familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para abril, 2014

En el patio

Z. es un niño negro, menudo, simpático, con un enorme pelo rizado. Muy querido por sus compañeros de clase y de colegio, aunque como es de rabieta fácil, algunos han descubierto que es divertido hacerle explotar, cuando se meten con él porque tiene el color de piel “de la caca”, el cabello “como Michael Jackson”.

En el patio del colegio, a la hora del comedor, varios niños mayores se suelen meter con él. No de una forma muy evidente, pero sí bastante constante: “Te pegaremos un chicle en el pelo”… “Negrito”… A veces le empujan, le acorralan, le intimidan.

Sus padres le dicen: “No les hagas caso: que te entre por una oreja y te salga por la otra”; “Si te molestan, vete a otro sitio”; “Habla con la maestra, con las monitoras”.

Pero la maestra y las monitoras no le hacen caso, le dicen que se espabile, que aprenda a defenderse solo; no le dan importancia. Si se va a otro sitio, le persiguen. Y no le suele ser fácil no hacer caso.

Un día, Z. tiene en la mano una raqueta de paddle. Uno de los niños que normalmente le molesta, un par de años mayor y dos palmos más alto, se mete con él, le da un empujón. Él se gira y le da un golpe en la nariz con la raqueta. El otro niño empieza a sangrar.

Se lo llevan al hospital, tiene una fisura en la nariz. Regresa al colegio con un vendaje, como un héroe.

Llaman a los padres de Z., para explicarles qué ha pasado. Z. recibe un castigo en el colegio: 3 días expulsado del comedor, una semana adicional sin patio. Recibe otro castigo en casa. Una semana sin tele, sin ordenador, sin máquinas.

Cuando pasan estos días, Z. regresa al patio del colegio a la hora de comer.

Los niños, también los mayores, lo reciben cómo un héroe. Lo miran y le hablan con respeto, hasta con admiración.

Se le acerca el niño de la fisura en la nariz y le dice: “Eres muy fuerte, eh? ¿Jugamos al paddle?”.

Z. no vuelve a tener problemas en el patio del colegio.

Los padres de Z. se preguntan, y yo con ellos, qué mensajes les estamos transmitiendo a nuestros hijos… cuando nuestra estrategia para afrontar y resolver los problemas no da resultado, y en cambio, cuando hacen lo contrario de lo que queremos enseñarles (dialogar, apartarse, pasar, negociar: no ejercer la violencia), consiguen quitarse el problema de encima.

Y qué parte de la culpa de que lo que les enseñamos no funcione es de la incompetencia de los adultos que están a cargo.

 

Abril, abril

Corría el mes de abril, el día que me acerqué a la Institución donde iban a darme el Certificado de Idoneidad, el “carné de madre”, el documento que me iba a permitir adoptar a mi primer hijo.

Recuerdo cómo entré en aquel edificio con 10 minutos de adelanto, después de hablar con C., la amiga que me precedía en asuntos adoptivos, cómo me presenté en la recepción y cómo me senté entre 10 matrimonios, la única monoparental en un mundo de parejas.

Recuerdo cómo a lo largo de la mañana fui cogiendo confianza, soltándome, atreviéndome a hablar, conociendo a mis compañeros de charla (fue tan, tan intensa, que me sucedió como en algunos viajes: salí convencida de que iban a seguir estando en mi vida. Nunca más los volví a ver). Recuerdo el café, la pizza en la que se montó un lío a la hora de pagar porque no sabían dividir la cuenta por el hecho de que yo no tuviera pareja, los cuestionarios, los juegos de rol, los vídeos, las charlas.

Salí a las 6 de la tarde para reunirme con mi hermana, para pasear, mirar libros, comprarnos una rosa. Agotada emocionalmente.

Había sonado el disparo de salida.

Hace 10 años.

Otro mes de abril, regresaba de Marruecos con A., el segundo de mis hijos, agotada también, feliz de reencontrarme con B. que llevaba una semana con el abuelo, asustada ante el reto de convertirme en madre de dos, sintiendo que mi familia estaba completa.

Habían pasado 5 años entre las dos fechas.

Pensé que había llegado a la meta.

Pero claro, el camino no había hecho más que empezar…

 

Micro

1.

Llega a mis ojos un anuncio de pizzas que me venden como “bonito”, “tierno”, “precioso”, “emocionante”… Se supone que representa el fin de semana de 17 familias españolas. Finalmente, decido mirarlo. Y lo que me viene a la mente es: ¿de verdad no han encontrado ninguna familia que no sea 100% blanca? ¡¡Que distinto del mundo en el que yo vivo!!

Lo comento.

Me dicen que no me ponga quisquillosa, que me la cojo con papel de fumar… que el anuncio es de lo más normal, que no llama la atención, que no vea malas intenciones, ni conspiraciones, en el cásting…

A mí me parece que en un país que tiene un 12% de población inmigrante, que no haya ninguna familia, ni siquiera una persona, no blanca, es una declaración de intenciones.

Pero igual tienen razón, y los que lo han hecho ni lo han pensado…

2.

En la portada de un diario de hoy: Libros más vendidos en ficción castellano /catalán: Almudena Grandes, Care Santos, Jonas Jonasson, Marta Rojals, Isabel Allende. Titular: “El público premia a los personajes femeninos”. Y a las autoras,,. ¿no? Un 80% de los autores más vendidos son mujeres, pero… ninguneémoslas…

3.

Voy en el autobús, pensando en lo curioso de los carteles que representan a los colectivos que tienen preferencia en los asientos.

Discapacitado: una persona con pantalones con muletas. Aunque generalmente (en los baños, donde se diferencian), la figura con pantalones suele ser un hombre, podemos asumir que nos representa a todos. Anciano: una persona con pantalones con un bastón. Embarazada: una persona (ahí sí asumimos que es mujer) con barriga. Persona con bebé: una persona con falda, con un bebé en brazos. ¿Por qué se da por hecho que las personas que cargan bebés son necesariamente mujeres? ¿o que los hombres con bebés no tienen preferencia a la hora de sentarse?

TALLER SOBRE MICROMACHISMOS ORGANIZADO POR COLECTIVO DE VARONES ANTIPATRIARCALES.

Son tres ejemplos de micromachismo, o racismo de baja intensidad… Porque denunciar el racismo, el machismo o la homofobia, a lo grande, lo que hacen los skinheads, los insultos, los golpes, incluso el humor grueso… esto lo vemos todos. Pero luego está este fenómeno micro, casi invisible, al que es fácil no darle importancia, que es fácil incluso no ver, … pero que nos va conformando hasta que llegamos a pensar que es biológico que a las niñas les guste el rosa y a los niños no.

23 d’abril

Las paradas de rosas en el camino del colegio, la ilusión de los niños por el cuento que compraremos por la tarde, la alegría en el rostro de la gente, los libros.

Las rosas de todos los colores, blancas, amarillas, rosas, azules, violetas, ¡multicolor!, y por supuesto, rojas. Con espiga, con mimosa, envueltas en plástico, con muñequito, envueltas en periódico, solitarias o convertidas en auténticos arreglos florales. Las rosas de papel, de cerámica, de metal, de tela, de corteza de naranja, en forma de anillos, de pendientes, de punto de libro.

Rosas de todos los precios, ¡las tenemos a 2 euros, no encontrarás nada más barato!

Rosas en cubos, en jarrones, en cajas. En las manos de los compradores más madrugadores. Para regalar, o recién recibidas.

Las paradas de libros, los libreros que se afanan colocando los ejemplares mientras bajo por el Paseo de Gracia, el recuerdo de aquellos 23 de abril en los que estuve en el otro lado de la mesa, poniendo libros, envolviendo libros, cobrando libros. Las paradas con las mismas novedades, idénticas, y las paradas con personalidad propia, con libros escogidos con mimo, seleccionados como si fueran para alguien querido. El recuerdo de todas las librerías de todas las ciudades que he pisado. El olor dulce a libro viejo, a polvo y peladillas.

Pan de Sant Jordi, de queso y sobrasada, en las pastelerías.

Las Ramblas, la gente, los turistas con su cara de alucinados, los grupos de escolares, tan distintos a los escolares homogeneamente blancos que fuimos nosotros cuando también era Sant Jordi y también paseábamos por las Ramblas. Aquella vez que salimos en la tele y nos lo dijeron los compañeros que comían en casa, por la tarde, cuando regresaron. Nos lo perdimos porque entonces, claro, ni siquiera podíamos imaginar que un día existiría Internet.

 

Los Juegos Florales de mi infancia, que gané tantas veces, los Juegos Florales del colegio de mis hijos, que aspiran a ganar. “En mi corazón ya has ganado, B.” “Claro, ¡porque soy tu hijo!” Los primeros poemas, el primer cuento que me atreví a enseñar.

El Dragón y el caballero, la princesa que nunca estuvo en el cuento que me contaron en mi infancia, las metáforas, las deconstrucciones, las revisitaciones, de la historia de Sant Jordi.

El sol en la cara, los empujones, las ganas de pasear, la calle. El olor a mar.

Y llegar al trabajo con una sonrisa en los labios.

Artistas

Mi hijo mayor dibuja muy bien. Él, a quien tanto le cuesta expresarse con las palabras, que se traba y se aturulla, que no encuentra la frase justa … es un hacha expresando emociones en dibujo.

Tanto, que no puedo resistirme a colgar un retrato que me hizo, a vuelapluma, una mañana mientras desayunábamos:

Mi hijo pequeño, en cambio, dibuja muy mal. Sus dibujos son esquemáticos, imprecisos, deslabazados. Nunca muestran lo que él imagina y a menudo, le hacen enfadarse, rayarlos, romperlos.

No ha ayudado nada la actitud del colegio, que ha coartado su expresividad, su espontaneidad, que les exige que dibujen según un patrón, y les juzga según ese patrón.

Ojalá cualquiera de los dos se hubiera encontrado con una maestra (o maestro) como la de este cuento:

Viernes

© The Norman Rockwell Estate; used with permission

La perspectiva de 10 días en familia, el viaje, el cansancio, el último día del cole, dejar cosas cerradas en el trabajo, las maletas, los “seguro que me dejo algo”, la emoción del reencuentro, la separación de los compañeros, el álbum, dejar las plantas regadas, la primavera, el final de los madrugones, las notas, las notas, las notas.

1000 minutos

A menudo, los padres adoptivos nos preguntamos por qué algunos niños, adoptados al nacer, y que no han sufrido por lo tanto ni institucionalización, ni negligencia, ni la experiencia de apegarse a alguien para perderlo después… parecen tanto o más dañados que niños que han sido adoptados de mayores (y que procedían en algunos casos de hogares donde no eran bien atendidos o de orfanatos inhóspitos).

Nancy Verrier aseguraba en su libro “La herida primaria”, que esta herida, la que procede de la separación entre el niño y su madre cuando aún forman parte de un “todo”, es más grande cuando el niño es separado inmediatamente al nacer que cuando puede pasar aunque solo sean unas horas con ella.

En “La Contra” de la Vanguardia publicaron la semana pasada una entrevista que aporta elementos muy interesantes a esta idea. es con el experto en neurociencia perinatal Nils Bergman.

Copio algunos extractos:

Los mil primeros minutos de vida determinan la salud y el desarrollo para toda la existencia.

La separación madre-bebé después de parto y durante el primer período crítico (incluso con grandes prematuros) crea un estrés tóxico que provoca cambios hormonales, metabólicos y cognitivos que afectan la salud y la duración de la vida.

Que madre e hijo permanezcan piel con piel durante esos mil primeros minutos hace que los circuitos neuronales de la inteligencia emocional se conecten: la amígdala (el cerebro emocional) se conecta con el lóbulo prefrontal (el cerebro social). Si el bebé percibe que este mundo es un lugar difícil, en lugar del circuito de la oxitocina conecta el del cortisol. El neonato en las primeras dos horas tras el nacimiento escoge entre las dos opciones según si se siente seguro o inseguro. Hay un sitio en concreto en el cerebro que dice a la amígdala en qué dirección tiene que empezar a hacer las conexiones y la decisión responde a la cuestión “¿estoy seguro o inseguro?” Es una decisión binaria: sí o no. El circuito del cortisol acelera otros circuitos, eleva el estrés, la presión, y el cerebro y el cuerpo experimentan  un desgaste que afecta también a la duración de la vida.

 

Familias, parejas, discriminaciones

Últimamente me han llegado varias propuestas de actividades para padres y madres. Por ejemplo, este ciclo de Conferencias llamado “Con mirada de niño” (se ve que la mirada de las niñas importa menos), con los inevitables Carlos González y Rosa Jové al frente; o esta charla sobre los Trastornos del Espectro Alcohólico Fetal organizado por AFIN, un grupo de investigación muy interesante que depende de la Universidad de Barcelona; o esta actividad, una de las muchas organizadas por el Instituto Familia y Adopción.

No he ido a ninguna de las tres citas. Por muchas razones: no me interesan especialmente los asuntos a tratar, la logística (siendo monoparental y con dos hijos) es complicada y hace tiempo que no voy a actividades que no contemplen un servicio de monitoraje para niños, la vida no me da para más…

Pero también porque hace tiempo que decidí no dar a ganar dinero a las organizaciones que me discriminan, en uno u otro sentido.

Y en este caso, la discriminación no podría ser más clara…

En el primer caso, el precio es 12 euros la entrada individual y 18, para las parejas.  En la charla de AFIN, el coste de inscripción es de 10 euros por persona, 15 por pareja. En la charla del Instituto Familia y Adopción, el precio son 10 euros por unidad familiar, se entiende que indistintamente de si es monoparental o biparental.

Hagamos números: en el primer caso, las personas monoparentales pagamos un 33% más que las personas que forman parte de una pareja; en el segundo, la cosa sube: un 50% más si eres monoparental. En el tercer caso, si estás sola, pagas ¡¡el 100% más que las personas que tienen pareja!!

¿No es un sinsentido? Los monoparentales tenemos la mitad de ingresos, de manos, de familia extensa, pagamos solas todos los gastos derivados de la crianza, tenemos la mitad de vacaciones y tenemos que organizar toda nuestra vida (incluida la asistencia a charlas y conferencias) con un solo horario laboral. ¿No deberían hacernos el descuento a nosotros?

 

Hace 5 años

Debí levantarme en la cama de mi apartamento de Marruecos, junto a A., pensando en B., que se había marchado unos días atrás con el abuelo, con esa sensación desasosegante de que, si no estaba en mi entorno visual, no podía estar bien.

Debimos desayunar, te y gallegas, A. su inevitable bibe tibio, que agarraba con ambas manos con fuerza al grito de “¡Ten, ten, ten!”.

Es posible que pasáramos por la inmobiliaria del apartamento para saludar a S. y H. Quizás H. decidió poner un ratito el cartel de “he salido” para irnos a tomar un te en la terraza del centro comercial del centro. Bebimos mientras charlábamos y mirábamos el mar.

Quizás puse alguna lavadora, quizás me acerqué al supermercado. No sé si bajamos a la playa o dimos un paseo por las calles de la ciudad.

Miraríamos cuentos y yo debí observar a A. jugando en el suelo al único juego que dominaba en ese momento, y que consistía en llenar un barreño de objetos, arrastrarlo por el salón, vaciarlo, volver a empezar.

No sé si fue este el día que fuimos a la crèche a buscar una foto de A. de bebé que me habían prometido. Al volver, se me rompió el carrito donde A. se había quedado dormido (decidí ahorrarle la angustia de volver a su anterior hogar, sin poder explicarle que no se iba a quedar en él), y tuve que cargarle en brazos. ¡Cómo pesaba!

Debimos comer en casa, y sin duda, hicimos la siesta.

Seguramente volví a pasar por la inmobiliaria a la hora del cierre y dimos una vuelta con H. y con S., tal vez comimos m’simen, nos tomamos un te e hicimos alguna compra. Quizás fue este día el que conseguí la tetera en la que cada mañana me hago té a la menta.

Lo que sí es seguro es que pasé el día pendiente del móvil, a ver si llegaba el último documento que faltaba, el visado para el pasaporte de A., que se retrasó porque la persona que los gestionaba en la embajada estaba de vacaciones.

Esperando un SMS con la palabra “Fax”.

Que llegaría dos días más tarde.

Quizás me llamó mi padre por la noche, quizás hablé con B. Quizás me sentí angustiada por la distancia, por la necesidad de abrazarle.

No guardo muchos recuerdos concretos de ese día, uno de los últimos que pasé en el pueblo de A. antes de regresar a casa, convertidos en una familia de tres.

A 900 kilómetros de allí, la familia de N. también se convertía en una familia de tres. Mientras yo esperaba el visado de A., nacía el pequeño P.

Hace 5 años.

Que extraña es la vida, ¿verdad?

Retirada

168 Film

Este vídeo de 12 minutos explica mejor la adopción que muchos libros, charlas, cursillos para el CI…

Removed

Es la historia de muchos de nuestros hijos. Este pasado del que no consiguen desprenderse, que les sigue como una sombra, que estalla en cualquier momento. Estas reacciones imprevisibles y descontroladas, que no responden a nada que esté sucediendo en este momento sino a algo que sucedió, tiempo atrás, y que sigue sucediendo en sus cerebros. Algo que nosotros no sabemos y ellos no recuerdan. Esta capacidad para tensar las relaciones hasta el límite, para validar lo que les ha enseñado la vida: que no merecen ser queridos.

Y la incondicionalidad, como única respuesta posible.

Nube de etiquetas

A %d blogueros les gusta esto: