familia monoparental y adopción

Archivo para febrero, 2014

Miedo

Patri Holmes, adoptada adulta (o “apropiada”, como ella prefiere decir: fue inscrita como hija biológica de sus padres adoptivos, no hay ninguna pista de sus padres, o su madre, biológica, aunque ella no deja de buscar), autora del blog Completando mi historia y del grupo de Facebook con el mismo nombre, escribió estas reflexiones cargadas de emociones que creo que es imprescindible que los padres adoptivos leamos para intentar aprehender cómo pueden sentirse nuestros hijos al respecto de su historia de adopción.

“El miedo es la peor de las enfermedades”, escuché hace poco. Y le di la razón.

El miedo paraliza y te deja dando vueltas siempre en el mismo lugar. Te deja con todas las preguntas, acalla tu voz. Hace que los tiempos de búsqueda se eternicen, en una continua lucha interna sobre el siguiente paso que queremos dar.

En los hijos adoptivos, miedo a herir a nuestros padres. Miedo de que nuestras dudas les hagan mal. Miedo a parecer desagradecidos. Miedo al qué dirán. Miedo… ¿a que nos devuelvan? (ahora que soy adulta y miro hacia atrás muchas veces tengo la sensación de que cumplía con todo lo esperado -era buena hija, buena estudiante, siempre dispuesta a hacer lo que creía que buscaban en mí- por temor a que se arrepintieran y me dejaran una vez más). Miedo a quedarnos sin padres.

Miedo a lo que uno puede encontrar del otro lado. Ni qué hablar si se trató de una apropiación. Miedo a vincularse con esa “zona oscura” del delito, redes de bebés tramadas también en nuestra imaginación.

Miedo a la frustración y a la decepción. A no llegar nunca a la verdad.

Miedo a encontrar a nuestros progenitores y parecernos demasiado. O a encontrarlos y no parecernos en absoluto. Miedo a que nos abran la puerta de par en par y esperen un compromiso emocional, y miedo a que te cierren la misma puerta en la cara. Miedo a sentirse comprometido de todas formas.

En los padres adoptivos, miedo a que los hijos no los quieran. Miedo a que los cuestionen y los juzguen. Miedo al qué dirán. Miedo a que decidan irse con su familia biológica y a que la sangre tire más. Miedo a quedarse sin hijos.

Y ese temor profundo de ambas partes nos deja sin respuestas, sin poder comunicarnos, aislados en la burbuja de la incomprensión. Sacando conclusiones por otros sin atrevernos a escuchar, sin animarnos a alzar la voz. Para que nadie sepa, para que no se note… cuando en realidad… todos saben y siempre se nota.

Entonces… ¿qué tal si cruzamos de vereda y podemos ver lo que cada uno siente?

Ver con el corazón y que las palabras encuentren su cauce. Hablar de adopción aunque duela. Tener presente que nada es tan terrible y que todo tiene solución si aprendemos a dialogar. Saber que no hay hijos ni padres que se pierdan si hay amor y si hay verdad. Hacer de este vínculo algo cotidiano y natural.

Es difícil y hay que prepararse. Preparar el alma para escuchar y para entender, también para perdonar. Y aplicar el mejor remedio para curarse del miedo: animarse a hablar. 

Familias

P. es un compañero de clase de mi hijo mayor. Su madre y su padre se separaron cuando él era un bebé, y su madre empezó a vivir con otro chico. Él habla de su padre para referirse a su padre biológico, al que ve los fines de semana alternos y un día entre semana… y habla de su padre, para referirse al compañero de su madre, que le lleva al colegio en moto, se coge días de fiesta cuando está enfermo y no falta a una reunión de curso.

K. es una niña de mi barrio que tiene dos padres y dos madres. Sus madres son una pareja de mujeres que se puso de acuerdo con unos amigos para conseguir un embarazo. Los padres y las madres de K. se reparten el tiempo, las responsabilidades y consensúan las decisiones respecto a su hija.

C. es una joven cuya madre biológica carecía de capacidades parentales. La quería, la cuidaba como podía, pero no era capaz de sacarla adelante. C. fue a parar un centro de menores y posteriormente, fue acogida por una pareja que le han hecho de padres. Nunca ha perdido el vínculo con su primera madre y usa la palabra “mamá” para referirse a ambas. Ahora es independiente, pero sigue comiendo a veces en casa de sus padres de acogida… o llevando tuppers con las lentejas que le hace su madre biológica.

La madre de D. tiene una discapacidad intelectual. Tuvo una relación con un chico, que terminó cuando este la dejó embarazada. Él no se hizo cargo de su hijo, y tampoco la ayudaron sus padres, que la echaron de casa. Unos tíos la acogieron y se convirtieron en sus tutores legales, y también en los del niño. D., llama mamá a su madre… y papá al tío de su madre. A la tía, la llama tía.

X. y E. tienen dos hijos en común, ambos adoptados. Cuando se separaron, decidieron seguir compartiendo la custodia, viven cerca y tienen buena relación. E. se fue a vivir con J., del que tuvo otra hija; poco después nació la hija pequeña de X. y N., su nueva pareja. Los cuatro van a menudo juntos a los partidos de futbol de sus hijos, a las actividades del colegio, se les puede ver tomando café en alguna plaza o pasándose bolsas de ropa de las niñas mayores a las más pequeñas.

El padre de V. y G. murió unos años atrás. Tiempo después, su madre empezó una relación con una mujer, que ha colaborado en su crianza durante todo este tiempo: les ha comprado ropa, las ha acompañado al colegio, las ha llevado al médico, ha pasado noches en vela… Ahora, su madre se ha separado, pero su ex pareja sigue madrugando para desayunar con las niñas y acompañarlas al colegio todas las mañanas. Y en vacaciones, visitan a los abuelos por parte de padre en su país de origen.

A. nació en Rusia y fue adoptada a los 5 años por una monparental española. La mujer demostró tener escasas capacidades parentales, y poco a poco, una prima suya y su marido se fueron haciendo cargo de la niña, de manera informal. A. divide la convivencia entre su madre adoptiva y sus padres de acogida de hecho, que son los que se ocupan de que tenga el material escolar, vaya bien vestida, aprenda lo que toca… Recientemente le dijo a la prima de su madre: “Yo tengo tres madres: la de Rusia, P., y tú”.

Muchas familias tienen composiciones distintas a la tradicional, aunque no estén reconocidas, aunque para las figuras que hay en ella a veces no tengamos nombre.

Por esto me pareció tan interesante la noticia de que en Canadá, se ha emitido por primera vez un certificado de nacimiento con tres progenitores: dos madres, un matrimonio formado por dos mujeres, y el amigo que participó como donante de semen.

Los malos alumnos

 Nuestros «malos alumnos» (de los que se dice que no tienen porvenir) nunca van solos a la escuela. Lo que entra en clase es una cebolla: unas capas de pesadumbre, de miedo, de inquietud, de rencor, de cólera, de deseos insatisfechos, de furiosas renuncias acumuladas sobre un fondo de vergonzoso pasado, de presente amenazador, de futuro condenado. Miradlos, aquí llegan, con el cuerpo a medio hacer y su familia a cuestas en la mochila. En realidad, la clase solo puede empezar cuando dejan el fardo en el suelo y la cebolla ha sido pelada. Es difí­cil de explicar, pero a menudo solo basta una mirada, una palabra amable, una frase de adulto confiado, claro y estable, para disolver esos pesares, aliviar esos espí­ritus, instalarlos en un presente rigurosamente indicativo.

 

 Me llega este texto de Daniel Pennac, y me parece muy interesante… aunque agradecería algo de autocrítica: que se incluyera la escuela (las notas, los comentarios comparativos, la relación con los compañeros, las expectativas demasiado altas, el aburrimiento, la dificultad para encandilar…) en la ecuación de la pesadumbre, el miedo, la inquietud…

Afropolita

Ayer se publicó una entrevista con la escritora Taiye Selasi, a quien yo no tenía el gusto de conocer, pero que me ha hecho arder en deseos de leer su primera novela, “Lejos de Ghana”.

Escribo sobre ella sin ser capaz de ponerle un adjetivo de localización: nació en Londres, se crió en Massachusetts, vive en Roma, es hija de un cirujano ghanés y una pediatra nigeriana, no tiene acento nativo de ningún lugar concreto… ella misma se define así: “No soy africana ni americana: soy ‘afropolita”

Me parece que lo que cuenta tiene mucho que ver con la situación identitaria de nuestros hijos, que no son de aquí ni de allí… Que puede ser un buen referente para ellos, sobretodo a partir del momento en el que decidan que tener una identidad múltiple es una riqueza.

¿Se considerarán nuestros hijos, que también se suelen definir como “marrones” antes que negros, afropolitas?

El afropolitismo define a jóvenes de origen africano con una identidad híbrida, como mi hermana y yo. Mi padre nació en Costa del Oro, que en 1957 se convirtió en Ghana, estudió en Escocia y terminó trabajando como cirujano en Arabia Saudí. Los abuelos de mi madre eran un misionero escocés y una mujer yoruba, ella se crio entre Londres y Lagos y conoció a mi padre cuando ambos estudiaban Medicina en Zambia. Mi hermana melliza y yo nacimos en Londres y crecimos con el sentimiento de ser de todas partes, no sólo nigerianas o británicas o americanas.

Cuando sales al mundo y lo colonizas, a continuación el mundo entra en tu casa. Si no quieres incluir a escritores indios, nigerianos o jamaicanos en tu definición de literatura británica, no deberías haber colonizado India, Nigeria y Jamaica. Hablamos de lo británico como si solo significara té, la reina o ser blanco, y eso es absurdo. Lo británico se ha vuelto “marrón”.

Me niego a utilizar el término “negro”. Referirse a alguien por el color de su piel no es algo neutral e inofensivo. Al contrario: perpetúa el engaño de la existencia de una raza negra. Creo en el poder de la lengua para cambiar el pensamiento. James Baldwin decía que uno escribe para cambiar el mundo, aunque el cambio sea mínimo. Hablar de gente marrón produce cuanto menos extrañeza: ¿por qué no dice negro?

Desgraciadamente el mito de la raza es una parte dominante de la vida y de la cultura popular en Estados Unidos. Cuando llegué a Yale, entré a formar parte de la categoría de estudiantes negros de la universidad. Sin embargo, en un estudio reciente se mostraba que alrededor del 70% de esos estudiantes son inmigrantes de África o de las Indias Occidentales. Asumir que alguien que creció en Nairobi ha de congeniar con alguien que creció en Brooklyn por el color de su piel no tiene sentido. Dicho esto, sé que todo lo que han conseguido los inmigrantes africanos en EE UU ha sido posible gracias a los afroamericanos. Mi madre estudió en Harvard porque era una mujer brillante y porque trabajó muy duro, pero también porque, muchos años antes, otra persona de piel marrón consiguió entrar en esa institución en circunstancias muy duras.

Identificar desarraigo con inmigración resulta engañoso. El arraigo es un sentimiento que nace de lo local y no de un país en su conjunto. Yo me siento en casa cuando voy a Accra, la capital de Ghana: el olor, la comida, las calles, mis amigos, mi madre, que vive allí desde hace 13 años, mi padre, que es ghanés… Pero eso no me sucede en otra ciudad, como Kumasi. Eso es algo universal. Mi abuela vive en Málaga desde hace muchos años, es una gran bailaora de flamenco y hace unas paellas buenísimas. Para ella eso es su España.

Yo no hablo ninguna lengua como un nativo del país. En Ghana, en Italia y hasta en EEUU, la gente me pregunta de dónde soy. Mi madre tiene un acento británico muy marcado y fue ella quien me enseñó a hablar. En realidad, mi auténtico país es mi hermana. Lo más hermoso de tener una melliza es que por extraño que fuese el mundo en el que nací, no llegué sola.

La palabra sana

Extraído de la entrevista de la Contra de hoy de La Vanguardia, a la filósofa Catherine Malabou:

Magistretti contó aquí que la palabra cura cuando evocamos traumas.

– Explicando una experiencia traumática con la palabra vuelves a trazar su huella neuronal en la memoria – reescribes su sinapsi – y así haces que sea cada vez menos profunda hasta que la acabas superando.

¿Es así como curan la palabra y el arte?

– Elaborando recuerdos y transformándolos en arte, vas tomando distancia respecto al trauma sufrido, porque la experiencia es única, pero cada vez la evocamos de manera distinta. El hecho no cambia; el recuerdo que tenemos de él, sí.

La distancia

“La distancia tiene sus ventajas”; “las relaciones a distancia duran más, porque no caes en la rutina”; “cuando te ves, lo coges con ganas”.

Estas son las cosas que dice la gente y yo pienso que no entienden nada.

Que yo misma no habría entendido nada hace algún tiempo, que habría estado de acuerdo con ellos, que una relación “de a ratitos” me habría parecido la relación ideal. Intensa en los momentos de encuentro, y que no interfiriera en mi vida.

Y sin embargo…

Ahora sé que no quiero una relación que no interfiera en mi vida, sino una que la revolucione.

Ahora sé, ahora siento, que puedo dejaros entrar en mi vida sin que mi vida desaparezca. Sin dejar de ser yo. Que sumáis y no restáis.

Que la distancia no aporta nada.

Que decirnos que la distancia hace la relación más hermosa es como felicitar a un padre separado porque sólo ve a sus hijos un par de fin de semanas al mes y se pierde las fiebres, los deberes, las discusiones por la tele, los madrugones y los cumpleaños de los niños de la clase.

La vida, vaya.

Hace unos años, yo cantaba una canción de Joaquín Sabina que decía “Yo no quiero un amor civilizado, con recibos y escenas de sofá”…

Convencida de que algún día me sentiría así, que encontraría alguien que me hiciera desear matar o morir en el intento.

Y me ha sucedido justo lo contrario: no quiero sentirme morir, quiero la emoción de las pequeñas cosas cotidianas, lo doméstico, el día a día, los domingos por la tarde en un banco de la plaza bajo un cielo lluvioso con una bolsa de pipas en la mano.

El último tabú

“No sé si ha prescindido del sexo…

“Ahora mismo, sí­, porque cuando te buscas y te estás construyendo de nuevo, no hay lugar para el sexo. No sé acostarme con alguien al que no quiero o, al menos, sin sentir por él algo profundo.

“Así­ que se acabó el ligoteo…

“Sí­, de momento. Se puede vivir sin sexo y no ser una amargada o una reprimida.

“La veo escribiendo un libro titulado «Devota de la castidad»…

“No, pero el sexo no es obligatorio”.

Este fragmento pertenece a una entrevista  de Lucía Etxebarría.

Me sorprendió porque es muy poco habitual que la gente reconozca haber prescindido del sexo. No es raro leer o escuchar a gente diciendo que ha prescindido del amor, que no lo busca o no le importa no encontrarlo, pero, ¿el sexo? Esto no.

Como si fuera mejor mal sexo que nada de sexo. Como si fuera un fracaso no tener sexo (con otras personas, se entiende). Cómo si fuera más terrible que no te deseen que que no te quieran. O más humillante. Como si el acercamiento a otro cuerpo fuera lo que nos diera la medida de las cosas. Sin que importe cuál sea el precio a pagar.

¿Es el celibato el último tabú?

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