normalmente me tiene lástima porque no crecí aquí y no absorbí la cultura y el idioma. Así que he hecho un esfuerzo para comportarme como una chica etíope como Dios manda llevando el pelo liso estos días (solía ser pro-afro) y escuchando educadamente el pastor de mi madre que espera encontrarme un prometido adecuado (no estoy segura de querer casarme, y siento que el pastor se mete en mi vida personal).

 Celebrar el retorno de la hija perdida debe parecerle una gran decepción a mi madre etíope. No puedo imaginar lo que su comunidad dice de mí. Aunque ella es muy dulce y me llama todos los días – algo que nunca he hecho con mi madre holandesa, aunque no dudo de mi relación con ella – no siento que tengamos nada en común para construir una relación que se parezca a algo cercano a un vínculo madre-hija. Ella agradeció infinitamente al cielo que “me trajera a casa”, pero ahora no vemos de la misma manera en religión, el número de veces que la visito y prácticamente cualquier otra decisión que tomo en la mi vida. La adopción no me convirtió en la clase de chica que ella imaginaba, y esto es una decepción.

 Decidí no quedarme con mi familia etíope cuando regresé porque estoy más cómoda viviendo por mi cuenta. Lo he hecho desde los 19. Aunque no me casé, me fui a vivir con amigos que resultaron ser chicos. Otra decepción.

 A Lidya tampoco le impresiona mi estilo de vida. Me mira de forma desaprobadora cada vez que menciono que salgo a tomar algo con amigos, y cuestiona por qué no soy religiosa. El último viernes, la recogí de la Iglesia para llevarla a comer. Mi madre no le deja comer hamburgueses, así que cuando la saco le dejo pedirse lo que quiere. Esa vez, mientras esperábamos nuestra comida, me preguntó por qué sólo voy a la Iglesia cuando la misa está a punto de terminar. Le dije que no estoy segura respecto a Dios – y recibí otra mirada desaprobadora, seguida por una explicación de que esto me sucede porque me crié en Holanda. Si me hubiera quedado en Etiopía, me asegura,, habría sido una decente chica religiosa.

 En el último año, me he dado cuenta de que soy una etíope que ve la mayor parte de las cosas a través de la mirada de una no-etíope. Cosas pequeñas me lo recuerdan, como que me pregunten que es un desayuno llamado firfir, y equivocarme escandalosamente.

 Pero me siento en casa, y no me quejo de Etiopía como hacen los expatriados. En cualquier caso, odio los cortes de corriente frecuentes, lo lento que va Internet, lo que significa que no puedo malgastar horas en YouTube, y que no haya una ristra de 35 marcas de pasta de dientes donde escoger.  

Mi mirada está cambiando, de forma lenta pero segura. Cuando los amigos vienen a visitarme del extranjero, acabamos discutiendo sobre los comentarios estereotipados y prejuiciosos que tienden a hacer sobre Etiopía y su gente. No saben lo suficiente para decir lo que dicen.

He decidido quedarme, no sólo porque haya encontrado un buen trabajo, o porque ya no me juzguen por mi color de piel o porque aún esté lidiando con una crisis de identidad o porque quiera renunciar a mi identidad holandesa. Quiero hacer de este país parte de mí. Tengo curiosidad sobre cuánto me llevará conseguir ser lo suficientemente etíope para que Lidya deje de llamarme “bebé amárica” (¿quizás cuando empiece a tomarme mis clases de idioma más en serio?). Un día quiero ser capaz de decir “soy etíope” con la misma confianza con la que digo que soy holandesa.

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