familia monoparental, diversidad familiar y adopción

Archivo para enero, 2018

Hijo de un donante

Hace algunos días, un hombre concebido por donación de esperma hizo un comentario en el blog. Le pregunté si le apetecería compartir aquí su experiencia, sus emociones, sus reflexiones sobre el asunto y, generosamente, accedió.

Resultado de imagen de donor conceived

He estado varios minutos delante de la pantalla del ordenador releyendo tu respuesta, invitándome a publicar mi testimonio como hijo de un donante anónimo de esperma, sin saber qué responder. No había previsto el ofrecimiento.

Ésta mañana de manera un poco impulsiva he comentado un post sobre Demian Adams del 2013 en tu portal. Se trata de las reflexiones de otro nacido por inseminación artificial en Australia, también con el esperma de un donante. He dado con el artículo después de buscar por la red cualquier novedad sobre el tema u otros nacidos como yo en España o quién sabe si hasta algún hermano. Pero solo doy con webs extranjeras en inglés o como mucho alguna traducción, como ha sido el caso. Como sé lo difícil que es conocer testimonios de primera mano en España, finalmente, me he decidido a dar el mío y te agradezco la oportunidad de expresar la historia de mi concepción, como me siento y como la vivo, o quizás para contactar, inclusive, con algún otro nacido/a como yo…

Es ya media noche. Mi hijo menor, de 19 meses reposa su cabecita en mi abdomen mientras escribo. Le miro y pienso que en él está también la genética de mi padre donante y que estar junto él es estar lo más cerca que he estado nunca de mi padre donante. Me pregunto qué rasgos serán suyos mientras observo su rostro plácidamente dormido. Para muchos, ejercer de padre y estar presente en la vida y el desarrollo de sus hijos será lo más natural y corriente del mundo, pero para mí el poder vivenciar día a día el vínculo paterno-filial es algo aún nuevo que me emociona e incluso me sana.

Nací en  1982, 4 años después de la primera inseminación artificial en España y 6 años antes de la regulación que supuso la ley de 1988 sobre reproducción asistida que limitaba a 12 el número de donaciones por donante, a la vez que protegía con el anonimato al mismo. Por lo tanto es muy probable que tenga muchos más hermanos y hermanas repartidos por el mundo que los que fueron concebidos por inseminación de donante después del 1988.

Considero que tengo 3 padres y que gracias a los tres soy quien soy. Uno me dio la vida a través de una donación, el otro me dio el nombre –su mismo nombre de hecho- y el tercero, es y sigue siendo mi padre en funciones, que ha ejercido y ejerce con amor y esmero las funciones de padre desde que tengo tres años. Ahora ejerce también de abuelo con la misma entrega y dedicación.

El padre que me dio el nombre murió de una enfermedad neuro-degenerativa, – una ataxia espinocerebelosa de tipo 1, ATC1- después de años de padecer una pérdida paulatina de sus funciones motoras; andar, hablar, escribir, masticar… Corrió, pues, la misma suerte su padre y sus dos hermanos antes que él;  o sea que es hereditaria. Cuando murió yo tenía nueve años y mi relación con él no había sido del día a día puesto que se separaron con mi madre a mis dos años. Yo vivía con mi madre y su pareja – mi papá en funciones-.  Iba a visitarlo algunos fines de semana o durante la vacaciones. Le recuerdo siempre enfermo con su movilidad reducida, mirando la tele, distante e incluso a veces de mal humor y hasta un punto como molesto conmigo. Su situación no sería nada fácil y creo que merecería un capítulo aparte el efecto que tiene en una pareja que ella se vincule con otro hombre a pesar de que no haya relación, llevando su sangre, su ADN y su hijo dentro. A nivel inconsciente hay por fuerza algún tipo de distanciamiento hacia la pareja cuando ella se vincula biológicamente a otro hombre con toda su carga genética -y sistémica-. A pesar de todo, cuando él murió a sus 39 años, yo no sabía nada acerca de mi concepción,  le creía y sentía mi padre y sufrí su pérdida como tal.

Me enteré de cómo había sido concebido a los 15 años. Fue en el coche de vuelta de visitar a quien yo creía mi abuela paterna, después de ir atando cabos sobre la enfermedad presente en la familia “paterna”.

Ese día en un punto inconcreto de la carretera hice la pregunta por la que mi madre se debería haber estado preparando -o temiendo- durante años; ¿Si todos en la familia de mi “padre” tienen la enfermedad, la tendré yo también?- Le pregunté a mi madre.

Tal como iban saliendo esas palabras de mi boca se me iba parando el tiempo y mi corazón pareció dejar de latir con el silencio que les siguió. Me sentía como precipitándome por un pozo oscuro que no acababa nunca y con el aliento frío de la muerte pegado a mí por acompañante. Mi madre me respondía que no había posibilidad de que yo tuviera esa enfermedad. Pero esa respuesta vaga no hacía más que acelerar mi sensación de caída, mi sangre seguía helada y le seguía preguntando por qué no, que cómo podía saber que era imposible. Y al fin me lo dijo; “Eres hijo de un donante”. Me relajé al acto, volví a sentir mi corazón latir. Lo primero que recuerdo es haber sentido una profunda compasión, agradecimiento y reconocimiento por el desinteresado acto de amor que hizo mi padre enfermo, el que me dio su nombre – eso creí yo en ese momento, con el tiempo he entendido que su objetivo no era tanto la paternidad en sí misma sino  la relación con mi madre y su deseo de ser madre-. Sentí a su vez y con la misma intensidad una sombra eclipsando todo. La persona más importante en mi vida, con la que no había secretos y hablábamos de todo, en cierta manera me había “engañado”.

Para mi ella lo era todo y la relación entre nosotros era muy fluida y comunicativa, fue un impacto para mí saber que hubo un “secreto” de ese peso. A pesar de todo yo creí haberlo aceptado y comprendido, me sentía agradecido porque podría vivir y estar sano. Me dije a mi mismo que yo había sido fruto de un gran acto de amor y quizás, aún por una fidelidad infantil no quería cuestionarme nada más. Pero con la distancia, veo muy claramente que una bomba así en plena adolescencia hizo que mi mundo, hasta aquel entonces estable -con el deporte, mis actividades de ocio, estudios y familia- se viniera abajo. La adolescencia es de por sí una “destrucción” de la identidad infantil, una confrontación con el clan familiar para construir una nueva identidad adulta buscando referentes fuera de él. Es una crisis de identidad necesaria, que en mi caso se vio agravada. Sin saber muy bien por qué me reboté con los estudios, me vinculé a ciertas tribus urbanas y me fui a una casa ocupada, dejé el deporte, empecé a fumar mucho, a beber e incluso a drogarme. Recuerdo sentirme muy rebelde, muy enfadado con todo hasta el punto no importarme mi vida y desafiar a la muerte.

El posterior período de 10 años, de mis 16 a los 26 aproximadamente,  a pesar de estudiar, trabajar y tener relaciones  con normalidad, estuvo marcado por grandes altibajos e inestabilidad emocional, a veces debido al consumo y la nocturnidad. Gracias a una buena relación con mi madre y mi padre en funciones, mis abuelos maternos, e incluso por mis relaciones en el trabajo conté siempre con una estabilidad “externa”, un modelo y apoyo a los que recurrir en mis momentos bajos. Desde los 18 años, me interesé mucho por las terapias alternativas, quizás fuera una manera inconsciente de buscar soluciones y compensar  mis bajadas y mis malos hábitos. También de una manera u otra, era una forma de buscar algo intangible, oculto, mágico que me llenara un vacío que se lo tragaba todo. Jamás durante esa época pensé que el vacío que yo sentía pudiera estar relacionado con mi concepción. Tal era mi ceguera. A veces me venía a la mente con tristeza, pero no pensaba en hermanos o un padre al que no conocía. No había claridad ni orden en mi mente ni en mis emociones. Por consiguiente tampoco mucho en mis acciones.

Un día leí acerca de las constelaciones familiares. Me acerqué a ese mundo y acabé haciendo una formación de cuatro años para ser facilitador. Durante el proceso pude ordenar muchísimos aspectos de mi vida. Comprender mejor mi historia y la relación con mi madre. Creo que ella superó muchos de sus miedos a que yo quisiera encontrar a mi padre o me sintiera mal con ella o conmigo mismo. La verdad es que mi adolescencia fue muy dura, todos la sufrimos. Dar una noticia de éste tipo a las puertas de una etapa ya complicada de por sí y caracterizada por una crisis de identidad solo agrava el proceso, creo que hay opciones más saludables.

A mis 26 años y en plena formación de constelaciones empecé a encontrar mucha más estabilidad. Justo acababa mis estudios y trabajaba de lo mío. Cambié también mis noches de farra por una formación en técnicas de circo y cumplí un sueño que era el ya clásico “ir a vivir al campo con huerto y gallinas”. Eso me dio mucha más estabilidad y madurez.

Pero la vida me tenía reservado otro meneo porque el proceso con mi concepción aún no estaba zanjado –de hecho no creo que nunca lo esté del todo-. Tuve unos breves encuentros sexuales, sin mucha más implicación –lo más parecido a un donante- con una chica 6 años más joven que se quedó embarazada y no estaba dispuesta a abortar bajo ningún concepto. Ella comprendía que yo no quisiera hacer de padre ni me lo iba exigir ni me pediría pensión de ningún tipo, ni me privaría ver a mi hija o hacer de padre si quería.  ¡Me ofrecían ser un donante! No podía aceptarlo de ninguna manera, no quería ser un donante más, ni un padre ausente o a medias. Todo mi dolor por mi concepción se me removió. Tuvimos muchas luchas verbales, tantas que nos acostumbramos a la presencia del otro y decidimos tirar hacia delante juntos cuando nuestra hija ya había nacido. El momento de su nacimiento ha sido lo más bonito que me he ha ocurrido en mi vida, lejos de ser un tópico, ser padre significa mucho para mí. Tenerla entre mis brazos ha sido de las pocas cosas que han logrado que mi corazón -que a menudo aún siente el frio de la nevera donde guardan el esperma, o de la jeringa y la sala donde sin contacto ni amor me concibieron- vibrara de verdad.

No me fue nada fácil darme el permiso de estar presente y no hacer como un donante durante el embarazo y no se lo puse nada fácil a la mujer que la trajo al mundo tampoco. Le agradezco infinitamente que hubiera seguido su instinto. Hoy tenemos otro hijo. Un niño que me recuerda físicamente a mí de pequeño y no puedo evitar verme en él. Al verle, tocarle, mirarle y cuidarlo, siento un agradecimiento enorme porque es como si me ocurriera a mí con mi padre biológico. Es un sentimiento muy intenso.

En gran parte siento enfado por el hecho de que una ley me prohíba a mí a mis hijos conocer sobre mi familia paterna. No deseo nada de esa persona, ni abrazos, ni aprobación, nada. Pero tengo derecho a saber quién fue, qué hizo, qué cara tiene. Veo muy injusta la prohibición de hacerlo por ley y muy ciega ante los principales afectados, nosotros, a quien nadie se ha dignado a preguntar.

Hay estudios, como el libro “My daddy’s donnor” – tristemente sin traducción al castellano- en el que dan su testimonio muchos adultos en EUA nacidos por inseminación artificial. Las estadísticas sobre éste grupo corroboran lo que yo mismo siento; confusión sobre mi pasado y mi estructura familiar, mayor probabilidad que los adoptados para caer en depresión, drogadicción,  delincuencia o problemas con las autoridades. Reitero que es una pena que no esté traducido. De ese libro me impactaron mucho algunas preguntas que se me repiten también y que con mucha vergüenza creía solo mías. ¿Pagaron por mí? ¿Me escogieron como si fuera una barra de pan? ¿Consumió pornografía mi padre biológico? ¿Estuve congelado? O pensar que si te enamoras de alguien puede ser tu hermana entre otras. En mi opinión eso condiciona en gran parte nuestra relación de amor-rechazo con el dinero, el sexo, el amor propio e incluso nuestra propia paternidad.

A mí personalmente concebir de manera asistida no me parece la mejor opción y menos aún si es protegiendo al donante con el anonimato. La información sobre nuestro sistema nos pertenece por derecho y nadie nos la debería negar. Me duele ver la industria que hay alrededor del deseo de ser madre por el negocio que significa.

Creo que a veces hay que aceptar la realidad y la naturaleza de las cosas. Creo que cada vez hay más hombres estériles y no invertimos en estudiar las causas y cambiar hábitos poco saludables; ponemos parches y lo forzamos en un laboratorio. Si no hay compatibilidad genética la forzamos. Quizás la naturaleza está evitando enfermedades y la burlamos. Hay muchas parejas que no pueden tener hijos que después de adoptar se quedan embarazadas. Y no veo estudios al respecto. O sea de cómo afectan las emociones en nuestra fertilidad. En Alemania se subvencionan constelaciones familiares a las parejas que buscan hijos y no consiguen quedarse antes de recurrir a la reproducción asistida. Yo mismo conozco casos de embarazos en parejas que no lo conseguían hasta después de realizar una constelación. Pero parece que cierta parte de la medicina o la ciencia no están al servicio de comprender mejor nuestra naturaleza sino del negocio, la industria y el mercado. Da igual, no importa traer al mundo hijos con la salud más delicada, con problemas mentales o emocionales o privarlos de la mitad de su propia vida. La cuestión, parece ser,  que en el deseo de la maternidad hay un jugoso nicho de mercado. Me resulta muy doloroso.

Para mí, para nosotros, es muy duro levantar la voz y cuestionar estos sistemas de reproducción ARTIFICIALES porque al hacerlo cuestionamos a nuestras madres, a nuestra propia vida y eso es doloroso, es una pesada losa de contradicción… ¿Cómo voy a poder quererme y estar bien conmigo mismo si no me acepto, sino agradezco lo más preciado que tengo, mi vida? Nuestra herencia es ésta contradicción y no es fácil lidiar con ella cada día. En mi opinión nadie lo merece como precio por la vida, pero como todo el mundo nos toca aceptarla y agradecerla tal y como se nos ha dado sin que esto suponga dejar de decir lo que pensamos y sentimos desde el respeto y la comprensión.

Yo confieso que aún me siento en éste aprendizaje de aceptar las condiciones de mi nacimiento y abrazar y agradecer mi vida junto a mi familia. Tratando de comprender con amor y respeto pero sin dejar de tener muy clara mi opinión al respecto, por incompatible que pueda parecer. Para muchos será difícil de comprender, pero como ya dije anteriormente tan solo entre nosotros podemos comprendernos realmente, al menos por lo que he podido ir leyendo de otros testimonios de otros países. Espero que el mío, les pueda ser útil a otr@s que desean conocer nuestra opinión. Y también me gustaría  que sirva para poder contactar con más adultos nacidos como yo en España, para poder apoyarnos unos a otros. Justamente ayer, poco antes de empezar a escribir-te, leí el testimonio de otro chico nacido por inseminación unos 10 años menor que yo y también metido en el mundo de la terapia sistémica. La psicóloga que gestiona el portal de internet en cuestión ha respondido ésta mañana -mientras finalizo éste escrito- a mi petición y me ha facilitado su contacto. ¡Estoy muy emocionado! Cuando he imaginado que podría ir a su encuentro y darle un abrazo se me han saltado las lágrimas. No había sido consciente de lo solo que me he sentido con esto hasta éste momento.  Somos un colectivo creciente y en su mayoría aún muy joven, pero a tener muy en cuenta desde ya,  con mucho que decir y que necesitaran de respuesta a y profesionales abiertos y preparados para acompañarnos.

Gracias de nuevo por tu labor informativa y por darme –darnos- voz.

Yo también

Resultado de imagen de Me too

La primera vez debía tener 12 años y nunca estuve segura de si había pasado. Regresaba a casa y tuve la impresión de que aquel tipo me seguía. Me cambié de acera varias veces, corrí, y finalmente le perdí de vista.

A los 16 no tuve ninguna duda: el hombre cuarentón que me miraba fijamente, de pie a mi lado del autobús, tenía el pene, fláccido, fuera del pantalón y se frotaba con la mano en la que yo sujetaba la carpeta. ¿Por qué no grité? ¿Por qué no pedí ayuda? Fui adentrándome en silencio en aquel autobús abarrotado mientras el tipo me seguía, y finalmente, me preguntó: ¿Bajas? Dije que no con la cabeza. ¿De verdad creía que yo podría querer acompañarle a algún sitio? ¿No se daba cuenta de que lo que estaba haciendo era una agresión?

Corrí al bajar del autobús (una parada después de la de aquel tipo) y cuando llegué a casa de mi amiga C. me derrumbé. Lloré mientras sus hermanas mayores me abrazaban, pero aún así me dejaron volver sola a casa (“coge un taxi”, me dijeron; pero no encontré ninguno). Me crucé por el camino con una pareja amiga y les conté también qué me había pasado. “Que fuerte”, dijeron. Y me dejaron seguir.

Ese día pensé por primera vez que si a muchas mujeres no nos ha pasado nada grave, es porque la primera vez hemos tenido suerte.

Cuando aún éramos confiadas e inocentes. Cuando pensábamos que estas cosas no pasaban.

A pesar de las advertencias y las recomendaciones, los no vuelvas sola, no salgas vestida así, mejor si te quedas a dormir en casa de tu amiga, vigila con quien hablas, no pases por callejones oscuros, no te fíes de nadie.

Y sí, yo tuve suerte.

Tuve suerte porque unos días más tarde también conseguí escapar del tipo que me persiguió en el metro. Tuve suerte porque los chavales en cuyo coche nos montamos N. y yo en un bar de Castelldefels no tenían ninguna intención de hacernos daño. Tuve suerte porque el señor mayor de mi trabajo que cada vez que pasaba vestida con minifalda gritaba “¡¡y luego se quejan de que las violan!!”, nunca fue más allá. De que el desconocido que me intentó besar a las tres de la madrugada cuando regresaba de una fiesta me soltara cuando le grité “¡Déjame en paz!”

De no estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Porque no intentó acostarse conmigo el cristalero que subió a arreglar la ventana, como le sucedió a A. cuando tenía 14 años ese día en el que su madre no estaba; porque no me metió mano uno de los autores a los que su editorial publicaba, como le sucedió a E. durante una cena de empresa; porque no tuve que lanzarme de un coche en marcha, como les sucedió a J. y M. la noche que aquellos chicos que parecían tan majos giraron por un camino de tierra al volver a casa; porque el taxista que me llevó a casa no me preguntó si quería pagar en carne, como le sucedió a O.; porque no tuve que encerrarme en un baño hasta que a mi hermano mayor se le pasara el subidón de ácido, como le pasó a V.;  porque no tuve que cambiar de número de teléfono para evitar el acoso de un ex, como le sucedió a B.; porque un veterano de la radio no me hizo proposiciones mientras me acorralaba en la Asamblea de Madrid y cuando me quejé de que me hacía sentir incómoda, me amenazó diciéndome que sabía dónde vivía, como le sucedió a una de las becarias que trabajó con nosotros. Y no tuve que ver cómo a pesar de la denuncia y la condena, el veterano de la radio seguía en su trabajo sin que (prácticamente) nadie dejara de hablarle y reírle las gracias mientras que a mí no volvían a llamarme.

Resultado de imagen de Me too

Ahora que todas estas cosas que siempre han permanecido invisibles empiezan a gritarse, toca decir que, a pesar de que tuve suerte, yo también. A mí también

Mi corazón huérfano

Resultado de imagen de sianna

E. me descubre a Sianna (nombre artístico y anagrama de Anaïs), una joven promesa del rap francés. Nacida en Bamako, Malí, en 1995, fue adoptada a los 8 meses por una familia francesa, como explica en su canción “Corazón huérfano”.

Hola mi África

No tuve tiempo de conocerte

Pero volveré pronto, y esto te lo prometo

Una señora vino a buscarme, desde Francia

Ella es hermosa, joven, blanca y todo irá bien, creo

Me mostró amor desde su primera mirada

Si sale mal, dentro de unos años me iré

En cualquier caso, sabrán que vengo de aquí

Como está escrito en mi piel, tengo África como edificio

 

Este es el comienzo de la historia de mi vida.

Con solo 8 meses, me voy de Bamako, mi ciudad

No sé lo que me espera, no sé a dónde voy, pero …

Es Dios quien lo eligió, así que la cosa promete

Veremos cómo crezco, veremos cómo me adapto

Estaba lejos de imaginarme que me acababan de adoptar

Me despido mucho más rápido de lo esperado

Y sin saberlo, la separación es muy dura

Me encuentro con mi familia, los conozco

Algunos no me hacen sentir bienvenida, pero tengo una sonrisa en mis labios

Mis padres me aman, y eso es todo lo que me importa

Sé que si tengo un problema, vendrán a echarme una mano

Estoy muy feliz, así que sonrío a menudo

Comienzo el principio de mi vida, digo lo que recuerdo

 

E incluso si en el fondo sé

que no elegimos nuestras vidas

¿Cómo olvidar de dónde vengo?

Eres la tinta de mi libro

Escribimos las líneas más hermosas

Sin ti, no sería nada

En mi corazón huérfano

 

Pasan los años y realmente no tengo quejas, no

Estoy bien en casa porque tengo amor a tiempo completo

Pero aún así, nadie sabe a qué me refiero

Cuando digo eso que a los 20, todavía no sé a quién me parezco

Pero no importa porque me siento bien en mi piel

Encontré gente como yo y remamos en el mismo bote

Descubro la música tarde; en directo, estoy en osmosis

Mi historia es extrañamente similar al único hijo de Oxmo

Me abro paso, lenta pero seguramente

Tengo principios; mis amigos pueden contar conmigo

Mis padres me enseñaron Tolerancia, Amor y Respeto

Hoy, si tengo que irme, solo me quedaré por ellos

Y luego muy a menudo espero ser lo suficientemente agradecida

Si se definiera la felicidad, tomaría mi vida como ejemplo

Creo que tengo suerte

¿En qué me hubiera convertido si no hubiera conocido a Francia?

Pero Dios lo quería así, así también lo es la vida

Aplico cosas como las aprendí y de acuerdo a mis deseos

Dicen que tengo una buena estrella; Prefiero decir que estoy bendecida

Al igual que el comienzo de mi historia, sigo siendo fiel al país

La infanticida

Hace muchos años, me impresionó un cuento de Caterina Albert/ Víctor Català llamado “La infanticida”, un monólogo desde la cárcel de una mujer condenada por matar a su hijo neonato.

No lo he vuelto a leer, pero me acuerdo de él cada vez que leo sobre madres que matan o abandonan en sitios donde tienen pocas probabilidades de vivir a sus hijos recién nacidos; si es que lo hacen ellas: cuando se encuentra un bebé, no se puede saber de entrada si ha sido la madre quien lo ha dejado u otra persona de su entorno.

M. me ha pasado esta versión teatral de “La infanticida”. Uno de los pocos textos que me han permitido entender y empatizar con las circunstancias que pueden llevar a una madre a hacer las cosas más terribles.

 

Diversidad y escuela

Resultado de imagen de punk child

Una de las primeras cosas que aprendemos las familias que no respondemos al estándar de familia-heteroparental-con-(2)-hijos-bios-de-la-misma-raza-sin-discapacidad-de-ningún-tipo es que no encajamos.

Y la escuela no para de recordárnoslo.

Te dan los impresos, las agendas, con su línea de puntos, su lugar para el padre y para la madre; o llega un árbol genealógico con cuadraditos para rellenar, con rama paterna y materna, sin espacio para los padres y madres biológicos de los miembros de la familia; o te piden que dibujes a tu padre, o que le hagas un regalo en su día; o las líneas de vida con fotos desde el nacimiento, aunque ellos no tengan esas fotos; o datos como el peso al nacer o el día que empezaste a andar cuando nadie que conozcas puede darte estos datos.

Y si la escuela, o la maestra, es sensible, tal vez nos lo comente antes a las familias, tal vez nos pregunte cuál es la mejor manera de plantearlo, tal vez nos sugiera que  puede adaptar el trabajo, empezar la línea de la vida en un momento posterior al nacimiento, darle el trabajo del día del padre a un tío o abuelo, poner fotos de cuando era más pequeño donde se le piden fotos de recién nacido, inventarse el peso al nacer… o incluso no hacer el trabajo, o hacerlo y, a diferencia de los compañeros, no exponerlo en público.

Y quizás nuestros hijos acepten estas adaptaciones, o quizás intenten hacer el trabajo a pesar de las diferencias, precisamente para no sentirse diferentes. Quizás les incomode, les revuelva, les duela. Quizás les despierte preguntas que no saben responder. Quizás les haga sentir expuestos. Quizás no entreguen el regalo y se lleven una regañina y un punto negativo, o se sientan estratégicamente mal el día que toca presentarlo. Quizás lo hagan como si no pasara nada. Quizás nunca nos digan lo mal que se han sentido haciendo este trabajo. Quizás nos lo digan y no lo sepamos escuchar.

Pero de lo que no hay duda, es de que el mensaje que todos estos trabajos transmiten a nuestros hijos de que sus familias, ellos, no encajan. De que sus familias, sus biografías, sus colores de piel, sus capacidades, sus vivencias… no son las correctas.

La imagen puede contener: una o varias personas y personas sentadas

En las escuelas se llenan la boca hablando de diversidad… de que las familias, las vivencias, las personas… son todas distintas. De que la diversidad es buena y de que los niños y niñas no tienen que avergonzarse de exponer sus diferencias. Pero el mensaje que transmiten todo el tiempo es el contrario. Cuando en los impresos no cabe ninguna familia que no sea la integrada por madre / padre / no más de tres hermanos. Cuando los árboles genealógicos solo se adaptan a la familia biológica. Cuando llamamos color carne al color de las personas blancas. Cuando los libros de texto solamente muestran familias convencionales, parejas heterosexuales, personas sin discapacidades, gente blanca. Madres que cocinan y padres que conducen. Con corbata, el pelo corto, cara de pagar hipoteca todos los meses.

Nos hablan de la necesidad de visibilizar, pero, ¿cómo se visibiliza lo invisible?

Se podrían plantear los trabajos escolares alrededor de la familia de muchas otras maneras. Por ejemplo, bucear en el pasado sin exigir fotos, datos o etapas de la vida concretas. O buscar familias de ficción , que son de lo más variadas. O hacer un brainstorming entre las criaturas para establecer qué es una familia (a mí me gusta mucho la definición”grupo de personas que se organizan alrededor de una lavadora”). O investigar la manera en la que se abordan cosas distintas en distintas culturas. O buscar referentes de todo tipo, clase, condición, origen.

Trabajar la diversidad de las familias y las personas de la clase, sin parámetros establecidos y sin presuponer nada.

Porque, como decíamos ayer, el problema de la diversidad no es que no la respetemos, no la permitamos, la demonicemos o la discriminemos; el problema fundamental es que no la imaginemos,  no la pongamos encima de la mesa como posible.

Nada que revelar

El problema de la diversidad no es que no la respetemos, no la permitamos; el problema fundamental es que no la imaginemos,  no la pongamos encima de la mesa como posible. Como cuenta en este texto Maria Adela Mondelli.

Resultado de imagen de gay parenting

Nada que revelar.

El problema no esta en “salir del closet”, el problema esta en que te hayan metido.

La cuestión no es si tu hijo o tu hija “te dijo o no te dijo” que no es heterosexual. El problema es que vos des por sentado, por default, que lo es.

Los padres “transitando” la condición sexual de un hijo (¿?) a partír de que él la “REVELÓ”. ¿Qué ideología, qué marco referencial hay por detrás de estas afirmaciones? ¿Qué sentido de hijo/a, qué sentido de “ser padre/madre” hay detrás de ellas?.

“Un día nos hizo ir a su psicoanalista, que nos dio la noticia”, señala la madre. Como quien va al médico para buscar el resultado de la biopsia, “la noticia” de algo insabido, lo que ES, pero no entra en el repertorio de lo posible, hacemos como que no es. Y quién es el que sufre esto?: el hijo o la hija.

Forzamos que no salga, que no lo dejemos ser. Se fabrica el closet alrededor del hijo/a. A diario vemos la heterosexualidad supuesta puesta en los niños. Y cómo esto los obliga a REVELAR que no son… los que otros supusieron que eran. Porque eso es lo que revelan: revelan que no son lo que otros imaginaron que tenían que ser. Aún cuando tuvieran muestras más que suficientes de que no lo eran, la negativa de los padres es como guardar la ilusión de que acallarán lo inevitable.

Como padres, los adultos tenemos derecho a tener obstáculos para aceptar la condición sexual de nuestros hijos. Lo que no tenemos es derecho a que nuestra imposibilidad haga que a ellos las vida les sea más difícil. Y esto empieza no cuando “sospechamos”, esto empieza desde el primer día que criamos a nuestros hijos en la heteronormatividad, en la heterosexualidad supuesta.

 

Cierra la adopción en Etiopía

Finalmente, Etiopía, uno de los países donde más casos de adopciones irregulares / corrupción / tráfico se han reportado ha cerrado la Adopción Internacional. Los adoptantes , incluso desde el desconocimiento y la buena fe (en algunos casos; en otros, desde la connivencia, el mirar hacia otro lado, el espíritu salvacionista), hemos contribuido a generar esta situación; somos a la vez víctimas y cómplices necesarios. Pero también es de justicia decir que hemos sido (algunos de) los adoptantes los que con denuncias, boca a boca, investigación, y no quedarnos con lo que nos querían vender, hemos contribuido a que esta situación termine. Espero que después de Etiopía suceda lo mismo en otros países donde suceden cosas parecidas (aunque mucha de la gente que ha adoptado allí prefiera no creerlo) y que la adopción se convierta en lo que siempre debió haber sido: buscar una segunda familia para niños y niñas que realmente la necesitan.

Resultado de imagen de Eric Lafforgue ethiopia

(La imagen es del fotógrafo Eric Lafforge)

Me identifico como adoptada y como inmigrante

Hemos hablado varias veces en este blog de la relación entre adopción y migración. Desde el punto de vista de los adoptantes, desde el de los migrantes, desde el de los adoptantes que, además, han migrado.

Hoy quiero añadir a esta lista esta reflexión de una mujer nacida en China y adoptada en Estados Unidos.

“¿Quién eres?”

Una pregunta simple, ¿no? Para mí no lo es tanto. Soy china pero en realidad no me siento china. No crecí en una casa donde tuviera que andar sin zapatos ni experimenté llevar  almuerzos al colegio que otros consideraran raros y extranjeros.

No tuve estas experiencias porque me adoptó en China una familia blanca de Seattle.

Soy de algún modo bastante blanca. Me encanta la música folklórica americana. Escojo sentarme y tragarme entero un documental del Canal Historia. Y en otoño, adoro que todo sepa a calabaza.

Me identifico como una “Twinkie” más que con cualquier otra cosa – amarilla por fuera y bastante blanca por dentro. Mi experiencia, de todas formas, ha sido distinta a la de otras Twinkies que crecieron en casa asiático-americanas.

Aunque mis padres me han dado una cantidad interminable de apoyo y amor, nunca serán capaces de ver el mundo desde mi perspectiva como chino-americana. Y esto es muy duro. No hay ningún manual de instrucciones sobre qué significa ser China (lo he comprobado). Sin padres que te ayuden, descubrir tu identidad se convierte en una búsqueda confusa.

La universidad ha intensificado mi deseo y mi necesidad de comprender quién soy, de ser capaz de responder a la pregunta “¿Quién eres?”. La Administración Trump me ha espoleado a reflexionar sobre qué significa ser china en una nación donde los sentimientos anti-inmigración son fuertes. El concepto de ser una “inmigrante” como adoptada es algo importante que necesito entender.

En primer día en un nuevo internado tuve que escribir una breve biografía para compartir con el resto de los compañeros.

No fue hasta después de compartirla con todo el mundo que me di cuenta de que había escrito “Nacida y crecida en Seattle…” Pero yo no había nacido en Seattle. Nací en la provincia de Anhui, en China, y me adoptaron y criaron dos personas increíbles en Seattle. Me sentí culpable y tuve una pequeña crisis de identidad cuando me di cuenta de que había negligido reconocer mis raíces chinas.

La gente a menudo me pregunta “¿De dónde eres?”. Es una pregunta simple pero remueve el conflicto interior. Si les digo que soy de Seattle, no me creerán y me preguntarán “de dónde soy realmente”. Si les digo que nací en China se hacen una imagen de mí que no es la real.

Los hijos de los inmigrantes han explorado algunos de los asuntos que conlleva el tema de la identidad, pero es diferente para los niños adoptados. Responder la verdad a la pregunta “¿De dónde eres?” no revela la verdad sobre mí.

Aún estoy en los primeros estadios del descubrimiento de quién soy y de qué significa esto. Pero cuando he hablado con otros que han compartido la misma experiencia, me he empezado a sentir cómoda en la confusión compartida y en la lucha por comprender quiénes somos.

Cuando Ashlee Meissner, una coreana adoptada, era más joven, les respondía a la gente que era alemana.

Meissner se reía al contármelo. No era una mentira para ella. Pensaba legítimamente que sus ojos marrones y su pelo negro eran “solo una fase” que y que al crecer sería más alta, tendría los ojos azules y el cabello rubio como sus hermanos.

No es un sentimiento fuera de lo común para adoptados en familias transraciales.

Alyse Campbell, una estudiante de la Universidad de Washington que es también adoptada en China, también se sentía más conectada con la herencia escocesa y alemana de sus padres que con sus propias raíces chinas.

Cuando crecemos en barrios y familias que no se parecen a nosotros, la asimilación es clave para los esfuerzos de los adoptados para encajar. Los padres de Campbell, como los míos, la animaron a tomar clases de chino y a aprender sobre su cultura. Pero Campbell estaba demasiado ocupada intentando encajar para abrazar esta parte de su identidad.

Yo ignoré durante mucho tiempo mi herencia china. Aceptaba la comida china y poco más. Abracé mi identidad americana. Me obsesioné con la historia y la política americanas, como si esto demostrara al mundo lo americana que era mientras le daba la espalda a China.

Las narrativas sobre inmigración ignoran prácticamente la historia de los adoptados internacionales como yo.

Amy Pak, la fundadora de Familias de Color en Seattle, es también una adoptada de Corea. Pak dice que la adopción internacional es, sobretodo, un subproducto de la occidentalización y el imperialismo. Los efectos del imperialismo y el militarismo provocan guerras, afectan a la economía, a la tierra y a los recursos.

“Cuando estos impactos golpean, las familias no pueden permitirse vivir y la adopción es un legado de todo esto”, dice Pak. Las mujeres y los niños son los más vulnerables, lo que muchas veces lleva a las familias a tener que abandonar a los niños.

Cuando me adoptaron, tuve que ser nacionalizada como cualquier otro inmigrante. Esto fue antes del cambio de legislación en el 2000, que permite que los adoptados adquieran automáticamente la ciudadanía si cumplen determinadas directrices. A pesar de tener que hacer el proceso de nacionalización, nunca me sentí realmente conectada a mi identidad “inmigrante”, como nunca me sentí realmente china.

Al inmigrar como bebé, no pude identificarme con ninguna de las historias de inmigración que había leído o visto. No fue hasta que me encontré de pie en el frío de enero protestando contra las políticas de Trump hacia los inmigrantes que sentí que podía – y quería – aceptar mi identidad como inmigrante.

La identidad es un asunto muy complejo para los adoptados. La capa adicional de ser una inmigrante lo puede hacer aún más complicado. Pak describe como ser arrancado de tus raíces es algo que los adoptados experimentamos. Es una experiencia extraña tener la necesidad de buscar la verdad sobre de dónde eres, cuando es casi imposible conseguirlo.

“Abrazarte a ti mismo y fundamentar tu identidad en ello, y luego poder empoderarte, es importante”, dijo Pak. “Como adoptados nuestras historias comienzan en otra tierra, comienzan con la inmigración.”

Nuestras historias pueden ser diferentes, nosotros podemos ser diferentes. Pero como inmigrantes compartimos la fuerza y la resiliencia que se necesitan para desarraigarnos incluso sin haberlo decidido y empezar una vida nueva en un país extranjeros. Es algo de lo que estar orgullosos.

¿Quién soy? Ahora mismo, soy china. Soy adoptada. Y son una inmigrante orgullosa.

Nube de etiquetas

A %d blogueros les gusta esto: