familia monoparental y adopción

Archivo para febrero, 2016

Azcona

El primer adoptado adulto al que “conocí”, al que “escuché”, al que leí, fue David Azcona. Entonces se llamaba David, era el presidente de “La Voz de los Adoptados”, y tenía un blog que creo recordar que se llamaba Soy Adoptado en el que leí algunos textos que me emocionaron.

Como este poema que recuperé algún tiempo atrás.

En algún momento, el blog desapareció y yo dejé de oír hablar de y a David Azcona.

Y un tiempo más tarde, lo volví a descubrir convertido en Abel Azcona. Un artista polémico, desgarrador, incómodo, que provoca emociones fuertes, que pone a prueba a la gente que ve y participa en su obra, en sus performances. Que se pone a prueba a si mismo en cada paso que da, o al menos esta es la impresión que me da. 

Hace unos días, alguien me pasó este vídeo donde habla de su obra y su vida.

 Es alucinante la contradicción entre la forma y el contenido: las cosas tremendas que cuenta (que ha vivido), y la calma, con las que las cuenta.

Los detalles escabrosos y sangrantes. La tortura que vivió en su infancia. Los intentos de suicidio. Las dificultades para vincularse. La reivindicación de su derecho a no haber nacido.

 

Todo aquello que los adoptantes no queremos oír de los adoptados.

 Pero también la manera en la que crea algo con su dolor, su historia, su vacío. Que no deja de ser una forma de resiliencia.

P.D. También me ha parecido muy interesante para conocer mejor al personaje, esta entrevista en dos partes.

Una imagen vale más que mil palabras

Gaza © Emad Samir

Tú no eres mi madre

Esta es una de las frases más temidas por parte de las madres adoptivas. Que algún día, vayan y nos digan: “Tú no eres mi madre”.

Algunos lo dirán en la adolescencia. Otros lo hacen incluso antes. Otros quizás no lo harán nunca, por miedo a decepcionarnos, a dañarnos, a perdernos.

¿Por qué tenemos tanto miedo a esta frase? ¿No es, en el fondo, porque no nos sentimos legítimas como madres?

Esta anécdota y reflexión pertenecen a S., madre adoptiva de un chico de 9 años que hace mucho que tiene ideas propias:

 

Pues ya me lo ha dicho varias veces. Cuando se enfada e intenta conseguir doblegar el límite impuesto (dicho así de forma genérica suena autoritario-que lo soy-, pero son cosas del día a día).

La última fue este sábado. Estaba enfadado y me lo soltó mirándome a los ojos y remarcando las palabras. Lo mire y le dije que bastante razón tenía, aunque él era mas importante que si lo hubiera parido, que a mí me daba igual no haberlo hecho y que no lo querría menos por esa circunstancia y que no se iba a librar con eso de mi mal carácter ni na. Y va y me dijo esta vez, “como dice papa: contigo no se puede. No serás mi madre pero eres mi mamá “. Se acabó la incipiente discusión, se avino por primera vez sin dramas ni erres que erres y me quedé rara, como si se hubiera quedado algo en el tintero (en el suyo o en el mio). Sólo tiene 9 años… Me descolocó la naturalidad con la que encajó el tema. Tal vez demasiada. No sé si habrá segunda fase.

Y vale: No soy su madre. Ya. ¿Y? ¿Cambian las reglas por eso? ¿Deja de ser MI hijo por eso? ¿Dejo de ser su “mamá” por eso? 

Vendrán más veces, más cosas, más verdades, más situaciones difíciles, vendrá la pubertad, la temida adolescencia, la búsqueda de su familia y habrá que vivirlo con él, de la mejor manera. 

La adopción: una imagen

Hace algún tiempo, alguien me mostró este cuadro, que se llama “La Adopción”, de Ferdinand Georg Waldmüller, un pintor austríaco de principios del siglo XIX.

Es un ejemplo meridiano de que una imagen vale más que mil palabras. Ahí está retratado todo: la desigualdad, la diferencia en los ropajes y las actitudes de la (madre) adoptante y la madre (biológica), entre la que se va a convertir en madre y la que hasta ahora ha sido la madre, sin adjetivos. El desamparo, la impotencia, de esta, y la expectativa de la otra. El miedo del niño. Y la presencia de la ley, rubricándolo todo.

Me impactó mucho esta imagen la primera vez que la vi. Y me ha hecho recordar una escena muy parecida en la película “Sufragistas”, cuando el marido de la sufragista entrega a su hijo a un matrimonio rico para separarlo de su madre depravada (depravada según la moral de la época, claro).

La perspectiva de un adoptado: 15 cosas que los padres adoptivos transraciales deben saber.

Cuando decidí adoptar a un niño de una raza distinta a la mía, sabía que parte de las dificultades que afrontaríamos tendría que ver con ello. Pero nunca imaginé que podrían ser tantas, ni tan complejas de afrontar. Han pasado los años, y cada día siento que tengo más cosas que aprender sobre las transracialidad, la identidad y el racismo. Cosas como las que cuenta un adoptado transracial en este artículo:

  1. La raza y la cultura importan. Mi raza y cultura de origen son parte integral de mi identidad y serán siempre parte de mí. Independientemente de cuánto sostenga la sociedad que es ciega al color, siempre se me caracterizará y etiquetará por el color de mi piel. Porque no me parezco a ti, es importante que me enseñes – a través de sus palabras y acciones – que ser distinto está bien.
  2. Como familia transracial, nuestras vidas cambiarán de maneras que nunca pudimos imaginar. Prepárate para que la percepción de nuestra familia cambie absolutamente… como lo hará nuestra visión del mundo.
  3. Honrar mi raza y cultura de origen no debería ser algo que tu familia hace en ocasiones especiales. Debería ser parte integral de nuestro día a día. Algunas maneras en las que puedes honrar mi raza y cultura a diario son colgar en nuestra casa fotos o piezas de arte que reflejan mi cultura y etnicidad, cocinar platos étnicos, incorporar palabras de mi idioma natal en nuestras conversaciones, y leer cuentos para dormir de mi cultura. Normalizar nuestros esfuerzos para honrar mi raza y cultura me hará sentir un poco menos distinto y me ayudará a estar orgulloso de quién soy.
  4. Prepárate para la posibilidad de que tus relaciones con amigos, familiares y otras personas cambien drásticamente debido a prejuicios que tú (¡ni ellos!), jamás imaginaste que tuvieran. Quizás necesitarás examinar quién son las personas que hay en tu vida y si mantenerlos en tu entorno puede ser beneficioso o ir en detrimento para tu familia.
  5. Yo no debería ser el puente hacia mis comunidades de origen – es tu responsabilidad ser el puente para mí. Como padre adoptivo transracial, es imperativo que me proveas de oportunidades para aprender y alimentar mis conexiones con mis comunidades de origen.
  6. Nadie espera que seas el perfecto padre adoptivo transracial, y no puedes de ninguna manera hacerlo solo. Realmente hace falta una tribu para criar a un niño que ha sido adoptado transracialmente. Es importante aceptar las cosas que no sabes sobre mi raza y cultura de origen. Más que ver este desconocimiento como un defecto o fracaso, intenta verlo como una oportunidad para aprender conmigo. Usa cada oportunidad posible para involucrar a toda nuestra familia cuando aprendáis de mi raza y cultura de origen. Haciéndolo, crearéis un lazo más fuerte conmigo y me ayudaréis a sentirme una parte importante de nuestra familia.
  7. Debes saber que habrá veces en las que deberás salir de tu zona de confort para proveerme de las oportunidades que necesito para aprender sobre mi raza y cultura. Pasar tiempo en lugares donde TÚ eres la minoría debería ser una parte integral de ser un padre adoptivo transracial. Interactuar y crear relaciones con gente se ME parece, pero que no se parece ni actúa como TÚ, es imprescindible. Recuerda que mi viaje me lleva fuera de mi zona de confort a diario. Necesito que desees ponerte en mis zapatos y afrontar esas tormentas conmigo.
  8. Si no vivimos en un área diversa, y nos lo podemos permitir, podrías considerar mudarnos a un área que es más diversa étnica y culturalmente, o a una área que refleje mi identidad cultural y racial. Si no es posible que nos mudemos, o si tenemos lazos significativos (trabajo, familia, etc), con la comunidad en la que residimos – podría ser necesario conducir una hora o dos (¡o más!), para ofrecerme la oportunidad de interactuar y aprender de personas que se me parecen. Es imperativo que hagas todos los esfuerzos posibles para proporcionarme estas experiencias.
  9. Aunque en niveles absolutamente distintos, el privilegio existe en cada comunidad racial y cultural. La adopción transracial puede ser única en el sentido de que puede proporcionar a personas con distintos niveles de privilegio en sus comunidades raciales y culturales la oportunidad de ver ocasionalmente el mundo a través de los ojos de alguien con experiencias raciales y culturales muy distintas a las propias. Como resultado de este privilegio, un cierto nivel de racismo y prejuicio existe en todas las comunidades. Es importante mantener en la cabeza que tu nivel de privilegio cambia dentro de tu comunidad racial y cultural cuando no estás conmigo. Yo, sin embargo, no tengo este lujo, ya que tu comunidad siempre me verá como alguien diferente y mi nivel de privilegio dentro de esta comunidad será siempre diferente al tuyo.
  10. Aunque sea lo políticamente correcto, no vivimos en un mundo cielo al color – vivimos en un mundo consciente del color. Mientras que la mayoría de personas aceptan las diferentes razas, hay gente que ve el mundo de otra manera y tienen creencias muy ignorantes y cerradas cuando se refiere a la raza. Es inevitable que yo experimente racismo en algún punto de mi vida, y es importante que sepa cómo manejar estas situaciones. Externalizando el racismo, me enseñas que el racismo no trata sobre mí – trata sobre la ignorancia de otros que no comprenden.
  11. Recuerda que estoy aprendiendo de ti a contar mi historia. Estoy aprendiendo de ti como lidiar con el racismo y el prejuicio. Mientras que debes hacer todo lo posible para protegerme de situaciones potencialmente racistas, también es importante que respondas a las preguntas sobre mi raza – si sientes que es seguro hacerlo. Estas situaciones pueden convertirse en oportunidades para que los otros ayuden a instilar en mí un gran sentido del orgullo racial y cultural.
  12. Debes saber que mi identidad cultural y/o racial puede cambiar en algún punto de mi vida. Puede haber ocasiones en las que rechace la identidad racial en cuyo desarrollo estás trabajando duramente. Es importante que allanes el terreno para mí, pero también que me permitas explorar y desarrollar mi identidad racial de mi propia manera. Hay tantas cosas que están fuera de mi control en lo que se refiere a la adopción. Algo que lo está – y se me debería permitir considerarme su único dueño – es mi identidad racial.
  13. La mayor parte de escrutinio que experimentaré vendrá probablemente de miembros de mi propia comunidad racial y cultural. Ser rechazado por miembros de mi comunidad racial y cultural es una de las formas de rechazo más dolorosos que uno pude llegar a experimentar. Es muy probable que me digan que no soy lo “suficientemente negro” o lo “suficientemente asiático”, en algún momento de mi vida. No debería tener que demostrar mi pertenencia o sentir que soy menos que otros miembros de mi comunidad racial y cultural. Hay muchas pérdidas en adopción, pero la pérdida de la identidad racial y cultural es una que debería ser evitada a cualquier coste.
  14. Es importante ser muy cuidadoso para no perderse uno mismo en el proceso de honrar mi raza y cultura. Mientras igual no puedes enseñarme sobre mi cultura, sí deberías hacerlo sobre la tuya. Como un chico multicultural, tendré mucho más que ofrecer al mundo.
  15. La parentalidad transracial no es fácil. Habrá luchas y habrá triunfos. Haz lo mejor que puedas con los recursos a los que tienes acceso, y nunca pierdas de vista el objetivo de criarme con orgullo racial y cultural. Cada esfuerzo que haces para honrar mi identidad racial y cultural marcará una diferencia en mi vida, y ¡te sorprenderá cuánto vas a aprender sobre ti mismo y sobre los demás en el camino!

¿Madre o adoptante?

Estos días he asistido a una discusión, liderada por un grupo de adoptados adultos, sobre si a los padres (y madres) adoptivos se les tiene que llamar padres (y madres) o adoptantes. Me recuerda a la clásica discusión en reproducción asistida sobre “¿padre o donante?”, e igual de compleja de resolver.

¿Es lo mismo un padre – una madre-  que un adoptante? Pues en muchas cosas sí: la responsabilidad hacia la criatura que tiene a su cargo es la misma, el vínculo debería serlo… pero claro, también hay diferencias, y las más obvia es la de la biología, además de que el tiempo compartido no es nunca el mismo (en el caso de un adoptado, ha pasado con nosotros como mínimo 9 meses menos que si fuera nuestro hijo biológico).

Muchos padres y madres por adopción  se ofenden cuando leen que hay adoptados que no les otorgan el título de padres. Para ellos, el de adoptante sería un cargo menor, algo equiparable a un cuidador, menos intenso y legítimo. Un título de segunda.

Pero, ¿es así? ¿O en realidad cuando descartamos el término adoptante de alguna forma estamos asumiendo que la adopción es menos que la maternidad biológica?

Yo me llamo madre, quizás porque no tengo otra palabra. Pero mis hijos tienen otras madres, que estaban antes que yo, y que sin duda son y se sienten sus madres. La madre de mi hijo mayor siente que yo estoy criando a SU hijo… y no deja de tener razón, aunque esta crianza lo convierta también en mi hijo.

Yo me llamo madre porque no tengo otra palabra. Porque es la que se usa, la que se entiende, la que mejor se ajusta a cómo me siento y al papel que siento que hago. Pero también sé que si nuestra sociedad usara palabras distintas para ambas situaciones, el vínculo no sería menor.

Como dijo M., madre, o adoptante, de dos adolescentes:

¿Qué soy? La madre adoptiva de mis hijas. ¿Qué me siento y de qué ejerzo? de madre de mis hijas. ¿Cómo me sienten ellas? Me sienten como su mamá, en el futuro ya veremos.

Sobre mi madre, el sexo que tuvo y la adopción que no planificó.

¿Cómo son las madres biológicas? Es una pregunta que nos hemos hecho muchas veces, pero, ¿somos capaces de verlas más allá de la imagen que se conforma a partir de los discursos que imperan en la adopción? ¿Eran distintas hace 50 años que ahora? ¿Y la adopción, era un proceso distinto? Este texto, escrito por una mujer que es madre  adoptiva e hija de una mujer que dio a su primer hijo en adopción, contiene reflexiones muy clarificadoras al respecto.

 

Ella quería el sexo.

Era 1959. Mi madre trabajaba para una empresa aeronáutica en San Diego, California. Sería más fácil pintar el lío que tenía con un compañero como acoso laboral. Quizás lo era. Ella era una mujer. Él era un hombre. Esto era suficiente para crear una diferencia de poder en 1959 – cuando las secretarias tenían que conocer su lugar – qué podían y qué no podían decir, a quién podían y a quién no podían rechazar. Ella era también varios años más joven, soltera, virgen. Aunque le dijo lo contrario, él estaba casado y con hijos. En casi todos los sentidos imaginables, él tenía todo el poder en su relación. Según mi madre, sin embargo, “el único poder que tenía sobre mí es que era sexy como el demonio.  Y yo estaba ojo avizor”.

Aunque no se animaba particularmente a las mujeres a que disfrutaran del sexo en 1959, mi madre fue consciente de hacerlo. Fue el gran igualador. Representaba poder – algo que podía controlar en una industria y un país dominados por hombres. Era algo que su padre no le podía quitar, un secreto que su madre no necesitaba conocer, un pecado que su iglesia no condonaba. Y lo disfrutó.

Ella también quiso al bebé concebido de ese lío, aunque no pudo admitirlo en ese momento.

Cuando se trata de mujeres embarazadas en circunstancias que la población general no perdonaba, la coerción se ha considerado siempre el elemento necesario – la píldora que debía tragar cualquier mujer que se atreviera a no estar casada, económicamente segura, libre de enfermedad mental, y privilegiada.

Que mi madre, una mujer soltera que se había echado un amante, renunciara a su hijo, no era negociable. Era un mandato de su padre, calculado por su iglesia, aplaudido por la misma cultura que simultáneamente la condenaba.

En 1959, por desgracia no tan diferente a lo que sucede ahora, las mujeres cuyos hijos eran entregados en adopción, por elección o por fuerza, eran vistas a la vez como víctimas de sus circunstancias y como perpetradoras de un pecado que había que reparar. En ambos casos, cuando la mujer embarazada firmaba en la línea de puntos, la que decía que otra persona criaría a su hijo, se convertían en un acto sacrificial, al elegir lo mejor para el bebé. Para mi madre y mujeres como ella, que están ahora en los últimos capítulos de su vida, la gente anhela una narrativa que fuerce la adopción como la única solución posible.

Yo lo hice durante años. Cuando junté las piezas para formar la historia de mi madre, inserté tragedia donde no existía. Asumí que ella no habría querido el sexo, que la debían haber forzado. Quería una versión de la historia que explicara por qué ella iba a abandonar un hijo.

Mi madre no fue una víctima en lo que se refiere al sexo, sin embargo. Nadie la obligó. Y tampoco fue una santa en lo que se refiere a la adopción. Ella no deseaba hacer lo que creía mejor para su hijo.

Era una mujer que fue castigada por disfrutar del sexo. Por estar soltera. Por ser católica en 1959. Si era una víctima de algo en lo que al sexo se refiere, era del sistema que ignoraba los deseos de las mujeres. Era de una iglesia y una sociedad que pintaban a las mujeres y el sexo como fuerzas diametralmente opuestas, dos lados de una moneda que nunca podían encontrarse cara a cara. Y si fue una santa en la adopción, fue por no apelar al corazón de los médicos y administradores de la casa para madres solteras, las personas que le arrebataron a su hijo. Ella no les persiguió ni les pidió retribución. No pidió que su hijo le fuera devuelto a cualquier coste.

La historia de mi madre no se cuenta lo bastante a menudo.  Al esconder las historias de madres como la mía, y de todas las madres que no crían a los hijos que parieron, transformamos sus historias en sumisión. Manteniéndolas ocultas, controlamos cómo se cuentan sus historias y cómo son interpretadas.

Abrumadoramente pues, los padres adoptivos como yo misma, decidimos cómo deben ser percibidas las madres que dieron a luz a nuestros hijos. Tendemos a filtrar sus motivos a través de lentes que favorecen las narrativas de los padres adoptivos, a pesar de lo elegante que puedan ser nuestras interpretaciones:

“No tenía recursos para criar otro hijo” (es pobre)

“Está luchando contra el abuso de drogas y necesita tiempo para recuperarse” (Es una drogadicta)

“El bebé fue concebido a través de la tragedia y ella no pudo soportar el trauma de criar a un hijo bajo estas circunstancias” (fue violada)

“No planificó el embarazo y sintió que no era el momento de ser madre” (tuvo sexo fuera del matrimonio).

Aunque estas historias pueden contener algo de verdad, imponen el rol de delincuente a los padres de nacimiento (aunque más a menudo en la madre), y el rol de salvadores en los padres adoptivos. Fijaos que la norma no verbaliza cambios en la narrativa que darían cuenta de los desequilibrios de poder:

Yo tenía bastante dinero para adoptar y decidí hacerlo en vez de ayudarla económicamente o dar apoyo a organizaciones que trabajan para mantener juntas a familias que lo necesitan.

Se volvió adicta a la droga y yo no. Por esto, ella no debería criar un niño y yo no quiero ayudarla a recuperarse o dar apoyo a organizaciones que le ofrecerían un respiro a su hijo mientras ella se recupera.

Fue violada y esto la ha dañado para siempre. En vez de apoyarla a ella o a organizaciones que podrían darle apoyo para criar a un niño después del trauma, me ocuparé de criar al niño.

Ella fue irresponsable. Ninguno de mis errores jamás me llevó al embarazo, así que yo debería ser quién criara a su hijo.

Cuando escribo esto, reconozco que me pongo en la línea de fuego. Adopté a dos de mis hijos en situación de pobreza. Escogí la opción de adoptar en un país con una grave situación económica porque vislumbré que esto crearía una situación en la que todos ganábamos: niños para mi marido y para mí (que queríamos adoptar desde antes de casarnos pero que también, en  ese momento, partíamos de la asunción errónea de que nunca concebiríamos hijos biológicos), alivio para la familia de origen de mis hijos y una vida mejor para ellos. Me avergüenza decir que no gasté suficiente energía ni tiempo en analizar los efectos de mis elecciones en cada miembro de la constelación adoptiva – especialmente en la familia de mis hijos.

Los padres adoptivos debemos saber que en muchos (si no la mayoría) de los casos, existen otras opciones para nuestros hijos y sus familias – como apoyo económico, adopción intrafamiliar, acogida temporal, cambios legislativos. Estábamos allí para adoptar, sin embargo – no para ayudar a  una familia en problemas. Para la mayoría de nosotros, podríamos no habernos cruzado jamás con las familias que nos dieron nuestros hijos si no nos hubiera hecho coincidir la adopción.

No solemos tomarnos el tiempo para considerar cómo nuestro acceso aleatorio a los privilegios nos da a los padres adoptivos poder que utilizamos para controlar la relación con las madres de nuestros hijos. El sucio pequeño secreto de que, en realidad, a la mayor parte de las mujeres les gusta el sexo. Muchas lo practican fuera del matrimonio. Muchas tienen amantes. Muchas beben, y fuman, y toman drogas, y son lo bastante afortunadas para no encontrarse entre las que desarrollan una adicción debilitante. Muchas crían hijos en la precariedad económica o trabajando para sofocar los efectos de una enfermedad mental. Pero solo esas que carecen de poder se enfrentan a la potencial condena y coerción, pérdida y abandono.

La semana pasada, mi madre fue diagnosticada con cáncer. 5 días más tarde, al examinar los años que quedaban atrás y considerar los meses que tenía por delante, recibió una nota manuscrita que explicaba que la criatura que le arrebataron 5 décadas antes, como muchos niños entregados en adopción, se había suicidado. Ahora, mientras purga los venenos que nunca supo que iban creciendo en su interior, tiene que trabajar para cerrar un capítulo que nunca quiso abrir.

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