familia monoparental y adopción

Los especialistas en adopción suelen usar la palabra “revelación” para referirse al conocimiento que tienen los niños adoptados de su historia, su origen, el hecho adoptivo. Aunque para la mayoría de niños que son adoptados ahora no existe (o no debería existir) revelación: ser adoptado es algo que saben “desde siempre”, que está presente en casa, que nunca se empieza a hablar porque se ha hablado siempre. ¿Cómo debe ser averiguar de golpe y porrazo que tus padres no son tus padres biológicos? ¿Cómo te debes sentir? Lo explica el escritor argentino Gustavo Di Pace en este texto, publicado en el diario argentino Clarín, que hace unos días me pasó M.

Recuerdo las masas secas, el juego de té de porcelana, el mantel bordado, blanquísimo y, enmarcándolo todo, aquella música nueva y sorprendente en la voz de mi tía que contaba su versión del asunto. Lo hizo con suspenso, con belleza, con alivio.

Ese domingo, de repente y sin esperarlo, me enteraba de que no compartía la sangre con mi familia. Del otro lado de la mesa, mi mujer lloraba, con ese llanto lindo tan diferente al de la tristeza. Yo me quedé mudo, la miraba a ella, luego la miraba a mi tía. No puede ser, me dije. No puede ser, me repetí. Si tengo la sonrisa de mi viejo, el mismo dedo pulgar; y mi cara, la forma redondeada, los pómulos altos, son los de mi vieja. Vamos, la tía debe haber delirado o, como buena europea, se tomó un whisky con la excusa del frío. El corazón se me salía del pecho. Enseguida mi mujer comenzó a reírse mientras lagrimeaba, todo al mismo tiempo, ante las acotaciones de aquella polaca que intentaba atenuar la bomba que había tirado con un: “Pero tenés que estar contento, sos hijo de un médico”.

Yo no sabía si reírme o gritar mi desesperación. Sí sabía que mi viejo había sido zapatero, músico, amante de la pesca y que, de médico, no tenía un pelo. Apenas pude darle un beso a mi tía. Un abismo se abría entre nosotros. Incluso la miré a los ojos como queriendo comprobar que aquel relato había sido una más de sus historias de siempre. Pero… esa comprobación no llegó, y sí su cara serena, relajada, porque “el pacto” ya no tenía razón de ser. Sí, hubo un pacto, la promesa de silencio para con su hermana, mi mamá. Un acuerdo secreto para que yo siguiera siendo yo. Pero en ese momento, a mis 40 años –hace ya cinco– mi tía agregó: “Ahora que tu mamá ya no está, pude contártelo, no quería llevarme este secreto a la tumba”.

Abrumado, recuerdo que al llegar a casa fui hasta el placard donde guardaba el álbum con las fotos familiares. Ahí estaba yo otra vez en mi bautismo frente a la jarra de agua consagrada, ahí estaba yo en una calesita de la República de los Niños, en mi comunión, disfrazado de zorro. Y en casi todas las fotos, en casi todos esos viejos momentos, estaban ellos, siempre sonrientes, siempre felices, y por fin, padres. Obviamente, pese a lo que había querido creer, yo no era parecido a ellos; mi tía no había delirado ni el whisky era culpable de nada. Sorpresa, enojo, agradecimiento, frustración … mi estado de ánimo iba por el carril de una empinada montaña rusa.

Así se venía la vida: todavía estaba reponiéndome de la partida de mi madre, hacía ya un año (mi viejo lo había hecho cuando yo era un chico y él tenía los años que tengo ahora); aún sufría la desintegración del mundo de los dos al vender la casa cuando, por si fuera poco, me llegaba esta “buena nueva”.

Ahí, ahí estaba la respuesta a mis preguntas de tantos años acerca de por qué mis padres habían tardado tanto en buscarme (yo había nacido en el 69 y ellos se habían casado a mitad de los años cincuenta). Los problemas de concepción a los cuales mi madre había aludido tantas veces en realidad no se habían resuelto. Ninguna cirugía había sido efectiva. Me habían mentido, otra vez. Al final mis viejos solucionaron el asunto recurriendo a la adopción. Y el adoptado, claro, era yo. Sí, el hijo de italianos de Calabria que lloraba de risa cuando contaba chistes y puteaba de lo lindo cuando perdía el Rojo, y la polaca dura, compañera, cuyos tácitos te quiero se revelaban al lavarnos la ropa o prepararnos un pierogi ruskie, se habían puesto de acuerdo para que yo no me enterase de mi origen.

Pronto comencé con las averiguaciones, con llamados a otros “familiares” y amigos, con las visitas a mi antiguo barrio y, sobre todo, con los llantos escondidos en mitad de la noche. Todos confirmaron la veracidad del relato, incluso una de las mejores amigas de mi madre que, al principio, soltó un “no es así” lleno de lealtad.

Desde entonces, me llegaban diversas versiones acerca de mi historia. Una decía que mi madre era una joven descendiente de alemanes de Misiones y que había venido a Buenos Aires para trabajar en una casa de familia. Otra decía que tenía un hermano. Y con cada dato que obtenía, yo temblaba como una hoja.

Recuerdo que llegué a tener, anotado en un papelito minúsculo el teléfono de alguien que supuestamente había conocido a ese hermano mío. Marqué el número y sudé como si hubiese corrido una maratón. Parece que ese hermano me había buscado durante años y, al no encontrarme, se había ido al Paraguay. “Te consigo el teléfono” me prometió mi interlocutor.

Después de ese llamado, el tiempo comenzó a derretirse, mi historia se rasgaba, cedía ante el peso de una verdad inimaginable. Extrañamente (o no) ese papelito minúsculo se perdió. Busqué y busqué pero no hubo caso. Me sentía confundido, y no dejaba de preguntarme qué habría pasado si me hubiese encontrado con ese hermano, cómo sería tener enfrente a alguien de mi sangre. Después me llegó la versión de que esa chica rubia que me había parido, y que ahora tendría alrededor de 65 años, había muerto. Cuando escuché aquella aseveración sentí que se abría un tajo dentro de mí, y pensé que ya no tenía sentido preguntarme si era mi madre cada mujer rubia de esa edad con la que me cruzaba en el subte o en la calle.

Me sentía el protagonista de la película The Truman Show. Todas las certezas acerca de lo que había sido mi vida se derrumbaban. Había crecido en medio de un gran ocultamiento. ¿Por qué mis viejos no me lo habían dicho? ¿Pensaron que no los iba a querer más? ¿Se mudaron de barrio porque temían que volviesen por mí? Las preguntas se sucedían una tras otra, sin tregua. Cada mañana me despertaba con un “¿cómo no me di cuenta antes?”, “¿es una traidora mi tía?”, “¿cómo pudieron mis viejos guardar ese secreto?”. De a ratos, confieso, quería disculparlos pensando que era una costumbre errada pero usual en la época (yo jamás adoptaría de esa forma). De a ratos, nada de disculpas: sentía bronca por ese procedimiento mal hecho que ahora me atravesaba la vida. Todo habría sido más fácil si lo hubiera sabido.

Como sea, y avasallado por mi historia, meticulosamente construida, algo por debajo, un rencor, un bicho subterráneo, comenzó a socavarme. Una noche no pude terminar un cuento que estaba escribiendo. Otra vez, olvidé comprar entradas para el recital de AC/DC. Y aún recuerdo el reproche de mi mujer: ya no íbamos a comer pastas los sábados por la noche.

Desde aquella confesión de mi tía, no podía concentrarme, estaba tomado por ese descubrimiento que le daba una patada en el culo a todo lo que yo era o había creído que era. Un pasado misterioso me boicoteaba el presente. Y ahora, esos desconocidos que tenían mi sangre llegaban a mi vida como fantasmas: ¿me habían buscado o no? ¿y si mi madre está viva? ¿y si los encuentro y me rechazan? ¿y si creen que busco algo más que mis raíces? ¿y si no son buenas personas? ¿y si están todos muertos? El miedo a saber más se me hizo carne. Poco después llegó el insomnio, y tuve nostalgia de mi vida antes de aquel domingo, cuando todo era, o parecía, claro. Un sinfín de sentimientos me inmovilizaba, porque ahora no sólo mis cuentos no podían terminar, sino que tampoco podían nacer; aquella búsqueda de la verdad iba contra mis palabras, las amortajaba y las enterraba en un pozo. No estaba siendo feliz, me enojaba cuando alguien me preguntaba sobre el asunto. Sentí una culpa enorme, quizás porque de algún modo hurgar en ese pasado misterioso era como ir contra el deseo de mis viejos, porque tal vez yo les traicionase el cariño.

Padres tiernos, nobles, mentirosos.

¡Basta!, le dije al espejo del baño, del living y del pasillo. Dejé de hablar del asunto, mis amigos se miraban cómplices, y mi mujer no decía nada. Aunque esperaba una palabra de aliento de su parte, ella optaba por no meterse. Una noche la sorprendí mirándome extrañada, como preguntándose quién era realmente yo. ¿Qué podía contestarle? ¿Qué es la verdad, entonces? ¿Qué es la identidad y cómo se construye?, fueron las nuevas preguntas.

No hay leyes para estas cuestiones, pensé. Traté de saber qué deseaba. La respuesta no me sorprendió. Mis búsquedas habían respondido más a la curiosidad, a mi ego herido, que a la necesidad de encontrar la “verdad”. Más que escarbar en mi pasado quería construir mi presente, mi futuro. Ese era mi deseo. Escribir sobre el asunto me llevó a la conclusión de que yo era el mismo de siempre, y lo seguiría siendo más allá de lo que pudiese averiguar.

Mi decisión personal y, de algún modo, mi decisión artística, fue entonces quedarme sin respuestas a todas las preguntas que surgían. Dejé de buscar a los de mi sangre. Estaba harto de sentir miedo por lo que podría descubrir, estaba cansado de ir contra el deseo de aquel zapatero y aquella polaca que aún me miraban contentos desde las fotos del álbum del placard.

Un día, jugábamos con mi mujer al Scrabble. De repente, nos miramos. Las palabras “hijos”, “padres” y otras similares se armaban a cada jugada. Ahora seamos papás, le dije, y nos abrazamos y desparramamos todas las fichas. Ya veremos qué hago con mi pasado, agregué riendo y lagrimeando.

¿Quién soy, entonces?

Soy mi biblioteca con los libros de Bradbury, de Arlt, de Bukowski; soy mis discos de Iron Maiden, Los Beatles, y el grito eterno de Kurt Cobain; soy todos mis fracasos y mis pequeñas esperanzas, soy mi hija de casi tres años a quien dediqué mi último libro (y sí, por suerte fuimos papás).

Cuando la miro me llega, como reflector poderosísimo, la idea de que ella es la primera persona de mi sangre que conozco. A su vez, asisto a la convivencia de dos sentimientos que parecen opuestos: por un lado me maravillo ante la fuerza de la sangre; y por otro, me doy cuenta de que lo más importante es el vínculo que construyo con ella, alimentado cuando la baño, la peino, la llevo al jardín, regado como se riega una planta, día a día, como en su momento hicieron mis padres conmigo.

Por todo esto dejé de buscar. Decidí no ir contra el misterio, opté por llenarlo de palabras. Siempre me llevé mejor con la ficción que con la realidad. Qué haré el día de mañana, no lo sé. Sé que esto lo puedo decir porque, sea por la razón que haya sido, a mí me entregaron. Mis padres no quisieron o no pudieron hacerse cargo de mí. Es diferente a otros casos, como los de los hijos de desaparecidos de mediados de los años 70 a quienes sus padres jamás pensaron en entregar o abandonar: se los robaron. Allí, la búsqueda del origen me parece imprescindible. En mi caso, tan distinto, hago míos a los que siempre lo fueron, hago mía esta historia de origen incierto. Ahora, adopto yo.

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Comentarios en: "A los 40 años, una tía me contó que era adoptado" (42)

  1. Yo nunca entenderé como hace muchos años la mayoría de la gente escondía la adopción, sobretodo a los adoptados. ¡¡Cuanto daño ha hecho!!!!
    Una de mis amigas estudio la carrera en otra ciudad y compartio piso. Años después su compañera de piso, decidio casarse y fue al Registro a buscar los papeles necesarios y descubrió que era adoptada. Por lo que sé (que no la conozco personalmente) nunca a perdonado a sus padres adoptivos este secreto

    • Ni que lo digas. Realmente resulta difícil de entender los motivos, los objetivos, qué esperaban conseguir… (supongo que que no se enteraran nunca)

      • En cambio, la abuela de mi marido fue adoptada de bebe, hablamos de hace casi 100 años en la casa cuna de nuestra ciudad y en la familia siempre ha sido algo que se ha hablado con total naturalidad, que pena que yo no llegue a conocerla, cuanto me hubiera gustado poder hablar con ella.
        Lo comento pq. siempre parece que hace muchos años se escondía, pero no todo el mundo lo hacia así.

      • Seguro que siempre ha habido familias donde se hablaba, se normalizaba (yo recuerdo cuando mi hermana descubrió que nuestras vecinas eran adoptadas… mi madre le dijo “no les digas nada”… y ella respondió, “¡pero si me lo han dicho ellas!”), y que ahora, a pesar de que la tendencia es esta, también las hay que lo ocultan, con mayor o menor fortuna…

  2. uff, cuántas cosas en común! yo nací en el 69 también, pero mis padres se casaron en el 54, así que todos esos años esperando lo que no llegaba… y mi padre murió siendo yo una niña de 7 años y mi madre ha muerto siendo yo una mujer de cuarenta y uno y con una hija mía en camino… no tendrás un blog o mail de este Gustavo de Pace? me encantaría escribirle… ah, y yo sigo buscando pero vivo encantada sin encontrar también… yo soy muchas más cosas que mi origen desconocido…

  3. Antton Zabala dijo:

    No sabría decir cual de las dos opciones duele más. Enterarse a los 40 que eres adoptado o que te digan a los nueve años “en realidad nosotros no somos tus verdaderos padres” y que no se vuelvan a hablar de ese tema nunca más… Nada duele más que unos padres ausentes. Ese y no el abandono es el origen de toda mi rabia, ese y no otro es el causante de mi desconexión con ellos.

    • Supongo que lo que duele es la desconexión, sea cuando sea que te enteras de esta verdad fundamental en tu vida. Si has vivido conectado a tus padres, puedes perdonarles el silencio, la mentira… por a destiempo que te enteres…

  4. Conociendo en mi entorno en México casos similares, padres adoptivos de hace muchos años e hijos adoptados ya mayores, con quienes he hablado o me ha tocado muy de cerca la adopción, creo que son muchas las situaciones que se enlazaban, la adopción era vista con malos ojos, son recogicos decía mi suegra, traen genes raros, decía mucha gente, salen malos, entonces los que adoptaban preferían callarlo, para que nadie tratara a sus hijos diferente, se inventaban viajes, construían panzas para sacar fotos y que quedara constancia gráfica de un embarazo inexistente, los mismos pediatras aconsejaban que lo mejor era ocultarlo, las mujeres, que básicamente se dedicaban a la casa y a la familia se sentían mal hechas puesto que no lograban formar esa familia para la que se habían casado. Tengo cercanos tres casos, en dos nunca dijeron, aunque somos muchos los que lo sabemos. Uno de los casos una chica que ahora debe tener cerca de treinta años, nunca le han dicho, pero si los ves juntos es completamente obvio. Solemos coincidir en reuniones familiares (son familiares de familiares míos) y se me ha pedido que no hable de adopción frente a ellos porque se ponen muy nerviosos. Otro caso el hijo adoptivo lo supo de grande y fue muy traumático, rompió la relación por completo con los padres, y se alejó de todo el mundo. El tercer caso, sabe que es adoptada, pero se le mintió acerca de sus orígenes. Yo creo que es muy difícil mirar con los ojos de ahora lo que sucedió en el pasado, no sólo era cuestión de prejuicios, que los había y muy fuertes, sino también de cómo se manejaba el tema entonces, del secretismo que había. Incluso ahora con mi familia política, no entienden porqué estar hablando del tema. Para ellos con revelarle a mi hija que es adoptada, punto final, no habría porqué volver a tocar el tema.

    • Sí, estoy de acuerdo, no se puede juzgar con los ojos de ahora. Que, si se explica todo esto, los hijos pueden entender. Pero creo que estos padres mayores, también deberían hacer el esfuerzo de cambiar su punto de vista, de intentar entender por qué su decisión duele.

      • Eso seguro, el esfuerzo debe venir de todos lados. Yo sí creo que si la relación fue buena, se podrán entender y perdonar muchas cosas. En mi familia hubo muchos secretos, un abuelo que se suicidó, mi madre se enteró ya casada, comprendiendo la razón del silencio de su madre y sus hermanos mayores, no querían dañarla. Otro abuelo muerto antes de que mi padre naciera, abuela que se casa con el cuñado y guarda el secreto por siempre, total todos llevaban el mismo apellido!! Mi padre sí lo sabía, sus hermanos, hijos del cuñado no, según dijo mi padre, mi abuela así lo había decidido para que no hubiera diferencias entre los hermanos…

  5. Hace poco una amiga muy querida me revela que se ha enterado a sus 34 años que es adoptada, una tía se lo soltó de la peor manera, recriminando que ella tiene que hacerse cargo de sus padres (que están enfermos la madre con demencia senil, y el padre con esquizofrenia), ya que le han dado todo aquello que ella nunca tendría ..ella me decía que en esos momentos pensaba en mí, de los largos momentos que estuvimos hablando de la adopción de mis hijos, y ella lo tomaba como un acto de amor, ya que sus padres tambien le dieron todo el amor, estaba abrumada de no saber que pensar, nunca se pudo imaginar algo así, yo le pregunte si sabia cómo buscar sus orígenes, me dijo que en el estado de sus padres era imposible saberlo. Y que las pocas horas de lucidez que tienen, ella no se atrevía a agobiarlos y ponerles nerviosos, lo único que supo preguntado a los demás parientes que se mantienen herméticos, es que fue regalada, tal como lo fue su hermano también adoptado, y que no existe ningún registro del suceso.. y la registraron como hija propia

    • Seguro que que estés en su órbita le hace bien… poder hablar con vosotros lo que quizás ya no podrá hablar con sus padres (e imagino, no querrá hablar con su tía).

  6. Si la adopción no fue legal, nunca va a poder estar totalmente seguro de que sus padres lo entregaron porque quisieron (cuántas parteras hacían y hacen negocios diciéndole a la madre biológica que su bebé murió…estamos cansados de leer esos casos). Nunca va a estar seguro de nada. Igual, mejor para él que lo piense así. Me gusta el relato. Me identifico con algunas cosas, aunque yo lo supe siempre. Por saberlo siempre, y tener la misma edad que él, que se enteró hace 5 años, le llevo 40 años de ventaja en pensar el tema, y sé que uno pasa por etapas, que hay momentos en los que se dice a sí mismo ¨basta, no busco más¨ (yo ahora estoy en uno de esos momentos, de hartazgo con la duda y la pregunta), y otros momentos en los que ¨el bicho subterráneo¨ del que él habla se despierta y contraataca. A esta altura, yo ya creo que las cosas van a seguir así, oscilando, hasta que encuentre, o hasta el final de mis días, lo que ocurra primero, como dicen los abogados en los contratos…;)

    • Yo creo que se va a saber en más casos de los que creemos. Las redes sociales, el levantamiento (en gran medida) del tabú, los análisis de ADN… en España ya está habiendo reencuentros de personas que ni sabían que eran adoptados y madres que ni sabían que los hijos estaban vivos…

  7. Yo creo que hay que diferenciar dos cosas: una cosa es el ocultamiento y otra cosa es la pregunta por los orígenes, porque si no, parecería que aquellos a quienes se nos ha dicho siempre la verdad (que no éramos hijos biológicos de nuestros padres) no sentimos la misma curiosidad, y a veces angustia, que los que se enteran de grandes. Y no es así. Yo agradezco infinitamente que me hayan dicho siempre la verdad, pero no por eso me pregunto menos por mis orígenes. Otra cuestión es adopción vs apropiación (anotar como hijo propio a un niño que no lo es). En el primer caso, hay muchas más posibilidades de saber qué pasó, y además hay certeza, por ejemplo, de que la entrega fue voluntaria.

    • Yo también creo que son dos cosas independientes. Aunque imagino que saberlo (y que hablarlo sea algo que se hace en casa), facilita el cómo gestionarlo…

  8. Antton Zabala dijo:

    Maldito hermetismo… grrrrr!

  9. A los cuarenta me armé de valor y empecé a hablar con mi madre por primera vez sobre mi adopción. Fue un momento mágico. Con cada cosa que me decía (cómo fueron a buscarme, quién y dónde me dio el primer biberón…) me sentía muy bien hasta que llegó el “de todo esto que no se entere tu padre”. Fue oírlo y no tener ganas de seguir hablando. Se cortó el hilo y no ha habido más comunicación en ese sentido…

  10. mora razias dijo:

    Recuerdo q tenía unos 12 años y estaba en el colegio, se me acerca C, un compañero y me dice “sabias q G es adoptado?Pero no digas nada xq él no lo sabe,se lo comentó su mama a la mía” Nunca supe la historia de G, pero su mamá tenía casi 80 años en ese momento, no sé si en realidad era su abuela, si geneticamente eran familia. De todos modos era imposible q fuese su madre biológica.Si bien era chica me pareció una situación terriblemente violenta, todos sabiían ,menos él.

    • Me parece increíble que alguien a estas alturas no diga a sus hijos que son adoptados… pero me parece más increíble aún que no se lo diga a ellos y sí a otras personas (que a su vez se lo dicen a otros…)

  11. Esconder una adopcion es debido a que los padres o la familia no la aceptan en realidad, y les resulta muy doloroso tener que incluir un adoptado en su familia a causa de la infertilidad o del incesto. Entiendo a los padres que lo ocultan, porque sufren de discriminacion de parte de la gente y esta discriminacion no les ayuda a sanar no haber podido tener hijos biologicos. En las familias existe “esa tia” que se carga el peso del secreto y es quien lo revela. Lo hace ella para quitarle esa carga de dolor a esos padres que adoptaron y que ya han fallecido para que estos puedan descansar en paz. La adopcion es traumatica para los padres que adoptan y es un trauma que marca sus vidas para siempre. No todos los padres tienen la valentia de superar su trauma pero al criar al hijo adoptado hacen todo lo que esta en sus manos y es esto lo que realmente el adoprado debe aprender y agradecer ya adulto. Poco importa si sus padres adoptivos lo maltrataron, si uno o ambos eran un enfermo mental, o de alzheimer, lo que interesa es eso que hizo por ese hijo a pesar de sus falencias. Un adoptado se hace adulto cuando entiende que sus padres adoptados cometen errores y son seres llenos de defectos, entre ellos personas traumatizadas que no superaron asuntos relacionados con la infertilidad o la adopcion.

    • No puedo estar de acuerdo contigo. Creo que ahora mismo, a estas alturas, la adopción no es traumática para muchos de los que nos decidimos por este modelo de parentalidad; y que en cualquier caso, una de las cosas que se cuidan al darnos la idoneidad es precisamente de asegurarse que si hay duelos pendientes (por el hijo no nacido, la infertilidad…) se hagan. Lo del incesto no lo entiendo…

      Tampoco estoy de acuerdo con la segunda parte de tu argumento. No creo que todos los padres adoptados hagan todo lo que está en sus manos (igual que no lo hacen todos los padres biológicos), y no creo que se deba perdonar todo (el maltrato, por ejemplo, me parece inadmisible). E igualmente, no creo que los hijos adoptados deban estar agradecidos a las personas que les han adoptado… que al final, lo han hecho por sus propios intereses, para llenar sus propias vidas.

    • Ana… Estás a años luz de la verdad.

      • Te respeto y respeto tu experiencia de vida. Pero tambien entiende desde donde expreso mi opinion con mucho respeto, fui adoptada, trabajo en adopciones internacionales y soy madre adoptiva de dos hijos casada con un adoptado, hijo de adoptados. No espero que quien lea este de acuerdo conmigo, conozco la adopcion bastante bien por dentro. Lamento si con mi comentario heri suceptibilidades, me disculpo publicamente. Saludos y gracias por compartir sus criticas.

    • “La dopción es trauumatica para los apdres que adoptan?”
      En qué mundo vives?
      Si piensas así no te mereces tener hijos, ni biologicos ni por supuesto adoptados.

      • Te respeto y respeto tu experiencia de vida. Pero tambien entiende desde donde expreso mi opinion con mucho respeto, fui adoptada, trabajo en adopciones internacionales y soy madre adoptiva de dos hijos casada con un adoptado, hijo de adoptados. No espero que quien lea este de acuerdo conmigo, conozco la adopcion bastante bien por dentro. Lamento si con mi comentario heri suceptibilidades, me disculpo publicamente. Saludos y gracias por compartir sus criticas.

      • Gracias por la aclaración, sin embargo, tus credenciales como parte de la adopción no convierten tus opiniones en verdad… son opiniones muy personales, probablemente muy influidas por tus vivencias personales, y que me parecen hasta cierto punto peligrosas en alguien que trabaja en adopciones internacionales.

  12. María del Carmen dijo:

    Voy a hablar como madre adoptiva, tuve a mi hija a los 42 años y llegó a mi vida con 2 días de nacida, al 3er.día le hablé de su origen y de como la estuvimos esperando 18 años para formar una familia, le seguí contando su historia todos los años hasta que al cumplir 3 me dijo que no le contara más, ahora tiene 14 años y de vez en cuando me preguntaba y sigue preguntando como fue su llegada, ya que me emociono hasta las lágrimas hablando de ese momento. Tiene una caja blanca con todas las cosas que fui acumulando desde su llegada, biberones, cordón umbilical, primer corte de pelo, tarjetas de regalos, souvenir, etc. etc. Doy gracias a Dios que siempre se lo dije, porque estando en tercer grado, una madre de un compañero que participó de unas charlas que damos mi esposo y yo a los novios que se preparan para recibir el sacramento matrimonial, escuchó la historia de mi hija y le pedí que no lo comentara porque MI HIJA tenía UN DERECHO, que era decirlo a quién quisiera y en el momento que quisiera a alguna persona, cosa que no sucedió ya que fue a comentárselo a todas las mamas y por supuesto a sus compañeros, quienes fueron corriendo a decirle que no eramos sus verdaderos padres, MI HIJA les dijo que estaban equivocados porque SI SOMOS SUS VERDADEROS PADRES, porque padre es el que educa y está contigo a tu lado mientras vas creciendo, son los que te alimentan y te cuidan cuando estas enfermo, que la persona que la tuvo en su panza NO ES SU MADRE, ella solo fue un medio para que DIOS la trajera a nuestra familia porque su MAMÁ que soy yo, no podía engendrar. Agradecí haber conversado con ella sobre el tema. Hoy día no tiene interés en averiguar de sus orígenes, aunque sabe que de quererlo vamos a estar siempre acompañándola si lo desea. Nunca le hablé mal de la persona que la engendró sino que siempre tengo palabras de gratitud por no haber realizado un aborto y darle la oportunidad a MI HIJA de vivir una vida con padres que la AMAN con todo el corazón. Reconozco que hoy día existen muchos prejuicios y que siempre hay que estar dando explicaciones sobre el tema, todavía hay gente que me pregunta, “conoces a la madre” si les digo, la conozco muy bien SU MADRE SOY YO.

    • Me parece tremendo lo que le hicieron estas mujeres a tu hija, la falta de respeto por su intimidad (quizás en ocasiones futuras deberás plantearte si este respeto debe empezar en casa y dejar de contar su vida a extraños…) Sin embargo, no estoy de acuerdo en que las madres biológicas de nuestros hijos no sean sus madres. Yo creo que sí lo son, con tanto derecho como nosotras, y que la idea de que “madre no hay más que una”, en el caso de la adopción (y de la homoparentalidad, claro) debería revisarse.

  13. Yo vengo aquí como padre adoptador, no hay secretos en mi familia, aunque no dudo que mi hijo calla muchas cosas que le inquietan. Pero me he sentido identificado con el relato, porque yo viví una experiencia de cuestionamiento sobre mi propia identidad el día que caí en la cuenta de que, de toda mi familia, yo era el único que era ateo. No me gustó darme cuenta, no fue fácil y no quise hablar de ello porque toda la educación que estaba recibiendo la estaba cuestionando y eso me había sentir culpable e ingrato. Igual que el autor de este escrito tan revelador, me sentí engañado y huérfano. E igual que él tuve que renunciar a las respuestas. En efecto, cuando no puedes creer te quedas sin razones para existir. Sé que no parecen casos similares, pero tal y como yo lo veo, todos los padres del mundo tienen que adoptar su papel de padres, adoptar en mayor o menor medida a sus hijos como propios, y no siempre lo saben hacer. Yo soy padre adoptivo o adoptador, y también soy padre biológico, y tanto a unos como a otros los tengo que aceptar, asumir, acoger, amar aunque no les entienda. No es fácil. Mi padre, biológico, no me ocultó información sobre mi origen porque era similar al de cualquiera, pero yo hubiera deseado que me adoptase un poco más, aunque yo no fuera lo que él esperaba.
    Esas expectativas que nos impiden aceptar a nuestros hijos, las padecen menos los padres de adopción. Esas proyecciones que arrojados sobre nuestros hijos, encorsetándoles con nuestra corta visión…
    Es humano y por tanto inevitable fallarles a nuestros hijos hasta cierto punto, no somos perfectos… Pero creo que un padre o madre adoptivo será más consciente de que debe dejar a su hijo ser él mismo, aunque no sea lo que uno esperaba. En eso los adoptadores somos mejores padres, creo yo, y eso ayudará a nuestros hijos a crecer.

    • Yo no tengo tanta fe en los padres adoptantes… no creo que sean mejores uqe los biológicos. Lo discutimos, tiempo atrás, aquí: https://madredemarte.wordpress.com/2011/11/27/somos-mejores-padres/

      • Posiblemente tengas razón. De hecho no soy tan buen padre como me gustaría, aunque no puedo saber si el hecho de la adopción tiene o no que ver en mis limitaciones como padre.
        Los temas emocionales son muy complicados y saber qué actitudes son buenas o malas para un hijo es muy dificil.. Solo espero que la naturaleza humana le sirva a mi hijo para ser una gran persona a pesar de los defectos que no podemos evitar… O que al menos aspire a serlo. Si pudiera saber que va a ser una buena persona, un hombre feliz, me daría por contento.

      • Creo que es lo que nos pasa a todos. Esta distancia entre los padres que soñábamos ser y los que, efectivamente, somos… Sólo queda esperar que nuestros hijos sean indulgentes con nosotros…

  14. Mi tia de 92 tacos no sabe que es adoptada. Nos enteramos hace unos 10, cuando mi tio se lo confeso a su esposa en su lecho de muerte, y mi abuela igualmente se lo habia confesado a mi tio. Nunca se lo hemos dicho, tampoco a mis primos.

  15. la decision la dejamos en manos de mi padre que no quiso. mi tia esta senil, y la verdad es que a todos nos da igual si mis primos son de sangre o no, siempre fueron los mas cercanos por vivir en el mismo pueblo. lo mas probable es que se haga cuando mi padre fallezca.

  16. Bastardo dijo:

    Pilar, si se hace pide por favor ayuda a un mediador especializado. Es vital hacerlo así.

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