familia monoparental y adopción

En más de una ocasión he oído a alguna madre adoptiva decir que había elegido China como país de origen de sus hijos (casi siempre hijas) porque no era posible conseguir información sobre la familia biológica. Siempre me ha chocado esta actitud. No consigo comprender por qué alguien quiere que sus hijos vivan perpetuamente en la duda.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, he empezado a leer historias de búsquedas exitosas en China. Muchas veces, las familias biológicas han dejado pistas, a veces las supuestas familias de acogida en las que han vivido las criaturas son sus propias familias extensas, o alguien cercano… o lo es la persona que supuestamente les encontró. Este es el caso de la autora de este relato, que expone la paradoja que ha supuesto para ella y su hermano que la política del hijo único y el sexismo ancestral de China la convirtieran en la hermana que fue dada en adopción:

¿Entonces, a qué hora llega tu vuelo a Sea-Tac?” Para mí, parecía una cuestión básica. Pero tenía confuso a mi hermano, Wu Chao, que me escribía sms desde China. A los 19 años, nunca había estado en un vuelo internacional antes. No se le había ocurrido preguntar por la hora de llegada, la línea aérea o el número de vuelo. Todo lo que sabía era cuándo se suponía que saldría su vuelo de Shangai. Yo tenía que averiguar el resto por mi cuenta.

Finalmente, conseguí que me mandara la confirmación de su billete. Estaba escrita en mandarín, y superaba mi capacidad de comprensión elemental del idioma, así que acudí al traductor de Google, poniendo puntos en lugares extraños, como debes hacerlo, para intentar reconocer las palabras chinas. Aha!, fui capaz de descifrar “Delta”. Envié un correo al servicio de atención al cliente, adjunté la nota de confirmación, juré que no estaba intentando conseguir información confidencial – solo intentaba que mi hermano no cruzara la aduana y se encontrara solo. Finalmente, recibí la respuesta: se suponía que llegaría al Aeropuerto de Seattle el 21 de diciembre a las 7:42 de la mañana.

A veces es extraño pensar que, entre nosotros, Wu Chao se supone que es el hijo privilegiado –el chico preferido por la sociedad china, el hijo que mi familia conservó mientras yo permanecía oculta y finalmente era entregada en adopción.

Soy una de las más de 100.000 criaturas chinas adoptadas por familias occidentales desde principios de los 90. La mayoría de nosotras somos chicas, subproductos de la política del hijo único de China,  que ha agravado el sesgo de género cultural. Pocas de nosotras sabemos algo de las familias que dejamos atrás – o, en muchos casos, que nos dejaron.

Cuando tenía 9 años, recibí una carta de mis padres de nacimiento. Desde entonces, he hecho dos viajes a China para conocerles y buscar respuestas a las preguntas que nos acongojan a todos los adoptados. ¿Qué sucedió? ¿Por qué no me quisieron? Y si me quisieron, ¿por qué estoy aquí? ¿Cómo habría sido mi vida si me hubiera quedado?

La historia que me contaron es la que imagino que cualquier adoptado desea oír: Mis padres nunca quisieron abandonarme. De hecho, querían quedarse conmigo desesperadamente. Aún así, he aprendido a no sentir nostalgia por lo que podría haber sido. La política del hijo único llevó a mi familia, y a muchas familias chinas, un dolor inmenso. Pero al forzar a mis padres a renunciar a mí, también abrieron para mí oportunidades increíbles – oportunidades tan irresistibles que mi hermano, el niño que mis padres se quedaron, se ha mudado desde China el último año para conseguir la educación y otras ventajas que se pueden conseguir en América.

Para muchos adoptados, sobretodo en el caso de adopciones internacionales, la búsqueda de los padres biológicos es frustrante y fútil. Es bastante asombroso que consiguiera encontrar a los míos. Estuvo a punto de no suceder.

En el año 2000, cuando tenía 7, regresé a China con mis padres americanos para conocer a mi nueva hermana, Rebecca, la tercera hija que adoptaban. Durante el viaje, visitamos el orfanato en Quzhou donde me habían adoptado, y dimos al personal suministros médicos y dinero recolectado por otras familias adoptivas. Nuestra donación provocó una efusión de buena voluntad. Cuando mis padres americanos presionaron para conseguir información sobre mis orígenes, recibimos una invitación. ¿Nos gustaría conocer mi “familia de acogida”?

Condujimos cerca de una hora y media por carreteras descarnadas hasta llegar a un pueblo pequeño en el fondo de las montañas. Allí nos presentaron a Madam Fan, una mujer con pelo muy corto, que llevaba una blusa marinera y unos pantalones que recordaban un traje maoísta. Primero dijo que me había encontrado en una estación de tren. Después revisó su historia: una familia en un pueblo vecino le había pedido que se ocupara de mí. No sabíamos qué creer cuando, después de volver a los Estados Unidos, nos escribió para decirnos que, en realidad, era la hija de su hija – y nos pidió 10.000 dólares.

De alguna manera – poco clara para mí – mis padres de nacimiento en Quzhou oyeron que Madam Fan había estado escribiéndose con una familia americana. Mis padres de nacimiento me contarían más tarde que cuando fueron a su pueblo y le preguntaron, fue evasiva. Pero su hijo les pasó un sobre con una dirección americana.

Dos años después de ese viaje a China, una carta con la ciudad equivocada pero el código postal correcto apareció en mi casa, en los suburbios de Seattle. Su tono – sincero y compasivo – era convincente como no lo eran las cartas de Madam Fan. La pareja que aseguraba ser mis padres de nacimiento no pedía nada. Al contrario, agradecían a mis padres americanos por ocuparse de mí y ofrecían apoyo financiero y de otro tipo. Incluían fotos de bebé que confirmaban que eran de verdad.

Tenía 12 años cuando me encontré con ellos por primera vez – o al menos, por primera vez que yo recordara. En el aeropuerto, mi madre de nacimiento se aferró a mí, llorando como si no fuera a volver a soltarme. Estaba a la vez excitada y nerviosa de verles, pero la reunión me desbordó. Sin hablar chino, no entendí mucho de lo que pasaba a mi alrededor.

Regresé a los 18, y me quedé 6 semanas. En esta ocasión, al ser algo mayor y haber aprendido algo de mandarín básico, empecé a ser capaz de juntar las piezas de mi historia. Algunos de los detalles siguen nebulosos, y quizás nunca sabré exactamente qué sucedió. He descubierto que los chinos se sienten más cómodos que los americanos con la ambigüedad.

Cuando nací – el 26 de abril, el 30 de abril o el 5 de mayo de 1993, depende de  a quien le preguntes – fui una decepción para mi familia. Me llamaron Mengting, que combina las palabras “sueño” y “pausa”. La madre de mi padre presionó a mis padres para que no pidieran un certificado de nacimiento. “Aquí, en una zona rural como la nuestra, una familia no puede pasar sin un chico”, explicó. Era habitual que las familias abandonaran a las chicas hasta que conseguían un chico.

Mis padres dicen que resistieron las presiones. Mi madre me dijo: “Rogué a la familia de tu padre que nos quedáramos contigo. Pero tu abuela dijo que no. Yo dije: “Está bien tener una hija”. Pero tu abuela no cedió”.

Mi abuela paterna tenia mucho poder en la familia. Así que mis padres accedieron a buscar un chico, y mientras me mantuvieron oculta de las autoridades.

Los primeros años de mi vida, fui ilegal e invisible – me sacaban de casa en un cesto de verduras, me obligaban a quedarme callada en el piso de arriba, siempre en la oscuridad. Una vez que atravesé el patio corriendo, mi abuela materna me abofeteó. Todo el mundo estaba petrificado de que me pudieran descubrir.

“Era terrorífico tener hijos por encima de la cuota”, dice mi padre. “Si el gobierno lo descubría, tenías grandes problemas. Vendrían a tu casa, se llevarían todo tu grano y te harían todo lo que pudieran. Y a veces, destruían tu casa”.

Mi madre recuerda. “Incluso una casa nueva, subirían al techo, lo abrirían y arrasarían la casa entera. Teníamos que movernos y escondernos. Era muy doloroso para nosotros. Sabíamos que no era una solución a largo plazo”.

No sé cómo entraron en contacto con Madam Fan. Mis padres son vagos sobre el asunto en sus relatos. Pero me dijeron que algún tiempo después de que naciera Wu Chao, llegaron a un acuerdo con ella. Ella me criaría. Su hermano, que no se había casado, me adoptaría. Y mis padres mandarían dinero a los Fan mientras mantendrían una relación secreta conmigo.

Uno de los pocos recuerdos del tiempo que pasé con Madam Fan es pasar tanta hambre que comía huesos de pollo del suelo sucio. No estuve allí mucho tiempo, sin embargo. Después de sólo 100 días, los oficiales de control de nacimientos se incautaron de mí  – Madam Fan sostiene que alguien en el pueblo les sopló el dato – y me llevaron a un orfanato.

Mi padre dice que intentó recuperarme pero fue ahuyentado. Mi madre le recriminó que no lo intentara con más empeño. En este punto, la historia sigue, mi madre estaba tan angustiada que se apuñaló en el estómago y terminó en Urgencias, y finalmente acabó divorciándose.

Me entristeció conocer la política del hijo único introducida en 1979 y que sólo se ha relajado el último año. Y cuando descubrí la preferencia por los chicos, me molestó la idea de ser una víctima del sexismo descarado. Pero al hablar con mi familia de nacimiento, comencé a ver cómo, desde una perspectiva china, tiene una cierta lógica. En China hay mucha tierra de cultivo y la supervivencia de muchas familias depende del éxito de sus granjas, esto hace que los chicos sean valiosos por su utilidad en cuanto a la labor física. Los chicos son también un seguro para el cuidado de los padres mayores, ya que las chicas pasan a formar parte de la familia del marido, y se ven obligadas a cuidar de sus suegros antes que de sus padres. Y los chicos están en mejor posición para llevar el honor familiar, ya que son los únicos que pueden pasar su apellido a la generación siguiente. Claro que estas tradiciones están enraizadas en el sexismo. Pero no es tan simple como preferir a los chicos sobre las chicas.

Supongo que podemos decir que he hecho las paces con la idea. Me he reconciliado incluso con la madre de mi padre. Me asustaba conocerla. Pero también tenía curiosidad sobre la persona que tuvo una influencia tan impresionante sobre la trayectoria de mi vida. Por esto, durante mi estancia, mi padre y yo fuimos a su pueblo. “Has vuelto a casa”, exclamó, llevándome a una casita de estuco desmoronado. Bromeó sobre que era más pequeña la última vez que me vio. Luego insistió en preparar una mesa entera de comida para mí, para dar la bienvenida a la nieta a la que nunca quiso.

Más que sentirme rechazada, me sentí extremadamente afortunada cuando me di cuenta de cómo era de dura la vida de mi familia en China – y cómo habría sido para mí si me hubiera quedado.

Mi lugar natal, Quzhou, fue en una ocasión el hogar de Confucio. Hay un templo famoso y un lago pintoresco. Pero también es una ciudad sucia con hoyos en las calles.

Aunque mis padres son considerados de clase media, se limitan a ir tirando. Mi padre perdió casi todo su dinero hace unos años cuando invirtió en un negocio de refrescos que fracasó. Ahora se levanta a las 2 de la madrugada para repartir lácteos a puestos de desayuno y tiendas. Conduce un tipo de furgoneta en la que, según dicen los chinos, todo suena menos la bocina. Vive en una casa sin terminar; la suciedad recubre los suelos, los cables serpentean entre las grietas de las paredes.

Mi madre vive en un apartamento relativamente bonito. Pero cuando me quedé en su casa, acababa de recibir quimioterapia por un cáncer cervical, y según entendí, China no ofrece seguridad social a las personas que no pueden trabajar. Ella tuvo que confiar en el apoyo de su novio.

Y también esta Wu Chao. El divorcio de nuestros padres parece haber sido muy duro para él. Cuando le vi en China, estaba aislado, casi siempre mirando al suelo. No parecía que saliera ni que invitara  a amigos. No le iba bien en el colegio. Su madre le culpaba por su adicción a los videojuegos. Pero no le ponía las cosas fáciles. Casi cada día que pasé con ellos, le gritaba por algo. Una vez le abofeteó y él huyó hacia la oscuridad. Reconoció que le decía cosas como “Si no me haces caso, quiero que vuelva tu hermana. Preferiría haberme quedado con ella y no contigo”.

Dice que sabe que le hiere, pero la hace sentir mejor – y menos culpable por lo que me pasó a mí.

Las lágrimas caen por mi cara y los mocos cuelgan de mi nariz en el video que mi padre americano grabó en el hotel después de recogerme del orfanato. Yo tenía casi 5 años. Parezco aterrorizada. Y tuve una rabieta. Mordí a la gente y escupí al suelo, lo que hizo que mis padres adoptivos se preguntaran si habían cometido un error. También tenía pesadillas horribles: en mis sueños, las personas a quien quería morían.

Pero con el apoyo de  mi nueva familia – Bill y Wendy Mudd, sus 5 hijos adultos, las tres niñas adoptadas en China y otras dos adoptadas en Vietnam – me establecí en mi vida americana. Mis padres no son ricos, pero  viven bien. Mi padre trabajaba en la oficina de bomberos y mi madre era cosmetóloga en Macy’s antes de que pusieran en marcha un negocio para vender juguetes y coleccionables en eBay. Vivimos en una casa de 6 dormitorios en SeaTac, un suburbio de Seattle a 5 minutos del  aeropuerto. Hay una piscina y columpio en el patio.

Un doctor predijo que yo no conseguiría salir adelante en el colegio. Pero después de ser diagnosticada y tratada de TDAH, desafié las expectativas.  A los 18, me gradué en el instituto y pude  empezar en la Universidad de Washington, donde me gradué en 2 años. Después de la Universidad, he trabajado como ayudante de investigación en el departamento de Psiquiatría y ciencias del Comportamiento, y esta semana empiezo un máster de dos años.

Soy la persona más educada en mis dos familias. He trabajado duro para que se sientan orgullosos de mí.

El vuelo de mi hermano llegó a la hora, y yo estaba allí esperándole. Llevaba una bolsa de mano y dos maletas – una llena de regalos para mi familia americana, junto con un panda de peluches y ropa para mí.

Mis padres americanos se han ofrecido a alojar a Wu Chao si alguna vez quiere hacer un intercambio de estudios. No consiguió las notas suficientes para entrar en una universidad de nivel en China, y mi familia de nacimiento pidió si aún era una posibilidad que se alojara con nosotros. La idea es que un grado de una escuela americana, y, más importante, la oportunidad de aprender inglés, ayudaría a sus perspectivas laborales cuando regresara a China. Este otoño empezará un curso de contabilidad en el colegio comunitario. Mis padres chinos pagan su matrícula. Mis padres americanos cubren el resto.

Wu Chao no sabía mucho de los Estados Unidos antes de llegar. “¿Tienen arroz en América”, quiso saber. Me miró como si estuviera loca cuando le dije que muchos americanos se duchan cada día.

Vivir en  la misma casa nos ha permitido conocernos mejor. Cuando hablamos de lo que me sucedió, él se queda callado, con una mirada lejana, y me dice que se siente en parte culpable. Yo intento tranquilizarle sobre que no le guardo ningún rencor. Reconozco que me siento culpable de no haber estado con él durante el divorcio de nuestros padres y las batallas que llegaron después. Hemos hecho un pacto de apoyarnos el uno al otro de ahora en adelante. “Cuando tenga éxito en mi trabajo y gane mucho dinero, seguro que volveré a visitarte”, dice.

La sociedad china quizás solo tuvo espacio para uno de nosotros. Pero nuestras vidas estarán siempre interconectadas.

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Comentarios en: "La política china del hijo único me llevó a la adopción – y a una vida más privilegiada" (15)

  1. No hay un solo matiz del proceso que supone una adopción que no me parezca de una intensidad emocional apabullante. Una bomba de relojería y una oportunidad enorme de aprendizaje resiliente. Una vez más gracias por el relato.

  2. Yo tampoco entiendo que haya familias que prefieran no saber. Yo en Honduras me fui a investigar por mi cuenta sobre algo sobre mi hijo porque su expediente lo vi demasiado flojo. Los de los servicios sociales me miraron raro y me dijeron que era la primera y que si no me daba miedo. Y habló de que quise hablar con la señora a la que la madre bio le entregó al niño. Sólo quería que me contase como fue,me diera datos de ella,de sus motivos… Esas cosas jamás se las preguntaron los de los servicios sociales pero a mi me contó algo que seguro a mi hijo le sirve.
    Me he encantando leer el texto de esa chica. Se ve como posible una relación sana entre familia bio y la adoptiva

    • A mí una de las cosas que me impresionaron de esta historia (y otras parecidas) es lo fácil que es a veces encontrar en un país aparentemente tan “opaco”… Y sí, creo que incluso si no encontramos, cada migaja de información es un tesoro.

  3. Que relato… gracias por compartirlo.

  4. Gracias.

  5. Muchas gracias!

  6. Me encanta el relato, hoy mismo, lo leeré con mi hija!!!!!

  7. Me ha encantado.

  8. guau qué historia, gracias por compartirla!!!

  9. Loles Sánchez Pérez dijo:

    Gracias por transmitirnos la historia de esta chica, mi hijo no es chino, es español y estoy dispuesta a acompañarlo a conocer a su familia cuando llegue el momento, todos necesitamos respuestas y ellos más, lo primero que me preguntó mi hijo al saber que era adoptado fue ¿es que mi madre no me quería?

    Madre de Marte, gracias por acompañarme con tus puntos de vista en este camino, un fuerte abrazo.

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