familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para marzo, 2014

Debatir sobre la maternidad

Collage de Señora Milton que ilustra el artículo de Beatriz Gimeno 'Construyendo un discurso antimaternal'

Me ha parecido muy interesante este artículo, de Pikara Magazine titulado “¿Por qué nos enfada tanto debatir sobre la maternidad?”

En él da un repaso a los artículos más polémicos de la revista, que son, sorprendentemente, los que están relacionados con la maternidad.

Con títulos como ‘Estoy en contra de la lactancia materna’, ‘Crianza con apego, por qué sí’, ‘Los ‘peros’ de la lactancia prolongada o el pecho a demanda’, ‘Desocupar la maternidad’ o ‘Construyendo un discurso antimaternal’.

Todos artículos muy interesantes que darían para un debate, que quizás podemos hacer, o hacer en otra ocasión, o hacer en los comentarios de los propios artículos…

Pero sobre lo que yo quería reflexionar en un blog como este, que versa sobretodo sobre maternidad, es sobre lo que dice este párrafo:

Así que, más que debatir sobre crianza natural sí o crianza natural no, sobre cómo dinamitar los modelos hegemónicos de “la buena madre”, sobre si es necesario o no poder romper tabúes sobre los sentimientos y discursos contrarios a ese ideal de buena madre… Lo que me reconcome es lo siguiente: ¿No es una paradoja interesante que en un medio feminista (ese movimiento que ha luchado y sigue luchando por que las mujeres no seamos reducidas a una categoría ‘madre’ a la que se nos destina desde que nos ponen a cambiar los pañales del Nenuco) sea la maternidad el tema que más nos revuelve, el único tal vez en el que siempre aparecen las descalificaciones personales y uno de los que más polaridad en los debates provoca?

Me dice E. que tener bajo tu entera responsabilidad la vida y educación de un ser pequeño y desprotegido no es tema baladí, y tiene razón; pero creo que la cosa va más allá de esto. ¿Por qué tantas personas no sienten que sea suficiente con escoger de qué manera quieren (pueden, nos dejan) ejercer la maternidad, sino que necesitan cuestionar la manera en la que lo ejercen otras? ¿Por qué elegir un estilo de crianza implica entrar en guerra con los demás? ¿Por qué cuestionamos, y nos cuestionamos, tanto las madres, y generalmente, los padres parecen ausentes de este debate?

¿Por qué hay algunas cuestiones que ni siquiera parecen poder plantearse?

(La ilustración, sacada del artículo principal, es el Collage de Señora Milton que ilustra el artículo de Beatriz Gimeno ‘Construyendo un discurso antimaternal’)

Y reencuentros…

Giovanni Gallio photographer

…una de las últimas entrada de Tarike, que viene como ni pintada en la relación de la entrada de ayer

Giovanni Gallio photographer

El otro día, unas monjas italianas que trabajan en el mítico barrio de mi Santa Infancia, me contaron esta historia. Comienza en 1994. El barrio había sido transformado de leprosario a campo de refugiados (no todos podemos nacer en Manhattan). Los etíopes residentes en Eritrea, así como las familias mixtas (la mayoría militares que se habían juntado con mujeres eritreas, o mujeres etíopes con maridos eritreos) fueron expulsados por el gobierno eritreo y el gobierno etíope decidió plantarlos en Mekanissa.

Un día cualquiera, a la puerta de la pequeña misión de estas monjas, llegó un señor no del todo joven, con un bebé en brazos. Era una niña y, según el señor, la madre había fallecido al dar a luz. El señor quería abandonarla porque no podía criarla solo. Las monjas, como siguen haciendo hoy en día, se negaron a aceptar el abandono. La niña tenía síntomas evidentes de desnutrición y deshidratación, por lo que creyeron que llevaba varios días sin madre que la amamantara. Le propusieron al señor quedársela durante el día y que él por la noche fuera a buscarla para que durmiera con el resto de la familia (había varios hermanos y hermanas). Además de la niña, las monjas se comprometieron a acoger durante el día a una de las hermanas de siete años.

Después de varios meses, el acuerdo se reveló abiertamente ineficaz: el señor no cumplía con su parte del trato (no pasaba a buscar a las niñas) y la hermana, que en teoría debía ayudar a criar al bebé, era demasiado pequeña para hacerlo. Ante la insistencia de este señor, las monjas contactaron otra congregación que sí se dedicaba a las adopciones y el bebé, de aproximadamente un año y medio, se fue a Italia con su nueva familia, después de que el padre biológico firmara los pertinentes documentos.

La sorpresa de las monjas fue mayúscula cuando, algunos meses más tarde, el padre biológico apareció con otro bebé. La madre no había fallecido, sino que estaba ingresada en un hospital psiquiátrico. Las monjas apoyaron también a este segundo bebé. Como era chico, el padre aceptó quedárselo.

Algunos años más tarde, el señor empezó a meditar su decisión de dar a su hija en adopción. Fue a las monjas, exigiendo la vuelta de la niña, pero, obviamente, era demasiado tarde. Enfados, gritos y frustración mil.

Hace un par de semanas, llegó un coche a la misión. De él bajó una chica de unos veinte años. La limpiadora más antigua, exclamó inmediatamente: “es la hija del señor G.”. Y sí, era ella.

La bebé que se fue de Etiopía creció. El rebote adolescente lo focalizó en su familia adoptiva, y así lleva varios años convencida de que fue una niña robada (sí, estoy simplificando el rebote). Volvía a buscar sus orígenes en este barrio perdido.

La limpiadora se erigió en investigadora privada y se comprometió a localizar a la familia biológica de la bebé, afirmando que estaba convencida que seguían en el barrio. Y así, una semana más tarde, se produjo el reencuentro entre los padres biológicos, algunos de los hermanos y la bebé. El señor le dijo que él había pedido a Dios volverla a ver antes de morir, y que Dios se lo había concedido. Las monjas le explicaron su situación antes de la adopción. La bebé expresó su alegría al saber de dónde venía: aparentemente, llevaba años convencida de que había sido abandonada en la calle, de que cuando nació nadie la quiso. Según dijo, el saber que venía de una familia, que alguien había querido para ella un futuro mejor, que su familia biológica era consciente de la adopción, le servía para llenar el vacío de pensarse abandonada. Allí las monjas estuvieron bastante hábiles y le presentaron la situación en un conveniente blanco y negro: “papá no podía alimentarte, y quiso lo mejor para ti”, olvidándose de que el siguiente hermano sí permaneció con la familia y de que, en su momento, al padre se le habían ofrecido otras alternativas que le hubieran permitido conservar a su hija y que no tuvo la voluntad de continuar.

Esa noche la bebé habló con su madre adoptiva, y consiguieron cerrar algunas heridas abiertas. Aparentemente, se dio cuenta de cómo hubiera sido su vida en caso de haber permanecido en Etiopía. Seguramente, aprendió que podía considerarse afortunada porque mucha gente, en distintos momentos, quiso lo mejor para ella. Entre todos los materiales que conservaba, había un viejo video en VHS donde una monja la acunaba en brazos. Inmediatamente reconoció a esa monja, con bastantes canas de más. La misma monja, la misma cocina de barro, el mismo amor para con los últimos, los mismos brazos todavía tendidos. Y habrá quien crea que en la Iglesia Católica todo es Banca Vaticana.

Varios días más tarde, la bebé celebró el día previo al inicio del ayuno cuaresmal con su familia biológica. Pasó todo el día con ellos. Vino incluso otra hermana que vive en Nazret. Después, pasó un mes de voluntaria en un orfanato en el Norte. Aparentemente, iba para esteticien, pero ha decidido retomar los estudios y tratar de hacer algo relacionado con Trabajo Social.

La bebé no pasó a despedirse de las monjas, pero su madre adoptiva sí. Les agradeció en el alma toda la información y la charla con la bebé. A las monjas lo que más les impresionó fue esto último: cómo la madre adoptiva había, en todo momento, priorizado los deseos y necesidades de su hija. “Todo lo hizo por amor a su hija”, concluyeron, y volvieron a sus miserias y a sus miserables.

 (Fotografías tomadas en el barrio de Mekanissa por el fotógrafo Giovanni Gallio).

Giovanni Gallio photographer

Desencuentros

Hace algún tiempo narramos aquí la búsqueda de E., una niña adoptada en Etiopía y que vivía en España, por parte de la familia adoptiva de su hermana biológica, M., que la había cuidado y la echaba de menos.

Como nos temíamos entonces, la madre de E. no quiso saber nada de M., no la conmovieron las razones de su hermana ni quiso que nada alterara su vida. E. ha seguido creciendo como si la única hermana que tuviera fuera la otra niña que adoptó su madre.

Se guardó el teléfono y el mail de la madre de M., con la vaga promesa de mandar información.

Pero no lo hizo.

El de E. y M. no es un caso aislado.

Hace tiempo me contó la madre de S., un niño adoptado en el este de Asia con unos 10 años, que habían averiguado que tenía otros dos hermanos adoptados en Europa. Eran hermanos con los que había convivido y que recordaba perfectamente (y se supone que igualmente a la inversa). Se pusieron en contacto con las dos familias, y una de ellas, afincada en otro país europeo, respondió bien: empezaron una relación cibernética, y quedaron en encontrarse más adelante. La otra familia, se negó a siquiera hablar con su hijo sobre el tema. Con el agravante de que viven en la misma ciudad.

Y. es un niño que llegó de Etiopía con mi hijo. Al cabo de un tiempo, su madre averiguó que su hermanastra, la niña que le había cuidado cuando era un bebé, que lo cargaba en la espalda y le daba de comer… había sido adoptada por otra familia en una ciudad vecina a la suya. Se puso en contacto con esta familia, pero la respuesta que consiguió fue poco alentadora: “Quizás más adelante, ya veremos, ahora no está preparada”… Y luego, el silencio.

¿Por qué nos da tanto miedo que nuestros hijos puedan mantener relación con sus hermanos biológicos? ¿Por qué pensamos que un posible encuentro les puede hacer más daño que la ausencia? ¿Qué creemos que va a pasar si dos niños que comparten su historia mantienen contacto?

…Cuando tienes un hijo de cuya historia y familia biológica no hay ningún dato, ni la habrá, todavía se hace más difícil entender la decisión de darle la espalda a esta información…

¿Creemos que respetar sus orígenes consiste en celebrar el año nuevo etíope o ponerles un traje regional? ¿Denota este miedo falta de seguridad en los vínculos que tenemos con nuestros hijos?

¿Por qué nos sentimos tan amenazados?

A la mierda la colada…

…ha llegado la primavera.

Screw the laundry - Spring is here (by gentlepurespace)

Yo nunca toleraría

Cuando un niño es “bueno” y “educado” (hablo de su comportamiento, porque niños que se portan mal son buenos, y les hemos educado…), todo el mundo da por hecho de que lo que se ha hecho en casa ha funcionado… pero, ¿no se deduce de esto que cuando un niño se porta mal es porque algo estamos haciendo mal los padres?

“Yo nunca lo toleraría”, dicen algunos ante los comportamientos disruptivos de nuestros hijos. “Yo no consentiría que hiciera esto”. “A mí, esto, sólo me lo haría una vez”.

¿Y qué se creen, que nosotras sí lo toleramos?

¿Qué hacemos con ellos, matarlos?

Y en el fondo…

…es posible que debiéramos preocuparnos en igual medida por los niños hipercomplacientes. Nos preocupan menos, porque dan menos problemas, pero su actitud denota lo mismo que la de los niños con conductas disruptivas: un terror cerval al abandono. Me porto bien, no hago nada malo, complazco a todo el mundo… no vaya a ser que me abandonen. Los que se portan mal (a veces hasta límites difícilmente sostenibles) lo hacen por lo mismo: a ver hasta dónde aguantan sin abandonarme…

Y quizás no deberíamos tolerar ninguna de las dos cosas.

Más sobre identidades

Comentábamos unos días atrás la figura de la escritora Taiye Selasi, un referente que me pareció que tiene mucho que ver con la situación identitaria de nuestros hijos, que no son de aquí ni de allí, que se sienten más marrones que negros y quizás, algún día, tan afropolitas como ella.

Hoy ha caído en mis manos otra entrevista con otra escritora (cuya última novela está también en los “pendientes”) que me parece que aporta mucho en la misma línea. Se llama Jhumpa Lahiri, nació en Londres de padres indios, llegó a los Estados Unidos con 2 años y ahora se siente a gusto viviendo en Roma. Aprendió a hablar en bengalí, y a escribir en inglés.

Aquí algunos extractos de la entrevista:

Todos mis personajes navegan en la tensión entre pertenecer y no pertenecer. Eso conforma, diluye o complica la propia identidad. Es un tema muy importante para mí. Mi deseo de escribir nació del anhelo de poseer algo, de llamar mío algo. Crecí con cierto sentimiento de vacío, quería pertenecer a algún lugar: al país del que venían mis padres o a América. La lengua era lo único que podía controlar.

Nunca he vivido en India, aunque vengo a menudo. Para mí, India son mis padres. Ellos mantenían vivas las raíces en el día a día. Crecí en Rhode Island, pero en mi casa se comía otra comida, se vestía otra ropa, se escuchaba otra música, se celebraban otras fiestas. En los años setenta y en aquel entorno, ser diferente no era cool. Pasábamos las vacaciones en Calcuta y, cuando regresaba al colegio, nadie, ni siquiera el profesor, me preguntaba nada. Más bien me miraban con compasión porque pensaban que India era un sitio terrible. Pero en Calcuta, aunque siempre me he sentido muy querida, también era diferente. Eso me creó mucha inseguridad, tenía la sensación de no estar a la altura de las expectativas de los demás: ni de mis padres inmigrantes, ni de mis parientes indios, ni de mis compañeros americanos, ni, sobre todo, de mí misma. Durante gran parte de mi vida quise ser otra: alguien normal y corriente. Parecerme a los demás, comportarme como ellos. Cuando me convertí en escritora, mi mesa se convirtió en mi hogar; ya no necesité otro.

Mi lengua madre es el bengalí, era lo que hablaba y oía en casa, pero sólo sé escribir mi nombre y lo leo con dificultad. Aunque lo lamento, para mí es una lengua oral. Pero, aunque fui educada en inglés y escribo en él, tampoco me siento identificada con este. Para mí el inglés es como una madrastra con la que me llevo muy bien. Cuando nació mi hijo y le tuve en brazos, le hablé en bengalí porque esa era la lengua para expresarle mi amor, la lengua que escuché cuando era niña. Más tarde, cuando mi hijo fue al colegio, los profesores me pidieron que unificáramos el idioma en el hogar porque su padre, que es de Guatemala, le hablaba en español, yo en bengalí y el crío no decía una palabra. Así que aprendí a ser madre en inglés.

Deseaba darles a mis hijos el mismo regalo que me hicieron mis padres, aunque de niña no los comprendiera: tener una perspectiva diferente sobre las cosas. En Nueva York vivimos en un barrio de Brooklyn casi utópico, donde es posible encontrar la máxima diversidad, todas las formas de experimentación familiar… Pero tanto mi marido como yo pensamos que sería bueno para nuestros hijos sentirse extranjeros. Ser distinto te hace mejor persona, más abierto, más considerado…

Padres, dioses, mitos

“Los padres empiezan siendo dioses y acaban como mitos, y entre un extremo y el otro, las formas humanas que adoptan suelen ser catastróficas para sus hijos”.

Rodrigo Fresán, “La parte inventada”

(Ilustración de Benjamín Lacombe)

Cambia, todo cambia

El pasado fin de semana, mis hijos fueron invitados a una fiesta de una compañera de clase. Me puse a hacer fotos y de repente me di cuenta de que en el grupo que estaba retratando, todos los niños, o sus padres, habían nacido fuera de España.

Luego se añadieron otros al grupo que no habían llegado de tan lejos, pero aún así, me fascinó que otra madre me hiciera notar que en la fiesta había niños llegados de cuatro continentes: del Caribe y del altiplano andino, del Lejano Oriente, el África Subsahariana y el Magreb, de la Europa del Este y de varios puntos de España.

Que diferencia con mi infancia, con mi colegio donde el único niño no nacido en España era un chaval uruguayo que llegó en 7º huyendo de la dictadura. Con mi instituto, donde los más extranjeros eran asimismo un colectivo formado por uruguayos, argentinos y chilenos y exiliados. O de mi facultad donde había un solo no-blanco: un chico ecuatoguineano.

 

Volvimos de la fiesta con C., una amiga de B., e iban hablando de los niños y niñas que les gustaban. Aunque intentaban que no siguiera su conversación, en ocasiones se acercaban y me llegaban retazos…

-¿Te gusta R.?

-No… es demasiado alto… ¿y a ti te gusta R.?

-Como amigo sí….

Y me di cuenta de que se preguntaban indistintamente por chicos y chicas, no daban por sentado que la pareja que pudieran tener tuviera que ser necesariamente del otro sexo, ni se escandalizaban o avergonzaban de que el otro les preguntaba si les gustaba alguien de su mismo sexo.

 

Unos días atrás, me sorprendió, y me disgustó, leer en un grupo de adopción que alguien contaba que le había dicho a su hija, hablando de emanciparse, que “cuando te cases te irás y vivirás en tu propia casa”. ¿Aún hay gente que piensa que la única manera de irse de casa es casándose? ¿A estas alturas? ¿Tan poco hemos avanzado? Y lo más alucinante es que nadie de los que contestaba al comentario hizo énfasis en esto que a mí se me hizo muy raro, todos lo asumieron como normal.

Compartí con mi amiga A. mi estupor porque una mujer de 30 y tantos años no se plantee que dentro de 20 su hija puede irse de casa para vivir sola, con amigos, con una pareja con la que no se vaya a casar – o lo haga más tarde, tras la convivencia -, como sucedía cuando era mi madre la que tenía que irse de casa, y A. me dijo: La diferencia es que cuando esta niña se vaya de casa, y no lo haga para casarse, a su madre no se le caerá el mundo encima como le habría pasado a tu abuela.

 

Cambia, todo cambia.

Fea

Esta es una conversación que tuvo M. unos días atrás con su hija L., una niña de 10 años de origen etíope:

Hablábamos sobre a quien le gusta quien en el colegio y L. me dijo que en el cole la llamaban fea.

FEA.

¿¿¿¿FEA????

A ver, L. es bruta, masculina, torpe a veces, pero os aseguro que fea no es. Todo lo contrario, es una niña guapa.

Pues me dijo que la llamaban fea.

Cuando le dije eso mismo, que fea no es y que no era amor de madre me dijo:

“Mamá, es que en mi cole para ser guapa has de ser blanca”.

Con 10 añitos ya lo ha entendido todo.

Me produjo mucha tristeza esta conversación, aunque me alegra que L. no quiera cambiar para intentar gustar a los demás, algo muy habitual a esas edades, cuando crees que puedes (y lo deseas con todas tus fuerzas) transformarte y encajar. Que sepa, ya, de forma intuitiva, que solo siendo quién es puede estar a gusto (y, esto no sé si lo sabe ella, pero yo sí, que sólo siendo ella misma encontrará algún día la gente a quien guste tal y como es). Me alegra también que sea tan consciente de cómo funciona el mundo… y que se lo eche a la espalda. Que, como dice su madre, aunque le sigan doliendo los comentarios racistas, haya aprendido respuestas humorísticas que descolocan al otro. Y me alegra de que se lo cuente a su madre en vez de guardárselo… que sienta que se lo puede contar y que lo va a entender.

Para niñas como L., que crecen sin referentes cerca, que acuden a colegios donde los estándares de belleza son determinados y estrechos, que ven en televisión, en publicidad, en todas partes… que ser hermosa es ser joven, delgada, femenina… y blanca… son imprescindibles referentes como Lupita Nyong’o, ganadora del Oscar la semana pasada, y su discurso sobre la belleza:

https://www.youtube.com/watch?v=j0CDbK8bA7I&feature=youtube_gdata_player

Recuerdo una época en la que yo también me sentía fea. Ponía la televisión y solo veía piel pálida, me acomplejaba y avergonzaba mi piel oscura como la noche… Y cuando era una adolescente, mi auto-odio creció, como podéis imaginar que les sucede a los adolescentes. Mi madre me recordaba a menudo lo guapa que me encontraba, pero claro, era mi madre, ¿cómo no me iba a encontrar guapa? Y entonces… Alek Wek. Una modelo reconocida, era oscura como la noche, estaba en todas las revistas y todo el mundo hablaba de lo hermosa que era. Hasta Oprah la llamó bella, como un hecho indiscutible. No podía creer que la gente considerar hermosa a una mujer que se parecía tanto a mí. Mi complexión siempre había sido un obstáculo para triunfar, y de repente, Oprah estaba diciendo que no lo era .

Las otras Philomenas

Este artículo, escrito a raíz de la película Philomena, de la que hablábamos ayer, contiene una serie de reflexiones sobre la adopción, las madres biológicas, la búsqueda de orígenes… que creo que merece la pena compartir aquí (en traducción casera, como de costumbre).

“Philomena” es mucho más que un vistazo al pasado, y espero que la gente que la vea (ojalá tuviera una varita mágica para inducir a todo el mundo a hacerlo) saque de ella lecciones más amplias y esenciales. Porque la realidad es que durante el siglo XX y más, los severos estigmas religiosos, sociales y familiares contra la maternidad fuera del matrimonio fueron la norma en muchos más sitios que Irlanda. Como consecuencia, es prácticamente seguro que hay más Philomenas en los Estados Unidos que en cualquier otro país: mujeres que, si hubieran tenido elección, habrían criado a sus hijos en vez de sufrir la angustia de perderlos y preguntarse por ellos cada día porque fueron destinados a adopciones cerradas.

Quizás más inquietante, porque algunos de los estigmas permanecen y porque las políticas y prácticas adoptivas no han progresado lo suficiente, más Philomenas están naciendo cada día.

Así que desde la perspectiva del director de una institución dedicada a hacer la adopción lo más consciente, ética y compasiva posible para todos los que participan en ella, aquí van algunos de los mensajes que espero que calen en la conciencia de los que vean esta película tan importante:

Primero y más importante, avergonzar o presionar a los padres para que renuncien a sus hijos, o peor aún, separarles de ellos sin consentimiento (incluso cuando es necesario), inflige heridas psíquicas profundas y duraderas. En la película, nos lo presentan como un método de tortura, y estoy seguro de que muchas mujeres lo describirían como tal. Una lección que tiene relación con ello: las mujeres cuyos hijos van a hogares adoptivos raramente “olvidan y siguen adelante”. Pueden hacer lo último, sobretodo si tuvieron una voz real en el proceso, pero como le sucede a Philomena, las vidas que crearon permanecen en sus mentes, corazones y almas. Y, si no saben dónde están sus hijos e hijas, se angustian sobre si sus criaturas están sanas o enfermas, incluso vivas o muertas.

Es incuestionable que hay circunstancias en las que los niños necesitan familias nuevas, sobretodo si permanecer en las familias originales les pone en riesgo; igualmente, está claro que hay hombres y mujeres que dan en adopción a sus hijos de forma voluntaria. Dado lo que sabemos sobre las repercusiones duraderas de las separaciones entre madre e hijo, las políticas y prácticas adoptivas deberían mejorar para asegurar que las familias pueden mantenerse intactas cuando sea posible, y que los padres reciben la ayuda que necesitan cuando este objetivo no se puede lograr. Además, las mujeres y hombre que consideran la adopción para sus hijos, deberían recibir información para comprender todas sus opciones antes, para que las decisiones que tomen sean realmente informadas y también deberían recibir consejo y apoyo pre y post entrega.

Hay una lección vital en esta película sobre las personas adoptadas, también: Igual que las personas que se han criado en sus familias de origen, los adoptados normalmente quieren y/o necesitan – y desde luego merecen – saber de dónde y de quién vinieron. A menudo se les impide obtener esta información a través de leyes que mantienen su documentación sellada; por prácticas que mantienen las adopciones cerradas; y por actitudes que erróneamente equiparan su deseo o necesidad de conocer con deslealtad hacia sus padres adoptivos.

Las ideas que aporta esta película silenciosamente poderosa no son simples conjeturas de su director, escritas para conseguir efecto dramático. Al contrario, se basan en la vida real de la persona que da título al film – y reflejan la realidad de generaciones de mujeres y de los niños que perdieron

(…)

La mayoría de gente que vea “Philomena” saldrá sin duda pensando más en la actuación de Judi Dench que en la necesidad de continuar mejorando las leyes, políticas y prácticas adoptivas. Pero esta película, por ser tan popular y por haber sido tan bien recibida, es la mejor herramienta en años para una conversación profunda sobre las consecuencias devastadoras del estigma, la vergüenza, los secretos y las mentiras – y sobre cómo podemos cambiar las actitudes sociales y las instituciones que fueron construidas sobre estos elementos.

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