familia monoparental y adopción

¿Cómo son las madres biológicas? Es una pregunta que nos hemos hecho muchas veces, pero, ¿somos capaces de verlas más allá de la imagen que se conforma a partir de los discursos que imperan en la adopción? ¿Eran distintas hace 50 años que ahora? ¿Y la adopción, era un proceso distinto? Este texto, escrito por una mujer que es madre  adoptiva e hija de una mujer que dio a su primer hijo en adopción, contiene reflexiones muy clarificadoras al respecto.

 

Ella quería el sexo.

Era 1959. Mi madre trabajaba para una empresa aeronáutica en San Diego, California. Sería más fácil pintar el lío que tenía con un compañero como acoso laboral. Quizás lo era. Ella era una mujer. Él era un hombre. Esto era suficiente para crear una diferencia de poder en 1959 – cuando las secretarias tenían que conocer su lugar – qué podían y qué no podían decir, a quién podían y a quién no podían rechazar. Ella era también varios años más joven, soltera, virgen. Aunque le dijo lo contrario, él estaba casado y con hijos. En casi todos los sentidos imaginables, él tenía todo el poder en su relación. Según mi madre, sin embargo, “el único poder que tenía sobre mí es que era sexy como el demonio.  Y yo estaba ojo avizor”.

Aunque no se animaba particularmente a las mujeres a que disfrutaran del sexo en 1959, mi madre fue consciente de hacerlo. Fue el gran igualador. Representaba poder – algo que podía controlar en una industria y un país dominados por hombres. Era algo que su padre no le podía quitar, un secreto que su madre no necesitaba conocer, un pecado que su iglesia no condonaba. Y lo disfrutó.

Ella también quiso al bebé concebido de ese lío, aunque no pudo admitirlo en ese momento.

Cuando se trata de mujeres embarazadas en circunstancias que la población general no perdonaba, la coerción se ha considerado siempre el elemento necesario – la píldora que debía tragar cualquier mujer que se atreviera a no estar casada, económicamente segura, libre de enfermedad mental, y privilegiada.

Que mi madre, una mujer soltera que se había echado un amante, renunciara a su hijo, no era negociable. Era un mandato de su padre, calculado por su iglesia, aplaudido por la misma cultura que simultáneamente la condenaba.

En 1959, por desgracia no tan diferente a lo que sucede ahora, las mujeres cuyos hijos eran entregados en adopción, por elección o por fuerza, eran vistas a la vez como víctimas de sus circunstancias y como perpetradoras de un pecado que había que reparar. En ambos casos, cuando la mujer embarazada firmaba en la línea de puntos, la que decía que otra persona criaría a su hijo, se convertían en un acto sacrificial, al elegir lo mejor para el bebé. Para mi madre y mujeres como ella, que están ahora en los últimos capítulos de su vida, la gente anhela una narrativa que fuerce la adopción como la única solución posible.

Yo lo hice durante años. Cuando junté las piezas para formar la historia de mi madre, inserté tragedia donde no existía. Asumí que ella no habría querido el sexo, que la debían haber forzado. Quería una versión de la historia que explicara por qué ella iba a abandonar un hijo.

Mi madre no fue una víctima en lo que se refiere al sexo, sin embargo. Nadie la obligó. Y tampoco fue una santa en lo que se refiere a la adopción. Ella no deseaba hacer lo que creía mejor para su hijo.

Era una mujer que fue castigada por disfrutar del sexo. Por estar soltera. Por ser católica en 1959. Si era una víctima de algo en lo que al sexo se refiere, era del sistema que ignoraba los deseos de las mujeres. Era de una iglesia y una sociedad que pintaban a las mujeres y el sexo como fuerzas diametralmente opuestas, dos lados de una moneda que nunca podían encontrarse cara a cara. Y si fue una santa en la adopción, fue por no apelar al corazón de los médicos y administradores de la casa para madres solteras, las personas que le arrebataron a su hijo. Ella no les persiguió ni les pidió retribución. No pidió que su hijo le fuera devuelto a cualquier coste.

La historia de mi madre no se cuenta lo bastante a menudo.  Al esconder las historias de madres como la mía, y de todas las madres que no crían a los hijos que parieron, transformamos sus historias en sumisión. Manteniéndolas ocultas, controlamos cómo se cuentan sus historias y cómo son interpretadas.

Abrumadoramente pues, los padres adoptivos como yo misma, decidimos cómo deben ser percibidas las madres que dieron a luz a nuestros hijos. Tendemos a filtrar sus motivos a través de lentes que favorecen las narrativas de los padres adoptivos, a pesar de lo elegante que puedan ser nuestras interpretaciones:

“No tenía recursos para criar otro hijo” (es pobre)

“Está luchando contra el abuso de drogas y necesita tiempo para recuperarse” (Es una drogadicta)

“El bebé fue concebido a través de la tragedia y ella no pudo soportar el trauma de criar a un hijo bajo estas circunstancias” (fue violada)

“No planificó el embarazo y sintió que no era el momento de ser madre” (tuvo sexo fuera del matrimonio).

Aunque estas historias pueden contener algo de verdad, imponen el rol de delincuente a los padres de nacimiento (aunque más a menudo en la madre), y el rol de salvadores en los padres adoptivos. Fijaos que la norma no verbaliza cambios en la narrativa que darían cuenta de los desequilibrios de poder:

Yo tenía bastante dinero para adoptar y decidí hacerlo en vez de ayudarla económicamente o dar apoyo a organizaciones que trabajan para mantener juntas a familias que lo necesitan.

Se volvió adicta a la droga y yo no. Por esto, ella no debería criar un niño y yo no quiero ayudarla a recuperarse o dar apoyo a organizaciones que le ofrecerían un respiro a su hijo mientras ella se recupera.

Fue violada y esto la ha dañado para siempre. En vez de apoyarla a ella o a organizaciones que podrían darle apoyo para criar a un niño después del trauma, me ocuparé de criar al niño.

Ella fue irresponsable. Ninguno de mis errores jamás me llevó al embarazo, así que yo debería ser quién criara a su hijo.

Cuando escribo esto, reconozco que me pongo en la línea de fuego. Adopté a dos de mis hijos en situación de pobreza. Escogí la opción de adoptar en un país con una grave situación económica porque vislumbré que esto crearía una situación en la que todos ganábamos: niños para mi marido y para mí (que queríamos adoptar desde antes de casarnos pero que también, en  ese momento, partíamos de la asunción errónea de que nunca concebiríamos hijos biológicos), alivio para la familia de origen de mis hijos y una vida mejor para ellos. Me avergüenza decir que no gasté suficiente energía ni tiempo en analizar los efectos de mis elecciones en cada miembro de la constelación adoptiva – especialmente en la familia de mis hijos.

Los padres adoptivos debemos saber que en muchos (si no la mayoría) de los casos, existen otras opciones para nuestros hijos y sus familias – como apoyo económico, adopción intrafamiliar, acogida temporal, cambios legislativos. Estábamos allí para adoptar, sin embargo – no para ayudar a  una familia en problemas. Para la mayoría de nosotros, podríamos no habernos cruzado jamás con las familias que nos dieron nuestros hijos si no nos hubiera hecho coincidir la adopción.

No solemos tomarnos el tiempo para considerar cómo nuestro acceso aleatorio a los privilegios nos da a los padres adoptivos poder que utilizamos para controlar la relación con las madres de nuestros hijos. El sucio pequeño secreto de que, en realidad, a la mayor parte de las mujeres les gusta el sexo. Muchas lo practican fuera del matrimonio. Muchas tienen amantes. Muchas beben, y fuman, y toman drogas, y son lo bastante afortunadas para no encontrarse entre las que desarrollan una adicción debilitante. Muchas crían hijos en la precariedad económica o trabajando para sofocar los efectos de una enfermedad mental. Pero solo esas que carecen de poder se enfrentan a la potencial condena y coerción, pérdida y abandono.

La semana pasada, mi madre fue diagnosticada con cáncer. 5 días más tarde, al examinar los años que quedaban atrás y considerar los meses que tenía por delante, recibió una nota manuscrita que explicaba que la criatura que le arrebataron 5 décadas antes, como muchos niños entregados en adopción, se había suicidado. Ahora, mientras purga los venenos que nunca supo que iban creciendo en su interior, tiene que trabajar para cerrar un capítulo que nunca quiso abrir.

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Comentarios en: "Sobre mi madre, el sexo que tuvo y la adopción que no planificó." (6)

  1. Impresionante historia que deberiamos leer cuando estamos en proceso de adopción. Nos muestra aspectos que a veces cuesta tener empatía con ellos y nos pueden explicar muchas cosas cuando nuestrxs hijxs crezcan. No nos gusta tener la responsabilidad de reparar el mundo para que no se tengan que abandonar hijxs que son queridxs. Es el sistema quien lo provoca, pero mirar hacía otro lado y no afrontar “esas realidades” creo que solo nos ponen paños calientes para poder continuar con el día a día. Aún existiendo en España servicios sociales algunos casos no consiguen quedarse con sus hijxs y no es porque no los quieran. En otros paises donde hay más pobreza este tipo de situaciones desgraciadamente son habituales y la humanidad no las deberiamos consentir.

  2. Creó que él análisis de todas estas aristas comprendidas tras una historia adoptiva, está exactamente tras la adopción nunca o casi nunca anterior a la adopción al menos de la primera adopción.

    Y sí, el sexo en la mujer y la falta de poder era debilitante, és debilitante en muchas culturas.
    No hay peros, nunca podemos ocupar el lugar y las decisiones de otros.

  3. Hace poco una amiga me dejó bastante noqueada al soltarme un discurso sobre la hipocresía social mientras pasábamos por delante del edificio de una antigua inclusa: un edificio actualmente precioso donde cientos de niños/as habían sufrido las consecuencias de esa hipocresía. Debo admitir que nunca me había planteado el tema con esas palabras tan crudas. También que son verdad. Este post me las ha recordado.

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