familia monoparental y adopción

Que un hijo adoptado encuentre a su familia biológica y decida irse con ellos. Este es uno de los mayores miedos de las familias adoptivas. Es lo que pasó en la historia que narramos a continuación, escrita por la madre biológica que recuperó a su hija y la volvió a perder… y que nos recuerda que la realidad es siempre mucho más compleja. Y que las madres biológicas no son tan distintas a las adoptivas, ni lo son sus sentires.

La primera vez que mi hija mayor me llamó “mamá”, tenía 17 años.

Íbamos en coche hacia la tumba de mi bisabuela, una idea suya. En algún punto del último tramo, nos encontramos con un viejo edificio de ladrillo con un enorme agujero en su fachada. A través de él, pudimos ver todo el interior. Cautivadas, nos detuvimos.

“Mamá”, dijo, “Uau”.

Tragué saliva.

Había entregado a Eli en adopción el día de su nacimiento. La decisión me persiguió durante años. Entonces, milagrosamente, regresamos la una a la vida de la otra. Lo que empezó con un par de visitas rápidamente se convirtió en un contacto regular e íntimo. Pero gestionar nuestra relación ha resultado ser algo dolorosamente complicado. Di a luz a Eli, pero también la abandoné. Cuando reconectamos, pensé que podríamos volver a convertirnos en una familia. Pero no pudimos, al menos de la forma que yo esperaba.

No pensaba en todo esto cuando volvíamos hacia el coche, sin embargo. En este momento, yo era “mamá”. Eli me estaba pidiendo que entrara. Quería merecérmelo. Pero tenía miedo de volver a fallarle. A veces, no puedes recuperar el tiempo perdido.

Cuando me descubrí embarazada a los 16, me sentí regocijada. Había perdido a mi madre a los 12 y mi padre y yo no teníamos buena relación. Un bebé, pensé, podría curar mi soledad.

Mi novio tenía otras ideas. No se sentía preparado para casarse y ser padre. Y yo no estaba preparada para ser madre soltera. Así que tomé la dolorosa decisión de dar a mi hija en adopción. Un amigo de la familia que habló de una pareja que no podía concebir; les conocí, me gustaron sus sonrisas y les elegí.

En los meses que siguieron al nacimiento de Eli, intenté no pensar mucho en ella. Me mudé de Nueva York a Carolina del Norte y después a Pennsylvania, en un intento de empezar una nueva vida. Pero cada año, cuando recibía una carta de los padres de mi hija, llena de fotos y noticias, mis heridas se abrían de par en par. Leía que a mi hija le gustaban los Teletubbies, las joyas y el maquillaje. Que cada noche rezaba por mí con sus padres. Que la llevaban a misa todos los domingos. Hacía fiestas de pijamas y veía “Las chicas Cheetah”.

Me aferraba a cada palabra de esas cartas, leyéndolas una y otra vez. Las semanas siguientes, anhelaba ver a Eli. Un año, mi hermana y yo incluso condujimos hacia su casa en Nueva York. Aparcamos al otro lado de la calle, agachamos la cabeza tras el salpicadero y vimos una furgoneta naranja aparcar en la entrada del garaje. La madre de mi hija saltó del asiento delantero, luego sacó a mi niñita del coche. Ella saltó, sus rizos marrones bailaron, sujetaba las instrucciones de un juego de construcción en una mano.

Reí y lloré mientras Eli entraba en casa. Pero verla en vivo, saber que era real y feliz, me tranquilizó por una buena temporada.

Cinco años más tarde, recibí una llamada. Mi hija de 10 años quería conocerme. Dije que sí inmediatamente. Pero mientras conducía las tres horas hacia el norte desde mi nueva casa en Pennsylvania, me sentí asustada. ¿Sería capaz de esconder el enfado, el reproche y la tristeza que sentía? ¿Me odiaría mi hija?

Cuando llegué al parque donde habíamos quedado, estaba temblando. Pero Eli calmó mis nervios cuando me saludó con la mano. Una hora más tarde, la seguía en la bici demasiado pequeña que me había prestado hacia los bancos de Susquehanna. “Es mi lugar favorito”, me dijo, pedaleando en círculo. Allí era donde iba a pensar, jugar y vadear el río, fuertemente agarrada a un sauce.

Esa tarde estuve bastante callada. Ella se reía nerviosamente, hablando intermitentemente sobre su bici, sus hobbies y sus amigos del colegio. Cuando fue la hora de marcharme, me preguntó si volveríamos a vernos.

No estaba segura. Aunque había deseado conocer a Eli, me sentía como una desconocida cuando interactuábamos en persona. Era un sentimiento incómodo. Aún así, no podía mirarla a los ojos sin querer complacerla. Por esto, cuando sus padres llamaron un par de semanas más tarde para pedirme otra visita, accedí.

Con el tiempo, nuestras visitas se hicieron habituales. Me encontré con ella y con su madre para comer en el Olive Garden, o con su familia y su mejor amiga en el Chuck E. Cheese’s. Ocasionalmente, Eli empezó a venir a mi apartamento en Reading. Cociné para mi hija, di largos paseos con ella, se quedó a dormir. Cuando me casé, fue mi dama de honor más joven. Cuando nos compramos una casa, nos ayudó en la mudanza.

A pesar de ello, nunca me sentí lo bastante cómoda para besarla en la mejilla, decirle qué colores le quedaban mejor o compartir la bebida con ella. Parecía menos una hija que una sobrina o una buena amiga de la familia.

Entonces tuve una bebé, Sophia. Sophia cambió las cosas para Eli y para mí. Criar a Sophia me sirvió para ver qué me había perdido con Eli. Y Eli pudo ver de primera mano qué le había sido negado. Se volvió hosca, dejó de visitarme tan a menudo.

Pronto, la rabia la consumió. Cuando tenía 13 años, su madre a menudo me llamaba llorando, diciendo que el enfado de Eli era demasiado difícil de soportar. Otra veces, me llamaba Eli llorando, diciendo que odiaba a su familia y que nunca pertenecería allí.

Cuando su madre se fue, dijo que se sintió todavía más sola.

Durante años, luchó con sus sentimientos de abandono y enfado. Después, cuando se graduó en el instituto, tuvo una idea: ¿Podía venir a vivir conmigo? Quizás, pensó Eli, podría entender finalmente cómo era no ser una adoptada sino una hija. Cuatro meses después de cumplir los 18, Eli se mudó con nosotros. Encontró un trabajo de camarera en el restaurante de nuestra calle y se inscribió en la Universidad donde yo enseñaba.La llevé de tiendas y se compró una colcha nueva, sábanas a juego y una lamparilla. Encontró una esquina en la cocina para guardar sus tazas de te favoritas.

Una noche, bajé de puntillas y vi a mi hija Sophia, de 6 años, y a Eli, sentadas en la mesa, sorbiendo te. Sonreí, volví a deslizarme escaleras arriba para escuchar sus voces juntas. Por primera vez en 18 años, me sentí en paz. Mis hijas estaban juntas; éramos como una familia.

Pero no podía durar. Eli estaba demasiado herida y necesitaba más de mí de lo que yo había previsto. Unas semanas más tarde, llegué a casa y me la encontré sentada en el suelo de la habitación, llorando. Cuando le pregunté qué pasaba, me acercó un viejo álbum que su madre le había hecho y miró una foto de ellas juntas, una niñita radiante.

Me di cuenta de que hiciera lo que hiciera, mi casa nunca sería un hogar para Eli. El hogar había estado en otro lugar, con otra persona. Quería creer que podía librarla del dolor, darle suficiente amor para llenar sus vacíos. Pero me había perdido demasiadas cosas.

Dos semanas más tarde, Eli se marchó, diciendo que no podía ser parte de mi familia. Estaba confundida y necesitaba espacio, tiempo lejos de mí. Dejó la universidad, empaquetó sus cosas, y condujo de vuelta al norte, a casa de su padre adoptivo y con sus amigos.

Después de que se fuera, me quedé plantada en su habitación vacía, mirando dentro de su armario. Aunque estaba segura de que no sería lo último que vería de ella, sabía que nunca sería su madre, no de la manera en la que ambas esperábamos que lo fuera. Esta oportunidad, me di cuenta entonces, se había perdido 18 años antes. Nuestros genes compartidos, deseo compartido y amor compartido no podía devolvernos los años que habíamos estado separadas.

Volveré a tener la esperanza de ocupar un lugar en su vida, aprendiendo cómo dejar espacio a su dolor mientras me perdono a mis misma por mi papel en ese dolor, y aprendiendo cómo quererla al a vez que la dejo libre. Quizás esto es de lo que trata la maternidad después de todo.

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Comentarios en: "Di a mi hija en adopción y luego intenté ser su madre" (53)

  1. por qué se fue su madre adoptiva? murió? les abandonó a su padre y a Eli?

  2. es por este tipo de experiencias que no veo claro lo de conocer los orígenes biológicos antes de la mayoría de edad… esas cartas cuando la niña tiene diez años, todos esos contactos, no la desestabilizaron más y le hicieron la adolescencia muy confusa? sigo creyendo, como adoptada y como madre también, que para los hijos es muy importante que en todo momento tengamos claro quiénes son nuestros padres bajo cualquier circunstancia y con quiénes contamos sí o sí, y a ser posible que sean una sola familia, o la adoptiva o la biológica, pero una, al menos cuando estamos creciendo, para crecer con una raíz fuerte y sin fisuras… claro que eso depende de a qué edad seas adoptado, ya comprendo que alguien adoptado con ocho años ya tiene muchos recuerdos hechos y no va a cortar el vínculo anterior porque sería cortar con su propia memoria, pero un peque de 3 años? por qué estar dándole constantemente información de su familia biológica mientras crece? pasando fotos a su madre biológica y contándole cómo le va… no sé, no lo veo… cuando crezca que decida si quiere saber más, pero no mientras está creciendo, sino cuando sus raíces ya estén consolidadas… en la adolescencia todo se mueve alrededor nuestro, sería saludable que algo no se moviera, nuestra raíz, esas personas que no nos van a dejar de querer nunca ni abandonar hagamos lo que hagamos o seamos como seamos: nuestros padres. Y si te han dado en adopción, esos padres son los padres adoptivos, porque no hay otros, al menos no con ese amor incondicional y desinteresado que nos proporciona la autoestima y la fuerza que necesitamos para crecer queridos, seguros, tranquilos… bueno, es sólo mi opinión y mi experiencia en tanto que adoptada de bebé… gracias

    • Agradezco mucho, Manuela tu opinión. Muchisimo.

    • Gracias por tu punto de vista. ¿No crees que esta confusión puede darse igual? Yo estoy en un par de grupos de FB que tienen adultos adoptados americanos, y la percibo en caso de muchos de los que han conocido de mayores a su familia de origen (y que achacan esta confusión precisamente a haberse perdido la relación durante la infancia).

      Por otra parte, los casos que yo conozco no están dando información de la familia biológica “constantemente”… es algo de lo que se habla ocasionalmente, pero la vida, el día a día… es lo que nos ocupa.

      • ya te digo, esto es muy particular y dependerá de las circunstancias de cada caso, está clarísimo, y de la edad y madurez de los chicos, pero como principio -flexible- yo soy de las que piensa que cuando creces tus referentes mejor si son claros y unos… no sé si cuando estás creciendo puedes tener la madurez suficiente como para distinguir entre tus padres -los adoptivos- y tus progenitores -que no son ya tus padres porque por las circunstancias de la vida que fueran renunciaron a ello-…

      • Pues igual no. Mi duda es si esta confusión se debe a la relación con esa otra familia, o a su mera existencia… si la confusión existe o existiría igual aunque no hubiera contacto.

    • Estoy completamente de acuerdo contigo y te agradezco mucho tu opinión. Cómo madre adoptiva valoro mucho tus palabras.

    • Antton Zabala dijo:

      Omitir parte del pasado para que tenga una raíz fuerte… No se, tal vez sea el único que vea en este planteamiento un contrasentido. Lo respeto pero no lo entiendo.

      • hola Antton… yo no hablo de omitir nada ni de ocultarles ninguna información, pero sí creo que tienen que ser ellos quienes busquen esa información cuando crezcan y la necesiten -si es el caso, que no siempre lo es-, y que mientras crezcan tengan claro quiénes son sus padres y que esos padres no van a cambiar ya, que son para siempre… y creo que a según qúe edades introducirles la ‘confusión’ de que hay otros padres, verse con ellos, escribirse, no sé si es más lío que otra cosa para ellos y también para los padres biológicos… pero repito que cada caso es un mundo y cada familia también y no se puede generalizar y dependerá de las circunstancias… los padres son los que están ahí en el día a día, conocen bien a sus hijos y son los que mejor saben qué les puede hacer bien en cada caso y cómo están madurando para procesar la info que podamos darles… sólo digo que no la adelantemos porque a veces la necesidad es más nuestra que de ellos…

      • Yo creo que nada fuerte puede crecer sobre secretos ni sobre silencios…

  3. No se si le pasa a alguien más, pero me sorprendo en cómo van cambiando mis pensamientos y sentimientos en relación a la familia, la madre biológica de mi hija. No se si son fases o qué son, pero he pasado por varias. Ahora cuando leo relatos como este mi empatía con la madre biológica es cero, mejor dicho bajo cero.Soy sincera. Lo entiendo todo, comprendo su situación, ¿Y? Lo hecho hecho está. Y la victima-agresor ha tenido posibilidad de elección y reacción. Un bebé no lo tiene.

    • Pues a mí en este caso me resulta muy fácil empatizar con ella cuando dice: “Quería creer que podía librarla del dolor, darle suficiente amor para llenar sus vacíos. Pero me había perdido demasiadas cosas”. Como madre adoptiva me siento así muchas veces.

    • Pues yo empatizo igual demasiado con ellas.Una cria de 16 años, sin apoyo excesivo por parte de nadie ¿que va a hacer? A la nena la amo lo suficiente como para buscarle unos padres buenos, la dejo en buenas manos para que creciera en familia. Ni la tiro en una cuneta, ni abortó, ni la maltrató. Solo que no se vio capaz de cuidarla. Hijos los puede hacer cualquiera pero no todos pueden ser padres

  4. Me gusta mucho tu comentario Manuela, y el post me parece muy interesante, de los que te dejan todo el día dando vueltas a pensamientos.

  5. …yo creo que llegados al punto de un embarazo con 16 años, todos perdemos!…la adolescente que decida sola seguir adelante con ese embarazo, la que aborta, la que da en adopción, el niño nacido y dado en adopción, la madre que pudo ser y no fue, y la que es. Asumir esa pérdida irreparable, trabajar el dolor asociado a ella, asumir lo que se puede construir pero no reparar….creo que por ahí irían los tiros y eso siempre será más fácil si hay cosas que sabes presentes, ciertas, frente a las ausencias. Algunas cosas me han hecho recordar la peli “Madres e Hijas”, Por lo demás creo que tambien tiene que ver más con cómo es el contacto con la familia biológica que con el hecho de que se tenga o no contacto…

  6. La adopción abierta también es contraproducente, por el dolor que los hijos adoptados experimentan al ver que su progenitora rehace su vida.. como es el de este caso.
    Para mi el comentario de Manuela me hizo reflexionar mucho de cuanto podría exponer a mi hijo si el conociera a su madre biológica antes de la mayoría de edad. ya que es un pendiente que me lo recuerda de vez en cuando…

    • ¿No crees que este dolor es asimilable a ver, por ejemplo, que otras mujeres en las mismas circunstancias se han quedado con sus hijos y los han criado? Igual soy ingenua, pero yo creo que el dolor está ahí, sí o sí, y que no se lo podemos evitar…

      • Ciertamente el dolor es inevitable, se tiene que asimilarlo y superar a medida de la madurez emocional que tenga la persona.
        Salvando las diferencias con la adopción abierta, una situación similar viven las familias inmigrantes que dejaron a sus hijos con sus parientes, ya los padres se fueron a otros países a trabajar, y en muchos de los casos pasando años, estos chicos llegan a encontrarse hogares recompuestos donde los padres rehicieron sus vidas con otras personas, con otros hijos.. y estos chicos entran en rebeldía.. por que ellos tuvieron que pagar un precio alto..

      • Sí, tienes razón, es una situación equivalente,… una amiga colombiana me decía hace unos años que, aunque vivía en pareja, no tendría a otro hijo hasta poder traer al que tenía, que vivía con su madre en su ciudad de origen… me pareció muy razonable (finalmente, el hijo pudo llegar a España, ella tuvo otro hijo… el que se acabó yendo fue su pareja :-))

  7. Águeda Arbúe dijo:

    ¿Y cuando la madre biológica de tu hijo no lo ha dado en adopción sino que se lo han quitado por negligencia en su cuidado? Me preocupa pensar en el día en que mi hijo, seguramente en plena adolescencia, haga algo tan simple como contactar con su madre biológica por las redes sociales, más que nada porque tengo muchísimo miedo a que pueda hacerle daño. Yo nunca he juzgado ni juzgaré a su madre biológica pero creo que mi preocupación, vistos los antecedentes, es legítima. Y siento que, a la vez, no le puedo poner puertas al mar…

    • Efectivamente, es una situación bastante distinta. Y muy difícil de gestionar, sin duda… yo creo que ante esta posibilidad lo mejor es hablarlo todo y estar lo más receptivos posible para que, si decide hacerlo, no lo haga a escondidas… y confiar en que su madre pueda cambiar, a mejor, con los años.

      • Águeda Arbúe dijo:

        Espero que así sea. Gracias por tu respuesta y enhorabuena por tu blog.
        Saludos.

  8. Muy interesante! Quién sabe que es lo mejor? Depende de tantas variables….
    Me parece durísimo para todos los protagonistas. En el caso de mis hijas existe la barrera del idioma, y en una de ellas es prácticamente imposible localizar a la familia de origen, por lo que nunca me he planteado una “relación” entendida como tal.
    Veo normal que sientan curiosidad por saber o necesidad de reconstruir su identidad pero nunca he pensado en que querrían irse a vivir con ella. Más bien me preocupa el como afectaría a mis hijas conocer toda la verdad. Quisiera ahorrarles situaciones dolorosas.

    • No conocemos más detalles que los que cuenta el texto, pero yo la impresión que saco es que, después de perder a su madre (adoptiva), intentó llenar la pérdida con otra madre… y claro, esto no funciona. Hay que hacer un duelo por la pérdida y darle a la otra madre otro lugar en tu vida, el suyo propio…

      En todo caso, nos cuentan la historia en un punto muy concreto, muy doloroso… pero pasará el tiempo y las cosas cambiarán, seguro, y probablemente se pondrán en un lugar donde serán más manejables. Aquello de “lo que no nos mata nos hace más fuertes”…

  9. Me gusta mucho el punto de vista de Manuela, yo tampoco entendería como algo sano estar en permanente contacto con la madre biológica, pero claro, ¿esto como se gestiona????, yo siempre dudaría si este fuera mi caso, en que mi actuación fuera la que fuera, sería la correcta.

    • gracias Irlem, yo desde luego tampoco tengo llave mágica, creo que hay que ir caso por caso y dependiendo mucho de la madurez de los niños y de cuál sea su curiosidad en cada momento, que nunca perciban que el tema nos incomoda como padres ni que es tabú, por supuesto, sino que estamos abiertos a ayudarles en su camino de completar su identidad cuando ellos lo quieran y si lo quieren…

      • Antton Zabala dijo:

        Manuela, entiendo por tu forma de “hablar” que eres madre adoptiva, ¿verdad?

      • Antton, Manuela escribio mas arriba que fue abandonada al nacer y adoptada

      • Antton Zabala dijo:

        Si Pilar, yo también leí esa parte. Es la que se puede leer entre líneas la que me ha sorprendido poderosamente. Si no te importa prefiero que me conteste ella. Muchas gracias.

      • Manuela es una lectora / comentarista asídua de este blog y no he deducido de nada de lo que escribe que sea madre adoptiva; pero efectivamente, será mejor que responda ella y nos saque de dudas.

    • A mí no me parece insano, exactamente, me parece raro el punto de inicio. ME chirriaría menos si el contacto hubiera sido desde siempre; o si hubiera sido algo puntual, de “nos conocemos, sabemos quiénes somos”, pero sin convertirse en una presencia habitual… pero, ¿quién sabe lo que haríamos dado el caso?

      • Antton Zabala dijo:

        Yo echo de menos no haber sabido lo que sé de mi historia mucho antes. Seguramente de haberlo sabido todo hubiera sido más fácil de entender. Plantarte como me he plantado yo este verano en las tierras de tus antepasados da una seguridad impresionante. Enseñar a tus hijos (tengo tres) el inicio de tu historia no tiene precio, es complicado tratar de explicarlo con palabras…

      • Agradezco mucho tu punto de vista… siempre.

      • Antton Zabala dijo:

        Yo en ningún momento he ido buscando una madre. Yo buscaba una historia, la mía. Una historia y un “descanse señora, me fue bien en la vida”…

      • Yo creo que en la mayor parte de los casos sucede como en el tuyo, pero que cuando se ha perdido la madre o se tiene una mala relación con ella (igualmente con el padre), esta tentación puede existir… y hay que ser maduro y racional para no caer en ella.

  10. Me ha encantado el texto. Yo que estoy a favor de la adopcion abierta (esto se parece mucho) tampoco veo un drama terrorifico. La niña tuvo una adolescencia rebelde pero no creo que muy distinta a otras (de niños normales y corrientes). Vamos, que tuvo la opcion de recuperar a su familia bio y decidio volver a la adoptiva. Pudo saber porque fue abandonada, pudo saber que su madre era normal e hizo lo que creyo mejor en ese momento… Yo lo veo mejor que el vacio absoluto, la verdad. Imagino que los padres adoptivos pensaron que la nena con 10 años estaba preparada. Al principio a la nena no parecia afectarle, estuvo 3 años de relacion correcta. ¿Que luego estallo? Pues normal, es una edad dificil y mas sabiendo que la madre adoptiva “se fue”. Vamos, que su sentimiento de soledad no se lo dio el contacto con la madre bio sino el abandono propiamente dicho.

    • Sí, yo tampoco creo que tuviera porque haber sido más fácil sin información ni contacto.

      • Ufff…a mi parecer el ritmo lo puso la niña y empezó el contacto cuando ella tuvo esa necesidad. El no tener esa información o privarla del contacto con su madre biológica no creo que le hubiera evitado parte de ese dolor.
        Me tranquilizan testimonios como el de Antton y me inquiera el de Manuela… Que miedo pensar que no estamos haciendo mal 😦
        Y llama la atención que el padre bio es el gran ausente de la historia o quizás sea porque lo relata la madre bio.

      • Yo tampoco creo que hubiera sido menos difícil si no hubiera habido la información, o el contacto… conozco muchos adoptados sin ninguno de estos elementos, y el desasosiego no es menor.

  11. Mi madre ha empezado a disfrutar de su maternidad a sus 84 años. Nunca es tarde. Desde que le enseñé a perder sus miedos es otra, ya no nos separa ese fino cristal. Disfruta de su hijo y disfruta de sus nietos como nunca lo ha hecho. Ella perdió el miedo cuando descubrió mi historia. La pena que le queda es no haberlo hecho antes. Afortunadamente yo no bebí de sus miedos y pude crecer libre y sano. Afrike, disfrutaaaaaaaa!!!!!

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