familia monoparental y adopción

Hace dos años publiqué esta entrada, escrita por el antropólogo Manuel Delgado. En este primer Sant Joan en el exilio, he pensado que es un buen momento para recuperarla.

No hace tanto – 20 años más o menos – Barcelona era, la noche del solsticio de primavera (sic), un mar de humaredas y fuegos. Era en cada esquina, cada cien metros, que se levantaba una hoguera que había sido levantada por la chiquillería del barrio, para quienes la noche de San Juan era su noche, la noche en la que, por unas horas, las calles eran más suyas que nunca, porque la calle, hasta de ordinario, ya era suya, es decir, nuestra, cuando éramos pequeños.

Ahora, la cosa ha cambiado, claro. Dentro de poco, cuando llegue la noche más corta del año, solo unas cuantas hogueras se encenderán, básicamente resultado de iniciativas medio institucionales a cargo de asociaciones de vecinos. Habrá barrios en la ciudad donde no se encenderá ninguna hoguera. La mayoría.

Una de las causas, sin duda, es la presión de unas autoridades municipales que nunca han disimulados hasta que punto detestan una fiesta como esta, que ni entienden ni controlan, en las que cientos de miles de personas se lanzan a la calle, seguramente temerosas de que la vieja maldición que amenaza a aquellos que se atrevan a pasar la noche solsticial bajo techo, oscuramente y maravillosamente obligados a salir a la intemperie.

Ahora bien, si el odio y la aversión que nuestros mandatarios tienen hacia cualquier expresión de espontaneidad no debidamente controlada y patrocinada es una razón de la agonía de los fuegos de San Juan, no nos engañemos, esta no es la principal. La causa fundamental es la desaparición de aquella auténtica institución social que era la chiquillería, es decir, las organizaciones infantiles surgidas en las calles, en las plazas, y sobretodo, en los descampados de la ciudad. Serrat tiene una canción preciosa que habla de lo que era para los chavas de barrio la noche esta. La canción se titula “Per Sant Joan”. Por favor, buscadla y oídla y entenderéis qué os quiero decir.

Es esto lo que se ha extinguido. Y la culpa la tiene el acuartelamiento del que hemos hecho víctima la infancia, condenada a pasarse su tiempo libre en clases de piano o de taekwondo, o jugando con la nintendo, o debidamente monitorizados por monitores de esplais, que están bien, pero que no son ni serán jamás ese espacio de libertad que era la calle.

Ahora bien, no seamos pesimistas. Es verdad que hemos perdido la chiquillería, y que hemos negado a los nichos en buena medida el derecho a la ciudad, pero la venganza no se ha hecho esperar. Fenómenos como el botellón, por ejemplo, no hacen sino expresar esta venganza de los niños que dejan de ser niños, y convertidos en adolescentes y jóvenes, retoman esos espacios públicos que les habían sido negados de más pequeños.

Esta poética venganza nos la encontraremos también esta noche de San Juan. Al anochecer, cuando oscurezca, miles de jóvenes invadirán en masa las playas de la ciudad y encenderán un puñado de pequeñas fogatas, en una tradición nueva, que muchos no saben que tiene sólo unos años: los mismos que hace que se acabaron las hogueras de barrio que encendían los niños y que ellos no encendieron.

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Comentarios en: "El final de las hogueras y la muerte de la infancia" (7)

  1. ¿Dos años ya?. El tiempo me pasa cada vez más deprisa. No sé si te ocurrirá, alguna vez, a ti, pero gran parte de las fiestas, sobre todo las fiestas, me parecen caricaturas de lo que alguna vez fueron. Supongo que a nuestros padres ya les parecieron caricaturas de las que ellos vivieron, y así sucesivamente. Parece que un mundo se resiste a morir y otro no acaba de nacer.

    Un abrazo

    • Bueno, ya comenté hace dos años. Un abrazo.

      • Más que comentar… ¡la entrada es tuya!, y sí, dos años ya. Yo también pensé que sólo había pasado uno…

        Estoy de acuerdo con lo que dices. De hecho, seguramente las fiestas que vivimos en nuestra infancia son incluso caricaturas de las fiestas que recordamos, que tienen, sin duda, mucho más glamour… si volviéramos posiblemente no las reconoceríamos…

      • Por cierto, y como curiosidad… si tenéis Facebook, no os perdáis la foto que ha colgado Delgado, rodeado de petardos… con cara de niño travieso.

  2. Hay tantas cosas que ya no son como antes… pero la ilusión de los niños sigue ahí.
    Para mi hija de 5 años este Sant Joan ha sido especial, a pesar de la lluvia y que no pudimos encender la hoguera, le hizo ilusión ir a comprar los petardos, y tirar cebolletas, y ver las fuentes y los cohetes.

    Realmente el mundo es un pañuelo… conozco a José Luis desde hace tiempo 🙂
    Y también hace tiempo que sigo tu blog, aunque no escriba muy a menudo.

    • Sí, es un pañuelo… siempre terminamos encontrándonos!!

    • ¡Qué gracia, Ester, hace tiempo que no nos vemos! Mis hijos son mayores, las preocupaciones para mí son de otro tipo pero bueno, de manera progresiva los tiempos están cambiando, aunque supongo que están constantemente cambiando. Cada vez la infancia como la entendíamos es más corta en años, pero la infancia “comercial” es más larga, y la adolescencia, mucho más.

      Un abrazo

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