familia monoparental y adopción

Archivo para febrero, 2017

Cuando una madre adoptiva dice… a mi hija no le interesa buscar

A mi hijo no le interesa buscar. No quiere saber nada de su vida antes de la adopción. Sus padres somos nosotros. No muestra ninguna curiosidad.

¿Quién no ha oído estas frases alguna vez de boca de padres adoptivos? La autora de este texto, una madre que entregó en adopción a su hija, lo ha hecho… y tiene respuesta para ellos.

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¿Qué le dices a alguien con quien te encuentras para almorzar que te dice que tiene una hija adoptada que “no tiene interés en buscar” tan pronto como oye el tema de último libro? Su hija tiene veintimuchos.

Le dije que muchos adoptados no buscan hasta que sus padres son muy mayores o han muerto, porque es cuando se sienten libres para hacerlo. Le dije que los adoptados no buscan porque inconscientemente tú (madre adoptiva) has dejado claro que hacerlo te heriría mucho. Lo entendió. Y añadió que siempre pensó que su hija buscaría algún día. Me di cuenta de que mi nueva conocida instintivamente entendió que el deseo de conocer la propia historia y reconectar con la familia en algún nivel era instintivo, y no inusual. No estaba siendo agresiva; creo que simplemente estaba sorprendida de conocer a una madre biológica en la vida real, en el almuerzo de Año  Nuevo del estudio de una artista.

Lo que pensaba es que no importa cuánto tratemos de mostrar nuestra realidad – esto es, la de los adoptados y las madres naturales – nuestras voces no llegan a suficiente gente para marcar la diferencia necesaria. La película ocasional en Lifetime – ni siquiera la película “Philomena” – no ha penetrado lo suficiente en nuestra consciencia social. Son vistas como “historias de mujeres”, aunque los chicos también son adoptados y los padres de nacimiento y adopción están por todas partes. Yo he intentado llegar con mis escritos, pero me quedé allí pensando en el camino que queda por recorrer.

La adopción, para toda la gente implicada – incluidos los abuelos de la gente que adopta – es un tema tan delicado. La racionalidad salta por la ventana, y entran la emoción, sentimientos fuertes y apasionados. Incluso los amigos pueden extrañarse cuando una madre natural cambia de idea y decide quedarse con su hijo. En vez de comprensión por la mujer que está incluso valorando la entrega de su hijo, es probable que oigan lo horrible que es para la madre adoptiva en espera. Cómo ha batallado con la infertilidad, cuánto tiempo, dinero y emoción le ha costado llegar hasta allí– ¿qué le pasa a la madre de nacimiento??! O digamos que eres un editor que escogió una adopción cerrada cuando era posible una adopción abierta;  probablemente no estarás dispuesto a publicar una historia sobre por qué las adopciones cerradas no son positivas, cuánto conflicto sienten los adoptados o qué sucede a las madres naturales, quizá como la que gestó a tu hijo… no quieres ni pensar en ella porque… ¿qué puedes hacer en cualquier caso?

La conversación continua: rápidamente averiguo que la mujer que me habla al lado de la mesa con una selección de quiches, conocía la adopción abierta en 1989 cuando adoptó –y sabía que cada vez era más habitual – pero se decidió contra esta opción porque “no sentía que pudiera gestionarlo”. Dijo que podía sentirse demasiado implicada con la madre natural. La mujer no es agresiva ni maleducada, simplemente honesta. Me gusta su honestidad, pero pensé: ella no podía gestionar la idea de compartir a su hija con otra mujer, porque esto es lo que significa una verdadera adopción abierta es – y debería ser. Ella tuvo que borrar el capítulo de la madre natural en su historia de adopción.

Respondí con tacto pero de forma directa, pero no señalé lo obvio, que cuando adoptó pensó en lo que podría gestionar ella, no en lo que su hija perdía, y en el impacto de ser arrancada de su madre natural y su familia. Aunque era obviamente inteligente y leída, dejaba de lado estos asuntos; no habían entrado en su pensamiento cuando adoptó. Sabía que sí seguíamos hablando, no importa cómo escogía mis palabras, parecía que la confrontaba si desafiaba sus ideas. Es rara la situación donde puedo discutir sobre adopción y el abanico de problemas relacionados – especialmente con un padre adoptivo – sin una reacción emocional y seguramente esta no era una excepción. Había tanto que quería decir. Terminé la conversación antes de que mi corazón se disparara. Ya lo sentía latir.

Cuando se fue, me dio su tarjeta, y me dijo que iba a comprar mi libro. Tenemos que educar, uno a uno, siempre y dónde podemos. Hablar nos ayuda a todos.

Idea tardía: la próxima vez que alguien me diga “mi hij@ no está interesado en buscar”… (a menudo precedido por “le pregunté”… supuestamente telegrafiando la idea de que preguntar en algún momento les exonera), voy a decir: ¿No te parece extraño?

Porque las personas no adoptadas entienden por qué la reacción normal es tener interés en la historia de tu propio nacimiento y familia, y en ¿Quién? ¿Dónde? ¿Por qué no me crió mi madre??? Los padres adoptivos deben reconocer que la falta de interés en la historia propia es atípica, pero no quieren reconocerlo. La respuesta de “falta de interés” no desafía su posición como padres únicos que merecen amor e interés.

La persona que “no está interesada” en su paternidad/ maternidad ha aprendido que la respuesta apropiada a sus preguntas es expresar este no-interés, y así han asumido este no-interés. Saber que expresar interés por su propia historia de nacimiento va a ser interpretada como “¿No somos suficiente para ti?” y así herirán a sus padres, a los que presumiblemente quieren. Finalmente, si sabes que nunca puedes tener algo, ¿para qué seguir anhelándolo? ¿Especialmente cuando expresar esta curiosidad herirá a alguien a quien quieres?

Sí, la próxima vez que oiga lo de “falta de interés” de alguien,, diré: ¿No es extraño? ¿Por qué crees que sucede esto? ¿Puedes imaginar no estar interesado en quién eres o de dónde vienes?

Es la respuesta más honesta, y pone la pelota en el tejado de quién pregunta. En el pasado, me he puesto a la defensiva cuando alguien me dice de la falta de interés de su hij@ en alguien como yo, pero quizás esto cambiará emocionalmente para mí.

Los padres adoptivos deberían ponerse a la defensiva si sus hijos expresan falta de interés en su propia vida. ¿Qué hicieron los adoptantes, o el sistema, para capar la curiosidad natural sobre las propias raíces? Como otros han dicho, la curiosidad en cualquier otra área es vista como un signo de inteligencia. En adopción, en cambio, esta curiosidad se ve como una patología. Es hora de cambiar las tornas y ver la falta de interés, no como una patología, pero al menos como una pista que nos haga saltar las alarmas.

La hija de Joni Mitchell

Conocí a Joni Mitchell (como cantautora, claro) por allá en los años 80, cuando como todas las adolescentes pensaba que estaba inventando el mundo y cuando, mientras mis compañeros de generación se deleitaban con Bruce Springsteen o los Dire Straits, yo prefería escuchar los viejos discos de mi padre y aprenderme a base de machacarlos las letras protesta de los años 60.

I am a woman of heart and mind, with time in my hands, no children to raise…

No ha sido hasta hace muy poco que he sabido que, cuando era ella misma una adolescente, Joni Mitchell dio a una hija en adopción, ni siquiera había escuchado “Little Green”, la canción en la que habla de ella.

En este artículo habla de su historia:

En 1965, Joni Mitchell era Roberta Joan Anderson, una estudiante sin un centavo de la Escuela de Arte de Alberta en Calgary, Canadá. Su padre era gerente de un almacén y su madre, maestra en Saskatoon, Saskatchewan.

“Dí a luz cuando estaba en la escuela de arte, a los 20 años, cerca del final del período. Lo principal en ese momento era ocultarlo. El escándalo era tan intenso. Un hijo no podía ser algo más desdichado. Socialmente te arruinaba. El estigma era increíble. Era como haber asesinado a alguien.” No quería que sus padres lo supieran, así que no podía pedirles ayuda. El padre de la niña, un compañero de la escuela, no estaba preparado para formar una familia. El aborto no era una alternativa. Y Mitchell no se sentía preparada para hacer de padre y madre a la vez. “Una madre infeliz no cría un niño feliz”, dice.

Complicaciones del nacimiento la mantuvieron en el hospital otros 10 días, lo cual significó que vio y tuvo en sus brazos al bebé al que había llamado Kelly Dale Anderson. “No tenía dinero. No tenía hogar. No tenía trabajo. Pero intenté encontrar algún tipo de solución que me permitiera quedarme con ella sin lastimarla. Ni a ella ni a mí misma.” Pensó rápidamente en “un matrimonio por conveniencia” con el cantante folk norteamericano Chuck Mitchell, con la intención de conservar a la niña. También estaba la promesa de un trabajo en Detroit. Pero aparte de un nuevo apellido, no quedó nada. “Un mes de matrimonio y se fue. Huyó despavorido. El matrimonio no tenía ninguna base, excepto que me servía para darle un hogar a la niña.” La agencia de adopción estaba apurando a Mitchell. Le decían que cuanto más esperara, más difícil sería ubicar a la niña. En el segundo mes de matrimonio, Mitchell entregó a Kelly Dale en adopción. “Dice en los papeles que en la audiencia me puse muy emotiva, y seguramente fue así. No recuerdo nada. Es algo que tengo bloqueado”. En retrospectiva, Mitchell siente que hizo lo correcto. “Hice una apuesta”, dice. “Aposté a que la gente que venía a llevarse a esta niña la quería y sentía que había un agujero en su vida sin ella”.

Unos tres años después, la carrera de Mitchell comenzó a despegar. Kelly Dale sería la única hija de Mitchell. “Parecía que nunca era buen momento para tener un hijo. Pienso que parte de la dificultad era encontrar un hombre que quisiera un hijo. Era un tiempo muy irresponsable en general para esa generación. Todos teníamos el síndrome Peter Pan.” Mitchell había intentado buscar a su hija, pero tuvo mala suerte. La naturaleza de la búsqueda cambió hace cuatro años cuando una de las compañeras de cuarto de la escuela de arte de Mitchell en los 60 vendió la historia de la adopción a un diario de supermercado. En ese momento, Mitchell dice “me dolió en el alma” que alguien que debería haber sido comprensivo hiciera algo así. Pero la traición trajo aparejada una publicidad enorme. Afortunadamente para Mitchell, Kelly Dale Anderson -ahora Kilauren Gibb- estaba buscando a su madre biológica.

Hace unos cinco años, Gibb, de 27 años, supo por sus padres que era adoptada. Estaba embarazada y quiso conocer a sus padres biológicos. Llamó a Childrens Aid en Canadá, donde la pusieron en una lista de espera. Recién el 31 de enero de este año llegó un paquete con el material biográfico sobre sus padres de nacimiento. Pero sólo era información general. Había “fechas, alturas, que tenían talentos musicales”, dice Gibb por teléfono desde Toronto. “Era el tipo de descripciones breves que se dan para los personajes en una obra de teatro.” Gibb fue a una biblioteca y no encontró nada sobre la cantante. Como era alumna de una escuela de computación, buscó en Internet, donde hay una página de Joni Mitchell.

“Estaba leyendo esto cuando apareció en la pantalla y pensé Dios mío, todos estos datos coinciden. Mamá tuvo polio a los nueve años, el abuelo estaba a cargo de un almacén, la abuela era una maestra… Saskatchewan… novio en la escuela de arte. Había como 14 o 15 coincidencias.” Gibb llamó a la oficina del manager de Mitchell, que la había mantenido al margen por la cantidad de llamados que recibían. Pero la información que Gibb poseía parecía prometedora, de modo que Mitchell le pidió a su manager que llamara y escuchara su voz.

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Su manager habló con Gibb. “Regresó y dijo que estaba totalmente azorado. Dijo que era como hablar con la misma persona.” Gibb vino a Los Angeles con su hijo de 4 años, Marlin. Mitchell ahora tenía una hija y un nieto. “Kilauren dijo que ahora tenía que verlo crecer”, dice Mitchell.

Descubrieron similitudes y diferencias -a Mitchell le gusta el hígado frito con cebollas y Gibb no toca la carne roja-. Gibb no tenía ninguno de los álbumes de su madre, pero le gustaba el dúo que hacía en If I Could. Ambas se casaron con músicos. Mitchell se divorció dos veces. Gibb está separada del padre de Merlin, un baterista de Toronto. Mitchell piensa que su hija se parece a su propia madre. Gibb está segura de que ella y su madre “estaban en Studio 54 en los 80 bailando juntas sin saberlo. Yo vivía en Nueva York cuando ella tenía un departamento allí”.

Gibb tenía una carrera de 13 años como modelo internacional. (La Gibb de 16 años aparece en el catálogo de Danskin de 1981 con Denise Brown, hermana de Nicole Brown Simpson.) Gibb dice que le fue bien en avisos impresos, videos de rock, comerciales de televisión y papeles cortos en películas, incluyendo The Freshman.

Todavía había muchas cuestiones por resolver. Tal vez un encuentro con su padre. Mitchell está preocupada porque los padres adoptivos “sientan que esto interfiere en su relación con Kilauren. Es una relación diferente. Yo les debo mucho a ellos. Les estoy profundamente agradecida por todo. Había estado acertada. La criaron muy bien.” Gibb dice: “Hay un cordón umbilical que nunca se cortó”.

 

Cuenta sus razones en esta entrevista:

 

Dice que no renunció a su hija por su carrera, como se ha dicho, porque entonces no tenía carrera ni ambición, cantaba en locales para sacar algún dinero para sus gastos. Dice: Ni siquiera veías a tu hija. Lo correcto para proteger a tus padres era irte de la ciudad, entrar en un hogar. Muchas chicas cayeron porque todo estaba cambiando respecto al sexo, era muy confuso ser un mujer joven entonces. La píldora no estaba disponible, nacieron muchos niños no deseados, en 1965, más de los que podían ser adoptados. No había sitio donde llevarla, no tenía trabajo. Entró en acogida, yo intenté encontrar trabajo y establecerme para recuperarla. No encontré trabajo, la gente se aprovechó de mí, yo era una criminal, una mujer caída, era todo muy difícil.

Unas palabras que me devuelven el convencimiento de que un porcentaje importante de las madres que renunciaron a sus hijos no lo habrían hecho si hubieran tenido apoyo.

Y me resulta sangrante la frase “lo correcto para proteger a tus padres”… ¿no somos los padres los que tenemos que proteger a nuestros hijos, más aún si están en una situación difícil?

 

Homosexualidad y adopción

Cuando se habla de adopción y homosexualidad, a menudo nos quedamos solo en el derecho de los gays a adoptar, en las dificultades que afrontarán las familias homoparentales por adopción, a las capas de complejidad que esto añade a las vidas ya muy complejas de los hijos… La gestión de la diferencia, la necesidad de pertenencia, la visibilidad de la familia (doble en el caso de adoptados transraciales).

Pero hay más:

¿Cómo ven, o cómo verían, los países de origen que haya niños que son adoptados por familias homoparentales, incluso cuando la legislación lo prohíbe? A nadie se nos escapa que las restricciones para adoptar que se ponen a las (Y sobretodo los) monoparentales tiene en muchos casos que ver con esto: con que bajo el perfil de “monoparental” hay muchas veces una persona o una pareja gay que no tiene otra forma de adoptar.

¿Cómo ven o cómo verían, las familias de origen de nuestros hijos, que ellos hubieran terminado en una familia homosexual?

¿Qué relación podemos mantener con el país de origen de nuestros hijos si es un país donde la homofobia está generalizada, donde incluso es peligroso? ¿Cómo viajamos y cómo nos movemos por lugares donde la sociedad y la ley no aceptan lo que somos?

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¿Y qué pasa si son nuestros hijos los que son gays? ¿Cómo pueden relacionarse  personas criadas en un país “tolerante”, con un país de origen donde su opción sexual no existe oficialmente o está perseguida? O si son transexuales, ¿cómo entran como mujeres al lugar del que salieron como hombres – o viceversa?

Mucho que pensar.

La luz entre océanos

Anoche vimos “La luz entre océanos”, una película que habla en cierta manera de adopción, o de la peor cara de la adopción.

Una pareja vive en un faro, en una isla entre dos océanos, aislados del mundo. La mujer, que tiene un gran deseo de ser madre, ha tenido dos abortos, cuando aparece un bote con un hombre muerto y una bebé. A pesar de ciertas resistencias de él, deciden quedársela. Pero esta niña, claro está, tiene una madre…

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La película me pareció un buen retrato de  la posición de muchos adoptantes: la falta de ética, el mirar hacia otro lado, los argumentos, “la niña está mejor con nosotros”, el no querer saber, la mala consciencia…

 OJO: a partir de aquí hay spoilers.

La escena en la que la “madre adoptiva” (apropiadora) se tiene que separar de la niña me recordó tremendamente a la escena de la familia de Sueca, padres preadoptivos de Juan Francisco: que difícil se lo ponen a la criatura, que poco piensan en ella.

Y me llamó la atención otra vez lo doloroso que es el retrato de esta separación y pérdida de la niña de todo lo que conoce… lo que te afecta cuando la ves… y el poco valor que damos los adoptantes a la misma separación cuando es para ser adoptado.

Lion

Vimos, finalmente, Lion, la película basada en la búsqueda de Saroo, un niño indio que se perdió con 5 años, fue llevado a un orfanato y adoptado por una familia australiana.

Pasan 20 años, ha crecido como australiano, la India es una referencia exótica para él… y de repente, el color, el olor y el sabor de un plato de su infancia le regresa a sus primeros 5 años perdidos. Y este chico, tan australiano, tan integrado, tan equilibrado… lo deja todo para obsesionarse con esa búsqueda que no dará resultados hasta 10 años más tarde.

Una historia tan compleja, con tantas cosas, contadas, a veces, con secuencias muy simples: la conversación entre Saroo y su madre adoptiva sobre por qué fueron adoptados; la llegada de Mantosh, hermano adoptivo cargado de secuelas de un pasado que se intuye durísimo; la conversación con los amigos de la universidad en los que él muestra su desapego de su país de origen; y, sobretodo, la comida en la que la madre adoptiva se niega a retirar los cubiertos para el hijo ausente: Que forma más sencilla, gráfica y profunda de explicar lo que es la incondicionalidad. Seguir esperando, siempre, pase lo que pase. Pagues el precio que pagues.

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C., adoptada adulta que lleva años buscando sus orígenes también, ha hecho esta crítica personal e intransferible:

Algunas de las razones por las que me gustó mucho: porque muestra a las claras que el deseo de saber e interesarse por la familia biológica no es incompatible con tener una excelente relación con los padres adoptivos; porque muestra también que reencontrarse con los orígenes da paz y no menoscaba en nada el amor de los adoptados por sus padres adoptivos; porque muestra que la adopción es la mejor reparación posible ante una desgracia, ante una pérdida inmensa, y no un cuento color de rosa; porque muestra que el amor no lo puede todo, que hay heridas demasiado profundas (pienso en el personaje del hermano adoptivo); porque muestra que sí, que es posible amar a dos madres; porque muestra el dolor inmenso de una madre que no pudo estar junto a su hijo tantos años y en medio de ese dolor, su amor es inmenso también y acepta que la madre adoptiva es tan madre como ella; porque demuestra, en suma, la incondicionalidad del amor. Me parece que es una película que va a hacer mucho bien, sobre todo va a hacer pensar a los padres adoptivos que el silencio (mi hijo no quiere saber) no siempre refleja lo que en realidad siente su hijo adoptado, que el silencio puede ocultar sufrimientos secretos. Algo que llama la atención es que a padres tan empáticos como los de la película no se les ocurriera que el comportamiento extraño de su hijo pudiera tener algo que ver con su búsqueda de orígenes, con su conflicto de identidad; nunca sacan el tema. Por otro lado, es una actitud muy habitual; en ese sentido, creo que la película hace un aporte muy positivo. En cuanto a la búsqueda, acierta en mostrar las sucesivas oleadas de obsesión, desmoronamiento, depresión, conflicto, etc. Me pareció muy realista. Así buscamos: por momentos, obsesivamente; luego, nos preguntamos para qué y abandonamos un año, volvemos a obsesionarnos, etc. Y en el camino, nos desconectamos de quienes tenemos al lado: pareja, familia, etc. La diferencia también es que el protagonista sabía que su madre se alegraría de verlo; la mayoría de nosotros, no tiene esa certeza.

Yo me sentí muy identificada, sobre todo con la angustia que provoca el proceso de búsqueda, que me parece especialmente bien mostrado en la película. Esa mezcla de sentimientos cruzados y contradictorios, esa doble culpa (sentimientos de traición hacia los padres adoptivos y sentimientos de culpa con los biológicos, por haber vivido una vida más cómoda y privilegiada que ellos, por “olvidarlos”) y sobre todo, una enorme soledad (la sensación de que nadie de nuestro entorno nos termina de entender).

En resumen: ¡vayan a verla!

 

 

Nosotras, las de entonces…

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Me recuerdo desde mi infancia queriendo ser madre. Imaginando, esperando, previsualizando, cómo serían mis hijos, cómo sería mi vida. Añorando algo que no había vivido.

Sabía exactamente la clase de madre que sería.

Paciente, abierta, incansable, siempre dispuesta al diálogo y el pacto, preparada para tirarme en cualquier momento a jugar sobre la alfombra, leerles cuentos, cantar nanas hasta que se durmieran.

En algún lugar, el diablo aún se ríe de mis planes.

Nada me preparó para una realidad mucho más compleja, más demandante, con muchas más aristas… de lo que yo había podido imaginar.

¿Soy más feliz que antes de ser madre? ¿Me ha completado de alguna manera? ¿Ha respondido a alguna de mis preguntas?

Como decía Benedetti, cuando ya tenía todas las respuestas me cambiaron todas las preguntas. Y tuve que aprenderlo todo.

Nada me ha hecho crecer, pensar, aprender… evolucionar, como tener a mis hijos.

Es como haber entrado en otra dimensión.

No soy más feliz, ni me siento menos vacía.

Soy otra persona.

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