familia monoparental y adopción

Archivo para abril, 2015

El éxito

Reír a menudo y mucho; ganar el respeto de gente inteligente y el cariño de los niños, conseguir el aprecio de críticos honestos y aguantar la traición de falsos amigos; apreciar la belleza; encontrar lo mejor en los demás; dejar el mundo un poco mejor, sea con un niño saludable, una huerta o una condición social redimida; saber que por lo menos una vida ha respirado mejor porque tú has vivido. Eso es tener Éxito.

Ralph Waldo Emerson, escritor, filósofo y poeta estadounidense

A vueltas sobre los duelos

Hemos hablado en otras ocasiones de los duelos que han (o deberían haber) hecho los niños por las pérdidas que han sufrido antes de la adopción, y de los duelos que hemos (o deberíamos haber) hecho los padres cuando llegamos a la adopción. Pero los duelos no siempre se hacen antes… hay algunos que hacemos después. Me ha gustado mucho cómo lo explica este artículo:

Sabemos que nuestro niños tienen heridas, leves o graves, pero las tienen.

Sabemos que su comportamiento puede estar determinado por un pasado que les hirió duramente.

Sabemos que su lugar en el mundo puede resultarles incómodo, difícil de entender o asumir.

Sabemos tantas cosas…

A veces llegar a este conocimiento requiere mucho tiempo. Un tiempo doloroso de incertidumbre, inseguridad y miedo. Un tiempo que puede hacer estragos en el equilibrio emocional de la familia, de los padres, de las madres, de los hermanos…

Y no pasa nada. Al menos, aparentemente.

El entorno se va ubicando respecto a la situación, a las características particulares de nuestros hijos, de nuestra nueva familia. Se acostumbran a las rabietas, a los miedos, a los comportamientos disfuncionales y nos otorgan las correspondientes etiquetas. Sacan sus propias conclusiones y elaboran sus propias teorías. Y siguen adelante con esta nueva visión de nuestro devenir.

Es el flujo de la vida. Imparable, inclemente. Nos arrolla.

Sin embargo, de puertas para adentro esto no es tan sencillo ni tan evidente.

Cuando nuestros hijos plantean problemas demasiado complejos, la vida cambia. Y nos quedamos como atrapados en esa circunstancia. Desde fuera es muy fácil asumir. Al fin y al cabo cada uno tiene su propio carro del que tirar.

Pero desde dentro hay muchas rupturas que hay que procesar.

El Duelo no es ninguna invención. No es ninguna tontería y no es algo que se escoja. Es inherente a las renuncias, al dolor y a la aceptación. Es más, es anterior a ésta.

Lo que ocurre, es que en adopción siempre están presentes sentimientos complejos que a veces dificultan el reconocimiento de este duelo.

Cuando nuestros hijos nacen enfermos o enferman de gravedad, todo el mundo entiende el duelo. Es algo terroríficamente doloroso que el entorno puede comprender de alguna manera y que habitualmente no es juzgado de forma negativa. Si tu hijo padece una dolencia incapacitante todo el mundo te ofrecerá en mayor o menor medida su comprensión o su empatía. Pero cuando nuestros niños adoptados llegan a casa con problemas las cosas pueden ser diferentes. Me refiero a los casos más frecuentes en los que aparecen problemas poco evidentes a primera vista. Los problemas que hacen que el transcurso de la relación se vea fuertemente alterado y los padres en encuentren con un niño, con una paternidad totalmente diferente a la que soñaron.

Los padres detectan, sufren y tratan de batallar con estos hándicaps desde casi el principio. Pero la diferencia con el duelo que antes mencionaba es que la comprensión exterior pasa por filtros muy diferentes.

El hecho adoptivo crea en muchas personas una expectativa más frágil de la aceptación del niño. Muchos padres adoptivos han sentido y sienten, la necesidad de algunas personas externas de cantar las cualidades de nuestros propios hijos ante nosotros. O bien, de justificar cada comportamiento recordándonos sus dolorosos orígenes. O justo lo contrario, de reducir al máximo las expectativas con los pequeños recordando sus deprivaciones iniciales. Dejando los sentimientos de los padres sin un espacio seguro en el que aflorar.

En definitiva: hay un cierto recelo acerca de la intensidad de nuestro amor, de nuestro compromiso, de nuestra vinculación…Eso, lo corrige normalmente, el tiempo. Y las familias se van consolidando ante el entorno, despejando dudas.

Por eso el reconocimiento de la decepción, del miedo o del dolor, tiene implicaciones que a veces hacen que el duelo quede escondido, disimulado bajo la necesidad de demostrar el amor y la realidad de nuestras familias.

Sin embargo…

Sin embargo, el duelo es un proceso imprescindible de reconocimiento emocional. Cuando una pareja debe cambiar su imagen ideal de nuevos padres, en la que quizás, imaginaron que se incorporarían a su familia llena de primos con un niño que enseguida sería uno más y se encuentran con un pequeño disfuncional, que requiere un cuidado especial para ir curando su maltrecho corazón. O soñaron con un bebé al que mecer y se encuentran con un pequeño que rechaza brutalmente el contacto. O pensaron que se sentirían orgullosos de su nuevo hijo y tienen a su hijo expulsado del colegio por mal comportamiento una y otra vez. O… hay un necesario cambio de expectativas que puede no ser tan sencillo.

Y no pasa nada. Sentir dolor porque tus sueños no resultaron ser como pensabas es normal. Sentir dolor porque tu hijo está herido es normal. Sentir dolor porque tus esperanzas han cambiado es normal.

Es evidente que no todo el mundo pasa por un duelo al adoptar. Adoptar es algo grandioso que promueve un caudal ingente de emociones maravillosas. Y en muchos casos resulta fluido y sencillo.

Pero no en todos. Y por eso este post. Porque sentir que tu hijo no es como esperabas no significa no quererlo. Porque decepcionarte, o angustiarte cuando ves que los problemas te asaltan no quiere decir que no lo sientas tuyo.

Durante el proceso de duelo hay que reconocer los sentimientos que nos hieren con claridad. Compartirlos con personas de nuestra total confianza, que no juzguen ni se asusten. Buscar información acerca de los problemas que nos acucien. Hablar con un profesional si llega el caso. Remover, airear, compartir…las tres claves para hacer la limpieza general de las emociones que el Duelo requiere.

Negar los sentimientos no los hace más pequeños. El duelo, cuando llega, hay que pasarlo. Masticarlo cuidadosamente sin sentirse culpable y caminar el recorrido que las emociones nos van mostrando hasta llegar al objetivo final:

Aceptar a nuestros hijos como son. Sin reducir al mínimo nuestras expectativas para no sufrir. Sin imaginar escenarios terroríficos que no existen más que en la imaginación. Reconociendo sus numerosas cualidades y componiendo su idiosincrasia personal sin comparaciones, sin rencores.

Cuando el duelo se ha procesado real y efectivamente, sentiremos que amamos a nuestros hijos sin condiciones, con sus pupas, con sus fortalezas, con sus irritantes defectos a veces y con sus increíbles cualidades la mayor parte del tiempo.

Primer Sant Jordi en el exilio

Hoy no he salido de casa pensando que es el día más bonito del año en mi ciudad.

No he visto las paradas de rosas en cada esquina.

No he comparado precios ni los niños me han pedido comprar una rosa para su maestra, para una compañera, para sus tíos.

No hemos mirado cómo montaban las paradas las librerías del barrio ni hemos pensado que volveríamos por la tarde.

No me han ofrecido rosas de ganchillo de cartón de cerámica de tela de plata de color azul de color violeta.

No he paseado por las Ramblas, mirando las novedades, pensando en lo estúpido que es comprar libros a fecha fija.

No he vuelto a ver la representación teatral de St. Jordi en el colegio.

No he tardado 5 minutos en cruzar las Ramblas.

No he quedado con mi hermana para pasear entre paradas de libros y rosas.

No me he preguntado por qué me gusta tanto este día de aglomeraciones y codazos y precios desorbitados.

Pero…

He recibido la primera rosa por Whatsapp, de un padre del cole también catalán.

He visto a los niños marcharse ilusionados a su celebración escolar.

Al salir a la calle, olía a primavera.

He contemplado los preparativos para los Juegos Florales que estaban haciendo en el patio del colegio, con el cartel de Don Quijote, el escenario y los carteles con trozos de texto.

He bajado a ver la batucada popular del barrio.

Había rosas preciosas en la floristería de mi calle.

He conseguido un libro de Italo Calvino y otro de Michael Connelly en la librería gratis.

Adopción y discapacidad

Me llega este texto sobre Adopción y Patología, escrito por la profesora de Psicología Elisabeth Ballús, que dice que “los niños adoptados son un colectivo especialmente vulnerable y susceptible de ser diagnosticado de todo tipo de patologías (TDAH, TEA, dislexia, inteligencia límite, etcétera). Estos niños han sufrido ruptura/s en sus primeras relaciones afectivas con las figuras de referencia (padre y madre), lo que propicia retrasos madurativos en todos los ámbitos y socialmente no lo respetamos. A nivel educativo, por ejemplo, se incorporan al curso que les corresponde para su edad cronológica. No se contempla en nuestro sistema educativo que un niño pueda incorporarse a un curso inferior, con el fin de favorecer que llegue a los niveles de desarrollo que le corresponden. Seguimos sin entender ni social ni profesionalmente qué quiere decir ser un niño adoptado, más allá de la anécdota de los rasgos diferenciales o de su país de origen, chino, nepalí, ruso o de cualquier otra procedencia. Se siguen haciendo diagnósticos parciales que evalúan únicamente alguno de los ámbitos de la persona (intelectual, físico o emocional), sin considerar ni su interrelación, ni la historia previa de estos niños antes de la adopción”.

Estoy convencida de que lo que se dice en este artículo es verdad, pero quiero hacer poner el foco en algo menos obvio: cuando sucede lo contrario, es decir, que el hecho de que un niño sea adoptado nos haga achacar todas sus dificultades, carencias y retrasos madurativos a su historia previa y podamos pasar por alto un diagnóstico, trastorno o discapacidad.

A este respecto, me ha hecho reflexionar mucho lo que escribe I., madre de 3 hijas adoptadas, una de ellas con un diagnóstico de discapacidad.

Yo adopté a mi hija mayor con 4 años y 4 meses.

Fui cargada de cosas para poder interactuar con ella y adaptarnos lo mejor posible.
También fui con una preparación muy poco habitual para aquellos años, hace 17 años de esto, dimos unos cursos especiales para la preparación a la adopción, impartidos por una psicóloga que nos habló de las carencias de los niños adoptados, del retraso en el desarrollo tanto intelectual como motor, de la falta de apego seguro y de muchas más cosas.

Como decía, fui cargada de cosas, juguetes, material didáctico, puzles, pinturas…..
Mi hija me empezó a dar señales de que algo no estaba bien a través de este material, pero como veníamos preparados mentalmente para esas carencias que proporcionaban un retraso psicomotor, pues nos fuimos adaptando a sus dificultades a la espera que el tiempo y la paciencia hicieran avances.

Sí avanzó, pero no se puso a nivel de sus iguales, y yo intuía que algo no iba bien, casi desde la primera semana, porque siempre he convivido estrechamente con mis sobrinos y comparaba, y a pesar del “manual” del adoptado, yo no podía entender cómo funcionaban algunas cosas simples en su cabeza, por ejemplo, cómo era incapaz de entender el mecanismo de un pomo de puerta, con la manivela no tenía problema, pero un pomo…., eso era muuuy complicado. Pero como tenía cuatro años, piensas que ha vivido en un entorno muy limitado y que sus hemisferios cerebrales no están coordinados, por ejemplo, a mí se me pasaban por la cabeza cien teorías.

Antes del año busqué respuestas, pero los especialistas la veían normal. Académicamente las profesoras tampoco le vieron mucha dificultad para aprender dentro de su curso, P5, y ahí nos metimos, tanto empeño le puse que en el verano que mediaba entre P5 y 1º aprendió a leer y entró como el resto, leyendo. Pero en primero ya busqué una psicóloga educativa para que la ayudase en sus desfases, todos espaciales y memorísticos.

El psicólogo del centro escolar le hizo la primera evaluación con 6 años y no apreció más que un retraso madurativo pero con capacidad para superar las áreas afectadas.

Hasta los 8 años no empecé a oír hablar de discapacidad y no llegó del colegio, sino del neurólogo. Tocó asumir y adaptar currículo educativo, no fue fácil y tampoco ayudó en exceso, puesto que entonces el profesorado tiró la toalla y a mí me tocó empujar desde casa como nunca lo había hecho.

A lo largo de estos años me he encontrado a muchos niños adoptados con problemas similares que pasan por afectados a causa de la institucionalización o el abandono, los malos tratos… etc. y ya.

Los padres en general no asocian estas afectaciones a la discapacidad que pueden sufrir sus hijos por esta misma causa o por otra. Piensan que sus problemas escolares o sociales son fruto de su experiencia anterior y que eso está ahí y ya.

Yo adopté posteriormente a otras dos hijas, y ninguna de las dos dio nunca un síntoma similar a los de su hermana. Las dos me sorprendieron desde el minuto 1 con su atención, su motricidad, su buena sincronía ajustada a la edad y lo nada desfasadas que estaban con sus iguales nacidos y criados aquí.

Es bueno estar informado antes de adoptar, pero me pregunto hasta dónde esta “información” está encubriendo problemas que necesitan de una ayuda inmediata y bien enfocada dentro de la realidad de cada caso.

Yo siempre he dicho, después de mi experiencia, que si el comportamiento de un niño tiene desfases, no se ajusta a lo que se espera… algo hay, pero claro, cuando intento insinuar algo por el estilo lo que recibo es una cerrada en banda y un malestar palpable por siquiera atreverme a pensar en ello.

Creo que sería importante que las familias adoptivas no diéramos por hecho que los niños vienen con retrasos que luego con el tiempo superan… y ese tipo de cosas que se dicen sin parar en todos los foros.

Hoy, lunes 20 de abril

Vuelve a ser lunes 20 de abril, y aunque han pasado 34 años, y algunos nos llevamos bien con los vecinos y plantamos zanahorias y guisantes en las terrazas… ¡cuántas cosas de esta canción siguen vigentes!

 

 

Sobre derechos, decisiones y libertades

Debatimos estos días sobre la historia de una mujer alemana que a los 65 años se ha quedado embarazada de cuatrillizos. Ya tiene 13 hijos y 7 meses y la decisión de volverse a embarazar la tomó porque su hija de 9 años (es decir, nacida cuando ella debía tener 55), le pedía un hermano más pequeño.

Del debate me sorprende sobretodo que hay personas que argumentan que ella es libre para hacer lo que le plazca, que es su decisión, que nadie tiene derecho a juzgarla, que nadie tiene el monopolio de la buena parentalidad…

Me parece interesante el debate, pero niego la mayor: no tenemos derecho a hacer lo que nos plazca, no podemos tomar cualquier decisión. Hay leyes, normas, consensos sociales… Nadie puede decidir, por ejemplo, moler sus hijos a palos, no alimentarlos, ni siquiera no escolarizarlos (mejor dicho, no educarlos). O mutilarlos o provocarles enfermedades o negarles medicaciones que necesiten.

¿El derecho de una mujer a ser madre a los 65 está por encima del derecho de los niños a criarse con una madre (y padre si fuera el caso) que pueda ocuparse de ellos hasta una edad razonable? ¿El derecho de una mujer de ser madre a los 65 está por encima al de sus hijos a nacer sanos, a tener una calidad de vida razonable?

Es verdad que todos podemos enfermar o morir, incluso los jóvenes. Pero el riesgo no es el mismo a los 30 que a los 60 (menos aún después de un embarazo de riesgo a los 65). Es verdad que todos los niños pueden nacer con enfermedades o discapacidades; pero en el caso de cuatrillizos (y de un embarazo a los 65), estas probabilidades se multiplican por mucho. No es lo mismo asumir los problemas de salud que pueden llegar con cualquier hijo que crear hijos que tienen muchas probabilidades de sufrir estos problemas de salud. No es lo mismo asumir los riesgos inherentes a estar vivo que crear hijos para convertirles en huérfanos a una edad temprana.

Uno de los argumentos es que con la cantidad de familia que hay no se quedaran solos. Y sí me parece importante la tribu, la garantía de que tus hijos recibirán cuidados, y amor, aunque te pase algo… pero también sé que los niños no son de goma, que su psique, su parte emocional, no es de goma, y que perder a tu madre a una edad temprana (o convivir con una madre enferma o dependiente) deja secuelas que hay que tener en cuenta.

Algunas leyes y consensos sociales son injustas y han ido cambiando con el tiempo (hace no tantos años, ser madre soltera, o divorciada, no digamos ya ser homosexual, podía ser motivo para que te quitaran la custodia de un hijo, lo que ahora parece absurdo a la mayoría de la gente), y quizás suceda esto con la edad a la que tenemos los hijos… De hecho, hace unos años, una mujer que era madre después de los 40 era una “madre mayor” y hoy parece muy normal, y quizás cuando vivamos hasta los 120 (y tengamos buena calidad de vida hasta los 120) nos parecerá normal parir a los 60… pero esto, por ahora, no es así: la esperanza de vida en España está por debajo de los 83 años, y la calidad de vida de la gente de esta edad es a menudo incompatible con las exigencias de la crianza de un hijo, no digamos ya de 4…

Aunque el límite de edad pueda ser flexible, ¿no tendrá que haber siempre un límite? Si ha podido ser madre a los 65 para complacer a su hija de 9, ¿nos parecerá igualmente razonable (a los que la defienden) que lo vuelva a ser a los 75 para darle hermanos a los hijos que nacen ahora? ¿A los 85? ¿A los 90?

(Discusión colateral: ¿Se debe tener un hijo para complacer al que ya tenemos, una criatura que difícilmente puede prever las implicaciones de esta decisión? ¿No sería más razonable explicar a su hija que se va a quedar de hermana pequeña y enseñarla a disfrutar de hermanos mayores y sobrinos de edades cercanas a las suyas? ¿Seguirá pareciéndole buena idea lo de los hermanos pequeños si pierde su niñez cambiando pañales a 4 bebés, cuando descubra lo diferentes que son los hermanos de los juguetes?).

¿Qué clase de hermanos deberían tener nuestros hijos?

Hace unos días debatíamos sobre si los adoptados deberían ser hijos únicos… Y una lectora del blog – y autora a su vez de otro muy interesante, Hijos del Perú, y madre de dos hijos (“los dos son adoptados, los dos son del mismo origen (como él dice: somos de la misma tribu), los dos tienen historias parecidas”) – lanzó un envite que podría ser la continuación. ¿Qué clase de hermanos deberían tener los hijos adoptados?

Dice: “en la actualidad me plantearía una pregunta, Que tipo de hermanos son los que necesitan nuestros hijos?, si ellos hasta en ese momento son hijos únicos, y muchas parejas valoran todo tipo de posibilidades para crecer la familia; he conocido familias que se han planteado otra fecundación in vitro para tener un hijo biológico después del adoptivo, otros buscan adoptar en una cultura diferente al del primero (ya sea por plazos de espera, por costes de los tramites, o dificultades del primer país. etc.). Que tanto les puede afectar esas elecciones a nuestros hijos?”

Me parece una cuestión muy interesante. Yo creo que muchas familias nos planteamos estas cuestiones, las diferencias y similitudes entre nuestros hijos… hace poco, una madre que había adoptado a dos hermanos y que en principio pensaba en un tercer hijo, aseguraba que se les hacía difícil integrar en la familia a uno que no perteneciera genéticamente ni a la línea de sus hijos ni de sus padres… yo misma, después de adoptar un hijo negro, habría preferido que su hermano lo fuera también (aunque no fue así).

¿Son importantes las simetrías cuando vas a buscar a un segundo (o tercer, o cuarto…) hijo? ¿Podría tener un hijo biológico después de adoptar al primero? ¿Qué mensaje le transmitiría al hermano mayor respecto a su hecho adoptivo escoger la reproducción asistida después de haber adoptado? ¿Es conveniente, incluso imprescindible, que compartan origen, color? ¿Se puede tener un hijo adoptado y otro acogido? ¿Cómo se gestionan dos historias distintas?

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