familia monoparental y adopción

Hace años, me sorprendió la respuesta de Almudena Grandes a una pregunta en una entrevista. La pregunta era ¿a quién quieres más? Y ella respondía: “Mi marido, más que a mis hijos”.

Me sorprendió porque me pareció innecesario (diciendo “mi marido” ya dejas claro que más que a otras personas, incluidos los hijos…), pero sobretodo, por lo transgresor. Me escandalizó, en serio.

Este artículo de Danielle Teller y Astro Teller (en inglés en el original, la traducción, hecha por Florencia Kievsky, sacada en su mayoría de este enlace… básicamente he cambiado “paternidad” por “parentalidad” porque me parece más ajustado al sentido original, y más correcto) me ha hecho recordar aquello… y, aunque una parte del texto (todo lo referente a las almas gemelas y los compromisos para toda la vida) me es muy ajena, creo que ofrece muchos elementos para reflexionar. ¿Estamos viviendo la parentalidad como una religión?

En algún momento entre nuestra niñez y cuando tuvimos a nuestros propios hijos, la parentalidad se convirtió en una religión en los Estados Unidos. Al igual que en muchas religiones, los practicantes deben tener una devoción completa y sin reflexión. No se permite que nada en la vida sea más importante que nuestros hijos, y nunca debemos mencionar una palabra desleal sobre nuestras relaciones con ellos. Los niños son siempre lo primero. Hoy en día, aceptamos esta premisa en forma tan automática que nos olvidamos de que no siempre fue así.

En el libro que publicamos recientemente, Sacred Cows (Vacas sagradas), nos enfrentamos a las absurdas—pero profundamente arraigadas—creencias de nuestra sociedad respecto del matrimonio y del divorcio. A menudo, nos preguntan si nuestro próximo tema serán las vacas sagradas de la crianza moderna, momento en el cual le pedimos a quien preguntó que baje la voz y miramos alrededor con nervios para asegurarnos de que nadie haya escuchado la pregunta.

Para entender el poder aterrador de la religión de los hijos, basta con ver el ensayo del New York Times escrito por Ayelet Waldman de 2005, en el que la autora explicó que amaba a su esposo más que a sus cuatro hijos. En su reciente visita al programa televisivo “Oprah Where Are They Now”, la autora ratificó los sentimientos expresados en su artículo del New York Times y agregó que su perspectiva ha tenido un impacto positivo sobre sus hijos, ya que les dio una sensación de seguridad respecto de la relación de sus padres. Luego de la publicación de su ensayo, Waldman no solo recibió abucheos de todo el país por ser una mala madre: algunos extraños la amenazaron físicamente y le dijeron que la denunciarían ante el Servicio de Protección al Menor. Esta no es la forma en que una sociedad civilizada trata el diálogo de mentalidad abierta. Es la forma en que una religión persigue a un hereje.

Los orígenes de la religión de los hijos son desconocidos, pero una de sus primeras manifestaciones pueden haber sido los carteles de “bebé a bordo” que se hicieron populares a mediados de la década de 1980. Nadie hubiera puesto un cartel de ese tipo en un auto si la sociedad no comprendiera que la vida de un humano alcanza su valor máximo en el nacimiento y, luego, comienza a descender. Un niño de dos años es tan preciado como un bebé, pero un adolescente no lo es tanto. Cuando ese bebé cumple cincuenta años, parece que a nadie le importa mucho si alguien le choca el auto. No se ven muchos vehículos con carteles de “Contador de mediana edad a bordo”.

Otra señal de la religión de los hijos es que, en nuestra cultura, se ha vuelto completamente inaceptable decir algo malo de nuestros hijos, mucho menos admitir que no nos agradan todo el tiempo. Podemos hablar mal de nuestras parejas, de nuestros padres, de nuestros tíos y tías, pero intenten decir: “Mi hija no tiene muchas amigas porque no es una persona muy agradable” y vean la rapidez con que los echan de la asociación de padres y maestros.

Cuando las personas eligen tener hijos, juegan a la lotería. Los niños tienen la misma variedad de características positivas y negativas que los adultos, y las personalidades de algunos niños no se llevan bien con las de sus padres. Para proteger a los niños contra esa circunstancia, la naturaleza les otorgó una ternura irresistible desde el primer momento y aseguró que los padres formaran un vínculo con ellos que fuera tan fuerte como para evitar que nuestros ancestros que vivían en cuevas empujaran a sus hijos por una cresta de nieve cuando se portaban mal. Aunque los padres amen a sus hijos y quieran lo mejor para ellos, no siempre les agradan. Ese compañero de oficina que todos piensan que es un idiota alguna vez fue pequeño, y es muy probable que sus padres también se dieran cuenta de que podía ser un idiota. Es solo que no podían decirlo.

Claro que la blasfemia de Ayelet Waldman no fue admitir que sus hijos no eran totalmente maravillosos, sino afirmar que amaba a su esposo más que a ellos. Esto está incluido en la categoría de “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. Al igual que muchos crímenes religiosos, las sentencias no son iguales para los géneros. Las madres deben dedicarse a sus hijos por sobre cualquier otra persona o cosa, pero muchas esposas se ofenderían si sus esposos dijeran: “Eres fantástica, pero mi amor por ti nunca estará al mismo nivel del amor que siento por John Junior”.

Las madres también son sagradas de una forma en que no se espera que lo sean los padres. Las madres viven en un mundo limpio y feliz, repleto de colores primarios y canciones de cuna, y no piensan en el sexo. Un padre podría admitir que desea a su esposa sin parecer un padre distraído, pero la sociedad no está tan dispuesta a ser igual de tolerante con la Sra. Waldman. Es indecoroso que una madre disfrute de placeres en los que no están involucrados sus hijos.

Indudablemente, elevar la paternidad a la condición de religión tiene beneficios, pero también tiene claros inconvenientes. Es menos probable que los padres que no sienten la libertad de expresar sus sentimientos honestamente resuelvan los problemas en el hogar. A los niños que fueron criados con la creencia de que son el centro del universo, les resulta difícil cuando la idea de que son especiales se desvanece a medida que se acercan a la edad adulta. Lo más alarmante es que las parejas que viven vidas centradas completamente en los niños pueden perder el contacto entre sí hasta el punto de no tener nada que decirse cuando los niños se van de la casa.

En el siglo XXI, la mayoría de los estadounidenses se casan por amor. Elegimos parejas que esperamos que sean nuestras almas gemelas de por vida. Cuando llegan los hijos, creemos que podemos pausar la narrativa de la media naranja porque la crianza se ha convertido en nuestra nueva prioridad y religión. Criamos a nuestros hijos lo mejor que podemos y sabemos que tuvimos éxito si nos dejan, si salen al mundo para encontrar parejas y tener hijos propios. Cuando nuestros dioses nos dejaron, intentamos recuperar los matrimonios que descuidamos hace tiempo y encontrar un nuevo propósito. ¿Nos sorprende que el mayor crecimiento en las tasas de divorcio corresponda a padres cuyos hijos recientemente dejaron el hogar? Tal vez, sea hora de que pensemos bien en la religión de los hijos.

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Comentarios en: "La parentalidad como religión" (16)

  1. A mi no me sorprende en absoluto pues llevo toda mi vida oyéndoselo decir a mi madre. Siempre, siempre ha dicho que quiere más a su marido que a nosotros, sus cuatro hijos.

    Ella dice que a mi padre lo eligió por amor y que lo seguiría eligiendo como compañero.

    Que nosotros, llegado el momento abandonaríamos el nido que volverían a estar ellos solos. Evidentemente, es momento llegó y ahora, con hijos, nietos, yernos y nueras siempre rondando por casa, mi padre sigue siendo su pilar fundamental.

    A mi me parece precioso, la verdad.

    • Creo que no es lo más habitual, encontrar a alguien, un compañero, pareja… que sea definitivo. Para muchas personas el amor es absoluto… pero sucesivo… muchas personas a lo largo de su vida experimentan que, si se termina un amor, con el tiempo puede llegar otro igual de importante… en cambio, con los hijos parece que no es así,no?

  2. No creo que haya que elegir. El amor por tu pareja es una cosa y el amor por tus hijos otra.
    Y es más, no estoy de acuerdo en que el amor por los hijos pueda ser una religión , como algo dogmático y algo que se acepta por fe. No creo que hoy los hijos estén bien tratados en muchas ocasiones. No creo que nuestra vida se base sólo en los hijos, o sí, pero si es así, es que para eso los tenemos. No es obligatorio tener hijos. Tenerlos supone saber que hay una persona, o unas personas, que van a depender de ti mucho tiempo, e incluso cuando sean adultos, también van a hacerlo aunque de otro modo. Supone dejar de ser un poco tú, y dedicar gran parte de tu tiempo a esos seres que no olvidemos, has querido tener voluntariamente. No creo que los hijos sean lo más importante para muchas personas, y pienso que lo deberían ser, porque en ellos se basa la sociedad del mañana, ahora son niños pero serán adultos, y lo que no hayan vivido y experimentado en familia, eso luego de adultos se notará.

    Elena

    • Yo tampoco creo que haya que elegir. Lo que me sorprendió del comentario de Almudena Grandes no es que quisiera tanto a su marido como a sus hijos… es que le quisiera “más”. Sin embargo, también te diré que lo contrario, que dijera querer más a sus hijos, no me habría chocado igual…

  3. Pues yo soy atea…en todos los sentidos.
    Y lo que más quiero en este mundo es a mis hijos.
    Con sus defectos, con sus caracteídsticas negativas… no los quiero porque sean perfectos.
    Igual que quiero a mi marido, al que elegí. con sus virtudes y sus defectos.

    Con todos mis respetos, me parece una chorrada.

    • Yo sí creo que los hijos se han convertido en un bien escaso (tenemos pocos, tarde, y a menudo nos cuesta mucho) y esto les ha colocado en un lugar muy distinto al que tenían unas décadas atrás… si esto es bueno, o malo, o tiene un poco de ambas cosas, no estoy segura de saber valorarlo.

  4. Para mí, la respuesta que hubiese supuesto un progreso habría sido “me quiero más a mí misma que a mis hijos”. Poner por delante al hombre no deja de ser otro signo de sumisión y no me parece nada progre, todo lo contrario.

    En muchas casas de gente mayor, el padre de familia es el más “querido” por todos, se le respeta más y se le permiten todos los privilegios (no hacer tareas, comer el mejor plato, elegir canal de TV…). Más que a los hijos, sí, pero sobre todo más que a la mujer.

    • Totalmente de acuerdo. A menudo, cuando pensamos en las personas a quién queremos nos olvidamos de nosotros mismos… y no podemos querer bien a otros si no nos queremos bien.

      En casa de mis abuelos era así. Mi abuelo era el primero…. y luego el resto de hombres adultos, y los niños antes que las niñas. Aún hoy me cuesta digerirlo…

  5. Creo que hay que entender y juzgar el fenómeno desde sus bases. En el momento en que una creencia se hace absoluta, pierde su esencia, y por tanto, da reparo rebatirla, puesto que los oyentes pueden entenderla como políticamente incorrecta.
    La esencia de la protección de la vida más joven se funda en su especial indefensión, en su vulnerabilidad, no en ser depositarios de mayores derechos a la vida o a la ausencia de sufrimiento. No pueden defenderse más que a través de quienes los atienden, y son más vulnerables a los errores educativos, a la falta de amor. Corren el riesgo de perpetuar los errores sufridos en la generación siguiente, a su vez. También comprenden de forma incompleta en gran parte afirmaciones taxativas y verbalmente gratuitas, como esa de las preferencias amorosas… Por muy legítimo que pueda ser el sentimiento y abordamiento real de la paternidad responsable de quien lo afirme.
    No se trata, creo por tanto, de anular los propios sentimientos, sino de comprenderlos y darles cabida desde la madurez de actuación. Y comentarlos o no, sin culpabilidades, cómo y donde puedan ser escuchados sin herir sentimientos ajenos, así como no debemos fustigarnos por la honestidad de los propios. Reconocer nuestros sentimientos es el primer paso para una relación sana, como también lo es, aunque a veces cueste, la responsabilidad y coherencia de haber traído una vida al mundo: – Vida que es menos imperfecta que la de su versión adulta, por estar menos definida y ser mejorable con amor y cauce adecuado a su singularidad, que también hay que decirlo.-

  6. Reblogueó esto en Fuera de lugary comentado:
    Qué bueno! Me ha hecho pensar!!

  7. Lo que más me ha gustado es eso de que tus hijos no tienen porqué caerte bien. Nunca lo había visto así, pero es cierto que hay cosas que no me gustan en mis hijos. Lo importante es en qué medida uno les presiona o condiciona o tiene sus favoritismos. Los hijos necesitan sentirse aceptados y nuestro desagrado o rechazo les puede pillar indefensos. Inconscientemente uno proyecta sus deseos y frustraciones en sus hijos.
    Pero queremos lo mejor para ellos y sin embargo penalizamos aquello que nos disgusta.

    Para pensárselo muy mucho.

    • Pues sí. A veces la frontera entre educarlos e intentar malearlos a nuestro gusto es difusa, difusa… hay que enseñarles a hacer las cosas bien, pero también hay que respetar sus peculiaridades… y cuando estas chocan con nuestros criterios, no siempre es fácil.

  8. Puede que mi cabeza esté llena de estereotipos, pero la primera imagen que me vino a la mente después de leer el artículo, es como la abnegada esposa estadounidense, pasó de ser una devota del marido, para transformarse en una devota de los hijos. Porque aunque habla de la “parentalidad” (esto me recuerda al concepto antropológico de familia, que delimita los grupos de parentesco), pareciera que siempre es la mujer la que no está tomando las decisiones correctas para que una institución tan importante como la familia funcione, y aquí el concepto de “familia” tiene un alto contenido religioso.

    Parece, que cuando finalmente estamos dejando de “cosificar” a los niños, y reconocerlos como personas susceptibles de derechos, todavía hay gente a la que le cuesta o se siente incómoda. Y puedo entender perfectamente este sentimiento, porque salvando las enormes diferencias, a mi me pasa esto con las mascotas que son tratadas como miembros (personas) de la familia, y no se bien como actuar “políticamente correcta”, es decir cuando llamo por teléfono ¿tengo que preguntar como anda la mascota? ¿tengo que saludarla por el cumpleaños, o mejor le mando una tarjeta de felicitación? Cuando voy de visita ¿les llevo un regalo?.

    Cuando finalmente pareciera que nos pudimos librar de los mandatos, siempre aparece alguien que los echa de menos. Como bien dice Elena, si elegimos traer hijos al mundo, es porque así lo elegimos. Nadie nos puede decir como criarlos, y tampoco nadie nos puede decir como establecer prioridades en nuestra familia.

    Hoy por hoy la gente se divorcia o se separa, porque ya no existe el mandato de estar casados para toda la vida, no porque se tiene hijos, o se los prioriza. La esposa devota del marido, totalmente dependiente de él, tanto en términos afectivos como económicos, no podía divorciarse (incluso si hubiera ley de divorcio) porque estaba completamente fuera del mercado laboral, y había terribles prejuicios sobre el divorcio.

    Creo que si el autor del artículo quisiera haber planteado algo más complejo, se hubiera preguntado ¿qué llevó a las familias estadounidenses a cambiar sus prioridades? ¿En qué momento cambiaron los roles, y el hombre dejó de ser el centro de la familia, para que los niños -que no se valen por sí mismos- pasen a ocupar este lugar?

    No sé como será en España, pero en EEUU todavía subsiste el mandato y su concepto, en las deudas e hipotecas. Muchas parejas, se ven obligadas a permanecer juntas, hasta finiquitar todas sus deudas, ya saben que la educación y la salud son carísimas.

    Un abrazo.

    • Estoy de acuerdo en todo lo que dices. Si una pareja se separa cuando los hijos crecen, es porque lo único que les mantenía juntos era la crianza; seguramente, deberían haberse separado mucho antes… La causa de que haya muchos más divorcios (y creo que es sin duda bueno) es la independencia económica (que lleva a la independencia emocional) de las mujeres.

      A tu pregunta, que me parece muy pertinente, habría que añadirle la de por qué las mujeres no han estado nunca en el centro…

  9. Mi madre también lo dijo muchas veces: cuida el marido que los hijos por mucho que te quieran algún día se irán para vivir su vida.
    Y aqui el ejemplo: ellos dos en casa y nosotros con nuestras nuevas familias.
    Se puede tener amor para todos sin tener que dejarnos la piel ni abandonar a nadie.

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