familia monoparental y adopción

Hijastros e inversiones

Hace algún tiempo, M. (desde hace poco, ya abuelo), me advertía de que no hiciera caso a los que quisieran asustarme con la inminencia de la adolescencia. Los hijos, decía él, son cada vez más interesantes, y la relación con ellos también. ¡Imagínate cuando puedes empezar a compartir con ellos lecturas, películas, música!

 

Hace unos días, Elvira Lindo escribía precisamente sobre esto en el artículo “La maternidad, años más tarde”, donde hablaba del ”mágico momento en que percibes que tienes que conversar con los hijos ya de igual a igual, sin atribuirte a ti misma mayor sabiduría. Un capítulo liberador de la vida en el que la razón no está por sistema de tu parte”.

Esto todavía nos queda lejos, pero no negaré que lo espero como agua de mayo… aunque espero no dejar de disfrutar del mientras tanto.

Pero lo que me interesó del artículo no es tanto lo que dice de la relación con los hijos adultos, aún lejana, como la reflexión sobre los hijos del otro, de la otra, los hijos de nuestras parejas: los hijastros.

“Es muy satisfactoria esa paternidad o maternidad en la que no intervienen los lazos biológicos. No se suele hablar de ella, salvo cuando los niños son adoptados, pero está presente en muchas de nuestras familias. Nuestros hijos tienen madre y padre, pero también disfrutan de unas segundas madres y unos segundos padres que velan por ellos con tanto celo como lo harían por aquellos que son de su sangre. La sangre sigue pesando más de lo que debería, pero yo me resisto a que me seduzca su influjo: son míos los hijos que no parí pero a los que tuve que educar, alimentar y querer desde que eran muy chicos. No es fácil: a los niños hay que seducirlos aún cuando se resistan a quererte, o aún cuando están predispuestos a no quererte, pero esa conquista hace más valiosa la relación futura. Ese futuro, en nuestro caso, ha llegado. Tenemos cuatro hijos. Esos cuatro hijos tienen a su vez otros hogares en los que refugiarse. Al principio, esta segunda realidad al margen de la que una controla se hacía dura, nadie está a salvo de la mezquindad de la competencia afectiva, pero de la experiencia se aprende. Hay gente que se instala en el rencor hasta la muerte e infecta de rencor a los hijos y a los nietos. Vidas feas y estériles.

Comprendo que las dificultades de la adopción hayan convertido esta particular forma de paternidad y maternidad en algo más reseñable, pero no son menores las dificultades de los que hemos tenido que compartir la condición de madre o padre con otros.

Unos días más tarde, quiso la casualidad que escuchara en la radio una tertulia con la propia Elvira Lindo a propósito de este artículo y las relaciones entre madrastras (y padrastros) e hijastros.

En ella contaba que el papel de la madrastras no está muy definido y te tienes que inventar la relación con estos “nuevos” hijos”. Te haces preguntas como. ¿Qué papel tengo? ¿Los voy a querer o no? ¿Cuándo entro en competencia con la pareja?

“Te los tienes que ganar cuando son pequeños y empezar a recibir cuando son mayores”.

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Comentarios en: "Hijastros e inversiones" (2)

  1. Ya había oído hablar, y con un talante similar, del después de la maternidad. Espero que mi/nuestra inversión sea tan fructífera. Si bien es verdad que no deseo que llegue pronto la cosecha. Cada cosa a su tiempo, disfrutando de cada paso.

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