familia monoparental y adopción

Archivo para junio, 2014

El azar y el destino

El verano suele ser una temporada de baja intensidad para la cosa bloguera…. y este se presenta muy intenso en lo personal y familiar. Hace tiempo que tenía ganas de recuperar algunas de las primeras entradas del blog, escritas cuando sólo lo leía un puñado de personas (muchas, amigas), y que tengo la sensación de que se perdieron (me sorprende, al releerlas, que no hubiera ni un solo comentario en ellas). Me ha parecido que este verano pródigo es un buen momento para hacerlo…

Esta, sobre el azar y el destino, tiene 3 años y medio, pero creo que volvería a escribirlo igual.

 

 

 

 

 

 

 

Este verano, oía a mi hijo mayor hablando con su hermano, le iba diciendo “mi madre esto, mi madre lo otro”, de repente oigo que le dice “Pero no tu madre, eh? la mía. Mi madre de verdad”. Se gira hacia mí y me dice. “La de África”.

Le pregunto si yo soy de mentira, se ríe y me dice, “no, ya me entiendes”. Y sigue: “¿Y mi hermano tiene madre?” Le digo que sí, que yo soy su madre, la de los dos. Y dice, sacudiendo la cabeza: “No, quiero decir antes, en África”. Le cuento.

Esa misma tarde coincidi con dos amigas, ambas madres por adopción. Me dicen, casi a la vez: “Esto lo ha oído”.

Y yo pienso que quizás sí, pero que puede que no. Que en cierta manera, mi hijo tiene razón. Que hay una verdad en lo genético a prueba de todos los discursos sobre vínculo, día a día y afecto.

Y me dio por pensar en algo a lo que le vengo dando vueltas desde hace mucho: a lo que siento que falla en los rechazos de asignaciones.

Es cierto que yo habría podido rechazar determinadas asignaciones (por cuestiones muy graves de salud, me refiero), pero esto no quita que el discurso oficial al respecto me chirríe por todos lados: “Yo quiero ser madre, no hacer una obra de caridad”. “No estamos preparados para asumir determinadas circunstancias”. Les entiendo, pero no veo a una parturienta soltandole algo así al obstetra mientras le devuelve la criatura discapacitada.

En las adopciones hay mucho de azar. Nuestro hijo podría haber sido otro: el de la cuna de al lado, el de las otras familias que han viajado contigo, incluso podría haber nacido en otro país. O tener otra edad, o ser del sexo contrario. Así que, ¿por qué tenemos que quedarnos justamente este que está enfermo – o es demasiado mayor, o del sexo que no toca- cuando podría haber sido cualquier otro? En la maternidad biológica también hay mucho de azar, es cierto: si hubiéramos echado el polvo un par de horas antes, si el taladro del vecino no hubiera estropeado el encuentro sexual de la ovulación anterior, etc, etc, nuestro hijo sería otro: pero el hijo que hemos parido no podría pertenecer a otros de ninguna manera.

Al menos, hasta que pasa el tiempo… y a esto que no es más que azar, le empezamos a llamar destino.

 

Ruido

«Si te abandonan a los 7 años siempre oirás el ruido de la puerta».

Doris Lessing.

El buen profesor

Ahora que (¡por fin!) ha terminado el curso, me parece interesante compartir las reflexiones de Raj Chetty, economista indio que estudia el ascensor social en los distintos países, y a quién la Contra de la Vanguardia entrevistó unos días atrás. Una entrevista que deja claro, con datos, aquella idea de que un buen profesor puede cambiar la vida de una persona.

El gran factor para el ascenso social es la educación. La diferencia no es entre escuelas ricas y escuelas pobres: la gran diferencia es entre maestros buenos y maestros malos. Hemos comprobado que el éxito en la vida depende en gran parte de si tuviste buenos profesores.

Hoy computamos cifras gigantescas con técnicas de big data. Hemos analizado 18 millones de exámenes de 2,5 alumnos, hasta conseguir cuantificar que haber tenido un solo profesor de valor añadido aumenta tus ingresos durante tu vida 36.000 euros. Un profesor de valor añadido es uno de los 5% de profesores excelentes que más aumentan la nota media de sus alumnos en el curso siguiente.

Creemos que la clave para mejorar el ascensor social de un país es incentivar a los profesores excelentes para que no abandonen la enseñanza. Hay que descubrir qué les hace excelentes y motivarles para que ejerzan la docencia en escuelas pobres. Su impacto es gigantesco en el curso y todo el resto de vida de sus alumnos. Hemos demostrado que las promociones que tienen la suerte de tener un profesor de valor añadido ganan más y están menos expuestas a contratiempos como embarazos adolescentes, adicciones o delincuencia juvenil. Además, acceden a mejores universidades y consiguen mejores lugares de trabajo y más ingresos. El impacto de un buen profesor es acumulativo e independiente de la etapa educativa. Si has tenidos varios docentes de alto valor añadido, tú también lo adquieres para siempre. Esto nos lleva a deducir que seleccionar profesores excelentes en la mejor inversión en movilidad social de un país.

Sin exigencia ni sueldo no hay buenos profesores, pero sólo con una dura oposición y un buen sueldo tampoco los consigues, como demuestran numerosos estudios. Yo sólo añadiría que cuando ves enseñar a un gran profesor, lo percibes inmediatamente.

El hijo del otro

Este fin de semana, el azar nos regaló un puñado de horas libres a N. y a mí y pudimos ir al cine (a ver una película adulta). Escogimos “El hijo del otro”, la historia de dos bebés cambiados al nacer. ¿Manido? La particularidad es que uno de ellos es un judío israelí… y el otro, un palestino.

Muy interesante el planteamiento que hace sobre la construcción de la identidad. Si uno ha sido criado como judío, en una familia judía, ha cumplido todos los ritos, nunca se ha sentido otra cosa… ¿es judío? ¿o esto lo determina la genética? ¿Cómo te cambia la mirada de los demás? Y, ¿qué pasa cuando los que siempre has visto como enemigos pasan a ser parte de tu familia… cuando tú mismo eres uno de ellos? En un mundo donde unos tienen privilegios y otros tienen trabas de todo tipo, ¿cómo vives que algo tan azaroso como el nacimiento determine en qué lado estás?

el hijo del otro 2

Me pareció muy interesante cómo retrata la diferente manera en la que reaccionan los hombres (los padres, el hermano), y las mujeres (las madres). Ellas tienen claro desde el principio que están condenadas a entenderse, que aquello las une, que sus hijos, los que comparten, están por encima de cualquier otra diferencia: que las emociones pesan mucho más que las razones. Se intercambian fotos, se hablan: se ven. Para los hombres todo es mucho más díficil, les faltan palabras, no saben cómo aproximarse, no se sienten cómodos ni el uno con el otro, ni con sus propios hijos, y superar determinadas barreras implica para ellos un proceso trabajoso. Un proceso que les hace mejores, más flexibles, más tolerantes. Más empáticos.

Y sobretodo me gustó cómo viven la aparición de otra familia, de otro hijo, de otros padres. Cómo no se sienten amenazados, no sienten que la incorporación de esa nueva rama de la familia ponga en riesgo a la que conocen, a los que son gracias a la convivencia. Como suman.

Como dice una de las madres: quizás tengo un tercer hijo, pero si tuviera que escoger, volvería a escogerte a ti.

Fin de curso

Termina un curso lleno de cosas. Avances y dificultades, amigos y peleas, aprendizajes y bloqueos. Termina con galletas, con dibujos, con álbumes, con notas, con fiesta en el patio. Con expectativas cumplidas y cosas que quedaron en el camino. Con alivio. Con tristeza. Con nostalgia.

Termina un curso que es un final de etapa, porque después de 7 y 4 años en ella, B. y A. no volverán a esta escuela. Este verano nos mudamos: hemos decidido emprender una nueva aventura, la de convertirnos en una familia de 6, con N. y C. y P., en su barrio, a 600 kilómetros del mar.

Llevamos días despidiéndonos, a veces con explosiones de rabia, a veces con lágrimas, a veces con la ilusión de lo nuevo y la esperanza de recomenzar de cero, sin etiquetas, con la posibilidad de dibujar un personaje nuevo.

Son días de emociones agridulces, el dolor de la pérdida, el miedo a lo desconocido, la emoción de la aventura y el reencuentro, el reto de salir de nuestra zona de confort y crecer con ello, la certeza de estar construyendo algo nuevo.

Padre biológico

Aunque pusieron el 50% de la genética de nuestros hijos, y a veces, tomaron parte en la decisión de darlos en adopción, lo cierto es que los padres biológicos son los grandes ausentes en el discurso sobre la adopción:, hablamos poco o nada de ellos, y de sus pérdidas, que también las tienen.

R. me pasa este texto, escrito por un hombre que fue padre biológico de un bebé al que dieron en adopción, y que se ha reencontrado con él, años después. El peso que esta circunstancia – que no decisión – tuvo en su vida no es en absoluto pequeño.

Sentado en la mesa del café, frente a mi hijo, no podía evitar echarle vistazos mientras hablaba. Había imaginado este encuentro mil veces y ahora, finalmente, él estaba delante mío.

Miré su perfil, y vi características de mi propio padre. Le escuché mientras me hablaba de sus dos hijas – mis nietas – y de la vida feliz que tuvo con sus padres adoptivos. La vida sobre la que tanto me había preguntado. Una vida en la que yo no tuve ningún papel desde su concepción.

Para mí, los 32 años anteriores habían estado marcados por un solo acontecimiento – la adopción de mi hijo cuando yo tenía 19 años. Sucedió en un abrir y cerrar de ojos, y sin embargo, marcó cada decisión que tomé, para bien o para mal, a partir de este momento.

En 1967, yo era un adolescente enamorado. Carol tenía 18 años y era mi primera novia. Nos habíamos estado viendo durante algunos meses cuando mi padre encontró un trabajo a 200 millas. Carol y yo nos comprometimos a hacer funcionar nuestra relación a pesar de la distancia.

A pesar de ello, las semanas que siguieron a mi partida, la fui notando más distante en cada llamada. Supuse que sus sentimientos hacía mí se habían enfriado. En realidad, estaba embarazada, pero demasiado asustada y confusa para decírmelo. Dolido y desconcertado, yo también me retiré.

Pasaron los meses y las llamadas disminuyeron, hasta que un días mis padres me dijeron que iban a visitar algunos amigos en nuestro anterior pueblo. Ansioso por descubrir qué sucedía con Carol, fui con ellos y la llamé. Sus padres me invitaron y soltaron la bomba: Carol estaba en el hospital, dando a luz a nuestro bebé, que inmediatamente sería dado en adopción.

Desesperado, quise ver a Carol en la maternidad pero sus padres me dijeron que no era una buena idea. Yo ni podía imaginar que ella estaba deseando que la visitara. Mis padres llegaron, y solo pude sentarme allí, desconcertado, mientras a mi alrededor, los adultos discutían la mecánica de la adopción. Entonces, los padres tomaban la decisión por ti. Todo lo que yo sabía es que había tenido un hijo.

No llegué a cogerle, ni siquiera a tocarlo. Desde el hospital fue a una casa de acogida, y fue adoptado al cabo de 6 meses, cuando el proceso legal se completó. Y esto fue todo. Pareció irreversible. Nunca fuimos conscientes de que, mientras los engranajes legales se movían, podríamos haber objetado y le habríamos recuperado. No hubo acompañamiento: fue un simple caso de “esto ha sucedido, seguid con vuestras vidas”.

Volví a ver a Carol al cabo de unas semanas. Los recuerdos de este encuentro son brumosos – los dos estábamos en shock. Tratamos de reconstruir nuestra relación – yo tenía un trabajo como estadístico cerca de la familia de Carol – desesperados por darle sentido al asunto. Dos años después nos casamos. Fue como tratar de retrasar el reloj al “antes”. Nunca hablamos de nuestro hijo directamente, aunque creo que ambos sentíamos su presencia agudamente. No teníamos el lenguaje para hablar de esta clase de pérdida.

El matrimonio duró solo dos años; porque ninguno de los dos fue capaz de hablar de la enorme pérdida que habíamos sufrido, nos fuimos distanciando. Me sentí aliviado, pero también traumatizado, y en una ocasión me autolesioné, arañándome la mano con las uñas hasta hacerla sangrar.

Siguiendo el consejo de mis amigos, traté de superarlo. Entré en la universidad para estudiar Sociología y Estadística, intentando crear la vida que habría tenido si la paternidad no hubiera ocurrido jamás.

En parte, funcionó: en la superficie, parecía feliz, pero por dentro era un revoltijo de asuntos por resolver. Recuerdo quedarme en shock cuando un amigo me pidió que escribiera 5 palabras que me describieran, y una de ellas era “triste”.

Estaba pasando un duelo, pero en mi caso, ni siquiera sabía el nombre de la persona. Pero ahí fuera, en algún sitio, mi hijo iba creciendo. No me podía desprender del sentimiento de que había abandonado mis padres, a Carol, y sobretodo a nuestro bebé, sin luchar por él.

Después de la universidad, tuve una carrera exitosa como estadístico e investigador de mercados, pero mis opciones laborales se vieron cada vez más afectadas por lo que había sucedido. Cuando mi hijo tuvo la edad de ir a la universidad, yo trabajé como consejero universitario, preguntándome en mi subconsciente si alguno de los rostros adolescentes del otro lado del escritorio sería el suyo.

Le busqué sin cesar.

Estaba confuso sobre mi identidad – ¿era un padre o no? En una fiesta, una mujer me preguntó si tenía hijos y yo dudé tanto rato que ella dijo: “Pensaba que había hecho las preguntas fáciles al principio”. A la inversa, cuando pasaron los años, me encontré hablando de mi historia con desconocidos.

La adopción marcó todas mis relaciones con mujeres: era incapaz de comprometerme a largo plazo. Aunque parecía el tipo de persona que sería un buen padre, no me sentía capaz de tener otro hijo, algo que mis parejas lucharon por entender. Volver a convertirme en padre me habría traído alegría, pero también habría significado revivir la pérdida anterior.

Hasta la muerte de mis padres cuando yo estaba en la cuarentena no empecé a buscar activamente a mi hijo. Mientras mis padres estaban vivos, me preocupaba que excavar en el pasado les doliera. Entonces, sin embargo, me di cuenta de que tenía que descargarme de lo que había llevado en mi interior tanto tiempo. La búsqueda fue compleja. Todo lo que tenía era su fecha de nacimiento, el nombre que Carol y yo le habíamos puesto y el hospital donde nació. Si quería tener alguna oportunidad de encontrarle, había que ponerme en contacto con Carol. Hablar con ella tantos años después no fue fácil. Aunque ella, afortunadamente, se había casado y formado una familia, la pérdida seguía estando allí.

Continué la búsqueda con su aprobación, con la ayuda de una mediadora profesional. Hubo momentos muy duros, como cuando vi el certificado de nacimiento de Ben y el espacio en blanco donde debería haber estado mi nombre. En esa época era habitual dejar el nombre del padre en blanco si no estabas casada.

Entonces, en el año 2000, después de 3 años de búsqueda, mi mediadora me llamó para decirme que había encontrado a mi hijo, Ben. Vivía a 100 millas con su hija, y su compañera estaba esperando otro bebé. Mi mediadora se puso en contacto con él en mi nombre. Ben se sintió complacido pero necesitaba tiempo para responder. Me sentí exaltado de que estuviera vivo y tuviera su propia familia. Seis agónicas semanas más tarde, llegó un email de Ben. Me decía que había tenido una vida feliz con su familia adoptiva y que aunque alguna vez se había planteado investigar sobre sus padres de nacimiento, nunca se había decidido.

4 meses después del primer contacto, quedamos que Ben viniera a mi casa. Sentí excitación, trepidación, nervios. Fue como una primera cita. Fue una primera cita. Ben me lo puso muy fácil. Es muy agradable y compartimos el mismo sentido del humor. Curiosamente, aunque me había pasado la mayor parte de mi vida imaginando este momento, no recuerdo muchos detalles de lo que hablamos, sólo la calidez y la calma del amor sin palabras. Me sentí eufórico y satisfecho. La inquietud que había definido mi vida durante 32 años parecía alejarse. En pocas horas, el nacimiento de mi hijo había pasado de ser mi mayor trauma a ser mi mayor logro.

Nos lo tomamos con calma, comunicándonos sobretodo por mail o teléfono. Nunca nos quedamos sin temas de conversación, aunque nos centramos en la alegría de habernos encontrado más que en la tristeza de lo que había sucedido antes. Dos meses después, Ben se encontró con Carol. Tuvo que pasar otro año antes de que conociéramos a su pareja y mis dos nietas – una tarde feliz en la que disfruté de la alegría de ver a mi propio hijo convertido en padre.

Desde entonces, nos encontramos una vez al año, aunque el contacto real no es lo más importante: es saber que está bien. Hay una sensación de que todo se ha resuelto, siempre respetando las relaciones que ya existían: Ben ya tiene un padre y yo entiendo mi posición. Es un sentimiento hermoso tener nietas, sin embargo – Ben me envía fotos y yo las veo crecer como no pude hacer con él.

Sólo en los últimos años he sido consciente del impacto que la adopción ha tenido en mí. Bucear en las experiencias de otras personas me ha hecho darme cuenta de que algunas de mis rarezas – mis relaciones fracturadas, mi sentimiento de pérdida – las experimentan otros padres de nacimiento. Me di cuenta de que hay malentendidos comunes, también. A menudo, la gente ve a los padres biológicos como irresponsables, pero entonces, muchos de nosotros estábamos comprometidos, incluso aunque no estuviéramos casados.

Hoy no hay amargura ni remordimiento. He conseguido seguir adelante con el corazón más ligero: los últimos dos años he tenido una buena relación con una mujer encantadora y no hay nada de la angustia que marcó mis relaciones anteriores. Carol y yo estamos en contacto, y ocasionalmente nos llamamos o escribimos. La adopción crea un renglón vacío en la familia, y tienes que encontrar la manera de soldar algunos de los elementos. Soy afortunado de haber tenido la oportunidad.

La educación lenta

Me llega esta entrevista con Catherine L’Ecuyer, investigadora canadiense sobre educación infantil, autora de “Educar en el asombro”.

Es muy interesante lo que dice sobre los deberes (discutimos sobre el tema aquí), los peligros de la sobreestimulación o los beneficios del aburrimiento, pero me ha tocado sobretodo esta frase:

¿Qué edad es la adecuada para empezar a aprender a leer y escribir? R.- Los siete años, que es cuando se tiene la madurez suficiente. Si adelantamos etapas, les ponemos en una situación de frustración que puede repercutir en su autoestima y crear una espiral de fracaso que afecta al desarrollo futuro del aprendizaje. Con más estímulos no conseguimos mejores resultados.

Pienso en estos niños que hasta los 6, los 7 años… no tienen la madurez suficiente para entrar en la lectoescritura… pero que desde los 4 años les están machacando con las letras, con lo cual consiguen a) aburrirles, b) que se sientan idiotas y c) que no hagan otras cosas que les habrían venido bien (como jugar), incluso para conseguir y consolidar aprendizajes futuros.

Algunos maestros, y algunos padres, reivindican la educación lenta, y modelos como el exitoso de Finlandia demuestran que introducir los contenidos más tarde es beneficioso para los niños.

Si un niño quiere aprender cosas que teóricamente “tocan” más adelante, está bien darle herramientas para que pueda hacerlo. Pero en la mayoría de los casos, lo que yo percibo es que los padres no les acompañan: les empujan. Como si fuera una carrera en la que ganara el que llegara antes. Como si a los 18 fuera a leer mejor el que aprendió a los 4 que el que aprendió a los 7. Como si la educación de los niños fuera un sprint y no una carrera de fondo.

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