familia monoparental y adopción

R. sentada en una plaza

 

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R. se sienta en un banco de la plaza, el carrito del bebé junto a ella, las chancletas del segundo. Le pega un par de gritos sin mucho convencimiento, no se puede ir descalzo, hay cristales, está sucio.

El niño se ríe desde los columpios, a 10 o 15 metros de la madre, pero no se acerca a ponerse los zapatos.

Cuando ella se gira, corre hasta el carrito y desata al bebé, lo coge en brazos, se lo lleva a los columpios, “él quiere estar conmigo, ¿ves?”

Este niño es malo, es malo, los otros no, pero este es malo, siempre problemas, ahora toma un jarabe, ella también toma un jarabe para los nervios, todos los días llaman del cole, la orientadora, la profesora, todos los días, la policía.

Antes hablaba mejor español, era joven, trabajaba, tenía amigos, compañeros, jefes. Ahora no, en la casa todo el día, encerrada con el bebé, y se me olvida cómo se habla.

30 años aquí, 20 años en Galapagar, en la misma casa.

Hasta hace dos semanas.

R. sonríe al bebé, que también sonríe, fue un embarazo muy malo, los otros fueron bien, pero con el cuarto no podía más, se paró en una cafetería a la hora del desayuno, no podía hablar, no podía caminar, llamaron a una ambulancia, le preguntaban cosas y ella no respondía. La ingresaron y ella estaba preocupada por sus chicos, ¿qué iba a pasar con ellos, quién los iba a cuidar?

La trabajadora social es muy buena, le dijo a su marido que tenía que ayudarla más y ahora él ayuda con los niños, los viste, los prepara, les da el desayuno. La trabajadora social es muy buena, le dijo que buscarían plaza para los niños en un colegio cerca de donde trabaja su marido, muy lejos de su casa, y llevan un año yendo a ese colegio.

Viven en la residencia, los tres mayores, los viernes por la noche su marido los recoge cuando sale a las 9 de la tienda donde trabaja, los mete en el autobús y se van hasta Galapagar, llegan pasadas las 11, casi siempre dormidos, el lunes por la mañana se los lleva otra vez, y así pasan las semanas.

Finalmente han encontrado un piso en el barrio, uno que pueden pagar, su marido ha dicho que sí, que quiere vivir con ella, y un amigo les ha alquilado un piso con dos habitaciones, una para ella y otra para los niños, lleva aquí dos semanas, dice, mientras mira alrededor tomándole la medida al barrio, señalando hacia las cosas que empieza a conocer, el centro de salud, el supermercado, la residencia, el colegio.

Un piso muy bonito, recién pintado y con el baño nuevo.

Tiene que comprar muebles, no tiene armario, deja la ropa de los niños plegada y amontonada en una esquina. Y le vendría bien una litera.

Los niños siguen en la residencia, pero espera que el curso que viene ya estarán en casa, porque en la residencia aprenden muchas palabrotas.

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