familia monoparental y adopción

Archivo para enero, 2016

Angry Adoptees

¿Habéis oído hablar de los “angry adoptees”? son los adoptantes enfadados, podéis encontrar multitud de textos suyos en la blogosfera, están enfadados por lo que la adopción ha representado y ha hecho en sus vidas, por haber perdido la conexión con su primera familia y su genética, por la falta de conexión, por el borrado de su identidad, por los conflictos emociones que todo esto provoca… Son las voces que muchas veces los padres adoptivos no queremos escuchar. Porque no nos dan palmaditas en la espalda, porque no nos dicen que lo estamos haciendo bien, porque no nos tranquilizan.

Estoy en un par de grupos de adopción en la que los adoptados adultos (estén o no enfadados) tienen voz, y la levantan… y a muchos padres y madres adoptantes no les gusta nada. Algunos se marchan dando un portazo, otros son más sutiles.

Así lo explicaba M., una madre muy sensata que no tiene miedo de oír cosas que no le gusten:

Hay un sector dentro de la comunidad adoptiva que necesita creer firmemente que sin su intervención esas criaturas que son adoptadas hubieran terminado en el infierno. ¿Y sabes algo? El siguiente de la lista se hubiera hecho cargo de ellas. Así de cruel es la adopción. El rollo ese del hilo rojo y el destino que nos conecta es una patraña que nos creemos para sentirnos mejor. Estabas hecha para mí y yo para ti. Sentí mariposas en el corazón y payasadas varias. Estar buscando constantemente la letra pequeña de quien engendra para darles títulos de padre o madre es la técnica que utiliza ese mismo sector adoptante del que hablaba antes para legitimizar su intervención. Vamos…. Esa que pare y no da amor, ni cuida, blablabla….. Todo palabrería para justificarse constantemente. Y luego nos escandalizamos porque alguien cuenta SU experiencia que es suya y de nadie más. Hay gente que hasta se da de baja o se lo toma personal. Atónita sigo con eso. El miedo que hay entre nuestra comunidad es que esa voz y esas mismas palabras salgan de la boca de cualquiera de nuestros churumbeles. Todas y todos queremos creer que lo hacemos y estamos haciendo muy bien y que eso no nos va a pasar. Como si aquí alguien tuviera la varita mágica y estuviéramos a salvo de algo así. Preguntamos….¿ Qué hizo tu familia bien? Y en cuanto nos dan la respuesta que queremos oír…. Hala a darle al me gusta y agradecer el comentario. Pero ay… Como nos den la que no queremos oír!. Nada ahí salimos en pelotón y les recomendamos que vayan a terapia, que eran otros tiempos, les reñimos por el tono que utilizan, blablablabla….. En fin…. Mi más absoluta admiración a esta gente que se desnuda emocionalmente enfrente de este foro con la pérdida de anonimato que eso conlleva, sin recibir nada a cambio.

A mí también me está pareciendo interesantísimo el debate, las opiniones de los adoptantes ya me las conozco, pero esto es aire fresco, puntos de vista distintos, nada cómodos, pero, ¿cuándo la comodidad nos hizo aprender? Y por cierto, también me parece muy interesante, refrescante y nuevo (y los puntos de vista son muy distintos) que muchos de los debatientes, tanto adoptados como adoptantes, son hombres. Otra rareza.

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La política china del hijo único me llevó a la adopción – y a una vida más privilegiada

En más de una ocasión he oído a alguna madre adoptiva decir que había elegido China como país de origen de sus hijos (casi siempre hijas) porque no era posible conseguir información sobre la familia biológica. Siempre me ha chocado esta actitud. No consigo comprender por qué alguien quiere que sus hijos vivan perpetuamente en la duda.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, he empezado a leer historias de búsquedas exitosas en China. Muchas veces, las familias biológicas han dejado pistas, a veces las supuestas familias de acogida en las que han vivido las criaturas son sus propias familias extensas, o alguien cercano… o lo es la persona que supuestamente les encontró. Este es el caso de la autora de este relato, que expone la paradoja que ha supuesto para ella y su hermano que la política del hijo único y el sexismo ancestral de China la convirtieran en la hermana que fue dada en adopción:

¿Entonces, a qué hora llega tu vuelo a Sea-Tac?” Para mí, parecía una cuestión básica. Pero tenía confuso a mi hermano, Wu Chao, que me escribía sms desde China. A los 19 años, nunca había estado en un vuelo internacional antes. No se le había ocurrido preguntar por la hora de llegada, la línea aérea o el número de vuelo. Todo lo que sabía era cuándo se suponía que saldría su vuelo de Shangai. Yo tenía que averiguar el resto por mi cuenta.

Finalmente, conseguí que me mandara la confirmación de su billete. Estaba escrita en mandarín, y superaba mi capacidad de comprensión elemental del idioma, así que acudí al traductor de Google, poniendo puntos en lugares extraños, como debes hacerlo, para intentar reconocer las palabras chinas. Aha!, fui capaz de descifrar “Delta”. Envié un correo al servicio de atención al cliente, adjunté la nota de confirmación, juré que no estaba intentando conseguir información confidencial – solo intentaba que mi hermano no cruzara la aduana y se encontrara solo. Finalmente, recibí la respuesta: se suponía que llegaría al Aeropuerto de Seattle el 21 de diciembre a las 7:42 de la mañana.

A veces es extraño pensar que, entre nosotros, Wu Chao se supone que es el hijo privilegiado –el chico preferido por la sociedad china, el hijo que mi familia conservó mientras yo permanecía oculta y finalmente era entregada en adopción.

Soy una de las más de 100.000 criaturas chinas adoptadas por familias occidentales desde principios de los 90. La mayoría de nosotras somos chicas, subproductos de la política del hijo único de China,  que ha agravado el sesgo de género cultural. Pocas de nosotras sabemos algo de las familias que dejamos atrás – o, en muchos casos, que nos dejaron.

Cuando tenía 9 años, recibí una carta de mis padres de nacimiento. Desde entonces, he hecho dos viajes a China para conocerles y buscar respuestas a las preguntas que nos acongojan a todos los adoptados. ¿Qué sucedió? ¿Por qué no me quisieron? Y si me quisieron, ¿por qué estoy aquí? ¿Cómo habría sido mi vida si me hubiera quedado?

La historia que me contaron es la que imagino que cualquier adoptado desea oír: Mis padres nunca quisieron abandonarme. De hecho, querían quedarse conmigo desesperadamente. Aún así, he aprendido a no sentir nostalgia por lo que podría haber sido. La política del hijo único llevó a mi familia, y a muchas familias chinas, un dolor inmenso. Pero al forzar a mis padres a renunciar a mí, también abrieron para mí oportunidades increíbles – oportunidades tan irresistibles que mi hermano, el niño que mis padres se quedaron, se ha mudado desde China el último año para conseguir la educación y otras ventajas que se pueden conseguir en América.

Para muchos adoptados, sobretodo en el caso de adopciones internacionales, la búsqueda de los padres biológicos es frustrante y fútil. Es bastante asombroso que consiguiera encontrar a los míos. Estuvo a punto de no suceder.

En el año 2000, cuando tenía 7, regresé a China con mis padres americanos para conocer a mi nueva hermana, Rebecca, la tercera hija que adoptaban. Durante el viaje, visitamos el orfanato en Quzhou donde me habían adoptado, y dimos al personal suministros médicos y dinero recolectado por otras familias adoptivas. Nuestra donación provocó una efusión de buena voluntad. Cuando mis padres americanos presionaron para conseguir información sobre mis orígenes, recibimos una invitación. ¿Nos gustaría conocer mi “familia de acogida”?

Condujimos cerca de una hora y media por carreteras descarnadas hasta llegar a un pueblo pequeño en el fondo de las montañas. Allí nos presentaron a Madam Fan, una mujer con pelo muy corto, que llevaba una blusa marinera y unos pantalones que recordaban un traje maoísta. Primero dijo que me había encontrado en una estación de tren. Después revisó su historia: una familia en un pueblo vecino le había pedido que se ocupara de mí. No sabíamos qué creer cuando, después de volver a los Estados Unidos, nos escribió para decirnos que, en realidad, era la hija de su hija – y nos pidió 10.000 dólares.

De alguna manera – poco clara para mí – mis padres de nacimiento en Quzhou oyeron que Madam Fan había estado escribiéndose con una familia americana. Mis padres de nacimiento me contarían más tarde que cuando fueron a su pueblo y le preguntaron, fue evasiva. Pero su hijo les pasó un sobre con una dirección americana.

Dos años después de ese viaje a China, una carta con la ciudad equivocada pero el código postal correcto apareció en mi casa, en los suburbios de Seattle. Su tono – sincero y compasivo – era convincente como no lo eran las cartas de Madam Fan. La pareja que aseguraba ser mis padres de nacimiento no pedía nada. Al contrario, agradecían a mis padres americanos por ocuparse de mí y ofrecían apoyo financiero y de otro tipo. Incluían fotos de bebé que confirmaban que eran de verdad.

Tenía 12 años cuando me encontré con ellos por primera vez – o al menos, por primera vez que yo recordara. En el aeropuerto, mi madre de nacimiento se aferró a mí, llorando como si no fuera a volver a soltarme. Estaba a la vez excitada y nerviosa de verles, pero la reunión me desbordó. Sin hablar chino, no entendí mucho de lo que pasaba a mi alrededor.

Regresé a los 18, y me quedé 6 semanas. En esta ocasión, al ser algo mayor y haber aprendido algo de mandarín básico, empecé a ser capaz de juntar las piezas de mi historia. Algunos de los detalles siguen nebulosos, y quizás nunca sabré exactamente qué sucedió. He descubierto que los chinos se sienten más cómodos que los americanos con la ambigüedad.

Cuando nací – el 26 de abril, el 30 de abril o el 5 de mayo de 1993, depende de  a quien le preguntes – fui una decepción para mi familia. Me llamaron Mengting, que combina las palabras “sueño” y “pausa”. La madre de mi padre presionó a mis padres para que no pidieran un certificado de nacimiento. “Aquí, en una zona rural como la nuestra, una familia no puede pasar sin un chico”, explicó. Era habitual que las familias abandonaran a las chicas hasta que conseguían un chico.

Mis padres dicen que resistieron las presiones. Mi madre me dijo: “Rogué a la familia de tu padre que nos quedáramos contigo. Pero tu abuela dijo que no. Yo dije: “Está bien tener una hija”. Pero tu abuela no cedió”.

Mi abuela paterna tenia mucho poder en la familia. Así que mis padres accedieron a buscar un chico, y mientras me mantuvieron oculta de las autoridades.

Los primeros años de mi vida, fui ilegal e invisible – me sacaban de casa en un cesto de verduras, me obligaban a quedarme callada en el piso de arriba, siempre en la oscuridad. Una vez que atravesé el patio corriendo, mi abuela materna me abofeteó. Todo el mundo estaba petrificado de que me pudieran descubrir.

“Era terrorífico tener hijos por encima de la cuota”, dice mi padre. “Si el gobierno lo descubría, tenías grandes problemas. Vendrían a tu casa, se llevarían todo tu grano y te harían todo lo que pudieran. Y a veces, destruían tu casa”.

Mi madre recuerda. “Incluso una casa nueva, subirían al techo, lo abrirían y arrasarían la casa entera. Teníamos que movernos y escondernos. Era muy doloroso para nosotros. Sabíamos que no era una solución a largo plazo”.

No sé cómo entraron en contacto con Madam Fan. Mis padres son vagos sobre el asunto en sus relatos. Pero me dijeron que algún tiempo después de que naciera Wu Chao, llegaron a un acuerdo con ella. Ella me criaría. Su hermano, que no se había casado, me adoptaría. Y mis padres mandarían dinero a los Fan mientras mantendrían una relación secreta conmigo.

Uno de los pocos recuerdos del tiempo que pasé con Madam Fan es pasar tanta hambre que comía huesos de pollo del suelo sucio. No estuve allí mucho tiempo, sin embargo. Después de sólo 100 días, los oficiales de control de nacimientos se incautaron de mí  – Madam Fan sostiene que alguien en el pueblo les sopló el dato – y me llevaron a un orfanato.

Mi padre dice que intentó recuperarme pero fue ahuyentado. Mi madre le recriminó que no lo intentara con más empeño. En este punto, la historia sigue, mi madre estaba tan angustiada que se apuñaló en el estómago y terminó en Urgencias, y finalmente acabó divorciándose.

Me entristeció conocer la política del hijo único introducida en 1979 y que sólo se ha relajado el último año. Y cuando descubrí la preferencia por los chicos, me molestó la idea de ser una víctima del sexismo descarado. Pero al hablar con mi familia de nacimiento, comencé a ver cómo, desde una perspectiva china, tiene una cierta lógica. En China hay mucha tierra de cultivo y la supervivencia de muchas familias depende del éxito de sus granjas, esto hace que los chicos sean valiosos por su utilidad en cuanto a la labor física. Los chicos son también un seguro para el cuidado de los padres mayores, ya que las chicas pasan a formar parte de la familia del marido, y se ven obligadas a cuidar de sus suegros antes que de sus padres. Y los chicos están en mejor posición para llevar el honor familiar, ya que son los únicos que pueden pasar su apellido a la generación siguiente. Claro que estas tradiciones están enraizadas en el sexismo. Pero no es tan simple como preferir a los chicos sobre las chicas.

Supongo que podemos decir que he hecho las paces con la idea. Me he reconciliado incluso con la madre de mi padre. Me asustaba conocerla. Pero también tenía curiosidad sobre la persona que tuvo una influencia tan impresionante sobre la trayectoria de mi vida. Por esto, durante mi estancia, mi padre y yo fuimos a su pueblo. “Has vuelto a casa”, exclamó, llevándome a una casita de estuco desmoronado. Bromeó sobre que era más pequeña la última vez que me vio. Luego insistió en preparar una mesa entera de comida para mí, para dar la bienvenida a la nieta a la que nunca quiso.

Más que sentirme rechazada, me sentí extremadamente afortunada cuando me di cuenta de cómo era de dura la vida de mi familia en China – y cómo habría sido para mí si me hubiera quedado.

Mi lugar natal, Quzhou, fue en una ocasión el hogar de Confucio. Hay un templo famoso y un lago pintoresco. Pero también es una ciudad sucia con hoyos en las calles.

Aunque mis padres son considerados de clase media, se limitan a ir tirando. Mi padre perdió casi todo su dinero hace unos años cuando invirtió en un negocio de refrescos que fracasó. Ahora se levanta a las 2 de la madrugada para repartir lácteos a puestos de desayuno y tiendas. Conduce un tipo de furgoneta en la que, según dicen los chinos, todo suena menos la bocina. Vive en una casa sin terminar; la suciedad recubre los suelos, los cables serpentean entre las grietas de las paredes.

Mi madre vive en un apartamento relativamente bonito. Pero cuando me quedé en su casa, acababa de recibir quimioterapia por un cáncer cervical, y según entendí, China no ofrece seguridad social a las personas que no pueden trabajar. Ella tuvo que confiar en el apoyo de su novio.

Y también esta Wu Chao. El divorcio de nuestros padres parece haber sido muy duro para él. Cuando le vi en China, estaba aislado, casi siempre mirando al suelo. No parecía que saliera ni que invitara  a amigos. No le iba bien en el colegio. Su madre le culpaba por su adicción a los videojuegos. Pero no le ponía las cosas fáciles. Casi cada día que pasé con ellos, le gritaba por algo. Una vez le abofeteó y él huyó hacia la oscuridad. Reconoció que le decía cosas como “Si no me haces caso, quiero que vuelva tu hermana. Preferiría haberme quedado con ella y no contigo”.

Dice que sabe que le hiere, pero la hace sentir mejor – y menos culpable por lo que me pasó a mí.

Las lágrimas caen por mi cara y los mocos cuelgan de mi nariz en el video que mi padre americano grabó en el hotel después de recogerme del orfanato. Yo tenía casi 5 años. Parezco aterrorizada. Y tuve una rabieta. Mordí a la gente y escupí al suelo, lo que hizo que mis padres adoptivos se preguntaran si habían cometido un error. También tenía pesadillas horribles: en mis sueños, las personas a quien quería morían.

Pero con el apoyo de  mi nueva familia – Bill y Wendy Mudd, sus 5 hijos adultos, las tres niñas adoptadas en China y otras dos adoptadas en Vietnam – me establecí en mi vida americana. Mis padres no son ricos, pero  viven bien. Mi padre trabajaba en la oficina de bomberos y mi madre era cosmetóloga en Macy’s antes de que pusieran en marcha un negocio para vender juguetes y coleccionables en eBay. Vivimos en una casa de 6 dormitorios en SeaTac, un suburbio de Seattle a 5 minutos del  aeropuerto. Hay una piscina y columpio en el patio.

Un doctor predijo que yo no conseguiría salir adelante en el colegio. Pero después de ser diagnosticada y tratada de TDAH, desafié las expectativas.  A los 18, me gradué en el instituto y pude  empezar en la Universidad de Washington, donde me gradué en 2 años. Después de la Universidad, he trabajado como ayudante de investigación en el departamento de Psiquiatría y ciencias del Comportamiento, y esta semana empiezo un máster de dos años.

Soy la persona más educada en mis dos familias. He trabajado duro para que se sientan orgullosos de mí.

El vuelo de mi hermano llegó a la hora, y yo estaba allí esperándole. Llevaba una bolsa de mano y dos maletas – una llena de regalos para mi familia americana, junto con un panda de peluches y ropa para mí.

Mis padres americanos se han ofrecido a alojar a Wu Chao si alguna vez quiere hacer un intercambio de estudios. No consiguió las notas suficientes para entrar en una universidad de nivel en China, y mi familia de nacimiento pidió si aún era una posibilidad que se alojara con nosotros. La idea es que un grado de una escuela americana, y, más importante, la oportunidad de aprender inglés, ayudaría a sus perspectivas laborales cuando regresara a China. Este otoño empezará un curso de contabilidad en el colegio comunitario. Mis padres chinos pagan su matrícula. Mis padres americanos cubren el resto.

Wu Chao no sabía mucho de los Estados Unidos antes de llegar. “¿Tienen arroz en América”, quiso saber. Me miró como si estuviera loca cuando le dije que muchos americanos se duchan cada día.

Vivir en  la misma casa nos ha permitido conocernos mejor. Cuando hablamos de lo que me sucedió, él se queda callado, con una mirada lejana, y me dice que se siente en parte culpable. Yo intento tranquilizarle sobre que no le guardo ningún rencor. Reconozco que me siento culpable de no haber estado con él durante el divorcio de nuestros padres y las batallas que llegaron después. Hemos hecho un pacto de apoyarnos el uno al otro de ahora en adelante. “Cuando tenga éxito en mi trabajo y gane mucho dinero, seguro que volveré a visitarte”, dice.

La sociedad china quizás solo tuvo espacio para uno de nosotros. Pero nuestras vidas estarán siempre interconectadas.

Los difusos límites entre el trabajo y la crianza (la vida)

“Si estás escribiendo un verso sublime y tienes que dejarlo para atender a un niño que llora, cuando vuelves, el verso es todavía mejor”. Manuel Rivas.

Estos días en los que andamos discutiendo sobre el atrevimiento de Carolina Bescansa de llevarse al Congreso (su trabajo) su bebé de 5 meses, he leído y oído a muchas personas diciendo que el Congreso (el trabajo) no es lugar para llevar un bebé, que hay que escoger entre criar o trabajar, o al menos, marcar una clara línea de separación entre una cosa y otra. Es decir: mientras trabajamos, nuestros hijos están en otro lugar, con otras personas, y mientras criamos, nos olvidamos de nuestro trabajo.

Pero, ¿tiene que ser esto necesariamente así, en todos los casos?

Me gustó mucho esto que escribía Noelia Adánez:

Ayer alguien me advirtió que si cuidas a un bebé y trabajas al mismo tiempo no harás bien ninguna de las dos cosas. En mi experiencia y en la de tantas otras mujeres el problema está en definir cuándo estás trabajando y cuándo estás cuidando de tus hijos. ¿Cuántas veces me senté a escribir al ordenador o a preparar clases con mi hijo colgado del pecho? ¿Cuántas veces ahora me siento frente al ordenador o a un libro mientras él divide por números de dos cifras? ¿Y cuántas veces las cigarreras de finales del siglo XIX limpiaron sus manos en el mandil, a contrapelo, para poder ponerle un dedo en la boca al bebé que lloraba en el cajón y silenciar su ansia, su hambre?

Y pensaba que muchas veces la frontera entre la crianza (la vida) y el trabajo es muy difusa, al menos en un trabajo como el mío. Uno consulta el correo personal en el ordenador del trabajo y recibe mensajes de trabajo cuando ya ha llegado a casa; desde el teléfono del trabajo he resuelto asuntos domésticos (por aquello de los horarios), pero he terminado en casa lecturas y textos. He compartido con mis hijos películas que he tenido que ver por trabajo y he utilizado para el trabajo reflexiones que me han hecho mis hijos.

Por no hablar de lo difícil que es compartimentar el cerebro: he seguido dando vueltas a temas de trabajo en mi tiempo “libre” y, por descontado, las necesidades y problemas de mis hijos no se me van nunca de la cabeza, por intenso que sea el ritmo laboral.

Y todo nos enriquece. Que trabajemos, mi trabajo, lo que me aporta mi trabajo, ser una mujer trabajadora, me enriquece como madre (como pareja, como amiga, como persona); criar a mis hijos (y ver a mis amigos y leer lo que me da la gana, y viajar, y querer), enriquece mi trabajo. Todo se alimenta.

Beatriz Gimeno lo explicaba muy bien en este artículo:

Los diputados y diputadas de Podemos parecían marcianos en una reunión de la trilateral. No nos parecemos en nada a los tradicionales, y no es sólo una cuestión de adscripción política, es también una cuestión de experiencia vital que se refleja en el aspecto exterior pero también en la relación que establecemos con la vida, con nuestra vida cotidiana. Y no es una pose, ni es un show.

Y es ahí donde creo que hay que situar la cuestión del Bebé de Carolina Bescansa. La gente que entra en el Congreso (y que ha entrado antes en otras instituciones) viene del activismo social, de posiciones que se podrían considerar antisistema, que es una posición no sólo política, sino también vital. Esta gente no viene, como es lo tradicional en los cargos públicos, de hacer méritos durante años en un partido político, ni de un bufete de abogados, ni siquiera de las facultades de derecho privadas o de una empresa. Viene, venimos, directamente de las manifestaciones, del desempleo, de los trabajos más precarios y de un tiempo político distinto. Esto hace que esa distinción radical, tan propia del capitalismo liberal, entre esfera pública y privada, no la vivamos de manera tan estricta.

Y esto es un tema propiamente feminista. Para ellos y ellas, para nosotras, el ideal de ciudadanía que se sustenta sobre la separación radical entre la esfera pública (lugar de la ciudadanía, del trabajo remunerado y del debate político; el Mundo del Estado, que dice Habermas) y la esfera privada (la crianza, el cuidado de ancianos y enfermos, el Mundo de la Vida, según el filósofo alemán), es una separación que, en gran parte, ya no opera. Carolina Bescansa no llevó a su bebé al Congreso como un gesto de nada, sino como una manera de estar ella misma en la vida. Mucho antes de ser diputada ella iba con su anterior bebé a todas partes y después con este pequeño de ahora se ha hecho toda la campaña; quienes la hemos visto lo sabemos. Simplemente, ella escogió en su momento ese método de crianza y no lo ha cambiado aunque la hayan elegido diputada. Ella ha escogido no compartimentar radicalmente su vida.

Debido a que un bebé en el Congreso es algo profundamente incongruente con esa radical separación entre las esferas pública y privada, todos los medios se cebaron en ello, pero sin bebé por medio, la actitud de Bescansa era la misma de los otros diputados y diputadas. La gente que entró con Bescansa llegó en bicicleta, en metro, con sus rastas, con sus melenas, con los mismos vaqueros que llevaban el día anterior para ir a hacer la compra; llegaron con sus maletas de gente normal con vidas normales que no han aprendido a dejar en el guardarropa (y esperemos que no aprendan). La esfera pública, para estas mujeres y hombres jóvenes, no ha sido nunca un compartimento estanco en el que se ejerce la ciudadanía, se gana el salario, se trabaja. Nuestras vidas van con nosotras, y eso es feminista aunque, naturalmente, tiene sus sombras. El bebé de Bescansa puede enmarcarse en una manera diferente de posicionarse en la política y en la vida que no es únicamente propia de Bescansa o de las madres, o de las mujeres. Es la propia de esta generación salida del 15M.

Y Soledad Alcaide en este:

Que haya guarderías no nos obliga a dejar allí a los niños, si elegimos criar en el apego. Que tengamos hijos no nos obliga a ocuparnos de ellos las 24 horas, si tenemos ambición profesional. Lo deseable es que las mujeres (y los hombres) puedan elegir. Entre ser madres gallina o malasmadres. También el camino intermedio, el que ha tomado Bescansa. Y, en nombre de las que querríamos haber tenido todo y no pudimos, le doy las gracias a la diputada de Podemos por hacer lo que le sale del escaño.

 

De diputadas y conciliación

Carolina Bescansa con su hija y Rita Bosaho esta mañana en el Congreso.

Del Congreso de los Diputados nos llega una de las imágenes más refrescantes de los últimos tiempos: mujeres, muchas mujeres, en el Hemiciclo…

…una de ellas, la primera diputada negra…

…y otra, una diputada que reivindica la conciliación, la maternidad, la crianza.

Carolina Bescansa, tras finalizar la sesión, ha reconocido que estar con su bebé es “un privilegio”, pero cree que es un modo de “visibilizar a la gente que cuida de los demás”. “Es hora de visibilizar en las instituciones lo que hay en la calle, es hora de que esta Cámara se parezca más a nuestro país”.La parlamentaria ha reivindicado su derecho y el de otras mujeres a “a criar a nuestros hijos con apego”. “Todo el mundo tiene el derecho a criar a sus hijos como quiere y como puede”, ha asegurado. “Insisto que me siento muy privilegiada por no haberme separado de mi hijo desde que nació”.

No sé si se podrá llevar durante mucho tiempo, no es fácil llevarse a los hijos a una jornada laboral, si es el sitio más adecuado para ellos o si permite trabajar al 100%… 

…pero la conciliación incluye trabajo y familia, si no, no es conciliación. En todas las épocas y tiempos las mujeres han trabajado con sus bebés a cuestas… con bebés a cuestas han arado los campos, trabajado en fábricas (no dejen de ver “Sufragistas”,  a este respecto), han puesto tiendas, han cosido o lavado para otros… y por supuesto, aunque sin cobrar, con bebés a cuestas han hecho los trabajos domésticos. 

Y además, es un plus la reivindicación de los espacios públicos, de muchos de ellos, para los niños; que no tengan que estar relegados únicamente a espacios “reservados” para ellos, como guarderías o parques… que dejen de estar mal vistos en restaurantes, aviones, … que puedan colonizar el espacio público.

De canciones y películas

Mañana de vuelta a la rutina, después de 3 semanas sin madrugones. Las prisas habituales, coge la fruta, lávate los dientes, abróchate el abrigo que hace frío, ¿lo lleváis todo? charcos y sueño…

…y en la escuela, donde la entrada la marca siempre la música en vez de un timbre, sonaba para entrar “Starman”, de David Bowie…

…y quizás tocaría hablar de David Bowie, pero yo siempre fui más de Beatles… como decía Quino, arruinaron mi gusto musical porque nada se les puede comparar…

…y además, llevo dos días sin poder quitarme de la cabeza esta canción

Que necesario parece recordar en estos momentos que hay que luchar no sólo por lo necesario sino que también hay que defender la belleza.

Vimos “Pride” con los niños… les impresionó pensar que no hacía tanto, no tan lejos, sucedían cosas como las que cuenta la película. ¿Le pegan porque es gay? ¿Por qué no quieren que les ayuden? No lo entendemos…

Y también vimos otra película que nos trasladó a tiempos en las que algunas cosas eran más difíciles: “Adivina quien viene a cenar esta noche”.

Los mayores la vieron con fruición, pendientes de cada cara y cada comentario, viviéndola como si estuvieron dentro… y nos llamaron la atención sobre una frase que yo, que la vi muchos años atrás, no recordaba: cuando Sidney Poitier dice que su chica está convencida de que su hijo podrá llegar a ser presidente e los Estados Unidos. Esta película sucede en 1967, cuando Barack Obama era un niño pequeño.

Esta mañana no he podido pensar en otra canción que nos encantó cuando descubrimos la cantautora Alicia Ramos… y que cantan a todo pulmón los pequeños de la casa:

También vimos, cómo no, “Star Wars”.

Nos gustó la historia, y sobretodo que los protagonistas principales fueran una mujer y un negro.

Y claro, nos gustó la música. Que el día del estreno de la película sonó a la hora de entrar en el cole.

 

 

 

 

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