familia monoparental y adopción

Hace poco cayó en mis manos esta historia tan interesante que narra toda una vida como madre adoptiva y cómo las cosas que van pasando nos cambian. No tiene desperdicio.

La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadas

En primavera del 2006, Aselefech, mi  hija de 17 años, estudiante de instituto, se acercó a mí y me dijo – llorosa, casi desafiante – que estaba embarazada. Entré en shock, triste, asustada por ella. Pensé que habíamos hecho todo lo que hay que hacer para evitar que sucediera eso. Había hablado con ella y sus hermanos sobre sexo, les había llevado a planificación familiar, y había discutido los riesgos del sexo sin protección. ¿Cómo pudo suceder?

Aselefech y su hermana melliza, Adanech, tenían 6 años en 1994 cuando mi marido de entonces y yo las adoptamos en Etiopía. Nuestros dos hijos, que habían nacido en los Estados Unidos, habían sido adoptados de bebés, y tenían 5 y 7 años cuando las niñas llegaron. La documentación que recibimos de la agencia de adopción aseguraba que los padres de las niñas habían muerto. Desde el principio, tuve claro que Adanech y Aselefech habían sido queridas en Etiopía. Estaban acostumbradas al caos de familia y niños; se adaptaron bien a la escuela, incluso aunque hablaban muy poco inglés. A Aselefech, en particular, le gustaba hacer cosas conmigo: cocinar, limpiar, leer, cuidar el jardín. Tenía que haber estado unida a su madre, recuerdo que pensé, porque fácilmente se acercó a mí.

La escuela secundaria fue un desafío – mis hijos exploraban relaciones, experimentaban una  presión mayor por parte de sus iguales, confiaban menos en mí. En el instituto continuó la era de poner los ojos en blanco, portazos ocasionales, y la intensa lógica adolescente. La mayor parte del tiempo, Aselefech y yo nos llevábamos bien. Ella hablaba conmigo de chicos, aunque mucho más con su hermana, y yo trabajé duramente para mantener la comunicación abierta.

Cuando me dijo que estaba embarazada, no pude evitar enfadarme al principio – ¿no se daba cuenta de que esto le cerraba muchas puertas? ¿Terminaría el instituto? ¿iría a la universidad? ¿Cómo superaría el dolor que le infligirían los que la verían como un estereotipo, la joven madre soltera negra?

Nuestra familia conocía al novio de Aselefech, el padre del bebé, desde hacía años. Miguel iba un curso por encima en el instituto. Aunque participó en las conversaciones referentes al bebé, él y Aselefech no estaban preparados para casarse. Y mientras él contemplaba esta posibilidad, Asefelech decidió no abortar. Así que fui yo quien la acompañé a las citas ginecológicas, a veces de mal humor. El embarazo de Aselefech empezaba a notarse y sus profesores sacudían la cabeza. Mi mente se tambaleaba cuando pensaba en las realidades de criar a un bebé: las emociones, los gastos, las decisiones – todo parecía demasiado para mi hija adolescente.

“No sé si puedo hacerlo, mamá”, me confesó una noche. Yo tampoco lo sabía. No porque fuera imposible, sino porque era tan joven. Nuestra familia tenía los recursos económicos para ayudarla, y yo sabía que su padre, sus hermanos, sus amigos y yo le daríamos apoyo. Aún así – ¿quedarse al bebé y criarlo era realmente una buena elección?

Cuando Aselefech y Adanech tenían 7 años, recuerdo ir a una revisión médica con una doctora nueva. Revisó mi historial mientras charlábamos de mis hijos, y vio que nunca había estado embarazada. Se extrañó hasta que le conté que habían sido todos adoptados. “Una opción donde todos salen ganando, ¿no?”, dijo. “Una criatura necesitaba una familia y vosotros queríais una criatura”.

En ese momento, estuve de acuerdo. Veía la adopción como una situación donde todos ganaban. Siempre había creído en la adopción, cuando se gestionaba con integridad y transparencia; incluso había trabajado para una agencia de adopción una temporada.

Mi comprensión del asunto – y todas sus alegrías y penas – es mucho más profundo ahora de lo que era cuando me convertí en madre. Gracias a mi hija, he visto de primera mano cómo puede ser un embarazo vulnerable: una madre joven con un futuro incierto, para quien el bebé traerá cargas y demandas desconocidas, emoción y energía y sueños pospuestos. A pesar de esto, cuando hablamos de adopción con Aselefech durante su embarazo, se paró y dijo: “No. No puedo imaginarme estar en el mundo, sabiendo que mi hija está en otra parte, no conmigo. Es demasiado triste para siquiera pensarlo”.

Como madre adoptiva, vi que esto con lo que había estado intelectualmente de acuerdo – la madre biológica de mis hijos tomando una decisión dura, amorosa, desinteresada – es una elección muy diferente cuando estás en el otro lado. En verdad, me sentí como se sentía Aselefech: no podía imaginar a mi nieta entregada en adopción. No podía imaginarme a mi hija entregando a su bebé a otra persona.

Cuando vi al bebé en la ecografía de Aselefech, empecé a entender lo que esta criatura podría aportar al mundo. Para mí, la ecografía fue un punto de equilibrio, el punto de inflexión tangible de la ira a la esperanza.

¿Quién sabe en qué se mete cuando se convierte en padre o madre, especialmente a los 17 años? Aselefech tenía pocas amigas con hijos. “Es la parte más dura”, dijo; “soy una extraña entre mis amigas”. Pero para entonces, ella tenía ya confianza en que la apoyaríamos, económica y emocionalmente. “Sé que necesitaré algo de ayuda, pero me puedo hacer cargo de esta criatura”, me dijo. Tuvimos una fiesta de bienvenida del bebé, con amigos y familia, con juegos y regalos. Aselefech tuvo su celebración, y la niña se convirtió en algo más real para ella, mientras saltaba alegremente entre ropas y libros y biberones.

El nacimiento de Zariyah, el 2 de octubre de 2006, fue la primera vez que estuve en un parto. Aselefech rompió aguas a las 2 de la madrugada. Subimos al coche y fuimos al hospital mientras su padre iba a recoger a Miguel. Aselefech recibió la epidural sobre las 4, y dio a luz 4 horas más tarde. Su embarazo había sido remarcablemente fácil, seguido por un parto fácil. Al final, solo sentíamos alegría al recibir a la preciosa, maravillosa, niña a la que mi hija dio a luz.

El nacimiento de Zariyah tuvo efectos de largo alcance en todos nosotros. Para Aselefech y su hermana Adanech, fue un recordatorio de sus propios nacimientos y de su madre etíope. Sabían que las habían entregado juntas en adopción cuando tenían 5 años y medio. “Entregadas en adopción” -una frase tan aséptica, que no mostraba el dolor de la decisión. ¿Cómo habían sido sus nacimientos? ¿Quién estaba con su madre cuando nacieron? ¿Quién se ocupó de ellas tres después?

En ese momento, no teníamos respuestas para estas preguntas. Sacamos a la luz algunas de las dudas mientras Zariyah se convertía de bebé en niña, y guardamos otras muchas en nuestros corazones. Nos pusimos en contacto con la agencia de adopción que ofrecía servicios post-adopción en Etiopía, y nos mandaron a una trabajadora social del pueblo que se mencionaba en los papeles de adopción de las niñas. La trabajadora social encontró a alguien que conocía a alguien cuyas gemelas habían sido adoptadas desde los Estados Unidos.

Dos años después del nacimiento de Zariyah, en 2008, viajé a Etiopía a petición de Adanech y Aselefech, que no se sentían preparadas para ir ellas – estaban asustadas de que la muerte u otras pérdidas pudieran haber ocurrido en el tiempo transcurrido desde su adopción. Viajé dos horas desde Addis Abeba hasta el pueblo donde mis hijas habían pasado los primeros 5 años, y allí me encontré con la otra madre de mis hijas.

Encontrarme cara a cara con Desta fue una de las experiencias más poderosas de mi vida. La acompañaba su marido (el padre de las niñas), muchos de sus hijos (los hermanos de mis hijas), y dos de sus nietos (los sobrinos de mis hijas). Estábamos apretujados en una habitación pequeña y oscura, algunos sentados, otros de pie. Como la cultura etíope da mucho peso a la cortesía y la deferencia, me dieron la mejor silla, y me ofrecieron café en primer lugar. Hubo muchas oraciones, ofrecidas por los hombres, y que me tradujeron someramente: “La familia está muy agradecida. Dan gracias a Dios”. Sonreímos mucho, asentimos con la cabeza, nos limpiamos lágrimas de los ojos.

Le di a Desta, cuyo nombre significa alegría en amariña, un álbum de fotos que mis hijas y yo habíamos preparado para ella. Ella murmuró “amaseganallo”, gracias, y miró lentamente el álbum mientras yo charlaba sobre las fotos: “Esto es cuando estaban en un equipo de fútbol grande. Esta era su foto escolar. Estos son mis hijos, sus hermanos, adoptados en Estados Unidos. Esta es nuestra casa”. No sé que le dijo el traductor. Desta tocó cada pintura, hablando suavemente con sus hijos, que también miraban las fotos de sus hermanas y lloraban silenciosamente. Dí a Desta algunas fotos enmarcadas, primeros planos de Aselefech y Adanech. Recuerdo como acarició sus mejillas, sus caras capturadas en las fotografías.

Las hijas trajeron injera y doro wat, el tradicional pan esponjoso y estofado de pollo, con batallas de Fanta y Coca-cola. Alguien le quitó los álbums y las fotos a Desta, que los había estado sujetando con fuerza, y los guardó en otra habitación. Vi un punto de tristeza en sus ojos en ese instante, seguidas por una aceptación resignada, anhelante. Cuando fue el momento de irme, le dije, muchas veces, “Amaseganallo”. Ella dijo “Gracias”, mucha veces. Nos abrazamos, y nos hicimos fotos, y entonces me marché.

Sé lo que significa ser una madre adoptiva, querer tan profundamente a mis hijos. Conozco el dolor de la infertilidad, de querer desesperadamente una criatura a la que amar. Pero no conozco cómo es ser madre biológica, estar embarazada y dar a luz, tener esta conexión innegable. Cuando me encontré con Desta, finalmente empecé a entender el dolor de una madre de nacimiento. Desta y yo amábamos ambas a Adanech y Aselefech más de lo que las palabras pueden decir, pero ella tuvo que perderlas para que yo pudiera quererlas.

Traje de vuelta fotos e historias para compartir con nuestras hijas. Poco después, Aselefech – por primera vez desde que salió de Etiopía – habló con ella por teléfono. Había olvidado el amariña de su infancia y necesitó la ayuda de un traductor.

En 2011, cuando Zariyah cumplió 5 – la edad en la que mis hijas fueron llevadas al orfanato de Addis Ababa – Aselefech y yo volvimos a hablar del dolor que su madre tuvo que sentir cuando perdió a sus gemelas de 5 años. No podíamos imaginar perder a Zariyah, enviarle al otro lado del mundo, quizás nunca volver a verla. El día del cumpleaños de mi nieta, las dos lloramos por una pérdida que ambas imaginamos siendo inimaginable.

Ese verano, Aselefech y yo viajamos juntas a Etiopía, y se encontró con su familia: madre, padre, hermanas, hermanos, cuñados, sobrinos, sobrinas, tíos, tías, y primos. Hubo muchas lágrimas, abrazos, besos, oraciones, y traducciones. Varios de los hombres hablaron al grupo. Las traducciones a menudo parecían cortas, dada la extensión del amariña. En un momento raro, tranquilo, Aselefech preguntó a su madre por qué ella y su hermana habían sido entregadas en adopción.

Su padre respondió: en 1988, la hambruna y la guerra les dejaron sin comida suficiente. Los trabajos eran escasos. Teníamos otros 5 hijos. Aselefech preguntó quién las llevó al orfanato. Su padre respondió que fue él, con el hermano mayor de las niñas.

Desta parecía hablar y entender poco inglés, mientras que sus hijos – especialmente los chicos – comprendían un poco y a menudo respondían por ella, no siempre traduciendo nuestras preguntas. Hacia el final de nuestra visita, Desta habló directamente con Aselefech. “Tu madre dice que no estaba en casa el día que os llevaron al orfanato”, dijo el traductor. “Ella no quería que os marcharais”.

No poder hablar sin la ayuda de un traductor añadió un punto de tristeza. Nos llevaría muchas más visitas y muchas conversaciones cruzar las diferencias culturales y gestionar todas las emociones del reencuentro. A pesar de esto, fuimos capaces de hablar, compartir fotos, hacer preguntas. Y por primera vez desde que era una niña, Aselefech pudo mirarse en rostros que reflejaban su historia.

Sé que Aselefech y Adanech nos aman profundamente a sus padres adoptivos. Son conscientes de cómo habrían sido de distintas sus vidas si se hubieran quedado en Etiopía. Ciertamente, han tenido algunas ventajas económicas y oportunidades gracias a la vida que han tenido aquí. ¿Qué peso tiene esto, sin embargo, respecto a perder a su padre, madre, hermanos de origen – a su país, lengua, herencia, cultura? Estas pérdidas son imposibles de medir, y no pueden ser ninguneadas.

Si uno de mis hijos muriera, no sé si me podría recuperar jamás. Incluso teclear estas palabras me asusta. Pero, ¿cómo más puedo intentar empatizar con lo que han pasado cientos de miles de madres en todo el mundo, las que perdieron a sus hijos en adopción porque no tuvieron otra oportunidad? ¿Como podemos cualquiera de los implicados en adopción, los que nos hemos beneficiado de ella, no hablar en nombre de los incontables padres y familias que han perdido a sus hijos por esta vía? ¿Cómo podemos pensar que no les duele profundamente?

Es difícil para muchos padres adoptivos aceptar que el precio de nuestra alegría ha sido un dolor enorme. Gracias a mi propio privilegio, he tenido el luxo de ver a mi hija rechazar este dolor y quedarse con su hija, aunque era joven y su embarazo inesperado. Aselefech es una madre fantástica, y se graduó en Sociología en la Universidad. Zariyah es una niña brillante, sana, activa, que toma clases de ballet y va a una escuela maravillosa.

En 2014, Aselefech, Zariyah y yo fuimos a Etiopía juntas, y Zariyah, que tenía 7 años, conoció a su abuela etíope por primera vez. La visitamos en la habitación delantera de su modesta casa, nos sentamos juntas en un sofá bajo. Otra vez, había mucha gente presente – familiares, vecinos, gente de la Iglesia, y amigos. Zariyah se sintió comprensiblemente desbordada por la gente y las emociones que había en la habitación. Se sentó en silencio, escuchando, y tardamos un rato en darnos cuenta de que las lágrimas le caían por el rostro. Nos los dijo después. “No conozco a esta gente, y no sabía que estaban diciendo. Y son mi familia, pero son extraños. No sabía qué hacer. Creo que se suponía que tenía que estar contenta. Pero me sentí triste”.

Desta conoce y ha besado a Zariyah, una de sus muchas nietas. Nunca olvidaré verla hablar suavemente a su nieta americana, acercándose a acariciar gentilmente la mejilla de Zariyah. Después de perder a sus hijas queridas en adopción durante 20 años, Desta ahora las tiene de vuelta – en algún sentido – pero hay 8.000 millas entre ellas.

Aselefech y Adanech están en contacto con su familia etíope, les mandan fotos y noticias; habrá más visitas. La suya es una conexión biológica que yo no comparto, pero que ahora reconozco como importante e intensamente potente. No tengo conexión biológica con mis queridos hijos y nieta, pero están cerca de mí. Vivimos todos con el conocimiento de que muchas cosas podrían haber sido distintas, y todos compartimos la esperanza y la alegría que nos ha traído Zariyah.

Anuncios

Comentarios en: "Una luz nueva: cómo el embarazo de mi hija me hizo repensar la adopción." (5)

  1. Madre de Marte…
    Gracias!…Conmovedor por un lado. Esperanzador también. Un reto, el repensar (nos)…

  2. Que intenso !
    Nosotros decidimos hacer la búsqueda por asegurarnos de que la información que teníamos de nuestro hijo era cierta y porque sentíamos de la misma manera la necesidad de que llegase información de nuestro hijo a la familia biológica.
    El primer encuentro con su madre biológica fue de los más emocionantes de mi vida…Y la vuelta al país de origen de él y el encuentro con ellos surrealista total…
    Es complicado cuando se necesitan uno incluso más traductores. Escuchas conversaciones largas y te lo traducen todo en dos frases…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Nube de etiquetas

A %d blogueros les gusta esto: