familia monoparental y adopción

Archivo para marzo, 2017

Lo escolar (2)

Hablábamos de lo escolar en el post anterior. De lo difícil que es, de las consecuencias de una mala elección, de los precios que pagamos por intentar adaptarnos y adaptarlos.

Estos días han caído en mis manos un par de artículos que encienden una luz de esperanza, a pesar de todo.

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Una es esta entrevista al brillante humorista radiofónico Juan Carlos Ortega. Este es el fragmento en el que habla de lo escolar:

-En el colegio me sentí muy tonto, pero ¡es que lo era de verdad! Muchas veces, tras esa frase de “yo era muy tonto” se esconde una vanidad que se traduce en “lo que me pasaba a mí es que era muy inteligente y vivía en mi mundo”. Pues no. Yo no estaba en un universo más elevado, es que, por lo que fuera, no me enteraba de nada. Lo cual no implica que ahora te pueda hablar bien de mí y de mi inteligencia, pero de niño, ay, no me salían las cosas. Los profesores pensaban lo mismo, y el Padre Paíno les decía a mis padres, este chico no hará nunca nada importante. Me da rabia esa gente que cuando hace algo relevante en su trabajo anda ajustando cuentas con el pasado y siempre porque los profes eran muy burros.

-Pero reconozco que sentía como una tristeza, una melancolía, porque mi falta de talentos era general. No se me daba bien nada. Ni hacer un puzzle podía. Si jugaba al fútbol y de pronto me iba, mis compañeros ni reparaban en mi ausencia. No entendía las matemáticas, que luego me han entusiasmado. Yo creo que mi cerebro evolucionó muy lentamente.

-A partir de los 16 años me empezó a interesar el mundo de la cultura a través de la ciencia, de la serie Cosmos. Y eso me llevó a los libros, de Asimov a Shakespeare. Empecé a destacar en FP, porque yo no me saqué el graduado escolar.

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La otra es la historia de la escuela Joaquim Ruyra, que “desafía todos los dogmas del sistema educativo: está en un barrio conflictivo, el 92% de los alumnos son extranjeros… y aún así logra mejores resultados que muchos colegios de élite”. Pongo solo un fragmento, pero os recomiendo leer el artículo entero.

En primer lugar, todas las aulas tienen las puertas abiertas y desde el pasillo se oye un runrún de voces. Antes de cruzar el umbral de la clase de quinto veo un niño sikh con el moño tradicional en la frente, una niña negra altísima y un chaval con cenefas en el cuero cabelludo. De repente me asalta una timidez infantil. Una clase, o lo que muchos entendemos por ella, es uno de los espacios más solemnes a los que uno puede enfrentarse. Sin importar la edad, siempre revive el miedo a ser observado, evaluado. Los alumnos de quinto curso están divididos en cuatro grupos. Deben realizar cuatro actividades distintas de 20 minutos de duración. Éste es el tiempo que, según el equipo directivo, son capaces de mantener una concentración óptima. De modo que la clase de matemáticas durará dos horas. Cada equipo realizará cuatro actividades relacionadas con la asignatura. Los grupos interactivos, así se llama este sistema, es como funcionan aproximadamente el 60% de las horas lectivas en el Joaquim Ruyra. Como herramientas de apoyo están el cronómetro digital colgado en la pared y cuatro adultos, uno en cada conjunto de mesas. «Hoy tenemos dos voluntarios, un lujo», apunta Raquel, la directora. «Siempre garantizamos que haya al menos dos adultos por clase, el tutor y un maestro de apoyo, luego jugamos con los voluntarios». Esta es una de las pocas rebeliones formales del centro: los maestros de educación especial y del aula de acogida se integran en la clase ordinaria. «Al segregar a los alumnos la autoestima bajaba en picado», dice Raquel. «Es como una escuela de idiomas en la que tus compañeros no saben nada y no quieres hablar con tu profesor. Les dábamos un cuaderno especial que terminaba sirviendo de excusa cuando algo les parecía difícil: ‘¡Profe, es que soy del aula de acogida!’».

Lo escolar (1)

La escuela es el principal caballo de batalla para los niños y niñas adoptadas (y para sus familias). Dificultades de aprendizaje, conflictos, ritmos distintos a los de otras criaturas, otras formas de aprender, peleas, racismo, bullying…

Seguro que no pocas familias se sentirán identificadas con este texto publicado en el blog En este preciso instante.

No hay texto alternativo automático disponible.

 

Mi hija es alegre.
Mi hija es hermosa.
Mi hija es cariñosa.
Mi hija es empática.
Mi hija es ordenada.
Mi hija es trabajadora.
Mi hija es graciosa.
Mi hija es ingeniosa.
 
Sin embargo…
 
Mi hija se siente triste.
Mi hija cree que es muy fea.
Mi hija se muestra arisca.
Mi hija se aleja de los demás.
Mi hija pierde en interés en sus cosas.
Mi hija se rinde antes las dificultades.
Mi hija se ofende con las bromas.
Mi hija está a la defensiva.
 
En medio de esas dos listas hay algo muy simple. Tan simple como un colegio.
 
Un lugar en el que la convencieron de que no era capaz ni de hacer la fila y la llevaban de la mano la primera. A ella, que es la primera que se levanta de la cama y se viste, eso sí, después de combinar cuidadosamente el modelito del día (“mamá, tú no entiendes de moda”).
 
Un lugar en el que un día, la profesora de PT, en medio de una conversación en la que yo mencionaba lo bonita que iba a ser de mayor me corrigió y me dijo “bueno…atractiva” y los niños la llamaban fea sin cesar, por sus ojos de almendra.
 
Un lugar en el que nadie la invitaba a los cumpleaños, incluso si, por compromiso acudían a suyo.
 
Un lugar en el que la convencieron de que no sabía recoger su material y hacían que otros niños lo hicieran por ella. A ella, que se hace la cama cada mañana y que recoge todos sus juguetes. A ella que conserva las mismas ceras desde hace tres años.
 
Un lugar en el que nunca le dieron alas para aprender y donde, cuando yo les contaba los grandes avances que observaba trabajando con ella en casa me contestaban…”bueno, bueno…con los pies en el suelo” y la ponían a colorear en un rincón.
 
Un lugar en el que una niña la acosó durante dos años sin que nadie en el colegio pusiera remedio. A ella, que deseaba más que nada en el mundo tener amigas.
 
Un lugar en el que el castigo cuando según ellos se lo merecía, era llamarla bebé y llevarla a la clase de los más pequeños del colegio.
  
¿Porqué lo aguantamos? Porque a veces no ves lo que tienes delante de tus narices hasta que te alejas un poco. Porque la vida no nos permitía escoger en ese momento. Porque  estábamos abrumados y nos convencían de que no había otra manera de hacer las cosas. Porque hasta en esto, hay que aprender y nosotros éramos ignorantes en este territorio.
 
Mi hija se enfrenta ahora a un gran desafío. Un colegio nuevo en el que, por ahora (tengo demasiadas heridas como para confiar completamente) le han abierto los brazos. Es un macrocolegio con cientos de niños de todas las edades. Y muchos, muchos de ellos, son niños especiales en inclusión. O sea, en un aula normalizada.
 
Yo tenía tanto miedo…un colegio tan grande y mi niña tan pequeña. ¿Y si realmente no sabia hacer la fila? ¿Y si, como me decían, no era capaz de estar sentada ante su pupitre como los demás? ¿Y si, y si, y si…?
 
El primer día la acompañé hasta el patio donde hacen la fila, ya dentro del recinto escolar. Esperé a que entrase y le tiré un montón de besos. Ella se fue tan feliz.
 
Al día siguiente, antes de salir para el colegio, me dijo muy seria: “Mamá, haz el favor de no acompañarme hasta dentro, que me dejas en ridículo. Y no me mandes besos. Ya me los darás luego.” La dejé en la puerta envuelta en una marabunta de niños que entraban al colegio. Y la vi alejarse, con su mochila al hombro, camino al patio en el que se colocó en su lugar en la fila. Una niña más.
 
Ni más ni menos lo que es.
 
Sin embargo aún nos queda mucho camino por andar antes de que ella vuelva a sentirse igual que las demás. Su autoestima está muy dañada. Y su confianza en los demás también. Y ese es el primer escalón que hay que superar para afrontar cualquier tipo de aprendizaje. Tan convencida está de que no puede aprender que cuando se enfrenta a un reto se bloquea, se frustra y abandona. Es  una actitud de supervivencia. Si tu experiencia se basa en el fracaso huirás de las circunstancias que históricamente te lo han proporcionado. Un ejemplo: está aprendiendo a leer y jugando, lee las palabras por separado sin ninguna dificultad. Hasta que, de pronto, se percata de lo que está haciendo. En ese momento, deja de ser algo divertido para ser algo angustioso y quiere dejar de hacerlo.
 
La confianza en las propias posibilidades es imprescindible para aprender. Corregir demasiado, exigir de forma impaciente, no valorar los pequeños pasos, despreciar la iniciativa, dar más importancia al error que al acierto, comparar con otras personas y sobre todo, no aceptar la forma de aprender de cada niño son errores que pueden herir de forma grave la capacidad de nuestros hijos de sentirse capaces.
 

Ahora mi reto es conseguir que sepa cuánto vale y que crea, igual que nosotros sabemos, que es una niña maravillosa.

Su nuevo profesor en la primera reunión del aula nos dijo una sencilla frase: “Ella es, sin ninguna diferencia con el resto de sus compañeros, una niña más en el aula”.

Qué pedazo de frase. Creo que me la voy a enmarcar…

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21 de marzo

Día Internacional para la Erradicación de la Discriminación Racial / Día Internacional de la Poesía

 

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Me dijeron:
—o te subes al carro

o tendrás que empujarlo,
Ni me subí ni lo empujé.
Me senté en la cuneta
y alrededor de mí,

a su debido tiempo,

brotaron las amapolas.

(Gloria Fuertes)

Futbol

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Nunca me gustó el fútbol.

En mi cole de izquierdas, casi todos los niños y casi ninguna niña jugaban al fútbol. Pero cuando jugábamos partidos contra otros colegios (algo que hacíamos un par de veces cada curso), nos repartíamos el tiempo estrictamente entre todos los jugadores. Los mismos minutos para los niños que no se despegaban del balón (fuera de cuero o de papel de aluminio de los desayunos), que para los que nos tapábamos la cara con las manos si veíamos acercarse una pelota.

Siempre perdíamos, claro.

Menos una vez que ganamos al colegio vecino 7 a 1 y se sorprendieron y cabrearon tanto que nos despidieron a pedradas.

Nosotros, muy dignos, nos fuimos comentando entre nosotros que no sabían perder, y eso.

No como nosotros, que habíamos aprendido a fuerza de derrotas.

Nunca me gustó el fútbol.

A mi abuelo le gustaba, a mi madre le gustaba, a mi hermana le gustaba.

Yo odiaba las costellades familiares donde el evento estrella era el partido posterior.

Odiaba correr y me tapaba la cara con las manos cuando se acercaba un balón.

Nunca me gustó el fútbol.

No tuve novios futboleros, tuve novios a los que les gusta el cine y la literatura y los cómics, y las jornadas de final de Liga las aprovechábamos para ir a cines vacíos o salir a cenar a restaurantes en los que no había nadie.

Nunca me gustó el fútbol.

Y de repente me encontré con un niño que vivía pegado a un balón, que hacía girar su vida alrededor del fútbol, que ansiaba jugar en ligas infantiles, que peloteaba en cualquier rincón, que se acercaba (y se metía) en todos los partidos en todas las plazas.

Y de repente descubrí que él tenía algo que yo no tendría nunca.

Que el fútbol puede ser (también) algo fascinante. Una herramienta de socialización e inclusión (también de exclusión de los que no juegan, claro).

Un lenguaje.

Me di cuenta en una playa de Marruecos, cuando B. se acercó a un niño con el que no podría haber cruzado dos palabras, le chutó el balón y pasaron una hora jugando.

Como decía Eduardo Sacheri: Si chutas el balón y te lo devuelven, estás dentro.

Después de ver This is us

Llevamos días enganchadas a la serie This is us. Como adoptante, me parece un retrato magnífico de todos los ángulos de la adopción (y de la adopción transracial). ¿Piensan igual los adoptados? He encontrado este texto en el blog de una adoptada adulta (que tiene otras entradas sobre la serie y que parece en conjunto muy recomendable, aunque aún lo estoy empezando a explorar).

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Mi coguionista me vio acercarme a la cafetería está mañana y paró el coche y bajó la ventanilla. “¿Estás bien”, dijo.

Sacudí la cabeza. “Esa serie”.

“Salgo”, dijo. “Mejor que no venga nadie”. Dejó el coche enmedio de la calle y corrió a abrazarme. “Estuviste chillando a la televisión anoche”.

Asentí

“Pero te gusta la serie, ¿no?, crees que es buena”

Asentí otra vez.

“Vas a llorar, ¿verdad?”

“Es el aniversario de la muerte de mi madre”, dije

“Oh, no”, se puso a mi espalda y empezó a cepillar mi chaqueta como si estuviera cubierta de pelusa. “Y tu cumpleaños es mañana”.

A veces ser adoptado es demasiado. Como ser humano, soy un vaso de agua lleno hasta el borde conmigo misma. Como persona que fue adoptada, soy un vaso de agua que a menudo se derrama – soy demasiado – y no es infrecuente que la única gente que entienda este fenómeno sean otros adoptados.

Y el guionista de This is us.

Cuando prestas atención a algo de manera amorosa e interesada, esto prospera. Tener una serie en televisión que pone el foco en la adopción de una manera intrépida, amorosa e inteligente me hace pensar que vivo en un mundo completamente nuevo. Uno donde yo podría florecer de una manera completamente nueva.

Hay gente – millones de personas – que ven esta serie y a los que se les cuenta – ¡muestra! – cómo puede ser ser adoptado (sin mencionar cómo es ser parte de una adopción transracial) y los espectadores están PRESTANDO ATENCIÓN. No apagan el televisor cuando la palabra “adopción” aparece. De hecho, incluso SE QUEDAN DESPUÉS DE QUE TERMINE LA SERIE para meterse online y HABLAR de ella.

No puedo deciros lo que significa para mí. No puede decíroslo porque no lo sé. Sé que no puedo respirar profundamente cuando pienso en cómo la adopción no sólo es un tema de conversación aceptable, sino interesante para todas las partes. Quizás, incluso, esperanza sobre esperanza, interesante para los padres que adoptan.

¿Habría MI madre visto esta serie? (Lo he dicho antes, pero no puedo estar segura de que hayáis leído todos mis posts, cuando digo “madre” y “padre” me refiero a los padres que me adoptaron).

No. Ella no lo habría tripeado. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que mi madre vivía en su nube donde las historias de sus hijos empezaban “el día que te conocimos”, donde cualquier cosa que sugiriera que había habido otra madre era insostenible. En los ojos de mi madre, ella era la única madre. Fin a de la historia. (Peligro, Will Robinson. Peligro).

¿Puedes imaginar que toda tu vida has tenido un tercer brazos que a veces no te dolía, pero otras veces dolía mucho pero que sobretodo te dolía de una manera que te descentraba? Imagínate que era lo bastante desgarbado para hacer la vida más difícil de lo que era para la gente de dos brazos, solo que era un brazo que nadie podía ver. Pronto aprendiste que no merecía ni siquiera la pena sacarlo a colación porque nadie quería oír hablar de un brazo invisible (especialmente los médicos – quiero que me devuelva mi dinero, Dr. Fisher. Todas esas horas de terapia a 250 dólares cada una. Ser adoptado sí que importa y deberías haberlo sabido, Sr. Licenciado)

Los adoptados tenemos miedo de parecer llorones, víctimas, y muchos aprendemos a minimizar el dolor y la confusión e intentamos actuar y pensar como los demás. Pero si tienes un tercer brazo, se meterá en medio, incluso aunque nadie pueda verlo.

Hay una escena en el episodio de This is Us que vi anoche donde Randall presentaba a su padre biológico a su hermano. Me dejó sin aliento. Era como ver a alguien hacer lo imposible y juntar dos polos opuestos de un imán. Estaba a la par con la escena de Aliens donde esa cosa surge disparada de Sigourney Weaver. NO sabía que podía suceder.

No puedo siquiera imaginar cómo habría sido si una tarde yo hubiera llegado a casa y mi madre y mi madre de nacimiento estuvieran sentadas en la mesa de la cocina, charlando. Incluso más inimaginable habría sido la escena de yo misma llevando a mi madre de nacimiento a la cocina y presentándosela a mi madre, la madre a quien tanto quiero. Mi cerebro sabe que ni siquiera está PERMITIDO imaginarlo, así que no lo hago. Todo lo que sé es que este encuentro habría matado a mi madre, así que el cerebro se queda en blanco.

Crecí sabiendo que no todas las piezas que definen mi vida están en el mismo lugar. ¿Por qué? Porque los adultos estaban asustados. Y cuando no te permiten tener lo que es tuyo en la habitación, quiere decir que algo falla en ti, algo menos que.

Estoy luchando contra mi cerebro ahora e imaginando a todos mis padres, mis dos padres de nacimiento que no quisieron verme y mis padres que me adoptaron juntos en una habitación conmigo.

Santo Dios, sería como si las puertas del paraíso se abrieran y la luz del conocimiento nos iluminara. Estaría allí, completa. Sería la revelación de que el mundo se preocupaba lo suficiente para mostrarme todas mis piezas. Mis padres se preocupaban lo suficiente por mí para dejar a un lado sus miedos personales y mostrarse como padres.

Hay tanto espacio para el amor en este mundo, y los adoptados lo necesitamos más que la mayoría de la gente porque hemos experimentado la pérdida más profunda que puede tener una persona: la de las raíces. Dar a los adoptados piezas de si mismos: la historia de sus orígenes, sus nombres, sus raíces, su libertad para hablar, incluso, les hace sentir incluso más humanos. La primera cosa que vi cuando conseguí una foto de mi madre de nacimiento fue, no soy de Marte. Muchos adoptados sienten que llegaron de otro planeta. Puede sonar guay si no eres adoptado, como una aventura, pero no es un sentimiento positivo. Cuando los humanos caminamos, nos gusta sentir nuestros pies en el suelo. Nos hace sentir seguros. Conectados. En casa. Nadie de Marte conoce este sentimiento. Y lo quieren.

Llena la habitación de familia. Deja entrar a todo el mundo. Ama. Y observa qué sucede.

8 de marzo

He decidido que cada vez que alguien me diga que estamos involucionando en lo que a derechos de las mujeres, violencia doméstica, machismo, etc, se refiere… le pondré esta canción, que hace medio siglo cantaba una mujer de izquierdas sin sonrojo ni crítica (y que yo escuché en el disco que mis padres de izquierda tenían en su colección).

 

 

 

This is us

Hemos empezado a ver la serie “This is us”, muy recomendada por personas del entorno adoptivo.

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Es la historia de tres hermanos, desde el día de su nacimiento hasta los 36 años. Un trío de hermanos peculiar, porque los padres, que esperaba trillizos, perdieron a uno de los chicos al nacer y decidieron adoptar a un recién nacido negro cuya madre había muerto en el parto y que compartía nursery con sus hijos.

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Los “Big Three” crecen como hermanos en una familia transracial, adoptiva, numerosa, caótica… y afrontan muchas de las situaciones que vivimos en nuestras familias. Los duelos sin resolver, la vuelta que da la vida al convertirnos en padres y madres, la complejidad de criar a niños con realidades y necesidades muy distintas, los falsos gemelos la falta de referentes raciales, las dificultades para peinar el pelo afro, las dificultades para vincularse, la (no) relación con la familia de origen, los secretos, las mentiras y los silencios, el racismo de baja intensidad (y el de alta), la necesidad del adoptado de ser aceptado, su fragilidad,  las dificultades de crianza numerosa, los celos, el buscar espacios para cada uno, el agotamiento, las peleas entre los chicos…

Llevamos 8 capítulo, y subiendo.

No dejen de verla.

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