familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para mayo, 2015

La relación con los niños

Para mí el rasgo más significativo de la infancia en las últimas décadas es el control del adulto de los más mínimos detalles en la vida del niño. Nuestra sociedad oscila entre hacer demasiado y hacer poco. Por un lado, los cuidamos y protegemos con una energía sobrehumana, preparamos su futuro, creamos una imagen perfecta de lo que debe ser un “niño perfecto”, un “super-niño”. Por otro, no somos capaces de imponer disciplina. Los padres, en particular, hemos perdido la capacidad de decir no. Pasamos mucho tiempo educando a nuestros hijos, enseñándoles cosas, llevándolos en coche de una actividad a otra, del fútbol al tenis o a piano, pero no el suficiente estando, simplemente estando, con ellos, escuchándolos, jugando, charlando. Hay algo claustrofóbico e intensamente paranoico en las relaciones con los hijos.

Carl Honoré

Libro(s) de familia

Podríamos discutir de si tiene algún sentido el concepto “libro de familia” en una época en la que los divorcios, separaciones, familias reconstituidas, hijos nacidos de parejas no casadas… han hecho que la familia para toda la vida sea algo que se está extinguiendo.

Y de hecho, parece que hay un proyecto para que desaparezca el libro de familia para que cada ciudadano tenga una ficha única con todo su historial en el Registro Civil, que además se podrá consultar por Internet. Un Registro en el que la unidad de medida dejará de ser la familia para pasar a ser el individuo.
Mientras esto llega, muchas familias, entre ellas la mía, tenemos varios libros de familia, expedidos en distintos momentos. Y es curioso hacer un ejercicio de comparación entre ellos: permite ver cómo está cambiando, más rápido de lo que tal vez creemos, nuestra sociedad.

El primer libro se expidió en 2004 y su titular es N. Dña. N. Su nombre figura en segundo lugar, debajo de una línea tachada que empieza por D. En la primera página hay también un rayote: el que corresponde al D. ausente, y en segundo lugar, los datos de N. En la página 4, está inscrita C., como hija de un padre imaginario y N. (en este orden) 3 años más tarde, cuando nació P., ya no hacía falta padre imaginario y está inscrito como hijo de N. (que figura en primer lugar, seguida de un tachón).

El segundo libro se expidió en 2006, cuando llegó B. Igualmente, mi nombre figura en segundo lugar, después de que la primera línea (que especifica “para el señor”) tenga un rayote. También en la siguiente página son los primeros datos (los del “señor”) los que están tachados y debajo, están los míos. En cambio, en las inscripciones de mis hijos, estos constan sin nombres falsos de padres imaginarios. B. como hijo de ——— y mío; y A., como hijo mío y de ———–

(Ambos, por cierto, están inscritos como nacidos en su lugar de nacimiento y con la grafía original de sus nombres, a pesar de que las dos veces las funcionarias me intentaron convencer de que sería infinitamente mejor poner que habían nacido en España y adaptarles el nombre).

El último libro de familia nos tiene a N. y a mí como titulares. Yo estoy en primer lugar, pero podría ser al revés, también si fuéramos una pareja heterosexual: ya no pone D. en la primera línea y Dña. en la segunda, sino que pone en ambas D/Dña. En este, en cambio, no está inscrito ninguno de los hijos que ahora compartimos… cosas de la vida.

25-M

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Cambia… todo cambia

Adopción y divorcio

De todos los días que se han quedado clavados en mi memoria, quizás el más doloroso es el día que mi madre me dijo que mi padre y ella se separaban. Lo recuerdo minuto a minuto: qué estaba haciendo, qué nos dijo, y qué pensé.

Pensé que se había hundido el mundo. Que si mi familia, que me parecía tan sólida, se desmoronaba, ¿en qué podía confiar?

Sin duda, muchas cosas de mi vida posterior, de mi vida adulta, de mis relaciones… se entienden mejor si se tiene en cuenta este momento, estas emociones.

Ahora, el divorcio es algo mucho más habitual. Todos los niños tienen amigos cuyos padres están separados, y muchos viven en familias que lo están. La estadística le ha quitado el estigma, aunque no sé si la sensación de inestabilidad, de irrealidad, es la misma.

En mi entorno hay muchas familias adoptivas que, por circunstancias de la vida, también se han separado. Y siempre he tenido la sensación de que un cambio como este, el desmoronamiento de la familia en la que vives, tiene que ser aún más duro para un niño que ha sufrido pérdidas, que tolera mal los cambios, que necesita saber que controla lo que sucede en su entorno.

Hace algunos días cayó en mis manos este artículo, que habla precisamente de cómo se siente la madre de una niña adoptada después del divorcio.

Haber sido adoptada y convertirse después en una niña del divorcio ha añadido aún otra capa de complejidad a las luchas de mi hija. Algunos de mis amigos se sorprenden de que tenga que enfrentarse a cuestiones relacionadas con la adopción porque la nuestra es una adopción doméstica intraracial y la trajimos a casa cuando solo tenía 2 semanas. Pero por lo que vislumbro en mi hija, no solo se pregunta si pertenece a nuestra familia, también está la cuestión logística de cuál de sus padres le corresponde cada noche. ¿Qué casa es casa este fin de semana?

Y aunque comparte la experiencia de nuestro divorcio con su hermana mayor, para ella es distinto, porque su hermana es nuestra hija biológica. También tengo dos hijastras del primer matrimonio de mi marido, y mi ex se ha vuelto a casar y tiene un nuevo bebé, lo que convierte a nuestra hija pequeña en la mediana en su casa, y en la única persona sin ningún lazo de sangre en nuestra familia. La madrastra de mi hija es otra figura maternal, aunque no la madre, su madre de nacimiento, que está siempre presente en sus pensamientos. Aunque su madre de nacimiento no esté físicamente presente en nuestras vidas, es un miembro emocional de nuestra familia. Ella da cuerpo a la sensación de pérdida que siente mi hija.

Nuestro divorcio fue aún otra pérdida, una pérdida en la estructura familiar, que, aunque complicada por la adopción, era bastante sencilla para mi hija: una mamá, un papá y una hermana. Esto ha sido reemplazado por una nueva definición de familia donde ella aún no siente que encaja. Es mucho para una niña. Y en mis peores días, pienso: Yo se lo hice. Me preocupa haberle fallado a mi hija; que, al divorciarme, haya socavado todavía más su frágil sentido de pertenencia como adoptada. ¿Es su familia para siempre algo que ha disminuido porque se reparte en dos casas? Quiero creer que no. Y quiero que ella sienta que nuestro compromiso de darle una familia amorosa es inquebrantable, como evidencia el fuerte acuerdo post-divorcio que mi ex y yo compartimos.

Pero permanezco consciente de lo que Carolyn Grona del blog The Grown-Up Child escribió sobre el efecto de la ruptura de sus padres: “El divorcio de mis padres destrozó los sentidos básicos de estabilidad, familia y amor”, escribió. “Siempre echaba de menos a mi padre o a mi madre”, dijo, añadiendo, “empecé a preguntarme lo que podría negar su amor por mí, también”.

La estabilidad, la familia y el amor están también en el núcleo de las preocupaciones de muchos adoptados. Mi ex, su esposa, mi marido y yo estamos haciendo todo lo que podemos para ayudar a nuestra hija a gestionar sus emociones, miedos y frustraciones. Ella se pregunta, de manera explícita e implícita, si mi ex marido y yo la querremos y seremos su padres para siempre, incluso aunque hayamos escogido no seguir casados para siempre. Trabajamos para hacerle sentir que la respuesta es “sí”, para siempre.

La fila de los jubilados

Desde que llegue a mi nuevo barrio, un misterio me tenía en zozobra.

Todas las mañanas, al dirigirme al tren, veía, en una acera, lo que parecía una fila de jubilados. Casi todos hombres, casi todos bastante mayores, aunque quizás alguno de alrededor de 60.

Lloviera, helara, hiciera sol.

¿Qué era esta fila, que está ahí, en su sitio, día tras día, sin faltar uno? Pensé que igual esperaban que abriera algún comercio… pero no había nada cerrado. Pensé que esperaban un autobús que les llevara a algún sitio… pero la parada está 100 metros más abajo, y además, estaban igual a las 9:40 que a las 10:15. Que esperaran al capataz que escogía a los que iban a trabajar este día quedaba descartado por su edad…

Hoy, después de muchos meses, finalmente se ha desvelado el misterio.

Ha aparecido un chico, ha rellenado un dispensador de prensa gratuita, y la fila de jubilados, ordenadamente, han ido cogiendo cada uno su ejemplar (o sus ejemplares… “yo me llevo tres”, ha dicho uno)…

…y se han ido.

Enseñanza bilingüe

Hace algunos días, A. (7 años, 1º de primaria) me preguntó:

– ¿Qué es este hilo que sale del ojo?

Le expliqué qué era el nervio óptico y para qué servía, y le pregunté dónde lo había visto (pensando que igual había visto algún fragmento de película no apta en algún sitio).

– En clase de Science.

– ¿Y no os contaron qué era?

–  Sí, pero como nos lo contaron en inglés, no nos enteramos.

Me parece que esta anécdota ilustra muy bien qué es el bilingüismo en las escuelas: algo que, como dice Javier Marías en este artículo, convierte la enseñanza bilingüe en “Ni bilingüe ni enseñanza”. Incluso si, como pasa en el colegio de mis hijos, los profesores sí son nativos y tienen un buen nivel de inglés, además de un buen nivel como docentes.

No sé si aprenden inglés… ni si tiene mucho sentido que aprendan a decir en inglés cosas como estambre o pistilo y no lo sepan en su propio idioma; y no me consuela que al año siguiente den la misma asignatura en la lengua nativa y repasen (y supongo que entonces sí entiendan) lo que han aprendido.

Si lo importante es el inglés, ¿por qué no dar, directamente, más horas de este idioma en vez de boicotear las asignaturas que tienen contenidos que también les van a servir para la vida?

Madrastra

Cuando era pequeña y empecé a escuchar cuentos populares – antes de verlos en versión Disney – estaba convencida de que “madrastra” era un sinónimo de “mala madre”. Madrastra era la de Blancanieves, que se casaba con su padre después de que la madre que tanto había soñado con ella muriera, y que la envidiaba y detestaba y la mandaba matar en el bosque; madrastra era la de la Cenicienta, que ponía a sus hijas por delante de la de su marido, a la que convertía en una criada a la que no sólo explotaba sino que humillaba gratuitamente; madrastra era la de Hansel y Gretel, que convencía a su marido de abandonar en el bosque a las dos criaturas inocentes.
Nada se decía del papel de los padres, que no protegían a sus hijos legítimos. Y aún no sabía – se publicaría años más tarde – que en los cuentos originales esta criatura maligna era la madre, la madre auténtica, la madre biológica: pero cuando se publicaron, se consideró que una madre mala era algo demasiado difícil de aceptar por la sociedad.

No había vuelto a pensar en la palabra “madrastra” hasta que, un buen día, C. me dijo: “ya sé que suena a algo malo, pero, ¿eres mi madrastra, no?”

Ha pasado el tiempo, nos hemos ido consolidando como familia, y los niños se refieren a veces a N. y a mí como “madre” o como “la novia de mi madre”. Según el contexto y el momento, según el interlocutor.

Pero tampoco rehuimos la palabra “madrastra”, que es la que realmente nos sitúa en el lugar que ocupamos: la pareja de mi madre, que ejerce también de madre.

(Busco la definición en el diccionario y veo que tampoco es tan exacta. Dice: “Mujer del padre respecto de los hijos llevados por este al matrimonio”. Dos errores en una sola línea… y esto que este diccionario no habla de “hijos biológicos”…)

Y no puedo dejar de preguntarme de dónde procede esta inquina contra las madrastras, más allá de la dificultad de dar a la madre “auténtica” atributos de maldad. ¿Es porque no somos madres legítimas? ¿Porque sólo la genética y la biología nos sitúan en el amor verdadero, desinteresado, sin límites, que se atribuye a las madres? ¿Porque “madre no hay más que una” y cualquiera que intente ocupar su lugar merece ser situada en la peor de las posiciones?

La madre del año

¿Quién no ha visto el vídeo de esta madre de Baltimore que sacaba a su hijo a boinazos de las protestas (para algunos; altercados para otros)?

Algunos la han ensalzado, otros la han denigrado… a mí la reflexión que más me ha gustado es esta, de Anna Canilla Morozovich, del que aquí reproduzco un fragmento:

La semana pasada se hizo viral un vídeo en el que una madre soltera, Toya Graham, de 43 años y a cargo de sus seis hijos y una nieta, vapuleaba a uno de sus hijos, que participaba en las revueltas de Baltimore a raíz del enésimo asesinato racial cometido por la policía estadounidense. El vídeo es realmente gracioso, muestra una escena cómica universal: una Aída de “Esperanza Sur” abroncando al Jonathan pero en versión yankee.

El caso es que a lo largo de la semana vimos a los medios, por un lado y en mayor medida, ensalzar la actuación de esta señora, hasta el punto que se ha ganado el epíteto de “madre del año” o “madre coraje”. Por otro lado, los hay que han invocado, no sin razón, qué habría pasado si la madre de Nelson Mandela hubiera actuado igual que Graham. En el primer caso, se ha dejado en segundo plano la crudeza del asesinato de Freddie Gray. Y, en el otro, se ha insistido en la cuestión racista, eso sí, desde la condescendencia hacia el hecho de ser madre, símbolo primero y último de lo que Betty Friedan describió hace más de 50 años como “la mística de la feminidad”.

No se puede evitar pensar que, en el fondo, ambas aproximaciones pivotan sobre la idea de que ser la madre del año -para bien o para mal según el espíritu revolucionario de quien opine- consiste precisamente en ser la eterna mujer abnegada y sacrificada que posterga su vida en pro de las personas que la rodean. Y llegamos a una situación que, pese a resultar llamativamente paradójica, se presenta incuestionable: las mujeres en general y las madres en particular tenemos la obligación de preocuparnos a la vez porque “nuestros hombres” sean revolucionarios y no sean revolucionarios. Mira tú por dónde: si las madres dejan a los hijos hacer la revolución -o cualquier otra cosa- son malas madres por no soltarles dos hostias y mandarles a memorizar nombres de afluentes de algún río ibérico. Si no les dejan, son las culpables de que el chaval quebrante su destino. En la anécdota de Graham se ha incluido, como no podía ser de otra forma, el relato de los amigos del muchacho que confirman: “A veces me gustaría que mi madre también me hiciera eso a mí, quizás entonces no estaríamos en las calles como estamos”.

Y entre tanto nos preguntamos: ¿Cuándo revolucionamos nosotras? ¿Cuándo nos cuidamos a nosotras mismas? ¿Cuándo dejan de juzgarnos? Y pienso en mi madre y en las madres de mis amigos y amigas, que harían todas lo mismo o lo contrario que la señora Graham, y la verdad, no me inspira ternura y tampoco me hace gracia. Da rabia. ¡Déjennos tranquilas!

 

Tetas de alquiler, vientres de alquiler, cuerpos de alquiler

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¿Qué tiene que ver la historia que narra este artículo, sobre el castigo que recibían las nodrizas negras que osaban amamantar a los bebés blancos con el mismo pecho que sus hijos negros, con los vientres de alquiler? Para Raquel, un montón de cosas. Me ha parecido fascinante su reflexión y le he pedido permiso para compartirla aquí:

https://afrocreole.files.wordpress.com/2015/04/50c3501e066b38803ba906eb1440a17d.jpg

Esa mujer de la foto fue “despersonalizada” por ser negra, el color de su piel justificaba su “otredad” y permitía su esclavización. Su cuerpo se utilizó para criar a un niño blanco que creció criado por ella, absolutamente vinculado, pero creció socializado bajo la percepción de que el orden natural de las cosas es que “los negros” son inferiores y el privilegio de disponer de su cuerpo y su vida es legítimo, porque son “los otros” (¿Qué puede ser menos “ajeno” menos “otro” que la dueña de la teta que te alimenta?)

Con “tratarlos bien” se resuelve el conflicto moral que puede suponer esa paradoja (el ama de cría trabaja en la casa, va bien vestida, es un trabajo cómodo, recibe el cariño de los amos, “forma parte de la familia” etc…).

Sí veo paralelismos con el vientre de alquiler, en el que de nuevo se utiliza el cuerpo de “otra”, que esta vez se despersonalizada y convierte en “el otro” en razón de su cultura, extracción económica, distancia geográfica… para gestar a un niño privilegiado que mamará su privilegio ajeno a la realidad de aquella “otra” que lo gestó. Un niño que será parte de una familia, de un sistema que resuelve el conflicto moral que supone basar la familia en la compra de un cuerpo esclavo con el equivalente a “tratarlos bien”, que es realizar una transacción económica, aun sin mirar el precio real que no están pagando, aun siendo a través de intermediarios.

Me descoloca la sensación de que es legítimo disponer del cuerpo de otra persona para criar a los “hijos propios”.

(¿Podría hacerse extensiva esta reflexión a la adopción, donde aunque en principio no se gesta para parir hijos “para otros”, se da la misma desigualdad y en muchísimos casos, la misma despersonalización?)

Efectos de la institucionalización

Se ha publicado este fin de semana un impactante, aterrador, reportaje que recoge un estudio hecho en un orfanato de Rumanía durante 15 años. El estudio consistía en separar a 136 niños en dos grupos. Uno seguía creciendo en el orfanato, tremendamente deshumanizado, mientras que los demás niños iban a parar a familias de acogida (entiendo que permanentes). Se pretendía estudiar cómo condiciona la evolución el crecer institucionalizado o en una familia, poder o no crear vínculos, recibir o no afecto… las conclusiones no sorprenderán a nadie: los niños criados en el orfanato han sufrido daño mental grave, su inteligencia se desarrollaba mucho menos, a un nivel justo por encima del de la discapacidad intelectual, sus habilidades comunicativas se resentían, crecían menos físicamente, tenían muchas dificultades para expresar y reconocer emociones básicas… los niños criados en familias, en cambio, habían conseguido despertar su actividad mental, sus cocientes intelectuales subieron 10 puntos de media, aunque pocos niños alcanzaron el nivel habitual en su grupo de edad, especialmente los que tenían más edad al ser acogidos.

¿Cuáles son las emociones que me han inspirado este reportaje?

En primer lugar, reconocimiento. Cuando habla del “silencio” del orfanato, pienso en la sala donde dormía – donde pasaba la vida – A., llena de cunas, llenas de niños… que no lloraban, no se quejaban, no reclamaban nada. Niños que ya no esperaban nada.

En segundo lugar, tristeza, dolor. Tristeza por todo lo que han tenido que vivir estos niños, dolor por el miedo, el desamparo, el sufrimiento, la esperanza, la resignación que les ha llevado a tirar la toalla. Por lo que merecían haber vivido y no han tenido. Por la vida desperdiciada.

En tercer lugar, indignación. Indignación porque alguien decida hacer un experimento de este calibre. En el año 2000, 4 décadas después de que Bowlby formulara su teoría del apego, cuando hacía más de 100 años que el psicoanalista Rene Spitz acuñara la definición de “hospitalismo”, la razón que explicaba que la tasa de mortalidad durante el posparto era mucho más elevada entre los neonatos que en las maternidades eran aislados de sus madres y tratados con desdén por las enfermeras sustitutas.

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